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CUENTOS

John Cheever  

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Fragmento

PREFACIO

Me gustaría que el orden en que se han publicado estos relatos se invirtiera y que apareciera yo primero como un hombre mayor, y no como un joven estupefacto al descubrir que hombres y mujeres genuinamente recatados admitían en sus relaciones amargura erótica e incluso codicia. El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo hace tiempo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile como el «Cleveland Chicken», que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeñó ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.

Muchos de estos relatos se publicaron por primera vez en The New Yorker, donde Harold Ross, Gus Lobrano y William Maxwell me dieron los inestimables regalos de un grupo amplio, inteligente y sensible de lectores y de suficiente dinero para dar de comer a la familia y comprarme un traje nuevo cada dos años. «¡Esto es una revista familiar, maldita sea!», solía vociferar Ross al menor signo de incitación a los impulsos eróticos. Él no era nada recatado, y cuando descubrió que yo daba un respingo cada vez que él usaba la palabra «follar» en la mesa del almuerzo, la repetía con frecuencia, solo para verme saltar. Su falta de recato era realmente acusada; por ejemplo, si preveía que un compañero de póquer iba a ser un pesado, se iba al cuarto de baño y volvía con las orejas rellenas de papel higiénico. Naturalmente, esa clase de conducta nunca aparecía en la revista. Pero le enseñó a uno, o así me gusta pensarlo, que el recato es una forma de discurso tan profundo y connotativo como cualquier otro, diferente no solo por su contenido sino por su sintaxis y sus imágenes. Puesto que los hombres a quienes apoyó van desde Irwin Shaw hasta Vladimir Nabokov, parece que ha hecho más bien que ninguna otra cosa.

Toda documentación precisa de nuestra inmadurez resulta embarazosa, y así lo encuentro a veces en estas narraciones, pero para mí la turbación queda redimida por los recuerdos que las historias me reavivan de las mujeres y los hombres que he amado y de las habitaciones, los pasillos y las playas donde fueron escritos los relatos. Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana y compuestas a menudo en voz alta. Recuerdo haber exclamado: «¡Me llamo Johnny Hake!». Fue en el vestíbulo de una casa en Nantucket que habíamos conseguido alquilar barata por el retraso de un juicio sucesorio. Saliendo del cuarto de servicio de otra casa alquilada, le grité a mi mujer: «¡Esta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes!». La paciencia de mi familia ha sido inestimable. Bajo el toldo de la entrada de un edificio de apartamentos de la calle Cincuenta y nueve escribí, en voz alta, las líneas finales de «Adiós, hermano mío». «¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así?», pregunté, y cerré la historia diciendo: «Me quedé mirando a las mujeres desnudas saliendo del mar». «Está hablando usted solo, señor Cheever», me dijo amablemente el portero, y también él —correcto, jovial y satisfecho con su propina de diez dólares en Navidad— parece un personaje del pasado perdurable.

CUENTOS

ADIÓS, HERMANO MÍO

La nuestra es una familia que siempre ha estado muy unida espiritualmente. Nuestro padre se ahogó en un accidente navegando a vela cuando éramos muy jóvenes, y nuestra madre siempre ha insistido en el hecho de que nuestras relaciones familiares poseen una estabilidad que nunca volveremos a encontrar. No pienso con mucha frecuencia en la familia, pero cuando me acuerdo de sus miembros, de la costa en la que viven y de la sal marina que creo que corre por nuestras venas, me alegro de ser un Pommeroy —de tener la misma nariz, el mismo color de piel y la misma promesa de longevidad— y de que, si bien no somos una familia distinguida, nos hacemos la ilusión, cuando nos hallamos reunidos, de que los Pommeroy son únicos. No digo todo esto porque me interese la historia familiar o porque este sentimiento de singularidad sea muy profundo o tenga mucha importancia para mí, sino para dejar constancia de que somos leales unos con otros a pesar de nuestras diferencias, y de que cualquier fallo en el mantenimiento de esta lealtad es una fuente de confusión y de dolor.

Somos cuatro hijos; mi hermana Diana y los tres varones: Chaddy, Lawrence y yo. Como la mayoría de las familias con hijos de más de treinta años, nos hemos visto separados por razones profesionales, por el matrimonio y por la guerra. Helen y yo vivimos ahora en Long Island, con nuestros cuatro hijos. Yo doy clases en un internado de secundaria, y aunque ya he pasado la edad en que podría tener esperanzas de que me nombraran director, siento respeto por mi trabajo. Chaddy, que es quien ha tenido más éxito de todos los hermanos, vive en Manhattan, con Odette y los chicos. Nuestra madre reside en Filadelfia, y Diana, desde su divorcio, ha estado viviendo en Francia, pero vuelve a Estados Unidos durante el verano para pasar un mes en Laud’s Head. Laud’s Head es un lugar de veraneo a la orilla de una de las islas de Massachusetts. Allí teníamos un chalet, y en los años veinte nuestro padre construyó la casa grande. Se alza en una colina sobre el mar y, con la excepción de Saint- Tropez y de algunas aldeas de los Apeninos, es el sitio del mundo que más me gusta. Cada uno de nosotros tiene una participación en la propiedad, y todos contribuimos con cierta cantidad de dinero a su mantenimiento.

Lawrence, el más joven de los hermanos, que es abogado, consiguió trabajo en una empresa de Cleveland después de la guerra, y ninguno de nosotros lo vio durante cuatro años. Cuando decidió marcharse de Cleveland e ir a trabajar a Albany, escribió a madre diciéndole que, aprovechando el traslado, pasaría diez días en Laud’s Head con su mujer y sus dos hijos. Yo había planeado disfrutar de mis vacaciones por entonces —después de dar clases en un curso de verano—, y Helen, Chaddy, Odette y Diana iban a estar allí, de manera que la familia se reuniría al completo. Lawrence es el hermano con el que todos los demás tenemos menos cosas en común. Nunca hemos pasado mucho tiempo con él, e imagino que esa es la razón de que sigamos llamándolo Tifty: un mote que se le puso cuando niño, porque al avanzar por el pasillo camino del comedor para desayunar, sus zapatillas hacían un ruido que sonaba como «tifty, tifty, tifty». Padre lo llamaba así, y lo mismo hacíamos todos los demás. Cuando se hizo mayor, Diana lo llamaba a veces Little Jesus, y madre, con mucha frecuencia, el Gruñón. No teníamos buenos recuerdos de Lawrence, pero esperábamos su vuelta con una mezcla de recelo y lealtad, y con algo de la alegría y la satisfacción que produce recobrar a un hermano.

Lawrence cogió el barco de las cuatro de la tarde, un día de finales de verano, para venir a la isla, y Chaddy y yo fuimos a recibirlo. Las llegadas y las salidas del transbordador del verano tienen todos los signos exteriores de un viaje —sirenas, campanas, carretillas de mano, olor a salitre—, pero es un trayecto sin importancia, y cuando vi entrar el barco en el puerto azul aquella tarde y pensé que estaba finalizando un trayecto sin importancia, me di cuenta de que se me había ocurrido exactamente el tipo de comentario que Lawrence hubiese hecho. Buscamos su rostro detrás de los parabrisas mientras los automóviles abandonaban el barco, y no nos costó ningún trabajo reconocerlo. Nos acercamos corriendo y le estrechamos la mano, y besamos torpemente a su mujer y a los niños.

—¡Tifty! —gritó Chaddy—. ¡Tifty!

Es difícil emitir juicios sobre los cambios en el aspecto de un hermano, pero Chaddy y yo estuvimos de acuerdo, mientras volvíamos a Laud’s Head, en que Lawrence seguía pareciendo muy joven. Él entró primero en la casa, y nosotros sacamos sus maletas del coche. Cuando entré yo, estaba de pie en el cuarto de estar, hablando con madre y con Diana, que llevaban sus mejores galas y todas sus joyas, y lo estaban recibiendo como si fuera el hijo pródigo, pero incluso en ese momento, cuando todo el mundo se esforzaba por parecer más afectuoso y cuando ese tipo de esfuerzos consiguen los mejores resultados, yo ya era consciente de la presencia de cierto nerviosismo en la habitación. Pensando en todo esto mientras subía las pesadas maletas de Lawrence escaleras arriba, me di cuenta de que nuestras antipatías están tan profundamente arraigadas como nuestros mejores sentimientos, y recordé que una vez, veinticinco años atrás, cuando acerté a Lawrence con una piedra en la cabeza, él se levantó y fue directamente a quejarse a nuestro padre.

Subí las maletas al tercer piso, donde Ruth, la mujer de Lawrence, había comenzado a instalar a su familia. Ruth es una chica muy delgada, y parecía muy cansada del viaje, pero cuando le pregunté si quería que le subiera una copa, dijo que le parecía que no.

Cuando bajé, Lawrence había desaparecido, pero los demás estaban listos para los cócteles, y decidimos empezar. Lawrence es el único miembro de la familia que nunca ha disfrutado bebiendo. Nos llevamos las copas a la terraza para poder contemplar los acantilados, el mar y las islas del este, y el regreso de Lawrence y de su mujer, su presencia en la casa, parecían estimular nuestras reacciones ante aquel panorama tan familiar; era como si el placer que sin duda experimentarían ante la amplitud y el colorido de aquella costa, después de tan larga ausencia, nos hubiese sido concedido a nosotros. Mientras estábamos allí, Lawrence apareció por el sendero que llevaba a la playa.

—¿No es fabulosa la playa, Tifty? —preguntó madre—. ¿No te parece maravilloso estar de vuelta? ¿Quieres un martini?

—Me da igual —dijo Lawrence—. Whisky, ginebra… me da lo mismo beber una cosa que otra. Ponme un poco de ron.

—No tenemos ron —repuso madre. Fue el primer síntoma de aspereza. Ella nos había enseñado a no mostrarnos nunca indecisos, a no responder nunca como Lawrence lo había hecho. Además, le preocupa extraordinariamente la corrección en los modales, y cualquier cosa anómala, como beber ron solo o llevar una lata de cerveza a la mesa, le produce un desasosiego al que, a pesar de su amplio sentido del humor, es incapaz de sobreponerse. Madre se dio cuenta de la aspereza en su tono de voz y se esforzó por enmendarlo—. ¿No te gustaría un poco de whisky irlandés, cariño? ¿No es eso lo que siempre te ha gustado? Hay una botella en el aparador. ¿Por qué no te sirves un poco de whisky irlandés?

Lawrence dijo que le daba lo mismo. Se sirvió un martini, y enseguida apareció Ruth y nos sentamos a la mesa.

A pesar de que, esperando a Lawrence, habíamos bebido demasiado antes de cenar, todos estábamos deseosos de esmerarnos y de disfrutar de un rato tranquilo. Madre es una mujer pequeña cuyo rostro tiene aún una sorprendente capacidad para recordar lo bonita que debió de ser, y cuya conversación resulta extraordinariamente animada, pero aquella velada estuvo hablando de un proyecto de recuperación de terrenos en la parte alta de la isla. Diana es tan guapa como madre debió de serlo; es una mujer encantadora y muy alegre, a quien le gusta hablar de los disolutos amigos que ha hecho en Francia, pero aquella noche nos contó cómo era el colegio suizo en el que había dejado a sus dos hijos. Me di cuenta de que la cena había sido planeada para agradar a Lawrence. No resultó demasiado pesada y no comimos nada que pudiera hacerle pensar en despilfarros.

Después de cenar, cuando volvimos a la terraza, las nubes estaban iluminadas por ese tipo de luz que parece sangre, y me alegré de que Lawrence encontrara una puesta de sol tan sensacional el día de su vuelta a casa. Cuando llevábamos allí unos minutos, un hombre llamado Edward Chester vino a buscar a Diana. Lo había conocido en Francia, o en el barco durante el viaje de vuelta, y él estaba pasando diez días en el hostal del pueblo. Le presentamos a Lawrence y a Ruth, y luego Diana y él se marcharon.

—¿Es con ese con el que se acuesta ahora? —preguntó Lawrence.

—¿Hace falta decir una cosa tan desagradable? —replicó Helen.

—Deberías pedir disculpas, Tifty —dijo Chaddy.

—No lo sé —contestó madre con aire cansado—. No lo sé, Tifty. Diana puede hacer lo que quiera, y yo no le hago preguntas sórdidas. Es mi única hija. No la veo con mucha frecuencia.

—¿Vuelve a Francia?

—Se marcha dentro de dos semanas.

Lawrence y Ruth estaban sentados en el borde de la terraza, fuera del círculo formado por las sillas. Quizá debido al gesto hosco de su boca, mi hermano me pareció en aquel momento un clérigo puritano. A veces, cuando trato de entender su estado de ánimo, pienso en los comienzos de nuestra familia en este país, y su condena de Diana y de su amante me lo recordó. La rama de los Pommeroy a la que pertenecemos fue fundada por un ministro que recibió los elogios de Cotton Mather por su incansable renuncia al diablo. Los Pommeroy fueron ministros del Señor hasta mediados del siglo XIX, y el rigor de sus ideas —el hombre es un ser desdichado, y toda belleza terrenal está viciada y corrompida— ha sido conservado en libros y sermones. El carácter de nuestra familia cambió en cierta manera y se hizo más despreocupado, pero cuando yo iba al colegio, recuerdo una colección de parientes de edad avanzada que parecían volver a los oscuros días del ministerio eclesiástico y estar animados por un perpetuo sentimiento de culpa y por la deificación del castigo divino. Si a uno lo educan en ese ambiente —y en cierta manera, tal era nuestro caso—, creo que es muy difícil para el espíritu rechazar los hábitos de culpabilidad, abnegación, tendencia al silencio y espíritu de penitencia, y tuve la impresión de que Lawrence había sucumbido ante aquella prueba espiritual.

—¿Es Casiopea esa estrella? —preguntó Odette.

—No, querida —dijo Chaddy—. Esa no es Casiopea.

—¿Quién era Casiopea? —quiso saber Odette.

—Era la mujer de Cefeo y la madre de Andrómeda —dije yo.

—La cocinera es una forofa de los Giants —comentó Chaddy—. Está incluso dispuesta a darte dinero si ganan la liga.

Había oscurecido tanto que veíamos en el cielo la luz del faro del cabo Heron. En la negrura bajo el acantilado, resonaban las continuas detonaciones de la marea. Y entonces madre empezó a hablar, como sucede con frecuencia cuando está anocheciendo y ha bebido mucho antes de cenar, de las mejoras y de las ampliaciones que se harían algún día en la casa, de las nuevas alas, los cuartos de baño y los jardines.

—Esta casa estará en el mar dentro de cinco años —señaló Lawrence.

—Tifty el Gruñón —dijo Chaddy.

—No me llames Tifty —replicó Lawrence.

—Little Jesus —dijo Chaddy.

—El rompeolas está lleno de grietas —dijo Lawrence—. Lo he visto antes de cenar. Tuvisteis que repararlo hace cuatro años, y costó ocho mil dólares. No podéis hacer eso cada cuatro años.

—Por favor, Tifty —intervino madre.

