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ANFITEATRO (CONSOLACIóN DE LA PORNOGRAFIA)

Sandro Romero Rey  

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Fragmento

Pulvis es, et in pulverem reverteris…

Que trata de la condición y ejercicio del atribulado Narrador

Hoy, después de pocos borrones y muchas cuentas nuevas, he decidido ponerle punto final a mi historia de adulterio con la pornografía. Aunque no lo hago con satisfacción ni mucho menos. Estoy obligado por las circunstancias. Cuando mi hijo crezca, voy a intentar explicárselo. Porque Dios, el furibundo, no castiga ni con palo ni con rejo. Castiga con el látigo de la verdad. Ahora que todas las horas vividas se me vinieron encima, he decidido romper el hielo y confesar cuáles fueron las razones para rasgarme las vestiduras. No sé si las tengo claras, pero creo que debo correr el riesgo de una vez por todas, protegido tras mi colección de pastillas tranquilizantes. He practicado el oficio de la escritura por muchos años, he coqueteado con las bellas artes y me he acostado con setenta y cuatro mujeres mal contadas, sin sumar argentinas. Pero nunca pensé (mucho menos, válgame Dios, lo imaginó mi numerosa familia) que terminaría ganándome la buena vida y la mala muerte condenado a confundir las alturas de la forma con los bajos fondos. Todas las páginas que siguen (ya sé cómo empiezo, no sé cuándo termine) se concentrarán en la narración sin censura de mi trasescena. Si todavía queda en el mundo alguna actriz que pueda sonrojarse con mis confesiones, le recomendaría que cerrara el libro. Ya no me alcanza el tiempo para las disculpas. Tenía las mejores intenciones con mis huellas por este valle de lágrimas, pero el demonio del mediodía decidió interponerse en mi camino y, lo que iba a ser dicha, terminó siendo desgracia, lo que comenzó con un futuro promisorio acabó en pequeña muerte, lo que se afinó como un blues concluyó en fatal música urbana. Así, mis estimados camaradas, les advierto que he escrito estas líneas para hacerlos felices y, al vivirlas, las padecí con creces. En la medida en que avancen, entenderán mi desgracia. Pero no perdamos el tiempo y pasemos a manteles.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La historia comienza de la manera más sencilla y, poco a poco, tiende a convertirse en pesada pesadilla. En primer término, debo decir que estudié en el Colegio Bergman de la ciudad de Lica, en Coolombia. Las palabras «Bergman», «Lica» y «Coolombia» ya tienen, de por sí, una trastienda de chistes flojos. Pero no creo que le hagan daño a nadie, así que el cobarde Narrador puede seguir sin arrepentimientos. Aclaro lo del colegio, porque allí empieza mi histeria. Empieza con una broma pesada de mis amigos. Los culpables de todos nuestros problemas futuros son los amigos del colegio. Y mis amigos del colegio me obligaron a la inmersión en la triste piscina de la pornografía, del balano a la banalidad. Nadie me había dicho que me mirara la entrepierna, hasta que me lo soplaron en segundo de bachillerato. Pero vamos por partes, porque no voy a echarles la culpa solo a mis amigos. La culpa, en realidad, es mía. Mía y de mi padre. Mía porque, con la información genética, no me quedaba más remedio que la izada de bandera y empezar a pensar en los cuerpos desnudos. Nunca lo quise. Hay otros temas, otras sombras. Pero, en materia de sexo, es el pene el que piensa. Penesamientos juveniles. En cuanto a mi padre, él es el directo responsable de la tragedia de mi biología, en primer lugar, y en segundo lugar, él fue el culpable de llevarme, por primera vez, a la mansión de Angelino. En esa época se llamaba a ese sitio sobrenatural una casa de citas. Nunca entendí el término, porque no era un lugar de rendez-vous, como dirían mis enemigos franceses, sino un antro lleno de luces de olores y colores, donde deambulaban mujeres para ser escogidas y cogidas. Yo tenía lo que en las novelas de iniciación llamaban «la edad de la pajita». Y mis recuerdos eróticos se remontaban a unas revistas que le comprábamos, con mi vecino Tavo, a oscuros personajes vendedores de dulces, dulces placeres en medio de una orgía de colombinas coolombianas. Todo el mundo tiene sus primeros recuerdos fantasmales de las imágenes de un coito y yo voy a reinventar la mía, ni más faltaba, ahora que intento hacer este recuerdo de mi agotadora experiencia escribiendo historias de cópulas. Me acuerdo de que mi vecino llamado Gustavo, Tavo, Viejo Tavo (en Lica, en esa época, todos los jóvenes eran, éramos viejos: viejo Tavo, viejo Juanca, viejo Sandro, viejo Pipe) me invitó, con infinito misterio, a que le ayudara con unas cuantas monedas para comprar una revista que, en realidad, se resumía en una sola foto. La tengo clara: era la imagen de una mujer, en blanco y negro, gordita ella, barbas en las axilas, riendo a carcajadas, encima de un hombre, cuyo rostro no se veía. La imagen se concentraba en el culo de la dama (de paso: odio todas las palabras que tienen que ver con el sexo: culo, teta, vagina, verga, chocha, senos, pinga, culear, garchar, arepa, chimba, todas esas palabras que Dios me prohibió sin necesidad de decirme que me las prohibía), el montículo de la dama, digo, en primer plano de mesetas y colinas sostenido por el tubo de un héroe anónimo, ella suspendida en el aire, los brazos abiertos, como alas, las piernas en desfogado desequilibrio, el pelo sin lavar, los extremos con pelos, los pelos enredados de su desconocida cuca, cuco cucarrón, ensartada en la esfinge de ese Egisto barbado, cumbre y abismo de mis aterradas curiosidades. Tavo me hizo darle la plata (esto, después caí en cuenta, lo acepté como un eufemismo coolombiano para hablar del dinero, otro eufemismo) y comprar esa simple foto, que, en su erecto momento, no era tan simple, sino una efigie, un estandarte, vera efigie, verga efigie. El señor de los dulces nos vendió la imagen y nos fuimos caminando, por la calle novena, la calle del pecado de Lica, escondiéndola entre las axilas de Tavo, entre mis axilas, hasta refugiarnos en una esquina donde podíamos mirar alelados, en silencio, la aparición de la culpa.

Debo recordarlo: yo estudiaba con sacerdotes, padres sin hijos, de la Compañía de Jesucristo Superestrella, que desde un principio fue, en mi caso, una mala compañía. Nunca pude acomodarme a la idea de aceptar sus contundentes reglas. Creo que mi conclusión, a posteriori, luego de haber visto la foto de la mujerzuela irrespetuosa, de la feliz empalada, fue la de un profundo respeto hacia la gimnasia del cuerpo, nadaísta sin saber nadar. Al mismo tiempo, experimenté un discreto asco. No he podido superar la sensación de considerar la cópula entre hombre y mujer, entre perro y perra, entre gato y avestruz, entre costeño y burro, entre ser y res, como un acto abyecto y violento. Le cogí miedo, con todas las connotaciones que el verbo coger tiene en el cono sur del continente suramericano: el coño sur, gracejo de cañería para los que vivimos en el norte de Suramérica. Por eso, cuando mi papá me invitó, a través de un amigo mío cómplice, a la casa de citas de Angelino en los recovecos secretos de la ciudad de Lica (luego conocida, en un juego tonto de palabras, como «la capital de la licantropía»), mi antigua ciudad de Lica, digo, solo tuve una reacción primaria: la del desacato. Sexo, ni por las putas. Traté de huir. Pero, como sucede en las novelas, una fuerza me detuvo y me obligó a ingresar en ese extraño templo sin ceremonia donde, a lo lejos, aullaba una canción de Los Galos que les encantaba a mis primas y que yo odiaba. Entramos mi padre, un antiguo camarada llamado Alberto (quien luego enloqueció: desde aquella época se vestía solo de azul) y un humilde servidor, futuro autor de novelas pornográficas, a quien a partir de ahora llamaremos Romerito, para no confundirlo con el autor de esta historia.

