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C.A.L.I

Carolina Andújar  

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Fragmento

1. Margarita

—El problema, Jorge, es que vos jamás me comprenderías.

Jorge la miraba impávido. ¿Qué diablos había querido decir con eso? ¿Comprender qué? ¿Por qué necesitaba Margarita, además de su atención, su comprensión? Porque las mujeres querían atención. Su atención. Estaba seguro de haber entendido mal, pero eso no era lo que más lo desconcertaba. Era imposible que Margarita no quisiera salir con él.

Ansiando desechar la negativa de su interlocutora, se sirvió la enésima copa de vino tinto de la noche e hizo que su contenido desapareciera como por arte de magia: solo los goterones que se deslizaban desde las comisuras de sus ya violáceos labios hasta los pelos del pecho que sobresalían de la apertura de su camisa evidenciaban el destino del licor.

Margarita pensó que no quería volver a ver a Jorge, aunque lo que en realidad importaba era que Jorge no pudiera volver a verla a ella. Le gustaba reunirse con Clara y sus amigos pero detestaba las miradas de Jorge Cárdenas, que iban pasando de furtivas a fijas a medida que el alcohol le ganaba la partida a la velada. ¿Qué demonios le veía? En ese momento entornaba los ojos, como si el rechazo inesperado la hubiera convertido en una distante figura borrosa.

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—¿Entonces salimos mañana?

Margarita tosió, espantando el humo del cigarrillo que otro invitado había dejado a medio apagar en el único cenicero que había en el apartamento de Clara, el que sacaban cuando bebían. Jorge no había escuchado una sola de sus palabras. Margarita hizo ademán de ponerse de pie pero él la detuvo, asiéndola bruscamente de la muñeca. Ella lo miró enfurecida, volviendo a caer sobre el sofá. ¿Quién diablos se creía que era él para obligarla a sentarse?

—¿Pero sigo siendo el rey? —le preguntó a Jorge, intentando apaciguar sus propios ánimos.

—¿Que qué?

—Jorge, ya no quiero hablar más con vos.

—Es que no entiendo por qué tanto problema, solo es una salidita a comer. ¿Y cómo así que comprenderte?

—Olvídalo.

—Ah. Me querés dejar intrigado.

—No. Dejémoslo en que, simplemente, prefiero no perder el tiempo.

Jorge estaba luchando por contener el ligero temblor de sus manos.

—Maldita puta engreída.

Margarita pestañeó con rapidez, su boca curvándose en una sonrisa involuntaria. Sí, se sentía insultada, pero no era un insulto que no pudiera saborear. En definitiva, ese había sido el cierre idóneo para la conversación que acababa de sostener con Jorge. ¿Conversación? No, habían sido dos monólogos independientes que no volverían a entrecruzarse. Jorge bajó la mirada hasta el tapete blanco que la pesada mesa de vidrio mantenía en su sitio y jugueteó con las llaves de su auto. De alguna manera sabía que esas palabras describían tan poco a Margarita Mendoza como el apelativo hombre de Dios al pastor que había comprado la finca de sus vecinos.

Margarita se levantó y caminó hasta el balcón para informarle a Clara que se marchaba. Los abrazó a ella y a su esposo, y salió del apartamento de su mejor amiga sin molestarse en despedirse de los demás concurrentes. Estaba cansada. Cansada de todo, en especial de los hombres de su entorno. En verdad no había sido su intención herir a Jorge Cárdenas en su orgullo, pero ya estaba muy grandecita como para estarles cuidando los sentimientos a los demás. O tal vez estaba demasiado joven para hacer las veces de nodriza del ego masculino.

Echó una rápida ojeada a sus piernas expuestas mientras conducía de vuelta a casa y dio un respingo.

—Maldita puta engreída —resopló, deteniendo el vehículo en el garaje de su pequeña residencia.

No le sorprendía que Jorge Cárdenas fuera uno de los adeptos de la doctrina que predicaba que toda mujer alberga una prostituta en su fuero interno. Después de todo, ¿qué otra cosa podía creer un hombre que pasaba un promedio de dos horas semanales en el burdel? No que el esposo de Clara se lo hubiera contado, ni mucho menos: Margarita veía el persistente sebo amarillento que esa diversión de muchachos le había legado al semblante de Jorge. Pero a ella no le molestaba que Jorge la hubiera enviado al colectivo de las trabajadoras sexuales en un momento de rabia, ni tampoco que no tuviera el valor de llevar a sus concubinas alquiladas a un restaurante concurrido, ansiando exhibirla a ella en su lugar (¿en sus lugares? El asunto se ponía confuso cuando había tantas almas de por medio). Lo que la indignaba era que Jorge Cárdenas hubiera creído que ella estaría dispuesta a tolerar sus comentarios y bromas sexistas, además de su diatriba insulsa, a cambio de una invitación a cenar. Ella tenía trabajo y le gustaba cenar sola. Atrevido.

2. Tocayos

Johana Puertas se llamaba Margarita. Unos años atrás le habría convenido utilizar su verdadero nombre para el negocio. Ahora, Johana había perdido vigencia y Margarita era mucho más lucrativo.

—Ni idea —le respondió a su amiga de turno—. Solo sé que me va mejor las noches en que me presento así.

—¿No será más bien la pinta?

—No, mami, yo que le digo. Yo creo que el nombre los hace pensar en la presentadora de NotiLight.

—¡Ay, Johana, pero usted no se parece a ella! ¡Para nada!

—No se ponga celosa, mami, que yo no estoy diciendo eso.

