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CUENTOS

Isaac Bashevis Singer  

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Fragmento

NOTA DEL AUTOR

Me resulta difícil comentar la elección de los cuarenta y siete cuentos de esta colección, seleccionados entre más de un centenar. Como le ocurriría a un padre del Oriente contemplando su harén lleno de mujeres y niños, los quiero a todos.

En el proceso de crear estos cuentos, me he hecho consciente de los muchos peligros que acechan al autor de obras de ficción. Los peores son: 1) La idea de que el escritor debe ser sociólogo y a la vez político, y amoldarse además a lo que se conoce como dialéctica social. 2) La codicia por el dinero y el rápido reconocimiento. 3) La originalidad forzada, es decir, la ilusión de que una retórica pretenciosa, unas innovaciones cargadas de afectación en el estilo y una utilización de símbolos artificiales son capaces de expresar la naturaleza básica y siempre cambiante de las relaciones humanas o de reflejar las combinaciones y complejidades de la herencia y del entorno. Estas trampas verbales de la así llamada «escritura experimental» han causado daño incluso al auténtico talento; han destrozado gran parte de la poesía moderna al convertirla en críptica, esotérica y carente de encanto. Una cosa es la imaginación y otra muy diferente la distorsión de lo que Spinoza denominaba «el orden de las cosas». La literatura puede describir muy bien lo absurdo, pero nunca debe convertirse ella misma en absurda.

Aunque el relato breve no está en boga en nuestros días, todavía creo que constituye el supremo desafío para el autor creativo. A diferencia de la novela, que puede absorber e incluso admitir largas digresiones, escenarios retrospectivos y una estructura dispersa, el relato breve debe apuntar directamente a su clímax. Debe caracterizarse por una permanente tensión e intriga. Además, la brevedad es su misma esencia. El relato breve debe contar con un plan definido; no puede ser lo que en la jerga literaria se conoce como «un trozo de vida real». Los maestros del relato breve, Chéjov, Maupassant, así como el sublime escriba de la historia de José en el Libro del Génesis, sabían exactamente hacia dónde se dirigían. Uno puede leerlos una y otra vez y jamás sentir aburrimiento. La ficción, en general, nunca debe volverse analítica. De hecho, el autor de ficción ni siquiera debe aventurarse en escarceos con la psicología y sus diversos ismos. La auténtica literatura informa a la vez que entretiene. Consigue ser clara al mismo tiempo que profunda. Posee el poder mágico de combinar causalidad con propósito, duda con fe, las pasiones de la carne y los anhelos del alma. Es única y a la vez general, nacional y al mismo tiempo universal, realista y mística. Sin desechar el comentario de otros, no debe nunca intentar explicarse a sí misma. Estas verdades obvias deben ser enfatizadas, ya que la falsa crítica y la pseudooriginalidad han creado un estado de amnesia literaria en nuestra generación. El afán por transmitir mensajes ha hecho olvidar a muchos escritores que contar una historia es la razón de ser de la prosa artística.

Para aquellos lectores a quienes gustaría que dijera algo «más personal», citaré aquí algunos pasajes (aunque no en el orden en que fueron escritos) de una reciente memoria mía: «Mi aislamiento de todo continuaba siendo el mismo. Me había entregado a la melancolía y esta me había hecho su prisionero. Había presentado a la Creación un ultimátum: “Dime tu secreto o déjame morir”. Tenía que huir de mí mismo. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Y adónde? Soñaba con un humanismo y una ética basados en el rechazo a justificar todos los males que el Todopoderoso nos ha enviado y nos prepara para el futuro. El arte, en su cima más alta, no puede ser más que un medio para olvidar por unos instantes el desastre humano».

Aún sigo esforzándome para que esos «instantes» merezcan la pena.

He tenido la buena suerte de colaborar con tres editores auténticos y de gran talento, Robert Giroux, Cecil Hemley y Rachel MacKenzie. Dedico esta recopilación a la sagrada memoria de Rachel Mackenzie. Estuvo dotada de sabiduría, encanto y humildad, e impregnada de un perfecto entendimiento de la literatura; una gran editora y, lo que es más, una gran persona.