Les tengo terror a los puntos aparte, así que el lector comenzará a perdonarme ahora, porque el viaje es largo y, de repente, la línea del horizonte lo fatiga. Intentaré no aburrirlo, aunque cuando la carne se hace verbo, nunca se sabe. Prosigamos. Sonaban Los Galos y mi padre, Alberto y Romerito entraron al castillo de Angelino. Un corredor oscuro de luz verde, varios caballeros alrededor de mesas redondas y, al fondo, coronada, una estatua de Buda con el vientre hecho pedazos por una herida de bala. Poco tiempo pasó para entender las razones del disparo: si usted, lector, soba la barriga de Siddharta, eso le traerá suerte eterna. Pero si a un mafioso de Lica le va mal, este se encargará de vengarse, no de venirse, disparándole a Gautama en la periferia de su ombligo, para que no se olvide jamás, profetica inmundo, quién es el dueño de las leyes de la Tierra. Romerito no hacía tantas cavilaciones en aquella época, temporada baja. Y supongo que tampoco la hacían ni mi progenitor ni el futuro esquizoide, el buen Alberto, quien cumplía sus oficios de cicerone. Nos sentamos alrededor de una de las mesas del establecimiento, pedimos el conocidísimo Aguardiente Coblan del Lleva que, para quien no lo conoce, le recomiendo que lo deguste: nunca volverá a ser el mismo: volverá a ser peor. Yo aún tenía el uniforme de la sección primaria del Colegio Bergman pegado en mi alma, pelitos recientes que me hacían cosquillas entre la gruta de Loyola y mis púrpuras huevos juveniles. Romerito, insisto, no se daba cuenta del complot de mi padre pero, poco a poco, me entregué a la idea de que debería sentirme feliz. Así lo hice, a pesar de mis nervios agripados. Alberto, el principito azul, se encargaba de la estrategia, mientras mi papá me hablaba de las notas del colegio, de la importancia de la música de Vivaldi, de lo sano que representaba ser un hombre de bien en el país del mal. Cuando menos lo pensé, no había tres viejas (a las mujeres también se las llama viejas en la confiancita coolombiana) sino una sola, sentada a nuestro lado. No hay tres lados en un círculo sino un eterno punto de encuentro y el punto de encuentro era mi presencia. La dama en cuestión llegó vestida de lentejuelas. Hermosa, por supuesto, nunca primeras partes fueron feas. Se llamaba Ángela y, por un tumbling dice que jamás abolirá el dolor, era el guardián custodio de Angelino (a quien nunca conocí: nunca existió para mí). Tenía la misma estatura de mi edad, su boca sonriente y se sabía la canción de Los Galos de memoria. Mujer gala. Ella ya conocía, supongo, el atentado contra la postración de mi prepucio, el virgo sus cipreses arranca en agonía. Se sentó a nuestro lado, que era mi lado, y después de un minuto de silencio, sin ninguna contemplación, me sacó a bailar. Recuerdo ahora que un historiador de la comarca, llamado Plumitas, sentenciaba: habitante de Lica que no sepa nadar ni bailar no es de Lica. Si esas eran las condiciones para ser de Lica, preferiría ser suizo. Me duermo bailando. Pero, en aquel entonces, a un padre nunca se le llevaba la contraria. En la piscina de mis nervios braceé hasta la pista con ella y sin esperanzas de huida me dejé llevar. Hay un solo corazón que llegaría al sacrificio por ti, gemían Los Galos en la cercana distancia, y Romerito miró a Ángela, Ángela miró a Romerito. Allí el cielo se hizo carne. De Los Galos se pasó a Sabú, de Sabú a Roberto Carlos, de Roberto Carlos a Camilo Sesto. Al menos, esos son los autores que rondan en mi cabeza. Todo el ambiente era de chicle. No había tiempo ni memoria para otros ritmos tropicales, porque Romerito era muy tímido y el encuentro con el sexo opuesto debería tener el placer y el rigor de una mala balada.

Ángela me miró con su sonrisa de labios verdes y me invitó a uno de los cuartos laterales. «Ya todo está pagado», me susurró al oído interno, susurro que no quería interrumpir la canción, ahora de Sabú: «Él o yo». Él o yo, que mis compañeros de colegio denominaban el hoyo. O sea, el hueco, el orificio y el hoyo, era el hueco, el orificio de Ángela: comencé a pensar, no con chicanería, como confiesan los que se atreven a contar su primera experiencia, sino con miedo. Mi duda tenía que ver con mi inmediata eficacia: ¿tendría yo toda la información suficiente para enfrentarme a lo que se me venía encima? ¿Sabría Romerito atravesar el hoyo negro? Ángela me tomó de la mano con ternura y Romerito no miró hacia atrás. Imaginó a su padre, conversando con Alberto, blue and lonesome, apurando un trago de aguardiente y haciéndose el desentendido, pero pensando en su patriótica labor de cumplir con el pago del desvirgue de su hijo, quedando con la conciencia tranquila de que Romerito no se fuese a desviar por el camino estrecho, ese tipo de peligros inaceptables que, en la prehistoria de Lica, resultaban siendo una auténtica amenaza. Romerito sintió la mano tibia de Ángela (por fortuna no era una mano helada: Romerito odiaba a la gente de sudores fríos). Ella lo llevó por un corredor de baldosas de ajedrez. Romerito, convertido en peón de la dama, hizo sus movimientos sumisos, observó un enroque corto en la distancia, evitó alfiles borrachos y caballos drogados, hasta que se preparó para el jaque mate, cuando Ángela entró a la habitación y cerró la puerta.

En las brumas de mis recuerdos está el cuarto al cual entró Romerito. La memoria es demasiado oscura y el humo del tiempo no deja que pase la claridad del deseo. Pero Romerito habría de recordar, con el correr de los siglos, que no estaba emocionado ni la ceremonia de la desnudez de Ángela le produjo el más mínimo placer. Romerito, por supuesto, fue víctima de una erección, porque el miedo es cómplice y le ayudó a convertir la duda en calambre. Donde hay un Bergman hay un caballero, era el lema y el dilema de mi colegio. El himno de su claustro decía, entre otras frases, que tú eres faro de la mente y clarín de excelsitud, que en ti cifra su victoria nuestra ardiente juventud. Romerito entendió, en aquel momento, cuando sintió su miembro enhiesto, que él era ahora falo de la mente, le obedeció a Ángela con su ardiente juventud cuando le recomendó que se quitara la ropa y pudo comprobar, a todo color, la desnudez de su pareja, ahora convertida en rival; entendió que dos cuerpos desnudos resultaban siendo dos combatientes dispuestos para un bonche desigual, la piel muy blanca de Ángela, su vacío, su pobreza escondida, sus pechos parados y el triángulo diabólico sin las bermudas de Ángela obligaron a que Romerito tuviese la tentación de salir corriendo y de dejarlo todo allí mal tirado. Pero no lo hice. Me acerqué con mi desnudez de catorce años y Ángela me recibió con cariño, Romerito acarició los dos brazos de su dama de ocasión y sintió, en ese momento, la evidencia del amor eterno. Yo quería casarme con Ángela, era la mujer perfecta, la versión a todo color de la valkiria equilibrista en la foto de Tavo, Romerito abrazó a Ángela y quiso llorar por culpa de una nueva tonadilla, ahora de Nino Bravo, mientras besaba los labios de colorete de su novia, sentía su piel en su piel, los dos ombligos mirándose a los ojos, las manos en las nalgas, la ruta inevitable hacia la cama revuelta, la emoción ante el vértigo de la levitación, Romerito se lanzó al mar de aguas profundas sin saber nadar, pero una constelación de pulpos y de peces se lo llevaron feliz, en medio de las carcajadas del burdel de Angelino, coro de borrachos en la distancia. Deberías besar a Ángela, mi buen Romerito, succionar su lengua y saborear sus ojos y su dentadura sin caries, calcular, como un buen torero, de qué manera ibas a entrar en la cueva, en su gruta que no era túnel sino una selva de pelos y sudores, Ángela tomó tu miembro con su mano derecha y, con sus uñas, se lo clavó tierna en su propio escondrijo. Romerito sintió un ligero remordimiento y un dolor, como un pellizco, por culpa del santo prepucio, aquello que no se pierde si no se es judío o mártir. El dolor, sin embargo, pasó a un segundo plano, para darle paso a un placer sin revancha. Ángela no sintió ningún cortocircuito, puesto que ella, como la profesora de Inglés del Colegio Bergman, debería estar concentrada en la educación del muchacho que se le chorrearía encima, del joven sin herramientas, sin clavo y sin martillo. Romerito comenzó a moverse con urgencia, pero su maestra le recomendó que hiciera las cosas con calma. Le pidió que utilizara un ritmo de dos por dos y que danzara, como las olas, yendo y viniendo para no agotarse. Romerito siguió sus consejos, pero no era feliz. Rezaba por sentir aquello que todos promocionaban como la máxima alegría, pero ni sus nalguitas temblorosas, ni sus vellos incipientes, ni su obelisco rosado fueron víctimas de la canción de la alegría. Romerito se olvidó entonces de las recomendaciones de Ángela y se decidió, más bien, por la desesperación. Se sacudió con ira, luego con angustia, por último con abierta ineficacia, hasta que Ángela no pudo más y le mintió que le había encantado su primera canción desesperada.

