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CUENTOS COMPLETOS

Marvel Moreno  

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Fragmento

Oriane, tía Oriane

A Fina Torres

A María la asombró la casa de tía Oriane, pero sólo empezó a inquietarla cuando escuchó los primeros ruidos. Era una casa grande y silenciosa rodeada de un jardín sembrado de acacias. A lo largo de los corredores se alineaban salones y dormitorios cerrados desde hacía muchos años, con muebles que dormían sobre figuras de polvo y jirones de telarañas. Sin saber por qué, María se sentía tentada a caminar en puntillas. Por todas partes había retratos y espejos. Había gobelinos y alfombras de arabescos repetidos sin fin, y una ventana con vidrios de colores parecida al vitral de una iglesia. María no recordaba haber estado alguna vez allí ni haber visto antes a su tía. Sabía que una vez al año, la víspera de San Juan, su abuela viajaba a visitarla. Sabía que esas visitas no eran del agrado de su abuelo. Y sospechaba que de haberse encontrado en vida su abuelo cuando llegó la carta de tía Oriane invitándola a pasar con ella las vacaciones de julio, nunca habría venido. Sin embargo, a María le había gustado tía Oriane. Desde el primer día. Tenía un aire tranquilo y unos ojos pálidos que la miraban con indulgente nostalgia. Siempre parecía contenta de verla. Siempre sonreía cuando ella entraba a la habitación donde pasaba las tardes dibujando figuritas junto a una ventana que daba al mar.

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Los dibujos de tía Oriane atraían a María, se adormecía mirándolos. Había una magia en aquella infinita reiteración de formas, un anzuelo en el lápiz que subía y bajaba como la aguja de un tejido. Su tía seguía invariablemente el mismo orden trazando primero hileras de círculos, y dentro de cada círculo una cruz. Luego sus manos aleteaban sobre las hojas y círculos y cruces desaparecían bajo una trama de líneas que se unían formando diminutos rombos. María iba a su habitación al atardecer y se quedaba a su lado mirándola dibujar hoja tras hoja hasta que entraba la noche y la vieja Fidelia subía para anunciar la cena. Podía pasar horas enteras junto a tía Oriane. Le agradaba su quietud, el silencio que había siempre a su alrededor. Le agradaban sus manos, fugaces como las pelusas que el aire empujaba sobre las acacias del jardín. Había descubierto además que su tía y ella se parecían: las dos tenían la manía de no pisar nunca las junturas de las baldosas. Compartían el gusto por las frutas heladas y la flor del ilang-ilang. A veces sorprendía en tía Oriane sus mismos ademanes, un cierto modo de ladeada cabeza, una forma cauta de sonreír. Pero sólo hojeando el álbum de fotografías comprendió hasta qué punto el parecido entre las dos iba más lejos.

Su tía se lo enseñó una tarde de lluvia, una de esas tardes que dejaban correr juntas jugando interminables partidas de ludo. Porque le había estado hablando del tiempo de antes y quería mostrarle cómo se vestía entonces la gente tía Oriane sacó el álbum de un armario y lo abrió sobre sus rodillas. En sepia y nubladas las imágenes habían empezado a desfilar ante sus ojos y se habían sucedido confusamente hasta llegar a una niña vestida de organza. Por un instante María creyó verse a sí misma. Reconoció con estupor sus trenzas, su figura, incluso su encogido recelo frente a la cámara. Tía Oriane había sonreído —parecía encontrar aquello lo más natural del mundo— y sin pronunciar una palabra había vuelto a correr las hojas desempolvando amigos y parientes anónimos mientras María tenía la impresión de revivir una escena ya pasada, de haber mirado alguna vez el álbum detrás del hombro de su tía sin reparar en las fotos y con la misma modorra que la iba envolviendo como si una mano le rozara los párpados. Al doblar una página las uñas de tía Oriane rasguñaron suavemente la cara de un hombre, una cara triste que parecía reflejada en el agua.

—¿Quién era? —preguntó María. Su tía cerró la tapa del álbum.

—Sergio —dijo—. El único hermano que tuvimos tu abuela y yo.

—Yo creía que había muerto de niño —comentó María.

—No me extraña —dijo tía Oriane mirando el tablero de ludo. Tu abuela le hace trampas al pasado. ¿Vienes a jugar?

Tal vez fue al otro día que empezaron los ruidos. O un poco después: María lo olvidaría con los años. Ya casada, cuando el tiempo no era más un chispear de instantes sino el lento transcurrir de días iguales, observando jugar a su hija en el jardín de una casa donde un marido cualquiera la había confinado, María intentaría recordar en qué momento había oído los ruidos por primera vez, si al día siguiente de haber hojeado el álbum o más tarde, cuando Fidelia anunció que un desconocido había entrado a la playa y recogía caracoles mirando descaradamente hacia la casa. Pero no podría precisar el recuerdo. Y lo vería alejarse de su mente con una secreta angustia, vago, cada vez más vago, asociado solamente a aquel columpio escamado de herrumbre que había descubierto un día en el jardín de tía Oriane, y que años atrás, antes de que la lluvia y el sol lo maltrataran irremediablemente, había estado pintado de azul. Porque los ruidos aparecieron la mañana que desenterró el columpio valiéndose de un palo y empezó a desprender la costra de barro que cubría las cadenas. Fue entonces, limpiando una argolla, cuando le pareció sentir a su espalda un crepitar de ramas secas. Después oyó un crujido. Volteó a mirar y sólo encontró el muro del jardín, las inmensas acacias abiertas en flores amarillas: así que imaginó una iguana correteando al sol y sin pensarlo más siguió limpiando el columpio. Pero un momento después volvía el ruido. María se levantó lentamente mirando a su alrededor, y casi enseguida, lo mismo que si hubiera sido ahuyentado por algo, un toche salió de los matorrales y revoloteó aturdido frente a ella antes de remontarse como un hilo de luz al cielo.

Así, de ese modo impreciso, los ruidos llegaron al jardín de tía Oriane. No se detuvieron allí: fueron invadiendo la casa gradualmente adentrándose a lo largo de corredores y pasillos. Se oían de pronto bajo la escalera, detrás de las cortinas; corrían por el cielo raso confundidos con la brisa y el sisear de las acacias. No obstante, a medida que aumentaban perfilándose en sonidos inequívocos, María les iba restando realidad. A veces la sobrecogían y huía ciegamente por los corredores o se quedaba muy quieta con el cuerpo encogido por un nudo de miedo. Pero eran demasiado inquietantes para ser aceptados y María tenía un limbo donde confinaba las cosas que no quería admitir: en él dormitaban anodinamente brujas y lloronas, y con el tiempo, allí fueron exiliados los ruidos.

