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ANGOSTA

Héctor Abad Faciolince  

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Fragmento

Angosta

Abrió el libro por la mitad y se lo acercó a la cara1. Clavó su nariz en la hendidura de los pliegos como quien la hunde entre las piernas y los pliegues de una mujer. Olía a papel humedecido, a restos de polvo y a corteza de árbol. Lo cerró otra vez y lo alejó de la cara hasta que sus ojos distinguieron en la cubierta una acuarela del Salto. Comparó el Salto de la pintura con el Salto de la realidad. Ya no se parecían. Los mismos ojos enfocaron las letras del título y el nombre del autor. Era un breve tratado sobre la geografía de Angosta, escrito por un oscuro académico alemán. Miró la dedicatoria (familiar) y no entendió el epígrafe (en latín: Ibant obscuri sola sub nocte per umbram). Ojeó el índice, se saltó el prólogo y llegó hasta esta página, la primera, que sus ojos empiezan a leer en este instante:

Hay un territorio en el extremo noroeste de la América meridional que va desde el océano Pacífico hasta el río Orinoco, y desde el río Amazonas hasta el mar de las Antillas. Allí la cordillera de los Andes, agotada después de más de siete mil kilómetros de recorrido desde la Tierra del Fuego, se abre como una mano hasta que las puntas de sus dedos se sumergen en el Atlántico con una última rebeldía de casi seis mil metros de altura: la Sierra Nevada. Por entre los dedos de la estrella de cinco picos de esta mano corren seis ríos importantes: el Caquetá y el Putumayo, que van a dar en el Amazonas y fluyen hacia Brasil; el Patía, que con cauce torrencial y encañonado busca el océano Pacífico; el Atrato, que recoge las lluvias incesantes de las selvas del Chocó para derramarlas en el golfo del Darién, y dos ríos paralelos y mellizos, el Yuma y el Bredunco, que marchan hacia el norte hasta juntar sus aguas y desembocar en Bocas de Ceniza, fangoso desagüe sobre el mar Caribe, después de mil cuatrocientos kilómetros de travesía. Este territorio, desde hace un par de siglos, es conocido con el nombre que, si la historia del mundo no fuera una cadena de absurdas casualidades, debiera llevar toda América: Colombia.

Había encontrado el libro por la tarde, sin buscarlo, apoyado en una mesa de La Cuña, su librería. El título (simplemente el nombre de su ciudad, sin más datos) no le decía nada, pero por lo que alcanzaba a inferir después de las primeras frases, consistía en un informe académico escrito en el estilo llano y exhaustivo de los profesores. Jacobo estaba harto de lirismo y de literatura, quería leer algo sin huellas de ficción, sin amaneramientos ni adornos, y por eso había agarrado el libro, en un arranque de curiosidad, en el mismo momento en que salía de la librería sin despedirse de nadie. Una vez en la puerta miró el cielo sin nubes y tuvo la impresión de que la tarde iba a ser soleada y calurosa. Distraído como siempre, no había mirado hacia el sur, de donde vienen las nubes y las lluvias. Por eso, de repente, mientras caminaba despacio hacia el hotel con el libro en la mano, lo sorprendieron los truenos, los goterones dispersos y gordos como piedras; se había desatado una de esas tormentas típicas de Angosta a finales de marzo. Para no mojarse demasiado, apuró el paso por las entreveradas callejuelas del centro, al tiempo que buscaba los aleros, se pegaba a las paredes y, como último recurso, se tapaba con el libro las primeras canas. Mientras avanzaba perseguía a casi todas las mujeres con la mirada y se dio cuenta de que debía de ser miércoles de ceniza, pues vio que a muchas de ellas se les estaba emborronando una mancha oscura sobre la frente. Hacía más de veinte años que no se ponía ese memento mori, quizá la única ceremonia de la religión de sus padres que para él guardaba todavía algún encanto: «Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir». Polvo. No alma, no espíritu o carne que resucita, sino la pura verdad a secas: polvo, ripio de estrellas, que es la sustancia de la que todos estamos hechos, sin ninguna esperanza de que el polvo vuelva a ordenarse hasta formar al único ser humano en que consiste cada uno. Las gotas de lluvia hacían que la cruz de los cristianos —sí, ahora la veía también en algunos hombres— se deshiciera en riachuelos negruzcos que bajaban amenazantes hacia los ojos, como si quisieran cegar a los fieles.