El chirrido de unas llantas las interrumpió.

—¿Cuál de las dos quiere dar una vueltica conmigo? —preguntó desde el interior del vehículo un hombre que había frenado sobre las desvanecidas líneas blancas del cruce peatonal.

—Ambas estamos disponibles, papi —contestó la colega de Johana, acercándose al auto.

—¿Cómo te llamas, ricura?

—Como tú quieras —respondió ella.

—No soy tan creativo. ¿Cómo se llama tu amiguita? —inquirió el hombre, clavando la mirada en el ombligo expuesto de Johana, quien también se había aproximado.

—Margarita —respondió Johana.

—Ambas están divinas… Pero me voy a llevar a la del nombre.

Johana sonrió y abrió la puerta del pasajero, arrellanándose en el frío interior del vehículo. Una vez más, el cambio de nombre le había traído suerte: el hombre que la había recogido era joven y estaba como quería: tenía cara bonita y, por el diámetro de sus brazos, se notaba que iba al gimnasio.

—Chaíto, mami. Aquí la espero, ¿oyó? —alcanzó a gritar su colega mientras el oscuro vidrio de la ventanilla del conductor subía automáticamente, dejando a los dos ocupantes del Mazda ocultos a la vista.

Sí. Johana había tenido suerte: le había tocado un auto con aire acondicionado, y esa noche hacía un calor de los mil demonios. Su amiga, cuyo nombre era Tania, se abanicó con el panfleto publicitario que había plegado en dos y se pasó los dedos por el pelo humedecido de sudor. La próxima vez iba a decir que se llamaba Paulina, como la reina.

No, Johana no se parecía a la presentadora. ¿O sí? Tania había ejercido su oficio demasiadas noches el último año como para haber vuelto a ver las noticias locales.

—Mañana por la noche me lo veo antes de salir. ¿Qué tal que Johana sí se parezca a la Margarita esa? ¡La mato! —murmuró, iniciando la marcha con esos movimientos destinados a atrapar la atención de sus clientes potenciales, sin darse cuenta de que una mujer vestida exactamente como ella entraba del brazo de su esposo al vistoso restaurante-bar de la cuadra siguiente.

Ya no se sabía quién imitaba a quien, si las profesionales de las empresas a las profesionales del sexo o al revés. De cualquier modo, habían hallado un punto intermedio de fusión en el que tanto sus prácticas como sus formas de vestir se amalgamaban con tal destreza que más de un turista había recibido una bofetada por llegar a conjeturas erróneas. En aquella ciudad, la sucursal del infierno, las trabajadoras sexuales solo se distinguían de las ejecutivas por los cien metros de distancia que separaban sus hábitats artificiales.

—¿Tiene fuego?

El muchacho que la había abordado era extranjero.

—Todo el que tú quieras, papi.

—¿Perdóneme?

El simétrico rostro del joven revelaba sincera incomprensión.

—¿Qué necesita, mi amor? —preguntó Tania, creyéndolo perdido por un instante.

—¿Tiene… can-dei-la?

Solo entonces cayó ella en cuenta de que él sostenía un porro entre sus dedos. Tania extrajo el encendedor que llevaba en el bolsillo posterior de los jeans y se lo extendió, sonriéndole con afecto:

—Aquí tiene, corazón.

—Gracias, señorita.

El hombre encendió su cigarrillo de hierba y se lo extendió.

—¿Cómo… se llama… usted? —preguntó el americano, sonrojándose. Se veía muy nervioso. Tania pensó que tal vez era la primera vez que buscaba los servicios de una trabajadora sexual.

—Paulina —respondió Tania—. ¿Y usted?

—Me llamo John. ¡Juan! —balbuceó él, con los ademanes típicos de un cantante de hip-hop, sus mejillas tiñéndose de un color remolacha intenso—. John Wilson. ¿Usted quiere beber una cerveza con mí en el bar? Yo no habla mucho español, pero…

En ese instante, Tania supo que aquel desprevenido mochilero no estaba al tanto del trabajo que ella desempeñaba en esa calle. Hacía muchos años, un muchacho la había invitado a comer helados en la tienda del barrio. Ella se había acostado con él, y él nunca la había vuelto a buscar. Ni siquiera había vuelto a pasar frente a la vivienda de interés social que ella compartía con su madre y sus hermanos. Diez años después, la oportunidad de una cita se le presentaba de nuevo y el tipo también se llamaba John Wilson. Solo faltaba que se llamara John Wilson Suárez…

—Eso es lo de menos, mi amor —replicó Tania, riéndose como la colegiala que nunca fue—. Yo le hablo despacito. ¿Sí?

—¿Sí viene al bar conmigo?

—¡Claro!

John Trevor Wilson estaba feliz. Una mujer así de sensual no le habría dado ni la hora en Vancouver. Además, en su patria, las mujeres de ascendencia africana no lo determinaban y sus círculos sociales jamás confluían. Esa debía ser su noche de suerte.

Tania arrugó la hoja de papel que le habían entregado esa tarde en el hospital y la arrojó sobre una pila de basura que se había formado en la esquina del Borojó Lounge.

No muy lejos de allí sonreía Lucifer, deleitándose en su obra a través de los lóbregos cristales de su edificio en la avenida sexta:

—Hogar, dulce hogar.

3. Luciano

—¿Cómo así que primero eras cristiano, después satánico, y ahora nada?

Andrés no lograba apartar la vista de un tatuaje en particular de los tantos que adornaban el brazo izquierdo de Luciano al punto q ...