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COLECCIóN DE TRAGEDIAS Y UNA MUJER

David Gil Alzate

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Fragmento

Escena en la peluquería y comienzo

El otro día en la peluquería pensé en ti porque estaba sonando salsa romántica. Yo que la detesto. Pero recordé que me hacías escucharla, tú que no reparas en géneros, que no presumes, que si te gusta no te preguntas y si te preguntan te ríes, como si no fuera contigo la cosa, como si no te mojara la tormenta. Es como tratarte de ti y no de vos. En Medellín somos tan provincianos que solo tuteamos a la novia, o muy elegantes; pero como no hay noviazgo que resista un régimen de nueve meses a punta de besitos, tuve que acostarme con tu amiguita Yeraldín: Canta, oh diosa, la cólera de Ferney Rivera, alias Aquiles, su novio, cólera funesta que causó infinitos males y me obligó a salir del país porque me iba a matar.

Pensé en ti el otro día en la peluquería porque sonó la misma canción que escuchamos la noche que me llevaste a Andrómeda, en el barrio Manrique, una discoteca a la que me gustaría volver: camisas escotadas de licra con estampados de brillantina, pantalones ajustados, sandalias, salsa romántica y olor a detergente: belleza pulcra y vulnerable. En la peluquería, en cambio, estaba solo frente al espejo que me regresaba una cara torcida, lo mismo de todos los días, pero sin ti; a ti que había decidido quererte a pesar de todo porque contigo podía escuchar música sin que me importaran el año ni el género, ni el reino ni la clase, ni el orden ni la familia. Y el peluquero, un dominicano, me hablaba de la isla y el cultivo de plátanos de Guinea y yo a todo respondía “sí, señor, es verdad, nada más cierto”, cuando lo único cierto era que la canción más ruin me estaba dejando en un muladar de recuerdos y la promesa rota de tocarte más allá de la blusa. Fue como ser adolescente otra vez y regresar a la casa con los calzoncillos mojados después de ver una película en el sofá roto de tu casa que soportó varias noches de forcejeos inútiles. Humillado me veía a mí mismo justificando esa resistencia con explicaciones absurdas, pura metafísica, my lovely, porque, aunque la razón diga que no, el corazón no entiende razones, especialmente cuando late entre los calzoncillos, pum-pum, pum-pum, pum-pum. El corazón: un músculo que irriga sangre al resto del cuerpo y carece de juicio, por eso no puede pensar ni decidir ni acertar ni errar ni conjeturar ni asumir ni calcular ni predecir ni contrastar ni especular ni deliberar ni concluir ni cavilar ni considerar ni elucubrar ni estudiar ni urdir ni suponer ni dilucidar ni discurrir ni prefigurar ni sospechar ni discutir ni proponer. Un sistema de veinticuatro verbos que combinados de manera aleatoria ascienden exponencialmente para formar una muralla infranqueable: quererte no fue fácil, como dice esa canción, esa canción espantosa que estaba sonando cuando el peluquero me preguntó que si las patillas altas o bajitas, “como a usted le parezca, don Félix”, y solo cuando volví a la casa me di cuenta de que me había rapado como a un militar; casi me voy de para atrás cuando frente al espejo tomé conciencia del reflejo, pues en la peluquería, evocándote, ni me di por enterado; tan distraído andaba escuchando esas canciones, entendiendo que ya no te tenía, que nunca te tuve.

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Y ya no puedo ver tus fotos de Facebook porque ahora un muchacho te abraza en Cartagena, San Andrés o Punta Cana y te ves feliz y me alegra; un muchacho, es cierto, que debe de ser diez años menor que yo, pero que, de paso te digo, parece un pitecántropo, el eslabón perdido, y sé que no tengo derecho a decirlo, pero tampoco me importa. No es verdad, es muy guapo el muchacho y vas a ser feliz, como lo seré yo también con esta voracidad inútil que cada vez hace más ancha la frontera de datos que me separa de la realidad, que me mantiene a salvo en una comodidad histórica, geográfica, epistemológica, poscolonialista, neobarroca.

Tanto me gustabas, que un día, como si cualquier cosa, te agarré la mano untada de mierda de perro. La habías apoyado accidentalmente en el césped, ¿recuerdas?, esa noche espléndida de Navidad cuando fuimos juntos a ver los alumbrados del río: te invité a una cerveza y me dijiste “mi Dios le pague”; yo sentí que daba una limosna. Y aunque tenías la mano untada de mierda de perro, te la agarré sin vacilar, con una tranquilidad pasmosa, entonces me miraste con sorpresa.

—Pero está sucia.

—No me importa —sonreí, disimulando el asco.