IBS
6 de julio de 1981

CUENTOS

GUIMPL EL INGENUO

I

Soy Guimpl el ingenuo. No me considero un tonto. Al contrario. Pero la gente me ha puesto ese apodo. Empezaron a llamarme así cuando aún estaba en el jéder*. Hasta siete apodos llegué a tener: imbécil, zafio, lelo, simple, pánfilo, bobo e ingenuo. Y este último es el que se me quedó pegado. ¿En qué consistía mi ingenuidad? En que era fácil tomarme el pelo. Me dijeron una vez: «Guimpl, ¿sabes que la esposa del maestro ha dado a luz?». Y yo, confiado, no fui al colegio. Pues bien, resultó ser falso. ¿Cómo iba a saberlo yo? Es cierto que la mujer no mostraba una barriguita muy abultada, pero yo nunca me había fijado en su barriga. ¿Tan ingenuo era esto? Los gamberros, sin embargo, rompieron a reír y a rebuznar, a brincar y a bailar, y a canturrearme la oración para un buen sueño. Y encima me llenaron las manos no con pasas, como suele ofrecerse cuando una mujer da a luz, sino con cagarrutas de cabra. Yo no era ningún alfeñique. Si le propinase a alguien una bofetada, le haría ver hasta Cracovia. Sin embargo, por naturaleza no soy realmente un peleón. Siempre pienso para mis adentros: déjalo pasar. Así que la gente se aprovecha de mí.

Cierto día volvía a casa desde el jéder y oí el ladrido de un perro. Yo no temo a los perros, pero por supuesto nunca intento meterme con ellos. Puede tratarse de un perro rabioso, y si te muerde no hay tártaro que pueda ayudarte. De modo que salí corriendo. Cuando luego miré alrededor, me di cuenta de que en la plaza del mercado todos estaban partiéndose de risa. No se trataba de un perro, sino de Wolf Leib el ladrón. ¿Cómo podía saber yo que era él? Su voz sonaba como el aullido de una perra.

En cuanto los gamberros y los bromistas descubrieron que era fácil engañarme, cada uno quiso probar su suerte conmigo: «Guimpl, el zar viene a Frampol; Guimpl, la luna se ha caído en Turbin; Guimpl, la pequeña Hodl Piel de Cordero, encontró un tesoro detrás de la casa de baños». Y yo, como un gólem*, me creía todo. En primer lugar porque todo es posible, como está escrito en las Máximas de los Padres, aunque he olvidado la cita exacta. En segundo lugar, me veía obligado a creerlo al ver que toda la ciudad se echaba sobre mí. Si me atrevía a decir «¡Venga, estás bromeando!», había problemas. La gente se enfadaba: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que quieres llamar mentiroso a todo el mundo?». ¿Qué debía hacer yo? Les creía, y esperaba que al menos eso les hiciera algún bien.

Yo era huérfano. El abuelo que me crió ya tenía un pie en la tumba. Así que fui entregado a un panadero y ¡no preguntéis cómo lo pasé allí! Cualquier mujer o muchacha que entraba en la panadería para hornear una tanda de galletas o para secar una bandeja de fideos se sentía obligada a tomarme el pelo, aunque solo fuera por una vez. «Guimpl, hay una feria en el cielo; Guimpl, el rabino dio a luz una ternera sietemesina; Guimpl, una vaca voló sobre el tejado y puso huevos de latón.» Una vez, un estudiante de la yeshive* vino a comprar un bollo y me dijo: «¡Eh, tú, Guimpl! Estás aquí raspando con tu paleta de panadero, mientras que ahí fuera ha llegado ya el Mesías. Los muertos han resucitado». «¿Cómo es posible? —repliqué— ¡No he oído que hicieran sonar el cuerno de carnero!», a lo que me contestó: «¿Es que estás sordo?». Mientras tanto, todos empezaron a gritar: «¡Nosotros sí lo oímos! ¡Nosotros sí lo oímos!». Justo en ese momento entró Rietze, la moldeadora de velas, y con su voz ronca me confirmó: «Guimpl, tu padre y tu madre han salido de la tumba. Te están buscando».

