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ANFITEATRO (CONSOLACIóN DE LA PORNOGRAFIA)

Sandro Romero Rey  

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Fragmento

Pulvis es, et in pulverem reverteris…

Que trata de la condición y ejercicio del atribulado Narrador

Hoy, después de pocos borrones y muchas cuentas nuevas, he decidido ponerle punto final a mi historia de adulterio con la pornografía. Aunque no lo hago con satisfacción ni mucho menos. Estoy obligado por las circunstancias. Cuando mi hijo crezca, voy a intentar explicárselo. Porque Dios, el furibundo, no castiga ni con palo ni con rejo. Castiga con el látigo de la verdad. Ahora que todas las horas vividas se me vinieron encima, he decidido romper el hielo y confesar cuáles fueron las razones para rasgarme las vestiduras. No sé si las tengo claras, pero creo que debo correr el riesgo de una vez por todas, protegido tras mi colección de pastillas tranquilizantes. He practicado el oficio de la escritura por muchos años, he coqueteado con las bellas artes y me he acostado con setenta y cuatro mujeres mal contadas, sin sumar argentinas. Pero nunca pensé (mucho menos, válgame Dios, lo imaginó mi numerosa familia) que terminaría ganándome la buena vida y la mala muerte condenado a confundir las alturas de la forma con los bajos fondos. Todas las páginas que siguen (ya sé cómo empiezo, no sé cuándo termine) se concentrarán en la narración sin censura de mi trasescena. Si todavía queda en el mundo alguna actriz que pueda sonrojarse con mis confesiones, le recomendaría que cerrara el libro. Ya no me alcanza el tiempo para las disculpas. Tenía las mejores intenciones con mis huellas por este valle de lágrimas, pero el demonio del mediodía decidió interponerse en mi camino y, lo que iba a ser dicha, terminó siendo desgracia, lo que comenzó con un futuro promisorio acabó en pequeña muerte, lo que se afinó como un blues concluyó en fatal música urbana. Así, mis estimados camaradas, les advierto que he escrito estas líneas para hacerlos felices y, al vivirlas, las padecí con creces. En la medida en que avancen, entenderán mi desgracia. Pero no perdamos el tiempo y pasemos a manteles.

