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BOGOTA EN EL LIMBO

Aurelio Suárez Montoya

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Fragmento

NI MILAGRO NEOLIBERAL
NI PRIMAVERA SOCIAL

Bogotá es más que una ciudad capital. Es una enorme aglomeración si se asimila al concepto de Área Metropolitana, que contempla al Distrito Capital y veinte municipios conurbados (CEDE) con los que comparte factores económicos y sociales, estructuras ambientales y territorios. Y si además se extiende a la idea de región1, puede abarcar hasta treinta y un municipios “organizados en corredores o tentáculos” por los cuatro puntos cardinales. Es, en la práctica, un país.

Esa población regional, que se puede acercar en 2017 a diez millones de personas, es casi igual a la de Bolivia, tres veces la de Uruguay, un 40 % más que la de Paraguay y casi el 75 % de la de Ecuador. En sentido amplio abarca ciudades dormitorio y de fin de semana, pero también un área periférica con subregiones integradas y a la vez especializadas, cuyas dinámicas se comparten con la metrópoli2 que, por ejemplo, recibe el 80 % de los alimentos que consume de los municipios localizados a trescientos kilómetros a la redonda.

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De estas realidades se deduce que su administración y gobierno entrañan gran complejidad, con un agravante: Bogotá no cuenta con una institucionalidad sólida, que esté a la altura de una tarea de esta magnitud.

Es abundante la literatura sobre los aspectos teóricos que se desprenden de dicha condición. La hay de distintas dependencias oficiales, de las órbitas internacional, nacional y local; del sector privado y de las universidades Nacional, Andes, Externado y Javeriana, en particular; de muchas ONG y de instituciones como la Academia Colombiana de Ciencias Económicas en trabajos relevantes de Edgard Revéiz, Rubén Darío Utría, Fabio Giraldo, Samuel Jaramillo y Jorge Iván González, entre otros.

Este libro guarda un sentido distinto. Retomando la afirmación según la cual “el crecimiento y el desarrollo humano no se deben observar al margen de la discusión política, la manera de apropiación y distribución de formas de producción y de consumo colectivo”3, se enfoca en la crónica y en la documentación básica de las políticas públicas puestas en marcha en Bogotá.

Dicha crónica tiene como fin desentrañar tanto las estructuras de poder que se instauraron entre 1992 y 2003 —trasladándole las mayores rentas y beneficios a la inversión privada y los costos a la comunidad general, al tenor de la Constitución de 1991—, como evaluar los impactos reales de las compensaciones que, a contramano, se dispensaron entre 2004 y 2015 en la búsqueda de una ecuación entre las crecientes tasas de ganancia del capital privado en áreas urbanas claves y los subsidios sociales que se implantaron en busca de equilibrio.

El que Bogotá ocupe ahora el tercer lugar como la ciudad más desigual del país detrás de Quibdó y Riohacha (DANE, 2017), cuando en 2010 era la quinta detrás de Quibdó, Cali, Medellín y Armenia (DANE, 2017), sirve de parámetro inicial de evaluación.

Los hechos son la materia prima y la fuente de verdad para el balance de los dos periodos delimitados: uno, el que se presentó como el “milagro bogotano” y, el otro, el que se denominó “gobiernos de izquierda”, en los cuales ahonda más este texto, por ser el debate principal.

Son precisamente los hechos aquí descritos los que servirán al lector para hacer una plena valoración de lo que ha acontecido en Bogotá en estos veinticinco años, independiente de las opiniones del autor, en particular sobre el traslado a grupos de inversionistas privados de algunas de las rentas que permiten financiar el agua potable; el saneamiento básico para la recolección y disposición de residuos sólidos y líquidos; la generación y la distribución de energía constante y de calidad; la infraestructura, y los sistemas de transporte; entre otros, de lo que se denomina “urbanismo moderno”.

Frente a ello hay opiniones que insisten en el mínimo Estado posible, máxime en las circunstancias actuales del país, de las que Bogotá no ha sido ajena, donde la corrupción viene campeando sobre las instituciones públicas entrando a saco sobre ellas. Por lo que se reseña en este libro, muchas personas pueden considerar que sigue pendiente el debate que ilustra la célebre máxima de si “no importa que el gato sea blanco o negro, el todo es que cace ratones”, aun si ello implica que “el gato” derive de sus operaciones sobre el resto de la comunidad excedentes superiores a las tasas medias de ganancia.

Al final, queda implícita la pregunta de si en la capital de Colombia, después de veinticinco años, el rumbo se ha perdido en tanto los balances de uno y de otro periodo —aun dentro de los objetivos propios, en lo que ambos denominan “modelo de ciudad”— no lograron adecuadas, efectivas, democráticas e integrales respuestas al bienestar y al progreso equitativo de sus habitantes.

No puede obviarse en ese balance el marco restrictivo que le imponen a la ciudad las políticas nacionales. Aspectos centrales como el desempeño económico, el empleo y los proyectos sociales y urbanos están anclados a la macroeconomía y a los planes de desarrollo de los gobiernos centrales, que en no pocas ocasiones, como en el caso del metro, se volvieron obstáculo para las iniciativas ciudadanas y la solución efectiva de los problemas locales específicos.

También debe tenerse en cuenta que Bogotá ha servido como experiencia piloto para programas oficiales que luego se implantan en el resto del país. Así ha sucedido con sectores como la salud, la educación, la seguridad y la movilidad, en especial en esta última, con los sistemas de transporte masivo que han causado estragos y alerta en Cali, Bucaramanga, Barranquilla, Pereira y Cartagena, en detrimento de los usuarios y de los mismos grupos de pequeños transportistas que se incorporaron en ellos.

La valoración “limpia” se ve ensombrecida por los actos de corrupción, delito y podredumbre que ensombrecieron a Bogotá durante la alcaldía de Samuel Moreno. Los análisis más simplistas reducen los problemas de la ciudad a esta sola circunstancia, que se aborda en el presente libro con detalle, para sustraerse de analizar la esencia de los modelos públicos que ejecutaron los distintos gobiernos desde 1992. Aquí, sin embargo, evalúo uno por uno, los gobiernos de Castro, Mockus I, Peñalosa I y Mockus II, que se agrupan en el “milagro bogotano”, y los de Lucho Garzón, Moreno Rojas, ...