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AFRICANUS. EL HIJO DEL CóNSUL (TRILOGíA AFRICANUS 1)

Santiago Posteguillo  

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Fragmento

Contenido

Agradecimientos

Proaemium

Dramatis personae

LIBRO I

     1 Una tarde de teatro

     2 El paso del estrecho

     3 El hijo del senador

     4 El triunfo de Fabio

     5 Un nuevo comerciante

     6 Amílcar

     7 Una lección de historia

     8 Una ciudad protegida por los dioses

     9 Nuevas miras

LIBRO II

     10 Un león enjaulado

     11 Un barco mercante

     12 El giro de la espada

     13 Una noche para la venganza

     14 Un ánfora vacía

     15 La lena de Roma

Recibe antes que nadie historias como ésta

     16 El desafío de los carpetanos

     17 Los primeros debates

     18 El asedio

     19 De camino al Senado

     20 La torre móvil

     21 En el jardín

     22 La desesperación

     23 Cuerpo a cuerpo

     24 La declaración de guerra

     25 El nuevo cónsul de Roma

LIBRO III

     26 Rumbo a Italia

     27 Ante los

     28 El amanecer de la guerra

     29 El paso del Ródano

     30 Planos y planes

     31 Una villa romana

     32 Centinelas de la noche

     33 Los desfiladeros de la muerte

     34 Cayo Lelio

     35 La

     36 El hijo del cónsul

     37 Al encuentro de Aníbal

     38 La batalla de Tesino

     39 Un puente sobre el río

     40 El debate de los cónsules

     41 Un amanecer helado

     42 La noche más larga

     43 La batalla de Trebia

LIBRO IV

     44 Cneo en Hispania

     45 Ojos negros de mirada profunda

     46 El enemigo ciego

     47 Trasimeno

     48 Querida Emilia

     49 Un triste regreso

     50 La batalla naval

     51 La dictadura

     52 Sacrificios

     53 En el molino

     54 Un error inesperado

     55 Duelo de titanes

     56 En el foro

     57 Un abrazo de hermanos

     58 El principio del fin

LIBRO V

     59 El mayor ejército de Roma

     60 Cannae

     61 La caída del cónsul

     62 La retirada

     63 La deserción de los tribunos

     64 El molino y el teatro

     65 La defensa de Roma

     66 Maharbal y Aníbal

     67 El día más triste

     68 El juicio a los derrotados

     69 El viejo arcón

LIBRO VI

     70 A la luz de una vieja lámpara de aceite

     71 El reparto del mundo

     72 La unión de dos familias

     73 Una pelea nocturna

     74 El cuarto consulado

     75 Sífax

     76 En busca de Rufo

     77 Las Lupercalia

     78 Las profecías de Aníbal

LIBRO VII

     79 Las

     80 La tarde del estreno

     81 La agonía de Capua

     82 Un mensajero

     83 El destino de Aníbal

     84 Un nuevo

     85 El destino de Roma

     86 El Campo de Marte

     87 Imperium

     88 La biblioteca

LIBRO VIII

     89 Rumbo a Hispania

     90 Los augurios de Fabio

     91 Lucio Marcio Septimio

     92 Una tragicomedia

     93 El puerto de Tarraco

     94 Un plan imposible

     95 La larga marcha

     96 El plan de Fabio

     97 Cartago Nova

     98 Una noche en el lago

     99 El desasosiego de la creación

     100 Un agridulce amanecer

     101 La esperanza de Aníbal

     102 Los enemigos de Escipión

     103 Los encargos de Lelio

APÉNDICES

     I Glosario

     II Árbol genealógico de Publio Cornelio Escipión,

     III El alto mando cartaginés

     IV Listado de cónsules de Roma

     V Mapas

     VI Bibliografía

Notas

Agradecimientos

Gracias a todos los grandes historiadores clásicos y modernos por sus magníficos tratados y monografías sobre la antigua Roma sin cuya información esta obra nunca habría sido posible. Gracias a todo el equipo de Ediciones B, por la ilusión que han puesto en esta novela y su continuación; gracias en especial a Faustino Linares, Lucía Luengo, Verónica Fajardo, Carmen Romero y al magnífico equipo de diseño gráfico. También quiero agradecer a los comerciales de la editorial su esfuerzo en la distribución de Africanus para que el libro llegue cada vez a más sitios. Y muy en particular tengo que agradecer a todos aquellos lectores que bien mediante mensajes en mi página web, bien con mensajes en diferentes foros de Internet, me han animado a seguir escribiendo. Sus comentarios, en su mayoría elogiosos, en ocasiones críticos, pero siempre revestidos de un gran respeto, son el mayor estímulo que un escritor puede encontrar especialmente en aquellos momentos de desfallecimiento que, inexorablemente, aparecen durante la creación de una obra de esta envergadura.

Gracias a mis padres por quererme tanto y por aficionarme a la lectura y a mi familia por estar siempre conmigo. Y gracias a mis amigos por entenderme y apoyarme: A Salva por leerse y corregir con minuciosidad una primera versión de esta novela y animarme a que luchara por que esta obra se publicase, a José Javier, por no tomarme por loco mientras escribía (él sabe lo valioso de su opinión a este respecto pues es psiquiatra), y a Emilio y Pepe por resistir con paciencia (y alguna cerveza) mis interminables historias sobre la segunda guerra púnica con un apreciable interés.

E infinitas gracias a mi mujer por creer en mí primero como compañero y luego como escritor, creyendo en esta novela desde un principio, leyéndose, capítulo a capítulo, cada pedazo de la misma, sin desfallecer y con paciencia. Y un agradecimiento muy especial a nuestra pequeña hija Elsa, por comer bien, dormir mucho y llorar muy muy poco durante los meses finales de edición y corrección de las pruebas de esta obra de entretenimiento titulada Africanus, el hijo del cónsul.

AFRICANUS.pdf

Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes

[Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos.]

Epitafio en la tumba de Escipión, el Africano

M. VALERIUS MAXIMUS, 5, 3, 2B

Proaemium

A finales del siglo III antes de Cristo, Roma se encontró al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada y arrasada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Ningún general de Roma era capaz de doblegar a este todopoderoso enemigo, genial en el arte de la guerra y hábil político, que llegó hasta las mismas puertas de la ciudad del Tíber, habiendo pactado con el rey Filipo V de Macedonia la aniquilación de Roma como Estado y el reparto del mundo conocido entre las otras dos potencias mediterráneas: Cartago y Macedonia. La historia iba a ser escrita por los enemigos de Roma y la ciudad de las siete colinas no figuraría en ella, no tendría espacio ni en los libros ni en los anales que habrían de rememorar aquella guerra, aquel lejano tiempo; Roma apenas representaría unas breves líneas recordando una floreciente ciudad que finalmente sería recluida a sus murallas, sin voz en el mundo, sin flota, sin ejército, sin aliados; ése era su inexorable destino hasta que o bien la diosa Fortuna, o quizá el mismísimo Júpiter Óptimo Máximo o el puro azar intervinieron en el devenir de los hombres y las mujeres de aquel tiempo antiguo y surgió un solo hombre, alguien inesperado que no entraba en los cálculos de sus enemigos, un niño que habría de nacer en la tumultuosa Roma unos pocos años antes del estallido del conflicto bélico más terrible al que nunca se había enfrentado la ciudad; alguien que pronto alcanzaría el grado de tribuno, un joven oficial de las legiones que iniciaría un camino extraño y difícil, equivocado para muchos, que, sin embargo, cambió para siempre el curso de la historia, que transformó lo que debía ocurrir en lo que finalmente fue, creando los hechos que ahora conocemos como la génesis de un imperio y una civilización secular en el tiempo y en la historia del mundo. Aquel niño recibió el nombre de su progenitor, Publio Cornelio Escipión, que fuera cónsul de Roma durante el primer año de aquella guerra. Las hazañas de el hijo del cónsul alcanzaron tal magnitud que el pueblo, para distinguirlo del resto de los miembros de su familia, los Escipiones, le concedió un sobrenombre especial, un apelativo referente a uno de los territorios que conquistó, ganado con extremo valor en el campo de batalla y que lo acompañaría hasta el final de sus días: Africanus. Sería la primera vez que se honraba a un general con una distinción semejante, dando así origen a una nueva costumbre que en los siglos venideros heredarían otros cónsules preeminentes y, finalmente, los emperadores de Roma. Sin embargo, tanta gloria alimentó la envidia.

Ésta es su historia.

Dramatis personae

Publio Cornelio Escipión (padre), cónsul en el 218 a.C. y procónsul en Hispania

Pomponia, mujer de Publio Cornelio

Cneo Cornelio Escipión, hermano del anterior; cónsul en el 222 a.C. y procónsul en Hispania

Publio Cornelio Escipión (hijo), Africanus, hijo y sobrino de los cónsules mencionados arriba

Lucio Cornelio Escipión, hermano menor

Tíndaro, pedagogo griego, tutor de los Escipiones

Cayo Lelio, decurión de la caballería romana

Emilio Paulo (padre), cónsul en el 219 y 216 a.C.

Lucio Emilio Paulo, hijo de Emilio Paulo

Emilia Tercia, hija de Emilio Paulo

Quinto Fabio Máximo (padre), cónsul en el 233, 228, 215, 214, 209 a.C. y censor en el 230 a.C.

Quinto Fabio, hijo de Quinto Fabio Máximo

Marco Porcio Catón, protegido de Quinto Fabio Máximo

Sempronio Longo, cónsul en el 223 y 218 a.C.

Cayo Flaminio, cónsul en el 217 a.C.

Terencio Varrón, cónsul en el 216 a.C.

Cneo Servilio, cónsul en el 217 a.C.

Claudio Marcelo, cónsul en el 222, 215, 214, 210 y 208 a.C.