A decir verdad, yo sabía muy bien que no había pasado nada de esto. Pero así y todo, ya que la gente lo decía, me eché encima el chaleco de lana y salí a la calle. Tal vez habría ocurrido algo. ¿Qué me costaba ir a mirar? Bueno… pues ¡vaya sinfonía de gatos se organizó! Juré entonces que ya nunca creería nada más. Pero eso tampoco funcionó. Me dejaron tan confundido que ya no sabía dónde empezar a confiar y dónde terminar.

Fui a visitar al rabino en busca de consejo. Me dijo: «Está escrito que más vale ser un necio todos los días de tu vida que ser malvado una hora. Tú no eres un tonto. Los tontos son ellos, pues el que hace sentir vergüenza a su prójimo pierde el paraíso». Sin embargo, precisamente la hija del rabino me engañó. Cuando yo salía de la sede de su padre me dijo: «¿Has besado ya el muro?». Le respondí: «No; ¿para qué?». Y ella insistió: «Es la Ley; debes hacerlo después de cada visita». Bien; lo hice. No parecía que hubiese nada malo en ello. Y ella rompió a reír. Fue una buena treta. Se burló bien de mí, desde luego.

Quise marcharme a otro pueblo, pero entonces todos quisieron hacer de casamenteros y me persiguieron hasta casi arrancarme el faldón del gabán. Yo ya sentía agua en el oído de tanto que me hablaban de casarme. No se trataba de ninguna casta doncella, pero insistieron en que era virgen y pura. Aunque padecía de cojera, me dijeron que lo hacía a propósito, por coquetería. Tenía un bastardo, y me contaron que el niño era su hermano menor. Yo les gritaba: «Estáis perdiendo el tiempo. Nunca me voy a casar con esa ramera». Pero ellos reaccionaban indignados: «¡Qué forma de hablar es esa! ¿No te da vergüenza? Podríamos llevarte al rabino y tendrías que pagar una multa por sacar mala fama a esa mujer». Me di cuenta entonces de que no podría escapar de ellos fácilmente; se habían empeñado en convertirme en blanco de su bribonada. Aunque al mismo tiempo pensé: «Una vez que estás casado, el marido es el amo; y si ella está de acuerdo, a mí también me gusta. Por otro lado, tampoco puedes pasar por la vida indemne, ni esperar que así sea».

De modo que me dirigí a su casa de adobe construida sobre la arena, y toda la pandilla me siguió gritando y coreando. Se comportaban como los hostigadores de un oso. Con todo, cuando llegamos al pozo se detuvieron. Tenían miedo de meterse con Elka. Abría la boca como si girara sobre goznes y su lengua era feroz. Entré en la casa. De pared a pared había unas cuerdas para secar la ropa tendida. Ella, con los pies descalzos, estaba agachada sobre la tina haciendo la colada. Vestía una desgastada bata de felpa, y en la cabeza llevaba un par de trenzas enrolladas como formando una corona. Casi me cortó el aliento el hedor que salía de la estancia.

Aparentemente ella ya sabía quién era yo, porque echándome una mirada dijo:

—¡Miren quién está aquí! Ha venido el atontado. Agarra una silla.

Decidí contárselo todo, sin desmentir nada, y le pregunté:

—Dime la verdad. ¿Realmente eres virgen? ¿Y es cierto que ese travieso de Yejiel es tu hermano menor? No me engañes, porque soy huérfano.

—Yo también soy huérfana —respondió— y a quien intente enredarte que se le enrede la punta de la nariz. Pero que no crean que de mí podrán aprovecharse. Exijo una dote de cincuenta gulden y además un ajuar. Porque si no, ya pueden besarme donde ya sabes.