La historia comienza de la manera más sencilla y, poco a poco, tiende a convertirse en pesada pesadilla. En primer término, debo decir que estudié en el Colegio Bergman de la ciudad de Lica, en Coolombia. Las palabras «Bergman», «Lica» y «Coolombia» ya tienen, de por sí, una trastienda de chistes flojos. Pero no creo que le hagan daño a nadie, así que el cobarde Narrador puede seguir sin arrepentimientos. Aclaro lo del colegio, porque allí empieza mi histeria. Empieza con una broma pesada de mis amigos. Los culpables de todos nuestros problemas futuros son los amigos del colegio. Y mis amigos del colegio me obligaron a la inmersión en la triste piscina de la pornografía, del balano a la banalidad. Nadie me había dicho que me mirara la entrepierna, hasta que me lo soplaron en segundo de bachillerato. Pero vamos por partes, porque no voy a echarles la culpa solo a mis amigos. La culpa, en realidad, es mía. Mía y de mi padre. Mía porque, con la información genética, no me quedaba más remedio que la izada de bandera y empezar a pensar en los cuerpos desnudos. Nunca lo quise. Hay otros temas, otras sombras. Pero, en materia de sexo, es el pene el que piensa. Penesamientos juveniles. En cuanto a mi padre, él es el directo responsable de la tragedia de mi biología, en primer lugar, y en segundo lugar, él fue el culpable de llevarme, por primera vez, a la mansión de Angelino. En esa época se llamaba a ese sitio sobrenatural una casa de citas. Nunca entendí el término, porque no era un lugar de rendez-vous, como dirían mis enemigos franceses, sino un antro lleno de luces de olores y colores, donde deambulaban mujeres para ser escogidas y cogidas. Yo tenía lo que en las novelas de iniciación llamaban «la edad de la pajita». Y mis recuerdos eróticos se remontaban a unas revistas que le comprábamos, con mi vecino Tavo, a oscuros personajes vendedores de dulces, dulces placeres en medio de una orgía de colombinas coolombianas. Todo el mundo tiene sus primeros recuerdos fantasmales de las imágenes de un coito y yo voy a reinventar la mía, ni más faltaba, ahora que intento hacer este recuerdo de mi agotadora experiencia escribiendo historias de cópulas. Me acuerdo de que mi vecino llamado Gustavo, Tavo, Viejo Tavo (en Lica, en esa época, todos los jóvenes eran, éramos viejos: viejo Tavo, viejo Juanca, viejo Sandro, viejo Pipe) me invitó, con infinito misterio, a que le ayudara con unas cuantas monedas para comprar una revista que, en realidad, se resumía en una sola foto. La tengo clara: era la imagen de una mujer, en blanco y negro, gordita ella, barbas en las axilas, riendo a carcajadas, encima de un hombre, cuyo rostro no se veía. La imagen se concentraba en el culo de la dama (de paso: odio todas las palabras que tienen que ver con el sexo: culo, teta, vagina, verga, chocha, senos, pinga, culear, garchar, arepa, chimba, todas esas palabras que Dios me prohibió sin necesidad de decirme que me las prohibía), el montículo de la dama, digo, en primer plano de mesetas y colinas sostenido por el tubo de un héroe anónimo, ella suspendida en el aire, los brazos abiertos, como alas, las piernas en desfogado desequilibrio, el pelo sin lavar, los extremos con pelos, los pelos enredados de su desconocida cuca, cuco cucarrón, ensartada en la esfinge de ese Egisto barbado, cumbre y abismo de mis aterradas curiosidades. Tavo me hizo darle la plata (esto, después caí en cuenta, lo acepté como un eufemismo coolombiano para hablar del dinero, otro eufemismo) y comprar esa simple foto, que, en su erecto momento, no era tan simple, sino una efigie, un estandarte, vera efigie, verga efigie. El señor de los dulces nos vendió la imagen y nos fuimos caminando, por la calle novena, la calle del pecado de Lica, escondiéndola entre las axilas de Tavo, entre mis axilas, hasta refugiarnos en una esquina donde podíamos mirar alelados, en silencio, la aparición de la culpa.

Debo recordarlo: yo estudiaba con sacerdotes, padres sin hijos, de la Compañía de Jesucristo Superestrella, que desde un principio fue, en mi caso, una mala compañía. Nunca pude acomodarme a la idea de aceptar sus contundentes reglas. Creo que mi conclusión, a posteriori, luego de haber visto la foto de la mujerzuela irrespetuosa, de la feliz empalada, fue la de un profundo respeto hacia la gimnasia del cuerpo, nadaísta sin saber nadar. Al mismo tiempo, experimenté un discreto asco. No he podido superar la sensación de considerar la cópula entre hombre y mujer, entre perro y perra, entre gato y avestruz, entre costeño y burro, entre ser y res, como un acto abyecto y violento. Le cogí miedo, con todas las connotaciones que el verbo coger tiene en el cono sur del continente suramericano: el coño sur, gracejo de cañería para los que vivimos en el norte de Suramérica. Por eso, cuando mi papá me invitó, a través de un amigo mío cómplice, a la casa de citas de Angelino en los recovecos secretos de la ciudad de Lica (luego conocida, en un juego tonto de palabras, como «la capital de la licantropía»), mi antigua ciudad de Lica, digo, solo tuve una reacción primaria: la del desacato. Sexo, ni por las putas. Traté de huir. Pero, como sucede en las novelas, una fuerza me detuvo y me obligó a ingresar en ese extraño templo sin ceremonia donde, a lo lejos, aullaba una canción de Los Galos que les encantaba a mis primas y que yo odiaba. Entramos mi padre, un antiguo camarada llamado Alberto (quien luego enloqueció: desde aquella época se vestía solo de azul) y un humilde servidor, futuro autor de novelas pornográficas, a quien a partir de ahora llamaremos Romerito, para no confundirlo con el autor de esta historia.