Cuando llegó a La Comedia, se sintió contento de poder leer y de no tener que salir otra vez, con semejante aguacero. Al encerrarse en su cuarto quiso consultar algo en el computador, se acercó hasta el aparato, alargó el dedo índice para encenderlo, pero se logró contener. Después de cambiarse la camisa humedecida por la lluvia y de hacerse un café negro bien cargado, se sentó en su sillón favorito, de espaldas al tenue resplandor de la ventana, en la amplia habitación del segundo piso que alquila desde hace años. Con una cara que no expresa ningún sentimiento de disgusto o placer, sigue leyendo la descripción que el geógrafo, un tal Heinrich von Guhl, le dedica a esta tierra en donde queda Angosta:

En la mitad de la cordillera Central, o del Quindío, es decir, en el centro del dedo del corazón de esa mano con que los Andes terminan, lejos del mar todavía, tierra adentro, en esa franja del trópico andino donde la altura de las montañas doblega el calor y el exceso de humedad, hay una vasta extensión sembrada de cafetales. Allí la zona tórrida, atenuada por la altitud, produce una temperatura monótona pero agradable; no hay largas sequías ni llueve demasiado, no padece el azote de huracanes o erupciones volcánicas, la tierra es fértil; la vegetación, rica y exuberante; la intensidad de la luz, incomparable; las especies de animales, numerosas y mansas con el hombre.

La capital de este curioso lugar de la Tierra se llama Angosta. Salvo el clima, que es perfecto, todo en Angosta está mal. Podría ser el paraíso, pero se ha convertido en un infierno. Sus habitantes viven en un lugar único y privilegiado, pero no se dan cuenta ni lo cuidan. El sitio fue un pueblo aburrido y casi arcádico durante tres siglos; luego, de repente, en menos de cincuenta años, creció tanto que ya no cupo en la batea de las vegas y de las primeras estribaciones de la cordillera. En el valle templado y fértil donde se fundó ya no queda ni rastro de bosque natural, de pastos o cafetos. Hoy todo el territorio está ocupado por una metrópoli de calles abigarradas, altos edificios, fábricas, centros comerciales y miles de casitas de color ladrillo que se encaraman por la ladera de las montañas, cada vez más cerca de la Tierra Fría, o se despeñan por los precipicios que van a dar en Tierra Caliente. Cuando la familia crece y los hijos se casan, los habitantes de Angosta tiran una losa de cemento encima del tejado de sus casas y a la buena de Dios le construyen una segunda o una tercera planta. Lo mismo ha pasado con la ciudad por falta de espacio: ahora tiene tres pisos, con una azotea en Tierra Fría y un sótano húmedo en Tierra Caliente.

Se dice que el nombre de Angosta se lo dieron los fundadores cuando, desde la cresta del altiplano, vieron el valle largo y estrecho. Por la mitad del valle corría un río revuelto y malgeniado, con remolinos hambrientos en la corriente, con meandros y dudas en su curso caprichoso, que en invierno se salía de madre y en verano dejaba ver lo que era de verdad en el fondo: una mustia quebrada con pretensiones de río, de enormes piedras grises, pulidas y abrazadas por la sucia corriente. Lo pusieron río Turbio no tanto por sus aguas nunca diáfanas, sino más bien por su índole indecisa y traicionera. Hoy esto no se nota, porque su lecho fue corregido y canalizado a mediados del XX, pero las vegas occidentales (ahora sembradas de fábricas), hasta esos años, con las lluvias de marzo o las de abril, terminaban siempre anegadas.