Salí del cuarto de Ángela triunfante, porque sabía que ya había superado el problema. Mi papá y Alberto me brindaron un Aguardiente Coblan del Lleva y, para mis adentros, canté «como diana de victoria…», primera estrofa del himno de mi colegio. Por fin, ya podría decir que era un caballero Bergman. Pero Romerito no tuvo un orgasmo, ni una eyaculación precoz, ni mucho menos «se vino», como se denominaba en los recreos al último disparo de la batalla amorosa. No me vine porque estaba muy preocupado por ser feliz. Y la felicidad no se inventa, eso me lo dijo Ángela con sus ojos plateados. A mí no me importó. Creo que había salido de un inconveniente y debería darme por bien servido. En los días siguientes, me dediqué a contarle a Tavo una cópula ficticia donde Ángela reptaba por las paredes, gimiendo de placer, mientras yo me regaba una, dos, tres veces, encima de su vientre, adentro de su hoyo, en su oído interno. Tavo sabía de mis mentiras, pero las celebraba como las suyas y me confesaba que se había acostado con dos primas al mismo tiempo, que las había hecho llorar de dicha y que las había dejado amarradas una noche entera en la casita de los juguetes del patio trasero. El amor era un juego de competencias, como el fútbol, y todos nos prestábamos para narrar nuestros respectivos partidos. Creo que allí empezó mi interés por contar historias pornográficas. Porque nunca viví lo que contaba. Tan solo me exigía a fondo narrando acontecimientos imaginarios para que mis amigos del colegio gozaran la educación del asombro y de la envidia. Con el correr del tiempo, mis historias colindaron con el escándalo. Pero a mis amigos del colegio les encantaban las versiones retorcidas de Romerito. Yo solo había tenido la obligada experiencia con Ángela, pero a Ángela la volví mi heroína, la enredé en leyendas memorables, donde la penetraba por su socavón más estrecho y la hacía cantar rancheras con sus trompas de Falopio. Todas mis historias eran muy bien recibidas. Tiempo después comenzaron a llamarme Pipiloco.

Y Pipiloco fue el seudónimo que utilicé cuando me vi obligado a escribir novelas pornográficas. Todo comenzó como comienzan los trabajos obligados. Mi contrato como profesor de Dramaturgia en la Universidad de Conforti había concluido. Me vi, de un momento a otro, mirando para el techo y fumándome todos los cigarrillos que no me había fumado en la adolescencia. Yo vivía con mi hijo, a quien llamaremos, para no molestarlo, Bastián. Bastián tenía doce años y, sin alardes, me adoraba. Pero Bastián, como suele suceder, también quería a su madre y su madre vivía lejos de nosotros, en un Toronto que para mí era sinónimo de lejanos rascacielos, de visas imposibles. Cuando perdí mi trabajo y entendí que ya estaba acercándome a la loca tristeza de los ancianos precoces, no volví a dormir nunca. Y Romerito no lo decía en sentido figurado. Nunca pudo pegar los ojos porque, cuando lo hacía, en la oscuridad efímera de su fracaso, sentía la muerte pisándole los talones y debía regresar a su estudio a mirar sin ganas la televisión apagada. Bastián y yo comíamos, al desayuno, al almuerzo y a la comida, huevos con arroz, y por casualidad, un par de tomates con azúcar. Pero me resistía a la horrorosa derrota de devolverle el hijo a su madre exitosa. Ella llamaba todos los días a preguntar por las cuentas de la luz y el teléfono y Bastián y yo le contestábamos con mentiras piadosas, porque Bastián era mi cómplice sin pedírselo y así nos habíamos acostumbrado a una rutina que se instaló en nuestro mundo para no morir ahogados. Hasta que un día se acabaron los huevos y se acabó el arroz, se acabaron los tomates y se acabó el azúcar. Bastián iba al colegio y yo me conformaba con patear piedritas en la ciudad de Tabogo, donde vivíamos, hasta el momento, sin problemas. Toda la mañana miraba hacia el cielo, recorría la silueta de las montañas, la capilla de los Cárpatos como la figura de un pesebre lejano, la silueta de la Lupe en el cerro de enfrente, el aire helado y triste de las mañanas, hasta que no podía más. Entonces me iba a la cafetería de la Universidad de Conforti a leer libros ya leídos, esperando que me cayera un pedazo de cielo en la cabeza. Y me cayó, gracias al honroso defecto que aún mantengo, el cual consiste en nunca poder decir que no.

Una tarde de lloviznas, dos horas antes de que Bastián regresara del colegio, salía de mi horrorosa rutina de desempleado, caminando por los bosquecillos de la Universidad de Conforti hacia los montes alados de Chapigay1, cuando me encontré con el cuerpo enorme de una antigua novia de los veinte años. La novia de Romerito decía llamarse ahora Nina y parecía sabérselas todas sobre la vida y sus derivados. Estudiaba música, o al menos eso decía, porque tiempo después llegué a la conclusión de que, en realidad, estaba entre los arbustos del campus con la única intención de encontrarse conmigo por casualidad. Nos saludamos felices y tuvimos tiempo de echarnos un polvo feroz en uno de los hoteles sin fachada de la costa oeste de la carrera séptica. Nina pagó la cuenta, subimos seis pisos, compramos un preservativo estriado y, luego de nuestros orgasmos de gimnasia olímpica, me preguntó a quemarropa si quería trabajar para ella. El sonido del verbo trabajar me hizo lubricar los bíceps.

—¿Qué debo hacer? —le pregunté, dispuesto a lo peor.

—Debes escribir, al mes, una novela pornográfica —me dijo Nina como si se estuviera burlando de Romerito, antes del segundo orgasmo, el imposible.

¿Novelas pornográficas? Al instante, se me vino el alma al piso.

—Ya nadie escribe novelas pornográficas ni mucho menos, la gente las lee. El ejercicio de la masturbación se ejerce frente a las pantallas de los computadores —le argumenté, empezando el negocio con un tiro en un pie.

—Eso ya lo sé, tontingo —me dijo con ternura. Pero en este mundo hay gente para todo. Aunque te parezca raro, formo parte de una cruzada que se resiste a la idea de que se acaben los libros que narren historias inmundas donde el sexo sea principio y fin. Estamos creando una red de lectores de novelas pornográficas, pero necesitamos autores. Aclaro que no estoy hablando de elegantes autores que escriban finas y delicadas historias eróticas para ejecutivos tristes. Me refiero a narraciones asquerosas, podridas, que nos ayuden a sacar el demonio feliz que todos llevamos por dentro. ¿Te le mides?

Me acordé de la Nina de veinticinco años que Romerito había conocido. Era una hembra sin tapujos, pantagruélica y desinhibida, que trabajaba en la producción de comerciales y devoraba libros, películas y hombres, de la misma forma en que engullía platos sin rigor culinario. Le perdí la pista sin fiesta de despedida, como les perdemos la pista a las amigas sin rumba fija. Ahora, ante ningún cálculo ni programación previa, el destino me la ponía en el camino para salvarme la vida. Pero ¿escribir novelas pornográficas? A otro perro con ese hueso. Cuando iba a preguntarle si me estaba mamando gallo2, Nina no me dio tiempo, mostrándome un fajo de billetes con el rostro grabado del caballero de las lágrimas.

