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CUENTOS COMPLETOS

Marguerite Yourcenar  

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Fragmento

En la apreciación ya unánime de la obra de Marguerite Yourcenar, una autora capital del siglo XX, cuya obra es clásica en la manera en que lo son aquellas obras que se extraen del tiempo en que nacen insertándose en esa ficción que llamamos historia, sería un grave error postergar las dos docenas de cuentos escritos antes y después de los años dedicados a la construcción primorosa, escrupulosa, titánica, de dos de las cumbres de la novela contemporánea, Memorias de Adriano y Opus Nigrum, y de joyas talladas con la brevedad de Alexis o el tratado del inútil combate y El tiro de gracia. Lejos de ser producto de la fogosidad de una joven que resolvió muy pronto ser una escritora de una pasión y una precisión poco comunes, precisamente por saber a muy temprana edad qué y cómo iba a escribir, estos relatos escritos con idéntico mimo compositivo que las grandes novelas, que datan de los años de formación y de los años de sabiduría y sosiego, resultan uno a uno y en su totalidad un auténtico prodigio narrativo. Los tres relatos de la sección que cierra este volumen, aunque reescritos años más adelante, provienen también de los años treinta; al igual que los tres que se hallan en la primera, sus obras más tempranas, son cifra y resumen de su singular concepción de la obra y de su inigualable funcionamiento: al decir de Josyane Savigneau, Yourcenar desarrolla, afina, consolida, compone por adición y por sustracción, esboza y recapacita y traza con pulso firme una obra que había soñado e imaginado entre los dieciocho y los veinte años, siempre subordinada al ansia de saber y al afán de servir.

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En la década de los treinta la obra no está conclusa, pero el destino está sellado. La obsesión de Yourcenar en llevar a cabo todos los proyectos concebidos, todas las tareas que se fue imponiendo, resulta enfermiza tal vez, pero es síntoma de una fortaleza en las decisiones propia de una mujer que supo muy pronto quién iba a ser, y que lo fue cabalmente con el paso de las estaciones, del primer al último otoño. Año tras año Yourcenar va escribiendo y a veces va descartando las sucesivas piezas de ese mosaico concebido en su juventud; va reescribiendo y añadiendo y reordenando los volúmenes de cuentos, cuyas fechas de publicación pueden parecer algo confusas por esa situación de elaboración casi permanente.

Entre los cuentos de juventud publicados póstumamente con el título de Cuento azul (1993) y los tres relatos magistrales de Como el agua que fluye (reescritos en 1979-1981, aunque sus gérmenes datan de mediados de los años treinta), se intercalan dos libros más unitarios, Fuegos (1936) y Cuentos orientales (1938, edición ampliada de 1978). Con la excepción del primero, los otros tres van acompañados de notas prologales o epilogales en los que la autora da cumplida noticia bibliográfica de todos ellos.[1]

I

Cuando el lector se ha encariñado con un autor y el autor muere, y llega la hora de releer sus producciones ya conocidas y de paladear esos vinos decantados por el tiempo y hallar sabores novedosos, es corriente que surja el afán por conocer inéditos, descartes, curiosidades que se fueron quedando en las gavetas de su escritorio. Entre los hallazgos que se hicieron en los archivos de Marguerite Yourcenar a su muerte, en 1987, seguramente los más destacados sean tres relatos cortos de una coherencia proverbial, debida a la lucidez con que Yourcenar imaginó qué y cómo iba a escribir a medida que adquiriese las herramientas del narrador y el rigor exquisito con que las emplea. Son los tres cuentos que figuran en el arranque de este volumen, escritos entre 1924 y 1930, años en que comienza a trabajar en la dinámica literaria y a afinar las tesituras narrativas que años después culminaría con Memorias de Adriano: esa metáfora que arraiga en las entrañas del hombre, un sentimiento a medias escéptico y a medias esperanzado, pero que resalta ante todo la dignidad del ser humano.

«Cuento azul», el único verdadero inédito que dejó Yourcenar a su muerte, apunta ya en la dirección de los Cuentos orientales. Expone desde luego el anhelo de Oriente que impregna toda su obra y demuestra una atención extrema por plasmar con justeza todo un mundo sensorial, además de producir un efecto característico en la autora: parece que transcribiera una tradición ancestral de acuerdo con las convenciones de la literatura oral más cercana. Es posible que se quedara en el cajón por haberse ideado para formar parte de un tríptico que contendría un «Cuento rojo» y un «Cuento blanco», de los cuales no se conserva más que la idea.

