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COLECCIóN DE TRAGEDIAS Y UNA MUJER

David Gil Alzate  

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Fragmento

Preludio

Solo advertí la magnitud de la tragedia cuando me vi, todavía en piyama, haciendo fila en el supermercado con un carrito lleno de saleros. Esa mañana iba a desayunar lo mismo de siempre, entonces puse a calentar el agua para el café y encendí la radio: noticias de Colombia, siempre noticias de Colombia, qué me importa a mí el New York Times. Todo iba muy bien: el huevo en la sartén, el tomate rallado en el cuenco con el aceite de oliva, el pan en la tostadora. Hasta que abrí la despensa y descubrí que no había sal. Apagué el fogón y tiré el tomate y el huevo y las tostadas de pan a la basura. Regresé a mi cuarto y me acosté. Enseguida me levanté otra vez, encendí la radio, noticias de Colombia; tendí la cama, puse a hacer el café: una taza sin azúcar. Saqué otro huevo de la nevera, rompí la cáscara contra el borde de la sartén y bajé el fuego. Saqué un cuenco limpio, rallé otro tomate y le puse aceite de oliva. El pan en la tostadora. Luego, minuciosamente, abrí la despensa para comprobar que no había sal. Solo recuerdo haber tirado la puerta al salir del edificio camino del supermercado. Puse en el carrito todos los saleros del estante y la cajera los registró mirándome como si comprar sal fuera cosa de extraterrestres. Cuando regresé a la casa eran las once de la mañana, ya no era hora de desayunar. Todavía encuentro saleros en cada cajón que abro, pero ya no me angustia la idea de que me falte sal en el desayuno.

Como ves, he logrado distraer los días sin ti, aunque no siempre es así de fácil, estrella de la mañana, a veces no entiendo por qué me dejaste.

Escena en la peluquería y comienzo

El otro día en la peluquería pensé en ti porque estaba sonando salsa romántica. Yo que la detesto. Pero recordé que me hacías escucharla, tú que no reparas en géneros, que no presumes, que si te gusta no te preguntas y si te preguntan te ríes, como si no fuera contigo la cosa, como si no te mojara la tormenta. Es como tratarte de ti y no de vos. En Medellín somos tan provincianos que solo tuteamos a la novia, o muy elegantes; pero como no hay noviazgo que resista un régimen de nueve meses a punta de besitos, tuve que acostarme con tu amiguita Yeraldín: Canta, oh diosa, la cólera de Ferney Rivera, alias Aquiles, su novio, cólera funesta que causó infinitos males y me obligó a salir del país porque me iba a matar.

Pensé en ti el otro día en la peluquería porque sonó la misma canción que escuchamos la noche que me llevaste a Andrómeda, en el barrio Manrique, una discoteca a la que me gustaría volver: camisas escotadas de licra con estampados de brillantina, pantalones ajustados, sandalias, salsa romántica y olor a detergente: belleza pulcra y vulnerable. En la peluquería, en cambio, estaba solo frente al espejo que me regresaba una cara torcida, lo mismo de todos los días, pero sin ti; a ti que había decidido quererte a pesar de todo porque contigo podía escuchar música sin que me importaran el año ni el género, ni el reino ni la clase, ni el orden ni la familia. Y el peluquero, un dominicano, me hablaba de la isla y el cultivo de plátanos de Guinea y yo a todo respondía “sí, señor, es verdad, nada más cierto”, cuando lo único cierto era que la canción más ruin me estaba dejando en un muladar de recuerdos y la promesa rota de tocarte más allá de la blusa. Fue como ser adolescente otra vez y regresar a la casa con los calzoncillos mojados después de ver una película en el sofá roto de tu casa que soportó varias noches de forcejeos inútiles. Humillado me veía a mí mismo justificando esa resistencia con explicaciones absurdas, pura metafísica, my lovely, porque, aunque la razón diga que no, el corazón no entiende razones, especialmente cuando late entre los calzoncillos, pum-pum, pum-pum, pum-pum. El corazón: un músculo que irriga sangre al resto del cuerpo y carece de juicio, por eso no puede pensar ni decidir ni acer

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