—Los hechos son los hechos —insistió Lawrence—, y es una idea descabellada construir una casa al borde de un acantilado en una costa que se está hundiendo en el mar. En los años que llevo vivo, ha desaparecido la mitad del jardín, y hay más de un metro de agua donde solíamos tener la caseta para cambiarnos.

—¿Por qué no hablamos de un tema más general? —dijo madre amargamente—. De política, o del baile en el club marítimo.

—De hecho —continuó Lawrence—, la casa peligra ya en estos momentos. Si tuvierais una marea inusualmente alta, o una fuerte tormenta, el rompeolas podría derrumbarse y la casa se vendría abajo. Podríamos ahogarnos todos.

—No lo soporto más —exclamó madre.

Fue a la despensa y regresó con un vaso lleno de ginebra.

Soy ya demasiado viejo para creerme capaz de juzgar los sentimientos de los demás, pero sí me daba cuenta de la tensión entre Lawrence y madre, y estaba al tanto de parte de su historia. Lawrence no debía de tener más de dieciséis años cuando decidió que madre era frívola, malintencionada, destructiva y demasiado autoritaria. Al llegar a esta conclusión, decidió apartarse de ella. Por entonces estaba interno en un colegio, y recuerdo que no vino a pasar las navidades con nosotros. Fue a casa de un amigo. Después de hacer su desfavorable juicio sobre madre, volvió muy pocas veces, y en la conversación siempre se esforzaba por recordarle su voluntario alejamiento. Cuando se casó con Ruth, no se lo dijo a madre. Tampoco le comunicó el nacimiento de sus hijos. Pero, a pesar de aquellos esfuerzos tan pertinaces por cuestión de principios, daba toda la impresión, a diferencia del resto de nosotros, de no haberse separado nunca de ella, y cuando están juntos, todo el mundo nota al instante la tensión, algo turbio.

Y fue mala suerte, en cierta manera, que madre hubiese elegido aquella noche para emborracharse. Está en su derecho, y lo hace muy pocas veces, y afortunadamente no se mostró belicosa, pero todos éramos conscientes de lo que estaba sucediendo. Mientras se bebía despacio la ginebra, parecía estar despidiéndose de nosotros con tristeza; parecía estar a punto de marcharse de viaje. Luego su estado de ánimo pasó del viaje al agravio, y los pocos comentarios que hizo resultaron malhumorados e improcedentes. Cuando su vaso se hallaba casi vacío, miró enfadada el aire oscuro delante de su nariz, moviendo la cabeza un poco, como un boxeador. Comprendí que en aquel momento no le cabían en la cabeza todos los agravios que era capaz de recordar. Sus hijos eran estúpidos, su marido se había ahogado, los criados eran unos ladrones, y la silla en la que se sentaba era incómoda. De repente dejó el vaso vacío e interrumpió a Chaddy, que estaba hablando de béisbol.

—Solo sé una cosa —dijo con voz ronca—. Solo sé que si hay otra vida después de esta, voy a tener una familia completamente distinta. Mis hijos serán todos fabulosamente ricos, ingeniosos y encantadores.

Se puso en pie y, al dirigirse hacia la puerta, estuvo a punto de caerse. Chaddy la sostuvo y la ayudó a subir la escalera. Los oí darse las buenas noches con mucha ternura, y luego Chaddy volvió a donde estábamos los demás. Pensé que para entonces Lawrence se hallaría cansado del viaje y de las emociones del regreso, pero siguió en la terraza, como si estuviera esperando nuestra última fechoría, y nosotros lo dejamos allí y nos fuimos a la playa a nadar en la oscuridad.

Cuando me desperté, o empecé a despertarme, a la mañana siguiente, oí el ruido de alguien que estaba allanando la pista de tenis. Es un sonido más débil y más grave que el de las boyas de campana más allá del promontorio —un golpeteo sobre hierro sin ritmo alguno—, ligado en mi imaginación con el comienzo de un día de verano, algo así como un buen augurio. Cuando bajé la escalera, encontré a los dos hijos de Lawrence en el cuarto de estar, vestidos con unos trajes de vaqueros llenos de adornos. Son unos niños asustadizos y muy flacos. Me dijeron que su padre estaba allanando la pista de tenis, pero que ellos no querían salir porque habían visto una serpiente junto al escalón de la puerta. Les expliqué que sus primos —todos los otros niños— desayunaban en la cocina, y que lo mejor era que fuesen corriendo a reunirse con ellos. Al oír esto, el niño empezó a llorar. Su hermana se unió enseguida a él. Lloraban como si ir a la cocina y comer allí fuese a destruir sus más preciados derechos. Entonces les dije que se sentaran conmigo. Al entrar Lawrence le pregunté si quería jugar un poco al tenis. Dijo que no, que muchas gracias, aunque pensaba que quizá jugase algún partido individual con Chaddy. Tenía toda la razón en eso, porque tanto Chaddy como él lo hacen mejor que yo, y los dos jugaron varios partidos después del desayuno, pero más tarde, cuando bajaron los otros a jugar dobles, Lawrence desapareció. Eso hizo que me enfadara —imagino que injustificadamente—, pero lo cierto es que jugamos unos dobles familiares muy interesantes y que podía al menos haber participado en un set por una simple razón de cortesía.

Más tarde, aquella misma mañana, cuando volvía solo de la pista, vi a Tifty en la terraza, separando de la pared una tablilla con su navaja.

—¿Qué sucede, Lawrence? —le pregunté—. ¿Termitas?

Hay termitas en la madera y nos han causado muchos problemas.

Me señaló, en la base de cada hilera de tablillas, una débil línea azul de tiza de carpintero.

—Esta casa tiene unos veintidós años —dijo—. Las maderas, en cambio, unos doscientos. Papá debió de comprar tablillas de todas las granjas de los alrededores cuando construyó esta casa para darle un aire venerable. Todavía se ven las marcas de la tiza de carpintero en el sitio donde había que clavar estas antiguallas.

Lo de las tablillas era cierto, aunque yo lo hubiese olvidado por completo. Al construir la casa, nuestro padre, o su arquitecto, había encargado tablillas de madera cubiertas de líquenes y curtidas por la intemperie. Pero no entendía cómo Lawrence llegaba a la conclusión de que aquello tenía algo de escandaloso.

—Y mira estas puertas —añadió Lawrence—. Mira estas puertas y los marcos de las ventanas.

Fui tras él hasta una gran puerta de dos paneles que se abre hacia la terraza y me puse a mirarla. Era una puerta relativamente nueva, pero alguien había trabajado en ella esforzándose por ocultarlo. Alguien le había hecho muescas profundas con un instrumento de metal, y las había untado luego con pintura blanca para imitar el salitre, los líquenes y el desgaste producido por la intemperie.

—Piensa en lo que significa gastar miles de dólares para lograr que una casa sólida parezca una ruina —dijo Lawrence—. Piensa en la tesitura mental que eso implica. Piensa en sentir un deseo tan intenso de vivir en el pasado que te haga pagar un sueldo a los carpinteros para desfigurar la puerta principal de tu casa.

Entonces recordé lo sensible que Lawrence era al tiempo, y sus sentimientos y sus opiniones sobre nuestra simpatía por el pasado. Yo lo había oído decir, años antes, que nosotros y nuestros amigos y nuestra parte del país, al descubrirnos incapaces de enfrentarnos con los problemas del presente, habíamos optado, como una persona adulta que ha perdido la razón, por volvernos hacia lo que imaginábamos ser una época más feliz y más sencilla, y que nuestro gusto por las reconstrucciones y por la luz de los candelabros era la prueba de ese irremediable fracaso. La débil línea azul de tiza había servido para recordarle estas ideas, las incisiones en la puerta las habían reforzado, y ahora, uno tras otro, se le iban presentando todos los indicios: el farol de barco sobre la puerta, el tamaño de la chimenea, la anchura de las tablas del suelo y las piezas incrustadas para que pareciesen ganchos. Mientras Lawrence me sermoneaba acerca de todas estas flaquezas, llegaron los otros que venían de la pista de tenis. La reacción de madre al ver a Lawrence fue inmediata, y comprendí que había muy pocas esperanzas de entendimiento entre la matriarca y el hijo cambiado al nacer. Madre se cogió del brazo de Chaddy.

—Vayamos a nadar y a beber martinis en la playa —dijo—. Quiero que pasemos una mañana fabulosa.

Aquella mañana el mar tenía un color muy denso, como si fuera una piedra verde. Todo el mundo bajó a la playa, excepto Tifty y Ruth.

—Lawrence no me importa —dijo madre. Estaba nerviosa, y al inclinar la copa se le derramó algo de ginebra sobre la arena—. No me importa en absoluto. Me tiene sin cuidado que sea todo lo grosero, desagradable y deprimente que quiera, pero lo que no soporto son las caras de esos pobres hijos suyos, de esos niñitos tan increíblemente desdichados.

Separados de él por la altura del acantilado, todos hablábamos de Lawrence con indignación; de cómo había empeorado en lugar de mejorar, de lo distinto que era del resto de nosotros, de cómo se esforzaba por estropear cualquier placer. Nos bebimos la ginebra; los insultos parecieron alcanzar un punto álgido, y luego, uno a uno, nos fuimos a nadar en la sólida agua verde. Pero cuando volvimos nadie tuvo palabras duras para Lawrence; la tendencia a decir cosas injuriosas se había roto, como si nadar tuviese la fuerza purificadora que reclama el bautismo. Nos secamos las manos, encendimos unos cigarrillos, y si se mencionaba a Lawrence era solo para sugerir, amablemente, algo que pudiese agradarle. ¿No le gustaría dar un paseo en bote hasta la ensenada de Barin, o salir a pescar?

Y ahora me doy cuenta de que durante la visita de Lawrence íbamos a nadar con más frecuencia de lo normal, y creo que había un motivo para ello. Cuando la irritabilidad acumulada por su presencia empezaba a socavar nuestra paciencia, no solo con Lawrence, sino de unos con otros, íbamos a nadar y nos quitábamos el rencor con agua fría. Recuerdo ahora a toda la familia, mientras permanecíamos sentados en la arena, escocidos por los reproches de Lawrence, y nos veo chapoteando, zambulléndonos y volviendo a la superficie, y percibo en las voces una paciencia renovada y el redescubrimiento de inagotables reservas de buena voluntad. Si Lawrence hubiese advertido este cambio —esta apariencia de purificación—, supongo que habría encontrado en el vocabulario de la psiquiatría, o de la mitología del Atlántico, algún nombre discreto para ello, pero no creo que se percatara del cambio. No se molestó en dar un nombre a la capacidad curativa del mar abierto, pero fue sin duda una de las pocas oportunidades que perdió de infravalorar.

La cocinera que teníamos aquel año era una polaca llamada Anna Ostrovick, contratada exclusivamente para el verano. Era excelente: una mujer grande, gorda, cordial, diligente, que se tomaba su trabajo muy en serio. Le gustaba cocinar, y que la gente apreciara y comiera los alimentos que preparaba, y siempre que la veíamos insistía en que comiéramos. Hacía bollos calientes, cruasanes y brioches dos o tres veces por semana para desayunar y los traía ella misma al comedor diciendo: «¡Coman, coman, coman!». Cuando la doncella devolvía los platos sucios a la antecocina, a veces oíamos decir a Anna, que estaba allí esperando: «¡Excelente! Comen». Daba de comer al que recogía la basura, al lechero y al jardinero. «¡Coma!», les decía. Los jueves por la tarde iba al cine con la doncella, pero no disfrutaba con las películas, porque los actores estaban demasiado delgados. Se pasaba hora y media en la sala a oscuras aguardando ansiosamente a que apareciese alguien con aspecto de disfrutar comiendo. Para Anna, Bette Davis no pasaba de ser una mujer con aspecto de no comer bien. «¡Están todos tan flacos!», decía al salir del cine. Por las noches, después de habernos atiborrado y de fregar las cazuelas y las sartenes, recogía las sobras y salía fuera para alimentar a la creación. Aquel año teníamos unos cuantos pollos, y aunque para entonces ya estaban todos descansando en sus perchas, les arrojaba los alimentos en el comedero y exhortaba a las aves dormidas para que comieran. También alimentaba a los pájaros cantores del jardín, y a las ardillas del patio trasero. Su presencia en el límite del jardín y su voz apremiante —oíamos perfectamente su «Comed, comed, comed»— estaban ya, como la salva de cañón en el club náutico y la luz del faro del cabo Heron, ligadas a aquel momento del día. «Comed, comed, comed», le oíamos decir a Anna. «Comed, comed…» Y ya se había hecho de noche.

Cuando Lawrence llevaba tres días en casa, Anna me llamó a la cocina.

—Dígale a su madre que no quiero al señorito en mi cocina —anunció—. Si sigue entrando aquí todo el tiempo, me marcho. Se pasa la vida diciéndome que soy una mujer muy desgraciada; que trabajo demasiado y no me pagan lo bastante, y que debería pertenecer a un sindicato que me asegurara las vacaciones. ¡Ja! Está flaquísimo, pero siempre viene a la cocina cuando estoy ocupada para compadecerse de mí, pero yo valgo tanto como él, valgo tanto como cualquiera, y no tengo por qué aguantar a gente así molestándome todo el tiempo y compadeciéndose de mí. Soy una estupenda cocinera y muy famosa además, y tengo trabajo en todas partes, y la única razón de que haya venido a trabajar aquí este verano es que no había estado nunca en una isla, pero puedo conseguir otro empleo mañana mismo, y si sigue viniendo a mi cocina a compadecerse de mí, dígale a su madre que me marcho. Valgo tanto como cualquiera, y no tengo por qué aguantar a ese tipo flacucho diciéndome todo el tiempo lo pobre que soy.

Me agradó descubrir que la cocinera estaba de nuestra parte, pero comprendí que la situación era delicada. Si madre le pedía a Lawrence que no hiciera visitas a la cocina, mi hermano consideraría aquella petición como un agravio. Era capaz de convertir cualquier cosa en un agravio, y a veces daba la impresión de que —mientras permanecía hoscamente sentado en la mesa del comedor— toda palabra de menosprecio, fuera cual fuese su destino, la consideraba dirigida a él. No hablé con nadie de las quejas de la cocinera, pero por alguna razón no volvieron a presentarse problemas de ese tipo.

El siguiente motivo de disputa que tuve con Lawrence nació de nuestras partidas de backgammon.

Cuando estamos en Laud’s Head jugamos mucho al backgammon. A las ocho, después de tomarnos el café, sacamos el tablero. En cierto modo, es uno de nuestros ratos más agradables. Aún no se han encendido las luces del cuarto, la figura de Anna resulta visible en el jardín, y en el cielo, por encima de su cabeza, se crean continentes de sombra y fuego. Madre enciende la luz y deja caer los dados como si fuera una señal. Normalmente jugamos tres partidas por persona, cada uno contra los demás. Jugamos con dinero, y se puede ganar o perder hasta cien dólares en una partida, pero las cantidades son de ordinario mucho más bajas. Creo que Lawrence solía jugar —no estoy seguro—, pero ahora ya no lo hace. No participa en juegos de azar. No se trata de que no tenga dinero, ni es tampoco una cuestión de principios: simplemente piensa que jugar es una ocupación absurda y una pérdida de tiempo. Sin embargo, estaba perfectamente dispuesto a perderlo viendo cómo jugábamos los demás. Noche tras noche, cuando empezaban las partidas, acercaba su silla al tablero y contemplaba las fichas y los dados. Su expresión era desdeñosa, y, sin embargo, miraba con mucho interés. Yo me preguntaba por qué se dedicaba a observarnos noche tras noche, y, estudiando su rostro, creo que quizá haya logrado averiguarlo.

