Loading...

ALTO RIESGO

Ken Follett  

0


Fragmento

PRIMER DÍA:

domingo, 28 de mayo de 1944

1

Un minuto antes de la explosión, la plaza mayor de Sainte-Cécile estaba tranquila. La tarde era cálida, y una capa de aire inmóvil cubría la ciudad como una sábana. El perezoso repique de la campana convocó a los fieles a la iglesia con escaso entusiasmo. A Felicity Clairet le sonaba a cuenta atrás.

El edificio más sobresaliente de la plaza era el palacio del siglo XVII. Versión a escala reducida de Versalles, su majestuosa fachada principal estaba flanqueada por dos alas, que se prolongaban en ángulo recto hacia la parte posterior. El edificio constaba de sótano y dos plantas rematadas por un tejado alto con buhardillas.

A Felicity, más conocida como Flick, le encantaba Francia. Le gustaban sus hermosos edificios, su benigno clima, sus relajadas comidas y sus cultivadas gentes. Admiraba la pintura francesa, la literatura francesa y la moda francesa. Para muchos extranjeros, los franceses eran gente poco simpática, pero Flick hablaba el idioma del país desde los seis años y nadie habría adivinado que era inglesa.

Le dolía que la Francia que amaba hubiera dejado de existir. No había bastante comida para comer relajadamente, los nazis se habían llevado las pinturas y las únicas que vestían con elegancia eran las putas. Como la mayoría de las francesas, Felicity llevaba un vestido que había perdido la forma y el color de tanto lavarlo. Deseaba con todas sus fuerzas el retorno de la auténtica Francia, que tal vez se produjera pronto si ella y los suyos cumplían con su deber.

Aunque quizá no viviera para verlo; de hecho, puede que le quedaran unos minutos de vida. No era fatalista; deseaba vivir. Quería hacer cientos de cosas después de la guerra: acabar su tesis, tener un hijo, visitar Nueva York, comprarse un deportivo, beber champán en las playas de Cannes... No obstante, si estaba a punto de morir, celebraba pasar sus últimos instantes de vida en una plaza soleada, frente a un hermoso edificio antiguo, con las acariciantes cadencias del idioma francés en los oídos.

El château había sido la residencia de la aristocracia local, pero el último conde de Sainte-Cécile había sido decapitado en la guillotina en 1793. Los jardines ornamentales se habían transformado en viñedos hacía mucho tiempo, pues aquella era una comarca vinícola en el corazón de la Champaña. En la actualidad, el edificio alojaba una importante central telefónica por iniciativa de un ministro del ramo nacido en Sainte-Cécile.

A su llegada, los alemanes habían ampliado la central para establecer conexiones entre la red francesa y la nueva ruta de cable hacia Alemania. También habían instalado el cuartel general de la Gestapo para la región en el edificio, con oficinas en las dos plantas y celdas en el sótano.

Los aliados habían bombardeado el palacio hacía cuatro semanas. Los pesados cuatrimotores Lancaster y las Fortalezas Volantes que sobrevolaban Europa todas las noches eran poco precisos —a veces no acertaban ni a toda una ciudad—, pero la última generación de cazabombarderos, los Lightning y los Thunderbolt, podían atacar en pleno día y alcanzar un blanco relativamente pequeño, un puente o una estación ferroviaria. La mayor parte del ala oeste del edificio había quedado reducida a un montón de irregulares ladrillos rojos y sillares de piedra blanca del siglo XVII.

Sin embargo, el bombardeo aéreo no había cumplido su objetivo. Los trabajos de reparación progresaban a buen ritmo, y el servicio telefónico solo se había interrumpido el tiempo que tardaron los alemanes en reemplazar las centralitas. Todos los sistemas de telefonía automática y los imprescindibles amplificadores para las líneas de larga distancia se encontraban en el sótano, que apenas había sufrido daños.

Por eso estaba allí Flick.

El palacio, situado en el lado norte de la plaza, estaba rodeado por una alta verja de pilares de piedra y rejas de hierro forjado, vigilada por centinelas uniformados. En el lado este, la pequeña iglesia medieval abría sus vetustas puertas de madera al aire primaveral y a los fieles. Frente a ella, en el extremo oeste de la plaza, se alzaba la casa consistorial, regida por un alcalde ultraconservador que tenía pocas desavenencias con los mandos de las fuerzas de ocupación. El lado sur lo formaban una hilera de tiendas y un bar llamado Café des Sports. Sentada en la terraza, Flick esperaba a que la campana dejara de repicar. Sobre el velador había un vaso de vino blanco local, suave y de poco cuerpo. No lo había probado.