Claudio Nerón, procónsul

Minucio Rufo, jefe de la caballería

Lucio Marcio Septimio, centurión en Hispania

Quinto Terebelio, centurión en Hispania

Mario Juvencio Tala, centurión en Hispania

Sexto Digicio, oficial de la flota romana

Ilmo, pescador celtíbero

Tito Macio, tramoyista en el teatro, comerciante, legionario

Druso, legionario

Rufo, patrón de una compañía de teatro

Casca, patrón de una compañía de teatro

Praxíteles, traductor griego de obras de teatro

Marco, comerciante de telas

Amílcar Barca, padre de Aníbal, conquistador cartaginés de Hispania

Asdrúbal, yerno de Amílcar y su sucesor en el mando

Aníbal Barca, hijo mayor de Amílcar

Asdrúbal Barca, hermano menor de Aníbal

Magón Barca, hermano pequeño de Aníbal

Asdrúbal Giscón, general cartaginés

Himilcón, general en la batalla de Cannae

Magón, jefe de la guarnición de Qart Hadasht

Maharbal, general en jefe de la caballería cartaginesa

Sífax, rey de Numidia occidental

Masinisa, númida, general de caballería, hijo de Gaia, reina de Numidia oriental

Filipo V, rey de Macedonia

Filémeno, ciudadano de Tarento

Régulo, oficial brucio

Rey de Faros, rey depuesto por los romanos, consejero del rey Filipo V

LIBRO I

UNA FRÁGIL PAZ

Vel iniquissiman pacem iustissimo bello anteferrem.

[Preferiría la paz más inicua a la más justa de las guerras.]

CICERÓN,

Epistulae ad familiares, 6, 6, 5.

1

Una tarde de teatro

Roma.

Año 519 desde la fundación

de la ciudad. 235 a.C.

El senador Publio Cornelio Escipión caminaba por el foro. Llevaba el cabello corto, casi rasurado, tal y como era costumbre en su familia. A sus treinta años, andaba erguido, dejando a todos ver con claridad su rostro enjuto y serio, de facciones marcadas, en las que una mediana nariz y una frente sin ceño se abrían paso en silencio. Ese día iba a asistir a un gran acontecimiento en su vida, aunque en ese momento tenía la mente entretenida con otro suceso sobresaliente en Roma: Nevio estrenaba su primera obra de teatro. Apenas habían transcurrido cinco años desde que se había representado la primera obra de teatro en la ciudad, una tragedia de Livio Andrónico, a la que el senador no había dudado en acudir. Roma estaba dividida entre los que veían en el teatro una costumbre extranjera, desdeñable, fruto de influencias griegas que alteraban el normal devenir del pensamiento y el arte romano puros; y otros que, sin embargo, habían recibido estas primeras representaciones como un enorme salto adelante en la vida cultural de la ciudad. Quinto Fabio Máximo, un experimentado y temido senador, del que todos hablaban como un futuro próximo cónsul de la República, se encontraba entre los que observaban el fenómeno con temor y distancia. Por el contrario, el senador Publio Cornelio Escipión, ávido lector de obras griegas, conocedor de Menandro o Aristófanes, era, sin lugar a dudas, de los que constituían el favorable segundo grupo de opinión.

Publio Cornelio llegó junto a la estructura de madera que los ediles de Roma, encargados de organizar estas representaciones, ordenaban levantar periódicamente para albergar estas obras. Al ver el enjambre de vigas de madera sobre el que se sostenía la escena, no podía evitar sentir una profunda desolación. Pensar cuántas ciudades del Mediterráneo disfrutaban de inmensos teatros de piedra, construidos por los griegos, perfectamente diseñados para aprovechar la acústica de las laderas sobre las que se habían edificado. Tarento, Siracusa, Epidauro. Roma, en cambio, si bien crecía como ciudad al aumentar su poder y los territorios y poblaciones sobre los que ejercía su influencia, cuando se representaba una obra de teatro tenía que recurrir a un pobre y endeble escenario de madera alrededor del cual el público se veía obligado a permanecer de pie mientras duraba el espectáculo o a sentarse en incómodos taburetes que traían desde casa. Como consolación, el senador pensaba que, al menos ahora, ya había posibilidad de ver sobre la escena actores auténticos recreando la vida de personajes sobre los que él había leído tanto durante los últimos años. Una mano en el hombro, por la espalda, acompañada de una voz grave y potente que enseguida reconoció, interrumpió sus pensamientos.

—¡Aquí tenemos al senador taciturno por excelencia! —Cneo Cornelio Escipión abrazó a su hermano con fuerza—. Ya sabía yo que te encontraría por aquí. Venga, vamos a ver una obra de teatro, ¿no? A eso has venido.

—No esperaba verte por aquí hoy.

—Hombre, hermano mío. —Cneo hablaba en voz alta de forma que todos alrededor podían escucharle. Era un gigantón de dos metros que no necesitaba abrirse camino entre el tumulto de gente que se había agolpado en torno al recinto del teatro ya que, como por arte de magia, siempre se abría un pequeño sendero justo un par de metros antes de que llegara su persona. Cneo era más alto, más fuerte, menos serio y más complaciente en la mesa que su hermano, lo que quedaba reflejado en su incipiente barriga que los años de adiestramiento y empleo militar mantenían relativamente difuminada—. Tanto hablar del teatro, el teatro esto, el teatro aquello... me dije, vayamos a ver qué es eso del teatro y... bueno...

—¿Bueno qué?

—¡Y, por todos los dioses! ¡Si ese viejo remilgado de Fabio Máximo ha dicho que lo mejor que puede hacer un buen romano es no acudir a estas representaciones, pues eso era ya lo que me faltaba para decidirme a venir! ¡Que los dioses confundan a ese idiota!

—Así que eso es lo que anda diciendo Fabio —respondió Publio—. Interesante. Ya entiendo por qué hay tanta gente. Creo que con sus palabras ha conseguido que venga más gente que nunca. Hay que felicitarle. Estoy seguro de que los actores agradecerán tanto debate sobre sus representaciones. Parece que Fabio Máximo no entiende que si deseas que algo pase desapercibido lo mejor es no mencionarlo. Supongo que futuras generaciones irán aprendiendo esto. En cualquier caso, me alegro. Cuanta más gente vea estas cosas mejor. Quizá así consigamos que en Roma se construya alguna vez un teatro digno de representar a Aristófanes o Sófocles.

—No sé; no creo que esto del teatro llegue a interesar tanto como para levantar esos enormes edificios de piedra de los que siempre hablas. Si me dijeras para ver gladiadores o mimos, cosas que sí gustan, entonces quizá sí... Pero desde luego hoy aquí hay un gentío notable —concluyó oteando desde lo alto de su sobresaliente punto de observación.

Así, conversando, los dos hermanos entraron en el recinto. Se había hablado ya en más de una ocasión de la posibilidad de levantar también una estructura de madera frente a la escena que soportase unas gradas de forma que el público pudiera sentarse y disfrutar con más comodidad del espectáculo, pero, de momento, todo aquello no eran más que conjeturas. Sólo había algunos bancos en las primeras filas para las principales autoridades de la ciudad, los ediles y algunos senadores.

—Resultará complicado conseguir una posición más céntrica. Mejor nos quedamos aquí —comentó Publio.

Su hermano se giró y le miró sacudiendo la cabeza, como quien perdona la vida a alguien a quien aprecia mucho pero que sabe que está equivocado en algo muy concreto. Sin más comentarios, Cneo se adentró entre el tumulto de gente, dando alguna voz al principio y luego, a medida que la densidad de la muchedumbre aumentaba, apartando a unos y otros con decididos y potentes empujones. Cneo avanzaba hacia el centro del recinto para conseguir una posición mejor para ver a los actores y lo hacía como un tribuno en un campo de batalla buscando la posición óptima para su unidad. Publio seguía la senda que su hermano iba abriendo. Unos soldados se revolvieron molestos ante aquel torrente de empellones, mas, al ver ante ellos dibujarse la imponente figura de Cneo adornada con la toga propia de un patricio, decidieron hacer como que no había ofensa y ocuparse de sus asuntos. Así, en unos minutos, Publio y Cneo alcanzaron el centro del recinto justo frente a la escena tras los bancos de las autoridades y quedaron dispuestos para asistir a la representación. Una vez allí, Publio se dirigió a su hermano.

—Gracias. Con tu extremada delicadeza hemos conseguido, sin duda, una excelente posición para el espectáculo. Siempre tan sutil, Cneo. Te veo hecho todo un político.

—Ya sabes que el que tiene que llegar a cónsul en nuestra familia eres tú. A mí que me dejen un ejército y que me pongan unos millares de bárbaros o cartagineses delante. Con eso me entretendré.

Publio no respondió nada. Quién sabe, viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos políticos quizá algún día tendrían ante sí a unos cuantos de esos cartagineses, aunque no tenía tan claro que el verbo «entretenerse» fuera el más adecuado para describir semejante situación.

Tito Macio era un joven de veinte años, huérfano, llegado a Roma desde Sársina, en el norte de la región de Umbría. Ésta había caído bajo el control romano unos años antes. Después de algunas peripecias y no pocos sufrimientos en las calles de Roma, había alcanzado una cierta estabilidad a sus veinte años como mozo de tramoya en una de las incipientes compañías de actores que se dedicaban a representar obras de teatro en la ciudad. Su labor consistía esencialmente en clasificar las ropas de los actores y tenerlas preparadas para facilitárselas a cada uno a medida que éstos entraban en escena. También se ocupaba de limpiar las mismas antes y después de cada representación y, en fin, de todo aquello que fuera necesario con relación al espectáculo, incluso, si se terciaba, actuar. Después de haber mendigado por las calles, aquello le parecía una muy buena opción de vida. Entre bastidores Tito observaba a los actores declamar y en ocasiones memorizaba los textos de aquellos personajes que más le agradaban. Esto resultaba útil sobre todo cuando tenía que sustituir a algún actor que estaba enfermo o, más frecuentemente, con una resaca demasiado grande como para poder salir a escena.

