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AMULETO

Roberto Bolaño  

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Fragmento

LIBROPRIMERO

ÁFRICA. HACE CIEN MIL AÑOS

La cazadora acechaba agazapada entre la hierba, las orejas pegadas al cráneo, el cuerpo tenso y listo para saltar.

A escasa distancia, varios humanos buscaban raíces y semillas, ajenos a los ojos ambarinos que los observaban. Pese a su corpulencia y el tamaño de sus músculos, la cazadora era un animal lento. A diferencia de sus competidores, los leones y leopardos, criaturas raudas que perseguían a sus presas, el felino de dentadura afilada se veía obligado a esperar y coger a su presa por sorpresa.

Por ello, permaneció inmóvil entre la hierba amarronada, observando y esperando mientras su presa se acercaba sin albergar sospecha alguna.

El sol continuó su ascensión por el cielo, y en la llanura africana empezó a apretar el calor. Los humanos avanzaban en su interminable búsqueda de alimento, engullendo frutos y gusanos, llenando el aire con el crujido de la comida entre los dientes y algún que otro gruñido o palabra. El felino siguió observando. La paciencia era la clave.

Por fin, un niño que caminaba sobre piernas aún inseguras se alejó de su madre. El felino fue rápido y brutal. El pequeño profirió un grito agudo y la cazadora se alejó al trote con su presa entre las mortíferas mandíbulas. Los humanos se lanzaron sin demora en su persecución, gritando y blandiendo lanzas esmirriadas.

El felino desapareció entre la maleza enmarañada en dirección a su guarida mientras el niño se debatía frenético y chillaba entre los dientes cortantes. Temerosos de seguir al animal por aquel paraje más frondoso, los humanos empezaron a dar saltos, a golpear la tierra con garrotes toscos y a lanzar gritos al cielo, donde los buitres ya se congregaban con la esperanza de hacerse con algo de carroña. La madre del niño, una hembra joven a la que los demás llamaban Avispa, daba vueltas y más vueltas ante la abertura por la que había desaparecido el felino.

De repente, uno de los machos profirió un grito y les indicó por gestos que debían alejarse de allí al tiempo que un cuerpo salía despedido de entre la maleza espinosa. Avispa se negó a marcharse pese a los intentos de otras dos hembras para llevársela a rastras. Se arrojó al suelo y empezó a aullar como atormentada por un intenso dolor físico. Por fin, temerosos de que el felino regresara, sus compañeros la abandonaron y huyeron raudos a una arboleda próxima para trepar hasta la seguridad de sus ramas.

Ahí se quedaron hasta que el sol inició su ascenso hacia el horizonte y las sombras empezaron a alargarse. Ya no oían los lamentos de la madre. El silencio de la tarde solo había quedado quebrado en una ocasión por un grito agudo, seguido de la calma más absoluta. Con el estómago vacío e impelidos por una sed acuciante, bajaron de los árboles, echaron un breve vistazo al lugar ensangrentado donde habían visto a Avispa por última vez y acto seguido emprendieron camino hacia el oeste para seguir buscando comida.

El pequeño grupo de humanos caminaba erguido por la sabana africana, moviendo los largos miembros y los torsos esbeltos con gracia animal. Iban desnudos y no llevaban ornamento alguno, tan solo lanzas y hachas en las manos. Eran setenta y seis componentes de edades comprendidas entre la más tierna infancia y la ancianidad. Nueve de las hembras estaban embarazadas. Concentrada en la búsqueda infatigable de alimento, aquella familia de humanos primitivos ignoraba que cien mil años más tarde, en un mundo que no alcanzaban a imaginar, sus descendientes los denominarían Homo sapiens, «hombre sabio».

«Peligro.»

Espigada yacía inmóvil en el lecho que había compartido con Madre Anciana, los sentidos aguzados por los sonidos y los olores del alba; el humo de la hoguera; el aroma penetrante de la comida asada; el frío cortante; los pájaros en las ramas de los árboles, recién despertados, cantando y graznando en ruidosa cacofonía. Sin embargo, no percibía los rugidos del león, las risas de la hiena ni el siseo de la serpiente que solían anunciar el peligro.