Felicity era mayor del ejército británico. Oficialmente, pertenecía al First Aid Nursing Yeomanry, cuerpo femenino inevitablemente conocido como FANY. Pero eso no era más que una tapadera. En realidad, trabajaba para una organización clandestina, el Ejecutivo de Operaciones Especiales, encargada de llevar a cabo acciones de sabotaje tras las líneas enemigas. A sus veintiocho años, era uno de los agentes más viejos. Aquella no era la primera vez que se sentía a un paso de la muerte. Había aprendido a convivir con el peligro y a dominar el miedo, a pesar de lo cual, cada vez que miraba los cascos de acero y los potentes fusiles de los centinelas del palacio, sentía que una mano helada le oprimía el corazón.

Tres años antes, su mayor ambición era convertirse en profesora de literatura francesa en alguna universidad de Inglaterra y enseñar a sus alumnos a apreciar la fuerza de Víctor Hugo, la inteligencia de Flaubert y la pasión de Zola. Trabajaba en la Oficina de Guerra traduciendo documentos franceses, cuando la convocaron a una misteriosa entrevista en una habitación de hotel y le preguntaron si estaba dispuesta a aceptar una misión peligrosa.

Respondió que sí sin pensárselo mucho. El país estaba en guerra, y todos sus antiguos compañeros de Oxford arriesgaban la vida a diario. ¿Por qué no iba a hacerlo ella? Dos días después de la Navidad de 1941 había empezado su adiestramiento como agente del EOE.

Seis meses más tarde, convertida en correo, llevaba mensajes desde el cuartel general del Ejecutivo, en el 64 de Baker Street, Londres, a los grupos de la Resistencia en la Francia ocupada, en la época en que escaseaban las radios, por no hablar de los operadores. Saltaba en paracaídas, se movía por el país con documentos de identidad falsos, contactaba con la Resistencia, les entregaba las órdenes y tomaba nota de sus respuestas, quejas y peticiones de armas y munición. Para el viaje de regreso, acudía a la cita con el avión de recogida, generalmente un Westland Lysander de tres asientos, tan pequeño que podía aterrizar en seiscientos metros de hierba.

De correo había ascendido a organizadora de sabotajes. La mayoría de los agentes del Ejecutivo eran oficiales y en teoría estaban al mando de un grupo de la Resistencia. En la práctica, los partisanos no acataban la disciplina militar, y los agentes tenían que ganarse su cooperación mostrando firmeza, competencia y arrojo.

Era un trabajo peligroso. Flick había superado el curso de adiestramiento con seis hombres y tres mujeres; al cabo de dos años, ninguno de ellos seguía en activo. Dos habían muerto con toda certeza: uno por disparos de la Milicia, la odiada policía de seguridad francesa, y el otro, al no abrirse su paracaídas. Los demás habían sido capturados, interrogados, torturados y, posteriormente, enviados a campos de prisioneros en Alemania. Flick había sobrevivido porque era inflexible, reaccionaba con rapidez y su obsesión por la seguridad rayaba en la paranoia.

Junto a ella estaba sentado su marido, Michel, jefe del circuito de la Resistencia con nombre en clave «Bollinger» y base en la ciudad catedralicia de Reims, a dieciséis kilómetros de Sainte-Cécile. Aunque estaba a punto de jugarse la vida, Michel seguía arrellanado en su silla, con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda y un vaso largo de la pálida y aguada cerveza de tiempos de guerra en la mano. Su sonrisa despreocupada había conquistado el corazón de Felicity durante su estancia en la Sorbona, donde preparaba una tesis sobre la ética en la obra de Molière, que había dejado a medias al estallar la guerra. Él era un joven y desaliñado profesor de Filosofía con una legión de alumnos entusiastas.

Seguía siendo el hombre más atractivo que había conocido. Era alto y llevaba trajes arrugados y descoloridas camisas azules con elegante descuido, y el pelo siempre un poco más largo de la cuenta. Tenía una voz ronca e insinuante, y la intensa mirada de sus ojos azules te hacía sentir que no había otra mujer en el mundo.

Aquella misión había proporcionado a Flick la anhelada oportunidad de pasar con él unos días, que sin embargo, no habían sido felices. No podía decirse que hubieran discutido, pero Michel la había tratado con un afecto tibio, como si hiciera las cosas con desgana, y Felicity se había sentido herida. Su instinto le decía que le interesaba otra. Solo tenía treinta y cinco años, y su desaliñado encanto seguía funcionando con las jovencitas. El hecho de que, debido a la guerra, hubieran estado más tiempo separados que juntos desde poco después de la boda no contribuía a mejorar las cosas. Y había montones de chicas guapas y bien dispuestas, se dijo Flick amargamente, en la Resistencia y fuera de ella.

Sin embargo, seguía queriéndolo. No del mismo modo: había dejado de adorarlo como en la luna de miel y ya no deseaba dedicar su vida a hacerlo feliz. Las neblinas matinales del amor romántico se habían desvanecido, y a la clara luz del día de la vida conyugal Flick podía ver que su marido era vano, egoísta y poco fiable. Pero cuando decidía prestarle atención, aún era capaz de hacer que se sintiera única, hermosa y deseada.