—Son falsos, ¿verdad? —traté de bromear.

—Son de verdad. Y así te parezca que el escándalo ya no existe en esta época, te advierto que tu trabajo es muy peligroso. Necesitamos que las novelas sean podridas, que podamos convertirnos en una red de horrorosos depravados, que la policía nos levante orden de captura y que debamos jugar al sano ejercicio de la clandestinidad. Lo tomas o lo dejas.

Lo extraño de todo el asunto, si es que cabía algo más extraño que las circunstancias de esta historia, era la forma como Nina, más allá de la casualidad, me había encontrado. Debo recordar que, hacía un par de años, me había ganado un primer premio de un concurso local de literatura, con un relato intrascendente. El relato se había conocido en algunas revistas locales y se había esfumado en otra antología de relatos sobre la música en la literatura coolombiana. Pero Nina lo conocía y me lo comprobó citándome un par de párrafos para inflarme el ego.

—¿Te das cuenta? —dije, perezoso, derrotado—. Te acercaste al menos indicado: yo solo escribo sobre las bellas artes. Las bellas artes no incluyen la pornografía.

Pero, por lo visto, Nina estaba buscando a un profesional de la derrota. Y pensaba que Romerito era el indicado para llevar a feliz término su aventura. Romerito nunca había sido capaz de decepcionar a un antiguo amor y con Nina no se dio la excepción. Se guardó con discreción los billetes en su bolsillo del saco y le dio un beso a su salvadora.

—Trato hecho —suspiró, sellando su destino—. Prefiero escribir novelas pornográficas a tragarme cien condones con cocaína.

—Espero que sea casi lo mismo —le respondió Nina sin reírse—. El éxito de este negocio es que se convierta en algo perseguido por la justicia. Si las mamás se los leen a sus hijos antes de dormirse, estamos fritos.

Romerito pensó en Bastián y en las explicaciones que tendría que darle. A Romerito no le gustaba decirle mentiras a Bastián, pero en este caso no me quedaba más remedio. Mientras se arremolinaban los temores pensé, a su vez, que no podía enviarle la novela pornográfica a Nina por el correo electrónico, porque el anacronismo de su propuesta excluía todo tipo de artificios de la nueva época.

—¿Me puedes decir, al menos, cuántos miembros conforman tu sociedad secreta? —le preguntó Romerito antes de despedirse.

—Somos muchos más de los que crees. No somos tantos lectores como los que navegan en la red profunda, pero esperamos ser más de mil en los próximos dos meses. Dos condiciones para nuestra sociedad secreta: no podemos nunca vernos las caras entre nosotros y no se recibirán personas con penurias económicas.

—Entonces, escogiste al escritor equivocado.

—Te escogimos precisamente por tu digna indigencia. A los escritores de éxito no les interesa la pornografía. Y, sobre todo, evitamos a los libretistas de televisión. No tienen tiempo para estos asuntos y todo parece indicar que ya no se les para.

Romerito no supo si sentirse halagado o mucho más triste de lo que ya estaba. A pesar del fajo de billetes que le rozaba el corazón desde el bolsillo de su chaqueta, no era un hombre feliz. Pero Nina me ayudó con el brillo de sus ojos y prometiéndome que el trabajo sería siempre bien pagado, solo con la condición de que hubiera regularidad y disciplina en mis entregas. No me pidió que le firmara ningún contrato, porque no podían quedar evidencias. Pero le encantaba que fuese un antiguo novio y de su propio terruño el que se le midiera a su aventura. No evité la tentación de aclararle que yo no me estaba metiendo en esta historia por placer sino por obligación. Preferí callarme. No había necesidad de subrayar lo que ya era obvio. Ya había fracasado como escritor de cuentos y novelas decentes. Ahora debería proponerme superar el desafío de escribir las peores historias indecentes. El problema, pensó Romerito, era que su escaso atractivo literario no residía en el hecho de inventarse grandes tramas. A mí lo que me gustaba era el juego con las palabras, la forma sin contenido. Pero no me iba a delatar, justo con la que estaba depositando en mi pluma toda su confianza. Yo no había sido un gran lector de novelas pornográficas, valga la verdad. Me costaba mucho trabajo pasar del lecho al dicho. Prefería, como todos mis contemporáneos, la obviedad de las imágenes fotografiadas, los cuerpos que se te vienen encima. Pero, una vez que me despedí de Nina, la cabeza se me comenzó a llenar de extrañas posiciones, de ejercicios precoces y eyaculaciones procaces. Con Nina habíamos llegado al acuerdo de que le entregaría mis resultados, protegido por un celoso seudónimo. Y Pipiloco fue mi mote, en homenaje a mis inicios como Narrador de historias colegiales del bajo vientre. No fui capaz de regañar a Bastián por sus notas escolares. Falso culpable. Le hice un par de recomendaciones amables y lo mandé a la cama, Serrat cansado, poco antes de que den las diez. Lo miré quedarse dormido, luego de leerle un par de páginas de una novela de extraterrestres. En el silencio del cuarto de Bastián, entre sus juguetes y sus afiches de vampiros, pensé en mi vida miserable y quise tirarlo todo por la borda. Pero la ventaja de una vida miserable es que ya no se puede tirar nada por la borda porque ya no hay nada que tirar. Así que volví a la ilusa rutina de creer interesantes los trabajos no deseados.

Esa misma noche comencé a escribir mi primera novela pornográfica. Lo hice muy lentamente, pues había perdido la costumbre y la confianza en mis palabras escritas. Con gran esfuerzo, terminé la primera cuartilla y, luego de muchas horas, entendí que algo no estaba funcionando. Tardé lo suficiente en darme cuenta de que la falla estaba en la herramienta3: no podía hacer trampa y escribir una novela genital en un computador. Y mucho menos si mis relatos se iban a distribuir en primitivos libros de papel. Nina ya me lo había advertido. Romerito se paseó por la sala de su apartamento, buscando alguna pista que le ayudara a estimularse en su propio enredo. La solución estaba, y Romerito no se lo creía, en la máquina de escribir de su abuelo, que tenía guardada en el cuarto de los desastres. Había que escribir las novelas pornográficas en un teclado acústico. Literatura unplugged. Romerito probó la máquina y las palabras fluyeron. La prosa de prisa.