Mucho más curioso y bastante más redondo es «La primera noche», que Yourcenar reescribe —pule, abrillanta, remata y transforma— a partir de lo que habría sido el primer capítulo de una novela proyectada por su padre. Esta narración despojada de vana literatura contiene una experiencia doblemente fundacional en la sensibilidad de la narradora: apura el juego de las complicidades entre padre e hija, el misterioso placer de la suplantación, la identificación que se entabla entre ambos como clave de la transmisión de un saber estar y de una manera de ser; al mismo tiempo, relata con la lucidez del hombre maduro un episodio que condensa una cosmovisión anclada en lo más íntimo, en una noche de bodas, bordeando las fronteras del tabú. Con su tono de sensualidad tierna y desengañada y su transposición de la realidad vivida, en él hallamos la vaga idea de que la vida es así, a la vez que bien pudiera ser de otra manera.

«Maleficio», de corte más convencional, es una primera aproximación al mundo mediterráneo y profundo con la que se cierra este «tríptico de juventud acerca de la credulidad», según lo define Josyane Savigneau en La invención de una vida (Alfaguara, 1991), obra de referencia fundamental en cuanto a la vida y el universo propio de Marguerite Yourcenar. En realidad una especie de borrador previo de las capillas preciosas y las suntuosas estancias que, dentro de un vasto palacio, irá construyendo Yourcenar con criterio y con tesón a lo largo de los años, dejando a la vez que sea el tiempo quien esculpa sus formas ideadas antes de que llegue el cincel que empuña una mano magistral.

II

Producto de una crisis pasional de envergadura considerable, Fuegos es el más unitario de los cuatro libros que forman este volumen. Se trata de una serie de composiciones líricas que, talladas como piedras preciosas no siempre de forma regular
—la perfección es enemiga de lo bueno—, se ensartan en un hilo conductor que trenza una determinada noción del amor tal como se hace y se deshace en situaciones precisas. Anclados en el mundo referencial del clasicismo helénico, del que Yourcenar fue finísima conocedora, en estos destellos de prosa repujada como trabaja el orfebre a la «antigua», y de una modernidad sin embargo rabiosa, el mundo clásico viene a ser más bien un telón de fondo sobre el que descansa un espíritu radicalmente moderno: Fuegos, más para bien que para mal, ostenta el signo de su tiempo, de las vanguardias de entreguerras, del expresionismo exacerbado. Desde ambos registros, Yourcenar construye nueve meteoritos incandescentes en los que un estilo convulso y una arrogancia confesa, una audacia verbal siempre al filo de lo excesivo, no impiden —o más bien permiten— que el «legítimo esfuerzo por no perder ni un ápice de la complejidad de una emoción o el fervor de la misma» fructifique en piezas de alta poesía.

Fuegos es un libro del deseo que arranca por la confesión de un deseo: «Espero que este libro no sea leído jamás». Entre cada uno de los relatos que lo componen se han incorporado los extractos de un diario, aforismos a veces en los que se superponen el desgarro y la pasividad de quien vive con una compleja mezcla de sentimientos un amor que es enfermedad y es vocación. Contienen un grado de intimismo de una lucidez expositiva extraordinaria: en la locura apasionada del amor una Marguerite Yourcenar ya no tan joven se conoce y se reconoce paso a paso. En el fondo, aun esquivando el cuerpo a cuerpo, la persona que habla en Fuegos «con la insolente voluntad de dirigirse sólo a un lector ya conquistado» pone en tela de juicio «si el amor total… con los riesgos que comporta tanto para sí como para el otro, de inevitable engaño, de abnegación y de humildad auténtica, pero también de violencia latente y de exigencia egoísta, merece o no el lugar exaltado que le han concedido los poetas». Las pasiones abstractas se asocian en el fulgor de estas llamaradas a la glorificación o al exorcismo de un amor idólatra, y esa abstracción prevalece en ocasiones sobre la obsesión carnal del sentimiento.

