Loading...

BLACK OUT

María Moreno

0


Fragmento

Entonces murió también mi padre. No lo velé pero cumplí su pedido de ser enterrado en la pequeña parcela que su familia tenía en el cementerio de Olivos: el traslado no estaba incluido entre las prestaciones de su jubilación —pero ¿quién se anima a desoír los pedidos de un moribundo?—; sí, el servicio funerario y el féretro, de una madera brillante y rojiza que elegí como si él hubiera podido verlo y reírse. Pedí dinero prestado a mi editora de entonces. Apenas la conocía, pero ya había sableado lo suficientemente a mis amigos como para reincidir aun por razones dramáticas, y ella tal vez achacara mi pedido al estilo del autor marginal cuyo trato formaría parte de los gajes de su oficio.

Le pedí a M que me reemplazara en la ceremonia. La esperé bebiendo en un bar frente al cementerio. M tiene la virtud de no perder la sangre fría en ninguna circunstancia. Cuando todo terminó, vino al bar, se pidió un café y comenzó a quejarse. Creo que no calibraba el lado cómico de su relato. Para colocar el féretro de mi padre hubo que reducir el cadáver precedente. Trozarlo hasta que los huesos ocuparan menos espacio, cambiar a una urna las cenizas de las partes incineradas. Deduje que eran los de mi abuela materna. Se me ocurrió que el tabú del incesto primaba bajo tierra: féretros y urnas separaban lo que sería polvo, y aun polvo común. M me contaba que no fue suficiente con mi abuela. También hubo que reducir a su hijo menor, muerto en un accidente de ómnibus. Mi padre no había sido un familiar simpático; mi abuela prefería a su hermano y allí estaba el odioso Cristobita imponiendo su corpacho y su féretro colorado: siempre había sido un extravagante. Le canté a M un trozo de “Boda negra”. Se escandalizó. En cambio le parecía natural darme esos detalles escatológicos. Hábil administradora, mascullaba contra la rapidez de las acciones de los enterradores, más destinadas —según su impresión— a no atrasar los próximos entierros que a la cortesía hacia los deudos, obligados a optar entre la integridad del muerto reciente y la de los anteriores, quizás ya moderadamente olvidados. Pensé en las pilas de Auschwitz, en el terrorismo visual de lo numeroso en la Historia, y en su opuesto, la pequeña pila de huesos fruto del destino biológico de uno solo, que ha gozado de una inscripción en su tumba, un par de placas con frases sentidas, a veces ambiciosas (esas latinadas ofrecidas a quien nunca las leerá), mientras bajo tierra los plazos municipales van favoreciendo una orgía sin carne que la madera podrida liberará en una composición caótica hasta que una deuda prolongada la destine a la fosa común.

Recibe antes que nadie historias como ésta

“Lisina = cadaverina. Diaminobutano o butanodiamina = putrescina.” Cada vez que moría un familiar querido y de edad avanzada, mi madre recitaba los químicos de la muerte en largas parrafadas modernistas, para concluir con una sentencia: “Estaba en edad de morir”. Objetivaba la descomposición de la carne en fórmulas cuyos números y letras la defendían del duelo, en este caso un duelo retrospectivo luego de muchos años de separación, hecho de capas de olvido sedimentadas sobre un amor muy antiguo por el que había sido el único hombre en su vida. M me contaba que, durante toda la ceremonia, permaneció sin llorar pero yo imaginé sus ganas de desplazar la atención prestada a su ex marido hacia su propia fragilidad y desdicha. Cuando el empleado de la funeraria preguntó cuáles de los hombres presentes se ofrecían para llevar al hombro el ataúd, tres amigas lesbianas dieron un decidido paso hacia adelante. El ataúd enfiló hacia la tumba con movimientos desiguales ya que mi hijo, que había tomado una de las manijas, era más alto que mis amigas. M me hacía el relato sin reírse; seguía indignada por el precio de la reducción de huesos.

—“Cadaverina y Putrescina como Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura” —le dije, recitando a Osvaldo Lamborghini y ella me hizo callar porque lo había dicho casi cantando.