Recuerdo muy bien las primeras palabras que escribí en esa máquina marca Royal, pues guardé con cariño una copia de la novela en papel carbón (y no me extiendo en la odisea de conseguir un par de hojas de papel carbón en el mercado; no fue difícil: fue imposible. Solo me salvó la eficacia de mis tías de Lica, quienes siempre me consiguen lo que ya no existe). A las cinco y cincuenta y cinco minutos de la mañana, diez minutos antes de despertar a Bastián para que se fuera al colegio, terminé el primer capítulo de la novela, titulada La duquesa de Fontenais o el clítoris de la inmigrante, en homenaje a una compatriota que, en Francia, me enseñó a conocer los misterios del punto G. La primera frase era más que obvia, pero le guardo cariño, porque no era fácil pasar del punto al sabor del contrapunto. La primera frase la escribió sin pensar, pero siguió adelante, porque el éxito de una novela pornográfica es que su autor no tenga que corregir demasiado. De allí a la palabra fin pasaron veintidós días. Romerito debió reconocer que el libro no le representó mayores esfuerzos, si bien el acto de escribir se le tornaba fatigante y la puesta en práctica de las ideas sobre el papel le representaba el mismo agotamiento que implicaba cantar la versión sin cortes de «Sex Machine». Durante las jornadas de escritura de mi primera novela pornográfica, descubrió que aquello que se había considerado una máxima inexpugnable era de una verdad relativa: uno casi nunca escribe de lo que conoce. A Romerito, la realidad lo fatigaba y, por supuesto, no iba a correr el riesgo moral de basarse en su propia experiencia para sacar los intestinos en un libro de erotismo criminal. El asunto es que La duquesa de Fontanais estuvo terminada antes de tiempo y, sin ponerse una cita previa, Nina apareció en la cafetería de la Universidad de Conforti un mes después, con una impaciencia solo comparable a la de los adictos. «Te llamaré mañana», fue lo único que me dijo, mientras miraba los originales de mi primera novela pornográfica con instintos violadores. Yo tenía el consuelo de la copia en papel carbón por si algo pasaba pero, cuando vio alejarse a Nina con el fólder acomodado en su mochila arhuaca, Romerito tuvo la tentación de arrebatárselo y de irme a leer con ella al hotel de paso de la carrera séptica. Pero no lo hizo. Me eché la bendición para mis adentros y esperé a que los resultados fueran felices. Confiaba en que la novela resultase aceptable. La había leído de un solo impulso y, más que excitación, me produjo risa. Creo que, en el fondo, las novelas pornográficas aflojan los esfínteres, cuando nos identificamos o cuando nos aterramos. Pero el éxito como escritor de las alcantarillas no vino tan rápido como sospechaba. Yo había sido escritor de telenovelas en alguna época y los resultados del rating habían sido lamentables. Como los televidentes no respondieron con la audiencia deseada, había llegado a la conclusión de que mis gustos literarios y personales eran contrarios a los de los demás seres humanos. Por esa razón, Romerito decidió entender la vida dentro de una lógica inversa: si escribía algo que le gustase, eso quería decir que sería un fracaso con los lectores. Y viceversa: si el texto era detestado por su autor, quería decir que el desenlace sería exitoso. Así, puse en práctica esa máxima con el ejercicio de mi novela pornográfica: buen polvo, mala novela. Pero una vez más estaba equivocado. A pesar de considerar su manuscrito de ciento cincuenta páginas como un verdadero esperpento (regla número uno), Nina opinó lo mismo en la cita siguiente. «Mucha literatura», fue su comentario. «Te estamos pidiendo diarrea enlatada, no Marcel Proust», concluyó tajante. La verdad es que Romerito se ofendió, aunque la frase, vista con binóculos desde Illiers-Combray, era un piropo literario. Pero en aquellos momentos yo no estaba buscando la inmortalidad sino mi estatus como pornógrafo, para poder tener una entrada mensual que me salvase de tener que enviar a Bastián a Toronto.

—Mira, Romerito —me dijo Nina, mi Carmen Balcells—: si esto te queda grande, me lo dices y ya está. Pero tu novela no me lo hizo parar. Y yo soy de vulva fácil. Si de verdad esto es todo lo que tu cabeza puede darme, te quedas con lo que te di hace un mes y nos vimos. Hay otros escribanos que pueden hacer lo que estoy buscando.

Mi orgullo interior estaba herido. ¿Ni siquiera iba a poder sobrevivir como novelista de burdeles? Si ya había fracasado como escritor de grandes novelas, como libretista de telenovelas o como autor posdramático, la posibilidad de un fracaso frente a la pornografía me ponía bajo las órdenes del pistoletazo final. Romerito se sintió, con todas las vocales y las consonantes puestas, como un mediocre. Pero tomé un último impulso, porque no podía dejarme vencer. «Dame una semana», le exigí, implorante, a la sincera Nina. «Si dentro de una semana no tienes el engendro que quieres que te excite, hacemos una pira en la mitad de la plazoleta de la universidad y nos olvidamos de este asunto».

Trato hecho. Esa vez no nos despedimos desnudos en el hotelito de la carrera séptica, porque los negocios se interponían ahora en los oficios del amor. Me fui caminando a grandes zancadas hasta mi casa, con el manuscrito bajo el brazo. Saludé con la antipatía de siempre a la portera, seguí de largo cuando la vecina del primer piso me miró sonriente, no atendí los reclamos de la camarada del segundo piso, me hice el de los oídos sordos con los acordes lejanos del estudiante de flauta del apartamento de enfrente y mucho menos quise ir a tomar el té con las sirenas del cuarto piso. Me encerré en el estudio, puse los lieder de Nietzsche a todo volumen y, ciego de la ira, rompí las ciento cincuenta páginas de La duquesa de Fontanais.

Romerito trabajó doce horas diarias, sin respirar, durante la semana de plazo. Solo se interrumpía para ayudarle con las tareas a Bastián y para ver sin muchas ganas los partidos de fútbol en la televisión. Pasadas las diez de la noche, cuando su hijo se desmoronaba en un solo sueño, me concentraba en el tecleo de la máquina de escribir, hasta que la madrugada dijera lo contrario. No me importó el reclamo de la camarada del segundo piso, por el ruido que producía el tacataca de mi abuelo. Le expliqué que se trataba de un oficio temporal y que los ruidos, en una semana, iban a desaparecer. Impulsado por la desconfianza visceral del vecindario, escribí por segunda vez mi primera novela pornográfica. Ahora se llamaría, horror, Selva de penes, aunque a mí me seguía gustando El clítoris de la inmigrante. Pero Romerito no iba a perder su trabajo por culpa de sus fobias. Sufrí como nadie durante esa semana de intensos castigos frente a la máquina. El placer de la pornografía se me convirtió en inclemente pesadilla y, cuando hube terminado el nuevo manuscrito, estaba destrozado por la tortícolis, las manos me temblaban como si me masturbase cada media hora y un ataque inclemente de hemorroides filosóficas hacía de las suyas en la periferia de mi retaguardia. Pero no había tiempo para los vanos lamentos. Recibí la nueva llamada de Nina, guardé Selva de penes en un sobre de manila, tomé un bus en la carrera séptica y me vi de nuevo frente a frente con la mirada despectiva de mi novia de la adolescencia. Nina había engordado. Ahora era una ballena mucho más blanca y mucho más siniestra, si se quiere, con los dedos de la mano como palitos de queso y la dificultad de su cuerpo arrastraba con ira la grasa de su alma. Me saludó con solemne descortesía y recibió el sobre. Lo rompió sin ceremonias y posó sus ojos vidriosos en la primera página. Tras una pausa de dos segundos que pareció de veinte, sonrió con la comisura izquierda. Luego, pasó a los hechos y leyó en silencio, durante una media hora de intensa concentración. Romerito sudaba petróleo. Cuando Nina hubo terminado, miró a Romerito en silencio y respiró sin aire.

—¿Vamos a un motelito del centro? —le suplicó, orgullosa, empapada.

En el motelito del centro analizaron la novela entre orgasmos y estrategias de mercadeo. Romerito estaba triunfante. Nina le había pedido dos novelas más para dentro de mes y medio y su cuerpo había recuperado las fuerzas.

—¿De verdad te gustó el libro? —Romerito insistía en la pregunta, porque el éxito se le había convertido en una posibilidad cada vez más lejana.

—Es puerca —lo felicitaba su agente, mientras succionaba con urgencia su miembro desbaratado.

Yo reía triunfante, comisuras adentro. Aún no podía creer la naturaleza de mi nuevo oficio, pero los dos cheques de Nina me obligaban a pensar lo contrario. Romerito cumplía entonces con mi deber y me entregaba a mis obligaciones sin hacer demasiadas preguntas. A Nina le gustaban los ejercicios del placer como quien va al gimnasio. Se montaba en la grupa de Romerito y se enloquecía desnuda, masajeando los pelos de su cabeza, combinando sus chillidos de telegrama con conversaciones urgentes por el teléfono celular. Un par de horas más tarde, Romerito estaba muerto de cansancio. Pero debía regresar a su casa para hacer las tareas con Bastián. Mi regla de oro seguía siendo la de no decirle mentiras a mi hijo. Aunque la verdad traía peligrosas consecuencias. Era mejor callar. Y el silencio no es sinónimo de la mentira. Cuando Bastián me hacía preguntas por mis actividades del día, Romerito le contestaba con una evasiva amable: «Estuve trabajando toda la mañana». Bastián, solidario, se contentaba con la respuesta. Pero los problemas nunca tardan en aparecer a la vuelta de la esquina. Cuando uno cree que ya todo está perdido, aparece lo que nunca estaba buscando. La verdad, yo ya había logrado quitarme de encima la pesada carga de eso que se llama, de manera insoportable, «estar enamorado». No. No creía en el amor. En realidad, el Amor, con horrorosa mayúscula, nunca había pasado por mi cerebro descreído. Había hecho el obligatorio esfuerzo de tratar de recibirlo en vida como rezaban los cánones de mi sexo, pero pronto entendí que el amor era fuente de sinsabores, de rechazos, de competencias y de oprobios inenarrables. Así que opté por olvidarme de los asuntos del alma para concentrarme en las banalidades del cuerpo. No. No creía en el amor, pero sí lo invoqué muchas veces, desde mi ya lejanísima infancia en Lica, Licantropus erectus, cuando, digamos, veía pasar todas las tardes a la hermosa Lina Cervantes por el frente de mi casa. Romerito vivía muy cerca de la avenida del Río. En aquel tiempo no rodaba ningún carro por la zona. Jugábamos al fútbol con Tavo y sus compinches, nos echábamos bombas de agua los 7 de diciembre, Día de las Velitas, y yo huía, a la hora menos pensada, a leerme libros de mil páginas. Hasta que Lina comenzó a cruzar frente a mi casa por las tardes y mi corazón se hizo pedazos.

