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AJUSTE DE CUENTAS

John Grisham  

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Fragmento

1

Una fría mañana de principios de octubre de 1946, Pete Banning despertó antes del alba, pero no intentó volver a dormirse. Permaneció largo rato acostado en medio de la cama, contemplando el oscuro techo y preguntándose por enésima vez si poseía el valor necesario. Al fin, cuando los primeros rayos del amanecer se colaron por una ventana, aceptó la solemne realidad de que había llegado la hora del asesinato. La necesidad de llevarlo a cabo se había vuelto tan acuciante que no le permitía continuar con su rutina diaria. No podía seguir siendo el mismo de siempre hasta que hubiera cumplido con su propósito. El plan era sencillo, pero difícil de imaginar. Sus repercusiones se harían sentir durante décadas y cambiarían la vida a sus seres queridos, así como a muchas personas a las que no quería. De hecho, dada su naturaleza, habría preferido eludir la atención, pero eso no sería posible. No tenía elección. La verdad se había revelado poco a poco y, una vez que la hubo asimilado por completo, el asesinato se había vuelto tan inevitable como la salida del sol.

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Se vistió despacio, como de costumbre, pues, debido a las heridas de guerra, había amanecido con las piernas rígidas y doloridas. A continuación, recorrió la casa a oscuras hasta la cocina, donde encendió una luz tenue y puso la cafetera. Mientras se hacía el café, permaneció de pie junto a la mesa del desayuno, recto como un palo, y, entrelazando las manos detrás de la cabeza, dobló las rodillas con suavidad. Torció el gesto por el dolor que se le extendía de las caderas a los tobillos, pero aguantó diez segundos en cuclillas. Se relajó y repitió el movimiento varias veces, descendiendo más y más con cada flexión. Llevaba varillas de metal en la pierna izquierda y metralla en la derecha.

Tras servirse el café y añadir leche y azúcar, salió al porche trasero, se detuvo en los escalones y tendió la vista hacia sus tierras. El sol asomaba por el este, tiñendo de amarillo aquel mar de blancor. Los campos estaban recubiertos de un algodón que semejaba nieve recién caída, y en otras circunstancias Pete habría esbozado una sonrisa ante lo que sin duda sería una cosecha generosa. Sin embargo, ese día no habría sonrisas; solo lágrimas, y a raudales. Por otro lado, rehuir el asesinato supondría un acto de cobardía. Bebió un sorbo de café mientras contemplaba su terreno, reconfortado por la sensación de seguridad que le confería. Bajo el manto blanco se extendía una capa de tierra que pertenecía a los Banning desde hacía cien años. Las autoridades lo apresarían y seguramente lo ejecutarían, pero sus tierras perdurarían y proporcionarían sustento a su familia.

Mack, su sabueso mapachero, salió de su sopor y se reunió con él en el porche. Pete le frotó la cabeza al tiempo que le hablaba.

Las cápsulas de algodón, a punto de reventar, pedían a gritos que las recogieran, y pronto una cuadrilla de peones del campo montaría en los remolques para que los transportaran a las hectáreas más alejadas. De pequeño, Pete viajaba en el carro con los negros y arrastraba un saco de algodón doce horas al día. Los Banning eran agricultores y terratenientes, pero también trabajadores, no hacendados aburguesados con vidas decadentes a costa del sudor ajeno.

Tomó otro trago mientras observaba cómo la nieve recién caída se tornaba aún más blanca conforme el cielo se iluminaba. A lo lejos, más allá del establo, oía las voces de los negros, que se congregaban en el cobertizo de los tractores, preparándose para otra larga jornada. Eran hombres y mujeres a los que conocía de toda la vida, peones pobres de solemnidad cuyos antepasados habían trabajado las mismas tierras a lo largo de un siglo. ¿Qué sería de ellos después del asesinato? Su existencia apenas se vería afectada, en realidad. Habían sobrevivido con poco y no sabían hacer otra cosa. Al día siguiente, se reunirían a la misma hora, en el mismo lugar, aturdidos y en silencio, y cuchichearían en torno al fuego antes de encaminarse hacia los campos, preocupados, sin duda, pero también ansiosos por llevar a cabo sus tareas y cobrar sus jornales. La cosecha seguiría adelante, ininterrumpida y abundante.

Pete apuró el café, depositó la taza sobre la barandilla del porche y encendió un cigarrillo. Pensó en sus hijos. Joel cursaba el último año en Vanderbilt, y Stella, segundo en Hollins. Se alegró de que ambos se encontraran lejos. Casi sentía el miedo y la vergüenza que se apoderaría de ellos cuando su padre estuviera preso, pero confiaba en que lo superarían, al igual que los jornaleros. Eran personas inteligentes y equilibradas, y las tierras siempre serían suyas. Terminarían sus estudios, se casarían con personas de buena familia y prosperarían.

Mientras fumaba, cogió la taza, regresó a la cocina y se acercó al teléfono para llamar a Florry, su hermana. Era miércoles, el día que desayunaban juntos, y Pete le confirmó que no tardaría en llegar. Tiró los posos, encendió otro cigarrillo y cogió la cazadora que colgaba de un gancho junto a la puerta. Atravesó el patio de atrás con Mack hasta un sendero que discurría al lado de la huerta donde Nineva y Amos cultivaban una gran cantidad de verduras y hortalizas para alimentar a los Banning y sus empleados. Al pasar por delante del establo, oyó que Amos hablaba a las vacas que estaba a punto de ordeñar. Pete le dio los buenos días, e intercambiaron impresiones sobre un cerdo gordo que habían elegido para la matanza del sábado siguiente.

Reanudó la marcha sin cojear, aunque le dolían las piernas. En el cobertizo de los tractores, los negros charlaban y bebían café en tazas de hojalata alrededor del fuego. Cuando repararon en su presencia, se quedaron callados. Varios lo saludaron con un «buenos días, señor Banning», y él les dirigió unas palabras. Los hombres llevaban pantalones de peto raídos y sucios; las mujeres, vestidos largos y sombreros de paja. Todos iban descalzos. Los niños y adolescentes estaban sentados cerca de un remolque, acurrucados bajo una manta, con los ojos soñolientos y expresión solemne, horrorizados ante la perspectiva de pasarse otro largo día recogiendo algodón.

En la finca de los Banning había una escuela para negros, hecha posible gracias a la generosidad de un judío rico de Chicago, y el padre de Pete había aportado suficientes fondos de contrapartida para su construcción. Los Banning insistían en que todos los niños de color de la hacienda estudiaran por lo menos hasta octavo curso. Sin embargo, en octubre, cuando lo único que importaba era la cosecha, la escuela cerraba sus puertas y los alumnos trabajaban en los campos.

Pete consultó en voz baja a Buford, su capataz blanco. Hablaron sobre el tiempo, el tonelaje recogido el día anterior y el precio del algodón en la lonja de Memphis. Durante la temporada de cosecha, nunca había recolectores suficientes, y Buford contaba con la llegada de una camioneta cargada de trabajadores blancos de Tupelo. Los esperaba el día anterior, pero no se habían presentado. Corría el rumor de que un granjero, a unos tres kilómetros de allí, ofrecía cinco centavos más por libra, pero esa clase de habladurías proliferaba en época de cosecha. Las cuadrillas de recogida trabajaban duro un día, desaparecían al siguiente y luego regresaban a medida que los precios fluctuaban. Los negros, en cambio, no tenían la posibilidad de ofrecer sus servicios al mejor postor, y los Banning eran conocidos por pagar a todos por igual.

