Loading...

ARTEMISA

Andy Weir

0


Fragmento

9205.png 

Reboté sobre el terreno gris y polvoriento hacia la enorme cúpula de la Burbuja Conrad. Su esclusa de aire, bordeada de luces rojas, se alzaba a una distancia inquietantemente lejana.

Es difícil correr con un centenar de kilos de material encima, incluso en la gravedad lunar. Aun así, te sorprendería la prisa que puedes darte cuando te juegas la vida.

Bob corría detrás de mí. Su voz sonó en la radio.

—¡Deja que conecte mis depósitos a tu traje!

—Solo conseguirás morir tú también.

—La fuga es enorme. —Resopló—. Veo el gas saliendo de tus depósitos.

—Gracias por los ánimos.

—Soy patrón EVA —dijo Bob—. Para ahora mismo y deja que pruebe una conexión cruzada.

—Negativo. —Seguí corriendo—. He oído un pum justo antes de la alarma de filtración. Fatiga de metales. Tiene que ser la junta de la válvula. Si te conectas pincharás tu tubo en un borde afilado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¡Estoy dispuesto a correr el riesgo!

—Yo no estoy dispuesta a dejarte —dije—. Confía en mí en esto, Bob. Conozco el metal.

Empecé a dar zancadas largas, incluso saltos. Sentía que me desplazaba como a cámara lenta, pero era la mejor manera de moverme con todo ese peso. El monitor de avisos de mi casco decía que la esclusa de aire estaba a cincuenta y dos metros de distancia. Miré la pantallita del brazo. Mi reserva de oxígeno se desplomó mientras observaba. Así que dejé de mirar.

Las zancadas largas dieron resultado. Estaba yendo a toda leche. Hasta dejé atrás a Bob, y él es el patrón de actividades extravehiculares con más talento de la Luna. Este es el truco: añade más impulso hacia delante cada vez que toques el suelo. Aunque eso también significa que cada salto es complicado. Si la cagas, te caes de morros y te deslizas por el suelo. Los trajes espaciales son resistentes, pero es mejor no triturarlos contra el regolito.

—¡Estás yendo demasiado deprisa! ¡Si tropiezas puedes partir la visera!

—Mejor que respirar el vacío —dije—. Me quedan unos diez segundos.

—Voy muy por detrás —dijo—. No me esperes.

No me di cuenta de lo deprisa que estaba yendo hasta que las placas triangulares de Conrad llenaron mi visión. Estaban creciendo con mucha rapidez.

—¡Mierda!

No había tiempo para frenar. Di un salto final y añadí una voltereta adelante. Lo sincronicé bien —más por suerte que por capacidad— e impacté en la pared con los pies. De acuerdo, Bob tenía razón. Estaba yendo demasiado deprisa.

Caí al suelo, pero conseguí levantarme y me agarré a la manivela de cierre de la escotilla.

Me zumbaron los oídos. Las alarmas atronaron en el interior de mi casco. El depósito estaba en las últimas y ya no podía contrarrestar más la filtración.

Empujé la escotilla y caí en el interior. Jadeé en busca de aire y se me nubló la visión. Cerré la escotilla de una patada, alcancé el depósito de emergencia y arranqué el regulador.

La parte superior del depósito salió volando y el aire anegó el compartimento. Salió demasiado deprisa, la mitad de él licuado en una bruma de partículas por el enfriamiento que se produce con la expansión rápida. Caí al suelo, al borde del desmayo.

Recuperé un poco el aliento y contuve las ganas de vomitar. No estaba ni mucho menos acostumbrada a semejante esfuerzo. Empecé a sentir un dolor de cabeza por privación de oxígeno que me acompañaría durante unas cuantas horas como mínimo. Me las había ingeniado para sufrir mal de altura en la Luna.

El silbido se convirtió en un goteo, luego terminó.

Bob llegó por fin a la escotilla. Lo vi mirar al interior a través de la ventanita redonda.

—¿Estatus? —preguntó por radio.

—Consciente —dije, jadeando.