Me besaste complacida. Y es que el amor todo lo puede, belleza, pero nueve meses de continencia es demasiado: ni el mismo san Agustín de Hipona luego de que se rehabilitara de su adicción al sexo. Tanto me preocupó ese tema, que de inmediato llamé a Pompilio, mi amigo del ejército que estaba estudiando para psicólogo; rompiendo el protocolo me aconsejó tomarme un trago para sublimar la energía sexual: qué sabiduría de gente mayor, no por nada tiene nombre de emperador. Lo conocí hace años, cuando terminé el colegio y tenía que decidir mi situación militar; mi padre propuso comprarme la libreta, como hacía casi todo el mundo a pesar de que era ilegal, pero yo le dije que no, que mejor me diera la plata a mí, que tenía curiosidad de saber cómo era el ejército; prácticamente, me regalé, ignorando lo que se me venía encima, arriesgándome a que me mataran por defender los colores de la patria, pues en esa época la guerrilla estaba fuera de madre y todos los batallones eran objetivos militares: cuando se acabe la guerra ninguno se va a parar. No importa quién dispare, todos caen igual.

“La muerte es lo único seguro que tenemos”, dice mi muñeca decimonónica como si fuera la Virgen que arranca sus cabellos en agonía y de su amor viuda los cuelga del ciprés.

Deja el drama y suelta la camándula, si te digo que algún día volveré a Medellín es porque tengo esa certeza; como la imagen inapelable que miro en el espejo buscando lo que no está, como una palabra que repito sistemáticamente hasta que deja de tener significado, hasta que pierde sonoridad, ¿nunca te ha pasado? Pero qué estoy diciendo, si a ti las palabras no te tocan, apenas si te llegan, por eso todavía me pregunto qué querías conmigo: tanto entiendo de palabras, que puedo retorcer la realidad más simple hasta hacerla ininteligible, fórmula infalible, como el sentimiento que nos unía, pese a la distancia, o precisamente por la distancia, pues habría dado lo mismo ser novios por internet, en la lejanía platónica de Facebook y Twitter; pero no: tenías que hacerme gastar plata en vano, pues solo te gustaba el Parque Lleras y nunca pusiste un peso para la cuenta, violando deliberadamente el contrato tácito que rige los deberes de la parte pasiva de la relación; eso sí: que comida japonesa o vietnamita, con ese dominio geográfico, con esa sapiencia gastronómica, aunque solo te enteraste de que ambos países estaban sobre el mismo océano horas después en el bar de jazz que yo mismo escogí con la intención de impresionarte y la esperanza de llevarte luego a Penthouse, el famoso motel en la Vía al Mar. Muy pronto nos quedamos sin tema de conversación, entonces me agarraste la mano y huimos a Andrómeda: sillas blancas de plástico, mesas de madera sintética y oscuridad total para bailar con libertad, salvo por el humo que resplandecía al contacto con las luces de la pista de baile. Esa fue la primera vez que me hiciste escuchar salsa romántica.

El bar de reguetón, la Facultad de Filosofía
y primer viaje a Nueva York

Debo admitirlo, todo comenzó mal: siendo tu profesor. Porque toda relación que una mujer establece con su profesor está condenada a repetir la relación que tiene con su padre; recuerda que una vez te lo dije, hermosa, la noche que estábamos en aquel bar de reguetón cuando te pregunté si te gustaba el hombre o el profesor, qué tal la escenita, me tenía merecida la carcajada que me escupiste en la cara. Esa noche entendí que si no me hubieras conocido como profesor, no te habría gustado. Y si no estás de acuerdo, respóndeme: ¿de haberme visto en la calle esperando el bus, te hubieras acercado a decirme que te gustaba? Por supuesto que no, ni siquiera habrías reparado en mi existencia, pues soy un hombre promedio y no creas que lo digo sin dolor: me habría gustado ser objetivamente bello, como los muchachos que salían en la serie de Beverly Hills. Pero mi belleza depende del punto de vista y tú me veías desde una silla escolar. Y te lo digo porque este mismo proceso lo he observado antes; claro, dulzura, no creas que somos especies en peligro de extinción, yo vengo de la Facultad de Filosofía, fuente de la eterna juventud: apenas se están envejeciendo los profesores, ¡pum!, les resulta una niña incauta para calmar sus accesos tardíos de calor. Es que la semilla de la vida nunca se seca, siempre habrá necesidad de derramar un par de gotas, aunque sea, si lo permite la próstata: no hablo de dandis, ya lo ves, te digo que es gente necia, local y chata y roma.

Seis años pasé en la Facultad de Filosofía aprendiendo el arte de enredarme la vida con problemas inútiles; acaso eso fue lo que te gustó de mí: verme en el berenjenal de explicar por qué es infructuosa toda pregunta por aquello que nos espera después de la muerte; ahí parado en el tablero frente a dieciocho adolescentes de primer semestre que en ese momento estaban pensando en cualquier cosa excepto en qué hay después de la muerte, dado que, como los animales, también los adolescentes carecen de la noción de muerte, de lo que no necesariamente se deduce que los adolescentes son animales, mon cœur, no podría decirte eso a ti, que apenas tienes diecinueve, sería una descortesía. Pero vaya si lo he comprobado en mis años de profesor, que, aunque no son muchos, sí son suficientes para tener la certeza de que nada bueno procede de la adolescencia. Jóvenes estudiantes de Derecho o Economía, Filosofía o Periodismo: todos son iguales y tú no eras la excepción; el problema era yo, que quise convencerte de que eras especial, pero tampoco ese viejo truco me funcionó. Muchas veces me repetiste que nada tenías de especial, que lo único que querías era progresar y salir del barrio en que vives, donde te ha tocado ver tantas cosas horribles. Habría sido más fácil siendo cirujana plástica, pero el puntaje solo te alcanzó para entrar a la Facultad de Psicología.