Lawrence no juega, y no entiende por tanto la emoción que produce ganar o perder dinero. Ha olvidado cómo se juega al backgammon, creo, de manera que sus complejas posibilidades no consiguen interesarle. Sus observaciones tenían necesariamente que centrarse en el hecho de que el backgammon es un juego para matar el tiempo y un juego de azar, y que el tablero, marcado con puntos, era un símbolo de nuestra inutilidad. Y puesto que no entiende ni el juego ni sus diferentes posibilidades, pensé que lo que le interesaba debían de ser los miembros de la familia. Una noche en que yo estaba jugando con Odette —ya les había ganado treinta y siete dólares a madre y a Chaddy—, creo que entendí lo que pasaba por su cabeza.

Odette tiene el pelo y los ojos negros. Se preocupa de no pasarse mucho tiempo al sol, para que el llamativo contraste entre negrura y palidez de la piel no se desvirtúe durante el verano. Necesita admiración y merece que se la admire —es el elemento que la satisface—, y coquetea, aunque nunca seriamente, con cualquier hombre. Aquella noche llevaba los hombros descubiertos, y el vestido estaba cortado para mostrar la división de sus pechos, y para mostrar los pechos mismos cuando se inclinaba sobre el tablero para jugar. No hacía más que perder y coquetear y hacer que sus derrotas pareciesen parte del coqueteo. Chaddy estaba en la otra habitación. Odette perdió tres partidas, y al terminar la tercera, se dejó caer en el sofá y, mirándome directamente a los ojos, dijo algo sobre salir a las dunas para ajustar cuentas. Lawrence la oyó. Me volví a mirarlo. Parecía escandalizado y satisfecho al mismo tiempo, como si llevara sospechando desde el principio que no jugábamos por algo tan poco importante como el dinero. Puedo equivocarme, desde luego, pero creo que Lawrence contemplaba nuestras partidas de backgammon con la esperanza de estar observando el desarrollo de una irónica tragedia en la que el dinero que ganábamos y perdíamos se transformaba en símbolo de prendas mucho más vitales. Es muy propio de Lawrence tratar de descubrir significados y finalidades en todos los gestos que hacemos, y está convencido de que cuando descubra la lógica profunda de nuestro comportamiento, esta será enteramente sórdida.

Chaddy vino a jugar conmigo. A ninguno de los dos nos gusta que nos gane el otro. Cuando éramos pequeños, se nos prohibía que jugásemos juntos, porque siempre acabábamos peleándonos. Los dos creemos conocer perfectamente la valía del otro. Yo lo considero prudente; él a mí, temerario. Siempre hay encono cuando jugamos a cualquier cosa —tenis, backgammon, softball o bridge—, y es verdad que a veces parece como si nos estuviéramos jugando la posesión de las libertades del otro. Cuando pierdo con Chaddy no me puedo dormir. Todo esto es solo la verdad a medias de nuestra relación competitiva, pero era precisamente la verdad a medias que podía resultar discernible para Lawrence, y su presencia al lado del tablero me cohibió tanto que perdí dos partidas. Traté de que no se me notara el enfado cuando me levanté de la mesa. Lawrence me observaba. Salí a la terraza para sufrir allí a oscuras el malhumor que siento siempre que pierdo con Chaddy.

Cuando volví a entrar, Chaddy y madre estaban jugando. Lawrence seguía presenciando las partidas. De acuerdo con su óptica, Odette había perdido conmigo su virtud, y yo la autoestima con Chaddy; me pregunté qué vería en la confrontación entonces en curso. Los contemplaba extasiado, como si las fichas opacas y el tablero dividido sirvieran para un decisivo intercambio de poder. ¡Qué dramáticos debían de parecerle el tablero, dentro de su círculo de luz, los jugadores inmóviles, y el fragor del mar en el exterior! Allí había canibalismo espiritual hecho visible; allí, bajo sus mismas narices, se hallaban los símbolos del uso voraz que unos seres humanos hacen de otros.

Madre juega con mucha astucia y apasionamiento, y peca de entrometida. Siempre tiene las manos en el tablero del contrario. Cuando juega con Chaddy, que es su favorito, lo hace con gran concentración. Lawrence tuvo que notarlo. Madre es una mujer sentimental. Tiene buen corazón, y las lágrimas y la debilidad la conmueven fácilmente, rasgo que, como su bien dibujada nariz, no ha sufrido el menor cambio con la edad. El dolor del otro le causa una profunda impresión, y a veces parece tratar de adivinar en Chaddy algún pesar, alguna pérdida que ella esté en condiciones de socorrer o remediar, para restablecer así la relación que mantenía con él cuando era pequeño y enfermizo. A madre le encanta defender a los débiles y a los inocentes, y ahora que ya somos mayores lo echa de menos. El mundo de las deudas y de los negocios, de los hombres y de la guerra, de la caza y de la pesca consigue irritarla. (Cuando padre se ahogó, tiró sus cañas y sus escopetas.) Nos ha sermoneado a todos interminablemente sobre la confianza en uno mismo, pero si acudimos de nuevo a ella en busca de consuelo y ayuda —particularmente Chaddy—, es entonces cuando parece sentirse más ella misma. Imagino que, según Lawrence, aquella mujer mayor y su hijo estaban jugándose el alma.

Nuestra madre perdió.

—¡Dios mío! —dijo. Parecía afligida y desconcertada, como le sucede siempre que pierde—. Tráeme las gafas, el talonario de cheques y algo de beber.

Lawrence se levantó por fin y estiró las piernas. Nos dirigió a todos una mirada sombría. Soplaba el viento y había subido la marea, y pensé que si oía el ruido de las olas lo interpretaría también como una sombría respuesta a sus sombrías preguntas; que para él la marea se habría encargado de extinguir las brasas de los fuegos que encendemos en nuestras excursiones. Convivir con una mentira es insoportable, y él parecía la encarnación de una mentira. Yo no podía explicarle el simple e intenso placer de jugar por dinero, y me parecía una terrible equivocación que se hubiese sentado junto a la mesa para llegar a la conclusión de que nos estábamos jugando el alma. Inquieto, dio dos o tres paseos por la habitación y luego, como de costumbre, nos lanzó la última andanada antes de irse:

—No entiendo cómo no os volvéis locos, encerrados unos con otros de esta forma, noche tras noche —dijo—. Vamos, Ruth. Quiero acostarme.

Aquella noche soñé con Lawrence. Vi su rostro vulgar convertido en un prodigio de fealdad, y al despertarme por la mañana sentí náuseas, como si hubiera sufrido una gran pérdida espiritual mientras dormía, como una disminución de valor y un descorazonamiento. Era absurdo preocuparme por mi hermano. Yo necesitaba unas vacaciones. Necesitaba descansar. En el colegio donde enseño, mi mujer y yo vivimos en una de las residencias, comemos en el comedor comunitario, y nunca salimos de allí. No solo doy clases de lengua en invierno y en verano, sino que también trabajo en el despacho del director, y soy el que dispara la pistola cuando se celebran competiciones atléticas en pista. Necesitaba alejarme de aquel y de todos los demás motivos de inquietud, y decidí evitar a mi hermano. Por la mañana temprano me llevé a navegar a Helen y a los niños, y no volvimos hasta la hora de la cena. Al día siguiente salimos de excursión. Luego tuve que ir a Nueva York, y cuando volví iba a celebrarse el baile de disfraces en el club náutico. Lawrence no asistiría, y se trata de una fiesta en la que siempre lo he pasado estupendamente.

Las invitaciones de aquel año animaban a disfrazarse de lo que a cada uno le gustaría ser en realidad. Después de varias conversaciones, Helen y yo habíamos decidido ya qué ponernos. A ella lo que más le apetecía era volver a ser una novia, y por tanto decidió llevar su traje de boda. A mí me pareció una buena elección: sincera, desenfadada y barata. Su elección tuvo influencia sobre la mía, y decidí ponerme un viejo uniforme de jugador de fútbol americano. Madre optó por vestirse de Jenny Lind, porque había un viejo disfraz de Jenny Lind en el ático. Los demás prefirieron trajes alquilados, y cuando estuve en Nueva York me encargué de conseguirlos. Lawrence y Ruth no participaron en nada de esto.

Helen formaba parte del comité encargado de organizar el baile, y se pasó la mayor parte del viernes decorando el club. Diana, Chaddy y yo salimos a navegar. Casi toda la navegación a vela que practico últimamente transcurre en Manhasset, y estoy acostumbrado a fijar el rumbo de vuelta a casa orientándome por la barcaza de la gasolina y los tejados de cinc del cobertizo de las embarcaciones, y aquella tarde era un placer, mientras volvíamos, mantener proa hacia la blanca torre de la iglesia del pueblo y descubrir que incluso el agua cercana a la orilla era verde y transparente. Al terminar nuestro paseo nos detuvimos en el club para recoger a Helen. El comité había tratado de darle una apariencia de fondo marino a la sala de baile, y el hecho de que casi hubiesen logrado crear la ilusión hacía que Helen se sintiera muy feliz. Volvimos en coche a Laud’s Head. La tarde había sido extraordinariamente luminosa, pero camino de casa nos llegó el olor del viento del este —el viento oscuro, como hubiese dicho Lawrence— que llegaba del mar.

Mi mujer, Helen, tiene treinta y ocho años. Imagino que el cabello se le habría vuelto entrecano si no se lo tiñera, pero el color que utiliza es un rubio nada molesto, bastante apagado, y creo que le sienta bien. Aquella noche estuve preparando cócteles mientras ella se vestía, y cuando subí a llevarle una copa, la vi por primera vez desde nuestra boda con su traje de novia. No tendría sentido decir que me pareció más hermosa que cuando nos casamos, pero como he envejecido y creo también que mis sentimientos tienen más hondura, y como aquella noche vi en su rostro al mismo tiempo juventud y madurez, su fidelidad a la joven que había sido y las posiciones que ha tenido que ceder airosamente ante el avance del tiempo, estoy dispuesto a afirmar que no me había sentido nunca antes tan profundamente conmovido. Ya me había puesto mi uniforme de jugador, y el peso de todo ello, de los pantalones y de las hombreras, había producido un cambio en mí, como si al encasquetarme aquella ropa vieja hubiera desechado todas las ansiedades y los problemas de mi vida. Era como si los dos hubiésemos regresado a los años anteriores a nuestro matrimonio, a los años anteriores a la guerra.

Los Collard daban una cena para muchos invitados antes del baile, y a ella asistió toda nuestra familia, con la excepción de Lawrence y Ruth. Luego, a eso de las nueve y media, nos dirigimos en coche hacia el club, atravesando la niebla que se había levantado ya. La orquesta tocaba un vals. Mientras dejaba el impermeable en el guardarropa, alguien me dio un golpe en la espalda. Era Chucky Ewing, y lo gracioso es que él también iba disfrazado de jugador de fútbol americano. Esto nos pareció terriblemente divertido a los dos. Íbamos riendo mientras avanzábamos por el pasillo hacia la sala de baile. Me paré en la puerta para ver la decoración, y me pareció muy hermosa. Los organizadores habían cubierto con redes de pescar las paredes y el cielo raso. Las redes del techo estaban llenas de globos de colores. La luz era suave y desigual, y los participantes en la fiesta —nuestros amigos y vecinos— formaban un conjunto muy agradable bailando al compás de «Three O’Clock in the Morning». Luego me fijé en que había muchas mujeres vestidas de blanco, y me di cuenta de que también ellas, al igual que Helen, llevaban trajes de novia. Patsy Hewitt, la señora Gear y la chica de los Lackland bailaban un vals vestidas de novia. Entonces Pep Talcott se acercó a donde estábamos Chucky y yo. Iba vestido de Enrique VIII, pero nos dijo que los gemelos Auerbach, Henry Barrett y Dwight MacGregor llevaban todos uniforme de jugador de fútbol americano, y que, según el último recuento, había diez novias en la sala.

Esta coincidencia, esta divertida coincidencia, hizo reír a todo el mundo, y logró que aquella fiesta fuese una de las más alegres jamás celebradas en el club. Al principio pensé que las mujeres se habían puesto de acuerdo para vestirse de novias, pero las que bailaron conmigo me aseguraron que se trataba de una coincidencia, y yo estoy seguro de que Helen tomó la decisión por su cuenta. Todo me fue muy bien hasta poco antes de la medianoche, cuando vi a Ruth junto a la pista de baile. Llevaba un traje de noche rojo totalmente fuera de lugar. Resultaba completamente ajeno al espíritu de la fiesta. La saqué a bailar, pero no hubo nadie que viniera a sustituirme, y yo no estaba dispuesto a pasarme con ella el resto de la noche, así que le pregunté por Lawrence. Me dijo que estaba fuera en el muelle. Dejé a Ruth en el bar y salí en busca de mi hermano.

La niebla del este era muy densa, y Lawrence estaba solo en el muelle. No iba disfrazado. Ni siquiera se había molestado en vestirse de pescador o de marinero. Parecía particularmente taciturno. La niebla se deslizaba a nuestro alrededor como humo frío. Me hubiese gustado que se tratara de una noche clara, porque la niebla del este parecía facilitarle su juego de misántropo. Yo sabía que las boyas —los crujidos y los repiques que podíamos oír en aquel momento— resonarían en sus oídos como gritos semihumanos de personas a punto de ahogarse, aunque cualquier marinero sabe que las boyas son dispositivos necesarios y seguros, y también adivinaba que la sirena de niebla del faro significaría para él extravíos y pérdidas, y que era igualmente capaz de interpretar erróneamente la viveza de la música de baile.

—Entra, Tifty —le dije—; baila con tu mujer o consíguele una pareja.

—¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Qué razón hay? —Se acercó a una de las ventanas del club y contempló la fiesta—. Míralos —exclamó—. Mira eso…

Chucky Ewing se había apoderado de uno de los globos y estaba tratando de organizar un simulacro de partido en el centro de la pista de baile. Los demás bailaban una samba. Y comprendí que Lawrence contemplaba la fiesta con el mismo gesto sombrío con que había contemplado en nuestra casa las tablillas desgastadas por la intemperie, como viendo en ello un abuso o una distorsión del tiempo; como si al querer volver a ser jugadores de fútbol americano y novias pusiéramos de manifiesto el hecho de que, una vez apagadas en nosotros las luces de la juventud, habíamos sido incapaces de encontrar otras con las que guiarnos y, carentes de fe y de principios, nos habíamos convertido en criaturas estúpidas y tristes. El hecho de que estuviera pensando eso de tantas personas amables, felices y generosas hizo que me enfureciera, hizo que me inspirara un aborrecimiento tan antinatural que me sentí avergonzado, porque Lawrence es mi hermano y un Pommeroy. Le pasé el brazo por encima del hombro y traté de forzarlo a que entrara, pero no quiso.