Los dos tractores John Deere arrancaron con un petardeo, y los peones subieron a los remolques. Pete los vio alejarse por entre la nieve recién caída, meciéndose y bamboleándose, hasta que los perdió de vista.

Encendió otro cigarrillo y, con Mack a su lado, dejó atrás el cobertizo y enfiló un camino de tierra. Florry vivía a kilómetro y medio, en su parte de la finca, y últimamente Pete siempre iba a verla a pie. Aunque el ejercicio le resultaba doloroso, los médicos le habían asegurado que las caminatas largas le fortalecerían las piernas y que quizá el dolor remitiría con el tiempo. Él lo dudaba y aceptaba el hecho de que aquel ardor y aquellas punzadas en las extremidades inferiores lo acompañarían durante el resto de su vida, una vida que se sentía afortunado de conservar. Unos años atrás lo habían dado por muerto, y en realidad había visto muy de cerca su fin, por lo que consideraba que cada día era un regalo.

Hasta ese momento. Aquel sería el último día de su vida tal como la conocía y lo tenía asumido. No le quedaba más remedio.

Florry vivía en una casita de campo rosa que había hecho construir cuando su madre falleció y heredaron las tierras. Era una aficionada a la poesía sin interés alguno por la agricultura, pero sí por los ingresos que esta generaba. Su parcela del terreno, de dos kilómetros cuadrados y medio, era tan fértil como la de Pete, a quien se la arrendaba a cambio de la mitad de los beneficios. Se trataba de un acuerdo verbal, tan firme como un contrato de muchas páginas y basado en una confianza implícita.

Cuando Pete llegó, su hermana estaba en el patio trasero, paseándose por la pajarera de malla de alambre y tela metálica mientras esparcía pienso y chachareaba con su colección de loros, periquitos y tucanes. Junto al santuario de aves había una jaula más pequeña donde tenía una docena de gallinas. Sus dos golden retrievers se hallaban sentados en la hierba, observando la escena sin el menor interés por las aves exóticas. La casa de Florry estaba repleta de gatos, seres a los que ni Pete ni los perros profesaban aprecio.

Pete señaló un lugar del porche delantero en el que ordenó a Mack que lo esperara y entró. Marietta estaba atareada en la cocina, y la casa olía a tocino frito y tortas de maíz. Pete le dio los buenos días y se sentó a la mesa del desayuno. La criada le sirvió un café mientras él se ponía a leer el periódico matinal de Tupelo. El viejo gramófono del salón reproducía los gritos de angustia operística de una soprano. Pete a menudo se preguntaba cuántos vecinos más del condado de Ford escucharían ópera.

Cuando Florry terminó de alimentar a los pájaros, entró por la puerta de atrás, saludó a su hermano y tomó asiento frente a él. No intercambiaron abrazos ni otras muestras de afecto. Quienes conocían a los Banning los consideraban fríos y distantes, en absoluto cariñosos y poco dados a la emotividad. Era cierto, pero no deliberado; sencillamente los habían criado así.

Florry tenía cuarenta y ocho años, y había sobrevivido a un matrimonio breve y desgraciado cuando era joven. Era una de las pocas divorciadas del condado, por lo que la miraban por encima del hombro, como si adoleciera de alguna tara y quizá también de una moral dudosa. Tampoco es que le importara. Tenía pocos amigos y rara vez salía de la finca. Muchos la llamaban «Doña Pájaros» a sus espaldas, y no de un modo afectuoso.

Marietta les sirvió unas tortillas gruesas con tomate y espinacas, y tortas de maíz bañadas en mantequilla, tocino y mermelada de fresa. Salvo el café, el azúcar y la sal, todo lo que había encima de la mesa procedía de la hacienda.

—Ayer recibí una carta de Stella —declaró Florry—. Al parecer le va bien, aunque tiene el cálculo atravesado. Prefiere la literatura y la historia. Me recuerda mucho a mí.

Se suponía que los hijos de Pete debían mandar al menos una carta por semana a su tía, que les escribía al menos dos veces por semana. Pete, poco partidario de las misivas, les había asegurado que no hacía falta. Sin embargo, escribir a su tía era una obligación.

—No he tenido noticias de Joel —añadió ella.

—Debe de andar muy ocupado —aventuró Pete al tiempo que pasaba una página del periódico—. ¿Sigue saliendo con esa chica?

—Supongo. Es demasiado joven para una relación amorosa, Pete. Deberías decirle algo.

—No me hará caso. —Pete tomó un bocado de tortilla—. Solo quiero que se dé prisa en graduarse. Estoy harto de pagar sus clases.

—Me imagino que la cosecha va bien —comentó ella. Apenas había tocado el desayuno.

—Podría ir mejor, y el precio volvió a caer ayer. Hay un exceso de algodón este año.

—El precio sube y baja, ¿no? Cuando está alto, no hay algodón suficiente, y cuando está bajo, hay demasiado. Sea como sea, sales perdiendo.

—Supongo. —Había acariciado la idea de advertir a su hermana de lo que iba a ocurrir, pero sabía que ella no reaccionaría bien, que le suplicaría que no lo hiciera, se pondría histérica y se enzarzarían en una discusión, cosa que hacía años que no sucedía. El asesinato afectaría a su vida de manera radical y, por un lado, la compadecía y sentía que le debía una explicación. Por otro, sin embargo, sabía que era algo imposible de explicar, y que intentarlo no serviría de nada.

Le costaba asimilar que aquella podía ser la última vez que comieran juntos, aunque, por otra parte, esa mañana casi todas las cosas las estaba haciendo por última vez.

Se vieron obligados a entablar una conversación sobre el tiempo que se prolongó unos minutos. Según el calendario agrícola, las dos semanas siguientes serían frescas y secas, ideales para la cosecha. Cuando Pete le expuso las mismas preocupaciones acerca de la escasez de mano de obra, ella le recordó que era una queja habitual todas las temporadas. De hecho, la semana anterior, mientras desayunaban tortilla, él se había lamentado de la falta de temporeros.

Pete era poco inclinado a entretenerse durante las comidas, sobre todo en un día aciago como ese. Había pasado hambre durante la guerra y sabía que el cuerpo necesitaba muy poco para sobrevivir. Su constitución delgada no le sobrecargaba las piernas. Mordisqueó un trozo de tocino, bebió un sorbo de café, pasó otra página y escuchó a Florry explayarse sobre un primo suyo que acababa de morir a los noventa años, demasiado joven en su opinión. Con la muerte rondándole el pensamiento, Pete se preguntó qué diría de él el periódico de Tupelo los días siguientes. Publicarían artículos, tal vez muchos, pero él no albergaba el menor deseo de atraer la atención. A pesar de todo, era inevitable, y temía que se desatara una ola de sensacionalismo.

—Apenas has probado bocado —observó ella—. Y te veo algo delgado.

—No tengo mucho apetito —respondió él.

—¿Cuánto estás fumando?

—Lo que me apetece.

Tenía cuarenta y tres años, pero aparentaba más, al menos según ella. Su cabello, espeso y negro, empezaba a encanecer por encima de las orejas, y le estaban saliendo largas arrugas en la frente. El soldado joven y gallardo que había partido a la guerra envejecía muy deprisa. Aunque los recuerdos y las secuelas le pesaban, se los guardaba para sí. Los horrores a los que había sobrevivido nunca salían a relucir, al menos por iniciativa suya.

