Loading...

CLASES DE BAILE PARA OFICINISTAS

Andrés Burgos

0


Fragmento

1

La oficina donde estaba parada con un revólver en la mano era la más amplia, la única que llamaban despacho. Despacho, sí, como en las telenovelas mexicanas. Tenía y no tenía una explicación para estar ahí. Antes había hecho una estación en su propia oficina, que era también la recepción de esta, y un pequeño contratiempo, como las semillas de las que nacen las grandes tragedias, la empujó adentro.

Todavía no empezaban el ruido ni el movimiento. Había llegado diez minutos antes de lo acostumbrado. Treinta minutos antes de su hora oficial de entrada por contrato. Quería tener todo preparado para empezar a organizar con don Bernardo la presentación del informe a la junta directiva convocada con carácter excepcional para el próximo mes. Excepcional, les subrayaron con un tonito de esos que ya traen una acusación. Habían tenido y tenían tiempo suficiente para estar listos, pero él siempre decía que le había surgido algo más importante. Ese día, por fin, se sentarían a hacer la tarea y eso estaba bien porque un descuido y lo suficiente pasaría a ser precario.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Su madrugón tuvo como primera consecuencia que la poca iluminación de la ventana, esmerilada por un aguacero de abril de los que caen en mayo, aún no alcanzara el ángulo idóneo para el paso de una lámina pálida. Oprimió el suiche de la pared junto a la puerta. Los tubos de neón del techo soltaron zumbidos de mosca gorda. Se hizo la luz y con ella el mobiliario. Lo conocía tanto que no habría necesitado encender nada.

El computador no arrancó y esto la dejó de pie, desconcertada, mirando la pantalla en negro. Repitió el movimiento apretando más fuerte a ver si era cuestión de énfasis. Nada. Se demoró un par de segundos en reaccionar. Como alternativa para ahondar en las posibles causas de lo que sucedía, intentó prender la impresora y tampoco hubo respuesta. Ambos aparatos estaban conectados al mismo tomacorriente y le quedó fácil deducir que allá estaba el desperfecto.

Podría haber buscado una extensión que sirviera de puente hasta un enchufe que sí funcionara. Que no hubiera ninguna a la mano, eso lo tenía clarísimo, no representaba un gran impedimento. Después de todo era una empresa de suministros ferroeléctricos. Habría necesitado una larga, tal vez dos unidas, porque el que se había dañado era el único de la oficina, que no había sido concebida como un espacio laboral sino como el cuarto de alguien que algún día llegaría a ser una tía abuela solterona. Aunque esa coyuntura también habría sido subsanable, decidió no encargarse ella misma. Nada de arreglos a medias o temporales. Acaban por volverse permanentes, como pasa con todo en Bogotá.

Esperó de pie a que se consumieran los minutos hasta la hora de entrada de los empleados. A pesar de que le supieron eternos, hizo la concesión y el esfuerzo de aguardar noventa segundos más para marcar la extensión 43, la de mantenimiento. La señal repicó en su oído dos, tres, cuatro, cinco veces, la vida entera. Cuando creyó que le iban a contestar, lo que se activó fue una grabación donde la voz de Giraldo decía que en ese momento no se encontraban y que por favor dejaran el mensaje; se comunicarían en cuanto pudieran.

—Los estoy llamando de la oficina de la secretaria de gerencia porque hay un daño eléctrico —mantuvo un tono tranquilo que no consiguió sonar amable—. Ya era hora de que estuvieran laborando, ¿no? Llamen o vengan, por favor.

Colgó. Tenía la cara roja por un calor que le habría servido mucho en el trayecto desde la casa. El sofoco repentino le evaporó las gotas remanentes de los hombros y la espalda pero perseveró la más molesta, la equilibrista que le aceleró el parpadeo después de asomarse a la punta de una de sus pestañas sin pestañina.

La discreción de los ojos bonitos y el gesto torvo aumentaban en una década larga sus cuarenta y poquitos. Había dejado a un lado los dos o tres encantos que le otorgó la lotería genética de la misma forma que lo hubiera hecho con un juego de cocina innecesario y elegante, un regalo de cumpleaños de algún primo con plata. No faltaba el reproche en las miradas escasas que por alguna extraña razón se detenían a detallarla. Miradas de otras empleadas, mujeres de jeans ajustados, pelos rabiosamente alisados con planchas chinas compradas en Sanandresito y accesorios brillantes que sonaban como panderetas cuando caminaban como si el mundo entero fuera una pasarela. Mujeres de la misma raza de las asistentes de los magos y de las coristas de orquesta tropical, una subespecie endémica que prolifera en estas latitudes. Decían que aunque le faltaban cintura y volumen de nalgas podría verse hasta bonita si se lo propusiera, que un toquecito de coquetería no le sobra a ninguna, que eso ya era dejadez, simplonería. Esto a sus espaldas, por supuesto, porque nadie sensato se hubiera atrevido a venirle con semejantes comentarios. Era lógica de supervivencia.