Lina Cervantes era flaca, muy flaca, con dos teticas para ver con microscopio, de gruesos labios y ojos empastelados por el despiste. Romerito la amaba y la imaginaba, en la soledad de sus noches, viviendo en su casa, encerrados en el templo de los Romeritos, vestida de blanco, comiendo frambuesas, sueño de besos sin inventarse. No recuerdo muy bien si me imaginé a Lina Cervantes desnuda en mi adolescencia, pero sí puedo recordar el momento en el que me acosté con ella, quince años después, cuando la descubrí en una fiesta en la discoteca Convergencia. Lina era, tres lustros más tarde, una poderosa hembra, mucho más flaca que cuando la veía en las tardes de barrio. Sus huesos, que sonaban mientras bailaban, podían desorientar a los disc jockeys y asfixiar a los abstemios. Nos vimos en Convergencia, mientras Romerito bailaba con una tabogueña magnífica, que no veía la hora de que él se descuidara para casarlo. Yo estaba a punto de ceder pero, al ver a Lina Cervantes, venció el pasado y la necesidad de saldar una deuda pendiente. Sé que esto nunca nadie me lo perdonará y mi ruta como héroe de la historia va a tomar las estrecheces del macho. Mas, debo decirlo, no puedo mentir, la situación con Lina Cervantes era una asignatura generacional. Así que la miré, ella me miró desde las profundidades del pretérito imperfecto y me hizo una señal para que nos viéramos afuera. No nos dijimos nada. Ni cuando éramos niños en la avenida del Río, a escasas dos cuadras del Colegio Bergman, ni mucho menos ahora, en el ayer de Convergencia. Mi amiga tabogueña bailoteaba una canción de pista y clave, mientras yo huía con Lina Cervantes a su casa, a las carreras, subía por las colinas del barrio Granadilla, bajaba por unos escalones sacudidos por el viento, entraba a una habitación iluminada por las velas, nos despojábamos a mordiscos de las ropas sobrantes y penetraba la cerca de los huesos de mi contrincante con una emoción más firme que mi culpa. Una hora después, comenzaron a llegar a su casa algunos bailarines de Convergencia. Concluyeron la fiesta en la casa de Lina Cervantes y rieron al verme salir del cuarto, directo a la ducha, con mi nueva novia. «Ponete gorro de baño, ve», bromeaban en perfecto acento local. «No vas a llegar por tu novia con los pelos mojados». Y tenían razón. Porque, cuando volví a Convergencia para recuperar a mi futura esposa capitalina, yo chorreaba un agua tibia que camuflé en los rápidos sudores del baile. Mi novia tabogueña no se dio cuenta, porque ella trotaba como las yeguas y reía feliz, desencajada, coqueteando con una futura actriz de televisión, bella e imperdonable.

Pero estaba, estábamos, en el amor, con hache de histeria. En el amor hecho porno. Le entregué a Nina el segundo, el tercer, el cuarto libro. Cuando el asunto andaba, sin mayores esfuerzos, más que consolidado, Nina publicó, sin mi permiso, mi primer libro que ella misma había rechazado. Lo había convertido en una colección de relatos para incendiar el cuerpo. Y calentar la mano de otros. La pornografía, lo fui entendiendo, es un fuego de manos. Así que no pude sino abrir la boca con desconcierto cuando Nina me puso una cita en el GuillerMotel de la calle 67, abajito de la avenida Carabobo, y me puso encima del lecho nupcial el primer ejemplar de El clítoris de la inmigrante y otras eyaculaciones precoces. «¿Cómo se te ocurre…?», intenté decirle. Pero Nina, contundente, me tapó la boca con sus labios de dos pisos, succionó mi boca como si hubiera perdido el aire y me introdujo su lengua hasta el peaje del esófago. Mis erecciones son tímidas, calculadas, a veces decepcionantes. Pero no me quedó más remedio que responder el ataque de Pentesilea con un valor urgente, porque no podía quedar mal, ni más faltaba, los ciento diez kilos de Nina me estaban haciendo un favor y yo debía responderle con algún gesto de agradecimiento, con una voltereta de campana sobre el tálamo del GuillerMotel. Nina, mamacita enorme, quítate pronto tus túnicas y tus trapos de siete colores, porque mi candelero de veintidós centímetros en acción está listo para entrar en la cueva de Alibabá, pronto dispuesto a esconder sus veintidós millones de ladrones en un salpicón de fiesta, abre las compuertas, tus muslos dorados, tus rocas de Groenlandia, sí, gime sin vergüenzas que ya llamarán a quejarse los propietarios del GuillerMotel, qué le están haciendo, señora, el caballero cómo se está comportando, quiere que llamemos a la policía o mejor penetramos todos, abrimos las puertas de las habitaciones contiguas y nos mezclamos en una sola fiesta, en el GuillerMotel convertido en bacanal de secretarias y de gerentes oscuros, de guardaespaldas y de novillas ebrias, de unicornios arrechos con el cacho convertido en consolador de urgencia. El GuillerMotel podía ser una gran bacanal, todos encima de Nina, ríos chorreando por la piel blanca, para que todos cupiéramos en su pantano feliz, en su boca del lobo. Pero no, tranquila, señorita, no ha pasado nada, mi novia ha tenido un ataque de felicidad, no se preocupe, estábamos apenas en los preparativos, en el calentamiento, mi novia es así, su sobrepeso magnifica sus gemidos pero le aseguro, señorita, que se trata de simples manifestaciones de un amor tímido, no llame a la administración, continúe con sus obligaciones y, si le queda un tiempito, libérese de su blusita blanca de botones violeta y muéstrenos esas tetísimas de piedra que están a punto de estallar por culpa de nuestros chillidos de perros de opereta.

Volvimos a leer el libro, ahora impreso, saltándonos las páginas, entre machetazos y comentarios de preceptiva literaria. A mí el libro me pareció espantoso y me produjo una profunda vergüenza. Pero Nina me extendió un cheque de varios ceros a la derecha y me dijo que no me preocupara. «Entre más inmunda sea tu imaginación, mejor nos irá con el gran jefe». ¿El gran jefe? ¿El Big Brother? ¿De qué estábamos hablando? No te preocupes, pajarito imberbe. El asunto, en realidad, le pertenece a un colectivo de altísimo vuelo, verdaderos amantes de las malas palabras, del sudor en blanco y negro. Todos ellos están ávidos de recuperar el sonido de la equis en un abecedario del nuevo milenio, afila tu pluma, querido, porque necesitamos libros de prisa, se imponen los textículos de papel higiénico. Me sentí en el interior de las páginas de una novelita de ciencia fricción. A nadie le interesa la pornografía escrita, estamos en una época donde los polvos son con gafitas 3D, donde los comensales se te vienen encima, creí repetirle. Pero de todo hay en la viña del Señor. Incluso en Coolombia, país de donde el Big Brother se fue hace tiempo y nos dejó como ángel de la guarda al arrechísimo Luzbel. ¿Arrechísimo? ¿Cómo traducir una palabra que en el vecino país indica dificultad y en nuestra gloriosa patria significa excitación? Imposible. No se puede ser vulgar y, al mismo tiempo, universal. Por fortuna, los lectores de mi primer libro de relatos eran arrechos locales y la distribución, según me lo aclaró la inmensa Nina, se haría de acuerdo con una red de consumidores criollos que garantizarían la propagación del virus de mis piruetas. ¿De cuántos ejemplares estamos hablando?, le pregunté a Nina, inocente mercader. No te metas en lo que no te importa, escritorzuelo. Limítate a teclear tu máquina y no te pongas a perder el tiempo en estudios del debe y el haber.