Una vez al mes, hacía el esfuerzo de preguntar a su hermana por sus composiciones, por sus poesías. Habían publicado algunas en revistas literarias poco conocidas a lo largo de la última década, pero no muchas. A pesar de su falta de éxito, nada le gustaba más a Florry que aburrir a su hermano, sus sobrinos y su reducido círculo de amistades poniéndolos al día sobre su carrera literaria. Era capaz de parlotear sin parar acerca de sus «proyectos», sobre ciertos editores que adoraban su poesía pero al parecer no encontraban un hueco para ella o las cartas de admiradores de todo el mundo que recibía. No tenía tantos seguidores, y Pete sospechaba que la solitaria misiva que le había remitido algún alma en pena de Nueva Zelanda tres años atrás seguía siendo la única que le había llegado con un sello extranjero.

Él no leía poesía y, después de verse obligado a leer la de su hermana, había decidido abjurar del género para siempre. Prefería la ficción, sobre todo la de autores sureños, y en especial la de William Faulkner, a quien había conocido antes de la guerra, en un cóctel celebrado en Oxford.

Esa mañana no era un buen momento para hablar de ello. Lo esperaba una tarea repulsiva, un acto monstruoso que no podía rehuir ni seguir posponiendo.

Empujó a un lado su plato, con el desayuno a medio comer, y apuró su café.

—Un placer, como siempre —dijo con una sonrisa al tiempo que se ponía de pie.

Tras dar las gracias a Marietta y ponerse la cazadora, salió de la casa. Mack lo aguardaba en los escalones de la entrada principal. Florry se despidió desde el porche mientras él se alejaba agitando el brazo sin mirar atrás.

Una vez en el camino de tierra, alargó las zancadas y se sacudió la rigidez que se había apoderado de él tras pasar media hora sentado. El sol había ascendido en el cielo y había evaporado el rocío con su calor, y por todas partes las gruesas cápsulas combaban los tallos, implorando que las recogieran. Siguió adelante, un hombre solitario con los días contados.

Nineva se hallaba frente a la cocina de gas, cociendo los últimos tomates para enlatarlos. Pete le dio los buenos días, se sirvió un café recién hecho y se lo llevó a su estudio, donde se sentó a su escritorio y ordenó sus papeles. Todas las facturas estaban pagadas. Todas las cuentas estaban al día y en regla. Los números de los extractos bancarios cuadraban y reflejaban liquidez suficiente. Tras escribir una carta de una página a su esposa, puso la dirección en el sobre y pegó los sellos. Guardó un talonario y unas carpetas en un maletín que dejó junto al escritorio. De uno de los cajones inferiores extrajo su revólver Colt 45, comprobó que las seis recámaras estuvieran cargadas y se lo metió en el bolsillo de la cazadora.

A las ocho, informó a Nineva de que se iba a la ciudad y le preguntó si necesitaba algo. Ella le respondió que no, y Pete bajó del porche delantero, con Mack a la zaga. Abrió la puerta de su nueva camioneta Ford modelo 1946, y el perro subió de un salto al asiento corrido, del lado del pasajero. Rara vez se perdía un viaje a la ciudad, y ese día no sería distinto, al menos para él.

La residencia de los Banning, un espléndido edificio de estilo neocolonial construido por los padres de Pete antes del crac de 1929, se encontraba en la carretera 18, al sur de Clanton. El año anterior habían asfaltado el camino rural con fondos federales. Los vecinos del lugar creían que Pete había utilizado sus influencias para conseguir la financiación, pero no era cierto.

Clanton se hallaba a poco más de seis kilómetros de distancia, y Pete conducía despacio, como de costumbre. No había tráfico, salvo por algún que otro carro de mulas cargado de algodón que se dirigía hacia la desmotadora. Aunque un puñado de los cultivadores más importantes del condado, como Pete, tenían tractores, seguían utilizando las mulas para la mayor parte del transporte, así como para arar y plantar. Toda la cosecha se realizaba a mano. Las empresas John Deere e International Harvester intentaban perfeccionar las cosechadoras mecanizadas que supuestamente eliminarían algún día la necesidad de emplear tanta mano de obra, pero Pete albergaba sus dudas. De todos modos, carecía de importancia. Lo único que importaba era la misión que tenía entre manos.

El arcén estaba salpicado de briznas de algodón que caían de los carros. Dos muchachos de color y de ojos soñolientos que pasaban el rato junto a un sendero que discurría entre los campos lo saludaron con un gesto al tiempo que admiraban su camioneta, una de las dos Ford nuevas del condado. Pete no correspondió a su saludo. Se encendió un cigarrillo y dijo algo a Mack cuando entraban en la ciudad.

Aparcó cerca de la plaza del juzgado, delante de la oficina de correos, y contempló a los peatones que iban y venían. Esperaba no toparse con nadie conocido, pues después del asesinato, algún testigo podría hacer observaciones tan banales como «Lo vi, y su actitud me pareció de lo más normal», mientras que otro quizá declararía: «Tropecé con él en la oficina de correos y tenía una expresión desquiciada». Tras una tragedia, incluso las personas mínimamente conectadas con ella a menudo exageran su implicación e importancia.

Se apeó de la camioneta, se acercó al buzón y echó la carta para su esposa. De nuevo al volante, rodeó el juzgado, con su extensa y sombreada zona de césped y sus cenadores, mientras imaginaba de forma vaga el espectáculo en el que se convertiría su juicio. ¿Lo obligarían a entrar esposado? ¿Se compadecería de él el jurado? ¿Obrarían sus abogados algún milagro y conseguirían salvarlo? Demasiadas preguntas sin respuesta. Pasó por delante del Tea Shoppe, la cafetería donde abogados y banqueros peroraban largo y tendido todas las mañanas ante tazas de café hirviendo y panecillos de suero de leche, y se preguntó qué opinarían sobre el asesinato. Solía evitar el local porque era agricultor y no tenía tiempo para cháchara.

Que hablaran cuanto quisieran. No esperaba mucha compasión por su parte, ni por parte de ningún vecino del condado, en realidad. No le interesaba ganarse la compasión ni la comprensión de nadie, y tampoco tenía intención de explicar sus actos. En aquel momento, era un soldado con órdenes que cumplir y una misión que llevar a cabo.

Aparcó en una calle tranquila, una manzana por detrás de la iglesia metodista. Bajó del vehículo, estiró las piernas unos instantes, se subió la cremallera de la cazadora y, tras asegurar a Mack que regresaría enseguida, echó a andar hacia la iglesia que había ayudado a construir su abuelo setenta años atrás. Era un paseo corto, y durante el trayecto no se cruzó con nadie. Más tarde, nadie declararía haberlo visto.

El reverendo Dexter Bell predicaba en la iglesia metodista de Clanton desde tres meses antes del ataque a Pearl Harbor. Era la tercera parroquia en la que ejercía su ministerio y, de no ser por la guerra, habría seguido rotando como los demás predicadores metodistas. La reducción de las filas había ocasionado cambios en la asignación de tareas y trastocado los calendarios. Por lo general, de acuerdo con la tradición metodista, un pastor duraba solo dos años en una iglesia, o a lo sumo tres, antes de que lo adscribieran a otra parroquia. El reverendo Bell llevaba cinco años en Clanton y sabía que era cuestión de tiempo que lo llamaran para que se trasladara. Por desgracia, la llamada no llegó a tiempo.

Estaba sentado a su escritorio en su despacho, en un anexo situado detrás del bonito presbiterio, a solas, como era habitual los miércoles por la mañana. La secretaria de la iglesia no trabajaba más que tres tardes por semana. El reverendo, que había concluido sus oraciones matinales y tenía su Biblia de estudio abierta sobre la mesa, junto con dos obras de consulta, meditaba acerca de su siguiente sermón cuando llamaron a la puerta. Antes de que pudiera responder, se abrió de golpe, y entró Pete Banning, con el ceño fruncido y lleno de determinación.