Les tengo terror a los puntos aparte, así que el lector comenzará a perdonarme ahora, porque el viaje es largo y, de repente, la línea del horizonte lo fatiga. Intentaré no aburrirlo, aunque cuando la carne se hace verbo, nunca se sabe. Prosigamos. Sonaban Los Galos y mi padre, Alberto y Romerito entraron al castillo de Angelino. Un corredor oscuro de luz verde, varios caballeros alrededor de mesas redondas y, al fondo, coronada, una estatua de Buda con el vientre hecho pedazos por una herida de bala. Poco tiempo pasó para entender las razones del disparo: si usted, lector, soba la barriga de Siddharta, eso le traerá suerte eterna. Pero si a un mafioso de Lica le va mal, este se encargará de vengarse, no de venirse, disparándole a Gautama en la periferia de su ombligo, para que no se olvide jamás, profetica inmundo, quién es el dueño de las leyes de la Tierra. Romerito no hacía tantas cavilaciones en aquella época, temporada baja. Y supongo que tampoco la hacían ni mi progenitor ni el futuro esquizoide, el buen Alberto, quien cumplía sus oficios de cicerone. Nos sentamos alrededor de una de las mesas del establecimiento, pedimos el conocidísimo Aguardiente Coblan del Lleva que, para quien no lo conoce, le recomiendo que lo deguste: nunca volverá a ser el mismo: volverá a ser peor. Yo aún tenía el uniforme de la sección primaria del Colegio Bergman pegado en mi alma, pelitos recientes que me hacían cosquillas entre la gruta de Loyola y mis púrpuras huevos juveniles. Romerito, insisto, no se daba cuenta del complot de mi padre pero, poco a poco, me entregué a la idea de que debería sentirme feliz. Así lo hice, a pesar de mis nervios agripados. Alberto, el principito azul, se encargaba de la estrategia, mientras mi papá me hablaba de las notas del colegio, de la importancia de la música de Vivaldi, de lo sano que representaba ser un hombre de bien en el país del mal. Cuando menos lo pensé, no había tres viejas (a las mujeres también se las llama viejas en la confiancita coolombiana) sino una sola, sentada a nuestro lado. No hay tres lados en un círculo sino un eterno punto de encuentro y el punto de encuentro era mi presencia. La dama en cuestión llegó vestida de lentejuelas. Hermosa, por supuesto, nunca primeras partes fueron feas. Se llamaba Ángela y, por un tumbling dice que jamás abolirá el dolor, era el guardián custodio de Angelino (a quien nunca conocí: nunca existió para mí). Tenía la misma estatura de mi edad, su boca sonriente y se sabía la canción de Los Galos de memoria. Mujer gala. Ella ya conocía, supongo, el atentado contra la postración de mi prepucio, el virgo sus cipreses arranca en agonía. Se sentó a nuestro lado, que era mi lado, y después de un minuto de silencio, sin ninguna contemplación, me sacó a bailar. Recuerdo ahora que un historiador de la comarca, llamado Plumitas, sentenciaba: habitante de Lica que no sepa nadar ni bailar no es de Lica. Si esas eran las condiciones para ser de Lica, preferiría ser suizo. Me duermo bailando. Pero, en aquel entonces, a un padre nunca se le llevaba la contraria. En la piscina de mis nervios braceé hasta la pista con ella y sin esperanzas de huida me dejé llevar. Hay un solo corazón que llegaría al sacrificio por ti, gemían Los Galos en la cercana distancia, y Romerito miró a Ángela, Ángela miró a Romerito. Allí el cielo se hizo carne. De Los Galos se pasó a Sabú, de Sabú a Roberto Carlos, de Roberto Carlos a Camilo Sesto. Al menos, esos son los autores que rondan en mi cabeza. Todo el ambiente era de chicle. No había tiempo ni memoria para otros ritmos tropicales, porque Romerito era muy tímido y el encuentro con el sexo opuesto debería tener el placer y el rigor de una mala balada.