Hay cuerpos que se descomponen más rápido, como los que han muerto por septicemia o por insolación. La muerte por infarto luego de un ataque cerebral, como la de mi padre, era inodora, al menos durante las primeras horas. Cadaverina y Putrescina tardarían en llegar. En un manual dedicado a la reducción de restos yo había leído cómo los microorganismos de la viruela, del ántrax y del cólera sobrevivían en los cadáveres durante mucho tiempo y eran contagiosos. Que en un cadáver de 1850, ante el lente de un microscopio, habían aparecido los pequeños virus de la viruela.

No era el caso de mi padre el de poder matar, una vez muerto. Tampoco su cadáver era radioactivo. Imaginé que por más que lo hubieran apretado para hacerle largar el aire hasta alcanzar los pulmones de enterradores mal equipados —apenas guantes de látex y botas de pescador—, ningún bacilo de Koch se habría volatizado hacia los vivos.

—La venganza de Margarita Gautier —le dije a M sin explicarme.

Luego del entierro fui en lancha hacia La Desabrida. Necesitaba escapar, alejarme por el río hacia esa morada húmeda que en ese momento me parecía un hogar. Gumier Maier respetó mi silencio. Yo me sentía aturdida. Dormí una siesta larga con breves despertares angustiados. Al atardecer tomé un sedante. Me tranquilicé. Por la noche ya estaba en el muelle preparándome para saltar al agua que el sol había calentado durante el día. En Tres Bocas el río es poco profundo. De noche, el mayor peligro era el de las Chris Craft que pasaban a velocidad y la única señal de una lucecita que parecía tener la propiedad de encenderse demasiado tarde, obligando a nadar precipitadamente hacia la orilla. Acababa de cenar una carne al vino preparada por mí, cuya salsa me había demandado casi medio litro de chianti ordinario. Luego bebí casi una botella de ginebra. Salté.

Tuve la precaución de nadar casi pegada a los pilotes de los muelles que estaban ubicados uno muy cerca del otro, siguiendo la diadema de luces de los faroles de los jardines y de la entrada de los porches.

Recuerdo que había reflectores sobre el cielo: provenían de los helicópteros de la policía que hacían redadas por las islas todos los fines de semana. Nadaba río abajo, a veces me detenía y hacía la plancha para mirar sobre mí el cielo estrellado.

—Zafé —me decía—, zafé.

No se puede llorar en una sustancia que se funde en las propias lágrimas. Y Gumier Maier, sentado en el muelle, podía verme desde lejos pero no hasta el punto de darse cuenta de que estaba llorando y, de haber estado más cerca, tampoco habría sido capaz de diferenciar sobre mi cara el agua del río de las lágrimas. Ese llanto, una vez derramado, terminaba también por ser irreconocible para mí, que no debía distraerme del tráfico y de nadar respirando acompasadamente al ritmo de las brazadas. Tuve la tentación de no volver, de seguir río abajo hasta la zona de quintas deshabitadas donde los muelles rotos me impedirían subir de nuevo a tierra. No intentaba una hazaña, ni siquiera una temeridad. Era como si el llanto y la natación se hubieran conjugado para desatar una especie de euforia, de prueba de potencia. Aun nadando contra corriente, sin mucho esfuerzo, los pies podían tocar el fondo. Sólo en medio del río era profundo. Pero existía en la deriva de mis pensamientos un horizonte de sin razón, una desobediencia que yo asociaba al gesto de John Glenn cuando, suspendido en el espacio, apenas conectado a la aeronave por un cable, dejó de escuchar la orden de volver, para gozar por un instante de ese flotar fuera de lo humano.

