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ALIMENTOS GENIALES

Max Lugavere  

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Fragmento

Introducción

Antes de tocar dos notas aprende a tocar una, y no

toques una nota a menos que tengas un motivo para hacerlo.

Mark Hollis

Si hace algunos años me hubieran dicho que un día escribiría un libro sobre cómo optimizar el cerebro, habría pensado que me estaban confundiendo con otra persona.

Después de cambiar mi carrera universitaria de medicina a cine y psicología, la idea de emprender una carrera en salud parecía poco probable; por si fuera poco, tiempo después de graduarme me atrincheré en el que consideraba el trabajo de mis sueños: periodista y presentador de televisión y web. Me enfoqué en historias que consideraba poco difundidas y podían tener un impacto positivo en el mundo. Vivía en Los Ángeles —una ciudad que idolatraba desde mis años de adolescente neoyorquino adicto a MTV— y acababa de concluir una temporada de cinco años como presentador y productor de contenido para una cadena de televisión socialmente consciente llamada Current. La vida era maravillosa. Y todo estaba a punto de cambiar.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sin importar cuánto me encantara la vida en Hollywood, muchas veces volvía al este para ver a mi mamá y a mis dos hermanos menores. En 2010, en una de esas visitas, mis hermanos y yo notamos un cambio sutil en la forma de caminar de mi mamá, Kathy. Tenía 58 años en ese entonces y siempre había sido muy activa, pero de pronto era como si se estuviera moviendo bajo el agua con un traje de astronauta; cada paso y cada gesto parecían decisiones conscientes y deliberadas. Aunque ahora sé más del tema, en ese momento no pude conectar sus movimientos con su salud neurológica.

También empezó a quejarse ligeramente de “neblina” mental. Eso también me pasó desapercibido. Nadie en mi familia había tenido problemas de memoria. De hecho, mi abuela materna vivió hasta los 96 años y estuvo lúcida hasta el final. Pero, en el caso de mi mamá, parecía que la velocidad de su procesamiento general hubiera disminuido; como un buscador web con demasiadas ventanas abiertas. Empezamos a notar que, si le pedíamos que nos pasara la sal en la cena, le tomaba un par de segundos más de lo normal registrarlo. Aunque al principio lo consideré una cuestión de “envejecimiento natural”, en el fondo tenía la escalofriante sospecha de que algo no estaba bien.

No fue sino hasta el verano de 2011, durante un viaje familiar a Miami, que se confirmaron mis temores. Mis papás se divorciaron cuando yo tenía 18 años, y ésa fue una de las pocas veces que estuvimos todos bajo el mismo techo, descansando del calor veraniego en el departamento de mi papá. Una mañana, mi mamá estaba de pie junto a la barra del desayuno. Con toda la familia presente, dudó un momento y luego anunció que había estado teniendo problemas de memoria y había buscado recientemente la ayuda de un neurólogo.

En un tono incrédulo, pero juguetón, mi papá le preguntó:

—¿Es en serio? Entonces, ¿en qué año estamos?

Se nos quedó viendo un momento que se prolongó demasiado.

Mis hermanos y yo nos reímos para romper el silencio incómodo.

—Anda. ¿Cómo es posible que no sepas qué año es?

—No lo sé —contestó mi mamá, y empezó a llorar.

El recuerdo se me quedó grabado en el cerebro. Mi mamá estaba en un punto muy vulnerable, intentando comunicar con valentía su dolor interno, deficiente y consciente; estaba frustrada y asustada, y nosotros no sabíamos. En ese momento aprendí una de las lecciones más duras de la vida: nada más importa cuando se enferma un ser querido.

La avalancha subsecuente de visitas al médico, consultas con especialistas y diagnósticos tentativos culminó en un viaje a la Clínica Cleveland. Mi mamá y yo salimos del consultorio de un connotado neurólogo, mientras yo intentaba interpretar las etiquetas en los frascos de pastillas que tenía en la mano. Parecían jeroglíficos.

Al ver las etiquetas, articulé en silencio los nombres de los medicamentos en pleno estacionamiento del hospital. Ar-i-cept. Sin-e-met. ¿Para qué eran? Con los frascos de pastillas en una mano y un plan de datos ilimitado en la otra, me dirigí hacia el equivalente digital de una mantita reconfortante: Google. En 0.42 segundos, el motor de búsqueda arrojó los resultados que cambiarían el curso de mi vida.