Cuando entró de niño en aquella compañía había un anciano liberto de origen griego que se ocupaba de traducir textos de los clásicos como Eurípides, Sófocles, Aristófanes o Menandro, entre otros muchos, que le tomó cierto aprecio. Quizá aquel anciano encontró su extrema soledad, en un país extranjero y sin familia ni amigos, reflejada en aquel niño mendigo de cara resuelta que luchaba por sobrevivir en una ciudad cruel para el pobre, el esclavo y el no romano. El anciano lo tomó a su cargo y le enseñó a leer latín primero y después griego; y cuando sus ojos empezaron a fallarle, Tito, familiarizándose poco a poco con el arte de la escritura, empezó a copiar al dictado las traducciones que este anciano le hacía. Praxíteles, que así se llamaba, falleció cuando Tito apenas tenía trece años. Una mañana fue a llevarle agua para lavarse como hacía siempre y se lo encontró en el lecho de la habitación que la compañía de teatro había alquilado para cobijo del anciano que tan buen servicio les daba. Praxíteles estaba tendido, relajado, pero con los ojos abiertos y sin respirar. Tito se quedó en silencio junto a aquel hombre de quien tanto había aprendido y se dio cuenta de que aun sin que éste fuera nunca condescendiente o especialmente cariñoso con él, siempre se había mostrado afectuoso. De pronto se sintió del todo solo y pensó que nunca jamás sentiría un dolor y una pena igual en su vida. Estaba muy equivocado, pero en aquel momento no era consciente de las turbulencias del futuro. Cuando se rearmó de valor para afrontar la situación abandonó la estancia y salió al encuentro de Rufo, el amo de la compañía, que estaba negociando en el foro las posibles nuevas representaciones de la misma para la próxima Lupercalia, la festividad de la purificación que tenía lugar a mediados de febrero. Faltaba tiempo aún pero era conveniente cerrar los convenios con las autoridades públicas lo antes posible.

Rufo se encontraba junto con dos ediles de Roma, encargados de organizar los diferentes acontecimientos festivos, cuando Tito llegó a su encuentro. Rufo hizo como que no le veía. Al fin, una vez que después de diez largos minutos hubo terminado sus conversaciones con los ediles, se dirigió al inoportuno Tito, que había permanecido junto a él como un pasmarote, inconsciente de su impertinencia, aturdido como estaba por los acontecimientos.

—¿Y a ti qué se te ha perdido en el foro esta mañana? ¿Por qué no estás con el griego terminando la traducción de la comedia de Menandro que os encomendé? Ésta no es forma de justificar el alojamiento y la comida que os pago.

Tito pensó en replicar con improperios pero de su boca sólo salió la sencilla y simple realidad.

—Praxíteles ha muerto. —Y sin esperar instrucciones se marchó del foro dejando que Rufo digiriese las implicaciones de aquel suceso para su futuro económico.

Rufo, no obstante, era un hombre curtido en el desastre y la crueldad. Militar retirado, a sus cuarenta años había matado, violado, robado, luchado con honor y luchado sin honor alguno en el campo de batalla y con dagas en las peligrosas noches de Roma. Tenía una poblada melena de pelo negro que se resistía a tornarse gris pese a su edad, como si tuviera un pacto de juventud con los dioses a cambio de quién sabe qué extraños servicios. Avanzaba siempre como si se tambaleara, con un corpulento cuerpo sazonado de heridas y coronado por un ceño profundo permanente en lo alto de su frente. Hablaba latín y algo de griego, pero su capacidad lectora era más que discutible. Con todo, Rufo poseía una sobresaliente destreza: el oportunismo. Había discernido como nadie el gran impacto que suponía la novedad del teatro como espectáculo en Roma y, antes que ningún otro, había juntado actores de diferentes partes de la península itálica, se había hecho con los servicios de Praxíteles y había fundado una compañía estable que daba un buen servicio a los ediles de Roma a un más que razonable precio para las arcas del Estado. Mantenía en la pobreza a actores y demás miembros de la compañía, pero eso no preocupaba a las autoridades siempre que se cumplieran los compromisos acordados en cuanto a número de representaciones y mínima calidad de la puesta en escena.

La muerte de Praxíteles suponía un importante escollo en el natural futuro de la compañía, pero, como la fortuna a veces es caprichosa y parece vanagloriarse en favorecer a quien menos lo merece, Rufo pronto detectó que no hacían falta tantas traducciones del griego como antes, sino que empezaba a haber autores latinos propios que, para satisfacción suya y de su economía, ya escribían las obras directamente en latín.

Meses después de la muerte de Praxíteles, Rufo preguntó a Tito si él se sentía capaz de traducir obras del griego. Tito meditó su respuesta y concluyó que sí, pero como movido por un resorte, enseguida respondió con decisión de forma contraria.

—No, lo siento, no podría —y nunca más le volvió a preguntar Rufo sobre aquel tema. Tito había visto dónde había llegado Praxíteles con su griego y no quería seguir su misma suerte. Albergaba mejores expectativas para su vida que trabajar traduciendo por un mendrugo de pan y una humilde alcoba y siempre en las manos de aquel hombre cruel y avaro. Desde entonces Tito se especializó en todo lo referente a la tramoya: trajes, disfraces, calzado de los actores y supervisar el levantamiento de la escena cada vez que había representación. Curiosamente, aquel trabajo parecía ser más valorado por Rufo que todos los esfuerzos del anciano griego por producir unas traducciones en correcto y fluido latín. Tito estaba sorprendido porque sabía de lo injusto de la valoración, pero se guardaba para sí mismo sus opiniones y se dejaba llevar en aquel mundo de locos por lo que los demás consideraban como de mayor mérito.

Aquella tarde del 235 antes de Cristo, se representaba la primera obra de uno de los nuevos autores que tan bien le habían venido a Rufo: Nevio. Se trataba de una tragedia ambientada en Grecia. Para ello Tito había dispuesto todo lo necesario: pelucas blancas para los personajes ancianos, pelirrojas para los esclavos, un sinfín de todo tipo de máscaras para las más diversas situaciones escénicas, y coturnos, unas sandalias altas empleadas para realzar la estatura de los personajes principales que en una tragedia serían dioses personificados por actores, que, como era lógico, no podían estar a la misma altura que el resto de los personajes. Una amplia serie de mantos y túnicas griegas completaba el vestuario.

Todo estaba dispuesto. El público llenaba los alrededores del escenario, la tarde era agradable y la temperatura suave. Roma iba a vivir una velada de teatro al aire libre.

2

El paso del estrecho

Los Pilares de Hércules

(Gibraltar). 235 a.C.

Decenas de pequeñas embarcaciones navegaban lentamente. En una de las lanchas, atestada de armas arrojadizas, espadas, escudos, lanzas, algún caballo, víveres y soldados, Amílcar dirigía toda la operación. A su lado, un adolescente de trece años, su joven hijo Aníbal, es decir, «el favorito de Baal», el dios supremo de los cartagineses, observaba admirado.

Amílcar tenía bajo su mando un gran ejército dispuesto para conquistar Hispania, pero no tenía barcos con que transportarlo. Meses atrás rogó a los sufetes, los dos cónsules de Cartago, que dieran orden de reconstruir la flota púnica para poder enviar estas tropas a Iberia, pero éstos se negaron, siguiendo los avisos del Consejo de Ancianos. La gran flota púnica había sido destruida en la gran confrontación contra Roma de unos años antes y, entre otras terribles penurias y humillaciones, Cartago tenía prohibido reconstruir una nueva flota que los romanos observarían como una amenaza inminente. Si lo hacían, explicaron lo sufetes, Roma no tardaría ni unas semanas en declarar la guerra y atacar, antes de que Cartago estuviera recuperada del anterior conflicto.

El sufete se dirigió directamente a Amílcar.

—Si deseas conquistar Hispania para Cartago y fortalecer el Estado con sus riquezas, eso te honra, general, sin embargo, lo que pides, una flota para trasladar al ejército, eso es imposible. Tienes permiso para intentar esa conquista pero tendrás que discernir otros medios.

Amílcar no era hombre que se amilanara con facilidad. Combatió con valor y pertinaz resistencia a los romanos en Sicilia dificultando en extremo el avance de las legiones del Estado latino y, posteriormente, derrotó por completo a los mercenarios africanos que se levantaron contra la que creían ya una Cartago en decadencia. Así pues, Amílcar aceptó el reto de los sufetes. Se levantó y ante todos los senadores de Cartago exclamó.

—Llevaré el ejército a Iberia, cuyas riquezas navegarán hacia Cartago en menos de un año.

Y antes de que nadie pudiera preguntarle sobre la forma en que pensaba acometer tal empresa, el general abandonó el cónclave senatorial y, escoltado por varios soldados y oficiales próximos a su causa y a la familia de los Barca, partió de la ciudad.

Durante semanas Amílcar dirigió su ejército por toda la costa norte de África, aprovisionándose en las numerosas poblaciones costeras amigas de Cartago. Atravesó las montañas y los estrechos pasos resistiendo ataques de tribus en continua rebeldía con Cartago. Cruzó la costa norte de Numidia y Mauritania en una marcha larga y agotadora para hombres y bestias, hasta que, al cabo de dos meses, llegó a los Pilares de Hércules. Allí contempló, desde la costa africana, las playas del sur de Hispania. Sólo los separaba un estrecho de aguas embravecidas pero de tan sólo veinte o treinta kilómetros[1] de anchura. En unas semanas fue agrupando todas las barcas de pesca de las poblaciones próximas y mandó construir pequeñas balsas y barcazas de transporte. No se trataba de construir barcos de guerra, sino de disponer de pequeños transportes que fueran y volvieran durante varios días, llevando en cada viaje armamento, soldados, animales y víveres. La tarea sería tediosa, lenta y muy peligrosa. Especialmente difícil resultaría embarcar, uno a uno, a las decenas de elefantes que llevaba consigo.