Gumier Maier comenzó a llamarme desde el muelle. Lo hacía con lengua bola de vino tinto y porro. Cada llamado era en voz más alta, angustiada. Quería que diera señales de vida, de que no me estaba ahogando o me había golpeado con un tronco de los tantos que emergían de las aguas, árboles podridos o talados, arrancados de cuajo por las tormentas. No tuve el impulso de contestar. Mi nombre me interrumpía la concentración. Desentonaba. Yo sentía el calor adentro del pecho y, por contraste, el frío del agua sobre la piel. Me gustaba la violencia de la sensación, el calor del alcohol en el interior del cuerpo. Ese grito lejano me advertía: yo ignoraba la resistencia de mi corazón, la desafiaba sin recordar mi edad y mi mal estado físico. La alegre irresponsabilidad, que desde afuera podía leerse como un gesto suicida, no tenía más sentido que una demostración de fuerza. Fuerza bruta ejercida con una prodigalidad de gigante que alguna vez me valió el apodo de Gargantúa. Destreza no: fuerza física, fuerza palurda del que se suicida mordiéndose las muñecas o tratando de separarse las mandíbulas con la mano como cabe a nuestra mitología paisana de hijos de inmigrantes. Tuve aliento para ir y volver. No recordaba que mi padre abría las botellas con los dientes, que nadaba mar afuera, con una rápida patada de crol de sus piernas delgadísimas como las mías. Ni me daba cuenta de que la boca abierta que sacaba fuera del agua, imitaba la curva de su agonía. Nadaba contra él, para alejarme de su muerte y, aunque volví, me pareció que era otra y que esa otra nadaba y bebía.

La boca de mi padre, esa tensa forma de herradura que se repite de la rabieta de infancia recién al final de la vida, de aquel llanto que precede a la asfixia siempre breve y por eso no debería llamarse así —asfixia— sino cuando el soplo afanoso de la respiración suele deslizarse cada vez más espaciado entre los labios tendidos hasta su expansión máxima, me obsesionaba en su misterio: mantenía su habitual color oscuro, su humedad, una frescura que sobresaltaba en el rostro pálido y escamado de viejo. Yo la miraba luchar y suponía que, desde algún vaivén asordinado de la conciencia, mi padre hacía gestos de succión hacia los pechos de las enfermeras que se volcaban sobre él para cambiarle las sábanas volviéndolo primero de un lado y luego del otro, mecánicamente, como si ya no fuera un hombre. Porque, quitada la dentadura postiza, hundidos los labios en esa cavidad oscura desde la que llegaba un aliento hecho de los químicos que lo mantenían vivo y la propia podredumbre, aún podía percibirse que esa boca había sido ávida.

Dos noches antes de que me llamaran del hospital para avisarme de su internación, habíamos estado comiendo en un restaurante de menú poco variado pero el más cercano al que podía llegar desde el geriátrico sin fatigarse. Hacía poco tiempo yo le había hecho cambiar la dentadura: la nueva le molestaba pero terminó por admitirla, ilusionado con las ventajas que le describía, evocándole su gran apetito carnívoro, su hastío por los platos que no requieren tragarse sino con la simple presión de las encías desnudas como aquellos a los que se había resignado cuando su dentadura anterior se arruinó y tuvo que dejarla, y entonces él me mostraba con tristeza cómo desaparecía en un santiamén, propio de quien quiere terminar cuanto antes con un trámite enojoso, el puré mixto con un chorro de aceite, la manzana rallada, el caldo pálido sin sal ni pimienta, la dieta monocorde del enfermo cautivo.

Era una dentadura estándar, pareja y nacarada, poco mimética con la natural de la que no quedaba ningún registro y cuyas piezas defectuosas habían ido mermando de a poco, a veces con ayuda de su dueño que se las arrancaba con brutalidad, riéndose tanto de la necesidad de un dentista como del truco popular que consiste en sujetarlas ya flojas a la manija de una puerta para que la entrada de alguien las haga volar en la punta del hilo sujetador.

Sentado a la mesa del restaurante, mi padre preguntó con la cara iluminada si había cerdo, en el fondo sabiendo que no era posible que hubiera en ese lugar con módicos platos del día, pero era un lance de suerte, y esa alegría suspendida antes de la negativa supongo que habrá sido una breve victoria sobre el límite interpuesto a su sueño sibarita. Luego mascó un bife de chorizo con premura, asomado a su plato y de cuatro bocados como yo lo había visto hacer desde la infancia, haciendo enfurecer a mi madre. Se sirvió vino de la jarra de un cuarto, un vaso tras otro, agitando la botella hasta sacarle la última gota. Ya no le dejaban beber bebida blanca que era su favorita y, en los meses de terapia intensiva, sobrio y dormido, se había acostumbrado.