—Vaya —dijo Bell, sorprendido por la intrusión—. Buenos días, Pete. —Se disponía a levantarse cuando Pete sacó con brusquedad una pistola de cañón largo.

—Sabe por qué estoy aquí.

Bell se quedó paralizado y contempló el arma con horror.

—Pete —consiguió balbucir—, ¿qué haces?

—He matado a muchos hombres, pastor, todos soldados valientes en el campo de batalla. Usted será el primer cobarde.

—¡Pete, no, no! —Dexter levantó las manos y se dejó caer de nuevo en su asiento, con los ojos desorbitados y la boca abierta—. Si es por Liza, puedo explicártelo. ¡No, Pete!

Pete dio un paso hacia él, le apuntó con la pistola y apretó el gatillo. Lo habían entrenado en el manejo de toda clase de armas de fuego, las había utilizado en combate para matar a más hombres de los que quería recordar y se había pasado media vida en el bosque, practicando tanto la caza mayor como la menor. La primera bala atravesó el corazón de Dexter, al igual que la segunda. La tercera penetró en el cráneo, justo por encima de la nariz.

Entre las paredes del pequeño despacho, los disparos retumbaron como descargas de artillería, pero únicamente los oyeron dos personas. Jackie, la esposa de Dexter, se encontraba sola en la casa parroquial, al otro lado de la iglesia, limpiando la cocina, cuando llegaron a sus oídos. Más tarde los describiría como un sonido similar al de tres palmadas amortiguadas, y en ese momento no se le pasó por la cabeza que pudiera tratarse de disparos. Nunca habría imaginado que acababan de asesinar a su esposo.

Hop Purdue se encargaba de la limpieza de la iglesia desde hacía veinte años. Se hallaba en el anexo en el momento en que oyó unos estampidos tan fuertes que le pareció que el edificio se estremecía. Estaba en el pasillo, fuera del estudio del pastor, cuando la puerta se abrió y Pete salió empuñando aún la pistola. La alzó y encañonó el rostro a Hop, quien, creyendo que estaba a punto de disparar, se arrodilló.

—Por favor, señor Banning —le suplicó—. No hecho nada malo. Tengo hijos, señor Banning.

Pete bajó el arma.

—Eres un buen hombre, Hop —dijo—. Ve a contárselo al sheriff.

2

Desde la puerta lateral, Hop observó a Pete guardarse con tranquilidad la pistola en el bolsillo de la chaqueta mientras se alejaba. Cuando lo perdió de vista, Hop regresó al estudio arrastrando los pies —tenía la pierna derecha cinco centímetros más corta que la izquierda—, cruzó con cuidado la puerta abierta y examinó al pastor. Tenía los ojos cerrados y la cabeza caída hacia un lado, y le goteaba sangre de la nariz. Detrás de la cabeza, el respaldo de la silla estaba embadurnado de sangre y materia gris. La camisa blanca estaba tiñéndose de rojo a la altura del pecho, inerte. Hop permaneció allí parado unos segundos, tal vez un minuto o incluso más, para asegurarse de que no movía un músculo. Comprendió que no podía hacer nada para ayudarlo. En la habitación se respiraba un fuerte y acre olor a pólvora, y le entraron ganas de vomitar.

Como era el negro que se encontraba más cerca, supuso que le echarían la culpa de algo. Atenazado por el miedo y sin atreverse a tocar nada, salió despacio del estudio. Cerró la puerta y prorrumpió en sollozos. El pastor Bell era un hombre amable que lo trataba con respeto y se interesaba por su familia. Un hombre bueno, un padre de familia cariñoso, adorado por sus feligreses. Fuera lo que fuese lo que hubiera hecho al señor Pete Banning, de seguro no justificaba que le hubiese quitado la vida.

A Hop se le ocurrió que tal vez alguien más había oído los disparos. ¿Y si la señora Bell salía corriendo y se encontraba a su marido muerto y ensangrentado sentado a su escritorio? Hop esperó y esperó, intentando serenarse. Sabía que no poseía el valor suficiente para ir en su busca y comunicarle la noticia. Que se encargaran de eso los blancos. No había nadie más en la iglesia y, conforme transcurrían los minutos, comenzó a caer en la cuenta de que la situación estaba en sus manos. Pero no por mucho tiempo. Si alguien lo veía alejarse corriendo de la iglesia, sin duda se convertiría en el primer sospechoso. Así pues, salió del anexo con la actitud más tranquila posible y enfiló rápidamente la misma calle por la que se había marchado el señor Banning. Aceleró el paso, rodeó la plaza y poco después divisó la prisión.

Roy Lester, el ayudante del sheriff, bajaba de un coche patrulla.

—Buenas, Hop —lo saludó, y entonces reparó en que tenía los ojos enrojecidos y lágrimas en las mejillas.

—Han disparado al pastor Bell —balbució Hop—. Está muerto.

Con Hop enjugándose aún las lágrimas en el asiento del acompañante, Lester condujo a gran velocidad por las silenciosas calles de Clanton y, al cabo de unos minutos, se detuvo en medio de una nube de polvo en el aparcamiento de grava que se extendía frente al anexo. Ante ellos, la puerta se abrió de golpe y Jackie Bell salió gritando. Tenía las manos manchadas de sangre, al igual que el vestido de algodón, y unas rayas rojas denotaban que se las había llevado a la cara. Aullaba, chillaba, sin emitir palabras inteligibles para ellos, solo alaridos de espanto, con las facciones crispadas por el horror. Lester la agarró e intentó contenerla, pero ella se soltó con brusquedad.

—¡Está muerto! —gritaba—. ¡Está muerto! Alguien ha matado a mi marido.

Lester la asió de nuevo, trató de consolarla e impedir que regresara al estudio. Hop observaba la escena, sin la menor idea de qué debía hacer. Seguía preocupándole que le culparan, por lo que prefería implicarse lo menos posible.

La señora Vanlandingham, la vecina de enfrente, oyó el alboroto y se acercó corriendo, con un trapo de cocina aún en la mano. Llegó justo cuando el coche de Nix Gridley, el sheriff, entraba en el aparcamiento y se deslizaba por la grava hasta detenerse. Nix se apeó a toda prisa.

—¡Está muerto, Nix! —vociferó Jackie al verlo—. ¡Dexter ha muerto! ¡Le han disparado! ¡Por Dios, ayúdame!

Nix, Lester y la señora Vanlandingham cruzaron la calle con ella hasta el porche, donde ella se dejó caer sobre una mecedora de mimbre. La vecina trató de limpiarle el rostro y los dedos, pero Jackie la apartó de un empujón. Se tapó la cara con las manos y prorrumpió en sollozos desgarradores mientras gemía, al borde de las arcadas.

—Quédate con ella —le indicó Nix a Lester, y se dirigió hacia la acera contraria, donde lo esperaba el ayudante Red Arnett. Entraron en el anexo y subieron con paso lento hasta el estudio, donde encontraron el cuerpo del pastor Bell en el suelo, junto a su silla. Nix le tocó con cuidado la muñeca derecha—. No tiene pulso —declaró al cabo de unos segundos.

—No me sorprende —comentó Arnett—. Me parece que no necesitamos una ambulancia.

—Yo diría que no. Llama a la funeraria.

Hop entró en el estudio.