Terciados de ilusión los ruidos se volvían vulnerables, podían ser exorcizados. María ensayaba trucos, tanteaba sortilegios, pensaba un día que conteniendo la respiración en el momento de oírlos los haría retroceder. Y retrocedían. Eran soluciones momentáneas: los ruidos resucitaban siempre y en su breve ensueño aprendían a burlar el exorcismo. Aún entonces podía apoyarse en la realidad, suponer corrientes de aire y ratones hambrientos, y hasta elaborar una complicada historia en la que Fidelia, celosa bruja llena de rencor, la asustaba adrede para vengarse de ella. Hablarle a tía Oriane era impensable: en el fondo María no estaba segura de si los ruidos existían solamente en su imaginación y sobre todo, la idea de que su tía la creyera una niña la llenaba de vergüenza. Pero un día, aquel columpio que estaba tirado en el jardín amaneció suspendido de una acacia, y con el corazón encogido, María corrió a buscar a tía Oriane.

La encontró en el comedor, limpiando una bandeja de plata, y desde la primera frase que dijo advirtió en sus ojos un tranquilo escepticismo. A medida que hablaba la expresión de tía Oriane se volvía risueña y un poco ausente como si estuviera escuchando una vieja mentira y María tuvo de pronto la impresión de hundirse en la irrealidad.

—El columpio está ahí —dijo casi para sí misma—. Puedes verlo.

Su tía asintió con un ligero movimiento de la mano.

—Y he escuchado ruidos —insistió María en voz baja.

—No me sorprende —dijo tía Oriane sonriendo—. Esta casa es muy antigua.

María la miró perpleja.

—Son ecos —explicó su tía—. Vienen y van. Es muy lindo oírlos.

—¿Ecos?

Tía Oriane se alzó de hombros.

—No lo sé explicar —dijo—. Los ruidos y las voces dejan huellas en el aire... Y es como si el aire no saliera nunca de las casas viejas.

La voz de tía Oriane pareció enredarse entre sus ojos y María parpadeó.

—Lo del columpio no debe inquíetarte —le oyó decir suavemente—. A lo mejor fue un capricho de la vieja Fidelia. Siempre hace cosas raras —añadió tocándose la sien con la punta de los dedos.

—Le preguntaré —dijo María.

—Y lo negará —aseguró tía Oriane.

Sin embargo María no tuvo necesidad de hablarle a Fidelia. La propia Fidelia escogió aquel momento para entrar al comedor mirándolas a las dos con un encono inexplicable. María se dispuso a escuchar atentamente esperando oír discusiones, regaños y protestas, cualquier cosa distinta a aquel monólogo que siguió y que no pudo entender ni entonces ni más tarde, todas las veces que intentó reconstruirlo mientras jugaba en la habitación de su tía, cuando ya había trasladado allí sus juguetes y tía Oriane había desocupado para ella la gaveta de un armario. Porque Fidelia comenzó por quejarse de su presencia en la casa culpando a su tía de haber despertado lo que para el bien de todos debía dormir, y luego había hecho alusión a algo ocurrido muchos años antes, algo asociado con la muerte de alguien en el mar, y había seguido intercalando reproches y alusiones de un modo obscuro hasta que tía Oriane la interrumpió para ordenarle una infusión de toronjil. Pero aunque aquella salida la impresionó favorablemente —la lisura de las viejas criadas debía sobrellevarse con humor— María no había dejado de advertir la acusación implícita en la actitud de Fidelia, y sus palabras le hicieron recordar las disputas que sus abuelos habían sostenido tantas veces sobre tía Oriane y el tono caviloso que había notado en su abuela cuando fue a despedirla a la estación del bus y le dijo que no hiciera demasiado caso a lo que hablara su hermana porque los años nublaban ya su mente. Fue ese recelo que parecía suscitar tía Oriane lo que indujo a María a pasar los días a su lado pensando que si era ella la autora de los ruidos conseguiría vigilarla y si no lo era lograría de todos modos evadir su asedio, porque los ruidos, advirtió sólo entonces, no entraban nunca a su habitación.

Tía Oriane aceptó con buen humor las innovaciones que María introdujo en el orden minucioso de sus jornadas. No manifestó la menor contrariedad cuando le propuso dejar abierta la puerta que comunicaba los cuartos donde dormían y con tal de no dejarla sola la despertaba temprano para que fuera a pasear con ella a lo largo de la playa. A aquella hora, envuelto todavía en la bruma, el mar era sólo una franja de plata cruzada por pájaros solitarios que emitían un chillido destemplado en el cielo antes de descender en línea oblicua y hundir el pico en el agua, alejándose después, casi sobre la cabeza de María, con un pez que se debatía desesperadamente. A veces el pez lograba escapar y caía a sus pies, palpitante y frío. María lo cogía con la punta de los dedos y lo arrojaba al mar, y el olor del mar quedaba entonces todo el día en su mano: más áspero, más denso que el de las chuvas y caracoles negros que resonaban en el bolsillo de su delantal mientras caminaba despacio para seguir el paso de su tía, oyéndola hablar de los viejos tiempos, de cuando era niña y cabalgaba con Sergio por esa misma playa, y en las noches de luna la arena brillaba como si cada grano escondiera un alfiler de cristal. No eran cristales sino algas fosforescentes, explicaba tía Oriane sonriendo. Pero durante años Sergio y ella habían creído en la existencia de un tesoro oculto al otro extremo de la playa, bajo la roca donde el mar se agitaba estallando en oleadas de espumas y de vez en cuando aparecía, recortada contra la primera claridad del día, la figura del desconocido que asustaba a Fidelia.

—Ese tesoro —comentó una vez María—, a lo mejor existió.

Tía Oriane pareció reflexionar hundiendo su bastón en el hueco de un cangrejo.

—Las cosas existen si tú crees en ellas —dijo después de un rato.