Volví a tiempo para el Gran Desfile, y después de entregar los premios a los mejores disfraces, dejaron caer los globos. Hacía calor en la sala, alguien abrió las grandes puertas que daban al muelle, el viento del este se coló de rondón y cuando volvió a salir se llevó consigo la mayor parte de los globos, que, después de cruzar el muelle, cayeron al agua. Chucky Ewing salió corriendo detrás de ellos, y cuando vio que seguían más allá del muelle y se posaban sobre el agua, se quitó el traje de jugador de fútbol americano y se tiró de cabeza al mar. Luego lo hicimos Eric Auerbach, Lew Phillips y también yo; y ya se sabe lo que pasa en una fiesta después de medianoche cuando la gente empieza a tirarse al agua. Recuperamos la mayor parte de los globos, nos secamos y seguimos bailando, y no volvimos a casa hasta la mañana siguiente.

Al otro día era la exposición de flores. Madre, Helen y Odette participaban en el concurso. Después de un almuerzo improvisado, Chaddy llevó a las mujeres y a los niños en coche a la exposición. Yo me eché una siesta y a media tarde cogí el traje de baño y una toalla; al salir de casa vi a Ruth, que estaba lavando ropa. No sé por qué ha de parecer que ella tiene más trabajo que los demás, pero lo cierto es que siempre está lavando, planchando, zurciendo y haciendo arreglos en la ropa. Puede que, cuando era pequeña, la enseñaran a utilizar el tiempo de esa manera, o quizá sea víctima de un impulso expiatorio. Parece restregar y planchar con fervor penitencial, aunque no se me ocurre qué es lo que considera que ha hecho mal. Sus hijos estaban con ella en el lavadero. Me ofrecí a llevarlos a la playa, pero no quisieron.

Eran los últimos días de agosto, y las vides silvestres que crecen con gran profusión por toda la isla hacían que el aire del interior oliera a vino. Hay un bosquecillo de acebos al final del sendero, y luego empiezan las dunas, donde solo crecen unas hierbas muy ásperas. Oía el ruido del mar, y recuerdo que pensé en cómo Chaddy y yo solíamos hablar del mar con lenguaje místico. Cuando éramos muy jóvenes, habíamos decidido que nunca seríamos capaces de vivir más hacia el oeste porque echaríamos de menos el mar. «Esto es muy bonito —decíamos cortésmente cuando visitábamos a alguien en las montañas—, pero notamos la falta del Atlántico.» Mirábamos por encima del hombro a la gente de Iowa y de Colorado que se había visto privada de esta revelación, y despreciábamos el Pacífico. Ahora estaba oyendo el rumor de las olas, cuya violencia creaba múltiples ecos, como un tumulto, y aquello me producía el mismo placer que cuando era joven y parecía tener una fuerza catártica, como si hubiese liberado mi memoria —entre otras cosas— de la imagen penitente de Ruth en el lavadero.

Pero Lawrence se hallaba en la playa, sentado. Me metí en el agua sin hablarle. Estaba fría, y cuando salí me puse una camisa. Expliqué a mi hermano que iba a dar un paseo hasta Tanners Point, y me dijo que me acompañaría. Traté de caminar a su lado. Sus piernas no son más largas que las mías, pero siempre le gusta ir un poco por delante de la persona que va con él. Desde detrás, mientras contemplaba sus hombros y su cabeza inclinada, me pregunté qué impresión debía de causarle aquel paisaje.

Había dunas y oteros, y más allá, donde perdían altura, algunos campos que estaban pasando del verde al marrón y al amarillo. Eran sitios donde pastaban las ovejas, e imagino que Lawrence habría notado la erosión del suelo y el hecho de que las ovejas acelerarían su deterioro. Más allá de los campos hay unas cuantas granjas costeras, de agradables edificios cuadrados, pero Lawrence podría haber hecho notar las duras condiciones de vida de un granjero en una isla. El mar, al otro lado, era ya mar abierto. A nuestros invitados siempre les decimos que hacia allí, hacia el este, se encuentran las costas de Portugal, pero Lawrence habría pasado de las costas de Portugal a la tiranía en España sin la menor dificultad. Las olas rompían con un ruido parecido a un «hurra, hurra, hurra», pero para Lawrence debían de decir «adiós, adiós». Imagino que a su mente incisiva y malsana se le habría ocurrido que la costa era una morrena terminal, el límite del mundo prehistórico, y también que avanzábamos por el borde del mundo conocido en un sentido tan espiritual como físico. Si por alguna razón hubiera pasado por alto esto último, había algunos aviones de la marina bombardeando una isla deshabitada para recordárselo.

Esa playa es un paisaje amplio, simple e increíblemente limpio. Es como un terreno lunar. La marea había dado gran consistencia a la arena, de manera que no costaba trabajo andar, y todo lo que quedaba sobre la playa había sido repetidamente modificado por las olas. Quedaban restos de conchas, el palo de una escoba, un trozo de botella y otro de ladrillo, ambos zarandeados y rotos hasta resultar prácticamente irreconocibles, y supongo que el melancólico estado de ánimo de Lawrence —que seguía con la cabeza baja— lo iba llevando de un objeto roto al siguiente. Verme acompañado por su pesimismo empezó a enfurecerme, de manera que me situé a su altura y le puse una mano en el hombro.

—No es más que un día de verano, Tifty —le dije—. Tan solo un día de verano. ¿Qué sucede? ¿No te gusta este sitio?

—No me gusta —dijo con voz tranquila, sin levantar los ojos del suelo—. Voy a venderle a Chaddy mi parte de la casa. No esperaba pasarlo bien. La única razón de que haya vuelto ha sido para decir adiós.

Lo dejé que volviera a adelantarme y caminé tras él, contemplando sus hombros y pensando en su extensa carrera de adioses. Cuando padre se ahogó, Lawrence fue a la iglesia y dijo adiós a padre. Al cabo tan solo de tres años llegó a la conclusión de que madre era frívola y le dijo adiós también a ella. En su primer año de universidad llegó a tener muy buena amistad con su compañero de cuarto, pero era un chico que bebía demasiado, y al comienzo del segundo semestre cambió de compañero de cuarto y dijo adiós a su amigo. Después de dos años en la universidad, llegó a la conclusión de que el ambiente era de excesivo aislamiento, y dijo adiós a Yale. Se matriculó en Columbia y obtuvo allí su licenciatura en derecho, pero descubrió que su primer jefe era una persona deshonesta, y al cabo de seis meses dijo adiós a un buen empleo. Se casó con Ruth en el Ayuntamiento, y dijo adiós a la Iglesia episcopaliana; se fueron a vivir a un barrio bajo de Tuckahoe, y dijeron adiós a la clase media. En 1938 fue a Washington para trabajar como abogado del gobierno, diciendo adiós a la empresa privada, pero al cabo de ocho meses en la capital federal llegó a la conclusión de que la administración Roosevelt era sentimental, y también le dijo adiós. De Washington se marcharon a un barrio residencial de Chicago, donde mi hermano fue diciendo adiós a todos sus vecinos, uno por uno, por razones de alcoholismo, pesadez e imbecilidad. Dijo adiós a Chicago y se trasladó a Kansas; dijo adiós a Kansas para irse a Cleveland. Y ahora había dicho adiós a Cleveland y había vuelto al este, deteniéndose el tiempo suficiente en Laud’s Head para decir adiós al mar.

Era elegíaco y también fanático e intolerante; confundía la circunspección con la fuerza de carácter, y yo quería ayudarlo.

—Sal de todo eso —le dije—. Sal de todo eso, Tifty.

—¿Que salga de qué?

—Sal de toda esa tristeza. Olvídala. No es más que un día de verano. Te empeñas en no pasarlo bien y estás echando a perder las distracciones de los demás. Necesitamos unas vacaciones, Tifty. Yo las necesito. Necesito descansar. Nos hace falta a todos. Y tú has conseguido que todo resulte desagradable y que esté lleno de tensiones. Solo dispongo de dos semanas al año. Necesito pasarlo bien, y lo mismo les sucede a los demás. Necesitamos descansar. Crees que tu pesimismo es una ventaja, pero no es más que negarse a aceptar la realidad.

—¿Cuál es la realidad? —dijo él—. ¿Que Diana es una mujer estúpida y promiscua? Lo mismo puede decirse de Odette. Madre es una alcohólica. Si no se controla un poco, no tardará más de un año o dos en ir a parar a un hospital. Chaddy no es honesto; nunca lo ha sido. La casa terminará hundiéndose en el mar. —Me miró y luego añadió, como una última reflexión—: Tú eres estúpido.

—Y tú un desgraciado hijo de perra —repliqué—. Nada más que un deprimente hijo de perra.

—Aparta tu gorda cara de mi vista —dijo.

Y siguió andando.

Entonces cogí un trozo de raíz y, acercándome por la espalda —aunque no había golpeado nunca a un hombre por la espalda—, hice girar la raíz, empapada en agua de mar, por detrás de mí. La inercia imprimió velocidad a mi brazo y le asesté a mi hermano un golpe en la cabeza que le hizo doblar las rodillas sobre la arena, y vi cómo le brotaba la sangre y comenzaba a oscurecérsele el pelo. Entonces deseé que estuviera muerto, muerto y a punto de ser enterrado; no enterrado ya, sino a punto de serlo, porque no quería que faltara el ceremonial y la corrección en su desaparición, en el acto de borrarlo de mi conciencia, y nos vi a todos nosotros —Chaddy, madre, Diana y Helen— de luto en la casa de Belvedere Street que fue derribada veinte años antes, saludando a invitados y parientes en la puerta y contestando a sus educadas condolencias con un desconsuelo igualmente cortés. Todo resultaba perfectamente apropiado, e incluso aunque hubiese sido asesinado en una playa, antes de que la aburrida ceremonia concluyera, todo el mundo sentiría que mi hermano había llegado al invierno de su existencia, y que era una ley de la naturaleza, y una ley muy hermosa, que Tifty tuviera que ser enterrado en la fría tierra.

Lawrence seguía aún de rodillas. Miré en todas direcciones. Nadie nos había visto. La playa desnuda, como un terreno lunar, se extendía hasta tornarse invisible. La rompiente de una ola, en rapidísima carrera, llegó hasta donde él permanecía arrodillado. Me hubiese gustado terminar con él, pero para entonces yo ya había empezado a actuar como dos personas: el asesino y el samaritano. Con súbito estrépito, como un vacío hecho sonido, una blanca ola lo alcanzó y lo rodeó, bullendo sobre sus hombros, y lo sostuve para que no lo arrastrara la resaca. Luego lo trasladé a un sitio más alto. La sangre se le había extendido por todo el cabello, que parecía completamente negro. Me quité la camisa y la rasgué para vendarle la cabeza. No había perdido el conocimiento, y no creo que estuviese malherido. No dijo nada; tampoco yo. Luego lo dejé allí.

Anduve un poco playa adelante y me volví para mirarlo; para entonces, estaba pensando en mi propia piel. Él se había incorporado y parecía sostenerse bien en pie. Aún había suficiente claridad en el cielo, pero la brisa marina traía unos vapores salinos con consistencia de neblina, y cuando me alejé un poco más de él, apenas distinguía su figura en aquella oscuridad. A todo lo largo de la playa noté cómo venía del mar el denso aire salino. Luego le di la espalda, y cuando estuve más cerca de la casa, volví a nadar una vez más, como parece que había estado haciendo aquel verano después de cada encuentro con Lawrence.

Cuando volví a la casa, me tumbé en la terraza. Un poco más tarde regresaron los demás. Oí cómo madre criticaba los arreglos florales que habían ganado premios. Ninguno de los nuestros había ganado nada. Luego la casa se quedó en silencio, como sucede siempre a esa hora. Los niños se fueron a la cocina para que les dieran la cena, y los demás subieron a bañarse. Después oí cómo Chaddy preparaba los cócteles, y se reanudaba la conversación sobre los jueces del concurso. Al poco, madre exclamó:

—¡Tifty! ¡Dios mío, Tifty! ¡Tifty!

Se hallaba en la puerta, con aire de estar medio muerto. Se había quitado la venda ensangrentada y la llevaba en la mano.

—Lo ha hecho mi hermano —dijo—. Ha sido mi hermano. Me golpeó con una piedra, o algo parecido, en la playa. —La autocompasión hizo que se le quebrara la voz. Pensé que iba a echarse a llorar. Nadie dijo nada—. ¿Dónde está Ruth? —exclamó—. ¿Dónde está Ruth? ¿Dónde demonios está Ruth? Quiero que empiece a hacer las maletas. No necesito perder más tiempo aquí. Tengo cosas importantes que hacer. Tengo cosas muy importantes que hacer.

Y echó a andar escaleras arriba.

Salieron hacia el continente por la mañana, en el barco de las seis y media. Madre se levantó para decirle adiós, pero fue la única, y es una escena cruel y fácil de imaginar al mismo tiempo: la matriarca y el hijo cambiado al nacer mirándose el uno al otro con una consternación que podría parecer como la fuerza del amor vuelta del revés. Oí las voces de los niños y el coche alejándose por el camino de acceso; me levanté y me acerqué a la ventana, y ¡qué mañana tan maravillosa! ¡Cielo santo, qué mañana! Soplaba viento del norte. El aire era muy limpio. Con el primer calor del día, las rosas del jardín olían como mermelada de fresas. Mientras me vestía, oí la sirena del barco, primero la señal de aviso y luego el doble pitido, y me imaginé a la buena gente en la cubierta de arriba, bebiendo café en frágiles vasos de plástico, y a Lawrence en la proa, diciéndole al mar «Thalassa, thalassa», mientras sus tímidos y desgraciados hijos contemplaban la creación desde el círculo de los brazos de su madre. Las boyas doblarían tristemente por Lawrence, y aunque el esplendor de la luz hiciera muy difícil no abrir los brazos y lanzar exclamaciones de gozo, sus ojos permanecerían fijos en la negrura del mar que iba quedando atrás; pensaría en su fondo, oscuro y extraño, donde yace nuestro padre, bajo diez metros de agua.

¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así? ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo convencer a su ojo para que no descubra entre la multitud la mejilla con acné, la mano enferma? ¿Cómo se le puede enseñar a responder ante la inestimable grandeza de la raza humana, ante la áspera belleza de la piel de la vida? ¿Cómo obligarlo a poner el dedo en las testarudas verdades ante las que el miedo y el horror resultan impotentes? Aquella mañana el mar estaba tornasolado y oscuro. Mi mujer y mi hermana nadaban —Diana y Helen—, y vi sus cabezas descubiertas, ébano y oro en el agua oscura. Las vi dirigirse hacia la orilla, y vi que se hallaban desnudas, sin rubor alguno, hermosas y llenas de gracia, y me quedé mirando a las mujeres desnudas saliendo del mar.