III

No tan homogéneo como Fuegos, Cuentos orientales es también un libro autónomo, que responde asimismo a una concepción precisa del relato; dentro de unas coordenadas estrictamente clásicas, los temas que desarrolla dan lugar a libertades mayores y a mayor amenidad y variedad. Comprendidos entre dos relatos que se centran en sendos pintores —el gran pintor chino que se salva y se pierde abre el volumen; lo cierra el pintor flamenco que medita con reposo y tristeza frente a su obra—, posiblemente sean reflejo del agua que corre en la veta más amable de todo el flujo narrativo de Marguerite Yourcenar, no en vano el primero, «Cómo se salvó Wang-Fô», ha dado pie a una adaptación estremecedora y destinada a un lector infantil. Se trata de transcripciones «de fábulas o leyendas» que Yourcenar desarrolla «de manera más o menos libre», tomándolas de fuentes clásicas u orientales, de las baladas balcánicas, de las supersticiones de la Grecia contemporánea o de una admirable novela japonesa del siglo XI, el Genghi Monogatari, aunque en este caso Yourcenar viene a colmar una laguna que presenta el texto original y de alguna manera completa lo que estaba sólo esbozado en un relato que tiene cada vez más adeptos.

En una obra cuentística relativamente corta —dos docenas de cuentos no son tantos para tan larga vida dedicada a la escritura, y por número casi la mitad de los cuentos, diez en total, se hallan en este libro—, es posible recorrer un compendio o un muestrario bastante exhaustivo de las formas en que encuentra cauce el género exquisito del relato corto, desde el golpe seco de la epifanía que parece repentina, pero que viene prefigurada por detalles acaso inapreciables en una primera lectura, hasta las variantes del cuento tradicional y teñido de oralidad, pasando por el mito recreado a la medida de un sentimiento y con el afán de darle de nuevo la función de explicación del ser humano que tuvo en su origen, o la fabulación que crece y se expande con naturalidad orgánica hasta ser novela corta, como sucede en dos ocasiones en el libro que cierra el volumen. Está el episodio que en su remate inconcluso encuentra su final, está la narración que se tensa hacia el final en que se resuelve. Cuentos orientales son las pequeñas piezas de música de cámara que jalonan una sinfonía mayor, las palabras de alcoba que al adormecer y sosegar al oyente despiertan el sentido, la descripción de un terreno acotado con amor en el cual cabe un mundo entero.

IV

Con la perspectiva cronológica y lineal con que se pueden leer, estos Cuentos completos forman a la vez un libro que crece como la vida vivida con inteligente intensidad, y que culmina de improviso, y aún en la madurez, en un relato que no concluye y se prolonga hacia el futuro a la vez que enlaza con los hechos más sobresalientes del pasado.

Los tres relatos de Como el agua que fluye son obras de juventud, pero que «siguen siendo, para el autor, esenciales y queridas hasta el final». Son, por tanto, obras de plenitud. En versiones muy distintas apareció el primero, «Ana, soror…» en un libro de 1934, La Mort conduit l’Attelage, dividido en tres relatos que se acogían a la advocación de tres pintores: el que se amparaba en Durero se refundió en Opus Nigrum; el dedicado a Rembrandt se escinde en los dos con que termina esta sección; el que se encomienda al Greco —aunque en su segunda y definitiva versión tanto el escenario italiano como la fogosidad de la trama lo acercan más a Caravaggio— es el que contiene el germen del primero. Al reescribirlo casi cincuenta años después apunta Yourcenar que es «prueba de la relatividad del tiempo. Estoy tan de acuerdo con esta narración como si se me hubiera ocurrido escribirla esta misma mañana».

La relevancia del tabú que se explora en este relato con delicadeza exquisita y de forma absolutamente convincente, en la doble vertiente que aquí tiene el incesto, dos seres unidos de perfecto acuerdo por derecho de sangre con el atractivo «casi vertiginoso que ofrece el quebrantamiento de la costumbre», alcanza tales proporciones que la propia autora dedica al final de esta sección abundantes páginas a exponer su enfoque —sin olvidar otros que lo preceden, de John Ford a Byron, de Goethe a Thomas Mann— en una nota ensayística que acaso sea definitiva en lo tocante a la unión de dos seres excepcionales, y emparentados, y a la transgresión abismal de una ley y una moral que son producto de ciertas culturas. Pero la novela corta en que
deviene «Ana, soror…» contiene, además de una recreación histórica y geográfica minuciosa y genial, un personaje como la madre de Ana y Miguel, una primera aproximación a la mujer perfecta «tal como a menudo la soñé: a la vez amante y desprendida, pasiva por cordura y no por debilidad», una mujer que posee «una singular gravedad y el sosiego de quienes no aspiran a la felicidad». Es el prototipo o la decantación de esos otros personajes femeninos de Yourcenar —la Mónica de Alexis, la Plotina de Memorias de Adriano— que son creaciones memorables.

