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BOLIVAR Y LA REVOLUCIóN

Germán Arciniegas  

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Fragmento

PROEMIO

Nació y se formó Simón Bolívar en un siglo eminentemente revolucionario. Nunca antes, en cientos de años, se habían hecho críticas tan radicales. Se impuso entonces una nueva concepción del sistema planetario, se discutió el poder absoluto de los reyes, se reconoció a los pueblos el derecho de participar en el gobierno, se le dieron al parlamento funciones que no estaban en el cuadro normal de las posibilidades. Los fermentos de estas especulaciones o conquistas fueron llevando a la violencia y hubo al final confrontaciones sin precedentes. Por primera vez se vieron colocadas frente a frente América y Europa, y fueron simultáneas las discusiones sobre los mismos temas y las revueltas en el Viejo Mundo y en el Nuevo. Europa tuvo que enviar ejércitos a América en la primera guerra entre los dos hemisferios, y fue vencida. De entonces en adelante surgió un interlocutor inesperado y contradictorio, tal vez inoportuno y molesto en la historia universal.

Europa se negaba a reconocer cambios de esta naturaleza, que vinieron a afectar todas las teorías de gobierno, y un filósofo tan perspicaz como Hegel no se dio cuenta que cuando estaba escribiendo su Filosofía de la historia ya estaban sepultados, acababan de ser vencidos en América los imperios de Inglaterra, Francia, España y Portugal, es decir, la flor de su pensamiento imperial. Se estaba haciendo el deslinde que dejaba viva en Europa la monarquía —sí maltratada— y afirmaba en América la república, con deterioro de enseñanzas que venían de tiempos de Santo Tomás… o de Aristóteles. Las universidades que taparon durante tres siglos el sistema de Copérnico seguían negando el ser americano. Hasta hoy.

Dentro de esta evolución, ¿cómo situar la obra del Libertador nacido en Caracas? La revolución en América llegó a unos términos que no conoció el continente europeo, y puede decirse, sin que tiemble la afirmación, que fue más radical y positiva en Colombia o Paraguay que en París alumbrado por el incendio de La Bastilla. Abominaron Miranda y Bolívar, lo mismo que todos los teóricos de Caracas o de Bogotá, de la revolución de 1789. La condenaban por cuanto acabó montando la guillotina en la gran plaza de París, fue el descrédito de la República y le sirvió de pretexto a Napoleón para su imperio. Los pueblos de estos países instalaron repúblicas que han subsistido casi dos siglos, a tiempo que las de París no duraban cinco años. Estas son cuentas que no se hacen, pero cuya exactitud está a la vista. El fundamento que se dio en América a la república estuvo en la independencia. En emanciparnos de Europa.

Bolívar aparece como el caudillo por excelencia de la independencia de las colonias españolas. Todo el mundo, el vasto mundo por donde él se movió, lo aclamó apoteósicamente por ser quien dio el mayor número de batallas y las ganó en las circunstancias más difíciles. Como él lucharon Washington, Toussaint L’Ouverture, San Martín, Artigas, Hidalgo, Morelos, Juárez… sin que ninguno de ellos despertara con sus hazañas tanta apasionada admiración en una zona así de vasta y accidentada. Independizarse de imperios que venían de los sagrados de Roma, que se habían impuesto para bañar de gloria los anales de Europa, era como profanar lo más augusto de los tronos en que descansaba la grandeza del Viejo Mundo. En alguna parte he señalado cómo diccionario alguno de las lenguas modernas registró antes de 1800 la palabra “Independencia” en el sentido que le damos nosotros. Ni el vocabulario inglés, ni el español, el francés, el italiano, el alemán, el portugués… estaban hechos para incluir como voz aceptable la que venía a destruir la más imponente y gloriosa de las instituciones tradicionales. Es de pasmo que en la Enciclopedia, suma y lujo de las obras francesas del Siglo de las Luces, se diera esta definición: “Independencia. La piedra filosofal del orgullo humano; la quimera tras la cual corre ciego el amor propio. El término que los hombres se proponen alcanzar siempre, sin lograrlo jamás…”. Todo esto lo atropelló América, y donde la contradicción aparece más violenta y atrevida es en ese mundo de Bolívar, subyugado hasta entonces por la más ortodoxa doctrina imperial. El desacato tuvieron que verlo y sentirlo los reyes de España como engendro monstruoso de “la soberbia humana”. En la misma forma que delirantes lo aclamaban los pueblos en vía de su emancipación absoluta.

Hasta donde Bolívar es eso: caudillo sin par de la guerra de Independencia, su nombre constituye el gran símbolo de nuestra historia. No así en su voluble oratoria política que le llevó a errores tan contrarios a su misma obra, como la introducción de una filosofía monárquica en la Constitución para Bolivia, o la idea de hacer de la Gran Colombia un protectorado inglés. En las celebraciones centenarias para el natalicio del Libertador se perdió casi siempre esta perspectiva, buscándole al Libertador la gloria en cosas que fueron rechazadas en su tiempo y que hoy nadie se atrevería a proponer como norma de conducta republicana, olvidándose del gran caudillo de la Independencia. Alguno ha llegado a decir que Bolívar fue un militar mediocre pero un político genial. Estas afirmaciones se hacen contra una historia que debe presentarse en su realidad, si hemos de movernos hacia una filosofía propia con raíces en una revolución que dejó atrás a la más reconocida del otro hemisferio.