Impedido de caminar, de tomar fotografías —su oficio—, fascinado por los noticieros —o más bien reducido a ellos debido a que los servicios del geriátrico sólo incluían, para su televisor, los canales de aire—, alegre con la posesión de un gato ante cuya presencia la institución hacía la vista gorda, sólo obsesionado por la cantidad de lo ingerido y la velocidad en saciar su hambre, haciendo ruido con esa boca en la que ya no entraría nada para inundar las papilas de un placer totalmente elegido, por ejemplo esos picantes que antaño solía espolvorear como un ogro, sin ninguna proporción, al recetario existente alguno, mi padre se había convertido en un apetito.

Tenía perfil de emperador romano. Cabeza y cuello en un mismo bloque, la nariz alineada con la frente aunque creo que a eso se le llama “perfil griego”. La descripción no es la de Electra como testigo ocular sino de mi madre ante sus amigas solteras y mayores, que habían visto a mi padre con sus propios ojos pero a las que ella hacía rabiar narrándolo. En realidad a mi padre lo llamaban con el nombre de otro emperador: el japonés. Hirohito había venido al país y su imagen estaba en las primeras planas de los diarios, la de un mestizo envarado, nunca sonriente, con altura de granadero. Y mi padre, como él, tenía los ojos oblicuos, un par de tajos brevísimos sobre una luminosidad amarilla que yo heredé y redondeo con un lápiz graso engrosado hasta el manierismo para dar la ilusión de una lágrima suspendida. Un artificio kitsch. Mi padre, escondido tras los lentes de carey, improvisaba un oriente de miope. El apodo de Hirohito no se debía solamente al parecido sino a ciertas simpatías filonazis que compartía con el emperador.

Creyéndose fea, mi madre ignoraba sus ardides femeninos, ardides que despreciaba pero ejercía y, para hacer rabiar a sus amigas, no sólo narraba la belleza de mi padre como si ellas no lo conocieran sino como si fuese una promotora o una representante artística: cuando por las noches salían a pasear por la Avenida Santa Fe para mirar vidrieras, las llevaba a que contemplaran el perfil de mi padre a su negocio de fotografías, un local estrecho a la altura de Callao. Yo las acompañaba. Con la luz de la vidriera apagada luego del horario de atención al público, mi padre leía o escribía frente a su escritorio. Seguramente revisaba los pedidos para el día siguiente. Un velador lo iluminaba desde arriba y mi madre señalaba la apostura de mi padre como una adquisición propia: a pesar de que ya no vivían juntos, era un acuerdo tácito con una ley que aún no aprobaba separar lo que había unido y las amigas asentían con hipocresía, tal vez consintiendo en que mi madre fuera vencedora quien sabe en qué zonas jamás definidas de la competencia entre mujeres.

Una vez mi padre se puso de pie y su sombra tapó la luz de la lámpara. Luego desapareció brevemente de escena. Cuando volvió a sentarse ante su escritorio se había puesto delante una botella de ginebra y un vaso. Lo señalé riéndome y mi madre, con brusquedad, me dio un topetazo en el hombro. Mi padre tomó un trago y las amigas de mi madre, supuse, se sintieron vencedoras: era un perfil de buen mozo en un echado del hogar conyugal que se había dado a la bebida. Y mi madre, no recuerdo con qué pretexto, nos hizo alejar.

Mi padre tenía un lado que desmentía su supuesta belleza. Unos dientes grandes que, sin el socorro oportuno de la ortodoncia, crecieron torcidos y filosos contra sus labios. El agua con flúor de las provincias en las que había trabajado los mancharon de amarillo, manchas pequeñas como pecas. Ese era el secreto de su boca sensual: su cualidad de herida.

Cuando se reía no se le veían los dientes: cierto accionar de su estructura ósea le había dado esa ventaja. De querer mostrar su parte fea, tenía que hacerlo deliberadamente, desenfundando la dentadura.

