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CASANOVA. LA SONATA DE LOS CORAZONES ROTOS

Matteo Strukul  

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Fragmento

1

El juego del ahorcado

El león alado en un extremo. San Teodoro en el otro.

La muchedumbre gritó furibunda. Una marea creciente y exacerbada de rabia, compuesta de rostros sucios y miserables, caras deformadas por las muecas y las risas de burla, ojos perfilados y narices empolvadas. Comerciantes, caldereros, posaderos y perfumistas, sirvientes y camareros, putas, ricos señores y damas de rostro candoroso, por no mencionar a mendigos, carniceros e incluso niños: todos iguales, por una vez; todos preparados para no perderse ni un instante del tétrico e irresistible espectáculo.

El condenado se hallaba ante ellos, de pie en la tarima. Alguno levantó los puños hacia el cielo; algún otro clamó su propio disgusto.

Blancas bandadas de gaviotas gritaban sus intrincadas letanías por encima de la horca. Anticipaban ya el sabor de la comida, el absoluto gozo de aquello en lo que se convertiría ese hombre: basura y mierda.

El condenado tenía los ojos muy abiertos: las lágrimas le recorrían las mejillas y le impregnaban la cara mugrienta de mocos y barro. A su espalda, las góndolas ejecutaban una danza macabra en la laguna de San Marcos; a su derecha, más allá del gentío vociferante, se alzaban las arcadas blancas del Palacio Ducal.

El sol de primavera se meció distraídamente, virando a naranja, para luego sumergirse en el lago, incendiándolo como ámbar líquido. El condenado desvió la vista a un lado. En una mesa baja vio el recipiente de hierro que contenía las tenazas marrones, goteando sangre. En un charco rojo afloraban unos dientes.

Los suyos.

Habría querido escupir, pero la boca permanecía sellada en una suave esfera de carne mientras la lengua recorría, desesperada, los huecos que habían dejado las piezas arrancadas.

El miedo le devoraba el alma. Deseaba gritar, pero hacía rato que le faltaba el aire. En su lugar, una piedra oscura le cortaba la respiración.

El muñón palpitaba rabioso. El dolor irradiaba en oleadas que le desgarraban la carne como arpones: desde la muñeca hasta el hombro, y después al resto del cuerpo.

Cuando le cercenaron la mano, un barbero junto con unos policías le habían taponado lo que le quedaba de brazo con una vaina hecha de cerdo para impedir que muriera desangrado.

No de inmediato, por lo menos.

La soga ya le tiraba sobre la nuca, impaciente, y parecía recordarle lo que vendría a continuación. Vio a los inquisidores generales observarlo en silencio desde el palco recubierto de negro: los labios sellados, los ojos como hendiduras similares a heridas de cuchillo.

Lo miraban con reprobación, como pájaros de mal agüero.

Antorchas, braseros y cabos de velas lamían con lenguas escarlata el aire que iba oscureciéndose bajo el cobre del atardecer.

El inquisidor rojo bajó la cabeza en señal de asentimiento. Alzó la mano.

El verdugo procedió a empujar la barra de madera. La muchedumbre bramó de júbilo.

El condenado oyó el siniestro chirrido de los dientes del engranaje, marcando los momentos de su muerte.

La cuerda se tensó. El condenado perdió el soporte.

El nudo le cortó el aliento. Las piernas patalearon en el vacío. Mientras ante sus ojos el mundo se deformaba en un carnaval de muerte, se llevó la única mano a la cuerda.

Emitió un grito sordo. Vio el muñón en la funda de cerdo agitarse en el aire, ajeno a él.

Elevándose, izado por la soga, todo su cuerpo se agitaba desesperadamente intentando volver a poner los pies en el suelo.

Las puntas de sus botas danzaron en el aire. Los últimos espasmos lo hicieron temblar.

Notó el olor podrido de la laguna, que le subía por última vez por la garganta, pero ya era demasiado tarde. Venecia acababa de arrancarle la vida y ahora estaba allí, como la puta que era, viéndolo agonizar, succionándole los últimos suspiros de vida.

