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CON OJOS DE MUJER

Jose Fernando Millán Cruz  

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Fragmento

Prólogo

“Las guerras han sido narradas siempre desde la perspectiva del ganador”. Esta afirmación tan conocida ya se ha dicho tantas veces que ha perdido lo categórica que puede llegar a ser, más allá de su certeza como premisa general; sin embargo, hay una apreciación derivada en los párrafos que se asoman con posterioridad a la sentencia ya expuesta, un lugar común, que para mí y para quienes a través de las páginas de este maravilloso libro que hoy tengo en mis manos sigue siendo una urgencia manifiesta poner de presente. Y es la necesidad de gritar con convicción que la guerra amerita ser narrada por las mujeres y desde las mujeres; que frente a las narrativas masculinas de los “grandes héroes” y “magnánimas justas” de aquellos que “hacen la guerra”, es importante y relevante narrarnos para ser contadas desde nosotras mismas, desde las mujeres que (al igual que mi madre, mi hermana, mis hijas y yo misma) hemos sido memoria, madres, historia, esperanzas, sueños, hijas, rebeldía, amantes, revoluciones, cuidado. MUJERES empoderadas y libertarias en medio de las lógicas de la guerra, en búsqueda siempre de caminos de solidaridad, herejía y construcción de múltiples espacios y formas de solidaridad y transformación.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Siendo quien me tocó ser, por la decisión plena en convicción y amor que tomaron mi padre y mi madre en su momento, conocí muy pronto lo que era vivir en medio de una guerra, ser una de las personas que representaba para ellos la esperanza por la que la lucha se hacía justa, digna y necesaria. Mi breve vida pública previa al asesinato de mi padre, y luego la vida en la clandestinidad como madre, hija y hermana, siempre estuvieron permeadas por el deseo de saber quién era ese hombre que habían arrebatado de mi vida (y luego de la vida de sus nietas) y cómo yo, como mujer, dialogaba con ese relato, con esa historia desde mi propia construcción de referentes de vida y de sueños junto a las mías.

Ese camino, las páginas de mi propia historia personal, empezó a dialogar apasionadamente con cada párrafo que me devoraba de los relatos en medio de la guerra que fluyen en estas páginas que hoy Fernando Millán nos ofrece y que tuve el placer y el honor de leer de primera mano.

Las historias y narraciones que fui encontrando, los relatos de la guerra desde los “ojos de mujer”, empezaron a ser un reflejo distorsionado de mi propia historia, tan diferentes y a la vez tan parecidos a la historia de una mujer que, como yo, ha vivido la guerra y ahora vive la esperanza de una paz justa y duradera, a la historia de tantas y tantas mujeres que desde su cotidianidad, desde sus lugares diversos en la sociedad, hoy, como siempre, reclaman un espacio ganado a punta de lucha y amor en la de la historia de Colombia.

La defensa de la condición de mujer, la lucha contra la soledad, contra el machismo estructural, el exilio, el miedo… pero sobre todo la esperanza, el deseo de cambio, el espíritu de trascender desde el amor infinito en medio de un momento histórico desgarrador y doloroso en la historia del país se hacen presentes a través del texto de una manera sobrecogedora, y como lectora me pusieron frente a frente con sentimientos y reflexiones que atraviesan mi propia historia, la de mi madre, la de una generación de mujeres tocadas por la guerra y por el deseo de construcción de un país que espero heredarles a mis hijas; un país distinto, un país donde sean permitidas (sin riesgo de perder la vida) las posiciones disidentes, donde se respete el pensar de una manera diferente, donde la herejía y la irreverencia sean valores que trasciendan la violencia afincada en la sociedad colombiana.

Hoy tengo la fortuna de leer estas historias al lado de mi madre, otra de tantas mujeres libres y capaces de tomar decisiones difíciles en una época en la que los senderos de la insurgencia y la rebeldía eran prohibidos para ellas. Ella fue una mujer separada, madre soltera, revolucionaria, insurrecta, artista, irreverente, capaz de soñar y desde la acción concreta darme a mí y a mis hijas un mejor país. Ella sobrevivió a la guerra haciendo la paz y ese, para mí, es tal vez el regalo más grande que me ha dado la vida para reconciliarme con el pasado: entender los motivos de sus decisiones y las del comandante del M-19, Carlos Pizarro Leongómez —mi padre—, conocer y re-conocerme en un trozo de la historia del país desde los ojos de una madre, desde los ojos de una mujer única y a la vez una de tantas mujeres dignas y luchadoras que ha parido la historia en este territorio llamado Colombia, tal como aquellas que engalanan con su potencia las páginas de este libro.

Que mi madre se haya ido a la guerra en su momento fue una decisión política, de compromiso. Ella la tomó siendo una mujer joven, con unos principios claros, y eso instaló en mí una semilla que germinó en el camino transitado de la mano con otros hombres y mujeres. El libro que hoy presenta ante nosotros Fernando recoge para mí ese maravilloso y necesario espíritu y pone frente a nosotros narraciones que nos permitirán aprehender y aprender desde la mirada, los ojos, las sensibilidades y la voz digna, hereje y rebelde de las mujeres, las experiencias, los relatos, las contradicciones, pero sobre todo el anhelo de la transformación de las lógicas de la guerra para trascender como sociedad a una era donde sobre la muerte venza y se imponga la vida.

María José Pizarro

A manera de introducción

No conocí el dolor de la guerra en manuales de historia, en crónicas periodísticas o a través de relatos ajenos. Mi contacto fue directo, cuando tenía seis años y mi mamá contaba el terror que había vivido durante la época de la Violencia, en el sur del Tolima.

Como ella, millones de habitantes de pequeños pueblos y campesinos cargaron en sus memorias la barbarie de una guerra entre liberales y conservadores, promovida por caciques políticos desde la tribuna bogotana.

Casi cincuenta años después de empezar a escuchar su relato sigo interesado en conocer los de otros hombres y mujeres acerca de otras violencias que se entrecruzan y que han puesto al país contra las cuerdas. En el 2016, mientras se avanzaba en las negociaciones de paz en La Habana entre el Gobierno y las Farc, promoví y participé junto a otros siete colegas de los diarios ADN, Boyacá Siete Días y Llano Siete Días en la realización de una serie de reportajes para que los habitantes de las grandes ciudades conocieran que en “la otra Colombia” se ha cargado por décadas el peso de la guerra que algunos pretenden desconocer. El trabajo final se llamó Estamos mamados de la guerra, que empezó a circular cuatro meses antes del acuerdo final con las Farc, frustrado luego por el triunfo del No en el plebiscito, impensable aquí e inexplicable en el exterior por lo que significaba ponerle freno desde la ciudad a los sueños del sector rural de vivir por fin sin la amenaza de muerte. El acuerdo se revitalizó en medio de obstáculos que no han dejado avanzar a buen ritmo su implementación.

Parte del proceso de reconciliación en el que millones de colombianos estamos comprometidos implica conocer las historias de vida y muerte de unas y otras, de unos y otros, sin el prejuicio de la venganza o de la recriminación sin la posibilidad del perdón.

Por eso, si conocí lo que fue la guerra bipartidista a través de los ojos de mi mamá, hoy decidí conocer la orilla de las Farc desde la mirada de las guerrilleras.

Al momento de desaparecer como grupo insurgente armado, había más de dos mil mujeres entre guerrilleras, milicianas y detenidas en cárceles colombianas. La mayoría tiene origen rural, muy pocas alcanza ...