Para hacerme reír a mí, él solía encoger el labio inferior y desfigurarse aún más la boca mientras me corría con los dedos de las manos separados, afectando garras y pezuñas. Ese juego que me arrancaba gritos agudos solía irritar a mi madre, celosa de cualquier complicidad entre mi padre y yo, aunque también enojada por una actitud de él que juzgaba infantil e indigna de la virilidad. No entendí que su enojo sugería además que, aunque bromeara, a mi padre su defecto le daba pena. Un día tomé un gran pedazo de papel de paspartú y lo ocupé todo con un círculo. Luego dibujé la mínima traza del rostro humano: dos puntos por ojos, un palito, la nariz, todo rápido antes de ocuparme de la boca, demarcándola con una especie de banana donde fui dibujando pequeños triángulos irregulares que pinté en distintos tonos de marrón. Mi caja de 24 colores —las codiciadas alemanas de los años cincuenta donde los lápices se exhibían alineados bajo un fino papel de seda como si fueran bombones— permitía las gamas para alguien como yo que desconocía el arte del sombreado. Dos redondeles unidos por el medio, a modo de anteojos, señalaron la identidad del modelo. Tardé, me pareció, un tiempo muy largo, que imaginé merecedor de un elogio especial, sobre todo porque hasta entonces como dibujante festejada hasta la zalamería me había limitado a las hojas de cuaderno. Corrí a mostrarle el dibujo a mi padre. Primero miró el dibujo, luego a mí, muy serio. Luego hizo una especie de sonrisa, en realidad un rictus en donde no advertí su recuerdo de niño herido: hamacaba a su hermano menor y perdió algo en el suelo. Se agachó a recogerlo cuando la hamaca se alejaba a lo más alto de su curva, pero no lo hizo bien. La hamaca le voló todos los dientes de leche. Cuando crecieron los definitivos, su rostro, antes ascético, cambió súbitamente con ese morro llamativo, hecho de dientes desiguales y manchados que le hicieron difícil su relación con las mujeres desde el momento en que cada varón intenta sobreponerse con cierta prestancia a la edad del pavo. Busqué esa boca en el terreno del espíritu y la encontré en el joven Sartre, boca que a muchos repele —una boca Bardot clavada en la cabeza del existencialismo—, que también como la de mi padre, el fotógrafo, llevaba lentes. En el terreno del deseo, la encontré en una joven a quien también le sobresalían los dientes pero cuando la probé me pareció áspera, como sin sangre. A veces sueño con esa boca sola, la de mi padre, suspendida en el aire, separada de todo cuerpo, una abstracción, pero carnal.

La llegada del nieto permitió a mi padre una entrada espectacular a mi habitación del sanatorio, munido de una filmadora y lámparas de estudio que me enceguecieron mientras daba de mamar. No nos saludó ni nos dio un beso: su única manera de expresar amor era el registro, una película que pronto extraviaba o que nos proyectaba a desgano, una foto ya dañada por un revelado desprolijo e impaciente.

Cuando mi hijo era pequeño, todos los domingos mi padre nos hacía una visita para un almuerzo que él remataba con una larga siesta. Entonces yo preparaba los platos suculentos que le gustaban —ravioles con estofado, milanesas a caballo, flanes con crema y otros inductores de la siesta pesada anteriores a la política de la comida sana—. Con el almuerzo él se bajaba una botella de ginebra. La servía llenando el vaso cada vez y sin hielo y la tragaba haciendo muecas y estirando la cabeza hacia atrás. Alguna vez en broma le ofrecí un embudo. Me dijo que era mejor usar una tolva, un embudo para granos en el que el cono menor, decía, tenía el diámetro de su boca. Traje el que yo usaba para pasar de la damajuana a una botella el vino que solía comprar suelto; estaba jugando pero él no: se lo puso en la boca y levantó la cabeza para recibir así la ginebra. Mi hijo no tenía edad para poder sostener la botella. Todo el juego era peligroso. Lo impedí.

No sabía cuidar. Carecía del instinto, siquiera el sentido común como para no soltar la mano de un nieto de tres años que hace equilibrio sobre una pared, o lo arrojaba y recogía en el aire sin calcular la altura del techo y, con las manos, le apretaba demasiado el cuerpo o gritaba hasta asustarlo. Era el Frankenstein de James Whale, en la escena en que juega con la pequeña María a arrojar flores al agua del lago y sostiene esa expresión torpe en donde convergen las intenciones de un asesino y el remedo de una ternura humana.

No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.