Es posible que haya un error inicial al decir que nuestra independencia fue de España. Más nos distanciamos entonces, y nos seguimos distanciando hoy, de Francia o de Inglaterra, que de la propia España, cuya sangre sigue siendo la que corre por nuestras venas. Nuestra rebeldía no fue solo por alternar en el gobierno o por llegar a la presidencia, sino por oponer el pensamiento republicano al de la monarquía. No nos separamos de España sino de Europa, y vamos modelando lentamente una creación original y auténtica que sale de las entrañas de “nuestra” revolución.

Este estudio es una exploración hecha con la ambición de llegar al fondo de nuestro ser revolucionario, para saber si hay en él una gran razón de diferenciación. Lo hacemos con deliberado desconocimiento de interpretaciones alemanas, francesas, españolas… que encontramos ciegas ante la evidencia de lo que hemos sido y le hemos ofrecido al mundo como soluciones para llegar a un nuevo sistema, democrático, representativo, liberal. Hace pocos años, un profesor alemán, Friederich Heer, publicó un libro que tiene más de mil páginas en letra muy apretada. La traducción española tiene este título, ya de suyo discutible: Europa, Madre de Revoluciones. (En alemán Europa, mutter der revolutionen). Esto es, en lenguaje de hoy, repetir lo de Hegel cuando no aceptaba que América formara parte de la historia del mundo. Con el agravante de poner como fecha inicial de las revoluciones en Europa el día de la toma de La Bastilla. Para el minucioso autor del inventario revolucionario todo comienza en el XIX y la palabra revolución toma el sentido de bochinche, con olvido de la carga ideológica que venía del XVIII. “Los hombres y las mujeres jóvenes perciben ya en 1800 la excepcional importancia que habría de tener el siglo XIX europeo: con él comienza la nueva era del hombre en el universo. Oscuros y terribles presagios flotan en el aire. El encanto de la vida, el suave aroma del rococó, parece haberse desvanecido. La gran revolución, iniciada en 1789, provoca a lo largo del siglo XIX temores y esperanzas…”.

Es natural que un profesor ciego que habla en esta forma no se dé cuenta de que ya en 1776 se había introducido formalmente en el panorama universal una república en América, y que Francia, queriendo hacer revolución en el 89, se inspiró en el ejemplo americano. Eso sí, echándolo a perder… La necesidad de ignorar lo que pasa de este lado del Atlántico, impide ver al de la Madre de las Revoluciones la explicación de lo que a pocas líneas registra él mismo: “Entre 1840 y 1940, cerca de sesenta millones de personas abandonan a Europa”. ¿Para dónde se habían ido? Para Estados Unidos, Argentina, Brasil. ¿Por qué? Porque aquí se había hecho la revolución que los sesenta millones de europeos insatisfechos buscaban. Desencantados de su patria emigraron a hogares republicanos. El sistema de los historiadores de no volver los ojos hacia el continente de los europeos emigrantes, no sorprende cuando al mismo tiempo desconocen su propio siglo XVIII. Para nosotros, lo importante es ahondar en nuestra propia historia así desconocida, y ver si en los cincuenta años anteriores a 1800 hubo aquí una motivación para la independencia. En los cabildos donde se da el grito o toca la campana está la explicación de la guerra. Las patrias estaban ya maduras para la emancipación, y es más correcto considerar al Libertador hijo de la Patria, que su Padre. Es un hijo fabuloso, pero no inventor de algo que viene de mucho tiempo atrás. Desde que América es América, aquí llegaron descontentos de Europa, los esclavos del África a fundar imaginarias patrias mejores. La primera equivocación del profesor Heer está en un mal uso de la palabra “madre”.

La originalidad en la revolución americana tiene dos caras. La de la Independencia y la de la República. Independencia sin llegar a república, es bochinche. República sin independencia, utopía. El gran teatro en donde esto se dramatiza es la Gran Colombia, y la explicación de esas hazañas en cadena que culminan en Ayacucho está en haber hecho al mismo tiempo república e independencia. Dos figuras se salen de lo corriente y permiten llegar a este resultado que también sobrepasa los modelos europeos: Bolívar y Santander. Decenas de veces lo precisó Bolívar, en un constante reconocimiento, desde 1821 hasta 1826, destacando el valor de la república organizada por Santander como fundamento para la acción de los ejércitos. Rodó con increíble suerte el Libertador teniendo como compañero de su empresa al más afirmativo entre los hombres civiles de la América española, y resulta cuando menos extraño el esfuerzo de algunos intérpretes de la vida colombiana haciendo malabares de dialéctica para romper esa unidad, la más notable y fecunda en la formación de nuestra nacionalidad.

Es verdad que la unión de independencia y república se convierte, después de Ayacucho, en áspera disputa. Los generales que rodeaban a Bolívar en las batallas forcejeaban por reducir las repúblicas a feudos militares y el Libertador quedó envuelto en la disputa con una serie de documentos que deterioran la imagen de la república, abren el camino al desconocimiento de la Constitución y llevan a la dictadura. El general Urdaneta encuentra la manera de resolver el problema asesinando a Santander, es decir, matando al hombre de la república, tal como Vargas Tejada había pedido en unos versos cortarle la cabeza a Bolívar. Como lo de Vargas Tejada no se pudo, quedó la posibilidad de hacer lo de Urdaneta y así nació el decreto del fusilamiento. Fue necesaria la representación de todos los ministros ante el Libertador para detener al del cadalso venezolano en 1828. Quedaron sus herederos que hasta hoy, cada cual, a su modo, tratan de borrar a Santander y la República

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