Información sobre Aricept para enfermedad de Alzheimer.

¿Enfermedad de Alzheimer? Nadie había siquiera mencionado el Alzheimer en la consulta. Me empecé a sentir ansioso. ¿Por qué no lo mencionó el neurólogo? Durante un momento, el mundo a mi alrededor dejó de existir, y sólo quedó una voz en mi cabeza.

¿Mi mamá tiene enfermedad de Alzheimer? ¿No es algo que le da a la gente mayor?

¿Cómo era posible que tuviera esa enfermedad a su edad?

Mi abuela tiene 94, y está bien.

¿Por qué está tan tranquila mi mamá? ¿Qué no entiende lo que esto significa? ¿Lo entiendo yo?

¿Cuánto tiempo tiene antes de… lo que sea que vaya a pasar?

¿Qué viene después?

El neurólogo mencionó “Parkinson plus”. ¿Plus de qué? “Plus” sonaba como un bono. Economy Plus en un avión significa más espacio para las piernas, lo que suele ser algo bueno. Pert Plus era un champú más acondicionador; también algo bueno. No. A mi mamá le prescribieron medicamentos para Parkinson y Alzheimer. Su “bono” eran los síntomas de otra enfermedad.

Conforme leía información sobre las pastillas que tenía en la mano, repetí las frases que me saltaban a la vista.

“Incapacidad para frenar la enfermedad.”

“Eficacia limitada.”

“Como un curita.”

Hasta el médico parecía resignado. (Tiempo después escuché una gélida broma que circulaba entre los estudiantes de medicina respecto a la neurología: “Los neurólogos no tratan las enfermedades; las admiran”.)

Esa noche, sentado a solas en nuestra suite del Holiday Inn que estaba a un par de cuadras del hospital, mientras mi mamá descansaba en la otra habitación, me la pasé leyendo mecánicamente en la pantalla de la computadora todo lo que pudiera encontrar sobre enfermedad de Parkinsony Alzheimer, aun cuando los síntomas de mi mamá no embonaban a la perfección con el diagnóstico de ninguna de las dos enfermedades. Confundido, desinformado y con una intensa sensación de impotencia, experimenté algo que nunca me había pasado antes. Se me oscureció la mirada y el miedo se apoderó de mi conciencia. A pesar de la visión limitada, sabía lo que estaba pasando en ese momento. Me latía con fuerza el corazón, me faltaba el aire, tenía la sensación de una amenaza inminente: me estaba dando un ataque de ansiedad. No estoy seguro si duró minutos u horas, pero aun cuando las manifestaciones físicas cedieron, la disonancia emocional permaneció.

Estuve rumiando esa sensación durante los siguientes días. Después de volver a Los Ángeles, cuando la tormenta inicial pasó, sentí que estaba parado sobre un paraje desolado, mirando el camino que tenía delante, sin mapa ni brújula. Mi mamá empezó a tomar sus curitas químicos, pero yo sentía una inquietud recurrente. Claramente, el hecho de que no tuviéramos antecedentes familiares de demencia implicaba que algo en el ambiente debía estar provocando su enfermedad. ¿Qué cambió en nuestra dieta y estilo de vida entre la generación de mi abuela y la de mi madre? ¿De alguna manera mi madre estaba envenenada por el mundo que la rodeaba?

Como estas preguntas me daban vueltas en la cabeza, tenía poco espacio para pensar en cualquier otra cosa, incluyendo mi carrera. Me sentía como Neo en la Matrix, reclutado a regañadientes por el conejo blanco para salvar a mi madre. Pero ¿cómo? No había un Morfeo que me guiara.

Decidí que el primer paso era empacar mi vida en la Costa Oeste y mudarme de nuevo a Nueva York para estar más cerca de mi mamá, así que eso hice y pasé el siguiente año leyendo todo lo que pude encontrar sobre Alzheimer y Parkinson. Incluso en esos primeros meses, sentado en su sillón después de cenar, enterrado en mi investigación, recuerdo ver a mi mamá recoger los platos de la mesa y empezar a llevarlos a su recámara, en lugar de a la cocina. La miraba en silencio, contaba cada segundo que pasaba antes de que se diera cuenta, y sentía cómo el nudo en mi estómago se tensaba más. Cada episodio renovaba más mis ansias de encontrar respuestas.