DEL OTRO LADO DE LA PUERTA VAIVÉN

Miserere quería decir “ten compasión”. Y en aquel barrio, el Once de los años cincuenta, el nombre de la plaza parecía irradiar una fe de bautismo. La consigna de Florencio Sánchez —presentar como drama la fractura de clases a través de M’hijo el dotor— transgredió los límites del género para hacer que mi madre se recibiera de doctora en Química, dividiendo en dos un conventillo de la calle San Luis: en la parte de adelante —el living comedor—, los muebles de patas puntiagudas, la araña de caireles y la biblioteca con las obras de Pearl S. Buck y del doctor Van de Velde certificaban los emblemas de la clase media; en la parte de atrás, mi abuela conservaba la ropa de luto y el turbante en la cabeza con que remedaba sin saberlo a la Cándida de Niní Marshall. Allí resistía el conventillo oscuro con sus despojos mobiliarios y las convivencias espurias: la gallina alcancía de yeso, la reproducción eléctrica del Sagrado Corazón y su ramo de olivos seco, las cortinas de macramé y la puerta clausurada de la letrina.

Mi madre había saltado de clase social sin mudarse, sustituyendo por un departamento completo —la planta baja— el único cuarto que la familia ocupaba cuando el aporte económico era exclusivo de su padre taxista. Lectora de las obras del doctor Ramos Mejía, asociaba el pueblo al pecado, la infección y la barbarie. Yo estaba entre dos fuegos: el de las pitucas de enfrente que me llamaban insidiosamente “La Paloma” en alusión al sainete y el de los atorrantes de la pelota de trapo, embravecidos por el hecho de que una chica, a la que se le prohibía dirigirles la palabra, tuviera tal surtido de revistas mexicanas e, impedida de participar en las murgas de carnaval, una colección de instrumentos réplica lograda de los de la orquesta de Xavier Cugat.

La calle San Luis, una frontera difusa entre el Once y el Abasto —la ambición le dictaba a mi madre explicarla como perteneciente al Barrio Norte—, se extendía en negocios improvisados en un zaguán, edificios de departamentos donde la novedad del incinerador ofrecía una modernidad accesible en cómodas cuotas y casonas con garaje que no acostumbraban abrir sus persianas a ese tránsito de carros cargados de verduras, botellas vacías y artículos de mimbre; de reparadores de paraguas y de afiladores de cuchillos, amén de los clásicos cuenteniques a los que se burlaba repitiéndoles el antiguo pregón de “beines, beinetas, jabones, jabonetas”. Flanqueada por dos grandes conventillos ocupados por la comunidad turca —sobre Larrea vivían los Talamán, hoy prósperos toalleros y manteleros; sobre Paso, los Dayan, dueños de varias casas puestas en alquiler que nunca quedaban más allá del bar León—, San Luis retenía las primeras décadas del siglo XX. Un balcón de bajos, adornado con hierros retorcidos, fue mi primer mangrullo de curiosa. Curiosa a la que todo fascinaba, aun cuando no supiera leer y escribir, y sin otra tarea que la de tomar lista a las presencias repetidas y abocadas a tareas sin mayores variaciones: la puta que enseñaba el catecismo a domicilio, el niño que dormía en un cajón, la enana que llevaba una canasta sobre la cabeza, tenían una coloratura tan natural que no hacían falta palabras para narrar. Por otra parte, mi edad no daba para atesorar recuerdos populistas. Mi abuela era la portera de ese edificio de departamentos en ruinas al que ahora no se llamaba conventillo por el hecho de que mi madre viviera allí y hubiera puesto en la puerta una placa donde promocionaba su laboratorio de análisis clínicos. Yo ayudaba a mi abuela bajando la manija del automático en el tablero de las luces a la hora en que los escasos inquilinos calaveras salían para dirigirse al centro. Mi curiosidad se satisfacía en el interior, puesto que no se me permitía bajar a la calle y sólo podía moverme del balcón para adentro. La ocasión era la entrega de la correspondencia, que exigía la subida metódica de dos pisos por escalera. En el departamento dos, los Unger, los Seiden y los Fleicher; en el tres, los Wundailer, las Dimant y los Rodríguez; en el cuatro, el sargento Vera y el señor Zubarán, otros Rodríguez y las Pomeranz. Sólo la señora Mandelbaum vivía sola en un cuarto del segundo piso que antaño había sido la portería. Recuerdo las variadas caligrafías de los sobres, la Z barroca de la hermana del señor Zubarán cuya letra ocupaba todo el sobre, los trazos torpes que rezaban un “Rodríguez” con S y, en contraste, la complicada grafía de los apellidos judíos, como recuerdo la profusión de las cartas, su frecuencia, el enigma de los remitentes que iban de Goya a Lodz, la mayoría imposibles de leer en voz alta a la altura del primer grado superior.

