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CúRATE

JO MARCHANT  

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Fragmento

Introducción

Una mañana de un día laborable del verano pasado estaba en un parque de mi barrio. Ante mí, una alegre escena típica del sur de Londres, con niños chapoteando alegremente en las fuentes y jugando al fútbol en el césped. Estaba sentada al borde del arenero con dos madres más, pasándonos la crema de protección solar y unas tortitas de arroz mientras contemplábamos cómo nuestros niños levantaban toscos castillos de arena con sus palas de plástico de colores.

Una de las mujeres, una madre alegre y locuaz que justo acababa de conocer, estaba explicando que un medicamento homeopático le había curado un eccema que padecía desde hacía mucho tiempo. «¡Me encanta la homeopatía!», exclamó. Como científica que soy, tenía que protestar. La homeopatía es en realidad agua (o píldoras de azúcar) comercializada en bonitos frascos; cualquier sustancia activa que contengan esos tratamientos está diluida hasta sobrepasar con mucho el punto en el que pudiese quedar la más mínima molécula de la sustancia original. «Pero si en los remedios homeopáticos no hay nada...», le dije.

Mi nueva amiga me miró con desdén. «Nada que sea mensurable», me espetó, como si le pareciese un poco boba por no entender que sus propiedades curativas se deben a una esencia indefinible que está más allá del alcance de los científicos. Y con esas palabras me pareció que resumía a la perfección una de las principales batallas filosóficas que libra la medicina actual.

Por un lado se amontonan los que abogan por la medicina occidental convencional. Son racionales y reduccionistas y se aferran al mundo material. Según su paradigma, el cuerpo es como una máquina. La mayor parte de lo que son pensamientos, creencias y emociones no entran a formar parte del tratamiento de una enfermedad. Cuando una máquina se rompe, no nos ponemos a hablar con ella. Los médicos emplean métodos materiales —escáneres, análisis, medicamentos, cirugía— para diagnosticar el problema y reparar la pieza que se ha averiado.

Por el otro lado están todos los demás, podría decirse: los seguidores de la medicina oriental, antigua y alternativa. Estas tradiciones holísticas priorizan lo inmaterial ante lo material, a las personas ante las enfermedades, la experiencia subjetiva y las creencias ante los resultados de ensayos objetivos. En lugar de recetar medicinas físicas, los terapeutas dicen emplear acupuntura, sanación espiritual y reiki para aprovechar unos intangibles campos de energía. A los defensores de la homeopatía no les preocupa que sus remedios no contengan vestigio alguno del ingrediente activo, porque creen firmemente que, de algún modo, conservan un «recuerdo» indetectable de ese fármaco.

La medicina convencional sigue llevando la delantera en Occidente, pero millones de personas han adoptado la medicina alternativa. En Estados Unidos se habla habitualmente en televisión sobre las maravillas de la sanación espiritual y el reiki. Hasta un 38 por ciento de los adultos emplean alguna modalidad de medicina complementaria o alternativa (un 62 por ciento si incluimos rezar). Cada año se gastan cerca de 34.000 millones de dólares en ello,[1] con 354 millones de visitas a profesionales de la medicina alternativa (compárense con los cerca de 560 millones de visitas al médico de atención primaria).[2] En Londres, donde vivo, las madres suelen ponerles collares de ámbar a sus bebés con la creencia de que esa piedra preciosa tiene el poder de ahuyentar el dolor de dientes; mujeres inteligentes y formadas rechazan ponerles a sus hijos vacunas que son vitales y, como mi amiga, optan por tratamientos que, científicamente, carecen de todo sentido.