Un año se convirtió en dos, y dos años en tres, y a mí me consumía la fijación de comprender qué le estaba pasando a mi mamá. Un día me di cuenta de que tenía algo que muy pocas personas poseían: credenciales de prensa. Empecé a utilizar mi tarjeta de presentación como periodista para contactar a líderes científicos y clínicos de todo el mundo que pudieran darme alguna pista en mi búsqueda de la verdad. Hasta hoy he leído cientos (si no es que miles) de artículos científicos de diversas especialidades y he entrevistado a docenas de renombrados investigadores, así como a muchos de los médicos más respetados del mundo. También he tenido la oportunidad de visitar laboratorios de investigación dentro de algunos de los mejores centros de estudio del mundo: Harvard, Brown y el Karolinska Institutet en Suecia, por nombrar algunos.

¿Qué aspectos del entorno permiten que nuestro cuerpo y nuestro cerebro prosperen en lugar de fallar? Esta pregunta se volvió la base de mi investigación. Lo que descubrí cambió mi forma de pensar sobre nuestro órgano más delicado, además de que desafía la visión fatalista que me dieron casi todos los neurólogos y científicos especializados en el campo. Te sorprenderá —e incluso te impactará— saber que, si estás entre los millones de personas en todo el mundo con una predisposición genética a desarrollar enfermedad de Alzheimer (estadísticamente, hay una probabilidad de cuatro a uno de que así sea), es posible que respondas todavía mejor a los principios propuestos en este libro. Y, al seguirlos, lo más probable es que tengas más energía, duermas mejor, tengas menos neblina mental y tu estado de ánimo mejore desde hoy.

A través de este viaje me di cuenta de que la medicina es un campo muy vasto con muchos silos. Cuando se trata de saber cómo cuidar mejor algo tan complejo como el cuerpo humano, ya no digamos el cerebro, es necesario desarmar esos silos. Todo está relacionado de formas inimaginables, y conectar las partes requiere un cierto nivel de creatividad. En este libro te mostraré esas múltiples relaciones. Por ejemplo, te compartiré un método tan poderoso para quemar grasa que algunos médicos lo han llamado liposucción bioquímica, además de que puede ser la mejor arma de tu cerebro contra el deterioro. Asimismo, te enseñaré cómo ciertos alimentos y ejercicios físicos en realidad hacen que las neuronas funcionen de manera más eficiente.

Aunque me dedico a difundir las complejidades de la nutrición en el lenguaje de la gente común, también me apasiona dirigirme directamente a los médicos porque, aunque no lo parezca, pocos están entrenados de forma adecuada en estos temas. Me han invitado a impartir clases a estudiantes de medicina y practicantes de neurología en instituciones académicas importantes, como Weill Cornell Medicine, y he tenido la oportunidad de dar conferencias en la Academia de Ciencias de Nueva York junto con muchos de los investigadores que cito en este libro. También he ayudado a crear algunas de las herramientas que se usan para capacitar a médicos y otros proveedores de salud por todo el mundo sobre las prácticas clínicas de la prevención del Alzheimer, y soy coautor de un capítulo sobre el mismo tema en un libro de texto dirigido a neuropsicólogos. Por si eso fuera poco, también he contribuido a investigaciones en la Clínica de Prevención de Alzheimer de Weill Cornell Medicine y el Hospital NewYork-Presbyterian.

Lo que te presentaré a continuación es el resultado de este esfuerzo colosal e interminable no sólo por comprender lo que le ocurrió a mi madre, sino por prevenir que me ocurra a mí y a otros. Confío en que, al leer cómo hacer que tu cerebro funcione mejor en el presente, evitarás tu propio deterioro y llevarás tu salud cognitiva hasta sus límites naturales.

Cómo utilizar este libro

Este libro, basado en las últimas investigaciones, es una guía para lograr un funcionamiento neurológico óptimo cuyo agradable efecto secundario es que minimiza el riesgo de demencia.

Tal vez buscas presionar un botón para reiniciar tu agilidad mental y borrar el caché, por así decirlo. Quizá esperas aumentar la productividad y adelantarte a la competencia. Tal vez eres parte de los millones de personas en el mundo que luchan contra la neblina mental, la depresión o la incapacidad de lidiar con el estrés. Quizá tienes un ser querido que padece demencia o cierto deterioro cognitivo, y temes por su salud; quizá temes sucumbir ante un destino similar. Sin importar qué te llevó a tener Alimentos geniales entre tus manos, estás en el lugar correcto.