UN DÍA CUALQUIERA

Cuando Jim se despertó a las siete de la mañana, saltó de la cama y recorrió todas las ventanas del dormitorio. Estaba tan acostumbrado al ruido y al hacinamiento de la ciudad que después de seis días en New Hampshire aún le parecía extraña y violenta la belleza de una mañana en el campo. Las colinas parecían surgir directamente del cielo del norte. Desde las ventanas del oeste vio el potente sol iluminando los árboles de las montañas, vertiendo su luz sobre la tranquila superficie del lago, y cayendo sobre las dependencias de aquella enorme y anticuada mansión con tanta energía como el tañido de campanas de hierro.

Se vistió y corrió las cortinas con mucho cuidado para que la luz no despertara a su mujer. Ellen, a diferencia de él, podía pasar en el campo todo el tiempo que quisiera; llevaba allí desde el principio del verano y se quedaría hasta primeros de septiembre, cuando volvería a la ciudad con la cocinera, la picadora de hielo y la alfombra persa.

La planta baja de la gran casa de su suegra estaba tranquila y limpia cuando bajó la escalera. Emma Boulanger, la doncella francesa, quitaba el polvo del vestíbulo. Jim cruzó el sombrío comedor y abrió la puerta de la antecocina, pero otra de las criadas, Agnes Shay, se encontraba allí para impedirle penetrar en su territorio.

—Usted dígame tan solo lo que quiere desayunar, señor Brown —dijo en tono desagradable—. Greta se lo preparará.

Jim quería desayunar en la cocina con su hijo de cinco años, pero Agnes no tenía intención de permitirle abandonar la parte noble de la casa para invadir la zona reservada a los criados y a los niños. Jim le dijo lo que quería para desayunar y volvió sobre sus pasos; cruzó el comedor y salió a la terraza. Allí la luz era tan violenta como un golpe, y el aire olía como si muchas maravillosas muchachas acabaran de cruzar el césped. Era una espléndida mañana de verano y parecía imposible que algo pudiera salir mal. Jim contempló la terraza, los jardines, la casa, con un ilusorio sentimiento de posesión. Oía a la señora Garrison —su suegra, viuda y propietaria legal de todo lo que abarcaba con la vista— hablando animadamente consigo misma desde el distante macizo de flores.

Mientras Jim tomaba el desayuno, Agnes le dijo que Nils Lund quería verlo. Esta noticia halagó a Jim. No pasaba más que diez días en New Hampshire todos los veranos, y estaba allí únicamente en calidad de huésped, pero le gustaba ser consultado por el jardinero. Nils Lund llevaba muchos años trabajando para la señora Garrison. Vivía en una casita dentro de la finca, y su mujer, ya muerta, había trabajado en la cocina. Nils se quejaba de que ninguno de los hijos de la señora Garrison se interesara por la propiedad, y a menudo le decía a Jim lo feliz que se sentía de tener a un hombre con quien discutir sus problemas.

La huerta y el jardín de Nils no tenían ya la menor relación con las necesidades de la casa. Todas las primaveras araba y plantaba hectáreas de hortalizas y flores. La aparición de los primeros brotes de espárragos señalaba el comienzo de una desesperada carrera entre las hortalizas y la mesa de la señora Garrison. Nils, amargado por el despilfarro del que él mismo era autor, aparecía todas las tardes en la puerta de la cocina para decirle a Greta que si no comían más guisantes, más fresas, más judías, más lechugas y más repollos, las magníficas hortalizas que él había regado con su sudor se pudrirían.

Cuando Jim terminó de desayunar, rodeó la casa hasta llegar a la parte de atrás y Nils le dijo, cariacontecido, que algún animal se estaba comiendo el maíz, que empezaba a madurar en aquel momento. Ya habían hablado anteriormente de los destrozos en el sembrado de maíz. Al principio creyeron que se trataba de ciervos. Aquella mañana, la hipótesis de Nils se inclinaba más bien hacia los mapaches. Quería que Jim fuera con él a ver los destrozos.

—Esas trampas que hay en el cobertizo de las herramientas deberían resolvernos el problema si se trata de mapaches —dijo Jim—. Y además, me parece que hay un rifle en algún sitio. Esta noche colocaré las trampas.

Caminaron por el sendero que subía colina arriba hacia la huerta. De los campos que había junto a la senda, invadidos por el musgo y moteados de enebros, surgía un perfume indescriptible, acre y adormecedor.

—¿Ve usted? —dijo Nils cuando llegaron al sembrado de maíz—. ¿Ve usted, ve usted…? —Hojas, hilos sedosos y mazorcas medio comidas se hallaban esparcidos y pisoteados entre la tierra—. Lo planto —siguió el jardinero, como el marido de una arpía enumerando inútiles ejemplos de paciencia—. Entonces aparecen los cuervos para comerse la simiente. Lo cultivo. Y ahora no hay maíz.

Oyeron a Greta, la cocinera, cantando mientras subía por el camino; traía sobras de comida para los pollos. Se volvieron para verla. Era una mujer grande y robusta con una voz magnífica y los pechos de una contralto de ópera. Un segundo después de oír a Greta, el viento les trajo la voz de la señora Garrison desde el macizo de flores. La señora Garrison hablaba consigo misma continuamente. Sus palabras enérgicas y claramente pronunciadas resonaban en el aire transparente de la mañana como las notas de una trompeta.

—¿Por qué planta todos los años esta horrible verbena morada? Sabe que no me gusta el morado. ¿Por qué se empeña en plantar esta odiosa verbena morada…? Voy a hacer que cambie otra vez de sitio los aros. Y pondré los lirios de nuevo junto al estanque…

Nils escupió en la tierra.

—¡Condenada mujer! —dijo—. ¡Que el demonio se la lleve!

Greta le había recordado a su difunta esposa, y la sonora voz de la señora Garrison, a esa otra unión entre señora y jardinero que duraría hasta que la muerte la truncara. No hizo ningún esfuerzo por dominar su indignación, y Jim se vio atrapado entre el fuego cruzado del soliloquio de su suegra y la rabia de su jardinero. Dijo que iría a echar una ojeada a las trampas.

Las encontró en el cobertizo de las herramientas, y también halló un rifle en el sótano. Mientras cruzaba el césped se encontró con la señora Garrison, una mujer delgada, de cabellos blancos, vestida en aquel momento con un desastrado uniforme de doncella y un sombrero de paja medio deshecho. Llevaba un gran ramo de flores en los brazos. Ella y su yerno se dieron mutuamente los buenos días, elogiaron el buen tiempo, y siguieron su camino en direcciones opuestas. Jim llevó las trampas y el rifle detrás de la casa. Timmy, su hijo, estaba allí, jugando a los médicos con Ingrid, la hija de la cocinera, una niña de once años, pálida y flacucha. Los dos lo observaron durante unos instantes y luego continuaron con sus juegos.

Jim engrasó las trampas y limó las lengüetas para que saltaran al más mínimo roce. Mientras probaba las trampas, apareció Agnes Shay llevando de la mano a Carlotta Bronson, otra nieta de la señora Garrison. Carlotta tenía cuatro años. Su madre se había ido aquel verano al oeste para conseguir el divorcio, y Agnes se vio ascendida de doncella a niñera. Tenía casi sesenta años y se tomaba su nuevo cargo con gran vehemencia. Desde la mañana hasta la noche, llevaba a Carlotta fuertemente sujeta de la mano.

Miró las trampas por encima del hombro de Jim y dijo:

—No debería usted colocarlas hasta después de que los niños se hayan acostado, señor Brown… Carlotta, no te acerques a esas trampas. Ven aquí.

—No las pondré hasta más tarde —dijo Jim.

—Figúrese, si uno de los niños quedara atrapado podría romperle una pierna —dijo Agnes—. También tendrá usted cuidado con esa escopeta, ¿verdad, señor Brown? Las armas están hechas para matar. Siempre que he visto alguna, ha habido después un accidente… Ven, Carlotta, vamos. Te pondré un delantal limpio y luego podrás jugar en la arena antes de tomarte el zumo y las galletas.

La pequeña entró en la casa tras ella, y juntas subieron por la escalera de atrás al cuarto de los niños. Cuando estuvieron solas, Agnes besó tímidamente a la niña en la cabeza, como si tuviera miedo de molestar a Carlotta con su afecto.

—No me toques, Agnes —dijo Carlotta.

—No, querida, no lo haré.

Agnes Shay tenía el genuino espíritu de doncella. Rociada con agua de lavar platos y colonias muy poco perfumadas, criada en dormitorios estrechos y privados de la luz del sol, en pasillos y escaleras traseras, en lavaderos, en armarios de ropa blanca, y en esos comedores para los criados que hacen pensar en cárceles, su alma se había ido volviendo dócil y yerma. El escalafón dentro del servicio le parecía algo tan justo e inflexible como los círculos del infierno. Hubiese estado tan poco dispuesta a cederle un sitio a la señora Garrison en la mesa de la cocina como su señora lo hubiera estado de sentarla en su lúgubre comedor. Agnes disfrutaba con el ritual de una casa grande. Corría las cortinas de la sala de estar al atardecer, encendía los candelabros en la mesa, y tocaba el gong para la cena con el entusiasmo de un monaguillo. En las noches que hacía buen tiempo, sentada entre los cubos de la basura y las leñeras, le gustaba recordar las caras de todas las cocineras que había conocido. Aquello hacía que su vida le pareciese más plena.

Agnes nunca había sido tan feliz como aquel verano. Le gustaban las montañas, el lago y el cielo, y se había enamorado de Carlotta con ardor juvenil. Se preocupaba por su propio aspecto. Se preocupaba por sus uñas, por su letra, por su educación. ¿Soy digna?, se preguntaba. La irritable e infeliz niña era su único lazo con la mañana, con el sol, con todas las cosas hermosas y estimulantes. Tocar a Carlotta, apoyar la mejilla sobre los cálidos cabellos de la niña, la colmaban de un sentimiento de recobrada juventud. La madre de Carlotta volvería de Reno en septiembre, y Agnes tenía ya pensado lo que iba a decirle: «¡Déjeme cuidar de Carlotta, señora Bronson! Mientras ha estado usted fuera, he leído todos esos artículos del Daily News sobre el cuidado de los niños. Quiero a Carlotta. Está acostumbrada a mí. Sé lo que quiere…».

A la señora Garrison no le interesaban los niños, y con la señora Bronson en Reno, Agnes carecía de rivales, pero la atormentaba continuamente la idea de que pudiera sucederle algo a Carlotta. No la dejaba llevar una bufanda al cuello por temor a que se le enganchara en un clavo o en alguna puerta y la estrangulara. Cualquier escalera empinada, cualquier extensión de agua un poco profunda, el ladrido lejano de cualquier perro guardián asustaban a Agnes. Por la noche soñaba con un incendio en la casa y que ella, incapaz de salvar a Carlotta, terminaba arrojándose a las llamas. Ahora las trampas de acero y el rifle se habían añadido a todos sus otros motivos de ansiedad. Veía a Jim desde la ventana del cuarto de los niños. Las trampas no estaban montadas, pero eso no las hacía menos peligrosas, extendidas sobre el suelo, donde cualquiera podía pisarlas. En cuanto al rifle, Jim lo había desmontado y lo estaba limpiando con un trapo, pero Agnes tenía la impresión de que se hallaba cargado y de que apuntaba al corazón de Carlotta.

Jim oyó la voz de su mujer, y llevó las piezas del rifle a la terraza, donde Ellen estaba sentada en una hamaca, con la bandeja del desayuno sobre las rodillas. Jim le dio un beso, y pensó en lo joven, esbelta y bonita que parecía. Durante su vida de casados habían pasado muy poco tiempo en el campo, y estar juntos en una tranquila y luminosa mañana hacía que los dos sintieran que habían recuperado la emoción de los primeros encuentros. La tibieza del sol, como un estado ininterrumpido de intenso deseo, les impedía ver los defectos del otro.

Aquella mañana habían planeado ir en coche a Black Hill y ver el sitio donde había vivido Emerson. A Ellen le gustaba visitar granjas abandonadas con la idea de comprar algún día una casa de campo. Jim le seguía la corriente en esto, aunque en realidad no le interesaba, y ella, a su vez, creía que lo estaba engañando y que algún día, en algún sitio, sobre alguna colina desolada, encontraría una granja que le llegara directamente al corazón.

Salieron hacia Black Hill en cuanto Ellen terminó de desayunar. Aquellas excursiones a hogares abandonados los habían llevado por carreteras secundarias en pésimas condiciones, y la que los condujo hasta Black Hill resultó tan mala como la peor que Jim hubiera encontrado nunca. Resultaría infranqueable desde octubre hasta mayo.

Cuando llegaron al lugar donde Emerson había vivido, Ellen contempló primero la modesta y deteriorada casa, y después observó el rostro de Jim, para ver cuál sería su reacción. Ninguno de los dos habló. Donde ella veía encanto y seguridad, él tomaba únicamente conciencia de un avanzado estado de decrepitud y de una sensación de encarcelamiento.

La granja estaba en la parte alta de la colina pero dentro de un pliegue del terreno, y Jim advirtió que si bien la curva de nivel protegía la casa de los vientos procedentes del lago, también la privaba de la vista del agua y de las montañas. Se fijó, además, en que todos los árboles de buen tamaño dentro de un radio de mil metros a partir del escalón de la entrada, hecho de granito, habían sido talados. El sol daba de lleno sobre el tejado de cinc. En una de las ventanas de la fachada, como un símbolo de la mezquina vida rural que él detestaba, pensó Jim, se veía un descolorido adhesivo de la Cruz Roja.

Bajaron del coche y cruzaron el patio delantero. Las hierbas les llegaban hasta la cintura, y entre ellas abundaba el trébol oloroso. Los brezos arañaban los pantalones de Jim. Se quedó con el oxidado picaporte en la mano cuando trató de abrir la puerta. Luego siguió a Ellen con impaciencia a través de las oscuras y malolientes habitaciones, igual que lo había hecho a través de otros cuartos en un estado similar de decrepitud en Maine, en Massachusetts, en Connecticut y en Maryland. Ellen era una mujer de muchos temores inexpresables —al tráfico, a la pobreza, y, particularmente, a la guerra—, y aquellas casas remotas e improbables representaban para ella seguridad y el sentimiento de encontrarse a salvo.

—Por supuesto, si compráramos este sitio —dijo ella—, tendríamos que gastarnos por lo menos diez mil dólares en arreglarlo. No haríamos más que comprar el terreno. Me doy perfecta cuenta de ello.

—Bueno, tengo que admitir que seis mil dólares es un buen precio por toda esta tierra —dijo él discretamente.

Encendió un cigarrillo y a través de una ventana con los cristales rotos contempló un montón de maquinaria agrícola oxidada.

—¿Te das cuenta? Podríamos tirar todos estos tabiques —dijo ella.

—Sí —asintió él.

—Cada vez estoy más convencida de que debemos tener un sitio nuestro lejos de Nueva York —explicó Ellen—. Si hubiese una guerra, nos atraparía como a ratas. Claro que, si dejáramos la ciudad por completo, no estoy segura de que pudiéramos ganarnos la vida. Tal vez abriendo un almacén de productos congelados…

—Yo no sé mucho sobre congeladores —dijo él.