Pese a ello, Espigada no se movió. Si bien tiritaba de frío y anhelaba entrar en calor junto a Madre Anciana, que estaría junto a las piedras de la hoguera, avivando las brasas, siguió tumbada. El peligro no había desaparecido; lo percibía con gran intensidad.

Muy despacio, alzó la cabeza y parpadeó varias veces para escudriñar el alba humeante. La familia estaba despertando. Oyó el ronco jadeo matinal de Raspa, llamado así porque en cierta ocasión había estado a punto de morir atragantado por culpa de una raspa. Fosa Nasal lo había salvado golpeándolo con fuerza entre los omóplatos hasta que la espina salió despedida por encima de la hoguera, pero Raspa no respiraba bien desde entonces. Ahí estaba Madre Anciana, arrojando hierba al débil fuego como de costumbre mientras Fosa Nasal, acuclillado junto a ella, se examinaba una fea mordedura de insecto en el escroto. Hacedora del Fuego amamantaba a su bebé. Hambriento y Bulto aún roncaban en sus jergones, y Escorpión orinaba contra un árbol. A la luz mortecina del amanecer se entreveía la silueta de León, que gruñía de placer sexual con Buscadora de Miel.

Todo parecía en orden.

Espigada se incorporó y se frotó los ojos. Durante la noche, el sueño de la familia se había visto perturbado por los chillidos frenéticos de uno de los hijos de Ratón, un niño que dormía demasiado cerca del fuego y al darse la vuelta se había quemado gravemente con las brasas ardientes. Era una lección que todos los niños aprendían. La propia Espigada lucía una cicatriz alargada en el muslo derecho por dormir demasiado cerca del fuego cuando era niña. A pesar de sus gemidos mientras su madre le aplicaba barro a la herida, el niño parecía encontrarse bien. Espigada observó a los demás integrantes de la familia, que se dirigían somnolientos y arrastrando los pies a beber en la charca. No advirtió en ellos indicio alguno de temor ni alarma.

Pero algo andaba mal. Aunque no veía, oía ni olía nada fuera de lo corriente, la joven hembra sabía con cada instinto de su cuerpo que en las proximidades del campamento acechaba el peligro. Sin embargo, Espigada carecía del intelecto necesario para comprenderlo y del lenguaje que se requería para transmitir sus temores a los otros. Mentalmente escuchaba el concepto de advertencia, pero si pronunciaba la palabra, los demás mirarían a su alrededor en busca de serpientes venenosas, perros salvajes o felinos de afilada dentadura. Al no ver a nadie, se preguntarían por qué Espigada los había alertado.

«No es una advertencia para hoy —le susurró aquella voz interior cuando por fin abandonó la seguridad de su lecho—, sino para mañana.»

Pero la joven hembra de aquella familia de humanos primitivos no tenía modo de expresar aquello, pues carecían del concepto de «futuro». El peligro «venidero» era una idea desconocida para aquellas criaturas, conscientes tan solo del peligro inmediato. Los humanos de la sabana vivían como los animales que los rodeaban, pastando y buscando comida y agua, huyendo de los predadores, satisfaciendo las necesidades sexuales, durmiendo cuando el sol alcanzaba el cenit y tenían el estómago lleno.

Cuando el sol empezó a elevarse en el cielo, la familia dejó la protección de las espadañas y los juncos para salir a la llanura abierta, sintiéndose más seguros ahora que el alba había acabado de disipar la noche y sus amenazas. Con el corazón atormentado por un temor sin nombre, Espigada se unió a los demás cuando se alejaban de la hoguera e iniciaban la búsqueda diaria de comida.

De vez en cuando se detenía para escudriñar los alrededores, con la esperanza de vislumbrar aquella amenaza que presentía con tal intensidad. Sin embargo, lo único que veía era un mar de color león marino, salpicado de árboles de follaje frondoso y peñascos que a lo lejos se convertían en colinas. Ningún predador seguía a los humanos impelidos por la sed, ninguna amenaza los acechaba desde el cielo todavía brumoso. Espigada vio manadas de antílopes pastando, jirafas estirando el cuello para mordisquear las hojas de los árboles, cebras agitando el rabo. Nada extraño ni nuevo.