Hablaba con mucha desvergüenza. Yo le repliqué:

—Es la novia y no el novio quien aporta la dote.

A lo que ella respondió:

—No regatees conmigo. Me das un sí rotundo o bien un no rotundo y te vuelves al lugar de donde has venido.

Yo pensé: «Ningún pan va a salir de esta masa». Pero la nuestra no es una aldea pobre. Aceptaron sus condiciones y organizaron la boda. En aquellos días, precisamente, se había producido una epidemia de disentería y la ceremonia nupcial se celebró a las puertas del cementerio, al lado de la pequeña caseta donde se realizaba la ablución de los cadáveres. Los hombres se emborracharon. Cuando se estaba escribiendo el contrato de matrimonio, oí que el rabino principal preguntaba: «¿Es la novia viuda o divorciada?». Y en lugar de la novia, respondió la esposa del conserje de la sinagoga: «Ambas cosas, es viuda y divorciada». Fue un momento negro para mí. Pero ¿qué podía hacer yo, huir de debajo del palio nupcial?

Se cantó y se bailó. Una vieja abuelita bailaba frente a mí, abrazada a un pan blanco trenzado. El animador pronunció la plegaria «Dios lleno de misericordia» en memoria de los padres de la novia. Muchachos del jéder lanzaron al aire abrojos, como durante el día de ayuno de Tishe b’Av*. Y recibimos un montón de regalos después del sermón: una tabla para cortar fideos, una artesa para la masa del pan, un cubo, escobas, cucharones y una serie de enseres de casa. De pronto, observé a dos fornidos jóvenes que cargaban con una cuna.

—¿Para qué necesitamos eso? —pregunté.

—No te devanes los sesos por ello. Está bien. Te será útil.

Me di cuenta de que me estaban engañando. Pero mirándolo bien, ¿qué podía perder yo? Pensé: «Esperaré a ver qué sale de todo esto. Una ciudad entera no puede haberse vuelto loca».

II

Llegada la noche, me acerqué a la cama donde estaba mi esposa, pero ella no me dejó entrar:

—¿Cómo? ¿Para eso nos han casado? —dije. Y respondió:

—Me ha venido la regla.

—Pero si ayer mismo te llevaron al baño ritual… Quiere decir que ya se te había terminado, ¿no es así?

—Hoy no es ayer —dijo— y ayer no es hoy. Si no te gusta, puedes largarte.

En resumen, esperé.

Menos de cuatro meses después, ya estaba ella de parto. En la ciudad, la gente disimulaba la risa con los nudillos. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, Elka sufría unos dolores insoportables y el dolor le hacía arañar las paredes.

—¡Guimpl! —gritaba—. Me estoy muriendo. ¡Perdóname!

La casa se llenó de mujeres que hervían agua en grandes cacerolas. Los gritos llegaban al cielo.

En esas circunstancias, lo que me correspondía hacer era ir al oratorio y rezar unos salmos, y eso es lo que hice. A la gente de la ciudad le pareció bien, ya lo creo. Me coloqué en un rincón, en pie, y mientras yo recitaba salmos y oraciones, ellos asentían con la cabeza.

—¡Tú reza, reza! —me decían para animarme—. Rezar nunca logró embarazar.

Un guasón me acercó una paja a la boca y dijo:

—Un asno debe comer paja.

¡Por mi vida que también tenía razón!

Elka dio a luz un niño. El viernes en la sinagoga, el encargado subió a la tribuna, dio unos golpes sobre la mesa y anunció: «El potentado reb* Guimpl invita a la congregación al festejo en honor del nacimiento de su hijo». La risa resonó en toda la sinagoga. Me ardía la cara. Pero no había nada que pudiera hacer. Al fin y al cabo, era yo el titular de los honores y de los rituales de la circuncisión.

Media ciudad acudió corriendo. No cabía ya ni un alfiler. Las mujeres traían garbanzos hervidos condimentados con pimienta, y de la taberna se recibió un barril de cerveza. Comí y bebí igual que los demás y todos me felicitaron. A continuación tuvo lugar la circuncisión y le puse al niño el nombre de mi padre, que en paz descanse. Cuando todos se habían marchado y me quedé a solas con mi mujer, ella asomó la cabeza desde detrás de la cortina de la cama y me llamó para que me acercara.

