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CONTIGO EN LA DISTANCIA

Carla Guelfenbein  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Uno

1. Daniel

2. Emilia

3. Daniel

4. Emilia

5. Daniel

6. Emilia

7. Daniel

8. Emilia

9. Daniel

10. Emilia

11. Daniel

Dos

12. Horacio

13. Emilia

14. Daniel

15. Horacio

16. Emilia

17. Daniel

18. Emilia

19. Horacio

20. Daniel

21. Emilia

22. Horacio

23. Daniel

24. Emilia

25. Horacio

26. Daniel

27. Emilia

28. Horacio

29. Daniel

30. Emilia

31. Horacio

32. Daniel

33. Emilia

34. Horacio

35. Daniel

36. Emilia

37. Horacio

38. Daniel

39. Emilia

40. Daniel

41. Emilia

42. Daniel

43. Horacio

Tres

44. Emilia

45. Horacio

46. Emilia

47. Horacio

48. Emilia

49. Daniel

50. Horacio

51. Emilia

52. Daniel

53. Emilia

Agradecimientos

XVIII Premio Alfaguara de novela

Premio Alfaguara de novela

Premios Alfaguara

Sobre la autora

Créditos

Para Eliana Dobry, Micaela y Sebastián Altamirano, mis compañeros de viaje

Uno

1. Daniel

En algún lugar del planeta alguien cargaba con tu muerte. Esta certeza creció con los días, las semanas, los meses, golpeó mi conciencia hasta volverse insoportable. Pero ¿quién?, ¿por qué? Nunca imaginé que la respuesta pudiera estar tan cerca que, al dar la vuelta, me encontraría conmigo mismo.

Recuerdo el momento, cuando después de comprar el pan para nuestro desayuno, me crucé con el vagabundo del barrio. Sus ojos heridos y a la vez amenazantes se detuvieron en mí. Apresuré el paso, mientras a mi alrededor las personas caminaban arrebujándose en sus abrigos hasta desaparecer en la bruma matinal. Un grupo de chicos cruzó la avenida. Las niñas iban envueltas en bufandas de colores y compartían sus secretos a media voz, en tanto los chicos corrían y gritaban, empujándose unos a otros con la torpeza de los cachorros. Su inocencia exacerbó la inquietud que me había producido el encuentro con el vagabundo. No podía saber lo que sucedería minutos después, lo que te había ocurrido durante la noche o tal vez al alba.

Cada mañana, antes de encontrarme contigo, me preguntaba cuál sería tu estado de ánimo. Era imposible predecirlo. Estaba regido por tus sueños, por la intensidad de la luz y de la temperatura, por infinitas capas circunstanciales que nunca lograría aprehender. En ocasiones me hablabas sin cesar, pero en otras parecías absorta escuchando el rumor de un mundo que transcurría dentro de ti.

Cuando llegué ante tu puerta, Arthur se sentó con su dignidad papal junto a mí, mientras Charly se movía a uno y otro lado con su cola febril. Pensaba proponerte que después del desayuno saliéramos a dar uno de nuestros paseos.

A pesar de tu edad, caminabas con paso rápido y firme. Si alguien nos hubiera visto desde cierta distancia, le habría resultado difícil imaginar que tú me llevabas más de cincuenta años.

Recuerdo cuando, a los pocos días de convertirme en tu vecino, te vi frente a la puerta de tu casa luchando contra esa enredadera que dificultaba la pasada. Me dijiste que había crecido durante la noche y que su presencia obstinada era un atropello a tu libertad. Hablabas de la planta como de un ser de carne y hueso, mientras con un cuchillo de cocina intentabas deshacerte de ella. Traje mis tijeras de podar, despejé el paso, y al cabo de un rato, conversábamos animados. Había visto una fotografía tuya en el periódico hacía algunas semanas. Un importante crítico del New York Times había elogiado tu obra y los diarios de nuestro país habían reproducido la reseña. Sin embargo, al verte en tu jardín, me sorprendió tu altura y tu pelo cano, que llevabas cogido bajo la nuca. El tiempo no había logrado abatir tu belleza. Donde antes debieron haber redondeces, ahora emergían ángulos, el de tu nariz prominente, el de tu barbilla y tus pómulos, el de tu frente surcada de líneas. Tus largas manos como pájaros que hubieran olvidado el arte de volar. Con cuánta vehemencia me contarías más tarde que detestabas las labores prácticas y que te hubiera gustado tener una esposa como las de los grandes creadores, aquellas que resolvían sus asuntos mundanos, resguardándolos de las banalidades de la vida. Desde entonces, aunque de forma torpe e incompleta, intenté protegerte. El mundo que tú habitabas era insondable para mí. Pero al mismo tiempo, el resplandor que emergía de las puertas que dejabas entreabiertas me llenaba de agitación, de curiosidad por lo que no podía ver.