—Le ha disparado el señor Pete Banning. Lo he oído. He visto el arma.

Nix se enderezó y miró a Hop con el ceño fruncido.

—¿Pete Banning?

—Sí, señor. Yo estaba ahí fuera, en el pasillo. Me ha apuntado con la pistola y luego me ha dicho que fuera a buscarle a usted.

—¿Qué más te ha dicho?

—Que soy un buen hombre. Y ya está. Luego se ha ido.

Nix se cruzó de brazos y posó la vista en Red, que sacudió la cabeza con incredulidad.

—¿Pete Banning? —murmuró.

Ambos miraron a Hop como si no le creyeran.

—El mismo —dijo Hop—. Lo he visto con mis propios ojos, con un revólver de cañón largo. Me ha apuntado justo aquí —añadió, señalándose el centro de la frente—. Creí que era hombre muerto también.

Nix se echó el sombrero hacia atrás y se frotó las mejillas. Bajó la vista al suelo y reparó en el charco de sangre que se extendía silenciosamente a partir del cadáver. Se fijó en los ojos cerrados de Dexter y se preguntó por primera de muchas veces qué había podido impulsar a alguien a hacer algo así.

—Pues supongo que el crimen está resuelto —dijo Red.

—Supongo que sí —convino Nix—. Pero más vale que tomemos algunas fotos y busquemos casquillos.

—¿Y qué hay de la familia? —inquirió Red.

—Estaba pensando lo mismo. Que la señora Bell entre de nuevo en la casa parroquial y reúna a algunas mujeres para que le hagan compañía. Yo iré al colegio a hablar con el director. Tienen tres hijos, ¿verdad?

—Eso creo.

—Así es —confirmó Hop—. Dos chicas y un chico.

Nix se volvió hacia él.

—No digas ni una palabra de esto, Hop, ¿entendido? Hablo en serio, ni una palabra. No comentes con nadie lo que ha sucedido aquí. Si te vas de la lengua, te juro que te meto en la cárcel.

—No, señor sheriff, seré una tumba.

Salieron del estudio, cerraron la puerta y abandonaron la casa. Al otro lado de la calle, se habían congregado más vecinos en torno al porche de los Vanlandingham. La mayoría eran amas de casa de pie en el césped y, con los ojos muy abiertos, se tapaban la boca con la mano, sin dar crédito.

Hacía más de diez años que no se registraba el asesinato de un blanco en el condado de Ford. En 1936, un par de aparceros se enzarzaron en una guerra por una franja de tierra de cultivo sin el menor valor. El que tenía mejor puntería salió vencedor, alegó legítima defensa en el juicio y quedó en libertad. Dos años después, lincharon a un chico negro cerca del asentamiento de Box Hill, donde supuestamente había soltado alguna insolencia a una mujer blanca. En 1938, sin embargo, el linchamiento no se consideraba asesinato o delito de ninguna clase en el Sur, y menos aún en Mississippi. En cambio, una impertinencia dirigida a una blanca podía castigarse con la muerte.

En aquel momento, ni Nix Gridley ni Red Arnett ni Roy Lester ni ningún otro habitante de Clanton menor de setenta recordaba el asesinato de un ciudadano tan ilustre. Por otro lado, el hecho de que el principal sospechoso fuera aún más ilustre conmocionó a la ciudad entera. En el juzgado, los funcionarios, abogados y jueces se olvidaban de los asuntos que tenían entre manos y repetían lo que acababan de oír, negando con la cabeza. En las tiendas y oficinas situadas en torno a la plaza, secretarias, propietarios y clientes hacían circular la asombrosa noticia e intercambiaban miradas de estupor. En los colegios, los profesores interrumpían las clases, dejaban a sus alumnos y se apiñaban en los pasillos. En las calles que rodeaban la plaza, los vecinos se quedaban parados cerca de los buzones, esforzándose por encontrar maneras distintas de decir «No puede ser verdad».

Pero lo era. En el patio de los Vanlandingham se congregó una multitud que dirigía la vista con desesperación hacia el aparcamiento de grava de enfrente, donde estaban estacionados tres vehículos patrulla —todo el parque móvil del condado—, junto al coche de la funeraria Magargel. Habían acompañado a Jackie Bell de vuelta a la casa parroquial, donde se encontraba sentada junto a un amigo médico y varia feligresas. Las calles no tardaron en llenarse de coches y camionetas conducidos por curiosos. Algunos circulaban despacio, con los conductores boquiabiertos. Otros aparcaban de cualquier manera, lo más cerca posible de la iglesia.

La presencia del coche fúnebre era como un imán, por lo que la gente se dirigía hacia el aparcamiento, donde Roy Lester les indicaba que se mantuvieran alejados. La puerta posterior del vehículo estaba entreabierta, lo que significaba, por supuesto, que pronto cargarían un cadáver y emprenderían el corto trayecto hasta la funeraria. Como en todas las tragedias —ya fueran crímenes o accidentes—, lo que los mirones estaban deseosos de ver era un cadáver. Aturdidos e impresionados, se aproximaron lentamente, callados, y comprendieron que ellos eran los afortunados. Eran testigos de una escena dramática de una historia inimaginable, y durante el resto de su vida podrían jactarse de que estaban allí cuando se habían llevado al pastor Bell en un coche fúnebre.

El sheriff Gridley cruzó la puerta del anexo, echó una ojeada a la muchedumbre y se quitó el sombrero. La camilla apareció detrás de él; el viejo Magargel la sujetaba por un lado, y su hijo, por el otro. El cadáver estaba tapado con una tela negra que solo dejaba al descubierto los zapatos marrones de Dexter. Todos los hombres se despojaron al instante del sombrero o la gorra, y todas las mujeres agacharon la cabeza, aunque no cerraron los ojos. Algunas sollozaban en silencio. Una vez que depositaron el cuerpo con cuidado en la parte posterior del vehículo y cerraron la puerta, el viejo Magargel se sentó al volante y arrancó. Como nunca desaprovechaba la oportunidad de añadir un poco de dramatismo, recorrió sin prisa varias calles laterales antes de entrar en la plaza y dio dos vueltas lentas alrededor del juzgado para que todo el pueblo pudiera verlo.

Una hora después, el sheriff Gridley llamó para ordenar que trasladaran el cadáver a Jackson con el fin de que se le practicara la autopsia.

Nineva no se acordaba de la última vez que el señor Pete le había pedido que se sentara a su lado en el porche delantero. Ella tenía cosas mejores que hacer. Amos estaba batiendo mantequilla en el establo y necesitaba que le ayudara. Después, la mujer tenía que enlatar una ración de guisantes y alubias. Había algo de ropa sucia que lavar. Pero si el jefe le decía que se sentara en aquella mecedora a charlar un rato, no podía rechistar. Bebía té helado mientras él fumaba cigarrillos, más que de costumbre, como recordaría Nineva más tarde al hablar con Amos. El señor parecía pendiente del tráfico de la carretera que discurría a poco menos de un kilómetro del camino de entrada. Algunos coches y camionetas pasaban despacio, adelantando remolques cargados de algodón que se dirigían a la desmotadora de la ciudad.

—Ahí viene —dijo Pete cuando el automóvil del sheriff giró por el camino.

—¿Quién? —preguntó ella.

—El sheriff Gridley.

—¿Qué querrá?

—Viene a detenerme, Nineva. Por asesinato. Acabo de matar a tiros a Dexter Bell, el pastor metodista.

—¡Anda ya! ¿Que ha hecho qué?