A la roca nunca iban. Su tía no soportaba el resplandor del sol en los ojos y se devolvía a mitad de camino. Entonces marchaban de prisa porque tía Oriane insistía en tomar el desayuno a las ocho en punto de la mañana. Incluso si no entendía sus caprichos María se amoldaba a ellos con una cierta complicidad. A fuerza de imitarla descubría gradualmente el sortilegio de los actos repetidos, cómo aquel pasado del que tía Oriane hablaba era recreado cada día frente al servicio de plata, el mantel de lino, los bollos de mazorca recién sacados del horno. Así había sido y así sería mientras la plata reluciera en la mesa y Fidelia sirviera el desayuno recobrando su perdida dignidad detrás de un uniforme almidonado.

Más allá del comedor se abría el jardín hirviendo de calor y zumbidos, y más al fondo, oculta por una maraña de arbustos polvorientos, la rotonda donde tía Oriane pasaba una parte de la mañana cuidando los cinco rosales que crecían milagrosamente a la sombra de las trinitarias. Desde allí se oía el rumor del mar y trepando el muro podía verse la playa, casi siempre desierta, a no ser que el desconocido la rondara como una silueta gris perdida entre el resplandor de la arena. Tía Oriane se ocupaba de la rotonda y desatendía el jardín por la misma razón que había salvado tres habitaciones de la casa dejando el resto en el abandono de telarañas y lagartijas. Detrás de aquel olvido María percibía el designio de una obscura venganza que cobraba forma cada día cuando su tía llenaba de cayenas el gran salón presidido por el retrato de su padre, porque él las odiaba, le había explicado sonriendo. El retrato de aquel hombre de mirar airado, con el smoking cruzado por una banda de seda púrpura y dos condecoraciones prendidas a la solapa, recibía el sol de frente y estaba ya tan desteñido que algún día, decía tía Oriane, sólo sería un fantasma de cuadro entre los fantasmas de una casa sin dueño. Esperando la desolación que en el fondo de su alma deseaba para aquel lugar —y que llegaría tres años después de su muerte cuando el mar ganó la playa y más tarde el jardín, y lentamente destruyó la casa— tía Oriane aprisionaba el pasado conservado tenazmente en el gran salón y el comedor, pero sobre todo, en aquella habitación del segundo piso que había elegido para ver correr las tardes dibujando figuritas en las hojas de un cuaderno. Allí, donde los ruidos nunca habían entrado, María aprendería a recrear la vida de tía Oriane cuando la ociosidad de las horas pasadas junto a ella la llevó a descubrir el sorprendente mundo de sus armarios.

Todas las cosas que tía Oriane había poseído alguna vez estaban en aquellas gavetas, envueltas en papeles de seda con un remoto olor a cananga, intactas, como si el tiempo no hubiera logrado trasponer los pequeños cerrojos dorados que abrían estuches y cofres desenhebrando una historia entretejida con juguetes y vestidos, capas, cintas, abanicos y flores olvidadas entre libros de versos. María desenvolvía los recuerdos de su tía con la misma fascinación que habría sentido al levantar la tapa de una caja de sorpresas. Podían aparecer cosas extrañas, amuletos y horribles figuritas de trapo. O podía haber algo velado a la vista. Porque casi todo, parecía tener un doble fondo: una muñeca encerraba otra, un dado se repetía siete veces dentro de él mismo, un joyero revelaba casillas invisibles presionando botones ocultos entre arabescos. Tía Oriane le había dado a entender que debía descubrir las claves por sí sola pero la observaba sonriendo mientras ella escudriñaba sus gavetas y de pronto, con un gesto casi imperceptible, le sugería que había elegido la llave indicada o la hacía volver sobre un objeto que había dejado de lado para buscarle su artificio. A veces María descubría dibujos y retratos de su tía, una insólita tía Oriane de cabellos sueltos y vestidos transparentes que corría descalza por la playa. Y figuras de cobre: grandes pájaros cuyas alas se abrían sobre mujeres desnudas. Y láminas donde hombres parecidos a animales acechaban a pastoras o las perseguían bailando alrededor de los árboles. Aquellas cosas la turbaban. Y la turbaba más aún la reacción de tía Oriane que entonces no hacía caso de ella y se inclinaba sobre sus dibujos con el mismo aire travieso que tenía su abuela cuando le proponía adivinanzas o la retaba a alcanzar la bolsa de almendras que agitaba en el aire. María entreveía en su actitud un desafío y se obstinaba en examinar cada cosa hasta encontrarle su secreto. Había que barajar los naipes de cierta manera y abrir los abanicos de golpe y mirar las estampas al trasluz. Las ilustraciones de los libros variaban si eran observadas desde lejos. Los estuches japoneses se convertían en diminutos teatros al rozar una superficie: surgían parejitas que se hacían reverencias entre un revoloteo de sombrillas y abanicos; pero si la superficie se rozaba en sentido contrario las mismas parejitas aparecían desnudas y acostadas bajo los árboles de un jardín.

Caprichosos, inquietantes, los objetos de tía Oriane cautivaban como las manos de un ilusionista. Creando el ensueño alejaban de la realidad, sugerían su olvido. Habían sido inventados para un instante: porque la primera impresión que producían no volvía a repetirse nunca debían ser mirados una sola vez y relegarse luego entre papeles de seda a la gaveta de un armario. Pero dejaban entonces un vacío que las cosas corrientes no podían llenar. Cuando María cerró el último estuche tuvo la sensación de haber perdido algo. Durante días vagó sin saber qué hacer por la habitación de tía Oriane; ya no podía distraerse con libros de cuentos ni muñecas: se sentía diferente, descubría el aburrimiento. Su tía pareció advertirlo.

—Tú te aburres —le dijo una tarde—. ¿Por qué no sales a jugar afuera?

Los ruidos seguían al acecho. María lo supo apenas llegó a la planta baja y oyó una bola de cristal rodando por las baldosas. La bola —el sonido que una bola podía producir— corrió a lo largo del pasillo, bajó saltando las escaleras y avanzó candorosamente hasta pararse a su lado. María no se movió, ni siquiera intentó mirarla: de repente los ruidos se le antojaban distintos despertando en ella la misma excitación que le producían los estuches de tía Oriane. Y con ese gesto, o esa ausencia de gesto, traspasó la línea invisible que hasta entonces la había separado de ellos.