Solo la montaña que se alzaba en el horizonte. Días atrás estaba dormida, pero aquel día escupía humo y ceniza al cielo. Eso sí era una novedad.

No obstante, los humanos hicieron caso omiso de ello. Fosa Nasal cazó un saltamontes y se lo metió en la boca. Buscadora de Miel arrancó un puñado de flores para comprobar si las raíces eran comestibles. Hambriento observó el cielo lleno de humo en busca de buitres que indicaran la presencia de algún cadáver y, por tanto, de carne. Ajenos a la amenaza que entrañaba el volcán, los humanos continuaron con su búsqueda incansable, caminando descalzos sobre la tierra roja y la hierba espinosa, deambulando por un mundo hecho de lagos y marismas, bosques y praderas, habitado por cocodrilos, rinocerontes, mandriles, elefantes, jirafas, liebres, escarabajos, antílopes, buitres y serpientes.

La familia de Espigada rara vez se cruzaba con otros miembros de su especie, si bien en ocasiones intuían la presencia de humanos más allá de los límites de su territorio. Habría resultado difícil aventurarse fuera de su tierra, pues se enfrentaban a complicadas barreras, como un barranco en un lado, un río ancho y profundo en el otro y una marisma impracticable en el tercero. Entre aquellas fronteras, la familia de Espigada, guiándose por el instinto y la memoria, había vagado y sobrevivido durante generaciones.

La familia viajaba en formación apretada, manteniendo a los ancianos y a las hembras con hijos en el centro protegido, mientras los machos caminaban en la periferia con garrotes y hachas, siempre ojo avizor a la presencia de predadores. Los predadores siempre atacaban a los débiles, y aquel grupo de humanos era débil, sin lugar a dudas, pues no tenían agua desde el día anterior. Avanzaban despacio bajo el sol cada vez más alto, los labios y la boca resecos mientras soñaban con un río donde encontrarían tubérculos, huevos de tortuga y terrones de vegetación comestible, o tal vez un sabroso flamenco, raro manjar que a veces quedaba atrapado entre los tallos de papiro. Los integrantes de la familia se llamaban León, Bulto, Hambriento, Nariz Grande, Tuerto, Bebé, Buscadora de Miel, Espigada y Madre Anciana, que caminaba con cierta dificultad junto a Espigada, colgada de su brazo para conservar el equilibrio… Sus nombres cambiaban con las circunstancias, pues no eran más que mecanismos de comunicación que permitían a los miembros de la familia llamarse entre sí o bien hablar los unos de los otros. Buscadora de Miel recibió su nombre el día en que encontró un panal, brindando así a la familia la posibilidad de probar un poco de azúcar por primera vez en más de un año. Bulto fue bautizado así el día en que trepó a un árbol para escapar de las garras de un leopardo y luego cayó al suelo y se propinó un golpe en la cabeza que le dejó un chichón permanente. Tuerto perdió el ojo derecho cuando él y León intentaban ahuyentar una bandada de buitres que devoraban un rinoceronte muerto, y una de las aves se resistió. A Rana se le daba bien cazar ranas distrayendo a su presa con una mano y agarrándola con la otra. Espigada se llamaba así porque era la hembra más alta de la familia.

Los humanos vivían movidos por impulsos, instintos e intuiciones animales. Pocos de ellos se detenían a pensar, y puesto que carecían de pensamientos, también carecían de preguntas, y por tanto no les hacía falta hallar respuestas. No se preguntaban nada ni cuestionaban nada. Su mundo se componía tan solo de lo que veían, oían, olían, tocaban y saboreaban. Nada era secreto ni desconocido. Un tigre de dientes de sable era un tigre de dientes de sable, es decir, un predador en vida y una fuente de alimento después de muerto. Por esa razón, los humanos no eran supersticiosos ni se habían forjado aún los conceptos de magia, espíritus o poderes invisibles. No buscaban explicación al viento porque no se les ocurría hacerlo. Cuando Hacedora del Fuego se sentaba a encender el fuego, no le preocupaba de dónde venían las chispas ni por qué se le había ocurrido mil años antes a un predecesor intentar hacer fuego. Sencillamente, había aprendido a hacerlo observando a su madre, quien a su vez lo había aprendido observando a la suya. Era alimento cualquier cosa que encontraban, y puesto que su capacidad de habla y sus habilidades sociales eran limitadas, la caza se restringía a las piezas más pequeñas, como lagartijas, pájaros, peces y conejos. La familia de Espigada desconocía quién o qué era, así como el hecho de que acababan de atravesar un largo proceso evolutivo que significaba que tanto ellos como sus descendientes no cambiarían físicamente durante los siguientes cien mil años.