Los Seiden, los Fleicher y la señora Mandelbaum llevaban tatuados en los brazos números de varias cifras, algo a lo que en mi casa se aludía en voz baja y cuyo sentido ignoré durante mucho tiempo. De la señora Ruth Seiden se decía que había estudiado pedagogía con Jean Piaget, que la pena de haber viajado desde tan lejos, de verse obligada a vivir con dos niños en un cuarto y hacer ella sola las tareas domésticas, la había desanimado de buscar la reválida de sus estudios. Una vez me hizo un test de inteligencia a través del vidrio roto de su departamento que daba sobre el patio del nuestro. Me mostró un zapatito minúsculo. Yo pregunté: “¿Y el otro?”, asociación que fue aplaudida. En una ocasión, llegué al departamento dos con una carta. La señora Seiden estaba lavando ropa en la pileta. Miré entonces, como hipnotizada, el brazo numerado que desaparecía en la espuma y luego reaparecía indemne, al ritmo de la tabla de lavar.

—¿Le dolió el tatuaje señora Ruth? —se me ocurrió preguntar.

—No es un tatuaje, chirusita. Es mi número de teléfono. Tengo tan mala memoria —dijo la señora Seiden, sin mirarme.

Cuando mi madre se enteró de este diálogo primero gritó, luego se rió y por último llamó llorando por teléfono al departamento dos. Perdón, perdón, repetía entre lágrimas. Su llanto me hizo llorar a mí. A través del teléfono podía casi palparse la discreción de la señora Seiden, sus palabras de consuelo y sobre todo su preocupación por mí. Al cortar, ya más tranquila, mi madre me dio una limitada versión sobre la existencia de los campos de exterminio, explicó los tatuajes pero no las cámaras de gas, el hambre pero no la muerte. Xenia Goldrosen, del quiosco de cigarrillos de la esquina de San Luis y Larrea, que salía a tomarse una copita en la vereda a la hora de la siesta, luego de colocar el cartelito de “Cerrado”, hablaba sin que le preguntaran.

—Treblinka. Padres marieron. Hijos marieron. Marido marió. Primos, abuelos marieron. ¿Qué dijo Xenia? ¡Mierda!: ¡Vivir!

Su pronunciación asociaba la muerte al casamiento. “Se marier” escuchaba yo, que recibía clases particulares de francés. Y Xenia estaba mariée en segundas nupcias con el señor José Neura, al que le faltaban las dos piernas y al que ella subía y bajaba por las escaleras de su casa, luego de lanzar un grito de karateka.

Un mundo caliente de interrogantes me mostraba seres extraños que, por desgracia, casi siempre permanecían inaccesibles. El parque Retiro, en el que moraba la terrible Flor Azteca —una cabeza parlante simulada por un juego de espejos—, los concursos de disfraz de La Enramada (mi niñera santiagueña había ganado uno como Reina de la Noche, con un vestido hecho con un trozo de organza negro y cubierto de estrellitas de papel de cigarrillo que yo había recogido en las plazas), la circulación de diferentes en un tiempo de encierros imperfectos o de solidaridades caseras, amén de la prosa de Emily Brontë traducida al radioteatro en la voz de Pedro López Lagar, me ofrecieron una constelación que jamás asocié con la tristeza, la discriminación y el genocidio, sino con la imaginación, la variedad y la mascarada. Mi preferida era la niña gárgola del Jardín Botánico. Diminuta, con rostro de tortuga y una piel traslúcida que transparentaba las venas, parecía mirarme sin verme. Sentada en un banco, junto a su nurse, tomaba sol girando de vez en cuando la cabeza en dirección a un transeúnte, al movimiento de las ramas de los árboles, a un sonido demasiado agudo. Era un Buda genético cuya vida, le habían pronosticado, sería muy corta.

La señora Mandelbaum, del segundo piso, escondía e ...