Nunca más durmió con la puerta abierta ni volvió a subir a la habitación de su tía. Andaba de un lado a otro recorriendo la casa o salía a caminar por la orilla del mar hasta que el desconocido surgía en la roca rompiendo el hilo de sus sueños. Los ruidos iban siempre detrás de ella. Eran imprevisibles como el chisporrotear de una bengala o el zumbido de una cometa alzándose en el viento, o conocidos, casi familiares, como los pasos cautelosos que la seguían adonde fuera. A pesar de su inquietud María no hacía nada por evadirlos. Los provocaba incluso: porque había notado que aparecían únicamente cuando estaba sola, jugaba en los corredores donde Fidelia no pasaba nunca y bajaba al mar por atajos que nadie transitaba: se burlaba de los pasos que la seguían imitándolos: a veces fingía dirigirse a la habitación de tía Oriane o se escondía, y en su exasperación los ruidos hacían tanto alboroto que Fidelia salía al jardín murmurando maldiciones y exorcismos.

Con el tiempo los ruidos se integraron a sus sueños. Dejando atrás las fantasías de su infancia empezó a imaginar que todo advertía su presencia, que las cosas cobraban vida a su paso. Las porcelanas le sonreían, los retratos la miraban, nada ocurría por azar: adrede la brisa llevaba a su ventana flores de acacia y el mar dejaba en la playa las piedras que prefería. Porque en el aire y en el mar estaban ellos, sombras obscuras, figuras enlutadas vagando entre los árboles, siluetas de jinetes con capas negras como las que había en los armarios de tía Oriane. Escondidos en las cosas sin deseo distinto que el de verla, buscándola. Ella tenía algo que nadie más tenía, sus ojos brillaban, sus trenzas reflejaban el sol. Si lo soltaba su pelo le rodaba a la cintura y le envolvía los brazos como una caricia. Quería parecerse a las jovencitas de los gobelinos y llevar vestidos vaporosos y colocar sobre su frente rosarios de flores. Para que ellos la vieran: siempre la miraban, había infinitas Marías reflejadas en sus ojos. Por eso llevaba ahora sus mejores delantales y se buscaba ansiosamente en los espejos; por eso de noche se desnudaba a obscuras: giraba las porcelanas contra la pared y corría las cortinas hasta que ningún rayo de luz se filtraba por los postigos.

Era de noche cuando temía soñar. Las sombras que imaginaba iban llegando de los rincones y se confundían sigilosamente en una sola. Los ruidos cesaban, entonces sus sueños se volvían distintos. Parecían aletear en la obscuridad esperando a que empezara a dormirse para acercarse a ella, sugiriéndole siempre lo mismo con imágenes que saltaban a su mente como piezas de un rompecabezas. María los eludía sin buscar explicaciones, con un vago desasosiego, y sin buscar explicaciones los dejó aproximarse la víspera de su partida.

Aquella noche volvió a llover. Se había sentido toda la tarde el olor de las acacias y una algarabía de chicharras en el jardín, pero la lluvia llegó bien entrada la noche cuando Fidelia recorría el pasillo apagando las luces. Desde su cama María empezó a oír borbotear el agua por los canales del tejado, la garganta cerrada ante la idea de partir y dejar a tía Oriane en su ensueño de figuritas para reencontrar aquel mundo de su abuela en el que cada cosa respondía a un nombre y había avena al desayuno y rosas de plástico en los jarrones. Sentía deseos de correr al cuarto de su tía y besarla sin decirle nada, vagar por los corredores arrastrando telarañas bajo la mirada cómplice de los espejos, descender ahora que el reloj del vestíbulo anunciaba gravemente la medianoche, así, descalza, caminando en puntillas mientras el viento bamboleaba el columpio y oía con inquietud el crujido de las argollas oxidadas. Entre las acacias surgía ya una sombra, un rumor de hojas quebradas, una especie de ternura que le subía a los brazos y lentamente su figura empezaba a recortarse en la noche, avanzaba hacia ella y sonreía. Le decía que no sintiera miedo, que no iba a hacerle daño, la tomaba de la mano y en una ráfaga de brisa subían a las acacias, la envolvía en sus brazos y le ponía flores amarillas en el pelo, sentía ganas de llorar y se abrazaba con fuerza a la almohada, pero él reía, le apartaba el cabello de la frente, decía que había vuelto a encontrarla y corrían a la orilla del mar. Sobre la arena escribía su nombre, la rociaba de espuma y se alejaba, volvía cabalgando un caballo negro, al pasar junto a ella la montaba a su lado, iban más allá de la playa, más allá del mar, sus brazos la oprimían, sentía sus brazos como un aro de luz alrededor del cuerpo. Abrían el álbum, las páginas corrían, él tocaba la punta de sus dedos y ella huía pero la brisa la devolvía a sus brazos que la apretaban con fuerza y su cabeza se inclinaba buscando sus labios. Volvían los largos árboles metidos en la noche, su mano apenas la rozaba y el columpio se estiraba al cielo, le pedía que la empujara más arriba para que sus trenzas brillaran y su vestido de organza se abriera al viento. En el fondo del mar recogían caracoles, él ponía guijarros en su frente y le llenaba la falda de corales, sentía el calor de su cuerpo al resbalar junto a una acacia, la brisa no se oía, la lluvia arañaba apenas los cristales, había algo inaprensible en el cuarto, algo cruzaba sigilosamente la obscuridad mirándola, y mirándola avanzaba hacia ella, el corazón le dio un vuelco: había oído el roce de aquellos pasos en la alfombra y de repente supo que los oía por primera vez y para ahogar un grito se tapó la cara, por un instante pensó huir, correr hacia el cuarto de su tía, correr adonde fuera. Pero una corriente cálida desanudaba su cuerpo, entreabría sus manos, su piel se recogía, sonriendo abría los ojos, aquella cara triste y de algún modo remota se acercaba a la suya, su voz la envolvía, como un soplo de aire su voz la envolvía hasta que de pronto no fue más su voz sino un grito colérico, el sol en la ventana y Fidelia gritando que el desconocido había entrado a la casa.

El muñeco

Aquella tarde, doña Julia la recordaría siempre. Había estado trajinando en la cocina antes de salir al corredor y con un suspiro tomar asiento en su mecedora de paja. El sol había calentado menos que otras veces y del patio llegaba un olor de alhelíes. Alzó los ojos y vio el palomar recortado en un cielo luminoso, el muñeco olvidado al pie de un tú y yo, y al fondo, junto a la riata de flores, vio a la muchachita correteando alrededor del niño.