Ángela me miró con su sonrisa de labios verdes y me invitó a uno de los cuartos laterales. «Ya todo está pagado», me susurró al oído interno, susurro que no quería interrumpir la canción, ahora de Sabú: «Él o yo». Él o yo, que mis compañeros de colegio denominaban el hoyo. O sea, el hueco, el orificio y el hoyo, era el hueco, el orificio de Ángela: comencé a pensar, no con chicanería, como confiesan los que se atreven a contar su primera experiencia, sino con miedo. Mi duda tenía que ver con mi inmediata eficacia: ¿tendría yo toda la información suficiente para enfrentarme a lo que se me venía encima? ¿Sabría Romerito atravesar el hoyo negro? Ángela me tomó de la mano con ternura y Romerito no miró hacia atrás. Imaginó a su padre, conversando con Alberto, blue and lonesome, apurando un trago de aguardiente y haciéndose el desentendido, pero pensando en su patriótica labor de cumplir con el pago del desvirgue de su hijo, quedando con la conciencia tranquila de que Romerito no se fuese a desviar por el camino estrecho, ese tipo de peligros inaceptables que, en la prehistoria de Lica, resultaban siendo una auténtica amenaza. Romerito sintió la mano tibia de Ángela (por fortuna no era una mano helada: Romerito odiaba a la gente de sudores fríos). Ella lo llevó por un corredor de baldosas de ajedrez. Romerito, convertido en peón de la dama, hizo sus movimientos sumisos, observó un enroque corto en la distancia, evitó alfiles borrachos y caballos drogados, hasta que se preparó para el jaque mate, cuando Ángela entró a la habitación y cerró la puerta.

En las brumas de mis recuerdos está el cuarto al cual entró Romerito. La memoria es demasiado oscura y el humo del tiempo no deja que pase la claridad del deseo. Pero Romerito habría de recordar, con el correr de los siglos, que no estaba emocionado ni la ceremonia de la desnudez de Ángela le produjo el más mínimo placer. Romerito, por supuesto, fue víctima de una erección, porque el miedo es cómplice y le ayudó a convertir la duda en calambre. Donde hay un Bergman hay un caballero, era el lema y el dilema de mi colegio. El himno de su claustro decía, entre otras frases, que tú eres faro de la mente y clarín de excelsitud, que en ti cifra su victoria nuestra ardiente juventud. Romerito entendió, en aquel momento, cuando sintió su miembro enhiesto, que él era ahora falo de la mente, le obedeció a Ángela con su ardiente juventud cuando le recomendó que se quitara la ropa y pudo comprobar, a todo color, la desnudez de su pareja, ahora convertida en rival; entendió que dos cuerpos desnudos resultaban siendo dos combatientes dispuestos para un bonche desigual, la piel muy blanca de Ángela, su vacío, su pobreza escondida, sus pechos parados y el triángulo diabólico sin las bermudas de Ángela obligaron a que Romerito tuviese la tentación de salir corriendo y de dejarlo todo allí mal tirado. Pero no lo hice. Me acerqué con mi desnudez de catorce años y Ángela me recibió con cariño, Romerito acarició los dos brazos de su dama de ocasión y sintió, en ese momento, la evidencia del amor eterno. Yo quería casarme con Ángela, era la mujer perfecta, la versión a todo color de la valkiria equilibrista en la foto de Tavo, Romerito abrazó a Ángela y quiso llorar por culpa de una nueva tonadilla, ahora de Nino Bravo, mientras besaba los labios de colorete de su novia, sentía su piel en su piel, los dos ombligos mirándose a los ojos, las manos en las nalgas, la ruta inevitable hacia la cama revuelta, la emoción ante el vértigo de la levitación, Romerito se lanzó al mar de aguas profundas sin saber nadar, pero una constelación de pulpos y de peces se lo llevaron feliz, en medio de las carcajadas del burdel de Angelino, coro de borrachos en la distancia. Deberías besar a Ángela, mi buen Romerito, succionar su lengua y saborear sus ojos y su dentadura sin caries, calcular, como un buen torero, de qué manera ibas a entrar en la cueva, en su gruta que no era túnel sino una selva de pelos y sudores, Ángela tomó tu miembro con su mano derecha y, con sus uñas, se lo clavó tierna en su propio escondrijo. Romerito sintió un ligero remordimiento y un dolor, como un pellizco, por culpa del santo prepucio, aquello que no se pierde si no se es judío o mártir. El dolor, sin embargo, pasó a un segundo plano, para darle paso a un placer sin revancha. Ángela no sintió ningún cortocircuito, puesto que ella, como la profesora de Inglés del Colegio Bergman, debería estar concentrada en la educación del muchacho que se le chorrearía

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