No es de extrañar que los científicos contraataquen. Escépticos profesionales de ambos lados del Atlántico —desacreditadores como James Randi y Michael Shermer, blogueros científicos como Steven Salzberg y David Gorski o el biólogo y escritor Richard Dawkins— denuncian con agresividad la religión, la pseudociencia y, en especial, la medicina alternativa. Se han vendido más de medio millón de ejemplares en 22 países del libro Mala ciencia, de 2009, en el que el epidemiólogo Ben Goldacre vapulea a quienes hacen mal uso de la ciencia para lanzar proclamas sin fundamento sobre la salud. Incluso cómicos como Tim Minchin y Dara Ó Briain se han unido a la causa y emplean sus chistes para hacer bandera del pensamiento racional y señalar lo absurdo de tratamientos como la homeopatía.

Sus seguidores se levantan contra la marea de irracionalidad mediante reuniones, artículos, actos de protesta y lo que el periodista científico Steve Silberman denomina «líneas trazadas en la arena para desalentar»,[3] como la petición firmada por cientos de médicos del Reino Unido para que el National Health Service (la sanidad pública británica) deje de gastar dinero en tratamientos homeopáticos. Según señalan muchos escépticos, los ensayos clínicos han demostrado que la mayoría de los remedios alternativos no funcionan mejor que un placebo (tratamiento simulado): quienes los usan están siendo embaucados. Son muchos quienes abogan por acabar con estos tratamientos de pacotilla. En lo que respecta a la salud, no hay nada que no puedan ofrecernos los tratamientos convencionales y fundamentados científicamente.

Yo soy totalmente partidaria de una visión racional del mundo. Creo apasionadamente en el método científico: cursé un doctorado en genética y microbiología médica y me pasé tres años investigando el funcionamiento interno de las células en uno de los principales hospitales de Londres. Opino que todo lo que hay en la naturaleza puede estudiarse de manera científica siempre que nos planteemos las preguntas adecuadas, y que los tratamientos médicos en los que depositamos nuestra confianza deben ponerse a prueba mediante ensayos rigurosos. Los escépticos tienen razón: si abandonamos la ciencia en pro de ilusiones y esperanzas es como si volviésemos a la Edad Media: ahogar brujas, practicar sangrías a la gente y rezarle a Dios para que nos libre de la peste.

Pero no estoy segura de que la respuesta sea descartar la medicina alternativa y ya está. En mi trabajo de periodista científica no solo me he topado con gente curada por la medicina moderna, sino con quienes no se han curado: pacientes cuya vida está destrozada por culpa de problemas intestinales o por la fatiga y a quienes, aun así, se los tacha de no padecer ninguna «enfermedad» real; gente que sufre dolor crónico o depresión a quienes se les prescriben dosis cada vez más altas de fármacos que crean adicción y provocan efectos secundarios pero que no resuelven su problema de fondo; pacientes de cáncer a quienes se les administran sesiones de tratamientos agresivos hasta superar con creces el punto en el que deja de existir ya esperanza alguna de prolongar su vida.

Y me suelo encontrar periódicamente con hallazgos científicos —que a veces llegan a los titulares pero que lo más frecuente es que acaben enterrados en publicaciones especializadas— que sugieren que determinados tratamientos intangibles e inmateriales pueden generar auténticos beneficios físicos. Los pacientes hipnotizados antes de una operación quirúrgica sufren menos complicaciones y se recuperan con más rapidez. La meditación desencadena cambios moleculares en lo más profundo de nuestras células. Y, como veremos en el capítulo 1 de este libro, el hecho de que un tratamiento no funcione mejor que un placebo no quiere decir que no funcione: el solo hecho de creer que hemos recibido un remedio eficaz puede provocar un efecto biológico más que notable. Esas madres que veo a mi alrededor, las que llevan brazaletes de ámbar y toman píldoras homeopáticas, no son ignorantes ni estúpidas: saben por experiencia que esas cosas ayudan de verdad.

Así pues, aunque me parece que los que abogan por la medicina alternativa están engañados por toda esa cháchara de la memoria del agua y los campos de energía sanadora, tampoco creo que los escépticos tengan toda la razón. Empecé a escribir este libro porque me preguntaba si estos últimos, junto con los médicos convencionales, no estarán dejando pasar un ingrediente vital para la salud física, una omisión que contribuye al incremento de las enfermedades crónicas y a empujar a millones de personas cuerdas e inteligentes a las consultas de profesionales de las terapias alternativas. El ingrediente al que me refiero es, por supuesto, la mente.