Ella, por su lado, poco se daba cuenta y nada le importaba lo que pudiera decirse. Andaba ocupada priorizando lo priorizable y su prioridad no era socializar con extraños, que desde su perspectiva venían siendo casi todos. Sonreír tampoco se le daba fácil, pero esto en la capital a nadie extraña: si alguien pela los dientes con una intención diferente de morder es sujeto de sospecha automática.

De repente, sufrió un cambio de temperatura más brusco que los del clima de la ciudad. Perdió tres grados Celsius con la idea de que también hubiera una falla eléctrica en el despacho de don Bernardo, con estos afanes, con estos días tan difíciles, con la proximidad del enfrentamiento a la junta... Se iba a poner furioso. Y tendría toda la razón.

La carrera no duró diez pasos. Entró y se detuvo sin alcanzar el computador del jefe. El desorden sobre el escritorio volvió a bloquearla. El nuevo imprevisto era más grave que el anterior, pues estaba ligado a su responsabilidad. O por lo menos así lo supuso.

Aunque no le habían encargado esa tarea, como ella siempre abandonaba la empresa más tarde que don Bernardo, se había asignado la función de restaurar el orden al final de la jornada. Otilia, la integrante más veterana del departamento de limpieza del sector de oficinas ejecutivas y proveedora exclusiva de café para la gerencia, únicamente tenía que vaciar las papeleras, darle una vuelta a la aspiradora y pasar un trapo para eliminar cualquier mugre mínimo, que para ser sinceros, limpiaba ella misma.

Su error había sido no prever las consecuencias de que el jefe hubiera salido después de ella la noche anterior. Un hecho contra natura. Y le pasaba con estos afanes, con estos días tan difíciles, con la proximidad del enfrentamiento a la junta... El viejo se iba a poner furioso. Y tendría toda la razón del mundo. Ella había confiado en que Otilia iría antes de las siete de la mañana a cumplir con su ronda. Y ahí estuvo la metida de pata. El reguero de carpetas y cuerpos completos del periódico delataba el chanchullo. Otilia había establecido un cronograma alternativo para no madrugar a diario.

Alcanzó a recoger una revista de economía en inglés y la sección de deportes de El Tiempo antes de volver a paralizarse. Desplazamiento y pausa, desplazamiento y pausa. Un danzón involuntario. Ya se estaba hartando del círculo vicioso. Esto parecía uno de sus juegos con Catalina cuando era una bebé, donde se limitaba a intercalar la quietud con movimientos sorpresivos que hacían las delicias de su hija. La acumulación de shocks habría perdido la gracia si este último no hubiera resultado tan efectista: sobre el escritorio de don Bernardo reposaba un revólver que ella no sabía que existía y que en las presentes circunstancias, con estos afanes, con estos días tan difíciles, con la proximidad del enfrentamiento a la junta, podría significar muchas cosas. Ninguna alentadora.

2

Aunque lo lógico hubiera sido acercar su mano al arma con la precaución de quien está a punto de tocar a un animal bravo, la manipuló como a cualquier objeto de la oficina.

Su papá había sido sargento de la policía y en ese entonces era prácticamente un deber entre los miembros de la institución enseñarles a sus hijos a estar preparados para defenderse en caso de necesidad. Con ella fue especialmente enfático porque su madre se desmayó del susto después de disparar por primera y última vez en un polígono. Como hija única, le recayó el deber de velar por la seguridad en ausencia de él. Lo paradójico fue que cuando un infarto fulminante señaló la partida definitiva del hombre de la casa, desapareció también el revólver que había dejado para el uso doméstico. La enfermedad de Raquel, un efecto dominó retardado pero efecto dominó al fin y al cabo, se manifestó no mucho después. Y con semejante estado mental de su mamá, variable pero funcional, prefirió no mantener un arma de fuego por ahí. No era que se vislumbrara muy posible un accidente de ese tipo, pero nadie como ella para la previsión paranoica.

Como suelen ser las cosas de los ricos comparadas con las de los demás, el revólver de don Bernardo era má ...