«Un hombre oscuro» y «Una hermosa mañana», ya se dijo, son escisiones de un texto de los años treinta que no convencía del todo a su autora. Episodios complementarios de una historia amplísima, que acaso pudo tener un desarrollo semejante a Opus Nigrum, novela con la que tienen un aire de familia, constituyen la narración biográfica o el seguimiento del rastro de un hombre aparentemente anodino, inculto, que piensa casi sin palabras, pero que encierra en su oscuridad el misterio luminoso de la existencia humana, sujeto a la férrea voluntad de una narradora como Marguerite Yourcenar, que domina todos los recursos del arte narrativo y que ante la proliferación de episodios sabe transcribir sin rodeos y sin un simbolismo innecesario la larga meditación que acompaña a Nathanael, protagonista de «Un hombre oscuro» a lo largo de su paso por la tierra.

Por la precisión de su prosa y por la vitalidad que palpita en sus relatos, la narrativa breve de Marguerite Yourcenar, siempre al margen de las modas literarias, embebida en su educación clásica, en el estudio de los grandes maestros, y anclada en una rara combinación de metáfora y narración, de experiencia y de mito, de realidad y sacralidad, sobresale sin igual en el modo de la narración histórica. A veces sería lícito dudar, a la vista de la evolución del género, que Yourcenar sea una narradora histórica propiamente dicha. Posee una rara atemporalidad con la que logra sin esfuerzo aparente que cualquiera de sus personajes sea nuestro contemporáneo, que se mueva en un espacio más propio de la eternidad que del tiempo, y que mundos aparentemente alejados en el espacio y en el tiempo sean fiel reflejo de nuestro mundo de hoy. Tal vez sea tan alto el grado de íntima convivencia que alcanza con los episodios relatados que en sus textos todos los hombres nítidamente somos el mismo, y que la felicidad y el dolor y el amor y la muerte se repiten desde hace milenios con arreglo al único argumento de la vida humana.

MIGUEL MARTÍNEZ-LAGE

Cuento azul

Cuento azul[2]

Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.

Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.

Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.

Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando a la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.

Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.

Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.

Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con un paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.

Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente despertada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de un tintorero; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, en tanto que el mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.

Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.

El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada le picaron profundamente en la garganta y en las manos.

Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándoles con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.

La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un montoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.

En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos a la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.

El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenía ninguna otra cosa que ofrecer; mas en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.

La primera noche[3]

I

Corría el tren hacia la insustancial Suiza. Sentados en el compartimento reservado, iban callados, con las manos cogidas: era su viaje de novios. El silencio pesaba sobre ellos. Se querían —o, al menos, así lo habían creído—, pero la forma de su amor, diferente en cada uno, servía únicamente para probarles lo poco que se parecían.

Ella, confiada, dichosa casi, y asustada, no obstante, por esa nueva vida que se iniciaba y que la transformaba en otra mujer que ella misma se sorprendía de no conocer y que trataba de representarse de antemano como una extranjera con quien había de acostumbrarse a vivir; él, con más experiencia, consciente de toda la fragilidad del sentimiento que le había empujado hacia aquella joven destinada a convertirse en un ser banal en cuanto pasara a ser plenamente mujer. Lo que en ella le había atraído era, precisamente, aquello que había de desaparecer: su candor, su frecuente manera de asombrarse, el clima de juventud intacta en que la había conocido. Se la imaginaba ahora desposeída de sus encantos, deformada, rebajada a todas las pequeñeces conyugales que harían de ella una mujer como las demás. Dentro de unas horas, iba a tomarla en sus brazos y, por ende, a destruirla. Bastaría un instante. Cuando él desatara su abrazo, sentiría así como la sensación de haber matado algo y ni siquiera la pasión aportaría una circunstancia atenuante puesto que, bien mirado, no es que la deseara. En todo caso, no la deseaba más que a cualquier otra.