Aquel diálogo formaba ya tanta parte de sus estancias en el campo como nadar y beber, pensó Jim, y sería breve.

—Entonces ¿no te gusta este sitio? —preguntó Ellen, y cuando él dijo que no, suspiró y abandonando el oscuro zaguán salió a la luz del sol.

Él la siguió y cerró la puerta. Ellen miró hacia atrás como si su marido hubiese cerrado la puerta de la salvación, y luego lo cogió del brazo y fue caminando a su lado hasta el coche.

La señora Garrison, Ellen y Jim almorzaron aquel día en la terraza. Ingrid y Timmy lo hicieron en la cocina, y Agnes Shay dio de comer a Carlotta en el cuarto de los niños. Luego la desvistió, corrió las cortinas y la acostó. Ella se tumbó en el suelo al lado de la cama y se durmió profundamente. A las tres se despertó y llamó a Carlotta. La niña estaba sudorosa y de mal humor.

Después de vestir a Carlotta, Agnes bajó con ella al cuarto de estar. La señora Garrison la esperaba allí. Uno de los ritos de aquel verano era que pasara una hora con Carlotta todas las tardes. Al quedarse sola con su abuela, la niña se sentó muy erguida en una silla. La señora Garrison y Carlotta se aburrían mutuamente.

La vida de la señora Garrison había sido siempre extraordinariamente fácil, tan bien apoyada por sus amistades y por todo tipo de placeres que conservaba aún una sorprendente viveza. Era impulsiva, generosa y muy amable. Inquieta, también.

—¿Qué te parece que hagamos, Carlotta? —preguntó.

—No sé —dijo la niña.

—¿Quieres que te haga un collar de margaritas, Carlotta?

—Sí.

—Bueno, espérame aquí, entonces. No toques los caramelos ni las cosas de mi escritorio, ¿entendido?

La señora Garrison salió al vestíbulo y consiguió un cesto y unas tijeras. El césped debajo de la terraza terminaba bruscamente en un campo cubierto de margaritas blancas y amarillas. Enseguida llenó el cesto. Cuando volvió al cuarto de estar, Carlotta seguía sentada muy tiesa en su silla. La señora Garrison no se fiaba de la niña, e inspeccionó el escritorio antes de instalarse en el sofá. Luego empezó a enhebrar las flores con aguja e hilo.

—Te voy a hacer un collar, un brazalete y una corona —dijo.

—No quiero un collar de margaritas —replicó Carlotta.

—Pero antes me has dicho que querías uno.

—Quiero un collar de verdad —dijo la niña—. Quiero uno de perlas, como el que tiene tía Ellen.

—¡Válgame Dios! —exclamó la señora Garrison.

Dejó a un lado la aguja y las flores. Se acordó de sus primeras perlas. Las había llevado en una fiesta en Baltimore. Había sido una fiesta maravillosa, y el recuerdo la emocionó por un momento. Luego se sintió vieja.

—Todavía no eres lo bastante mayor para tener perlas —le dijo a Carlotta—. No eres más que una niña.

Hablaba en voz baja, porque el recuerdo de Baltimore la había hecho pensar en otras fiestas; la del club náutico cuando se torció el tobillo y el baile de máscaras al que asistió disfrazada de sir Walter Raleigh. El día estaba resultando muy caluroso, y el calor adormilaba a la señora Garrison y la inclinaba a las reminiscencias. Pensó en Filadelfia y en las Bermudas, y se sumergió tanto en los recuerdos que se sobresaltó cuando Carlotta habló de nuevo.

—No soy una niña —dijo de pronto—. ¡Soy una chica mayor! —Se le quebró la voz y las lágrimas acudieron a sus ojos—. ¡Soy mayor que Timmy y que Ingrid y que todo el mundo!

—Ya te llegará el momento de ser mayor —dijo la señora Garrison—. Deja de llorar.

—Quiero ser una señora. Quiero ser una señora como tía Ellen y como mamá.

—¡Y cuando seas tan mayor como tu madre querrás ser niña de nuevo! —repuso la señora Garrison, enfadada.

—Quiero ser una señora —exclamó la niña—. No quiero ser pequeña. No quiero ser una niña.

—Ya está bien. Deja de llorar. Hace demasiado calor. No sabes lo que quieres. Mírame a mí: me paso la mitad del tiempo deseando ser más joven para poder bailar. Es ridículo, es perfectamente…

Advirtió una sombra que cruzaba bajo el toldo al otro lado de la ventana. Se acercó a ella y vio a Nils Lund, que se alejaba por el césped. Habría oído toda la conversación. Esto hizo que la señora Garrison se sintiera profundamente incómoda. Carlotta seguía llorando. La molestaba mucho oírla llorar. Le pareció que el sentido de aquella tarde calurosa, que su vida misma, por un segundo, dependían de la felicidad de la niña.

—¿Hay algo que te apetezca hacer, Carlotta?

—No.

—¿Quieres un caramelo?

—No, gracias.

—¿Te gustaría ponerte mis perlas?

—No, gracias.

La señora Garrison decidió dar por terminada la conversación y llamó a Agnes.

En la cocina, Greta y Agnes tomaban café. Ya estaban lavados los platos del almuerzo, y la agitación que precedía a la cena no había comenzado aún. La cocina estaba fresca y limpia, y en silencio los alrededores de la casa. Las dos se reunían allí todas las tardes; era la hora más agradable del día.

—¿Dónde está? —preguntó Greta.

—Está ahí dentro con Carlotta —respondió Agnes.

—Esta mañana hablaba sola en el jardín —dijo Greta—. Nils la oyó. Ahora quiere que cambie de sitio algunos lirios. Nils no hará nada, ni siquiera cortará la hierba.

—Emma limpió la sala de estar —comentó Agnes—. Y acto seguido apareció ella con todas esas flores.

—El verano que viene vuelvo a Suecia —dijo Greta.

—¿Todavía cuesta cuatrocientos dólares?

—Sí —respondió Greta. Siempre tenía que hacer un esfuerzo para no utilizar ja, la palabra sueca—. Quizá el año que viene no cueste tanto. Pero si no voy el año que viene, Ingrid cumplirá los doce y tendrá que pagar billete completo. Quiero ver a mi madre; está mayor.

—Deberías ir —señaló Agnes.

—Fui en 1927, en 1935 y en 1937 —dijo Greta.

—Yo volví a casa en 1937 —dijo Agnes—. Esa fue la última vez. Mi padre era ya un anciano. Estuve allí todo el verano. Pensaba volver al año siguiente, pero ella me dijo que si me marchaba me despediría, así que no fui. Y aquel invierno mi padre murió. Quería verlo.

—Yo quiero ver a mi madre —declaró Greta.

—Aquí hablan mucho del paisaje —comentó Agnes—. ¡Unas montañitas insignificantes! Irlanda es como un jardín.

—¿Volvería a hacerlo?, me pregunto a mí misma —dijo Greta—. Ahora soy demasiado vieja. Mírame las piernas. Fíjate en mis varices.

Sacó una pierna de debajo de la mesa para que Agnes se la viera.

—No tengo ninguna razón para volver —aseguró Agnes—. Mis hermanos han muerto, los dos. No tengo a nadie fuera de aquí. Querría haber visto a mi padre.

—¡Ah, la primera vez que vine! —exclamó Greta—. Era como una fiesta en aquel barco. Hazte rica. Vuelve a casa. Hazte rica. Vuelve a casa.

—A mí me pasó lo mismo —dijo Agnes.

Oyeron un trueno. La señora Garrison volvió a tocar el timbre, impaciente.

La tormenta llegó desde el norte. El viento se transformó en huracán, una rama verde cayó sobre el césped y por la casa resonaron gritos y el ruido de las ventanas al cerrarse de golpe. Cuando llegaron la lluvia y los relámpagos, la señora Garrison estuvo viéndolos desde la ventana de su dormitorio. Carlotta y Agnes se escondieron en un armario. Jim, Ellen y su hijo estaban en la playa y contemplaron la tormenta desde la puerta del cobertizo de los botes. Duró media hora y luego se alejó hacia el oeste, dejando la atmósfera más fría y transparente; pero la tarde se había acabado.

Mientras los niños cenaban, Jim fue hasta el maizal, instaló las trampas y puso el cebo. Al volver colina abajo, le llegó desde la cocina el olor de una tarta que se hacía en el horno. El cielo estaba limpio, la luz sobre las montañas era muy suave, y la casa parecía concentrar todas sus energías en la preparación de la cena. Jim vio a Nils junto al gallinero y le dio las buenas tardes, pero el jardinero no le respondió.

La señora Garrison, Jim y Ellen tomaron unos cócteles antes de cenar, luego vino con la comida, y para cuando se trasladaron a la terraza con el café y el coñac estaban un poquito borrachos. Anochecía.

—He tenido carta de Reno —anunció la señora Garrison—. Florrie quiere que me lleve a Carlotta a Nueva York cuando vaya el día 12 para la boda de Peyton.

—Shay morirá —dijo Ellen.

—Shay perecerá —la corrigió la señora Garrison.

El cielo daba la impresión de estar lleno de fuego. Veían el triste resplandor rojo entre los pinos. Los extraños vientos que soplan en las montañas inmediatamente antes de que oscurezca trajeron, desde más abajo, en el lago, las palabras de una canción, cantada por unas niñas que se hallaban allí de acampada:

 

Hay un campamento para chicas

en el lago Bellows.

Campamento Massassoit

es su nombre.

Desde que sale el sol

hasta que acaba el día,

allí se pasa

estupendamente…

Las voces eran agudas, entusiastas, confiadas. Luego un cambio en la dirección del viento interrumpió la canción y trajo un poco de humo de leña hasta donde se hallaban los tres sentados. Se oyó el distante retumbar de un trueno.

—Siempre que oigo truenos —dijo la señora Garrison—, me acuerdo de que a Enid Clark la mató un rayo.

—¿Quién era? —quiso saber Ellen.

—Una mujer extraordinariamente desagradable. Una tarde se estaba dando un baño frente a una ventana abierta y la mató un rayo. Su marido se había peleado con el obispo, así que el cortejo fúnebre no salió de la catedral. La instalaron junto a la piscina y celebraron el funeral allí, pero no había nada de beber. Nosotros volvimos en coche a Nueva York después de la ceremonia y tu padre se paró durante el camino en casa de un contrabandista de bebidas y compró una caja de botellas de whisky. Era sábado por la tarde y había un partido de fútbol americano y muchísimo tráfico en la zona de Princeton. Teníamos aquel chófer francocanadiense, y su manera de conducir siempre me ponía nerviosa. Se lo comenté a Ralph, y dijo que era una estupidez; cinco minutos después, el coche estaba boca abajo. Yo salí disparada por una ventanilla abierta y fui a caer en un pedregal, y lo primero que hizo tu padre fue mirar en el maletero para ver qué había pasado con el whisky. Allí me tenías, desangrándome, mientras él contaba las botellas.

La señora Garrison arregló la manta de viaje con que se tapaba las piernas y miró hacia el lago y las montañas entornando los ojos. El ruido de pasos en el camino de grava la alarmó. ¿Visitantes? Al volverse vio que se trataba de Nils Lund. El jardinero torció para cruzar el césped en dirección a la terraza, arrastrando los pies dentro de unos zapatos que le estaban grandes. El mechón que le caía sobre la frente, el pelo corto y descolorido, su silueta enjuta y la línea de los hombros hacían pensar a Jim en un muchacho. Era como si el desarrollo de Nils, su mismo espíritu, se hubiesen visto detenidos en algún verano de su juventud, aunque por otra parte se moviera con aire cansado y sin vivacidad, como un anciano con el corazón destrozado. Se acercó al borde de la terraza y habló en dirección a la señora Garrison, aunque sin mirarla:

—No voy a cambiar los lirios, señora Garrison.

—¿Cómo dice, Nils? —preguntó ella, inclinándose hacia delante.

—Que no voy a cambiar los lirios.

—¿Por qué no?

—Tengo demasiado trabajo. —La miró y habló airadamente—: Todo el invierno lo paso aquí solo, con nieve hasta el cuello. El viento hace tanto ruido que no me deja dormir. Llevo diecisiete años trabajando para usted y no ha venido nunca cuando hace mal tiempo.

—¿Qué tiene que ver el invierno con los lirios, Nils? —preguntó ella con calma.

—Tengo demasiado trabajo. Trasplanta los lirios. Trasplanta las rosas. Corta la hierba. Todos los días quiere usted algo distinto. ¿Por qué? ¿Por qué es usted mejor que yo? Lo único que sabe hacer es matar flores. Yo las hago crecer. Usted las mata. Si se funden los plomos, usted no sabe cómo cambiarlos. Si algo gotea, tampoco sabe qué hacer. Matar flores, eso es lo único que sabe hacer. Llevo diecisiete años esperándola todos los inviernos —gritó—. Usted me escribe: «¿Hace buen tiempo? ¿Están bonitas las flores?». Luego viene. Se sienta ahí. Bebe. Malditos sean. Usted mató a mi mujer. Ahora quiere matarme a mí. Usted…

—Cállese, Nils —dijo Jim.

El jardinero se dio la vuelta inmediatamente e inició la retirada cruzando el césped, sintiéndose de pronto tan avergonzado que parecía cojear. Ninguno de ellos dijo nada, porque tenían la impresión, después de verlo desaparecer detrás del seto, que quizá se hubiera escondido allí, esperando para oír lo que dijeran. Luego Ingrid y Greta cruzaron el césped de vuelta de su paseo al anochecer, cargadas con piedras y flores silvestres que traían de aquellas excursiones para decorar sus habitaciones encima del garaje. Greta le dijo a Jim que había un animal en una trampa del maizal. A ella le parecía que se trataba de un gato.

Jim cogió el rifle y una linterna y subió la colina hacia el huerto. Al acercarse al maizal oyó unos débiles gemidos. Luego aquella criatura, la que fuese, empezó a golpear el suelo, con un ruido potente, tan regular como un latido, y acompañado por el entrechocar de los eslabones de la cadena sujeta a la trampa. Al llegar al maizal, Jim dirigió la luz hacia los tallos rotos. El animal hizo un ruido silbante y se abalanzó hacia la luz, pero no podía librarse de la cadena. Era un mapache gordo y con joroba. Enseguida se escondió de la luz entre el maíz destrozado. Jim esperó. La luz de las estrellas le permitía ver las altas y deshilachadas siluetas de las plantas de maíz, y cada vez que la brisa pasaba entre las hojas, entrechocaban como trozos de madera. El mapache, empujado por el dolor, empezó a golpear el suelo espasmódicamente. Jim mantuvo la linterna pegada al cañón del rifle y disparó dos veces. Cuando el mapache hubo muerto, soltó la trampa y la sacó del maizal junto con el cadáver.

Era una hermosa noche, tranquila e inmensa. En lugar de volver al camino, Jim tomó un atajo, atravesando el huerto y un campo para llegar al cobertizo de las herramientas. La tierra estaba muy oscura, y Jim se movía con precaución, aunque torpemente. El pesado cuerpo del mapache olía como un perro.