—Ya me has oído. —Se puso de pie y dio unos pasos hacia donde estaba sentada ella. Se inclinó y le apuntó con el dedo a la cara—. Y no le dirás una palabra a nadie jamás, Nineva. ¿Me has entendido? —Ella puso los ojos como platos y abrió la boca por completo, pero era incapaz de hablar. Pete se sacó un sobre pequeño del bolsillo del abrigo y se lo tendió—. Ahora, entra en casa y, en cuanto me vaya, llévale esto a Florry.

La tomó de la mano para ayudarla a levantarse y abrió la puerta mosquitera. Una vez dentro, ella profirió un aullido angustioso que lo sobresaltó. Pete cerró la puerta principal y se volvió para observar al sheriff, que se acercaba. Gridley no tenía ninguna prisa. Frenó y aparcó junto a la camioneta de Pete, bajó del coche patrulla y, con Red y Roy como refuerzos, caminó hacia el porche antes de detenerse frente a los escalones. Clavó la vista en Pete, que no parecía en absoluto preocupado.

—Será mejor que nos acompañes, Pete —dijo Nix.

Pete señaló su camioneta.

—La pistola está en el asiento de delante —declaró.

Nix miró a Red.

—Ve a buscarla —le indicó.

Pete bajó del porche con paso tranquilo y se dirigió al coche del sheriff. Roy abrió una puerta de atrás y, mientras Pete se agachaba, oyó los gemidos de Nineva, procedentes del patio trasero. Cuando alzó la mirada, la vio alejarse veloz hacia el establo, carta en mano.

—Vamos —dijo Nix, que abrió la puerta del conductor y se colocó al volante. Red se sentó junto a él, sujetando la pistola.

En el asiento posterior iban Roy y Pete; sus hombros casi se tocaban. Nadie decía esta boca es mía; de hecho, daba la impresión de que nadie respiraba mientras se alejaban de la hacienda y enfilaban la carretera. Los agentes del orden seguían el procedimiento de forma maquinal, con una sensación de incredulidad, tan conmocionados como todos los demás. Un pastor popular, asesinado a sangre fría por el hijo predilecto de la ciudad, un héroe de guerra legendario. Sin duda tenía un motivo condenadamente bueno para ello, y la verdad no tardaría en salir a la luz. Sin embargo, por el momento, el reloj se había detenido y los sucesos se antojaban irreales.

A medio camino de la ciudad, Nix echó un vistazo por el espejo retrovisor.

—No voy a preguntarte por qué lo has hecho, Pete. Solo quiero confirmar que has sido tú, eso es todo.

Pete respiró hondo, contemplando los campos de algodón por los que pasaban.

—No tengo nada que decir —respondió.

La cárcel del condado de Ford, un edificio que databa de otro siglo, resultaba apenas apta para albergar seres humanos. Originalmente un pequeño almacén, lo habían remodelado varias veces para darle distintos usos hasta que el condado lo había comprado y lo había dividido en dos por medio de un muro de ladrillo. En la mitad frontal, habían acondicionado seis celdas para los presos blancos, y en la posterior, habían embutido ocho para los negros. La cárcel rara vez se llenaba por completo, al menos la parte de delante. Aneja al edificio había una pequeña ala de despachos, construida con posterioridad por el condado para el sheriff y el departamento de policía de Clanton. La prisión se encontraba a solo dos manzanas de la plaza, y desde la puerta principal se alcanzaba a ver el tejado del juzgado. Durante los juicios penales, que no eran frecuentes, uno o dos ayudantes del sheriff escoltaban al acusado a pie desde la cárcel.

La gente se había congregado delante de la prisión para vislumbrar al asesino. Seguía pareciéndoles inconcebible que Pete Banning hubiera hecho algo así, y reinaba un escepticismo general respecto a que fueran a encerrarlo. Sin duda habría normas especiales para personajes tan ilustres como el señor Banning. De todos modos, si Nix resultaba tener las agallas suficientes para detenerlo, había bastantes curiosos deseosos de verlo por sí mismos.

—Parece que se ha corrido la voz —murmuró el sheriff mientras giraba para entrar en el pequeño aparcamiento de grava junto a la cárcel—. Que nadie diga una palabra —ordenó.

El coche se detuvo, y se abrieron las cuatro puertas. Nix agarró a Banning del brazo y lo condujo hasta la entrada principal, con Red y Roy a la zaga. La multitud de mirones permaneció quieta y callada hasta que un periodista de The Ford County Times se acercó con una cámara y sacó una foto, con un flash que sobresaltó incluso a Pete.

—¡Arderás en el infierno, Banning! —le gritó alguien justo cuando entraba por la puerta.

—¡Eso, eso! —añadió otro.

El sospechoso no se inmutó. Parecía ajeno a la muchedumbre. Poco después se encontraba dentro, a salvo de miradas.

En una sala abarrotada donde se registraba y fichaba a todos los sospechosos y delincuentes, estaba el señor John Wilbanks, eminente abogado de la ciudad y viejo amigo de los Banning.

—¿A qué debemos el placer de su visita? —preguntó Nix al señor Wilbanks, visiblemente poco complacido.

—El señor Banning es mi cliente, y vengo a representarlo —respondió Wilbanks. Sin una palabra más, dio un paso al frente y estrechó la mano a Pete.

—Primero cumplimos nosotros con nuestro trabajo, después puede encargarse usted del suyo —dijo Nix.

—Ya he llamado al juez Oswalt —le informó Wilbanks—, y hemos hablado de la fianza.

—Estupendo. Cuando lo hayan hablado y conceda la libertad bajo fianza, no me cabe duda de que me llamará. Hasta entonces, señor Wilbanks, este hombre es sospechoso de asesinato y lo trataré como corresponde. Ahora, ¿tendría la bondad de marcharse?

—Quisiera hablar con mi cliente.

—No va a ir a ninguna parte. Regrese dentro de una hora.

—Nada de interrogatorios, ¿queda claro?

—No tengo nada que decir —aseveró Banning.

Florry leyó la nota en el porche delantero mientras Nineva y Amos la observaban. Seguían jadeando a causa de la carrera desde la casa principal, y estaban horrorizados por lo que ocurría.

Cuando terminó, bajó el papel y los miró.

—¿Y se ha ido? —les preguntó.

—Se lo ha llevado la policía, señorita Florry —declaró Nineva—. Sabía que venían a buscarlo.

—¿Ha dicho algo?

—Ha dicho que acababa de matar al pastor —contestó la criada, enjugándose las mejillas.

En el mensaje, Pete indicaba a Florry que llamara a Joel a Vanderbilt y a Stella a Hollins para explicarles que habían detenido a su padre por el asesinato del reverendo Dexter Bell. No debían comentarlo con nadie, mucho menos con periodistas, y debían permanecer en la universidad hasta nuevo aviso. Lamentaba aquel trágico giro de los acontecimientos, pero esperaba que lo comprendieran algún día. Le pedía que lo visitara en la cárcel al día siguiente para tratar algunos asuntos.

Florry se sentía mareada, pero no podía mostrar debilidad delante del servicio. Dobló la nota, se la guardó en el bolsillo y les dio permiso para que se retiraran. Nineva y Amos retrocedieron, más asustados y confundidos que antes, y atravesaron despacio el patio delantero de Florry en dirección al sendero. Ella los siguió con la mirada hasta que los perdió de vista y se sentó en una mecedora de mimbre con uno de sus gatos, pugnando por contener las emociones.