—¿Puedes ponerte de pie? ¿O pido asistencia?

Bob no podía entrar sin matarme: yo estaba tumbada en la esclusa de aire con un traje defectuoso. Sin embargo, cualquiera de las dos mil personas que habitaban en el interior de la ciudad podía abrir la esclusa desde el otro lado y arrastrarme dentro.

—No hace falta.

Me puse a gatas, luego de pie. Me estabilicé contra el panel de control e inicié el proceso de limpieza. Propulsores de aire de alta presión descargaron sobre mí desde todos los ángulos. Revoloteó polvo lunar gris por toda la esclusa, pero enseguida fue absorbido por los filtros de ventilación de la pared.

Después de la limpieza, la puerta interior de la esclusa de aire se abrió automáticamente.

Entré en la antecámara, volví a cerrar y me derrumbé en un banco.

Bob llevó a cabo el ciclo de la esclusa de aire de la manera normal, sin la utilización dramática del depósito de emergencia (que ahora habría que sustituir, por cierto), solo el método habitual de bombas y válvulas. Después de su ciclo de limpieza, se reunió conmigo en la antecámara.

Ayudé a Bob a quitarse el casco y los guantes sin decir nada. Nunca tienes que dejar que alguien se quite el traje solo. Se puede hacer, claro, pero es un incordio. Hay una tradición en estas cosas. Bob me devolvió el favor.

—Bueno, vaya putada —dije cuando me levantó el casco.

—Casi te mueres. —Se desembarazó de su traje—. Deberías haber escuchado mis instrucciones.

Me retorcí para terminar de quitarme el traje y miré la parte de atrás. Señalé un trozo de metal recortado que había sido una válvula.

—Ha estallado la válvula. Lo que te he dicho. Fatiga de metales.

Bob miró la válvula y asintió.

—Vale. Tenías razón en rechazar la conexión cruzada. Bien hecho. Pero, aun así, esto no debería haber ocurrido. ¿De dónde demonios sacaste ese traje?

—Lo compré de segunda mano.

—¿Por qué compras un traje usado?

—Porque no podía pagar uno nuevo. Casi no tenía dinero suficiente para uno usado y sois tan capullos que no me dejaréis unirme al gremio hasta que tenga un traje.

—Deberías haber ahorrado para uno nuevo.

Bob Lewis es un antiguo marine de Estados Unidos que no se anda con tonterías. Más importante, es el preparador principal del gremio EVA. Responde ante el jefe del gremio, pero Bob y solo Bob determina tu aptitud para convertirte en miembro. Y si no eres miembro, no estás autorizado a hacer actividades extravehiculares en solitario ni a dirigir grupos de turistas en la superficie. Así funcionan los gremios. Cretinos.

—Bueno. ¿Qué tal lo he hecho?

Bob resopló.

—¿Estás de broma? Has suspendido el examen, Jazz. Has suspendido a lo bestia.

—¿Por qué? —pregunté—. He hecho todas las maniobras requeridas, he cumplido todas las tareas y he terminado la carrera de obstáculos en menos de siete minutos. Y, cuando ha ocurrido un problema casi fatal, he evitado poner en peligro a mi compañero y he llegado a salvo a la ciudad.

Bob abrió una taquilla y guardó sus guantes y casco.

—Tu traje es tu responsabilidad. Ha fallado. Eso significa que tú has fallado.

—¿Cómo puedes culparme por esa fuga? ¡Todo estaba bien cuando hemos salido!

—Esta profesión se basa en los resultados. La Luna es una vieja hija de puta. No le importa por qué falla tu traje. Simplemente te mata cuando te falla. Deberías haber inspeccionado mejor tu material. —Colgó el resto de su traje en su estante personalizado de la taquilla.

—¡Vamos, Bob!

—Jazz, casi te mueres. ¿Cómo voy a aprobarte? —Cerró la taquilla y empezó a marcharse—. Puedes volver a presentarte al examen dentro de seis meses.

Le cerré el paso.