Doña Julia sonrió mientras sacaba de una canastilla sus lentes y su labor de crochet. Era agradable tener momentos así, un día sin bochorno, un buen hilo, el encargo de ese mantel de doce puestos por el cual había convenido un precio razonable, y tejer tranquilamente sabiendo que el muñeco estaba a su alcance y el niño se veía distraído. Volvió a mirarlo y lo observó recoger del suelo una pelota azul. Por un instante sus movimientos le parecieron menos torpes, su expresión menos pueril; entonces pensó que había sido una buena idea invitar a María. A la edad de María las cosas ruedan solas, se dijo recordando que en ningún momento mostró resentir la inercia del niño: más bien divertida se había puesto a hablarle lo mismo que a un animalito huraño, y allí lo tenía en el patio, jugando a su antojo.

La verdad era que por primera vez doña Julia notaba al niño interesado en algo distinto del muñeco. Y aunque no se hacía ilusiones, debía reconocer que resultaba alentador. Bien sabía que nada, ni juguetes, ni láminas, ni aquel transistor que adquirió en navidades, había logrado nunca alterar su somnolencia, ese lento ambular de pequeño fantasma ajeno a cuanto ocurría en torno suyo, como si se hallara en este mundo por error, o tuviera para sí un mundo propio, hecho de cristales a los que sólo el muñeco impedía caer y volverse añicos. Ahora empezaba a entender que debía haberle buscado antes un amigo y no maniatarse tanto con el temor de que pudieran desairarlo o hacerle daño.

Y doña Julia sonrió al recordar la aprensión que le dio ver entrar a María como un torbellino por el vestíbulo, agitando su colita de caballo de un lado a otro. A través de sus lentes se detuvo a mirarla. Se había puesto a rebotar la pelota contra una pared entonando en voz queda la canción del oá. Era bien menuda y tenía ese aire travieso del niño acostumbrado a salirse siempre con la suya. Pero de sólo oírla, a doña Julia le parecía que un soplo de aire corría por el patio. Tal vez ese médico estaba en lo cierto, pensó volviendo a sus encajes. Al niño le convenía la presencia de otros críos; debía olvidarse de lo pasado y tratarlo sin tanto mimo, y sobre todo, comenzar a alejar de sí ese eterno desasosiego que a nada bueno conducía. Claro que era difícil, bien difícil. Por mucho que lo intentara, allí estaría rondándola como una mala sombra la amenaza del muñeco.

Doña Julia sintió que la invadía la tristeza. Se dijo, como tantas veces, que no merecía el final de sus días, cuando bien cabía esperar un poco de paz, tener que vivir obsesionada por esa horrible cosa de trapo que el niño encontró en un rastrojo la tarde aquella del accidente. Dejó rodar el tejido a su falda y recostó la cabeza en el espaldar de la mecedora. Aún no acababa de admitir que el muñeco se extraviara, era demasiado injusto. Lo vio tirado junto al tú y yo, impúdico y desgonzado, con su falso aspecto de muñeco, y entonces se vio a sí misma recorriendo con una agitación sombría las habitaciones de la casa, buscándolo entre los muebles y las paredes agrietadas por la humedad, atisbando detrás de cuadros y espejos, removiendo carpetas y damascos y cojines. Le pareció sentirse de nuevo entre el rancio calor de los cuartos cerrados, vaciando el pesado baúl de cuero donde se acumulaban los recuerdos de cinco generaciones, y se dijo que no habría sido capaz de contar las veces que registró sus armarios, ni las horas perdidas en el patio sacudiendo las ramas de los naranjos y nísperos, esculcando con un palo las trinitarias aferradas como sanguijuelas a la pared. Porque, y eso estaba claro, el muñeco podía aparecer en cualquier parte. Una vez lo había encontrado sepultado bajo una cayena, otra, a punto de hervir en la olla de la leche. No siempre había sido así, pensó doña Julia. Y recordó con nostalgia los tiempos en que su única inquietud consistía en tejer suficientes encajitos de crochet para comprar aquellas codornices y torcazas que tan bien le sentaban al niño. Y juguetes, todos los que podía. Aún conservaba la ilusión de desplazar al muñeco. Sólo que la magia de los días transcurridos entre agujas y madejas había terminado abruptamente.

Fue temprano, recordó, una mañana al regresar de misa de seis. Estaba apenas quitándose el alfiler de la mantilla frente al espejo del vestíbulo, cuando le oyó decir a la vieja Eulalia que el muñeco había desaparecido. Así, simplemente. Sintió que de golpe el alma le abandonaba el cuerpo. Sin pronunciar una palabra estuvo removiendo cielo y tierra a lo largo de aquel terrible día, y cuando al fin logró topar al muñeco embutido de mal modo en el tanque del sanitario, no quiso pensarlo más y sin contemplaciones despidió ahí mismo a la abismada Eulalia sospechando que la bruja que a ratos asomaba entre sus yerbas y sus collares de ajo se había adueñado ya de su corazón. Desde entonces el polvo que la brisa traía seguía dando vueltas en la casa, las lagartijas culebreaban por las paredes, y como no volvieron a encontrar quien los espantara con la vara de deshollinar, los murciélagos se colgaron en racimos y para siempre de las vigas del cielo raso.

Nada de eso tenía mayor importancia, reflexionó doña Julia empujando distraídamente su mecedora. Pero llevaba atravesada la espina de la injusticia cometida con Eulalia. Había actuado impulsivamente y de eso vino a darse cuenta muy tarde, cuando a los siete meses y del mismo modo inesperado, el muñeco volvió a perderse. No supo qué la hizo desconfiar entonces de aquella ánima que alguna vez rondara el baúl de los recuerdos y con sus ahorros le fue comprando un descanso de quinientas misas. Después llegó hasta imaginar la presencia de un duende, sobre todo al reparar en el escarnio de esconder el muñeco en sitios tan inverosímiles, y se agenció inútilmente una botella de espíritu del Carmen. Qué torpe había sido, se dijo doña Julia. Pero, en fin, así ocurrían las cosas, pensó resignada. Era bastante duro reconocer en el niño el aciago propósito de perder el muñeco. Y a la inquietud de vivir pendiente de sus actos, sumar esa helada sensación de estar comprometida en una lucha contra algo que de pronto y con astucia se agazapaba en él. Lo más ofuscante de todo era que no parecía haber cambiado, seguía siendo esa sombra de niño cada día más peregrino, cada vez más ajeno a la realidad.