—Señor Brown, señor Brown, oh, señor Brown —llamaba alguien. Era Agnes. Se había quedado casi sin aliento y su voz destilaba preocupación. Carlotta y ella se hallaban en medio del campo, y en camisón—. Oímos el ruido —explicó Agnes—. El disparo de la escopeta. Teníamos miedo de que hubiese ocurrido un accidente. Yo ya sabía que a Carlotta no le había pasado nada, porque estaba junto a mí. ¿No es cierto, cariño? Pero no podíamos dormir. No podíamos cerrar los ojos después de oír el ruido. ¿No ha sucedido nada malo?

—No —dijo Jim—. Tan solo que había un mapache en el huerto.

—¿Dónde está el mapache? —preguntó Carlotta.

—El mapache se ha ido a hacer un viaje muy largo, cariño —explicó Agnes—. Vamos, ven conmigo, mi vida. Espero que ahora podamos ya dormir tranquilas, ¿no te parece?

Se dieron la vuelta, camino de la casa, avisándose la una a la otra sobre los palos y las zanjas y otros peligros del campo. Su conversación estaba llena de diminutivos, timidez y vaguedad. Jim quería ayudarlas, sentía un deseo apremiante de ayudarlas, de ofrecerles la linterna, pero llegaron a la casa sin su ayuda, y oyó cómo la puerta de atrás se cerraba y ahogaba sus voces.

LA MONSTRUOSA RADIO

Jim e Irene Westcott pertenecían a esa clase de personas que parecen disfrutar del satisfactorio promedio de ingresos, dedicación y respetabilidad que deben alcanzarse según las estadísticas de los boletines de exalumnos universitarios. Eran padres de dos niños pequeños, llevaban casados nueve años, vivían en el piso doce de un bloque de apartamentos cerca de Sutton Place, iban al teatro una media de 10,3 veces al año y confiaban en residir algún día en Westchester. Irene Westcott era una muchacha agradable y no demasiado atractiva, de suave pelo castaño y frente fina y amplia sobre la que nada en absoluto había sido escrito; en tiempo frío solía usar un abrigo de turón teñido de tal forma que parecía visón. No podía afirmarse que Jim Westcott aparentase ser más joven de lo que era, pero al menos podía asegurarse que parecía sentirse más joven. Llevaba muy corto el pelo ya grisáceo, se vestía con la clase de ropa que su generación solía llevar en los campus de Andover, y su porte era formal, vehemente y deliberadamente ingenuo. Los Westcott se diferenciaban de sus amigos, vecinos y compañeros de estudios únicamente en su común interés por la música seria. Asistían a un gran número de conciertos, aunque raramente se lo decían a nadie, y pasaban gran parte de su tiempo escuchando música en la radio.

Tenían un aparato anticuado, sensible, imprevisible e imposible de reparar. Ninguno de los dos entendía sus mecanismos, ni tampoco el de los restantes artefactos domésticos; cuando la radio fallaba, Jim golpeaba con la mano uno de los lados de la caja. A veces servía de algo. Un domingo por la tarde, en mitad de un cuarteto de Schubert, la música se desvaneció por completo. Jim aporreó la caja varias veces, pero no hubo respuesta; habían perdido a Schubert para siempre. Prometió a Irene comprarle una radio nueva, y el lunes, al volver a casa después del trabajo, le dijo que había adquirido una. Se negó a describírsela, y añadió que cuando llegase le daría una sorpresa.

A la tarde siguiente les entregaron la radio por la puerta de servicio y, con ayuda del portero y la sirvienta, Irene la desembaló y la llevó a la sala. Le disgustó en el acto la fealdad de la amplia caja de madera de caucho. Estaba orgullosa de su cuarto de estar; había escogido el mobiliario y los colores con el mismo cuidado con que elegía sus vestidos, y ahora le parecía que la nueva radio era una intrusa agresiva en medio de sus pertenencias íntimas. Se quedó perpleja ante la cantidad de interruptores y botones del panel de mandos, y los examinó minuciosamente antes de insertar el enchufe en la pared y encender la radio. Una malévola luz verde bañó los botones y, como a distancia, percibió la música de un quinteto de piano. Los compases sonaron lejanos nada más que un segundo; luego se abatieron sobre Irene a una velocidad mayor que la de la luz e inundaron la casa con tanta potencia que un objeto de porcelana cayó de una mesa al suelo. Corrió hacia el aparato y bajó el volumen. Las violentas fuerzas agazapadas dentro de la fea caja de madera de caucho la hacían sentirse incómoda. Entonces los niños volvieron del colegio, y se los llevó al parque. Hasta última hora de la tarde, Irene no pudo volver a ocuparse de la radio.

La sirvienta ya había dado de cenar a los niños y supervisado su baño cuando Irene la encendió de nuevo, bajó el volumen y se sentó a escuchar un quinteto de Mozart que conocía y amaba. La música salía nítida. El sonido del nuevo aparato, pensó, era mucho más puro que el del antiguo. Decidió que lo más importante era el sonido y que podía esconder la fea caja detrás de un sofá. Pero tan pronto hubo hecho las paces con la radio empezaron las interferencias. Un crujido similar al chisporroteo de una mecha encendida acompañaba el cántico de las cuerdas. Más allá de la música se oía un susurro que a Irene, molesta, le recordó el mar, y a medida que el quinteto avanzaba, más y más ruidos iban sumándose al primero. Pulsó todos los interruptores y botones, pero nada atenuó las interferencias. Se sentó otra vez, presa de la frustración y el desconcierto, e intentó seguir el hilo de la melodía. El hueco del ascensor del inmueble daba a la pared de la sala, y precisamente el ruido de este le dio una pista sobre la causa de las interferencias. El chasquido de los cables del ascensor y el abrir y cerrar de sus puertas se reproducían en el altavoz del aparato, y, percatándose de que la radio era sensible a toda suerte de corrientes eléctricas, empezó a discernir a través de la música de Mozart el repiqueteo del teléfono, la acción de marcar el número y el lamento de una aspiradora. Escuchando con mayor atención, fue capaz de captar los timbres, los ruidos del ascensor, las máquinas de afeitar eléctricas y las batidoras, sonidos capturados de los apartamentos circundantes y transmitidos por el altavoz. La fea y potente radio, con su errónea sensibilidad para la disonancia, escapaba a su dominio, así que apagó el cacharro y fue a ver qué tal estaban los niños.

Esa misma noche, al volver a casa, Jim Westcott se dirigió a la radio confiadamente y manipuló los mandos. Vivió una experiencia parecida a la de Irene. Un hombre hablaba en la emisora que Jim había elegido, y su voz creció al instante desde la lejanía hasta una potencia tal que estremeció la casa. Jim giró el botón del volumen y redujo el torrente de aquella voz. Las interferencias comenzaron un minuto o dos más tarde. Empezó el campanilleo de teléfonos y timbres, junto con el chasquido de las puertas de ascensor y la rotación de los electrodomésticos. El tipo de ruidos que la radio registraba había cambiado desde que Irene la había probado; habían desenchufado la última máquina de afeitar, las aspiradoras habían vuelto a sus armarios y las interferencias reflejaban el cambio de ritmo que impera en la ciudad tras la caída del sol. Jugueteó con los botones del aparato pero no logró eliminar las interferencias; lo apagó por fin y le dijo a Irene que por la mañana llamaría a la gente que se la había vendido y que lo iban a oír.

A la tarde siguiente, cuando Irene volvió a casa después de un almuerzo fuera, la sirvienta le dijo que un hombre había venido y había arreglado la radio. Irene fue a la sala de estar antes de quitarse el sombrero y las pieles y probó el aparato. Por el altavoz empezó a oírse un disco; era el «Missouri Waltz». Le recordó la chirriante y floja música de un anticuado fonógrafo que a veces podía oírse desde el otro lado del lago donde solía veranear. Esperó hasta que el vals hubo acabado, suponiendo que habría algún comentario sobre la grabación, pero no hubo ninguno. El silencio siguió a la música, y luego se repitió el chirriante y quejumbroso disco. Giró el sintonizador, y del aparato salió una agradable ráfaga de música caucasiana —golpeteo de pies desnudos en el polvo, tintinear de alhajas—, pero del fondo venían timbrazos y una algarabía de voces. Los niños llegaron entonces del colegio; Irene apagó la radio y se reunió con ellos en su habitación.

Cuando aquella noche Jim llegó a casa, estaba cansado; se dio un baño y se cambió de ropa. Luego se reunió con Irene en la sala. Acababa de poner la radio cuando la sirvienta anunció la cena, así que la dejó encendida y él e Irene se sentaron a la mesa.

Jim estaba tan fatigado que ni siquiera simuló deseos de mostrarse sociable. No hubo nada en la cena que suscitara el interés de Irene, de modo que su atención se centró en la comida para después desviarse al brillo plateado que cubría los candelabros y más tarde a la música en la otra habitación. Escuchó unos minutos un preludio de Chopin y se sintió de pronto sorprendida al oír que irrumpía la voz de un hombre:

«Por el amor de Dios, Kathy —dijo—, ¿siempre tienes que tocar el piano justo cuando llego a casa?».

La música cesó bruscamente.

«Es el único momento que tengo —dijo una mujer—. Estoy todo el día en la oficina.»

«Y yo también», dijo el hombre.

Agregó algo obsceno sobre un piano vertical y salió dando un portazo. La apasionada y melancólica música sonó de nuevo.

—¿Has oído eso? —preguntó Irene.

—¿Qué?

Jim estaba tomando el postre.

—La radio. Un hombre ha dicho algo mientras la música seguía sonando. Una palabrota.

—Una obra de teatro probablemente.

—No lo creo —dijo Irene.

Dejaron la mesa y tomaron el café en la sala de estar. Irene pidió a Jim que pusiera otra emisora. Él giró el botón.

«¿Has visto mis ligas de los calcetines?», preguntó un hombre.

«Abróchame», pidió una mujer.

«¿Has visto mis ligas?», volvió a preguntar el hombre.

«Primero abróchame y luego buscaré tus ligas», dijo la mujer.

Jim cambió de emisora.

«Me gustaría que no dejases los corazones de las manzanas en los ceniceros —dijo un hombre—. Detesto el olor.»

—Es extraño —dijo Jim.

—Sí, ¿verdad? —dijo Irene.

Jim volvió a girar el botón.

«En las orillas de Coromandel, donde crecen las tempranas calabazas —dijo una mujer con marcado acento inglés—, en medio de los bosques vivía el Gran Patazas. Dos antiguas sillas, la mitad de una vela, una jarra sin asas más vieja que mi abuela…»

—¡Dios mío! —exclamó Irene—. Es la niñera de los Sweeney.

«Ninguna otra cosa tenía en el mundo», prosiguió la voz inglesa.

—Apaga la radio —dijo Irene—. Quizá pueden oírnos.

Jim la apagó.

—Era la señorita Armstrong, la niñera de los Sweeney —dijo Irene—. Le estará leyendo a la niña pequeña. Viven en el 17-B. He hablado con la señorita Armstrong en el parque. Conozco muy bien su voz. Seguramente estamos captando lo que ocurre en otras casas.

—Imposible —dijo Jim.

—Te digo que era la niñera de los Sweeney —repitió Irene, acalorada—. Conozco su voz. La conozco muy bien. Me pregunto si nos oyen los vecinos.

Jim encendió la radio. Primero a lo lejos y después más cerca, cada vez más cerca, como transportado por el viento, se oía otra vez el diáfano acento de la niñera:

«“¡Mi Maria, mi Maria!, sentado entre estas calabazas, ¿vendrás y serás mi esposa?”, dijo triste el Gran Patazas».

Jim se acercó a la radio y dijo «Hola», muy alto junto al altavoz.

«“Estoy harto de vivir sin compañía —siguió la niñera—, en esta ribera tan salvaje y umbría, la vida me resulta muy penosa; si tú vienes y quieres ser mi esposa, mi existencia se volverá muy hermosa…”»

—Creo que no puede oírnos —dijo Irene—. Busca otra cosa.

Jim puso otra emisora, e inundó la habitación el alboroto de una fiesta que se había salido de madre. Alguien tocaba el piano y cantaba «Whiffenpoof Song», las voces que lo acompañaban eran alegres, enérgicas. «Come más bocadillos», gritó una mujer. Se oyeron carcajadas, y un plato o algo semejante se estrelló contra el suelo.

—Deben de ser los Fuller, en el 11-E —dijo Irene—. Sé que esta tarde daban una fiesta. La vi a ella en la tienda de licores. ¡Es como un fenómeno sobrenatural! Pon otra cosa. Trata de captar a los del 18-C.

Los Westcott oyeron esa noche un monólogo sobre la pesca del salmón en Canadá, una partida de bridge, comentarios directos sobre una película casera, al parecer filmada durante una estancia de dos semanas en Sea Island, y una agria disputa doméstica a propósito de unos números rojos en un banco. Apagaron la radio a medianoche y se fueron a la cama, cansados de tanto reír. En un momento dado de la noche, su hijo empezó a llamar pidiendo un vaso de agua, e Irene se levantó y se lo llevó a su cuarto. Era muy temprano. Todas las luces del vecindario estaban apagadas, y por la ventana de la habitación del niño Irene vio la calle vacía. Fue a la sala y encendió la radio. Se oyeron toses débiles, un gemido, y luego habló un hombre:

«¿Estás bien, cariño?», preguntó.

«Sí —respondió una mujer con voz cansada—. Sí, estoy bien, supongo. —Y luego añadió muy sentidamente—: Pero, ¿sabes, Charlie?, ya no me siento yo misma. En una semana me siento yo misma, como mucho, quince o veinte minutos. No quiero que me vea otro médico, porque los honorarios que debemos pagar son ya demasiados, pero no me siento yo misma, Charlie. Nunca volveré a sentirme como antes.»

No eran jóvenes, pensó Irene. Adivinó por el timbre de sus voces que eran personas de mediana edad. La contenida melancolía del diálogo y una corriente de aire que entró por la ventana del dormitorio le dieron escalofríos, y volvió a acostarse.

A la mañana siguiente, Irene preparó el desayuno para su familia —la sirvienta no subió hasta las diez de su habitación en el sótano—, hizo las trenzas a la niña y esperó en la puerta hasta que sus hijos y su marido se alejaron en el ascensor. Luego fue a la sala y puso la radio.

«No quiero ir al colegio —gritó un niño—. Odio el colegio. No quiero ir al colegio. Lo odio.»

«Irás al colegio —dijo una mujer, furiosa—. Pagamos ochocientos dólares para que vayas, e irás aunque te mueras.»

El siguiente número que probó en el dial le trajo el gastado disco del «Missouri Waltz». Cambió de emisora e invadió la intimidad de varias mesas de desayuno.