Amílcar alcanzó la costa de Hispania y fue el primero en pisar tierra. Tras él su caballo y varios soldados que empezaron a descargar todo lo que llevaban en la barcaza: trigo, dardos, lanzas, escudos. Era impresionante mirar hacia el sur. El mar estaba repleto de centenares de embarcaciones que, como una flotilla de pequeños barcos, se acercaban a las costas. El oleaje, no obstante, arreciaba con fuerza. Un elefante, al verse rodeado de aquella inmensidad de océano, se puso nervioso y empezó a bramar y moverse. Uno de sus adiestradores intentó calmarlo primero y luego controlarlo a golpes que asestaba con una maza de hierro en la cabeza del animal, pero la bestia estaba ya fuera de sí y cualquier esfuerzo era inútil para controlarla. En la pugna, la barcaza se desestabilizó y volcó, y soldados, armas y víveres fueron al agua junto con el elefante. El mar se tragó a hombres y bestia en cuestión de segundos. De forma parecida varias barcazas volcaron y se perdieron numerosos hombres, material y animales. Sin embargo, al caer la tarde del tercer día, el gigantesco ejército cartaginés había cruzado el estrecho sin disponer de una flota, sin despertar las suspicacias de Roma. Sigilosamente, aunque decididos, aquellos soldados formaron en la playa. Amílcar revisó unidades, equipos, caballería y elefantes y, cuando todo estuvo dispuesto, con el sol poniéndose, ordenó avanzar varios kilómetros hacia el interior. Dio orden también de recoger las barcas y esconderlas tras las dunas de la playa.

Al día siguiente, un barco mercante acompañado de una quinquerreme militar romana pasó por la zona. Un legionario actuaba como vigía. Desde lo alto de la nave observó restos de madera flotando en el mar. Dio la alarma y el capitán ordenó que recogieran aquellos fragmentos. Una vez en el barco, constataron que se trataba de pequeños trozos que no podían sino pertenecer a alguna embarcación pesquera. El capitán preguntó al vigía si se observaba algún movimiento extraño en la costa. La respuesta del legionario fue rotunda.

—¡Nada!

—Bien —concluyó el oficial al mando del barco—. En el informe de a bordo que figure que se han avistado restos del naufragio de alguna pequeña barca de pesca. Sin más novedad. Sigamos rumbo al noreste, a Sagunto.

Y se alejaron de la costa.

3

El hijo del senador

Roma, 235 a.C.

La representación acababa de empezar y todo marchaba bien. Hasta el momento ningún actor se había olvidado del texto y el público parecía seguir la historia con cierto interés. De cuando en cuando el murmullo de los que hablaban era excesivo y Tito tenía que moverse entre los espectadores pidiendo silencio para que los que deseaban escuchar pudieran hacerlo y, de súbito, llegó el desastre: desde fuera del recinto del teatro se empezó a escuchar música de flautas y los gritos de algún artista de calle anunciando la próxima actuación de un grupo de saltimbanquis y equilibristas y, lo peor de todo, un combate de gladiadores como colofón al espectáculo. Era frecuente que diferentes grupos callejeros se aproximaran al teatro para aprovechar la labor que la representación había conseguido con gran esfuerzo de toda la compañía de actores: congregar a un notable gentío. Parte del público, poco interesado en el transcurso de aquella tragedia, volcó su interés en los recién llegados saltimbanquis y fue saliendo del teatro. Los actores se esforzaron en declamar más alto elevando el tono de voz al máximo de su capacidad para intentar reavivar el interés de los que allí se habían reunido, pero todo esfuerzo resultaba inútil. Poco a poco se fue vaciando el recinto hasta que apenas quedó un tercio del aforo inicial. Tito estaba descorazonado y Rufo, iracundo. Aunque los ediles habían pagado por anticipado la representación, si ésta no era de interés, se cuestionarían volver a contratar a la compañía.

En el exterior del recinto el grupo de artistas callejeros daba volteretas en el aire una tras otra a un ritmo enfermizo; luego uno de ellos se tendió en el suelo y el resto saltaba dando una voltereta sobre aquél. Al fondo se podía observar a dos fornidos guerreros, sus musculosos brazos relucientes por el aceite con el que se habían untado, armados con espadas y escudos dispuestos a entrar en combate para satisfacción del gentío que empezaba a rodearlos.

En el teatro, Publio permanecía absorto en la representación de tal forma que el desplazamiento del público hacia el exterior del teatro le había pasado completamente desapercibido. Cneo, por el contrario, entre adormilado y aburrido, estaba considerando seriamente ausentarse junto con el resto de la gente que ya lo había hecho. Un buen combate de gladiadores parecía, a todas luces, un entretenimiento mucho mayor que la pesada y lenta historia que se les estaba presentando sobre el escenario. Sin embargo, veía a su hermano tan absorbido por la representación que intentaba aún concentrarse para ver si podía él quedar igual de prendado por lo que los actores contaban. Pero no. Resultaba del todo imposible. Al cabo de unos minutos se decidió y se dirigió a su hermano.

—Publio, yo me voy, te espero fuera.

—¿Eh...? Bien, sí, bien. Nos vemos fuera. Cuando termine salgo —fue su respuesta; pero aún no se había dado Cneo la vuelta para marcharse cuando apareció entre ellos un esclavo de casa de los Escipiones.

—¡Amos, amos! ¡Ha llegado el momento! ¡Ha llegado el momento!

A esta interpelación Publio sí que reaccionó con rapidez dejando de lado la representación.

—¿Estás seguro? ¿Sabes bien lo que dices?

—Sí, mi amo. Sí. Vengan a casa. ¡Rápido!

Y el esclavo los dirigió a la salida. Velozmente sortearon al público superviviente de la representación. Luego en el exterior bordearon el tumulto que se había formado alrededor de los dos gladiadores que habían empezado su lucha. El ruido de las espadas sobresalía por encima del de los gritos de la gente. Publio aceleró la marcha.

—¡Vamos, vamos! ¡Hay que regresar a casa lo antes posible!

En el teatro Tito contemplaba desolado el recinto medio vacío y escuchaba a los actores declamando a gritos sus intervenciones para hacerse oír por encima de la algarabía que llegaba de fuera. Una tarde de teatro en Roma. Tito sintió que aquél no podía ni debía ser su mundo por mucho más tiempo. Había de dejar aquel barco antes de que se hundiera del todo. Nunca pensó que tuviera madera de héroe.

Publio y Cneo llegaron a casa corriendo. Al irrumpir en el atrio los recibió el llanto de un niño. Una anciana esclava que ejercía de comadrona lo traía desnudo. Lo habían lavado. Era un varón. Ése podría ser el primogénito, el futuro pater familias del clan, siempre que su padre lo aceptase como tal. La anciana se arrodilló ante los recién llegados y a los pies de Publio, sobre el suelo de piedra, dejó el cuerpo del niño, desnudo, llorando. Su padre observó al bebé unos segundos. Éste era el momento clave en el destino de aquel niño, pues su progenitor tenía por ley el derecho de aceptarlo o repudiarlo si consideraba que había presagios funestos, que había nacido en un día impuro o que tenía algún defecto. Publio Cornelio Escipión miró a su hijo en el suelo. El niño proseguía con su llanto. Cneo, respetuoso con la importante decisión que debía tomar su hermano, se había retirado unos pasos. En el centro del atrio, junto al impluvium que recogía el agua de lluvia, quedaron padre e hijo a solas. Publio se arrodilló, contempló de cerca al bebé y asintió con la cabeza. Cogió entonces al niño y lo levantó por encima de sus hombros.

—Que se prepare una mesa en honor de Hércules. Éste es mi hijo, mi primogénito, que llevará mi mismo nombre: Publio Cornelio Escipión y que un día me sustituirá a mí como pater familias de esta casa.

La anciana comadrona y Cneo respiraron. Publio devolvió el niño a la esclava.

—Llévalo junto a su madre —y preguntó—, ¿está bien la madre?

—La madre está bien, descansando, dormida, pero bien. Dijo que deseaba verles en cuanto llegaran.

—Bien, bien. Que descanse unos minutos. Ahora me acercaré a verla.

La esclava se retiró y Cneo dejó escapar por fin sus emociones.

—¡Bueno, hermano mío! ¡Por todos los dioses, esto tendremos que celebrarlo por todo lo alto! Tendremos buen vino en esta casa y algo de comer, ¿no?

Aquella noche hubo un festín en la gran residencia de los Escipiones. Vinieron clientes y amigos de toda la ciudad. Se bebió y se comió hasta la medianoche. Y al terminar la velada, cuando se fueron todos los invitados y la casa quedó tranquila, Publio se sentó junto a su mujer. El recién nacido estaba acurrucado próximo a los senos de Pomponia. El senador se sintió feliz como no lo había sido nunca. La noche estaba tranquila, raramente sosegada para una noche en la bulliciosa Roma. En la calle, al abrigo de la oscuridad, tres hombres se acercaron a la puerta de la casa del senador. Uno llevaba un hacha afilada, otro una enorme maza y el tercero una escoba. Se acercaron hasta detenerse justo frente a la puerta. En el silencio de la madrugada Publio escuchó varios golpes fuertes en la puerta de entrada. Nadie de la casa salió a abrir. El senador permaneció impasible. Los tres esclavos, una vez cumplido el rito de sacudir la puerta con sus herramientas para así cortar, golpear y barrer cualquier mal que pudiera afectar al recién nacido, tal y como correspondía a los dioses Intercidona, pilumnus y Deuerra, se alejaron y fueron a acostarse contentos. Ése era un día feliz en casa de su amo.

4

El triunfo de Fabio

Roma, 233 a.C.