Había notado a Pete preocupado durante el desayuno, apenas unas horas antes, pero, por otro lado, su hermano no había estado bien desde la guerra. ¿Por qué no se lo había advertido? ¿Cómo había podido cometer un acto tan increíblemente perverso? ¿Qué sería de él, de sus hijos, de su esposa? ¿Y de ella, su única hermana? ¿Y de las tierras?

Aunque Florry estaba lejos de ser una metodista devota, la habían criado en la iglesia y asistía de vez en cuando a los oficios. Había aprendido a guardar las distancias con los pastores porque para cuando acababan de instalarse se marchaban, pero Bell era uno de los mejores.

Pensar en su bonita esposa y en sus hijos, hizo que se viniera abajo. Marietta entró con discreción por la puerta mosquitera y se quedó de pie junto a ella mientras sollozaba.

3

La ciudad entera invadió la iglesia metodista. Como la multitud crecía sin parar, un diácono le pidió a Hop que abriera el presbiterio. Los afligidos dolientes entraron en fila y llenaron los bancos, comentando entre susurros las últimas novedades, fueran cuales fuesen. Rezaban, lloraban, se enjugaban el rostro y sacudían la cabeza con incredulidad. Los feligreses más asiduos, los que conocían bien a Dexter y le profesaban un gran cariño, se reunieron en grupos pequeños para llorar la pérdida. Para los menos comprometidos, los que no asistían todas las semanas sino solo una vez al mes, la iglesia era como un imán que los atraía hacia el corazón de la tragedia. Incluso algunos de los que se habían descarriado del todo acudieron para participar del duelo. En aquel momento aciago, todos eran metodistas y todos eran bienvenidos en la iglesia del reverendo Bell.

El asesinato de su pastor había supuesto un golpe demoledor, tanto emocional como físico. El hecho de que lo hubiera matado un miembro de la comunidad también resultaba demasiado difícil de creer en un principio. Joshua Banning, el abuelo de Pete, había ayudado a construir la iglesia. Su padre había sido diácono durante toda su vida adulta. Casi todos los presentes se habían sentado en esos mismos bancos para elevar innumerables plegarias por Pete durante la contienda. Habían quedado desolados cuando habían recibido a través del Departamento de Guerra la noticia de que estaba desaparecido y posiblemente muerto. Habían organizado vigilias a la luz de las velas para celebrar su regreso. Habían llorado de alegría cuando Liza y él habían hecho su reaparición triunfal la semana siguiente a la rendición de los japoneses. Todos los domingos por la mañana, mientras duraba la guerra, el reverendo Bell leía en voz alta los nombres de los soldados del condado de Ford y les dedicaba una oración especial. El primero de la lista era Pete Banning, héroe local y fuente de un inmenso orgullo local. En esos momentos, el rumor de que había asesinado al pastor era sencillamente demasiado inverosímil.

Sin embargo, conforme se iba asimilando la noticia, los murmullos se intensificaron, al menos en algunos círculos, y la gran pregunta de «¿por qué?» fue formulada cientos de veces. Solo unos pocos valientes se atrevieron a insinuar que quizá la esposa de Pete guardaba alguna relación con lo sucedido.

Lo que los dolientes querían de verdad era agarrar a Jackie y a los niños, tocarlos y llorar con ellos a lágrima viva, como si eso pudiera aliviar el horror. Pero, según los cotilleos, Jackie estaba al lado, en la casa parroquial, recluida en su habitación con sus tres hijos, y no recibía a nadie. Sus amigos más cercanos abarrotaban el edificio, y el gentío se desbordaba por los porches y el patio delantero, donde hombres de aspecto sombrío fumaban y refunfuñaban. Cuando unos salían a respirar el aire fresco, otros entraban y ocupaban su lugar. Algunos se trasladaban a la iglesia contigua.

Los desconsolados y los curiosos seguían llegando, y las calles aledañas se llenaron de coches y camionetas. Se dirigían hacia la iglesia en grupos reducidos, a paso lento, como si no supieran muy bien qué harían una vez allí, pero tuvieran la sensación de que se requería su presencia.

Cuando los bancos quedaron atestados, Hop abrió la puerta de la galería superior. Se ocultó entre las sombras, al pie del campanario, para evitar a la gente. El sheriff Gridley lo había amenazado, y él no pensaba decir una palabra. Aun así, lo maravillaba el modo en que los blancos se las apañaban para guardar la compostura, al menos en su mayoría. El asesinato de un pastor negro popular habría provocado un estallido de emoción mucho más caótico.

Un diácono señaló a la señorita Emma Faye Riddle que tal vez procedía un poco de música. La mujer tocaba el órgano desde hacía décadas, pero no estaba segura de que resultara apropiado en aquella situación. Aun así, accedió enseguida, y cuando atacó las primeras notas del himno «The Old Rugged Cross», el llanto arreció.

En el exterior, bajo los árboles, un hombre se acercó a un grupo de fumadores.

—Han encerrado a Pete Banning. Tienen su arma —anunció.

La noticia fue recibida con resignación, comentada y luego transmitida hasta que llegó al presbiterio y pasó de un banco a otro.

Pete Banning, detenido por el asesinato de su pastor.

Cuando se hizo evidente que el sospechoso, en efecto, no tenía nada que declarar, el sheriff Gridley lo condujo a través de una puerta y por un pasillo estrecho y mal iluminado, flanqueado por barrotes de hierro. Había tres celdas a la derecha y otras tres a la izquierda, cada una más o menos del tamaño de un vestidor. No había ventanas, y la cárcel semejaba un calabozo húmedo y oscuro, donde los reclusos quedaban relegados al olvido y no se apreciaba el transcurso del tiempo. Allí todo el mundo fumaba, naturalmente. Gridley introdujo una llave grande en una cerradura, tiró de la puerta para abrirla y, con un movimiento de cabeza, indicó al sospechoso que pasara al interior. El único mueble era un catre barato colocado contra la pared del fondo.

—Me temo que no hay mucho espacio, Pete —dijo Gridley—, pero es una cárcel, al fin y al cabo.

Pete entró y echó un vistazo alrededor.

—Las he visto peores —comentó. Se acercó al catre y se sentó en él.

—El baño está al final del pasillo —señaló Gridley—. Si necesitas ir, pega un grito.

Pete tenía la vista clavada en el suelo. Se encogió de hombros sin decir nada. Gridley cerró de un portazo y regresó a su despacho. Pete se tumbó y ocupó todo el largo del catre. Medía un metro con ochenta y ocho; el catre era más corto. En la celda olía a cerrado y hacía frío, por lo que cogió una manta plegada, tan raída que le serviría de muy poco por la noche. Le daba igual. El cautiverio no era nuevo para él, y había sobrevivido en condiciones que, cuatro años después, aún costaba imaginar.

Cuando John Wilbanks regresó, menos de una hora después, mantuvo una breve discusión con el sheriff sobre dónde debía celebrarse exactamente la entrevista entre abogado y cliente. No había una sala designada para estas reuniones tan importantes. Por lo general, los letrados entraban en el bloque de celdas y se acercaban todo lo posible a sus clientes para intentar hablar con ellos de forma discreta a través de la hilera de barrotes que se interponía entre ellos, mientras los demás presos aguzaban el oído tratando de captar algún fragmento de la conversación. De vez en cuando, un abogado conseguía pillar a su cliente fuera, en el patio, y le daba consejos desde el otro lado de la valla metálica. Sin embargo, lo más frecuente era que los letrados no se tomaran siquiera la molestia de visitar a sus representados en la cárcel. Esperaban a que los llevaran a rastras al juzgado para charlar con ellos.