Pero con el libro empezaron los problemas. Los problemas de un desocupado comienzan cuando consigue trabajo. Arriba, sobre El clítoris de la inmigrante, triunfaba el título del autor del mamotreto. No. No había ningún Romerito encabezando la tapa. Mucho menos Pipiloco. Al contrario, de acuerdo con la arbitraria decisión de la editorial («Ediciones La Vagina en Blanco», se anunciaba en la cintilla promocional), el autor, o mejor, la autora del engendro era una nueva pornógrafa, usurpadora de mis esfuerzos, conocida como Ágata Triste. Válgame Dios. ¿Y mis royalties? No te preocupes, amor sin fondo, me dijo Nina. Tú, limítate a respirar, yo me encargo de la campaña de expectativa. Lo importante es que haya una constelación de autores, que se vea que existe toda una generación de creadores de la agitación. Tu siguiente novela la escribirá Triple X (Xiomara, Ximena y Xoxa). La tercera, el Arcipreste Se Excita. Y así. Y así. Hasta que la muerte no se pare. A falta de un nombre, buenos son diez.

No tenía más remedio. La suerte estaba echada. A Romerito le gustaba mi vida de secreto pornógrafo, pero me dolía, de alguna forma, que el esfuerzo se viese camuflado en el escondrijo de un ejército de seudónimos. Es mejor así, evitémonos problemas, me decía Nina, y de repente, ella podía tener razón. Nina nunca se equivocaba, incluso cuando se equivocaba. Esa noche (sí, terminamos por la noche desbaratados, al menos yo, odiando el sexo y sus derivados), esa noche, digo, nos despedimos con aspavientos, como una pareja de negociantes que acaba de coronar la Conferencia de Yalta. Regresé a mi casa y convencí a Bastián de que hiciese sus tareas, tan concentrado estaba en las profundidades de su PlayStation. Leí un rato, vi la televisión y me quedé dormido con los ojos abiertos. Al día siguiente, muy a las cuatro de la mañana, comencé mi jornada literaria. Esta vez, decidí romper el hielo con el título, para que el juego tuviese candela desde un principio. Necesitaba un escándalo. Pero un escándalo galante, no podía echar por la borda mi cultura, mi pasado, mis buenas intenciones con el mundo. Así que saqué de mis recuerdos un nombre que nos ayudase a todos. Esta vez, el libro se llamaría La morada furia de mi glande, combinando la lírica con la anatomía, al profesor Salazar con el profesor Villada del Colegio Bergman. ¿Quiénes eran? No, no tengo que dar explicaciones al respecto pero aclaro. Todos hemos tenido un profesor Salazar, un profesor Villada. En mi caso, se trataba, cómo no, de mis profesores de Humanidades y de Ciencias Naturales, respectivamente. Ambos me educaron en los doctos caminos de la masculinidad sin límites, entre los muros sin puertas del Bergman. Cielos, no debería sacar a relucir en estas líneas a un claustro ahora desaparecido, so pena de morir decapitado. No me olvido de la insólita quema que organizaron los militares del libro La morada del héroe, del divino M. Varguitas (o Verguitas: así lo llamaba a veces mi agente), en las mismísimas instalaciones del claustro donde se inició como escritor. No quería, ni por asomo, que se repitiera el acontecimiento en el patio de mis mejores recreos. Por fortuna, las instalaciones del Colegio Bergman ya no existen y han sido remplazadas por un hermético centro comercial. Pero quizás lo que más me molesta del Bergman (ya es muy tarde para aclarar que así lo llamamos, en confianza, sus exalumnos) es su cambio de estatura erótica. Creo haberlo dicho antes. En mi infancia, el lema del templo rezaba: “Donde hay un Bergman hay un caballero”. Y ahora, en el nuevo milenio, ¡el colegio es mixto! Es decir, ahora hay niñas que se sienten orgullosas de «ser Bergman» y a mí me parece estar hablando con un travesti, lo siento, es inevitable protestar con gritos y susurros. Pero mejor, me dijo alguna vez Nina, cuando intenté tocarle el tema. Entre esas señoritas Bergman habrá alguna que descubra tu camuflaje y se interese por tus líneas. Venderemos más libros, gritaba, con su sonrisa catalana. Yo le envidiaba su empuje, su optimismo, sus ganas de seguir adelante. Me costaba trabajo el hecho de pensar que un libro de porquerías de la entrepierna pudiese interesarle a alguien. Mucho menos a un caballero o a una caballera Bergman. A veces pensaba que Nina compraba todas la ediciones de Selva de penes o de El clítoris de la inmigrante y me pagaba mi parte, tan solo para que yo no acelerara mi defenestración. Sospechaba que Nina no era una mujer de billete. Había coqueteado con gángsters de Lica en las gestas de la década de los ochenta y ahora estaba retirada, su obesidad era un símbolo y su alegría, un gesto de resignación. En el nuevo milenio, convertida en editora clandestina, llegué a pensar que su presencia en la vida de Romerito se debía, en realidad, a Dios: ella era mi arcángel san Gabriel. Sin Nina no habría podido darle la mala educación necesaria a Bastián y habría tenido que pedirle dulces de arce a mi perdida esposa canadiense.