Se preguntó en qué estaba ella pensando. ¿Tal vez en eso mismo? Mejor dicho, ¿pensaba siquiera? Tantas mujeres hay que no piensan en nada... ¿Será realmente tan simple como para esperar de la vida la revelación de un secreto, cuando la vida no nos aporta más que incesantes reiteraciones? ¿Acabará por implorar a un amante la felicidad que yo no le habré proporcionado y que tampoco ningún otro le dará porque no es posible dar lo que no se posee? ¿Acaso ella se imagina que llevamos la felicidad en la cartera, como un cheque, y que basta con endosarlo? Claro que también se firman cheques sin fondos... Le dieron ganas de reír al formular la idea de que mañana ella podría acusarle de estafa.

Alzando la cabeza, se miró en el espejo. Su atuendo, que juzgó harto atildado para un viaje, le indispuso contra sí mismo. Seguramente que ella le encontraba guapo, y esa falta de gusto le causó irritación. Se le apareció de pronto, como si el tren fuera atravesando los paisajes de su vida futura, la larga sucesión de días monótonos en que la visita de una amiga supondría para ella un motivo de distracción; las noches en que él iría complacido a reunirse en el círculo con otros hombres que hablarían de otras mujeres con una falta de miramientos que le regocijaría —la misma, sin duda, con que hablarían de su mujer en ausencia suya.

¿Tendrá un hijo? Por supuesto que tendrá un hijo. Trató de imaginársela embarazada. Así pues, él le dará un hijo que ella se felicitará de traer al mundo aunque por ello haya de afearse y sufrir náuseas. Nacerá un hijo por el que él sentirá un afecto indulgente y una simpatía curiosa mientras sea niño, y que más tarde les causará inevitables preocupaciones. Ambos se inquietarán por su salud, se agitarán cuando pase los exámenes, buscarán influencias para facilitarle una carrera o para encontrarle mujer. Probablemente no llegarán a entenderse sobre la manera de educar a ese hijo, y tendrán sus disensiones, como todo el mundo. A menos que él se deje dulcemente ganar por la ceguera conyugal y paternal que no se ha privado de ridiculizar en los demás, vencido (siempre salimos vencidos) por la vida, que generalmente tiende a fundir a los individuos en moldes idénticos.

Por otra parte, también podría ser que no ocurriera nada de eso. Existen otras posibilidades, otras formas de felicidad o de desdicha que nos olvidamos de invitar y que se vengan sobreviniendo de improviso.

Podría ser que ella muriese. Se la imaginó muerta, acostada en su ataúd bajo un velo de tul blanco; y se vio a sí mismo, enlutado, revestido del prestigio que a los ojos de las mujeres maduras confiere el dolor. Justamente, el negro le sienta bien. Su propia insensibilidad le indignó, como si estuviera ya cansado de llorarla. Al fin y al cabo, también podía ser él quien muriese primero. Fallecería, por ejemplo, de fiebres tifoideas, durante un viaje por Argelia, o por España..., y ella le cuidaría con esa abnegación que tan buen efecto produce luego en los hombres dispuestos a casarse con una viuda. Pero ella nunca volvería a casarse. Porque le amaba. No habiendo amado antes a nadie, se figuraba que lo quería. Para ella era casi una necesidad, puesto que se había casado con él; era el único desenlace posible. Si moría en Argelia, ella retornaría a casa de su madre, y viajaría sola, lo que nunca había hecho. Se reprochó el dejarla desamparada, como si estuviera seguro de que eso había de suceder, y como si la responsabilidad fuera suya. ¿No era ya bastante soportarse a sí mismo sin tener que cargar con esa jovencita desconocida? Más le hubiera valido a ella encontrar otro marido cualquiera. Sí, hubiera debido explicárselo... Le iba ganando el enternecimiento. Recobró por fin la presencia de ánimo, consideró a su joven esposa con tierna emoción y sintió que le invadía un inmenso desaliento.