El encanto de Michel, que también funcionaba con los hombres, lo había convertido en un excelente líder, valiente y carismático. Flick y él habían ideado el plan de ataque juntos. Asaltarían el palacio por dos puntos a un tiempo para dividir a los defensores; una vez dentro, se reagruparían en una sola fuerza, penetrarían en el sótano, buscarían la sala del equipo principal y la harían volar por los aires.

Disponían de un plano del edificio que les había proporcionado Antoinette Dupert, encargada del grupo de mujeres del pueblo que limpiaban el palacio todas las tardes. También era tía de Michel. Las limpiadoras empezaban a trabajar a las siete, la hora de la misa vespertina; en aquellos momentos, Flick podía ver a varias que enseñaban sus pases a los centinelas de la verja. El dibujo de Antoinette mostraba el camino al sótano, pero no detallaba el interior, cuyo acceso estaba restringido a los alemanes, que hacían la limpieza por sí mismos.

El plan de ataque de Michel se basaba en los informes del MI6, el servicio secreto británico, según el cual el palacio estaba custodiado por un destacamento de las Waffen SS que se repartía en tres turnos de doce hombres cada uno. El personal de la Gestapo no estaba formado por tropas de combate, y la mayoría de sus miembros ni siquiera irían armados. El circuito Bollinger había conseguido reunir a quince hombres para realizar el ataque, los cuales se habían mezclado con los asistentes a la misa o vagaban por la plaza haciéndose pasar por desocupados transeúntes, con las armas ocultas bajo la ropa o en carteras y bolsos en bandolera. Si la información del MI6 era correcta, los guerrilleros superaban en número a la guarnición.

Flick, sin embargo, sentía una aprensión que dominaba su mente y le oprimía el pecho. Al mencionar ante Antoinette la estimación del MI6, la mujer, frunciendo el ceño, había replicado: «Yo diría que son más». Antoinette no era tonta —había sido secretaria de Joseph Laperrière, director de una cava de champán, hasta que la ocupación redujo los beneficios y la mujer del jefe la sustituyó—, y podía tener razón.

Michel no había conseguido resolver la contradicción entre los datos del MI6 y la conjetura de Antoinette. Vivía en Reims, y ni él ni nadie de su grupo conocía Sainte-Cécile. No habían tenido tiempo de llevar a cabo un reconocimiento en toda regla. Si los guerrilleros se encontraban en inferioridad numérica, pensó Flick con temor, tendrían pocas posibilidades ante soldados alemanes bien entrenados.

Paseó la mirada por la plaza buscando a los miembros de su grupo, en apariencia paseantes ociosos, que, no obstante, estaban a punto de matar o morir. Ante la mercería, mirando un rollo de anticuada tela verde expuesto en el escaparate, estaba Geneviève, una chica alta de veinte años con una Sten bajo la ligera chaqueta de entretiempo. La Sten era la metralleta favorita de la Resistencia, porque se desmontaba en tres piezas y cabía en un bolso pequeño. Geneviève podía ser la chica a la que Michel le había echado el ojo, lo que no impidió que Flick se estremeciera de horror al pensar que podían acribillarla a tiros en cuestión de segundos. Cruzando el empedrado de la plaza en dirección a la iglesia, vio a Bertrand, el benjamín del grupo con sus diecisiete años, un rubito de mirada inquieta con un Colt automático del calibre 45 oculto en el periódico que llevaba doblado bajo el brazo. Los aliados habían lanzado en paracaídas un auténtico diluvio de Colts. En un principio, Flick había excluido a Bertrand del grupo por su edad, pero andaban tan escasos de hombres y el chico le había insistido tanto que había acabado por convencerla. Flick confiaba en que su juvenil entusiasmo no se esfumara al iniciarse el tiroteo. En el atrio de la iglesia, fingiendo dar las últimas caladas a un cigarrillo antes de entrar, estaba Albert, que había sido padre de una niña, su primer hijo, esa misma mañana. Albert tenía una razón de más para querer sobrevivir. Llevaba una bolsa de tela que parecía llena de patatas; en realidad, eran granadas de mano Mark I Mills n.º 36.

En la plaza todo parecía normal, salvo por un detalle. Junto a la iglesia había aparcado un enorme y potente deportivo, un Hispano-Suiza modelo 68-bis de fabricación francesa con motor V12 de avión, uno de los coches más rápidos del mundo. Era de color azul celeste y tenía un espectacular radiador plateado rematado por la característica cigüeña en pleno vuelo.

Había llegado hacía media hora. Su conductor, un hombre atractivo de unos cuarenta años, vestía un elegante traje de paisano, pero nadie que no fuera un oficial alemán habría tenido la desfachatez de exhibirse con semejante vehículo. Su acompañante, una pelirroja alta y llamativa con vestido de seda verde y zapatos de ante con tacón de aguja, era demasiado chic para no ser francesa. El hombre había montado una cámar

Recibe antes que nadie historias como ésta