—¡Es ridículo! ¿Por qué he de poner mi vida en espera por una regla arbitraria del gremio?

—Presta más atención a la inspección del equipo. —Me esquivó y salió a la antecámara—. Y paga lo que tengas que pagar para que te arreglen esa fuga.

Lo observé marcharse antes de derrumbarme en el banco.

—Joder.

Avancé a través del laberinto de pasillos de aluminio hasta mi casa. Al menos no era una larga caminata. Toda la ciudad tiene solo medio kilómetro de largo.

Vivo en Artemisa, la primera ciudad de la Luna (y hasta el momento la única). Está formada por cinco esferas enormes llamadas «burbujas». Están medio sepultadas, así que el aspecto de Artemisa coincide con la descripción de una ciudad lunar en los viejos libros de ciencia ficción: una serie de cúpulas. No puedes ver las partes que están bajo tierra.

La Burbuja Armstrong está en medio, rodeada por Aldrin, Conrad, Bean y Shepard. Las burbujas se conectan con sus vecinas por medio de túneles. Recuerdo que hice un modelo de Artemisa como trabajo manual en la escuela primaria. Muy simple: solo unas bolas y palitos. Tardé diez minutos.

Es caro llegar aquí y cuesta una fortuna vivir en Artemisa. Pero una ciudad no puede limitarse a turistas ricos y multimillonarios excéntricos. También necesita trabajadores. ¿No esperarás que don Ricachón III limpie su propio lavabo?

Yo formo parte de los pringados.

Vivo en Conrad –15, una zona fea que está quince plantas por debajo de la superficie, en la Burbuja Conrad. Si mi barrio fuera vino, los enólogos lo describirían como «lamentable en boca, con matices de fracaso y pobres decisiones vitales».

Recorrí la fila de puertas cuadradas casi pegadas hasta que llegué a la mía. La mía era una litera «inferior», al menos. Es más fácil entrar y salir. Pasé el gizmo sobre el cierre y la puerta se abrió. Me metí a gatas y cerré tras de mí.

Me tumbé en la cama y miré al techo, que estaba a menos de un metro de mi cara.

Técnicamente, es un «domicilio cápsula», pero todo el mundo los llama ataúdes. Es solo un camarote minúsculo con una puerta que puedo cerrar. El ataúd solo tiene un uso: dormir. Bueno, está bien, hay otro uso (que también implica estar en horizontal), pero ya me entiendes.

Tengo una cama y un estante. Nada más. Hay un cuarto de baño comunal al fondo del pasillo y duchas públicas no muy lejos. Mi ataúd no va a salir pronto en Mejores casas y paisajes lunares, pero es lo único que puedo permitirme.

Miré la hora en mi gizmo.

«Mieeeerda.»

No había tiempo para darle vueltas. El carguero de la KSC iba a alunizar esa tarde y tenía trabajo que hacer.

Para dejarlo claro: el sol no define «tarde» para nosotros. Solo tenemos un «mediodía» cada veintiocho días terrestres y no podemos verlo de todos modos. Cada burbuja cuenta con dos cascos de seis centímetros de grosor con un metro de roca aplastada entre ellos. Podrías disparar un obús a la ciudad y aun así no causarías ninguna fuga. La luz del sol, desde luego, no puede entrar.

Entonces, ¿qué usamos para controlar el paso del tiempo? La hora de Kenia. Era por la tarde en Nairobi, así que era por la tarde en Artemisa.

Estaba sudorosa y sucia por mi EVA casi mortal. No tenía tiempo para una ducha, pero al menos podía cambiarme. Me tumbé, me quité mi ropa refrigerante EVA y me puse el mono azul. Ajusté el cinturón, me senté con las piernas cruzadas y me até el pelo en una cola de caballo. Cogí mi gizmo y salí.

No tenemos calles en Artemisa. Tenemos pasillos. El metro cuadrado cuesta mucho dinero en la Luna y desde luego no van a desperdiciarlo en calles. Puedes tener un cochecito eléctrico o un escúter si quieres, pero los pasillos están diseñados para el tráfico peatonal. La gravedad es seis veces menor que en la Tierra. Caminar no requiere mucha energía.