La procesión de senadores que había partido desde el Campo de Marte ascendió por la Vía Sacra y de esa forma llegó al foro boario. Era el principio de la larga comitiva del triunfo del cónsul Quinto Fabio Máximo, vencedor contra las tribus ligures del norte de la península itálica a las que había derrotado y empujado hacia los Alpes, liberando así las colonias y ciudades protegidas por Roma en aquella región de los constantes ataques, asedios y pillaje de aquellos bárbaros.

—Primero van los senadores —explicaba Pomponia a su hijo de apenas dos años; el pequeño Publio observaba el tumulto de gente y la larga comitiva con ojos admirados sin entender muy bien a qué venía todo aquello—. ¡Mira, ahí están tu padre y tu tío!

Publio y Cneo Cornelio Escipión, en calidad de senadores de Roma, desfilaban con el resto de los miembros del máximo órgano de gobierno de la ciudad. Era tradición que, en cualquier triunfo personal de un cónsul, el conjunto del Senado desfilara en primer lugar, dejando claro, tanto al pueblo de Roma como al general al que se agasajaba, que todos estaban supeditados a la autoridad de aquel parlamento. Tras los senadores, decenas de legionarios en perfecta formación desfilaban portando insignias arrebatadas a los ligures, armas de los derrotados y otros despojos de guerra; a continuación, encadenados, innumerables cautivos eran obligados a arrastrarse por las calles de Roma bajo la atenta mirada del pueblo. Los derrotados mezclaban su rencor con la admiración que aquella floreciente urbe despertaba a sus ojos: hermosos templos engalanados de guirnaldas salpicaban el camino, miles de personas vestidas con lujosas prendas y centenares de soldados apostados a ambos lados de la ruta ferozmente armados.

Tras los cautivos que luego se venderían como esclavos y las armas, venía la exposición de los tesoros arrebatados a los ligures: oro, plata, joyas, incluso estatuas que éstos a su vez habían arrancado a las ciudades que fueron objeto de sus ataques. Acto seguido avanzaban pesada y lentamente doce bueyes blancos camino del altar de Júpiter Capitolino, donde debían ser sacrificados por el victorioso general que, al coincidir su victoria con el hecho de ostentar la máxima magistratura de la ciudad, uno de los dos consulados que anualmente se elegían, tenía derecho a este triunfo. Y, concluyendo aquel séquito, venían los doce lictores o guardias personales del magistrado, que anunciaban la llegada del cónsul vencedor montado en una cuadriga tirada por cuatro caballos blancos que se deslizaba plácida sobre la calzada portando a Quinto Fabio Máximo, vestido para la ocasión con una larga túnica púrpura. Un esclavo en la misma cuadriga sostenía una corona de laurel sobre la cabeza del cónsul al tiempo que susurraba palabras en su oído recordándole que aquélla era una celebración pasajera y que seguía bajo las órdenes del Senado de Roma. Fabio Máximo, no obstante, disfrutaba al completo de aquel baño de multitudes y desde lo más profundo de su corazón desdeñaba las palabras que el esclavo, tozudamente, perseveraba en repetir. Había tardado cuarenta y ocho años en llegar a cónsul y aquél era un cargo que le gustaba demasiado como para dejarlo así como así. Lo importante ahora era el momento presente, la gran victoria; luego vendría su estrategia para dominar el Senado.

5

Un nuevo comerciante

Roma, año 228 a.C.

Corría el año 526 desde la fundación de Roma y Fabio Máximo ostentaba la máxima magistratura, al ser elegido por segunda vez en poco tiempo como uno de los dos cónsules que debían gobernar el Estado durante aquel año. Eran tiempos de tranquilidad en la ciudad, que vivía todavía con un sentimiento de relativo sosiego después de los encarnizados enfrentamientos de la flota romana durante el año anterior para combatir los navíos piratas de la costa ilírica, que suponían una constante amenaza para los puertos de aquella región y, más importante aún, para la seguridad de los barcos mercantes.

Tito Macio veía cómo con las rutas marítimas cada vez más seguras y con el creciente dominio de Roma sobre el mar, los negocios y el comercio proliferaban por toda la ciudad. El teatro seguía languideciendo en un doloroso parto que parecía no terminar nunca de dar los frutos deseados. Nevio, Pacuvio, Ennio y otros estrenaban tragedias y comedias que interesaban a pequeñas minorías ilustradas pero que quedaban lejos de entusiasmar al pueblo en general. La gente seguía mostrándose mucho más atraída por los combates de gladiadores y los espectáculos de saltimbanquis, equilibristas y mimos que salpicaban diferentes rincones de la ciudad y que seguían aprovechándose de las representaciones teatrales para luego llevarse el público allí reunido. Este estado de cosas condujo a Tito Macio a tomar una determinación clave en su vida y en su destino: dejar el teatro. Abandonar aquel mundo de muchos esfuerzos y escasas recompensas y adentrarse, con los pequeños ahorros que había conseguido, en el comercio. Encargado de las mil cosas de la compañía y, entre otras, de todo lo relacionado con la vestimenta de los actores, se había familiarizado con muchos comerciantes de telas, túnicas, togas y otros elementos necesarios del vestido diario de los romanos y por allí decidió encaminar su futuro. Lo tenía ya todo organizado: había seleccionado quiénes serían sus proveedores, los precios de entrada de los productos y los precios a los que los pondría a la venta; hasta había alquilado ya un local en una de las insulae más próximas a los mercados junto al Tíber. Todo estaba perfectamente planeado, excepto algo que quedaba pendiente: comunicárselo a Rufo.

Tito había pensado durante semanas la mejor fórmula de dar a conocer su decisión al director de la compañía, aguardando el momento adecuado para comentar sus planes: esperaba al final de cada representación, detrás del escenario, mientras Rufo calculaba el número de gente que había permanecido hasta el final, ya que los ediles de Roma hacían lo mismo. La verdad es que las cosas no habían ido nada bien en las últimas obras, de forma que Tito no se atrevía a hablar con el director. Sin embargo, el tiempo pasaba y ya tenía el local preparado y su decisión firme tomada. No podía esperar más tiempo. Una tarde, tras la representación de una obra de Livio Andrónico, Tito se acercó por fin a Rufo.

—Quería comentarle una cosa.

—Ahora no tengo tiempo. Ocúpate de recoger bien todos los trajes y guardarlos de forma que no queden arrugados. Las togas de los dioses parecía que hubieran estado enmarañadas durante meses —fue toda la respuesta de Rufo, que hizo ademán de marcharse.

—Me voy. Mañana mismo dejo de venir al teatro y de ocuparme de vestidos, textos, escenario y todas esas cosas —comentó Tito a toda velocidad y él sí que se volvió e inició su salida por la parte trasera del escenario donde se encontraban.

—¡Eh, tú! ¡Mentecato! ¡Por Cástor y por Pólux! ¿Se puede saber qué clase de sandez estás diciendo?

—Que me marcho, que estoy cansado de este trabajo. Es mucho esfuerzo, nadie me agradece nada y se gana muy poco, estoy prácticamente en la miseria y...

—¿Y...?

—¡Y además a la gente apenas le interesa lo que hacemos aquí; más nos valdría subirnos al escenario con diez flautas y un número de mimo! ¡Al menos usted le saca beneficio pero nosotros no sacamos nada!

Rufo estaba rojo de ira, pero era hombre que sabía calcular sus acciones con respecto a las repercusiones económicas que éstas pudieran tener en el negocio. Tito Macio era un elemento interesante en el engranaje de la compañía. Igual podía organizar vestidos, pelucas, calzado para una obra, que supervisar el levantamiento de la escena o incluso actuar cuando era preciso.

—¿Quieres más dinero? ¿Es eso? Te puedo doblar el dinero que percibes.

Tito meditó un instante, pero estaba demasiado decidido a alejarse de aquel mundo y ni aunque le quintuplicase lo que cobraba podría llegar ni a la mitad de lo que había calculado que podría estar ganando como comerciante de telas. Y aunque así fuera, no tener un amo que te ordena y te desprecia a partes iguales era un lujo que deseaba disfrutar.

—No, me marcho. Gracias por la oferta pero llega demasiado tarde.

Fue entonces cuando Rufo tradujo su ira en palabras que, si bien no pronunció muy alto, llegaron claras y precisas como dardos afilados a los oídos de Tito.

—Bien, pues si te marchas y me dejas tirado, despreciado, que sepas que recordaré bien lo acontecido aquí hoy. Algún día vendrás, oh sí, volverás, porque todos vuelven. ¿Crees que eres el único cansado de esta vida que se forja sueños de grandeza y me deja? Esto ya ha pasado antes y todos vuelven arrastrándose e imploran que los vuelva a aceptar y yo siempre digo no. No soy esencialmente rencoroso pero devuelvo siempre con la misma moneda con la que me pagan. Ahora lárgate de aquí y no vuelvas jamás. —Y con estas palabras, Rufo se dio media vuelta y se alejó del lugar.

Tito se quedó allí, solo, rumiando por unos instantes lo que Rufo había presagiado, pero sacudió al fin la cabeza y salió del escenario directo al mercado. Era una tarde suave y el viento fresco que subía desde el río apaciguó sus ánimos y la tensión vivida en la discusión con Rufo. Ante él una nueva vida se abría. Éste era su auténtico principio.

6

Amílcar

Hispania, 228 a.C.