—Guimpl, ¿por qué estás callado? ¿Acaso se te ha hundido un barco?

—¿Qué voy a decir? —respondí—. ¡Vaya jugada me has hecho! Si mi madre se enterase, se habría vuelto a morir.

—¿Estás loco o qué? —dijo ella.

—¿Cómo has podido tomar por tonto a alguien que va a ser tu amo? —le pregunté.

—Pero ¿qué te pasa? —preguntó ella a su vez—. ¿Qué ideas se te han metido en la cabeza?

Comprendí que tenía que hablar con ella abiertamente y sin rodeos.

—¿Crees que este es el modo de tratar a un huérfano? —dije—. Has dado a luz un bastardo.

Y ella contestó:

—Sácate esa tontería de la cabeza. El niño es tuyo.

—¿Cómo puede ser mío? —argumenté—. Nació diecisiete semanas después de la boda.

Me contó que se trataba de un sietemesino y yo le respondí: «Un sietemesino no es un cincomesino». Y siguió contándome que una de sus abuelas había estado embarazada solo cinco meses, y que ella se parecía a esa abuela como una gota de agua a otra. Sus juramentos fueron tales que hasta a un campesino en la feria los habría creído si los hubiera pronunciado. A decir verdad, yo no la creí. Pero cuando al día siguiente se lo comenté al maestro de la escuela, me aseguró que algo parecido había sucedido, según algunos, con Adán y Eva: habían subido dos al lecho y bajaron cuatro.

—No hay mujer en este mundo que no sea nieta de Eva —dijo.

Sea como fuera, me embarullaron la cabeza con sus argumentos. Y pensándolo bien, quién sabe realmente cómo son esas cosas.

Empecé a olvidar mi pena. Yo quería al niño con locura y él me quería a mí. En cuanto me veía agitaba sus pequeñas manitas para que lo cogiera en brazos, y cuando lloraba a causa de cólicos yo era el único que podía tranquilizarlo. Le compré una anilla de hueso para morder y un pequeño bonete dorado. Constantemente alguien le echaba el mal de ojo y me veía obligado a correr en busca de algún exorcista para librarlo del mal. Yo trabajaba como un buey. Ya se sabe cómo suben los gastos cuando hay un bebé en la casa. ¿Y por qué les voy a mentir? El hecho es que tampoco me disgustaba Elka. Me insultaba y me maldecía, pero no podía prescindir de ella. ¡Qué fuerza tenía! Una mirada suya podía dejarte sin habla. ¡Y su lenguaje! Lleno de brea y de azufre, pero a la vez también de encanto. Yo adoraba cada palabra suya. Aunque no pocas heridas sangrantes me causaba.

Por la tarde, le llevaba un pan de trigo y otro de centeno, así como bollos con semilla de amapolas, que yo mismo había horneado. Para ella, robaba en la panadería y birlaba todo aquello que encontraba a mano: macarrones, pasas, almendras, tartas. Espero que me sea perdonado haberme aprovechado de las cazuelas de chólent* para el shabbat*, que las mujeres depositaban el viernes en el horno del panadero a fin de mantenerlas calientes. Yo sacaba de allí trozos de carne o de pudín, un muslo de pollo, una porción de intestino relleno y cualquier cosa que pudiera pillar de un tirón. Así mi esposa comía, engordaba y se ponía hermosa.