Este libro es un intento por descubrir los hechos y proponer nuevos principios unificadores que nos señalen al culpable colectivo moderno. Conocerás los alimentos que han sido víctimas de la modernidad: materias primas de buena calidad para el cerebro que fueron reemplazadas por el equivalente biológico de una tabla barata. Cada capítulo profundiza en elementos precisos de la función cerebral óptima —desde la preciada membrana celular y el sistema vascular, hasta la salud intestinal— vistos bajo la óptica de lo esencial: el cerebro. A cada capítulo le sigue un apartado, “Alimento genial”, el cual contiene muchos de los elementos beneficiosos que mencionamos a lo largo del texto. Estos alimentos serán tus armas contra la mediocridad cognitiva y el deterioro; cómelos, y en gran medida. Más adelante detallaré el estilo de vida óptimo para los genios, el cual culmina en el “Plan genial”.

Escribí este libro para que se leyera de principio a fin, pero siéntete libre de usarlo como material de consulta y saltarte capítulos. Y no tengas miedo de anotar en los márgenes y señalar puntos importantes (¡yo lo hago muchas veces!).

A lo largo del texto también encontrarás comentarios y “Notas del médico” que contienen la experiencia personal y clínica de mi amigo y colega, el doctor Paul Grewal, sobre muchos de los temas que vamos a tratar. El doctor Paul ha enfrentado sus propios retos, pues pasó por la escuela de medicina con algo muy familiar en el mundo occidental de hoy: la obesidad. Desesperado por encontrar una solución a sus problemas de peso, se aventuró a aprender todo lo posible sobre nutrición y ejercicio, temas que por desgracia no se tocan en los planes de estudio de las escuelas de medicina. Las verdades que halló le permitieron lograr una pérdida dramática de 45 kilogramos en menos de un año —y para siempre—, así que nos compartirá sus lecciones sobre ejercicio y nutrición en las siguientes páginas.

La ciencia siempre es un tema inconcluso; es un método para descubrir, no una medida infalible para la verdad. A lo largo de este libro usaremos nuestra interpretación de la mejor evidencia disponible, a sabiendas de que no todo se puede medir con un experimento científico. A veces la observación y la práctica clínica son la mejor evidencia que tenemos, y el mejor criterio para medir la salud es cómo respondes tú a un cambio en particular. Adoptamos un acercamiento evolutivo: nuestra postura es que, entre menos tiempo haya estado disponible un alimento, un medicamento o un suplemento, mayor evidencia a su favor debemos tener antes de incluirlo en la que consideramos una dieta y un estilo de vida saludables. Lo llamamos “Culpable hasta demostrar su inocencia” (como ejemplo, ve la sección de aceites de semillas poliinsaturados en el capítulo 2).

En lo personal, empecé este viaje desde una página en blanco, siguiendo el rastro de las evidencias. Usé mi falta de nociones preconcebidas como ventaja para mantener una distancia objetiva del tema y asegurarme de nunca perder de vista el paisaje por fijarme en los árboles. Por ende, encontrarás un vínculo entre disciplinas que por lo regular no aparecen conectadas en otros libros de este género; por ejemplo, metabolismo y salud cardiaca, salud cardiaca y salud cerebral, salud cerebral y cómo te sientes en realidad. Consideramos que entrelazar estas visiones aisladas es la clave del paraíso cognitivo.

Por último, sabemos que hay diferencias genéticas entre individuos, así como diferencias en nuestros niveles de salud y bienestar, que determinarán cosas como la tolerancia a los carbohidratos y la respuesta al ejercicio. Hemos descubierto los denominadores comunes que beneficiarán a todo tipo de gente y hemos incluido recuadros como guía para que personalices nuestras recomendaciones en función de tu propia biología.

Confío en que, cuando termines de leer este libro, concibas tu cerebro de otra manera, como algo que podemos “afinar”, como un instrumento. Verás la comida con otros ojos, como un software capaz de reconectar tu cerebro y hacer que funcione tu mente al máximo de su capacidad. Sabrás dónde encontrar nutrientes que te ayuden a recordar mejor las cosas y te hagan sentir más lleno de energía. Verás que retrasar el proceso de envejecimiento (incluyendo el deterioro cognitivo) depende de los alimentos que eliminas de tu dieta y de los que eliges consumir, así como de cuándo y cómo los consumes. También te diré cuáles alimentos pueden quitarle más de una década de edad biológica a tu cerebro.