***

¿Has notado alguna vez el subidón de adrenalina cuando ha estado a punto de atropellarte un coche? ¿Te has excitado alguna vez con solo oír la voz de tu amante? ¿Te han dado arcadas al ver gusanos serpenteando en la basura? Si es así, entonces es que has experimentado la magnitud con la que el funcionamiento de tu mente es capaz de afectar físicamente a tu cuerpo. La información de nuestro estado mental ayuda constantemente a nuestro cuerpo a adaptarse al entorno, aunque a veces no seamos conscientes de ello. Si vemos a un depredador hambriento —o un camión que se nos acerca— nuestro cuerpo se prepara para apartarse con rapidez. Si alguien nos dice que enseguida llega la comida, nos preparamos para una buena y relajante sesión de digestión.

Todo eso ya lo sabemos. Pero cuando se trata de la salud, la ciencia y la medicina convencionales tienden a ignorar o a restar importancia al efecto que ejerce la mente sobre el cuerpo. Se acepta que los estados mentales negativos como el estrés o la ansiedad son capaces de dañar la salud a largo plazo (pese a que incluso eso se discutía mucho hasta hace unas cuantas décadas). Pero la idea de que pueda ocurrir lo opuesto, que nuestro estado emocional pueda ser importante para protegernos contra la enfermedad, o que nuestra mente pueda tener «poderes curativos», se considera una extravagancia suprema.

La separación entre mente y cuerpo en la medicina occidental se le suele achacar al filósofo francés René Descartes. Los médicos de antaño, con poco con lo que trabajar más que con el efecto placebo, sabían de sobra que la mente y el cuerpo estaban interrelacionados. El médico de la antigüedad griega Hipócrates, a quien se suele considerar padre de la medicina, hablaba al parecer de «la fuerza curativa natural interna», mientas que Galeno sostenía en el siglo II que «la confianza y la esperanza hacen más bien que la medicina».[4]

Pero en el siglo XVII, Descartes diferenció dos tipos fundamentales de materia: los objetos físicos, como el cuerpo, susceptibles de estudio por el método científico, y el espíritu mental inmaterial, que en su opinión era un regalo de Dios y no podía estudiarse científicamente. Pese a que ambas formas de materia podían comunicarse (según Descartes, esto ocurría a través de la glándula pineal del cerebro), concluyó que existían de manera independiente: cuando morimos y dejamos de poseer un cuerpo, nuestro espíritu autocontenido sigue viviendo.

La mayoría de los filósofos y neurocientíficos rechazan hoy estas ideas sobre la dualidad mente/cuerpo y creen que todo estado cerebral —toda configuración física de neuronas— está intrínsecamente asociada con determinado pensamiento o estado mental, y que ambos estados nunca pueden separarse. No obstante, Descartes ha ejercido una enorme influencia en la ciencia y la filosofía posteriores. Los pensamientos subjetivos y las emociones se siguen considerando menos científicos —menos susceptibles de estudio riguroso e incluso menos «reales»— que las cosas físicas y mensurables.

En lo que respecta a la medicina, puede ser que los adelantos prácticos hayan arrinconado a la mente casi más que el debate filosófico. Los científicos desarrollaron instrumentos de diagnóstico como el microscopio, el fonendoscopio y el esfigmomanómetro, y en el París del siglo XIX, la autopsia. Antes de eso, los doctores diagnosticaban las enfermedades basándose en el relato que hacían los pacientes de sus síntomas; a partir de entonces pudieron empezar a basar sus conclusiones en cambios estructurales y visibles. La enfermedad ya no venía definida por la experiencia subjetiva del paciente, sino por el estado físico del cuerpo. Se ha llegado a un punto

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