Durante la semana me veía obligado a dormir fuera de casa, en la panadería. Los viernes por la noche, cuando regresaba, ella siempre encontraba algún pretexto. O sentía ardor en el estómago o una punzada en el costado, tenía hipo o dolores de cabeza. Ya saben lo que son las excusas de las mujeres. Lo pasé muy mal. Fue duro. Por si fuera poco, aquel pequeño hermano suyo, el bastardo, estaba creciendo. Me pegaba, y cuando intentaba devolverle los golpes, ella abría la boca y me maldecía tan salvajemente que yo veía flotar ante mis ojos una neblina verde. Diez veces al día amenazaba con divorciarse de mí. Cualquiera en mi lugar se habría despedido a la francesa y habría desaparecido, pero yo soy la clase de persona que lo aguanta todo y no dice nada. ¿Qué se puede hacer? Si Dios da los hombros, también da las cargas.

Cierta noche ocurrió un desastre en la panadería. El horno explotó y casi tuvimos un incendio. No había nada que hacer más que irse a casa, y eso fue lo que hice. Al fin iba a saborear, pensé, el gozo de dormir en mi cama un día laborable. No quería despertar al bebé y entré de puntillas. Una vez dentro, me pareció oír no un ronquido único sino algo así como un doble ronquido. Un ronquido fino y el otro como el de un buey degollado. ¡Oh, no me gustó esto! No me gustó nada. Me acerqué a la cama y todo se me hizo negro. Al lado de Elka yacía la figura de un varón. Cualquiera en mi lugar habría armado un escándalo con suficiente ruido como para despertar a toda la ciudad. Pero pensé: «¿Para qué despertar al niño? ¿Qué culpa tiene el pobre pajarillo?». Así que…, bueno. Volví a la panadería y me tumbé sobre los sacos de harina; hasta la mañana siguiente no cerré un ojo. Temblaba como si tuviera la malaria. «Basta ya de ser un asno —me decía a mí mismo—. Guimpl no va a hacer el primo toda su vida. Hay un límite, incluso para la ingenuidad de un ingenuo como Guimpl.»

Por la mañana, acudí al rabino para pedirle consejo. El suceso produjo una conmoción en el pueblo. Enviaron al conserje a buscar enseguida a Elka. Llegó con el niño en brazos y ¿qué creen ustedes que hizo? Lo negó, lo negó todo. ¡De la A a la Z!

—¡Está loco! —afirmó—. Yo no sé nada de sueños ni adivinaciones.

Todos gritaron, la advirtieron, golpearon la mesa, pero ella siguió en sus trece: se trataba de una acusación falsa, alegó. Los carniceros y los tratantes de caballos se pusieron de su parte. Uno de los pinches del matadero se me acercó por detrás para decirme:

—Te tenemos en nuestro punto de mira. Eres un hombre marcado.

Mientras tanto, el bebé empezó a berrear y se ensució. Como eso no se podía permitir, ya que la sede rabínica albergaba un arca con rollos de la Torá, mandaron a Elka a casa.

—¿Qué debo hacer? —pregunté al rabino.

—Debes divorciarte de ella inmediatamente —dijo.

—¿Y qué pasa si ella se niega? —repliqué.

—Debes presentar una demanda de divorcio. Eso es todo lo que tienes que hacer —afirmó.

—Bueno, muy bien, rebbe*. Deje que me lo piense.

—No hay nada que pensar —insistió—. Ni siquiera debes permanecer bajo el mismo techo que ella.

—¿Y si quiero ver al niño? —pregunté.

—Deja que esa ramera se marche acompañada de sus bastardos —dijo.

Su veredicto fue, por tanto, que yo no debía ni siquiera cruzar su umbral, nunca más en toda mi vida.