Debo ser honesto: estoy muy emocionado de que empieces este viaje conmigo. No sólo sentirás que eres una mejor versión de ti mismo desde las primeras dos semanas, sino que cumplirás mi deseo oculto y quizá la única meta real que tengo para ti: usar la mejor y más actualizada evidencia existente para evitar lo que mi mamá y yo experimentamos. Merecemos mejores cerebros… y el secreto está en nuestros alimentos.

Los alimentos geniales.

PRIMERA PARTE

Eres lo que comes

Capítulo 1

El problema invisible

El hombre debe saber que en el cerebro, y sólo en el cerebro, surgen nuestros placeres, alegrías, risas y bromas, así como nuestras tristezas, dolores, penas y lágrimas. A través de él, en particular, pensamos, vemos, escuchamos y distinguimos lo desagradable de lo hermoso, lo bueno de lo malo, lo placentero de lo poco placentero. Es lo mismo que nos enfurece o hace delirar, que nos inspira miedo, que nos provoca insomnio y ansiedades sin sentido […] En estos sentidos, considero que el cerebro es el órgano más poderoso del cuerpo humano.

HIPÓCRATES

¿Estás listo para recibir una buena noticia? Acunados dentro de tu cráneo, a pocos centímetros de tus ojos, se encuentran 86,000 millones de los transistores más eficientes en el universo. Tú eres esa red neuronal que procesa el sistema operativo que conocemos como vida, y ninguna computadora que se haya concebido hasta ahora se acerca siquiera a reproducir su magnífica capacidad. El cerebro humano, forjado durante millones y millones de años de vida en la Tierra, es capaz de guardar casi la misma información que cabría en ocho mil iPhones. Todo lo que eres, haces, amas, sientes, te preocupa, anhelas y deseas comienza en una sinfonía invisible y sumamente compleja de procesos neuronales. Elegante, fluido y abrasadoramente rápido: cuando los científicos intentaron simular sólo un segundo de la capacidad cerebral del ser humano, les tomó 40 minutos a las supercomputadoras.

Ahora, la mala noticia: el mundo moderno se parece a Los juegos del hambre, y el cerebro es un combatiente involuntario, que está siendo atacado sin misericordia y sin descanso por todas partes. El estilo de vida actual está minando nuestra increíble herencia y minando contra nuestro rendimiento cognitivo óptimo, lo que nos deja en riesgo de desarrollar algunas aflicciones muy desagradables.

Nuestras dietas devastadas por la industrialización proveen calorías baratas y en grandes cantidades, con un contenido bajo de nutrientes y muchos aditivos tóxicos. Nuestras carreras nos obligan a realizar las mismas tareas una y otra vez, pero nuestro cerebro progresa con el cambio y la estimulación. Nos restringen el estrés, la falta de conexión con la naturaleza, los patrones de sueño antinaturales y la sobreexposición a noticias y tragedias, además de que nuestros vínculos sociales han sido suplantados por las redes sociales. Todo esto conlleva un deterioro y un envejecimiento prematuros. Hemos creado un mundo tan alejado del espacio en que nuestro cerebro evolucionó, que éste lucha porsobrevivir.

Estas creencias modernas nos hacen intensificar el daño con nuestros actos cotidianos. Nos convencemos de que pasar seis horas en cama significa que dormimos toda la noche. Consumimos comida chatarra y bebidas isotónicas para mantenernos despiertos, nos medicamos para dormir y, llegado el fin de semana, nos evadimos tanto como es posible, todo en un intento mediocre de tener un respiro momentáneo de nuestra lucha diaria. Esto provoca un corto circuito en nuestro sistema de control de la inhibición —la voz de la razón dentro de nuestro cerebro—, lo que nos convierte en ratas de laboratorio que buscan de forma frenética la siguiente descarga de dopamina. El ciclo se perpetúa solo y, con el tiempo, refuerza los hábitos y provoca cambios que no sólo nos hacen sentir mal, sino que derivan en un deterioro cognitivo.

Ya sea que estemos conscientes de ello o no, quedamos atrapados en el fuego cruzado entre facciones antagónicas. Los accionistas manejan las empresas de alimentos que operan bajo la “mano invisible” del mercado para proveer ganancias cada vez mayores o se arriesgan a volverse irrelevantes. Como tal, nos venden alimentos diseñados explícitamente para crear una adicción insaciable. Por otro lado, nuestro sistema de salud y nuestro aparato de investigación científica mal financiados luchan por mantenerse al corriente, difundiendo recomendaciones y políticas que, aunque sean bienintencionadas, están sujetas a innumerables tendencias: desde errores inocuos de pensamiento, hasta la corrupción patente de los estudios financiados por la industria y las carreras científicas que dependen de fondos privados.