Cuanto más cutre es el barrio, más estrechos son los pasillos. Los pasillos de los sótanos de Conrad son decididamente claustrofóbicos. Son justo lo bastante anchos para que se crucen dos personas si se ponen de costado.

Serpenteé entre los pasillos hacia el centro de la planta –15. No había ningún ascensor cerca, así que subí los peldaños de tres en tres. Las escaleras en esencia son como las escaleras de la Tierra, pequeños peldaños de veintiún centímetros de alto. Hace que los turistas se sientan más cómodos. En zonas donde no hay turistas, los peldaños tienen medio metro de alto. Ventajas de la gravedad lunar. El caso es que subí por los escalones de turistas hasta que alcance la planta de superficie. Subir quince plantas por la escalera probablemente suena horrible, pero no es gran cosa aquí. Ni siquiera estaba cansada.

En la planta de superficie es donde están todos los túneles de conexión con otras burbujas. Por supuesto, todas las tiendas, boutiques y otras trampas para turistas quieren estar allí para aprovecharse del tráfico peatonal. En Conrad, eso más que nada quiere decir restaurantes que venden mejunje a turistas que no pueden pagar comida de verdad.

Una pequeña multitud entró en el Conector Aldrin. Es la única forma de llegar de Conrad a Aldrin (salvo dar toda la vuelta por Armstrong), así que es una avenida muy concurrida. Pasé junto a una enorme puerta circular de cierre automático por el camino. Si se produjera una fuga en el túnel, el aire que escaparía de Conrad obligaría a cerrar esa puerta. Todo el mundo se salvaría en Conrad. Si te encontraras en el túnel en ese momento, bueno, mala suerte.

—Vaya, si es Jazz Bashara —dijo un capullo a mi lado.

Actuaba como si fuéramos amigos. No lo éramos.

—Dale —dije. Seguí caminando.

Se dio prisa para darme alcance.

—Debe de estar a punto de llegar un carguero. Nada más consigue que te pongas de uniforme.

—Eh, ¿recuerdas cuando me importaba una mierda lo que tenías que decir? Oh, espera, fallo mío. Eso nunca ocurrió.

—He oído que has suspendido el examen EVA hoy. —Chascó la lengua en una falsa muestra de decepción—. Vaya putada. Yo aprobé a la primera, pero no todos pueden ser como yo, ¿no?

—Vete a la mierda.

—Sí, iba a decirte que los turistas pagan buena pasta por salir. Joder, voy ahora mismo al Centro de Visitantes a dar unos paseos. Juntaré dinero a paladas.

—Asegúrate de saltar en las rocas más afiladas cuando estés fuera.

—No —dijo—. La gente que ha aprobado el examen sabe que no hay que hacer eso.

—Era solo una diversión —dije como si tal cosa—. No es que los paseos espaciales sean un gran trabajo.

—Sí, tienes razón. Algún día espero ser una chica de reparto como tú.

—Porteadora —gruñí—. El término es porteadora.

Él se rio de un modo que me dio ganas de arrearle. Por suerte habíamos llegado a la Burbuja Aldrin. Le di un codazo para pasar por delante de él y meterme en el conector. La puerta de cierre automático de Aldrin estaba alerta, igual que la de Conrad. Me apresuré a adelantarme y di un brusco giro a la derecha para salir del campo de visión de Dale.

Aldrin es lo contrario a Conrad en todos los sentidos. Conrad está lleno de fontaneros, sopladores de cristal, trabajadores del metal, talleres de soldadores, talleres de reparaciones... y una larga lista. En cambio, Aldrin es un auténtico resort. Tiene hoteles, casinos, casas de putas, teatros e incluso un parque auténtico con hierba de verdad. Los turistas ricos de toda la Tierra vienen a pasar estancias de dos semanas.

Pasé a través del Arcade. No era la ruta más rápida al lugar al que iba, pero me gustaba la vista.