Doña Julia alzó los ojos para mirarlo y lo encontró absorto, contemplando a María. Pensó que nunca lograría penetrar su apariencia remota y compacta. Era inaprensible, precisó, como una gota de mercurio. En el fondo no lo conocía: comprendía vagamente que se negaba a hablar por capricho y lo adivinaba sujeto al muñeco por un vínculo extraño y malévolo. Pero no podía aventurar más nada. Recordó que a veces lo seguía en puntillas cuando iniciaba a través de los corredores uno de sus imprecisos deambulares, acuciada por el deseo de sorprenderlo en el momento mismo de ocultar el muñeco. Era en vano. Como si alguien le advirtiera de su presencia, se detenía en algún rincón, y muy lentamente iba girando hasta mirarla con sus ojos inermes. Ella, doña Julia, ya no se dejaba engañar. Sabía que seguiría impertérrito velándole la hora, y en un instante, al primer descuido, el muñeco habría desaparecido de sus manos. Así recomenzaba su angustia y la interminable pesquisa por la polvorienta casa, mientras veía al niño languidecer con los ojos encandilados por un punto cualquiera de la pared de su cuarto, horriblemente quieto, incapaz de ingerir ni siquiera un sorbo de agua.

Doña Julia pensó que no había en el mundo nada más desolador: sentir, quebrada de impotencia, que el niño se le iba en minutos como si su alma la estuviera halando el muñeco. Y no se atrevía a contárselo a nadie, mucho menos al médico. Que la vida de un niño dependiera de la presencia de un muñeco era uno de esos desatinos que presenta el devenir y de los cuales vale más callarse.

Con un estremecimiento, doña Julia volvió a la realidad. La risa de María acababa de sacarla de sus cavilaciones: había asido al niño de la mano y corría espantando a las palomas. Vio cómo lo sentaba a su lado en la paredilla de la riata y le echaba hacia atrás el mechón de pelo que le caía sobre la frente. Dijo algo en voz baja y él asintió sonriendo. Entonces le llevó las manos a la altura de los hombros y chasqueando los dedos en una especie de ritual, inició el juego de las palmas. Fue en ese preciso instante, doña Julia lo recordaría siempre, cuando el turpial rompió a cantar presintiendo el paso de las cinco. Así que comenzó a envolver en un papel de seda la rosita de crochet a medio terminar y pensó que debía levantarse a preparar el extracto de codorniz. Demoró un rato más en la mecedora sintiendo dentro de las piernas un hormigueo que anunciaba la inminencia de octubre, y se prometió comprar para esas largas tardes de lluvia muchos juguetes que divirtieran a María. Debía, lo primero, terminar cuanto antes el mantel, se dijo mientras atravesaba el corredor. Y tal vez, conseguir una muchacha que sacudiera el polvo. Estuvo pensando en eso todo el tiempo que pasó después en la cocina desplumando una diminuta codorniz; en la muchacha, los pisos limpios, el olor a cera, las ventanas abiertas otra vez de par en par.

Del patio sólo llegaba el ruido de las manos de María al chocar con las del niño. Era un sonido seco, intercalado de pequeños silencios. Doña Julia se disponía a adobar la codorniz con perejil y una hoja de laurel cuando oyó sonar el timbre de la puerta y los pasos de María regresando por el vestíbulo a toda carrera para decirle que una sirvienta había llegado a buscarla. Apenas alcanzó a ver el revoloteo de la colita de caballo girando junto a la puerta de la cocina. Pensó que debía conducirla y prometerle que la llamaría otra tarde. Pero no lo hizo, se sentía cansada.

Mucho después, ya la imagen del niño se gastaba en el tiempo, doña Julia volvería una y otra vez al recuerdo de aquel instante y con angustia pensaría que si hubiera acompañado a María habría podido impedir que el niño le entregara el muñeco, y ella, atolondrada, asqueada tal vez, lo echara al salir de la casa en la caneca de la basura que, como siempre, el carro del aseo recogió puntualmente a las seis.

Ciruelas para Tomasa

A la memoria de Tomasa

No la había visto en mi vida pero supe que era ella apenas la divisé parada en la esquina mirando hacia la casa con la terquedad de un zombi. Así que di la vuelta y eché a correr al cuarto de mi abuela y le dije, llegó Tomasa. Mi abuela no me preguntó cómo pude reconocer a una persona a la que nunca he visto, no me miró siquiera: siguió guardando la ropa recién lavada que las monjas del Buen Pastor habían traído al mediodía, y sólo cuando la última sábana quedó doblada en la gaveta de la cómoda pareció entender por qué diablos había entrado yo en su cuarto. Sólo entonces se dirigió a la puerta y erguida, erguida y seca como una mariapalito, esperó a Tomasa bajo el dintel con la mano apoyada en la cabeza de su bastón de ébano. Sin saludarse, sin cruzar una palabra se pusieron a andar por el corredor, mi abuela adelante y ella atrás, arrastrando esa horrible pierna que gotea y va marcando las baldosas lo mismo que un caracol: así, a la manera de un caracol, fue dejando su huella por la galería hasta las dependencias del servicio donde mi abuela le señaló con un gesto el cuarto que de ahora en adelante será el suyo. Por si las moscas me mantuve a distancia buscando cualquier cosa en la despensa: apenas mi abuela dio la espalda y ella arrastró del cuarto un taburete me vine a jugar con mis bolas de uñita, aquí, en el patio. De ese modo la tengo a tiro de ojo y mi abuela no puede reprocharme nada: que si metiche, que si husmeo a la gente como perro hambriento y la cantaleta que me conozco. Por lo demás esa ni cuenta va a darse, es un zombi, dejó su alma en otra parte y tiene movimientos de mentira. Hace un momento sacó no sé de dónde una calilla, raspó un fósforo con la uña del pulgar y se metió en la boca el extremo encendido: fuma para adentro, botando el humo por la raya de los labios, los brazos caídos, las trenzas tan tiesas que parecen apretadas con fique, pero no es fique, es barro. Después dicen que anduvo todo ese tiempo por los pueblos, que mendigaba de casa en casa: puro cuento: apuesto que vivía entre el fango, en el fondo de una ciénega, que del fondo de la ciénega salía cada noche mientras mi abuela la hacía buscar.