No es de sorprender que hasta las personas cultas se sientan confundidas respecto a la nutrición. Un día nos dicen que evitemos la mantequilla; al siguiente, que podemos hasta beberla. Un lunes escuchamos que la actividad física es la mejor manera de perder peso, sólo para enterarnos el viernes que su impacto en la cintura es mínimo en comparación con el de la dieta. Nos dicen una y otra vez que los cereales integrales son la clave de la salud cardiaca, pero ¿la causa de las cardiopatías es en realidad una deficiencia de avena en la mañana? Tanto los blogs como los medios tradicionales de comunicación intentan cubrir los avances científicos, pero su cobertura (y sus titulares sensacionalistas) muchas veces parece más interesada en atraer gente a sus páginas web que informar al público.

Nuestros médicos, nutriólogos y hasta el gobierno tienen una opinión; sin embargo, están influidos consciente o inconscientemente por intereses ocultos. ¿Cómo podemos saber en quién y en qué confiar cuando arriesgamos tanto?

Mi investigación

En los primeros meses después del diagnóstico de mi madre, hice lo que cualquier buen hijo haría: la acompañé a las citas con los médicos, con un diario lleno de preguntas a la mano, desesperado por obtener siquiera un poco de claridad para calmar nuestras inquietudes. Cuando no pudimos encontrar respuestas en una ciudad, volamos a la siguiente. De Nueva York fuimos a Cleveland, a Baltimore. Aunque tuvimos la suerte de visitar algunos de los departamentos de neurología más importantes en Estados Unidos, siempre nos topábamos con lo que denominé “un diagnóstico y una despedida”: después de una batería de pruebas físicas y cognitivas, nos mandaban a casa, por lo general con otra receta para un nuevo curita bioquímico, pero nada más. Después de cada cita me sentía más y más obsesionado con encontrar un enfoque mejor. Dejé de dormir por pasar noches enteras investigando, esperando aprender todo lo posible sobre los mecanismos subyacentes de esa enfermedad nebulosa que estaba robándole a mi madre su capacidad cerebral.

Ya que estaba en la plenitud de su vida cuando comenzaron los síntomas, no podía culpar a la vejez. Como una mujer jovial, atractiva y carismática de cincuenta y tantos, mi mamá no era —y todavía no es— la imagen de una persona que sucumbe a la devastación del envejecimiento. No teníamos antecedentes familiares de ninguna clase de enfermedad neurodegenerativa, así que sus genes no parecían ser los responsables. Debía haber otro precursor externo y yo tenía la corazonada de que se trataba de algo alimenticio.

Seguir ese instinto me llevó a pasar la mayor parte de la última década explorando el papel que desempeña la comida (y los factores de estilo de vida, como el ejercicio, el sueño y el estrés) en la función neurológica. Descubrí que unos cuantos clínicos vanguardistas se han enfocado en la conexión entre la salud cerebral y el metabolismo: es decir, cómo el cuerpo crea energía a partir de ingredientes esenciales, como alimento y oxígeno. A pesar de que mi mamá nunca había sido diabética, empecé a investigar sobre diabetes tipo 2 y hormonas como la insulina y la leptina, esa casi desconocida señal que controla el interruptor principal del metabolismo. Me interesaron las investigaciones más recientes sobre nutrición y salud cardiovascular, las cuales esperaba que pudieran ayudar a preservar la red de minúsculos vasos sanguíneos que proveen oxígeno y otros nutrientes al cerebro. Aprendí cómo las bacterias ancestrales que pueblan nuestro intestino sirven como guardianes silenciosos para el cerebro, y cómo la dieta moderna está literalmente matándolas de hambre.

Conforme descubría más y más formas en las que nuestra alimentación influye en el riesgo de enfermedades como el Alzheimer, no podía evitar integrar cada hallazgo a mi propia vida. Casi de inmediato noté que mis niveles de energía empezaban a aumentar y me sentía más regulado a lo largo del día. Mis pensamientos parecían fluir sin tanto esfuerzo y me sentía de mejor ánimo. También noté que era más fácil dirigir mi atención y enfocarme, así como evitar las distracciones. Y aunque no era mi meta inicial, incluso pude perder la grasa arraigada y llegué a tener la mejor condición física de mi vida; ¡un bono bienvenido! Aunque el motivo inicial de mi investigación fue mi madre, yo también me enganché con esta nueva dieta para la salud cerebral.