Nueva York tiene la Quinta Avenida, Londres tiene Bond Street y Artemisa tiene el Arcade. Las tiendas no se molestan en poner los precios. Si tienes que preguntarlo es que no te lo puedes permitir. El Ritz-Carlton de Artemisa ocupa una manzana entera y tiene cinco plantas hacia arriba y otras cinco hacia abajo. Una sola noche allí cuesta doce mil slugs, más de lo que gano en un mes como porteadora (aunque tengo otras fuentes de ingresos).

A pesar del coste de las vacaciones lunares, la demanda siempre excede la oferta. La gente de clase media de la Tierra se lo puede permitir como una experiencia de una vez en la vida con la financiación adecuada. Se quedan en hoteles más cutres, en burbujas más cutres como Conrad. Pero los ricos viajan cada año y se hospedan en hoteles bonitos. Y compran, vaya que sí.

Más que ningún otro sitio, Aldrin es el punto de entrada del dinero en Artemisa.

No había nada en el distrito comercial que estuviera a mi alcance. Pero algún día tendría dinero suficiente para sentirme como en casa allí. Ese era mi plan, al menos. Eché un vistazo más, luego di media vuelta y me dirigí al Puerto de Entrada.

Aldrin es la burbuja más cercana a la zona de alunizaje. La gente rica no quiere mancharse viajando a través de zonas pobres. Hay que llevarlos directamente a la parte bonita.

Caminé a grandes zancadas por la larga entrada en arco al puerto. El enorme complejo de la esclusa de aire es la segunda cámara más grande de la ciudad. (Solo el Parque Aldrin es más grande.) La sala zumbaba de actividad. Me deslicé entre trabajadores que fluían eficientemente de un lado a otro. En la ciudad, tienes que caminar despacio o tropiezas con los turistas. En cambio, el puerto es solo para profesionales. Todos conocemos el Paso Largo de Artemisa y podemos abrir gas.

En el lado norte del puerto, unos pocos pasajeros esperaban cerca de la esclusa del tren. La mayoría se dirigían a los reactores de la ciudad y a la fundición Sanches Aluminium, un kilómetro al sur de Artemisa. La fundición utiliza cantidades demenciales de calor y productos químicos sumamente asquerosos, de manera que todo el mundo está de acuerdo en que debería estar lejos. En cuanto a los reactores..., bueno..., son reactores nucleares. También nos gusta tenerlos lejos.

Dale apareció en el andén del tren. Iría al Centro de Visitantes del Apolo 11. A los turistas les encanta. El trayecto en tren de media hora ofrece vistas asombrosas de la superficie lunar y el Centro de Visitantes es un gran sitio para contemplar el escenario del primer alunizaje sin despresurizarse nunca. Y para aquellos que quieren aventurarse a salir para tener una vista mejor, Dale y otros patrones EVA están listos para guiarlos en una visita.

Justo delante de la esclusa del tren había una enorme bandera de Kenia. Debajo de esta se leían las palabras: «Está subiendo a bordo de la Plataforma Exterior Artemisa Kenia. Esta plataforma es propiedad de la Kenya Space Corporation. Se aplican las leyes marítimas.»

Lancé miradas como cuchillos a Dale. Él no se fijó. Maldición, una perfecta mirada de mala leche desperdiciada.

Verifiqué el programa de la zona de alunizaje en mi gizmo. No hay nave de carne hoy (así llamamos a las naves de pasajeros). Solo vienen una vez al mes, más o menos. Faltaban tres días para la siguiente. Gracias a Dios. No hay nada que incordie más que chicos con fondos fiduciarios buscando «chochito lunar».

Me dirigí al lado sur, donde la esclusa de aire de carga ya estaba lista. Podía contener diez mil metros cúbicos de carga en un único ciclo, pero acoplarla era un proceso lento. La cápsula había llegado horas antes. Los patrones EVA habían llevado toda la cápsula a la esclusa de aire y la habían sometido a una limpieza de aire a alta presión.