Amílcar Barca, general en jefe del ejército cartaginés en la península ibérica, observaba el valle. Los exploradores no habían detectado movimientos de las tribus locales y, sin embargo, su instinto de guerrero le hacía dudar. La campaña contra los indígenas de la región estaba siendo más costosa de lo esperado. Su resistencia al poder de Cartago era tenaz, terca, pero la determinación de Amílcar era firme. Su gran plan no admitía vuelta atrás en su iniciativa de dominar aquel país. Necesitaban los recursos de la región, el control de las minas de Sierra Morena, acceso libre por los ríos y por las costas. El sur y gran parte del este estaban ya bajo su control, pero era necesario atajar las resistencias del interior. Por eso había cruzado el Tajo. Su objetivo era someter a todos los celtíberos entre aquel río y el Duero. Eso sería suficiente para mantener el dominio de la región y explotar sus riquezas para poder ejecutar la segunda parte del plan, la auténticamente importante: la conquista de la península itálica, la derrota de Roma y la devolución de la hegemonía del Mediterráneo a Cartago. Hispania sería la base de operaciones desde la que llevar a cabo sus designios.

Amílcar descendió hacia el valle cabalgando a lomos de su caballo, seguido de cerca por sus generales y, tras ellos, su joven hijo de veintiún años. Aníbal llevaba nueve años en Hispania con su padre. Junto a él había asistido a las deliberaciones que tenían lugar entre los generales antes de cada ataque, antes de cada batalla, antes del asedio de cualquier población. Y desde su adolescencia había entrado en combate. Y, como el resto de los miembros de la familia Barca, Aníbal era conocedor del plan de su padre, más allá de lo que los generales cartagineses sabían o podían intuir y más allá de lo que los políticos de Cartago imaginaban. Para los sufetes —cónsules de Cartago—, y su Consejo de Ancianos, Amílcar estaba asegurando un territorio, el de Iberia, para poder explotar sus riquezas y resarcir a Cartago de las inmensas penurias de su derrota en la última confrontación con Roma, que, además de conllevar pagos de guerra, implicó la pérdida de territorios como Sicilia. Aníbal, sin embargo, sabía que los planes de su padre iban mucho más allá que llenar las vacías arcas del Estado.

Descendieron por el valle. El ejército fue avanzando por la llanura en formación de a cuatro. Una larga hilera donde los elefantes y otras tropas pesadas quedaban al final. Al principio avanzaban los generales y parte de la caballería, seguidos de la infantería ligera. El sol se había nublado y una helada brisa empezó a deslizarse desde las montañas. Amílcar pensó en detener la marcha, pero pronto empezaría a anochecer, así que concluyó que era mejor atravesar aquel valle y establecer un campamento en las colinas próximas que se vislumbraban en la distancia. Ésa sería una buena posición defensiva en caso de ataque. Estaba meditando sobre estas opciones cuando por el otro extremo del valle apareció un grupo de guerreros iberos con varias decenas de carros tirados por bueyes. Las bestias avanzaban lentamente porque los iberos habían llenado los carros con troncos. Detrás de los vehículos venían varios centenares de guerreros armados. La formación resultaba insólita y el avance extremadamente lento hasta el punto de que los soldados cartagineses, que habían detenido su marcha, se echaron a reír. Amílcar, por el contrario, permanecía serio, oteando en la distancia intentando entender el sentido que tendría todo aquello. Estaba claro que era una fuerza inferior a la necesaria para poder plantar cara a su ejército. Se volvió y observó a sus soldados en formación, su progresión hacia el valle detenida al quedar todos mirando la extraña maniobra de los iberos. Amílcar escuchaba a sus propios oficiales despreciando a aquellos guerreros que se atrevían a retar con semejante arsenal a un ejército púnico muy superior, con infantería ligera y pesada, caballería, y elefantes.

—¡Es absurdo! ¿Qué pretenden? ¿Luchar con bueyes contra nuestros elefantes?

—¡A lo mejor nos van a lanzar los troncos!

—¡Ja, ja, ja...! —nuevas risas que se extendían por todas las unidades. Amílcar, sin embargo, estaba disgustado.

—¿Quién ha dado orden de detener nuestro avance? —gritó—. ¡Que siga entrando en el valle el grueso de las tropas! ¡Y no quiero más risas hasta que todo el ejército esté en formación de ataque!

Los oficiales callaron y se ocuparon de transmitir las órdenes. En ese momento se vieron varias antorchas encendidas entre los iberos que brillaban con especial fuerza en esa última hora del atardecer. Acercaban las llamas a los troncos de los carros que previamente habían untado con pez de forma que en un instante todas las decenas de carros ardían. El viento bajaba desde la ladera de las montañas hacia el valle, de forma que los bueyes, en su lento descenso, empezaron a sentir el intenso calor de las llamas empujadas por la brisa hacia sus cuerpos. Las bestias sintieron su piel quemándose y despavoridas y presas del pánico se lanzaron en una imposible huida de aquel calor abrasador arrojándose hacia el valle, pero por más que corrían las llamas los perseguían. Antes de que los cartagineses pudieran reaccionar, carros en llamas empujados por bueyes enloquecidos los alcanzaban desordenando las formaciones, pisoteando a muchos soldados y sembrando el caos y el terror. Súbitamente aparecieron varios grupos de guerreros por ambos flancos. Primero eran decenas pero se multiplicaban con increíble rapidez. Los cartagineses no entendían bien lo que pasaba pero pronto la vanguardia de las tropas ligeras quedó rodeada por varios centenares de iberos que lanzaron un feroz ataque contra las sorprendidas tropas púnicas, que aún luchaban por deshacerse de la embestida de los bueyes y de las llamas de los troncos, muchos de ellos ardiendo esparcidos por el suelo al haber volcado. Amílcar se percató de cómo se incorporaban más grupos de iberos: la gran mayoría parecían estar echados en el suelo en pequeños grupos. Habían disimulado su presencia entre los árboles de las laderas del valle e incluso algunos se habían ocultado con matorrales tumbándose en el suelo a la espera de recibir la orden de ataque. Serían unos mil en total. Todo era cuestión de resistir la acometida mientras el grueso de las tropas entraba en el valle y se rehacían las formaciones, con la infantería pesada y los elefantes. Los cartagineses, que ya empezaban a superar la sorpresa de los carros incendiados, recibieron a aquellos guerreros primero lanzando una andanada de jabalinas y luego con sus espadas desenvainadas. Decenas de iberos cayeron bajo la lluvia de proyectiles, pero la gran mayoría de luchadores indígenas alcanzó a las tropas. El combate era tumultuoso y desordenado, lo que perjudicaba la optimización de los recursos púnicos. Amílcar se vio envuelto por enemigos. Una decena de jinetes cartagineses rodearon a su general. Aníbal observaba el peligro en el que se encontraba su padre desde unos cien pasos de distancia, mientras combatía junto con otro escuadrón de soldados cartagineses. Asdrúbal, yerno de Amílcar, desde la entrada del valle ordenó a los soldados dejar paso a los elefantes para que éstos pudieran acceder lo antes posible y asistir a las desordenadas líneas de vanguardia y así repeler la acometida de los iberos. Éstos, enfervorecidos por el éxito inicial de su ataque sorpresa, se cebaron en rodear al que adivinaban por su amplia capa, su brillante y adornado casco y su propio porte, como general en jefe. Amílcar y los suyos pusieron pie a tierra, pues la proximidad de los iberos y el nerviosismo de los caballos hacía imposible combatir desde la montura. Aníbal vio a su padre bajar del caballo y comprendió la gravedad de la situación. Por el otro extremo de la llanura veía entrar los primeros elefantes que irrumpían bramando en el valle azuzados por sus adiestradores, pero aún quedaban muy lejos. No lo pensó.

—¡Seguidme los que podáis! ¡El general está en peligro! —Y sin esperar respuesta de sus soldados, salió del grupo cartaginés y se abrió paso a espadazos entre los iberos. Embestía con tal ferocidad que, una vez que derribó a dos guerreros enemigos, el resto se hizo atrás.

Varias decenas de soldados siguieron el ataque de Aníbal. Nuevos refuerzos iberos les salían al paso, pero la determinación de Aníbal era tal que enemigo tras enemigo caían bajo sus golpes. La sangre fluía por el filo de su espada hasta llegarle a la mano y luego al codo. Tenía gotas de salpicaduras por el rostro y alguien le había herido en un brazo, pero seguía firme, avanzando en dirección a su padre. Ya no se veía a Amílcar, sino sólo un montón de iberos en círculo asestando golpes. Aníbal presentía lo peor. El resto de los soldados que le acompañaban había comprendido lo que ocurría y parecía haberse contagiado del mismo espíritu de rabia que empujaba a Aníbal.

Amílcar combatía rodeado de enemigos. Uno a uno caían los pocos soldados cartagineses que luchaban por protegerle. Eran decenas de iberos los que se habían lanzado contra ellos. A lo lejos parecían oírse los bramidos salvajes y desoladores de los elefantes, pero parecían no llegar nunca. En ese momento sintió la primera herida, profunda, en el costado. Un sesgo que le hizo doblarse. A su lado cayó otro soldado cartaginés. Escuchó la voz del resto.

—¡Han herido al general! ¡Han herido al ge...!

Aquel soldado no pudo terminar. Una espada ibera cercenó su garganta al tiempo que su grito interrumpido advertía a sus compañeros del desastre infinito. Los iberos terminaron con el resto de la escolta y se abalanzaron sobre Amílcar. Éste se alzó una vez más y opuso su escudo como resistencia. Por alguna razón no tenía fuerza para utilizar el otro brazo y combatir con su espada. No se percataba de lo profundo de la herida que le había cortado los músculos de su antebrazo derecho. En ese momento llegó un golpe definitivo por la espalda y sintió su cuerpo temblar y caer al suelo de bruces, con el rostro hacia la tierra empapada por el arroyo que cruzaba el valle. Los iberos fueron a rematarle pero en ese instante cayeron sobre ellos un grupo de cartagineses rugiendo en tropel y asestando golpes mortales cargados de odio y venganza. Aníbal en especial abatió a tres iberos en tres golpes certeros en menos de cinco segundos. Los elefantes empezaron a llegar y hábilmente dirigidos por sus conductores aplastaban a los aterrorizados iberos que nunca antes habían visto semejantes bestias. En cuestión de minutos todos los guerreros que habían rodeado al general cartaginés fueron masacrados y en poco tiempo todo el ataque quedó repelido. Sin embargo, para Aníbal, todo había llegado tarde, infinitamente tarde.