Sorprendió muestras de indigestión, de amor carnal, de insondable vanidad, de fe y de desesperación. La vida de Irene era casi tan simple y protegida como aparentaba serlo, y el lenguaje franco y en ocasiones brutal que emitía el altavoz aquella mañana le produjo asombro y malestar. Siguió escuchando hasta que llegó la sirvienta. Entonces apagó aprisa la radio, consciente de que aquella invasión de intimidades ajenas era algo furtivo. Irene tenía aquel día una cita para comer con una amiga, y salió de casa poco después de las doce. Había unas cuantas mujeres en el ascensor cuando este se paró en su piso. Miró con fijeza sus rostros bellos e impasibles, sus pieles y las flores de tela en sus sombreros. ¿Cuál de ellas había estado en Sea Island? ¿Cuál había tenido un descubierto en su cuenta bancaria? El ascensor se detuvo en la décima planta y entró una mujer con un par de perros terrier. Llevaba un peinado alto y lucía una capa de visón. Tarareaba el «Missouri Waltz».

Irene tomó dos martinis durante el almuerzo, miró de forma inquisitiva a su amiga y se preguntó cuáles serían sus secretos. Habían planeado ir de compras después de comer, pero Irene se disculpó y regresó a casa. Dijo a la sirvienta que nadie la molestara; luego entró en la sala, cerró las puertas y encendió la radio. A lo largo de esa tarde, escuchó la conversación entrecortada de una mujer que entretenía a su tía, el epílogo histérico de una comida con invitados, y a una anfitriona que daba instrucciones a su criada a propósito de ciertos asistentes al cóctel.

«No des el mejor whisky a los que no tengan el pelo blanco —dijo—. Trata de deshacerte de ese paté de hígado antes de servir los platos calientes. Y otra cosa: ¿podrías prestarme cinco dólares? Quiero darle una propina al ascensorista.»

A medida que la tarde declinaba, las conversaciones ganaban en intensidad. Desde donde Irene se había sentado, veía el cielo abierto sobre el East River. Había cientos de nubes en el firmamento, como si el viento del sur hubiese roto en pedazos el invierno y lo transportara al norte, y en la radio oía la llegada de los invitados al cóctel y el retorno de los niños y los hombres de negocios de colegios y oficinas.

«Esta mañana encontré un diamante de tamaño considerable en el suelo del baño —dijo una mujer—. Seguramente se cayó de la pulsera que la señora Dunston llevaba anoche.»

«Lo venderemos —dijo un hombre—. Llévaselo al joyero de Madison Avenue y véndeselo. A la señora Dunston no va a suponerle nada, y a nosotros nos vendrán bien un par de cientos de dólares…»

«“Naranjas y limones, dice la campana de Santa Ana —cantaba la niñera de los Sweeney—. Medio penique y un chelín, dice la campana de San Martín. ¿Cuándo tu deuda habrás saldado?, dicen las campanas del viejo juzgado…”»

«No es un sombrero, es un asunto sentimental —gritaba una mujer, y a su espalda se oía el bullicio del cóctel—. No es un sombrero, es un idilio. Es lo que dijo Walter Florell. Dijo que no es un sombrero, sino un idilio. —Y luego, en voz más baja, la misma mujer añadió—: Habla con alguien, por el amor de Dios, cariño, habla con alguien. Si ella te pilla aquí parado sin hablar con nadie, nos borrará de su lista de invitados, y me encantan estas fiestas.»

Los Westcott cenaban fuera aquella noche, y cuando Jim llegó a casa, Irene se estaba vistiendo. Parecía triste y ausente, y él le sirvió una copa. Cenaban con unos amigos de la vecindad, y fueron andando hasta su domicilio. El cielo estaba despejado y lleno de luz. Era uno de esos espléndidos atardeceres de primavera que excitaban la memoria y el deseo, y el aire que rozaba su cara y sus manos era muy suave. En la esquina, una banda del Ejército de Salvación tocaba «Jesus Is Sweeter». Irene cogió por el brazo a su marido y le retuvo allí durante un minuto, para escuchar la música.

—Son gente buena de verdad, ¿no te parece? —dijo—. Tienen una cara tan agradable… En realidad, son mucho más agradables que mucha otra gente que conocemos.

Sacó un billete de su monedero, se aproximó a ellos y lo depositó en la pandereta. Cuando regresó junto a su marido, en el rostro de Irene había una radiante melancolía que a él no le era familiar. Y su comportamiento durante la cena de aquella noche también pareció extrañar a Jim. Ella interrumpió de manera descortés a su anfitriona y miró a las personas del otro lado de la mesa con una intensidad por la que habría castigado a sus hijos.

Seguía haciendo buen tiempo cuando volvieron a casa caminando, e Irene contempló las estrellas primaverales.

—Qué lejos envía sus rayos aquella lucecita —exclamó—. Así brilla una buena acción en un mundo malvado.

Esa noche aguardó hasta que a Jim lo venció el sueño. Se levantó, fue a la sala y encendió la radio.

La tarde del día siguiente, Jim regresó del trabajo a eso de las seis. Emma, la sirvienta, le abrió la puerta, y él ya se había quitado el sombrero y se estaba quitando el abrigo cuando Irene llegó corriendo al recibidor. Tenía la cara arrasada por las lágrimas y el pelo desordenado.

—¡Sube al 16-C, Jim! —chilló—. No te quites el abrigo. Sube al 16-C. El señor Osborn le está pegando a su mujer. Han estado riñendo desde las cuatro, y ahora le está pegando. Sube y detenlo, Jim.

Jim oyó alaridos, palabrotas y ruidos procedentes de la radio que estaba en la sala.

—Sabes que no deberías escuchar esas cosas —dijo.

Entró a zancadas en la sala y giró el interruptor.

—Es indecente —dijo—. Es como fisgar por las ventanas. Sabes muy bien que no debes escuchar cosas como estas. Puedes apagar la radio.

—¡Oh, es tan horrible, tan espantoso! —Irene sollozaba—. He estado escuchando todo el día, y es tan deprimente.

—Bien, si es tan deprimente, ¿por qué escuchas? Compré esa maldita radio para que te distrajeras —dijo—. Pagué un montón de dinero. Pensé que te haría feliz. Quería hacerte feliz.

—No, no, por favor, no nos peleemos —gimió ella, y descansó su cabeza en el hombro de él—. Todo el mundo ha estado riñendo todo el día. Todo el mundo se ha estado peleando. Todos tienen problemas de dinero. La madre de la señora Hutchinson está muriéndose de cáncer en Florida y no tienen suficiente dinero para enviarla a la clínica Mayo. Por lo menos eso dice el señor Hutchinson; dice que no tiene el dinero que hace falta. Y una mujer de este edificio está liada con el encargado de mantenimiento, con ese hombre repugnante. Da náuseas. Y la señora Melville padece del corazón, y el señor Hendricks va a perder su empleo en abril, y su mujer está inaguantable a causa de ese asunto, y la chica que pone el «Missouri Waltz» es una puta, una puta vulgar, y el ascensorista tiene tuberculosis, y el señor Osborn ha estado pegándole a la señora Osborn.

Gimoteó, tembló de congoja y frenó con el dorso de la mano el río de lágrimas que surcaba su cara.

—Bueno, pero ¿por qué tienes que escuchar? —preguntó Jim de nuevo—. ¿Por qué tienes que oír todas esas cosas si te entristecen tanto?

—¡Oh, no, no, no! —gritó ella—. La vida es tan terrible, tan sórdida y espantosa. Pero nosotros nunca hemos sido así, ¿verdad que no, cariño? ¿Verdad que no? Me refiero a que siempre hemos sido buenos, decentes y cariñosos el uno con el otro, ¿no es cierto? Y tenemos dos niños, dos niños preciosos. Nuestra vida no es sórdida, ¿verdad, cielo? ¿Verdad que no?

Le echó los brazos al cuello y atrajo la cara de Jim hacia la suya.

—Somos felices, ¿no es así, cariño? Somos felices, ¿verdad?

—Claro que somos felices —dijo él, cansado. Empezaba a olvidar su enfado—. Por supuesto que lo somos. Mandaré que arreglen esa maldita radio, o les diré que se la lleven. —Acarició el suave cabello de su mujer—. Mi pobre niña —dijo.

—Me quieres, ¿verdad? —preguntó ella—. Y no andamos siempre criticando ni preocupados por el dinero, y somos honrados, ¿verdad?

—Sí, cariño.

Un hombre llegó por la mañana y arregló la radio. Irene la encendió con cautela y oyó con gozo un anuncio del vino de California y una grabación de la Novena Sinfonía de Beethoven, incluida la «Oda a la alegría» de Schiller. Dejó puesta la radio todo el día y nada inconveniente salió por el altavoz.

Retransmitían una suite española cuando Jim volvió a casa.

—¿Todo va bien? —preguntó.

Está pálido, pensó Irene. Bebieron algunos cócteles y se pusieron a cenar oyendo el «Coro de los Gitanos» de Il Trovatore. Luego radiaron «La Mer», de Debussy.

—Hoy he pagado la factura de la radio —dijo Jim—. Cuatrocientos dólares. Espero que la disfrutes.

—Oh, seguro que sí —dijo Irene.

—Cuatrocientos dólares es bastante más de lo que puedo permitirme —prosiguió Jim—. Quería comprar algo que tú disfrutaras. Es el último lujo que podemos permitirnos este año. He visto que no has pagado todavía las facturas de tus vestidos. Las he visto sobre tu tocador. —La miró de frente—. ¿Por qué me dijiste que ya las habías pagado? ¿Por qué me has mentido?

—No quería preocuparte, Jim —dijo. Bebió un poco de agua—. Pagaré esas cuentas con mi estipendio de este mes. El mes pasado hubo que pagar las fundas y la fiesta aquella.

—Tienes que aprender a emplear el dinero que te doy de un modo un poco más inteligente, Irene —dijo—. Tienes que entender que este año no disponemos de tanto dinero como el año pasado. Hoy he tenido una conversación muy seria con Mitchell. Nadie compra nada. Nos pasamos el tiempo promoviendo nuevos artículos, y ya sabes que todo eso va muy despacio. No soy precisamente joven, ya me entiendes. Tengo treinta y siete años. Tendré el pelo gris el año que viene. No todo me ha salido tan bien como esperaba. Y no creo que las cosas mejoren.

—Sí, cariño —asintió ella.

—Tenemos que empezar a hacer recortes en los gastos —dijo Jim—. Hay que pensar en los niños. Para ser del todo sincero contigo, el dinero me preocupa mucho. No tengo ninguna seguridad respecto del futuro. Nadie la tiene. Por si me ocurre algo tenemos mi seguro de vida, pero con eso hoy día no se puede ir muy lejos. He trabajado muy duro para daros una vida confortable a ti y a los niños —declaró amargamente—. No quiero ver todas mis energías, toda mi juventud, desperdiciadas en abrigos de pieles, radios, fundas y…

—Por favor, Jim —dijo ella—. Por favor. Pueden oírnos.

—¿Quién puede oírnos? Emma no puede.

—La radio.

—Oh, ¡estoy harto! —gritó—. Me asquean tus aprensiones. La radio no puede oírnos. Nadie puede oírnos. ¿Y qué si nos oyen? ¿A quién le importa?

Irene se levantó de la mesa y fue a la sala. Jim se acercó a la puerta y le gritó desde allí.

—¿Por qué te has vuelto tan mojigata de repente? ¿Qué ha hecho que te conviertas de golpe en una monjita? Robaste las joyas de tu madre antes de que legalizasen su testamento. No le diste a tu hermana ni un céntimo de ese dinero que se suponía que era para ella, ni siquiera cuando lo necesitaba. Hiciste desgraciada a Grace Howland, ¿y dónde estaban tu piedad y tu virtud cuando fuiste a abortar? Nunca he olvidado lo tranquila que estabas. Preparaste tu bolsa y te fuiste a que asesinaran a un niño como quien se va de vacaciones a Nassau. Si por lo menos hubieras tenido alguna razón, si hubieras tenido un buen motivo…

Irene permaneció un minuto ante la monstruosa caja, avergonzada, asqueada, pero mantuvo su mano en el interruptor antes de apagar la música y las voces, confiando en que el aparato quizá le hablase amablemente, en que tal vez oyese a la niñera de los Sweeney. Jim seguía gritándole desde la puerta. La voz de la radio era suave, inofensiva.

«Un desastre ferroviario en Tokio esta mañana temprano causó la muerte de veintinueve personas —se oyó por el altavoz—. A primera hora de la mañana, las monjas de un hospital católico extinguieron el fuego que se produjo en el centro, situado cerca de Buffalo y consagrado a la asistencia de niños ciegos. La temperatura es de ocho grados centígrados. La humedad es del ochenta y nueve por ciento.»

OH, CIUDAD DE SUEÑOS ROTOS

Cuando el tren de Chicago salió de Albany y empezó a traquetear valle fluvial abajo camino de Nueva York, los Malloy, que ya habían vivido con anterioridad muchos momentos emocionantes, sintieron que se les aceleraba la respiración, como si no hubiese suficiente aire en el vagón. Enderezaron las espaldas y alzaron las cabezas, en busca de oxígeno, como la tripulación de un submarino condenado. La niña, Mildred-Rose, halló una envidiable manera de evitar la incomodidad. Se quedó dormida. Evarts Malloy quiso bajar las maletas del portaequipajes, pero Alice, su mujer, consultó la guía de ferrocarriles y le dijo que era demasiado pronto. Luego miró por la ventanilla y vio el noble río Hudson.

—¿Por qué lo llaman el fin de América? —preguntó a su marido.

—El Rin —corrigió Evarts—. El Rin, no el fin.

—Ah.

La víspera habían abandonado su hogar en Wentworth, Indiana, y a pesar de la excitación del viaje y la brillantez del punto de destino, ambos se preguntaban de vez en cuando si no habrían olvidado cerrar la llave del gas y apagar la fogata de la basura detrás del cobertizo. Al igual que esa gente que en ocasiones se ve en Times Square los sábados por la noche, se habían vestido con ropas reservadas ex profeso para aquel desplazamiento. El calzado ligero que Evarts llevaba tal vez no había salido nunca del fondo del armario desde el entierro de su padre o la boda de su hermano. Alice estrenaba guantes nuevos: se los habían regalado una Navidad, haría diez años. Él, por su parte, había guardado durante años en el cajón de arriba del escritorio el deslustrado pasador del cuello de la camisa, la aguja de la corbata con sus iniciales y su cadena dorada, los calcetines de fantasía, el pañuelo de seda artificial del bolsillo superior de la chaqueta y el falso clavel de la solapa, firmemente convencido de que la vida, algún día, lo alejaría de Wentworth.

Alice Malloy tenía los cabellos recios y oscuros, y su rostro enjuto recordaba a veces a su marido —que la amaba más de lo que él creía— el portal de una casa de vecinos en un día de lluvia: un semblante largo, inexpresivo y apenas iluminado, un corredor por el que pasaban los suaves éxtasis y los infortunios de los pobres. Evarts Malloy era muy flaco. Había sido conductor de autobús y era algo cargado de espaldas. Su hija dormía con el pulgar en la boca. Tenía el pelo oscuro, y su carita sucia era alargada como la de su madre. Cuando una violenta sacudida del tren la despertó, se chupó ruidosam ...