Durante el día, eso no me molestó tanto. Pensaba: «Esto tenía que ocurrir, el absceso tenía que reventar». Pero por la noche, cuando me acostaba sobre los sacos, sentía toda la amargura. Me invadía la añoranza de ella y del niño. Quería enfadarme, pero esa es precisamente mi desgracia: no es mi carácter enfadarme de verdad. «En primer lugar —así es como seguí razonando— un desliz puede ocurrir a veces. No se puede vivir sin cometer alguna tontería. Probablemente aquel joven que estaba con ella la engatusó, le ofreció regalos y cosas así, y las mujeres tienen el cabello largo y las entendederas cortas. Y de ese modo la embaucó. Por otra parte, puesto que ella lo negaba con tanta vehemencia, ¿quizá solo lo imaginé? Las alucinaciones ocurren. A veces uno ve una figura, un hombrecito o algo parecido, y cuando te acercas ves que no es nada, que no había nada ahí. Y si así fue, yo estaría cometiendo una injusticia contra ella.» Cuando llegué a este punto en mis pensamientos, empecé a llorar. Sollocé tanto que empapé la harina sobre la cual estaba acostado. A la mañana siguiente, fui a ver al rabino y le dije que me había equivocado. El rabino lo anotó con su propia pluma y dijo que, si eso era lo que ocurrió, tendría que reconsiderarse todo el caso. Hasta que se terminara de hacerlo, yo no debía acercarme a mi esposa, aunque, eso sí, me estaba permitido mandarle con un mensajero pan y también dinero para sus gastos.

III

Nueve meses pasaron hasta que los rabinos llegaron a un acuerdo entre ellos. Iban y venían cartas. No me imaginaba que pudiera haber tanta erudición alrededor de un asunto como este.

Mientras tanto, Elka dio a luz otra criatura, una niña esta vez. Ese shabbat fui a la sinagoga y solicité una bendición sobre la parturienta. Me concedieron el honor de subir a la lectura de un trozo de la Torá y le puse a la niña el nombre de mi suegra, que en paz descanse. Los gamberros y demás patanes que venían por la panadería encontraron motivo para pitorrearse. Todo Frampol se regodeaba con mis problemas y mi dolor. A pesar de todo ello, decidí que siempre creería lo que se me dijese. ¿De qué sirve no creer? Hoy no crees en tu esposa y mañana no creerás ni en el propio Dios.

Yo le enviaba a ella diariamente, por medio de un aprendiz de la panadería que era vecino suyo, un pan de centeno o de trigo, un trozo de pastel, algún bollo o beigl*, o bien, cuando tenía la oportunidad, un trozo de pudín, una rebanada de tarta de miel o pastel de boda, lo que tuviera a mano. El aprendiz era un joven de buen corazón y más de una vez añadía algo de su parte. Aunque antes solía meterse mucho conmigo y me tiraba de la nariz o me daba codazos en las costillas, desde que había empezado a visitar mi casa se había vuelto cordial y amigable.

—Eh, tú, Guimpl —me decía—. Tienes una mujercita simpática y dos niños estupendos. No te los mereces.

—Sí, pero mira lo que la gente dice de ella —le respondí.

—Bueno. La gente tiene la lengua muy larga y no sabe qué hacer con ella más que cotillear —dijo—. No debes darle más importancia que a la nieve caída el año pasado.

Un día el rebbe mandó llamarme y me dijo:

—¿Estás seguro, Guimpl, de que te habías equivocado con respecto a tu esposa?

—Estoy seguro —respondí.

—Pero ¡qué sentido tiene eso! Tú mismo lo viste.

—Debió de haber sido una sombra —dije.

—¿Una sombra de qué?

—Creo que de una de las vigas del techo.

—En ese caso, puedes ir a tu casa. Debes agradecérselo al rebbe de Yánov. Fue él quien encontró en un escrito de Maimónides una vaga referencia que te favorecía.

Agarré la mano del rebbe y la besé.

En principio, quise correr a mi casa enseguida. No era poco estar separado tanto tiempo de la mujer y los hijos. Luego recapacité: «Es mejor que vuelva ahora a mi trabajo y que vaya a casa por la noche». No dije nada a nadie, pero en mi corazón era un día festivo. Las mujeres de la panadería me pinchaban y se mofaban de mí como todos los días, pero yo pensaba: «Seguid con vuestras habladurías. La verdad al final emerge como el aceite sobre el agua. ¡Si Maimónides dice que está bien, está bien!».

Llegada la noche, cuando ya había cubierto la masa para dejarla fermentar, agarré mi ración de pan y un pequeño saco de harina y me dirigí a casa. En el cielo había luna

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