Por accidente me tropecé con un concepto oculto: los alimentos que ayudan a proteger el cerebro contra la demencia y el envejecimiento también hacen que funcione mejor en el presente.1 Al invertir en nuestro futuro podemos mejorar nuestra vida hoy.

Recupera tu herencia cognitiva

Desde el inicio de la medicina moderna, los médicos creían que la anatomía cerebral se volvía inamovible en la madurez. Se creía que era imposible cambiar el cerebro en personas nacidas con una discapacidad de aprendizaje, víctimas de una lesión cerebral, pacientes de demencia o que simplemente buscaban mejorar su función cerebral. Según la ciencia, tu vida cognitiva trascendería así: tu cerebro, el órgano responsable de la conciencia, pasaría por un periodo feroz de crecimiento y organización hasta los 25 años —el estado climático de tu hardware mental—, sólo para empezar un largo declive gradual hasta el final de tu vida. Esto, claro, en el supuesto de que no hicieras nada para acelerar ese proceso (sí, te hablo a ti, universidad).

Más adelante, a mediados de los años noventa, se descubrió algo que cambió para siempre la forma en que los científicos y los médicos veían el cerebro: descubrieron que era posible generar nuevas neuronas a lo largo de la vida del humano adulto. Sin duda fue una noticia bienvenida para la especie heredera del producto emblemático de la evolución darwiniana: el cerebro humano. Hasta ese punto se creía que la creación de nuevas células cerebrales —llamada neurogénesis— ocurría sólo durante el desarrollo.2 En un instante, los días del “nihilismo neurológico”, término acuñado por el neurocientífico Norman Doidge, se habían acabado. Nació el concepto de neuroplasticidad de por vida —la capacidad del cerebro de cambiar hasta la muerte—, y con él la oportunidad única de sacar provecho de este descubrimiento emblemático para tener mejor salud y desempeño.

Brincamos un par de décadas hasta el día de hoy y casi podemos sentir el latigazo en el cuello por todo el progreso que se ha hecho para comprender el cerebro, tanto en la forma de protegerlo como en la manera de reforzarlo. Considera el desarrollo en el campo de la investigación de Alzheimer. Esta enfermedad es una condición neurodegenerativa devastadora que afecta a más de cinco millones de personas en Estados Unidos (se espera que las cifras se tripliquen en años venideros), y sólo hace poco se empezó a considerar que la dieta podría tener un impacto en la enfermedad. De hecho, aunque el médico alemán Alois Alzheimer describió por primera vez la enfermedad en 1906, 90% de lo que sabemos hoy sobre la condición se descubrió en los últimos 15 años.

La prueba finger

Tuve el privilegio de visitar a Miia Kivipelto, una neurobióloga del Karolinska Institutet en Estocolmo y una de las pocas investigadoras especializadas en los efectos de la dieta y el estilo de vida en el cerebro. Es líder de la innovadora prueba FINGER, Finnish Geriatric Intervention Study to Prevent Cognitive Impairment and Disability (estudio finlandés de intervención geriátrica para prevenir las alteraciones y discapacidades cognitivas), el primer ensayo longitudinal aleatorio a gran escala (aún en curso) para medir el impacto que tienen nuestra dieta y nuestro estilo de vida en la salud cognitiva.

El estudio involucra a más de 1,200 adultos mayores en riesgo, la mitad participa en programas de ejercicio, consultoría nutricional y apoyo social para reducir los factores de riesgo psicosociales para el declive cognitivo, como la soledad, la depresión y el estrés. La otra mitad, el grupo de control, recibe un cuidado básico.

Después de los primeros dos años se publicaron los hallazgos iniciales, los cuales revelaron resultados sorprendentes. La función cognitiva general de las personas en el grupo de intervención aumentó 25%, en comparación con el de control, y su función ejecutiva mejoró 83%. La función ejecutiva tiene una importancia crítica en muchos aspectos de una vida sana, pues influye en gran medida en la planeación, la toma de decisiones e incluso la interacción social. (Si tu función ejecutiva no se está desempeñando bien, tal vez sientas que no puedes pensar con claridad o concluir ciertas cosas.) Y la velocidad de p ...