Hacemos todo lo que podemos para evitar que el polvo lunar entre en la ciudad. Cielos, ni siquiera me había saltado la limpieza después de mi aventura fallida con la válvula un rato antes. ¿Por qué pasar por tantas molestias? Porque respirar polvo lunar es extremadamente dañino. Está formado por rocas minúsculas y aquí no hay clima que las erosione. Cada mota es una pesadilla de alambre de púas esperando a desgarrarte los pulmones. Es mejor fumarte un paquete de cigarrillos de asbesto que respirar esa mierda.

Para cuando llegué a la esclusa de carga, la gigantesca puerta interior estaba abierta y habían empezado a descargar la cápsula. Me acerqué a Nakoshi, el jefe de estibadores. Estaba sentado detrás de su mesa de inspección, examinando el contenido de una caja de envío. Satisfecho al ver que no contenía contrabando, cerró la caja y le puso el sello con el símbolo de Artemisa, una A mayúscula con el lado derecho estilizado para que pareciera un arco y una flecha.

—Buenos días, señor Nakoshi —dije con alegría.

Él y mi padre habían sido colegas desde que yo era niña. Era como de la familia, como un tío querido.

—Ponte en contacto con los otros porteadores, mierdecilla.

Vale, tal vez más bien un primo lejano.

—Vamos, señor Nakoshi —lo adulé—, llevo semanas esperando este envío. Hablamos de esto.

—¿Has transferido el pago?

—¿Has sellado el paquete?

Mantuvo el contacto visual y metió la mano debajo de la mesa. Sacó una caja todavía cerrada y la deslizó hacia mí.

—No veo ningún sello —dije—. ¿Hemos de hacer las cosas así cada vez? Nos llevábamos bien. ¿Qué pasó?

—Creciste y te convertiste en un incordio.

Puso su gizmo encima de la caja.

—Y tenías mucho potencial. Lo desperdiciaste. Tres mil slugs.

—Quieres decir dos mil quinientos. Como acordamos.

Él negó con la cabeza.

—Tres mil. Rudy ha estado husmeando. Más riesgo significa más caro.

—Eso parece más un problema tuyo que mío —dije—. Acordamos dos mil quinientos.

—Hum —dijo—. Tal vez debería hacer una inspección detallada entonces. A ver si hay algo aquí que no debería estar...

Fruncí los labios. No era el momento de ponerme firme. Abrí el software bancario de mi gizmo e inicié la transferencia. Los gizmos hacen la misma magia que hacen los ordenadores para identificarse entre ellos y verificarse.

Nakoshi cogió su gizmo, verificó la página de confirmación y asintió con aprobación. Puso un sello en la caja.

—¿Qué hay, por cierto?

—Porno, sobre todo. Tu madre es la protagonista.

Resopló y continuó con sus inspecciones.

Y esa es la forma de entrar contrabando en Artemisa. Muy sencillo, en realidad. Lo único que hace falta es un funcionario corrupto al que conoces desde que tenías seis años. Llevar el contrabando a Artemisa..., bueno, es otra historia. Más sobre eso después.

Podría haber recogido un montón de paquetes más para entregar, pero ese era especial. Caminé hasta mi cochecito y salté al lado del conductor. No necesitaba estrictamente un cochecito —Artemisa no estaba preparada para vehículos—, pero me movía con más rapidez, y podía entregar más cosas de ese modo. Como me pagaban por entrega, merecía la inversión. Controlarlo es un incordio, pero es bueno para llevar cosas pesadas. Así que decidí que era macho. Lo llamé Trigger.

Pagaba una cuota mensual para guardar a Trigger en el puerto. ¿Dónde más lo podría guardar? Tengo menos espacio en casa que un preso en la Tierra. Puse en marcha a Trigger, no necesita llave ni nada. Solo un botón. ¿Por qué alguien iba a robar un cochecito? ¿Qué harías con él? ¿Venderlo? Nunca te saldrías con la tuya. Artemisa es una ciudad pequeña. Nadie roba nada. Bueno, está bien, hay algunos hurtos en las tiendas. Pero nadie se lleva cochecitos.