II

Llegaron a Chambéry. No teniendo nada que decir, ella buscaba en vano una pregunta oportuna, como quien fija la atención en un objeto que no presenta por sí mismo ningún interés pero que lo adquiere por el empeño que ponemos en alcanzarlo. Abrió su bolso, en el que llevaba una medalla de San Cristóbal y otra del Sagrado Corazón, y tuvo deseos de mostrárselas; mas pensando que las encontraría ridículas y no queriendo dar la sensación de haber actuado sin causa alguna, se limitó a sacar el pañuelo. Se puso luego a mirar el paisaje: era menos hermoso de lo que se había figurado, pero lo iba embelleciendo constantemente gracias a un inconsciente esfuerzo de imaginación, en su afán de que nada en ese día, ni el más ínfimo de los detalles, fuera inferior a lo que ella se había prometido que fuese. Era por esa misma razón por la que, en el vagón-restaurante, acababa de encontrar buena la cena de mediocre calidad y había admirado la delicadeza de color de las pantallitas de seda rosa.

Estaba anocheciendo, ya no se distinguían claramente más que las casitas de los guardabarreras al lado de la vía. La recién casada no veía una vivienda sin que le viniera la idea de que ella y él podrían en ella ser dichosos, y eso la llevaba a pensar en la disposición de los muebles y de las cortinas, tema que ya había suscitado entre ellos las primeras discusiones, cuando todavía no eran más que novios.

Él, por su parte, a la vista de aquellas ventanitas iluminadas en la penumbra del crepúsculo, se preguntaba, al contrario, si los moradores de aquellas modestas casas, imprudentemente situadas junto al trazado de las vías, no envidiarían a los pasajeros del rápido, y si no acabarían por sucumbir, un día, a la tentación de viajar a su vez. Sintiéndose arrastrado como por la marcha del tren, hacia un futuro en el que las sensaciones estaban señaladas de antemano, procuraba extraer toda la voluptuosidad del minuto presente, gozar con una consciencia aún más aguda de esos frágiles instantes que no habrían de repetirse. Se dijo para sí —como se decía con frecuencia, y más de una vez estando con otras mujeres— que la mayor parte de los momentos de nuestra vida serían deliciosos si el futuro o el pasado no proyectaran su sombra sobre ellos, y que generalmente no somos desdichados más que por recuerdo o por anticipación. Y, constatando una vez más que su joven esposa poseía eso que llamamos encanto, que probablemente ella le amaba, que no era sin duda ni menos inteligente ni menos rica de lo que suele desearse, y que el tiempo tenía la decencia de mantenerse muy bueno, se decidió a forjarse una felicidad con esos elementos dispersos de ventura que hubieran podido satisfacer a tantos otros hombres.

La brusca entrada en un túnel les obligó a decir algo, puesto que la oscuridad privaba a su silencio del pretexto de contemplar el paisaje.

—¿En qué piensas, Georges? —dijo ella.

Él se repuso de una sacudida brusca y respondió con una dulzura que a sí mismo le complació:

—Pues... en ti, querida mía...

Y mientras pronunciaba esa tierna banalidad, comprendió que se persuadía de su amor a medida que lo iba expresando. La besó en la frente, castamente, y ella, harto intimidada para tener el valor de permanecer callada, habló de cualquier cosa: del hotel en que habían de alojarse, del equipaje, de la hora de llegada. Y luego añadió:

—Estamos tan lejos de Grenoble... ¡Pobre mamá! Espero que se haya consolado un poco. ¿Te diste cuenta, Georges, de lo triste que estaba al vernos partir y cómo contenía sus lágrimas?

Esa alusión retrospectiva le hizo evocar la imagen de otra mujer, su amante, con la que había roto, y se asombró de recordarla todavía. ¿Estaría llorando? ¿Se tragaba las lágrimas? Cansado de aquella mujer, como sólo puede uno cansarse de lo que se ha querido demasiado, le había sido fácil separarse de ella. Había creído que al romper suprimiría la amargura de descubrirse, una noche, lo bastante envejecido para tener un pasado. Se preguntó dónde estaría, qué hacía. Pensaba ahora con cierto agrado en aquel cuerpo experimentado de mujer madura, en sus ojos serenos que de nada ya se asombraban; y olvidaba la irritación que le causaban sus locuciones viciosas —y la especie de amor propio con que persistía en no corregirse para que no pudiera creerse que eran involuntarias—, adquiridas en la época en que se apreciaban sus favores en una pequeña c ...