Hasta que quedó tieso, inmóvil, con los ojos ya vítreos.

Ahorcado.

En la plazuela de San Marcos.

2

Regreso a Venecia

El largo cabello de color carbón le caía sobre el rostro en mechones desordenados y brillantes. Los ojos, en parte ocultos tras un rizo rebelde, relampagueaban con un irreverente matiz aguamarina y revelaban una energía nada común. Una sonrisa blanca le cortaba la cara mientras permanecía cómodamente sentado frente a una mesita de madera.

Jugueteaba con un goto, una copa de cristal, sin decidirse a probar el malvasía de tonos claros que acababan de servirle.

Ubicada en el distrito de San Polo, en las proximidades de Rialto, la Cantina Do Mori no era ciertamente el mejor bacaro de Venecia: al contrario, gozaba de pésima fama, frecuentada como solía por matones y aventureros de la peor calaña. Sin embargo, resultaba ser la taberna más antigua de la ciudad y había un hecho en el que todos coincidían: allí se servían los mejores vinos de la Serenísima. El goto de’vin del Do Mori no conocía parangón.

Además, poseía otra característica que la hacía única: gozaba de dos oportunas entradas, una desde la calle Do Mori, la otra desde la calle Galeazza. Y puesto que Casanova era como era, la doble entrada, o mejor dicho, la doble salida, era de lo más útil que le podía pedir a un bacaro.

Un par de barriles de madera a modo de mesa, unas sillas de anea y un largo mostrador de roble completaban un establecimiento sencillo y sin pretensiones que reflejaba genuinamente el carácter del posadero, Marco Spinazzi: un hombretón de aspecto correoso y con una coleta alquitranada que parecía salido de la cocina de un barco pirata.

Sin embargo, aquella tarde los clientes del Do Mori tenían un tema de conversación muy distinto, más allá de las bondades del vino o la fortuna adversa que parecían haber precipitado a Venecia en el período más oscuro y complejo de su extraordinaria historia. Ya que —era un hecho— algunos de ellos conocían la fama del hombre de larga cabellera que hacía poco había entrado y que en ese momento se había decidido a acercarse el goto de’vin a los labios.

Y justo porque conocían su fama, eran también conscientes de que su regreso tan solo podía traer desgracias.

Algunos, disimuladamente, le dedicaban miradas de reojo.

Llevaba una magnífica levita marrón sobre un elegante chaleco y una camisa de encaje con mangas abullonadas. En los pies lucía unas botas de cuero reluciente. No usaba peluca y se había recogido la melena con un lazo negro de terciopelo.

Aventurero, seductor, espadachín y cabalista, aquel hombre se movía como pez en el agua entre desafíos y duelos, vicios y engaños. Su nombre era sinónimo de problemas, y cruzar una mirada de más con él podía resultar fatal.

Si los clientes de la taberna hubieran sabido lo que les aguardaba poco después, se hubieran volatilizado al instante.

Pero no fue así la cosa. Lo que ocurrió fue tan solo culpa del destino esquivo y de la única criatura que podría haber vencido, en cuanto a desventura, incluso a aquel campeón absoluto.

Tal criatura era una mujer. De gran belleza, por añadidura.

Cuando entró fue como si de repente se hubiera levantado una ráfaga de viento. Su hermosura era tan llamativa que resultaba incluso divertido ver cómo desafiaba a los que tenía alrededor. Portaba un vestido verde esmeralda que realzaba, por contraste, su espléndido cabello castaño, recogido en un peinado sofisticado, pero al mismo tiempo discreto, que subrayaba los destellos de color chocolate. Sus mórbidos labios rojos parecían fruncirse de modo natural en una sonrisa, y la mirada revelaba una despreocupada inteligencia que la hacía resultar de inmediato deseable.

El posadero levantó imperceptiblemente los ojos hacia el techo, presagiando un sinfín de quebrantos, que no tardaron en llegar.

Un hombre con una peluca blanca y mirada arrogante,

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