En un minuto de miseria y dolor, Aníbal se arrodilla junto al cuerpo de su padre. Ha caído junto a un arroyo boca abajo. Las heridas no parecen mortales pero al volver el cuerpo descubre los ojos abiertos de Amílcar, vacíos, mirando al cielo. Al caer y perder el conocimiento por los golpes de los iberos, se ha ahogado en el barro del riachuelo. Un profundo silencio embarga el ánimo de los cartagineses alrededor de padre e hijo, hasta que desde lo más hondo de su ser Aníbal gira su rostro hacia el sol del atardecer y lanza un alarido desgarrador, largo y vibrante que retumba en las montañas y en las almas de todos los que lo escuchan.

Un par de centenares de iberos se repliegan aturdidos aún por la carga de los elefantes. Avanzan en el atardecer por el bosque oscuro, un poco confusos en sus sensaciones, entre complacidos por haber abatido al jefe de los invasores pero también apesadumbrados por los amigos caídos. De pronto, desde el valle un aullido roto de dolor y furia llegó trepando por las laderas. Los más jóvenes sonrieron. Sin duda habían matado a alguien importante. Los más mayores sintieron en la zozobra que transmitía aquel grito malos presagios para el futuro. Alguien que siente tanto dolor necesitará mucha sangre antes de sentirse saciado en su venganza.

7

Una lección de historia

Roma, 228 a.C.

Tíndaro, el pedagogo griego de los hijos del senador Publio Cornelio Escipión, instruía a los niños en las estrategias de guerra seguidas por los romanos contra el rey Pirro de Épiro. El joven Publio de siete años y su hermano pequeño Lucio de apenas cuatro escuchaban absortos el relato de su tutor. Estaban absolutamente maravillados por algo nuevo en las descripciones de las batallas: al luchar contra Pirro los romanos tuvieron que combatir contra elefantes traídos por el rey griego. Los cónsules de Roma intentaron todo tipo de tácticas para contrarrestar la enorme potencia de aquellas bestias al irrumpir en campo abierto, que destrozaban todo a su paso: si levantaban barricadas, las aplastaban, y a todos los que se refugiaban tras ellas; si se les lanzaban proyectiles, eran innumerables los dardos y jabalinas que debían impactar en una de las bestias antes de que ésta se derrumbara. Era, en fin, posible acabar con los elefantes, pero no sin antes pagar un elevadísimo coste de vidas que dejaba diezmado al ejército romano. Centenares de legionarios eran sistemáticamente aplastados bajo las gigantescas pezuñas de aquellos animales o zarandeados e incluso desmembrados por sus musculosas trompas. Además, los bramidos de las bestias y los alaridos de pánico y dolor de los que caían bajo su embestida llenaban de pavor a los supervivientes. Las maniobras de las legiones y la destreza de sus soldados resultaban superiores a la formación en falange de los hoplitas griegos de Pirro, pero los elefantes, aunque por escaso margen, convertían con frecuencia una batalla igualada en una victoria pírrica. Roma terminó imponiéndose pero el coste humano fue demoledor. Y ahora, un nuevo enemigo de Roma, sometido de momento, pero todavía amenazante, capturaba y adiestraba decenas de elefantes para su ejército de mercenarios y soldados africanos: Cartago. El pedagogo miró a los niños que, con los ojos abiertos de par en par, casi sin parpadear, seguían su relato, y les preguntó.

—¿Serán los romanos de hoy capaces de volver a derrotar a nuevos ejércitos que alineen en sus filas decenas de elefantes?

Los niños, callados, esperaban que el tutor les diera la respuesta, pero éste guardó silencio, como si meditara. Ni Publio ni Lucio podían concebir que el pedagogo les planteara una pregunta para la que nadie tenía respuesta.

En ese momento se escuchó un poderoso vozarrón en el vestíbulo.

—Anuncia mi llegada —Cneo Cornelio Escipión daba instrucciones al esclavo que le acababa de abrir la puerta y, sin esperar respuesta, se abalanzó sobre los niños que, al verle llegar, olvidaron por completo a su tutor, al rey Pirro y a todos sus elefantes y se arrojaron con los brazos abiertos para abrazar a su tío—. Bien, bien, bien; aquí están las dos fieras salvajes de Roma que me atacan... Me tengo que defender... Peligra mi vida...

Cneo se arrojó al suelo del atrio y empezó a fingir un duro combate con los dos niños que se revolcaban con él en el suelo. El pedagogo griego sacudía la cabeza en señal de clara desaprobación al tiempo que recogía rollos de papiro, unas tablillas de cera y pequeñas figuras de soldados con las que ilustraba las tácticas en las diferentes batallas que explicaba a sus pupilos. Pomponia, la mujer del senador Publio, entró en el atrio.

—Cneo, si Publio se entera de que nuevamente interrumpes al pedagogo griego que ha designado como tutor de los niños, se va a enfadar.

—Es una perniciosa influencia; indisciplina y anarquía; es un mal ejemplo —comentaba en voz baja el tutor aludido mientras recopilaba todos los materiales de su enseñanza.

Cneo se levantó del suelo. Había cogido a los niños, llevándolos asidos por los brazos; cada brazo sostenía un niño como si de sacos de sal se tratase. Los críos sacudían las piernas y se arqueaban intentando desasirse del abrazo de su tío con resultados totalmente infructuosos. Acompañaban todos sus movimientos y patadas de un sinfín de risas.

—Son pequeñas fieras que necesitan acción, adiestramiento militar; espada, combate y menos arengas en griego y viejas historias del pasado. Nuestro ejército no tiene ya nada que ver con los de hace cincuenta años —comentó Cneo.

Pomponia mantuvo fija su mirada en el gigantesco general romano apretando los labios. Cneo desistió en sus comentarios y en su actitud y soltó a los niños.

—De acuerdo, de acuerdo. Marchad, niños, con vuestro tutor... y escuchadle bien, ya que eso es lo que ha decidido vuestro padre.

—Noooooo, noooooo —imploraban ambos niños al tiempo—. Queremos luchar.

—Sí, ser legionarios —comentó Lucio.

—¡Y espadas! —gritó Publio.

Pomponia puso orden sin levantar la voz.

—Los dos, con Tíndaro, al jardín, y no quiero oír ni una sola palabra más o no habrá cena, sino azotes.

Los niños sabían que su madre era extremadamente estricta con las órdenes que daba y, pese a ser contraria a sus deseos, siguieron la instrucción al pie de la letra.

—Hasta luego, tío Cneo —dijo Publio y, acompañado de su hermano, salió hacia el jardín de la parte posterior de la domus.

Cneo y Pomponia quedaron a solas. La mujer invitó entonces al hermano de su marido a reclinarse en el triclinium. En aquel momento llegó Publio padre. Entró en casa y saludó con un abrazo a su hermano y con un beso suave en la mejilla a su mujer.

—Bien, veo que llego en la hora justa —comentó al ver la comida que un esclavo disponía en el centro de tres triclinia—. Me alegro de llegar antes de que mi hermano se lo coma todo.

—Eso no es cierto —respondió Cneo—; siempre me preocupo de dejar algo para los Lares y los Penates, los dioses de nuestra casa.

—Sí, ya veo, tendré que ser divinizado para que mi hermano me deje comida que merezca la pena, pero bueno, ¿sabéis la noticia?

Cneo y Pomponia se miraron y luego con caras de desconocimiento se volvieron hacia Publio.

—No —dijo Cneo—. No sé nada. ¿Qué ha pasado?

Publio cogió un racimo de uvas y mientras comía fue explicándose.

—Noticias de Hispania... Amílcar, Amílcar de la familia de los Barca, el general cartaginés contra el que luchamos en Sicilia y que tantos problemas nos creó, ha muerto. No está claro cómo, parece que en una incursión hacia el interior de aquella región en algún enfrentamiento con tribus de la zona. En cualquier caso lo que parece seguro es que ha muerto.

—Bueno —comentó Cneo—, un general cartaginés muerto, uno menos del que preocuparnos; no veo yo por qué tanto revuelo.

—Hermano, Amílcar profesaba un gran resentimiento contra Roma, eso es claro y conocido por el Senado. Su fallecimiento podría reducir por un lado la expansión de Cartago por Hispania y, al tiempo, quizá calmar los ánimos.

—¿Y se sabe a quién elegirán como general en jefe los sufetes y el Senado cartaginés? —preguntó Cneo.

—No lo sé. Parece que las tropas han elegido a Asdrúbal, su yerno, pero falta la ratificación del Senado de Cartago. En cualquier caso creo que esto puede reducir las tensiones con los púnicos, especialmente si la familia Barca pierde fuerza.

Pomponia entró entonces en la conversación.

—Y este Amílcar...

—¿Sí? Dime, mujer —invitó Publio, dejando el racimo ya vacío de uvas en la mesa, junto al resto de la fruta.

—¿Este general cartaginés tiene hijos?

Publio meditó en silencio. Algo había oído de los hijos de este general, especialmente de uno al que llamaban Aníbal.

—Sí, varios, aunque parece que hay uno que destaca por su valor, un tal Aníbal.

—Aníbal —Pomponia repitió el nombre, como subrayándolo, mirando distraídamente al suelo, sin decir más.

Publio se quedó entonces con aquel nombre en su mente y, sin saber por qué, se acordó de sus propios hijos. El silencio que se había creado en la conversación permitió que la voz de su hijo mayor en el jardín, recitando un pasaje en griego, llegara a la estancia donde se encontraba con su hermano y su mujer comiendo. Se sintió orgulloso y su satisfacción no le permitió ponderar con más detenimiento la extraña conexión que su mente, por un breve instante, había llegado a establecer entre aquel hijo del general cartaginés muerto y su propio primogénito.