Y sí que la hice buscar, durante años: por los carreteros que pasan su vida con los ojos clavados a las orejas de una mula, por los negros que venían del monte medio embrujados, por Florencio, el idiota. Ellos la recordaban. Cuando ese cadillerío que ahora rodea la casa era un jardín, y la verja se abría para dejar salir la calesa, y la calesa rodaba por las calles levantando el polvo entre un relámpago de aros amarillos, ellos la veían pasar por las tardes camino del camellón y apartaban las carretas quitándose el sombrero. Para recordarla venían aquí, me traían ñames y yucas, se sentaban en las gradas del porche con las manos inmóviles y hablaban de ella como si el tiempo no hubiera pasado. Sólo al despedirse y casi a la ligera murmuraban que tarde o temprano la encontrarían, andando, como decían que andaba, por esos caminos, a la buena de Dios. Pero nunca la vieron, de viejos y cansados no volvieron más. Y con el tiempo yo supe que ella regresaría sola, que un día miraría a su alrededor, daría la vuelta, y desandando cincuenta años de odio vendría a buscar su cuarto para morir. En fin de cuentas si se ha de morir mejor hacerlo donde se ha vivido, que alguien se ocupe de uno y recoja sin aspaviento lo que uno deja. Mejor eso que sentir revolotear sobre la cabeza las alas de los goleros, pienso qué pensaría mientras andaba por esos hervideros de polvo con el sol a cuestas. Debió de saberlo el mismo día que salió del asilo y empezó a mover un pie detrás de otro en busca del camino que la alejaría de la ciudad. Más allá del caño, donde los mangles se pudren y el río huele a caimán, mirando el trupillo quemado que bordea los senderos, se diría que algún día volvería a respirar el mismo olor porque de todos modos tenía que entregar el alma, así le tocara caminar cincuenta años esperando que en esta casa hasta los gatos hubieran muerto. De no haber estado yo aquí habría llegado lo mismo, pero sabía que yo la aguardaba. Se lo dije en el asilo, cuando al fin cumplí los años que me permitían entrar a verla. Y ya tenía como ahora esa mirada que no se fija a nada quizás para no advertir la desolación del patio, pensé, ni las viejas acurrucadas bajo el matarratón, ni la celda donde la tuvieron amarrada hasta que aceptó ser lo que tanta gente quería que fuera, no del todo loca pero sí lo bastante para fingir que lo estaba, y no por complacencia, imagino, sino con el fin de aislarse completamente de los otros ofreciendo aquel alelado mutismo como única respuesta de sí misma. Entonces me sorprendió que hubiera aceptado su suerte en la resignación porque a los veinte años no podía comprender el abandono ante una humillación repetida al infinito, día tras día, sin esperanza alguna, sin el menor consuelo, sobre todo eso, puesto que ella, Tomasa, se había cerrado para siempre a la vida y a cualquier forma de ilusión apenas puso en duda la buena fe del hombre que amaba. Antes que mi padre, la verdad sea dicha, y todos los advenedizos que la criticaban acolitados por sus mujeres agriadas de tanto parir hijos concebidos en el desgano, fue ella la primera en creer que al irse, mi hermano la había abandonado. Así lo gritó, me acuerdo, doblada en dos como si el dolor fuera un golpe recibido en pleno vientre, la noche que Eduardo partió y los ruidos de la oscuridad extraviaron el resonar de los cascos de su caballo. Creyéndolo así justo cuando más vulnerable era y nada tenía que oponer a la venganza de mi padre, ni el ambiguo escrúpulo ante la virginidad, ni el temor a una opinión que con tal de verla castigada preferiría pasar por ciega y sorda (sólo yo, una niña metida a la fuerza en un cuarto que al cabo de tres días arañaría todavía la puerta cerrada, sin lágrimas ya, sin inocencia, después de haber aprendido a asumir fríamente su destino). Juzgando a mi hermano con el criterio que le había servido hasta entonces para medir a los hombres de aquí, a ella y a cualquier otra mujer que desde la cuna se hubiera oído repetir, si un hombre te toca, te deja, nadie ensucia el agua que se ha de beber. Y por ese juicio condenándose, perdiendo el único apoyo que le habría permitido, no escapar al horror de aquellos tres días, pero sí soportarlo. Aún ahora pienso que otra habría sido su suerte de haberle dado a mi hermano el crédito que yo le di, finalmente a él nada tenía que reprocharle: la había amado y había partido jurándole que volvería: no podía imaginar lo que pasaría en su ausencia y nunca se habría ido si lo hubiera sospechado. De esta casa, de los odios que la recorrían como el viento en noches de lluvia, Eduardo lo ignoraba todo. La había dejado de niño y sólo había regresado a la muerte de mi madre, marcado por otras costumbres, ajeno para siempre a las nuestras y dispuesto a partir cuanto antes, una vez hubiera recogido su herencia y visitado el país con el ojo displicente de un extraño. Era justamente lo que mi madre había querido que fuese al enviarlo al extranjero a casa de aquel tío suyo que ella apenas si conocía, pero a quien estimaba por ser, decía, uno de esos Arieta capaz de abrirse paso en cualquier parte sin perder el corazón y por eso mismo, de hacerse respetar donde viviera. Diez años tenía cuando lo alejó de aquí y nunca quiso que regresara; sabía de él por las cartas que regularmente llegaban y las fotografías que a lo largo del tiempo llenaron un álbum que aún conservo. Quizás lo habría hecho volver más tarde, después de vender la hacienda y desembarazarse de mi padre, como tantas veces le oí decir, o más bien, por las disposiciones que tomó a última hora concernientes a su herencia, supongo que prefería imaginar a su hijo llevando su vida en otra parte. Si así fue dio en lo justo, porque nadie menos preparado que Eduardo para acostumbrarse a esta ciudad de comadres y pendencieros. Todavía me parece verlo observando con una divertida perplejidad a las personas que venían a darnos el pésame, largo, impecable en su vestido de hilo blanco, su bello rostro enmarcado por unas patillas negras que acentuaban su palidez, la oscuridad de sus ojeras. Un verdadero Arieta, sí, la negación de mi padre que como el resto de los hombres de aquí lo vigilaba de reojo muriéndose de ganas de llamarlo marica. Porque Eduardo no se tomaba el trabajo de disimular el aburrimiento que le producían sus frases enfáticas, sus chistes obscenos. Y bien pronto se supo que no le gustaban las riñas de gallos, ni los prostíbulos, ni las borracheras. Prefería dormir hasta entrada la tarde, cuando las primeras brisas calmaban el sofoco de los sapos y se hacía menos denso el calor, menos hiriente el cielo. Entonces calzaba sus botas, cruzaba indolentemente los salones donde las mujeres lo acechaban codiciosas prolongando por verle más de la cuenta el duelo, y salía a cabalgar horas enteras, una silueta blanca, una figura esbelta galopando entre los toros adormilados, disminuyendo en el horizonte hasta perderse bajo la luz naranja del atardecer. Así lo guardo en mi recuerdo. Así, y sentado en una mecedora de mimbre leyendo a la luz de una vela mientras la casa dormía. Oyendo hablar al notario, las manos hundidas entre el pelaje de la gata Olimpia, aletargada de placer. Una ceja alzada en la mesa como única respuesta a los eructos de mi padre, a quien su sola presencia parecía condenar irremediablemente a tropezar los cubiertos y derramar la jarra del jugo de tamarindo. Imagino que algún día las mujeres se darían por vencidas, y el notario terminaría de recoger sus papeles, y con el rabo entre las piernas mi padre regresaría a su mundo de peones y de bestias. Imagino eso porque después vino la calma y la casa volvió a ser lo que era en vida de mi madre. Se abrirían las ventanas y el aire limpio sacaría los sudores y maledicencias del velorio. Saliendo de su tristeza Tomasa pasaría del riguroso luto al holán de florecitas negras, segura ya de realizar su sueño, aquel lánguido sueño entretejido con novelas de amor y escalas de piano estudiadas formalmente para así parecerse a las niñas bien que tantas tardes había visto desfilar bajo sus sombrillas por el camellón.