Busqué la llave de tu casa en mi bolsillo y descubrí que la había olvidado. Toqué el timbre, pero no hubo respuesta. Aguardé algunos segundos y luego insistí un par de veces más. Recordé los ojos del vagabundo, brutales y derrotados a la vez, la nota disonante que salta de la pauta. Di la vuelta hacia el costado izquierdo del jardín y Arthur me siguió con su paso cansino. La luz de la mañana sobre el sendero de grava cegaba con su brillo. Al igual que la casa, el jardín estaba en silencio, huérfano de toda presencia humana. Una violeta comenzaba a desplegar sus brotes invernales. Minúsculas vidas que, como todos los años, tú seguirías con atención. Me asomé por una de las ventanas laterales y miré hacia el interior. El sol se filtraba en estrías que exacerbaban la penumbra del vestíbulo.

No fue hasta un par de segundos después que te vi. Habías caído a los pies de la escalera, donde la luz casi no te alcanzaba. Tu cuerpo, como un árbol derribado, yacía inerte junto a la lámpara de pie que yo te había regalado para tu último cumpleaños. Corrí hacia el patio trasero. La puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Parecía que alguien hubiera estado allí y, por el apuro, hubiese olvidado cerrarla. «¿Quién?», me pregunté.

Me acuclillé a tu lado. Tus manos estaban crispadas, como si hubieran arañado cuerpos invisibles antes de rendirse. Un charco de sangre rodeaba tu cabeza. Te habías también rasmillado un brazo y una senda rojiza corría desde tu muñeca hasta tu codo. Tu camisa de dormir se había recogido sobre tus caderas, y tu pubis, lampiño y blanco, se asomaba entre tus piernas abiertas y envejecidas. Te cubrí cuanto pude con la camisa de dormir y solo entonces, cogiéndote por los hombros, te remecí.

—¡Vera, Vera! —grité.

Me pareciste tan liviana, tan frágil. Todo adquirió la apariencia de un sueño.

El resto se vuelve nebuloso. El tiempo comenzó a transcurrir de otra forma, expandiéndose amorfo, oscuro. Solo recuerdo que en algún momento llegó la ambulancia, y que, contra toda ortodoxia, yo mismo levanté tu cuerpo, mientras las personas a mi alrededor me rogaban que me calmara, que los dejara hacer su trabajo. Yo no quería que nadie te tocara, que nadie sintiera el calor que desprendía tu cuerpo. Que nadie escuchara tu respiración que se apagaba.

2. Emilia

—No lo olvides nunca, yo soy tú —me dijo Jérôme, cuando nos despedíamos en Charles de Gaulle.

Había sido él quien me había instado a viajar. Yo sola jamás hubiera reunido las fuerzas para salir de mi enclaustramiento. A la vuelta de mi viaje, aunque la idea resultara inimaginable, nos casaríamos.

Frente a nosotros, un ventanal dejaba ver las colas de los aviones que parecían colgar del cielo.

Yo soy tú.

Eran las palabras que nos unían. Que nos habían unido siempre y que nos protegían del infortunio. Como un conjuro. Yo era él y él era yo. Caminamos en silencio hasta la zona de embarque y nos despedimos sin tocarnos. Su expresión era tranquila, segura. Yo no podía traicionar esa confianza que él depositaba en mí. El día anterior me había despedido de mis padres en Grenoble, y el doctor Noiret, mi psiquiatra, me había medicado para evitar que sufriera una crisis de pánico. Aun así, no pude evitar decirle por enésima vez:

—No sé si pueda hacerlo, Jérôme.

—Sí puedes, Emilia. Sí puedes —rozó mis labios con su dedo índice para que no volviera a repetirlo.

* * *

Ya en el avión, hundida en mi asiento, mientras miraba por la ventanilla la cama de nubes, fijé mi imaginación en el rostro de rasgos pequeños de Jérôme. Él había estado siempre allí. Él era la especie humana, y todo lo que habitaba más allá de él no existía para mí. Pensé en esa vida sin alas, pero sin descalabros que habíamos fo

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