Salí del puerto motorizada.

Conduje a Trigger a través de los pasajes opulentos de la Burbuja Shepard. Estaba a años luz de mi barrio sórdido. En los pasillos de Shepard había paneles de madera y moqueta elegante que absorbía el ruido. Cada veinte metros colgaba un candelabro para dar luz. Al menos los candelabros no son ridículamente caros. Tenemos un montón de silicio en la Luna, así que el cristal se fabrica aquí. Pero, aun así, menuda petulancia.

Si piensas que hacer vacaciones en la Luna es caro, no quieras saber lo que cuesta vivir en la Burbuja Shepard. Aldrin está lleno de resorts y hoteles caros, pero Shepard es el lugar donde viven los artemisianos ricos.

Me dirigía a la propiedad de uno de los cabrones más ricos de la ciudad: Trond Landvik. Había ganado una fortuna en la industria de telecomunicaciones noruega. Su casa ocupaba una gran porción de la planta de superficie de Shepard; estúpidamente enorme, considerando que era solo para él, su hija y una criada. Pero, eh, era su dinero. Si quería tener una casa grande en la Luna, ¿quién era yo para juzgarlo? Yo solo le llevaba mierda ilegal cuando me la pedía.

Aparqué a Trigger al lado de la entrada de la propiedad (una de las entradas) y pulsé el timbre. La puerta corredera se abrió para revelar a una mujer rusa corpulenta. Irina llevaba con los Landvik desde el alba de los tiempos.

Me miró sin decir nada. Le devolví la mirada.

—Entrega —dije por fin.

Irina y yo habíamos interactuado infinidad de veces en el pasado, pero me hacía decir para qué venía cada vez que me presentaba en la puerta.

Resopló, se volvió y se metió en la casa. Esa fue mi invitación a entrar.

Puse cara sarcástica a la espalda de Irina mientras ella me conducía a través del vestíbulo de la mansión. Señaló al fondo del pasillo y tomó la dirección opuesta sin decir ni una palabra.

—¡Siempre es un placer, Irina! —grité tras ella.

Al otro lado del pasillo abovedado, encontré a Trond reclinado en un sofá, con chándal y una bata. Estaba charlando con un hombre asiático al que no había visto nunca.

—El caso es que el potencial para ganar dinero existe. —Me vio entrar y esbozó una amplia sonrisa—. ¡Jazz! ¡Siempre me alegro de verte!

El invitado de Trond tenía una caja abierta a su lado. Sonrió con educación y cerró la caja con torpeza. Por supuesto, ese gesto me picó la curiosidad cuando de otra manera no me habría importado una mierda.

—Yo también me alegro de verte —dije.

Dejé el contrabando en el sofá.

Trond hizo un gesto hacia el invitado.

—Te presento a Jin Chu, de Hong Kong. Jin, ella es Jazz Bashara, una chica local. Creció aquí, en la Luna.

Jin inclinó la cabeza con rapidez, luego habló con acento americano.

—Encantado, Jazz.

Me pilló con la guardia baja y supongo que se notó.

Trond rio.

—Sí, Jin es producto de escuelas privadas de clase alta de Estados Unidos. Hong Kong es un sitio mágico.

—Pero no tan mágico como Artemisa. —Jin sonrió—. Es mi primera visita a la Luna. Soy como un chico en una tienda de caramelos. Siempre me ha encantado la ciencia ficción. Crecí viendo Star Trek. Ahora puedo vivirlo.

—¿Star Trek? —dijo Trond—. ¿En serio? Eso tiene como cien años.

—Calidad es calidad —dijo Jin—. El tiempo es irrelevante. Nadie se mete con los lectores de Shakespeare.

—Bien dicho. Pero no hay ninguna chica cañón alienígena que seducir aquí. No puedes ser el capitán Kirk.

—En realidad —dijo Jin Chu levantando un dedo—, Kirk únicamente tuvo sexo con tres mujeres alienígenas en toda la serie clásica. Y ese número supone que se acostó con Elaan de T ...