Yo, en cambio, fui admitido en mi primera opción: Filosofía. Como nací y crecí en una clase media acomodada, nunca he sido ambicioso, di por descontada la vida que me dieron mis padres, nunca se me ocurrió que estudiar Filosofía fuera un capricho que hubiera podido salir muy mal. Cuánto lo he lamentado, pues como filósofo me toca hacer magia para conseguir trabajo y no caer en la base de la pirámide económica, allá en tu barrio. La filosofía solo sirve para hablar bonito y conquistar muchachas; y mira que contigo ni siquiera para eso me sirvió, pues aunque tratándose de dinero no he tenido mayores ambiciones, la ambición de perpetuar la vida es inherente a todos los seres vivos y por eso me hubiera gustado mucho descorrer tu ropa interior, pero nunca pasé de ser el novio-profesor, un bien suntuario. Apenas tomé el vuelo a Nueva York, te le entregaste al muchacho que me sucedió: su dinero es tanto que no le preocupa parecer del Pleistoceno, mucho menos hablar bonito, lo importante es que se le entienda cuando quiere algo.

Seis años pasé en la Facultad de Filosofía y no cinco como todos los demás estudiantes porque antes de terminar el primer semestre tuve la ocurrencia de venir a Nueva York a probar suerte. Y tres meses me duró la aventura, cuando todos esperaban que me quedara realizando el sueño americano sin entender que no existe semejante necedad, pues basta conocer a cualquier inmigrante para saber que añora su país con obstinación y siempre espera volver. Colombianos con colombianos, mexicanos con mexicanos, hondureños con hondureños, ecuatorianos con ecuatorianos; y si te gustan las enumeraciones como a mí, pues toma un mapa y sigue por los Andes hacia el sur, que con cualquier país funciona la fórmula. Se juntan para hablar en español, para comer platos típicos, para hablar de sus países, para añorar el regreso. Y no voy a tener la indecencia de decirte que me aburren sus reuniones, a las que he regresado hoy, diez años después; por el contrario, princesa, se pasa de lo mejor allí entre jardineros, plomeros, carpinteros, sirvientas y choferes. Se come delicioso y se bebe sin estrecheces. Es común encontrar en las mesas toda índole de morcillas y caldos, tamales y chorizos, chunchurrias, chicharrones, mondongos, empanadas, tortillas, hojuelas, natillas, buñuelos; todo eso empujado, de vez en vez, con un trago de aguardiente, como para masajear el corazón. ¿Y las frutas?, te estarás preguntando, ¿y los vegetales?, dado que también a ti te dio en una época por eso del vegetarianismo, aunque sin éxito y no te culpo, pues el otro día vi en el zoológico del Bronx una perdiz devorando un ratón y entendí que dejar de comer carne es ir en contra de la madre naturaleza porque si un animal tan indefenso como la perdiz es proclive a la carne fresca, cómo no lo seremos los humanos que podemos extraer energía del átomo. Así que, conociéndote como te conozco, sabiendo que creciste entre fritangas, sé que el acceso de repugnancia que finges ante el olor de la grasa quemada es en realidad, mutatis mutandis, un ataque de incontinencia salival, querida: el perro de Pavlov ante la campanita. De manera que cállate y escúchame, que el siglo no está para dietas de zanahoria y pepino, ni berenjenas ni quinua ni nada de eso, que, aunque haya sido el alimento de los dioses incas, no tiene el menor gusto. Que si ya comí de esto, que por qué tan poquito, que por qué el vaso lo tengo vacío, que si quiero más de aquello, que si no estoy cansado de estar parado, que si ya fui al baño, que vaya tranquilo que eso es de humanos. Siempre me trataron como a un príncipe, mientras yo repetía compulsivamente en la paz interior de mi efervescencia mental, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo, quiero estar solo. Y mira cómo es la vida, bella durmiente, casi se me cumple el deseo.

Yeraldín

Lo primero que aprende un estudiante de Filosofía es que debe parecer grave incluso en las situaciones más alegres, como si siempre estuviera pensando algo brillante y tuviera que retenerlo frunciendo el ceño. Esa fue la única costumbre del animal filósofo que no pude erradicar de mi cuerpo contaminado, pues ya la espalda se me enderezó, dejé de renquear y por fin me operé los ojos para no tener que volver a usar esas gafas terribles que parecían lupas para la guerra solar. No creas que siempre fui el hombre que viste esa mañana de febrero y que, ...