John Wilbanks, no obstante, se consideraba superior a todos los demás abogados del condado de Ford, por no decir de todo el estado, y su nuevo cliente era sin duda más distinguido que el resto de los presos de Gridley. La categoría de ambos requería que dispusieran de un lugar adecuado donde reunirse, y el despacho del sheriff les iría de perlas. Gridley acabó por acceder —pocas personas eran capaces de vencer en un combate dialéctico a John Wilbanks, quien, por cierto, siempre había apoyado al sheriff en época de elecciones— y, tras refunfuñar y despotricar un poco, le impuso una serie de normas benévolas y se fue a buscar a Pete. Lo condujo hasta allí sin esposarlo y les avisó de que tenían media hora para conversar.

Cuando se quedaron a solas, Wilbanks rompió el silencio.

—Muy bien, Pete, hablemos del crimen. Si lo cometiste tú, dilo. Si no, dime quién lo hizo.

—No tengo nada que decir —afirmó Pete y se encendió un cigarrillo.

—No me basta con eso.

—No tengo nada que decir.

—Interesante. ¿Tienes alguna intención de colaborar con tu abogado defensor?

Por toda respuesta, el hombre se encogió de hombros y soltó un resoplido.

—Muy bien —dijo Wilbanks desplegando su sonrisa más profesional—. Te explicaré el panorama. Dentro de un par de días, te llevarán al juzgado para una comparecencia inicial ante el juez Oswalt. Me imagino que te declararás inocente. Luego te traerán de vuelta aquí. Al cabo de un mes, más o menos, el gran jurado se reunirá y te acusará de homicidio en primer grado. Calculo que, para febrero o marzo, Oswalt estará preparado para celebrar el juicio, en el que yo te representaré, si así lo deseas.

—John, siempre has sido mi abogado.

—Bien. En ese caso, tendrás que colaborar.

—¿Colaborar?

—Sí, Pete. Poner algo de tu parte. A primera vista, esto parece un asesinato a sangre fría. Dame algo con lo que trabajar, Pete. Algún motivo tendrías.

—Eso queda entre Dexter Bell y yo.

—No, ahora es algo entre tú y el estado de Mississippi, que, como todos los estados, no ve con muy buenos ojos los asesinatos a sangre fría.

—No tengo nada que decir.

—Eso no es una justificación, Pete.

—A lo mejor no tengo justificación, al menos una que la gente pueda entender.

—Pues algo tendrán que entender los miembros del jurado. La primera idea que se me ocurre en estos momentos, la única, de hecho, es alegar demencia.

Pete negó con la cabeza.

—Ni hablar. Estoy igual de cuerdo que tú.

—Pero yo no me enfrento a silla eléctrica, Pete.

Este exhaló una bocanada de humo.

—No pienso prestarme a eso.

—Estupendo, pero entonces dame un móvil, una razón. Dame algo, Pete.

—No tengo nada que decir.

Joel Banning estaba bajando los escalones de Benson Hall cuando oyó que lo llamaban. Otro alumno, un estudiante de primer año al que conocía de vista pero con quien nunca había hablado, le entregó un sobre.

—El decano quiere verte de inmediato en su despacho —le comunicó—. Es urgente.

—Gracias —respondió Joel, que cogió el sobre y observó alejarse al novato. Contenía un mensaje escrito a mano en un papel con el membrete oficial de Vanderbilt que le indicaba que acudiera sin demora al despacho del decano en Kirkland Hall, el edificio de administración.

Joel tenía literatura en quince minutos, y al profesor le irritaba que faltaran a clase. Si se daba prisa, podía correr hasta el despacho del decano, ocuparse del asunto que tuviera que tratar con él y llegar tarde a clase, con la esperanza de que el profesor estuviera de buen humor. Atravesó a paso veloz el patio cuadrangular y subió a saltos las escaleras de Kirkland Hall hasta el segundo piso, donde la secretaria del decano le explicó que debía esperar a que dieran las once en punto, hora en que su tía Florry lo llamaría desde su casa. La secretaria le aseguró que desconocía el motivo. Había hablado con Florry Banning, que había llamado a través de una línea colectiva rural y, por tanto, sin privacidad. La mujer le había manifestado su intención de ir en coche a Clanton para utilizar el teléfono privado de una amiga.

Mientras esperaba, Joel, que supuso que había muerto alguien, no pudo evitar pensar en qué parientes y amigos le importaría menos perder. La familia Banning no era numerosa: constaba solo de sus padres, Pete y Liza, su hermana, Stella, y su tía Florry. Los abuelos habían muerto. Como Florry no tenía hijos, Stella y Joel carecían de primos por parte de los Banning. La familia de su madre era originaria de Memphis, pero se había dispersado después de la guerra.

Caminó de un lado a otro del despacho, sin hacer caso de las miradas que le lanzaba la secretaria, y concluyó que con toda seguridad se trataba de su madre. La habían ingresado unos meses antes, y la familia no se había recuperado del golpe. Stella y él no la habían visto, y las cartas que le habían escrito no habían tenido respuesta. Su padre se negaba a hablar del tratamiento de su esposa, así que había un montón de incógnitas. ¿Mejoraría su estado? ¿Regresaría a casa? ¿Volverían a ser una familia de verdad? Joel y Stella tenían preguntas, pero su padre, en las pocas ocasiones en que se dignaba decir algo, prefería tratar otros asuntos. La tía Florry tampoco era de gran ayuda.

Llamó a las once en punto. La secretaria pasó el teléfono a Joel y desapareció tras una esquina, aunque él supuso que aún estaría lo bastante cerca para oírlo. Dijo «hola» y escuchó durante lo que pareció una eternidad. Para empezar, Florry le explicó que estaba en la ciudad, en casa de la señorita Mildred Highlander, a quien Joel conocía de toda la vida, y que había ido allí porque necesitaba hablar con él en privado y la línea comunitaria rural no le ofrecía intimidad, como bien sabía. En realidad, era imposible encontrar privacidad en la ciudad porque, hacía apenas unas horas, su padre había ido en coche a la iglesia metodista, había matado al reverendo Dexter Bell y lo habían metido en la cárcel, así que, como era de esperar, el pueblo entero era un hervidero de rumores y se había paralizado toda actividad. No preguntes por qué y no digas nada que no quieras que oigan otros, estés donde estés, Joel, pero la situación es terrible y que Dios nos ayude.

Joel empezó a marearse y tuvo que apoyarse en el escritorio de la secretaria. Cerró los ojos, respiró hondo y escuchó. Florry le contó que acababa de llamar a Stella a Hollins y que su hermana no había encajado bien la noticia. La tenían en el despacho del rector con una enfermera. Explicó que Pete le había dejado instrucciones muy concretas, nada menos que por escrito, en las que especificaba que ellos —Joel y Stella— debían quedarse en la universidad y no acercarse a casa o a Clanton hasta nuevo aviso. Debían hacer planes para pasar las vacaciones de Acción de Gracias con amigos, lo más lejos posible del condado de Ford. Y si se ponía en contacto con ellos algún reportero, investigador, policía o quien fuera, no debían decir nada. Ni una palabra sobre su padre o la familia. Ni una palabra y punto. Puso fin a la conversación asegurándole que lo quería mucho, que escribiría una larga carta de inmediato y que habría deseado estar a su lado en aquel momento tan terrible.

Joel colgó sin abrir la boca y salió del edificio. Vagó por el campus hasta que encontró un banco desocupado y oculto en parte por unos arbustos. Se sentó, conteniendo las lágrimas, decidido a armarse del estoicismo que le había inculcado su padre. Pobre S ...