Jacobo detiene su lectura un momento, mete el dedo índice entre las hojas, se levanta y mira por la ventana. Está lloviendo afuera, como en el libro. Al fondo, hacia arriba, se ve la cresta irregular del altiplano, un borde azuloso velado por la llovizna, con la sombra a contraluz de algunos árboles. Trata de calcular desde dónde habrán visto los conquistadores el valle de Angosta, y cómo habrá sido antes su apariencia, sin edificios, sin casas, sin ruido, con muy poca gente, casi sin humo y casi sin sembrados. Vuelve a sentarse y abre el libro por donde el dedo índice se lo señala. Él mismo no lo sabe, pero cuando abre el libro y se sumerge en las palabras, es una persona feliz, ausente de este mundo, embebida en algo que, aunque habla de su ciudad, no es en este momento su ciudad, sino otra cosa mejor y más manejable, unas palabras que intentan representarla.

En el fondo septentrional del valle, el río se encañona entre dos paredes de peñas afiladas como sierras y termina su curso abruptamente, en el Salto de los Desesperados. El Salto es una cascada que se precipita por poco menos de mil varas castellanas, con largas caídas y breves pausas, tan vertiginosa y vertical que en su base, donde las aguas se rompen definitivamente y se esconden entre rocío y espumas, la vegetación cambia porque el clima ya es otro, el sol se enardece y la humedad se adensa, haciendo que el aire adquiera la consistencia pesada y malsana de la Tierra Caliente. El Turbio termina allí, con un suicidio, sin desembocar en parte alguna, sin ir a dar en la mar ni ser afluente de nadie. Literalmente, como si fuera de esponja, se lo traga la tierra. Se sabe que por allí hay cavernas, y es posible que una parte del Turbio siga un curso subterráneo, pues por un costado de la cueva de los Guácharos, no muy lejos del Salto de los Desesperados, hay agua enterrada que fluye despacio.

La base del Salto, desde tiempos inmemoriales, ha sido conocida como Boca del Infierno, por la voracidad sedienta con la que, como un volcán invertido, se traga el agua sin devolverla, dejando en el aire, por mucho espacio a la redonda, rocío suspendido que se deposita lentamente en las hojas de los helechos y de la caña brava, algo de espuma sucia entre las piedras, y un inmenso hongo de niebla espesa, del color de la leche, que se empieza a condensar desde el ocaso y solo se disipa por momentos, con intervalos inciertos, hacia el mediodía. Boca del Infierno fue también un nombre que se impuso por motivos religiosos, como una admonición a la multitud de suicidas que, en el siglo pasado, elegían el Salto como el sitio ideal —por infalible— para terminar voluntariamente con sus vidas. El golpe definitivo contra las piedras de la muerte coincidía con la entrada en el Averno, destino ineluctable de todos los suicidas, según nuestra amorosa religión verdadera. Cuenta una leyenda angosteña que todos los suicidas, al caer, se convierten en arbustos o guijarros y luego en árboles, en pájaros o en piedras. Esta intuición poética obedece probablemente al hecho incontrovertible de que allí es imposible rescatar los cadáveres.

Lince levanta los ojos y piensa en los suicidas. Si él fuera a suicidarse, se dice, no lo haría en el Salto. Me pegaría un tiro. O, mejor que eso, me haría pegar un tiro, que aquí es mucho más fácil y más barato. Pondría un aviso en el periódico: «Busco un sicario que me quiera matar. Honrosa (o jugosa, o al menos decorosa) recompensa». Y dejaría el teléfono de La Comedia para hacer el contrato. En realidad ya nadie se suicida en los Desesperados, aunque no por esto el sitio ha perdido su aroma de desgracia. Ahora el Salto es eso que en Angosta se conoce como «un botadero de muertos». Primero los matan de un tiro y luego l

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