Tíndaro sacó una pizarra y tiza y dibujó un mapa del mundo.

—Bien —empezó aclarándose la garganta; los niños sabían que venía una lección larga—. Veamos: si empezamos por Occidente, ¿qué tenemos aquí? Tíndaro señalaba el extremo oeste de su mapa.

—¡Hispania! —gritó Publio orgulloso.

—Correcto. Bien. Hispania, donde tenemos los iberos y algunas ciudades griegas en la costa y los celtas en el interior. Iberos y celtas, ambos pueblos bárbaros. Luego, cruzando los montes Pirineos nos encontramos con la... —se detuvo mirando al pequeño Lucio.

—¿Galia? —respondió el menor de los hermanos con voz dubitativa.

Tíndaro asintió en reconocimiento por el esfuerzo del más joven de los dos hermanos.

—La Galia. Cruzamos el río Ródano y nos encontramos al norte con los Alpes y al sur con la Galia Cisalpina. En todas estas regiones habitan los galos, pueblo celta también con el que está Roma en permanente lucha. Tenemos los insubrios, los ligures, bueno, pero no entraremos ahora en más detalles. Si vamos al otro lado del mar, al sur, está Mauritania, Numidia y África. En Numidia reina Sífax, aunque en constante pugna con el sector occidental de la región apoyado por Cartago, la ciudad que controla África y con la que se libró la gran guerra por Sicilia y Cerdeña. En fin. Llegamos a Italia, con Roma en su centro, Etruria al norte, Campania al sur, y más al sur aún las antiguas colonias griegas de la Magna Grecia. En Italia, además de Roma destacan por su importancia...

—Capua, la capital de Campania y Tarento, en la Magna Grecia, ambas bajo dominio romano —volvió a responder Publio con seguridad.

—Sí, muy bien, Publio. Vayamos ahora hacia Oriente. —Tíndaro no parecía vivir con gran agrado la extensión de Roma sobre antiguas ciudades independientes griegas—. Y llegamos a Grecia, la cuna de la civilización, la democracia y el orden, de donde yo provengo. Aquí tenemos una amplia serie de ciudades libres que se asocian en diferentes ligas. Tenemos la liga etolia con Naupacto y las Termópilas, junto al reino de Épiro que es bañado por el Adriático. Y al sur de la liga etolia, tenemos la liga aquea con Olimpia, Esparta, Argos o Corinto. También están otras ligas de menor importancia como la Beocia, la Fócida o la Eubea. En éstas encontramos ciudades como Tebas. Y luego Atenas, está aquí, al sur de Tebas. Bien, bien, bien. —Tíndaro se detuvo un instante contemplando su mapa.

—¿De dónde vienes tú, Tíndaro? —era la voz del joven Publio.

—¿Yo? —el pedagogo se vio sorprendido; era la primera vez que alguien le hacía aquella pregunta en mucho tiempo. Era curioso. Parecía que aquel pequeño quisiera saberlo todo—. Yo vengo de Tarento, pero he viajado por muchas de estas ciudades. En otro tiempo, cuando era joven. Pero no nos desviemos de la lección de hoy. Al norte de Grecia y el reino de Épiro, tenemos en el Adriático, la costa Ilírica, con el reino de Faros, refugio de piratas y constante fuente de conflictos en el mar. Y un poco hacia el este, encontramos el siempre temible reino de Macedonia, con su capital Pella. ¿Quién partió de aquí para conquistar Asia?

—Alejandro.

Nuevamente era Publio quien respondía. Tíndaro volvió a asentir. Eso sólo lo había comentado una vez y hacía semanas. Tenía memoria.

—Alejandro Magno, en efecto —prosiguió el pedagogo—, y ahora este reino es gobernado por Antígono III Dosón, que accedió al trono el año pasado y que ostenta como descendiente de una de las dinastías establecidas por los generales del gran Alejandro tras su muerte. El rey Antígono tiene un joven primogénito, algo mayor que vosotros, al que le han puesto el nombre de Filipo, en honor al padre de Alejandro, el unificador de Grecia. Cuando este muchacho acceda al trono será conocido como Filipo V. Al norte de Macedonia están los tracios, otro pueblo bárbaro, siempre rebelde y complicado. Si seguimos hacia Oriente, encontramos otros pequeños reinos marítimos como Rodas o Pérgamo, hasta alcanzar las grandes regiones de Oriente: Asia Menor, Siria y Persia, todas bajo el poder de otro rey descendiente de los diadocos, los generales de Alejandro. El rey que gobierna todo este vasto imperio es Seleúco II, de ahí que lo llamemos también el imperio Seleúcida. Es una región extensísima, el mayor de los reinos del mundo conocido y, sin embargo, sólo una parte del grandísimo imperio que consiguió tener bajo su control Alejandro Magno. Y para terminar, este gran reino limita con otros dos de gran importancia: al suroeste tiene frontera con Egipto, el Egipto de los faraones, conquistado también por Alejandro y que tras su muerte quedó en manos de su general Ptolomeo, estableciéndose así otra dinastía de origen macedónico y griego; en la actualidad gobierna el reino de Egipto Ptolomeo III Evergetes. Ambos, el rey de Egipto y el rey Seleúco llevan casi veinte años gobernando. Y bien, llegamos al otro extremo del mapa, más allá del río Indo, donde encontramos el lejano reino de la India, donde Alejandro detuvo al fin su marcha. Algunos dicen que por la rebelión de sus tropas, otros que por la férrea resistencia del forjador de una gran dinastía: el emperador indio Chandragupta. En cualquier caso, este poderoso y hábil gobernante estableció allí un gran reino que fue creciendo con sus sucesores hasta el rey Asoka, cuyo reciente fallecimiento ha dejado la región en una situación incierta. Y en fin, éste es el mundo conocido. Como veis, Roma es sólo un pequeño punto, en esta región occidental del orbe. Una ciudad importante sí pero, como os he explicado, lejos del poder y la gloria de otros grandes reinos.

El pedagogo dio por terminada su lección, suspiró y los dejó por aquel día. Lucio se fue a estar junto a su madre, pero el pequeño Publio se quedó en el jardín. Tíndaro, a petición suya, le había dejado los soldados con los que los instruía en estrategia militar. Publio dispuso un grupo tal y como lo había hecho Pirro con un nutrido grupo de elefantes en la vanguardia. Enfrente situó las dos legiones romanas en formación: primero la infantería ligera con los vélites reclutados entre los más jóvenes y los más pobres de la ciudad; éstos llevaban el gladio o espada corta de dos filos y unas largas jabalinas que, una vez clavadas en el escudo enemigo, no podían ser separadas, dejando el arma defensiva inútil; como protección portaban un pequeño escudo redondo o parma y un casco de cuero llamado galea, casi siempre hecho de piel de lobo, el animal protegido por Marte, dios de la guerra; detrás los vélites, y siguiendo la tradición bélica en la que le instruían, dispuso los hastati, los príncipes y los triari, por ese orden; todos llevaban una fuerte coraza de cuero reforzada en el centro del pecho con una sólida placa de hierro de aproximadamente veinte centímetros cuadrados; la cabeza iba recubierta con el cassis, un casco coronado con un penacho adornado de plumas púrpuras o negras; como protección, todos estos soldados llevaban grandes escudos convexos hechos con dos planchas superpuestas y con una punta de hierro en el centro que los soldados usaban para desviar las armas que se les dirigiesen, evitando así que quedaran pegadas en el escudo. Además, llevaban una espada y el pilum o lanza parar atacar al enemigo lanzándolo a veinticinco o cuarenta pasos de distancia, dependiendo de la fortaleza y habilidad de cada legionario; por fin, los triari, los soldados de la retaguardia, los más expertos de toda la legión, llevaban una pica más larga usada para el combate cuerpo a cuerpo. Publio organizó las formaciones de ambos bandos con la infantería en el centro y los escuadrones de caballería de ambos ejércitos en las alas respectivas; sin embargo, Pirro contaba con la ayuda adicional de los poderosos elefantes. ¿Cómo compensar eso? El pequeño Publio se tumbó en el suelo con su rostro muy próximo a los soldados que representaban ambos ejércitos. En el silencio del jardín sólo se oía el agua de la pequeña fuente del centro y el murmullo de las voces de sus padres y su tío Cneo hablando, pero Publio no escuchaba a nadie, absorto por completo en desentrañar alguna forma en la que contrarrestar la carga de los elefantes. En clase había sugerido que los romanos incluyeran bestias como ésas en sus propias filas pero Tíndaro lo había desechado como imposible porque en la península itálica no había elefantes.

—Quizá en el futuro, pero hoy día Roma no tiene elefantes y otros enemigos sí —explicó el tutor griego—, y ésa es una realidad de la que el ejército romano no puede huir, aunque muchos deseen hacer caso omiso.

—¿Caso omiso? —había preguntado Publio.

—Quiero decir que hay generales romanos que no prestan atención a este tema y deberían hacerlo o, al menos, eso es lo que yo pienso.

Y eso es lo que también pensaba el pequeño Publio. Se quedó allí, dormido, meditando sobre los elefantes. Su padre lo sorprendió en el suelo y lo despertó.

—Ése no es sitio para dormir, joven soldado.

Publio se frotó los ojos.

—No, lo siento..., pensaba en los elefantes del rey Pirro.

—¿Los elefantes...? Bien..., ése es un buen asunto para meditar. ¿Y has llegado a alguna conclusión?

—No, pero es peligroso no contar con elefantes cuando otros ejércitos sí disponen de ellos. ¿Alguna vez hemos ganado a los elefantes?

Su padre le miró con intensidad.

—¿Tíndaro no os ha hablado aún de Claudio Metelo?

El niño sacudió la cabeza.

—Bi ...