Avanzaba yo, el cantor de esta gesta indigesta, por las primeras cien páginas de Glande (llamemos así a mi novela, para no perder mucho tiempo), cuando recibí una llamada. Era una fan. La batracia de Nina le había dado mis señas. Su vocecita tartamuda me hizo sospechar de sus intenciones y, sin muchas ganas, le tiré el teléfono, pero la dama insistió, ni más faltaba. Pronto nos aventuramos a una cita. Tendría qué, escasos veintitrés años, pero parecía de ciento cuarenta. Había sido, muy para sus adentros, una mujer hermosa. Miraba hacia ninguna parte y fumaba con los ojos cerrados, para concentrarse en el humo de sus lecturas. Quería conocerme porque era una fanática desenfrenada de mi obra y, sin dar demasiadas pistas, supo dar con mi nombre en el laberinto de los seudónimos. Se llamaba Topacio, pero vamos a llamarla Topaz, para proteger su identidad. Sus formas no me llamaban mucho la atención, mucho menos el tema de sus pasiones. Así se lo dije. «No me interesa el sexo, lo siento», se lo manifesté sin rodeos. «Soy Ágata Triste o como quiera llamarme, tan solo por un accidente laboral». Topaz sonrió más que triste y me miró con desprecio. No sabes de lo que te pierdes, me dijo sin abrir la boca. Apenas uno ha decidido terminar su recorrido por el mundo de la triple equis, de inmediato todas se fijan en ti. Es milimétrico. Antaño, en mi deshojada juventud, me costaba un trabajo terrible el asunto con las mujeres. Aunque, después de la visita al burdel de Angelino, tuve la fortuna de ser profanado por una profesora de Historia del Arte. Ella me coqueteaba de frente y yo vivía aterrorizado ante la idea de que fuese posible. Era una sabia. Citaba de memoria la Teogonía de Hesíodo y ostentaba sus conocimientos en unas clases interminables, en las que no evitaba con cálculo siniestro mirarme la entrepierna. «Tarde o temprano voy a enseñarte lo que es la dicha», me decía delante de todo el mundo. Yo le huía, porque aún no tenía muy claro qué era primero, si el huevo o la gallina. Pero mi profesora de Historia del Arte sabía cómo mover sus tiempos y me invitó una noche a una fiesta en el apartamento del profesor de Canto. Ella me daba clases en el Palacio de las Artes y los Oficios, a pocas cuadras de mi casa, de la casa de Lina Cervantes y de la avenida al Mar. Eran tiempos revolucionarios. En los ágapes nocturnos se cantaban los himnos de la Peña de los Parra y de Yaki Kandru, se arriaba «La mula revolucionaria» y el himno de los partisanos de Italia. Así, en medio de las armonías a tres voces y de los rasgueos de las guitarras en pie de lucha, terminé enredado en la raza de bronce de mi profesora, en un lecho acelerado por fusas y semifusas. El profesor de Canto se fue, hacia las cuatro de la madrugada, y yo terminé como Dustin Hoffman con Mrs. Robinson, rezando por entonar en orden los sonidos del silencio. La profesora dictó su clase con su lengua negra. Se quitó la ropa sin prisa y me mostró su cuerpo de un metro con cuarenta centímetros. Tenía unos pezones verdes, casi biches, los pechos hermosos y caídos, los muslos en su sitio, protegiendo la pelamenta de su pubis con una toalla sanitaria. Yo me quité mi camiseta blanca de tres botones, me deshice sin prisa de mis bluyines, enredándome en la ceremonia con mis zapatos Grulla. Mi profesora de Historia del Arte fue al baño y, acto seguido, protegió el lecho del profesor de Canto con una toalla del Hotel Nacional de La Habana. Romerito tomó posesión del camastro. Ella se acostó encima como una res sacrificada y abrió las piernas, con los pies sobre la cama. Claro, mi pequeño clavicordio sintió una curiosidad infame y se adelantó a mi cuerpo. Sin prisa, se dirigió a la cueva de Altamira de mi profesora y trató de meterse sin pagar peaje. «Espérate», me dijo mi profesora. «No corras. Cántame primero una canción». Y yo, ni corto ni perezoso, le entoné la que más me sabía, el «Lucero del alba», en versión de algún cantautor tupamaro. «Sal… lucero del alba… de ojos hermosos…», toda, se la entoné completica, sin pagar derechos de autor, sin acogerme al derecho de cita. Mi profesora (llamémosla Amanda, para recordar al sacrificado cantautor chileno) sonrió con sus labios revolucionarios y me hizo la segunda. Luego tomó mi miembro con sus manos blancas de polvo de tiza y se lo clavó, breve acto suicida, en el orificio de su teogonía. Ambos gritamos. Tal como lo había visto en una película que descubrí en casa de Tavo (¡ah, no he hablado de Un mudo feliz, clásico del cine porno en super-8!), moví las caderas de arriba abajo, mientras mi profesora humedecía sin trampas el frente, las células y el destacamento rojo de mujeres. Aceleré entonces mi ataque, orgulloso de producir en mi maestra tamaños estertores. Pero en esos momentos no sabía hacer cálculos a largo plazo y, de repente, la profesora me materializó una sorpresa. El dedo índice de su mano derecha se introdujo en el orificio de mis defecaciones. Di un brinco, pero la profesora se aferró a mis nalgas para que no huyera. Como si yo fuese su Agamenón y ella mi Electra, me decía «papito» con un vehemente conocimiento del complejo. Orgulloso de mi nuevo rol de padre, apreté mi viaje y, en el momento menos pensado, dejé escapar un escupitajo feroz. La profesora tuvo que apretar el acelerador e inventarse un aullido de emergencia, porque ya era demasiado tarde. Nos quedamos dormidos y el lucero del alba, de ojos hermosos, asomó por la ventana sin haberle pedido permiso a papá y mamá. Regresé a mi casa con el rabo entre las piernas, pero como con cinco años más encima. No le conté a nadie ni volví a tomar nota en las clases de Historia del Arte. Para qué. Romerito estaba sobrado.

Topaz (¿os acordáis, lectores?) fumaba demasiado y olía a gato. Aunque procuro no tener nunca una mascota (sé de las tentaciones en las que, tarde o temprano, termina uno cediendo a causa de sus trinos, sus ladridos, sus balidos, sus relinchos), identifico con suma facilidad a los dueños de perros y gatos. Siempre son violentos y fundamentalistas. Por otra parte, está más que comprobado: quienes tienen animales domésticos en sus minúsculos apartamentos segregan una sustancia con la que ganan en ternura y pierden en humor. Y de la contemplación de la naturaleza a la disección hay solo un paso. Así lo comprobé ante la mirada perdida de la recién llegada. Nos pusimos nuestra primera cita lejos de mi casa y de la tentación de un hotel de paso. No sé si el lector conozca la ciudad donde habito, la noble capital de Coolombia, Tabogo de la Guadalupe, cuyo antiguo lema indicaba su tragedia: «6.000 metros más cerca de las estrellas». Si no conoce Tabogo, digo, le sirvo de GPS: me encontré con Topaz en el barrio del Silencio, ni muy al norte ni muy al sur, antiguo sector de la ciudad, casas de estilo inglés, hoy convertido en un apelmazado vividero con oficinas sin fachada y universidades de la vida. Nos vimos en un cafetín bohemio del pasaje de la Desolación, en medio del viento y del sol helado de las tres de la tarde. Como se sabe, nunca hay estaciones en Coolombia, mucho menos en Tabogo, donde el astro rey siempre ha sido una trampa. Así que nos refugiamos (o mejor, me refugié) en el sitio más anodino y más despedidor posible, porque no quería que las tentaciones se me salieran de las manos. Por fortuna, Topaz no me llamaba ni cinco la atención. En aquel tiempo, apenas miraba de reojo a las adolescentes en uniforme de colegio, por el daltonismo de los viejos verdes, pero nada más. Mi esposa canadiense me había inculcado el terror a la pedofilia y le tenía pánico a morir en una cárcel por interesarme en mujeres sin pasado. Así que me contenía con lo que no me quedaba más remedio y lo que no me interesaba lo dejaba ir. Pero Topaz supo hacerla muy bien. Me atacó por donde se debe atacar a un ser humano en derrota: «Yo sabía que Ágata Triste era un hombre», dijo, boleteándome. Y torció los ojos, como si el viento se los hubiera desubicado. No tuve que analizar demasiado la situación: Topaz estaba loca. El desorden de su cerebro se filtraba a través de la estrategia de su seducción. A pesar de sus pechos desproporcionados, de su faldita estrecha, de sus zapatos de tacón puntilla, la fanática no podía esconder su esquizofrenia incurable. Como se sabe, es muy peligroso mezclar el sexo con la locura y no iba a ser yo el que cambiase las reglas de l’amour fou. Pero cometí el error de ceder a una breve recaída alcohólica. Comenzamos bebiendo un terrible café instantáneo, como para que la tarde pasara más rápido. Topaz se paraba cada cierto tiempo y fumaba en la entrada del templo mientras evitaba mirarme, con temor de convertirse en estatua de sal. Romerito se ponía de pie, la acompañaba en sus ceremonias de humo, conversando sobre mis libros y sobre los bajos instintos, hasta que Topaz lanzó la frase triunfal: «Quería conocerlo. Le agradezco mucho su paciencia. Esta noche voy a suicidarme». Y apagó la colilla de su Apache sin filtro con el delgadísimo tacón de su zapato izquierdo. Yo no sé por qué no lo dudé. Estaba seguro de que una mujer de semejante alteración síquica podía tomar la decisión final sin mayores inconvenientes. Y he debido dejarla. ¿Para qué necesitaba Romerito que Topaz siguiera viviendo? No me lo pregunté en aquel momento, no me lo pregunto ahora. El hecho es que salieron a relucir mis dotes de maestro estrella de la Universidad de Conforti y traté de acariciarla para que no se cortara las venas. «Si me acompaña a mi casa, no lo hago», me dijo. Claro, es el tipo de chantajes en el que uno no puede caer, en este país de chantajistas y de criminales. Pero todos llevamos un san Francisco adentro de nuestros corazones y el mío es inmenso, salta cuando menos lo debe hacer. Así que invité a Topaz a un bar, un par de cuadras más abajo, donde alternaban música de Hora Local con los reguetones de moda. Como para suicidarse. Yo había oído que el alcohol relajaba los impulsos tanáticos y le empujé dos whiskies sin hielo a Alfonsina sin mar, para que se calmara, para que habláramos de literatura, del clítoris de la inmigrante, de la futura evolución de mi obra. Entonces Topaz me miró s ...