Asimismo, ignoraban que, con Espigada y el nuevo peligro que intuía, estaba a punto de dar comienzo un segundo proceso evolutivo.

Mientras buscaba plantas e insectos comestibles, una visión atormentaba a Espigada: la de la charca de la que habían bebido al amanecer. Para trastorno de la familia, durante la noche la superficie se había cubierto tanto de hollín volcánico y ceniza que el agua se había tornado imbebible. La sed los había empujado a ponerse en marcha cuando en circunstancias normales se habrían quedado para comer, y seguía impulsándolos en esos momentos hacia el oeste mientras seguían tenazmente a León, que conocía la ubicación de la siguiente fuente de agua dulce. Avanzaban con la cabeza erguida por encima de las hierbas altas para poder ver las manadas de ñus que también buscaban agua. El cielo había adquirido un matiz extraño y el aire despedía un olor acre y penetrante. Justo delante de ellos, en el horizonte, la montaña escupía humo con una fuerza sin precedentes.

Con la mente torturada por un rompecabezas inusual en ella, Espigada también se sentía atormentada por un recuerdo, el terror que había experimentado dos noches antes…

La noche nunca era silenciosa en la llanura africana, pues los leones rugían tras cazar a sus presas y las hienas emitían sus chillidos estridentes para avisar a sus compañeras de la presencia de comida. Los humanos que se cobijaban en las márgenes del bosque dormían inquietos pese a las hogueras que mantenían encendidas para protegerse de la oscuridad, no pasar frío y ahuyentar a las bestias. Pero dos noches antes, la situación había cambiado. Aun habituados a una vida plagada de peligros, los humanos habían sentido un miedo aún mayor que los había mantenido despiertos y con el corazón desbocado. Algo extraño y terrible ocurría en el mundo que los rodeaba, y al carecer de las palabras adecuadas para explicar las nuevas calamidades, de pensamientos coherentes en su mente primitiva para hallar la razón y en ella el consuelo, tan solo podían recurrir a apretujarse a merced del terror más puro e irracional.

No sabían que los terremotos habían asolado aquellos parajes muchas veces en el pasado, ni que la montaña que se erguía en el horizonte llevaba milenios arrojando lava al cielo para luego permanecer dormida durante largo tiempo, como había sucedido los últimos cien años. Pero ahora había cobrado vida, y en la parte superior de su cono se veía un aterrador fulgor rojo que teñía el cielo nocturno, hacía temblar la tierra y rugía como una bestia.

Sin embargo, solo Espigada recordaba el terror mientras los demás escudriñaban la tierra y la vegetación en busca de termiteros, plantas cargadas de vainas y parras portadoras de bayas amargas.

Cuando Tuerto propinó un puntapié para dejar al descubierto un montón de gusanos temblorosos, los humanos se abalanzaron sobre el festín, embutiéndose las larvas en la boca. La comida no se compartía; los más fuertes comían, mientras que los más débiles morían de hambre. León, el macho dominante del grupo, se abría paso a codazos para hacerse con grandes puñados de bichos blancos.

Cuando era más joven, León se había topado con el cadáver fresco de una vieja leona y pudo desollarlo antes de que los buitres se lanzaran sobre él. Se había echado la piel ensangrentada sobre los hombros y la espalda, permitiendo que se ajustara a su cuerpo mientras los gusanos daban buena cuenta de ella, hasta que por fin se secó. Llevaba años sin quitársela, por lo que el cuero tieso formaba parte integrante de él; el cabello le crecía como una prolongaci

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