Yo en su lugar habría aprendido un oficio, a la brava, como aprendí a jugar a la uñita mientras mis primos me llamaban marimacho y yo los dejaba hablar sin quitarles el ojo de encima hasta conocer de memoria cada uno de sus trucos y llenar con sus bolas la bolsa de hilo que a todas esas mi abuela me iba tejiendo. Porque mi abuela dice que si para complacer a los hombres una se hace la tonta termina volviéndose tonta y algo por el estilo debió de pasarle a Tomasa de tanto andar dándole al piano, encorsetada y sin comer hasta desvanecerse por un quítame allá esas pajas cuando el oficio de costurera habría podido hacerla independiente y ganar sus reales una vez mi abuela fuera mayor y ya no tuviera que acompañarla de un lado a otro. En eso hubiera debido pensar por mucho que le gustara frecuentar a la gente de la calle San Juan y sentarse en las terrazas a que la vieran —detrás de las tías de mi abuela, cierto, pero no mezclada al servicio— y recibir de manos de las sirvientas los jugos que le brindaban y que bebía con mil remilgos y en todo caso mejores modales que yo, según rezongó alguna vez mi abuela después que hice trizas su colección de porcelanas. Tanto sonsonete con Tomasa para venir a encontrar esa bruja desparramada en su taburete con las piernas entreabiertas y una costra de mugre en lugar de piel, inerte, sin mirar cosa alguna o quizás mirándome ahora que para darle a la bola transparente me he acercado más a ella y tomo tino aguantando la respiración no vaya a ser que el tufo que le sale de la pierna me distraiga. Por fortuna me callé lo que descubrí hace un momento, cuando una mosca olfateó la herida y en menos de lo que canta un gallo todas las moscas del patio se pusieron a zumbarle alrededor, así que no tuve más remedio que ir a buscar un trapo a la cocina y venir a espantárselas sin que la muy desagradecida diera la menor señal de reconocimiento. Por fortuna, digo, que nada dije, pues a estas horas estaríamos mi abuela y yo sacándole los gusanos uno a uno como nos tocó hacer con las garrapatas del tití que el bobo del Florencio nos trajo de regalo. Bendito tití que parecía más muerto que vivo cuando llegó y ayer no más me bombardeó con ciruelas podridas porque intenté agarrarlo. Pero como dice mamá, está en el carácter de mi abuela animar lo que ande descompuesto: aquí aparecen brujos, locos, mendigos y mi abuela no tiene el menor inconveniente en cotorrear con ellos. Hasta los ladrones, Señor, le dan las buenas noches cuando pasan a hacer de las suyas rodando en sus suelas de caucho. Ahora lo que faltaba: esa vieja que en la calle será el hazmerreír del mundo entero. Y por la que seguramente tendré que pelearme con alguno de los muchachos del barrio: Alfredo, sin ir más lejos: ya lo veo tirándole piedras desde la verja como veo a las sirvientas de mi abuela refunfuñando apenas lleguen esta noche y sientan la hedentina. Inútil, mi abuela no saldrá de sus trece. Nadie le sacará de la cabeza que ella debe hacerse cargo de Tomasa porque al meterla en un asilo, su padre le arruinó la vida.

De él no quedó ningún retrato. Ninguna persona lo lloró a su muerte y nada le sobrevivió, ni siquiera el nombre. Hasta el caballo que montaba al caer en la alambrada tuvo el buen sentido de no regresar aquí sino a mediodía, cuando ya los goleros lo habían marcado a picotazos. Quien iba a decir que aquel hombre avieso y fornido, dispuesto siempre a liarse a puños por un sí o un no encontraría su hora gracias a mí, el ser más inerme de la casa, una hija que dudaba fuera suya y de la que bien le hubiera valido desconfiar a pesar de sus diez años. Porque suya o no yo había nacido hija de mi madre y estaba destinada a hacerle frente: a su grosería, a sus gritos, a ese endiablado deseo de imponer su voluntad que sólo el carácter de mi madre controlaba. En lo que me va, no me ha llegado jamás al alma el menor remordimiento, ni la mañana que le vi saltar sobre aquel caballo callándome lo que sabía, ni más tarde, cuando los años me hicieron comprender que no había sido más que un pobre diablo encerrado en un callejón sin salida vacilando entre una ambición que le impedía abandonar la posición de señor y una tosquedad que nunca le permitió asumirla. De un lado todo lo que había adquirido al casarse con mi madre, la casa, el ganado, el potrero que se extendía ...