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CUENTOS

B. Singer  

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Fragmento

GUIMPL EL INGENUO

I

Soy Guimpl el ingenuo. No me considero un tonto. Al contrario. Pero la gente me ha puesto ese apodo. Empezaron a llamarme así cuando aún estaba en el jéder*. Hasta siete apodos llegué a tener: imbécil, zafio, lelo, simple, pánfilo, bobo e ingenuo. Y este último es el que se me quedó pegado. ¿En qué consistía mi ingenuidad? En que era fácil tomarme el pelo. Me dijeron una vez: «Guimpl, ¿sabes que la esposa del maestro ha dado a luz?». Y yo, confiado, no fui al colegio. Pues bien, resultó ser falso. ¿Cómo iba a saberlo yo? Es cierto que la mujer no mostraba una barriguita muy abultada, pero yo nunca me había fijado en su barriga. ¿Tan ingenuo era esto? Los gamberros, sin embargo, rompieron a reír y a rebuznar, a brincar y a bailar, y a canturrearme la oración para un buen sueño. Y encima me llenaron las manos no con pasas, como suele ofrecerse cuando una mujer da a luz, sino con cagarrutas de cabra. Yo no era ningún alfeñique. Si le propinase a alguien una bofetada, le haría ver hasta Cracovia. Sin embargo, por naturaleza no soy realmente un peleón. Siempre pienso para mis adentros: déjalo pasar. Así que la gente se aprovecha de mí.

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Cierto día volvía a casa desde el jéder y oí el ladrido de un perro. Yo no temo a los perros, pero por supuesto nunca intento meterme con ellos. Puede tratarse de un perro rabioso, y si te muerde no hay tártaro que pueda ayudarte. De modo que salí corriendo. Cuando luego miré alrededor, me di cuenta de que en la plaza del mercado todos estaban partiéndose de risa. No se trataba de un perro, sino de Wolf Leib el ladrón. ¿Cómo podía saber yo que era él? Su voz sonaba como el aullido de una perra.

En cuanto los gamberros y los bromistas descubrieron que era fácil engañarme, cada uno quiso probar su suerte conmigo: «Guimpl, el zar viene a Frampol; Guimpl, la luna se ha caído en Turbin; Guimpl, la pequeña Hodl Piel de Cordero, encontró un tesoro detrás de la casa de baños». Y yo, como un gólem*, me creía todo. En primer lugar porque todo es posible, como está escrito en las Máximas de los Padres, aunque he olvidado la cita exacta. En segundo lugar, me veía obligado a creerlo al ver que toda la ciudad se echaba sobre mí. Si me atrevía a decir «¡Venga, estás bromeando!», había problemas. La gente se enfadaba: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que quieres llamar mentiroso a todo el mundo?». ¿Qué debía hacer yo? Les creía, y esperaba que al menos eso les hiciera algún bien.

Yo era huérfano. El abuelo que me crió ya tenía un pie en la tumba. Así que fui entregado a un panadero y ¡no preguntéis cómo lo pasé allí! Cualquier mujer o muchacha que entraba en la panadería para hornear una tanda de galletas o para secar una bandeja de fideos se sentía obligada a tomarme el pelo, aunque solo fuera por una vez. «Guimpl, hay una feria en el cielo; Guimpl, el rabino dio a luz una ternera sietemesina; Guimpl, una vaca voló sobre el tejado y puso huevos de latón.» Una vez, un estudiante de la yeshive* vino a comprar un bollo y me dijo: «¡Eh, tú, Guimpl! Estás aquí raspando con tu paleta de panadero, mientras que ahí fuera ha llegado ya el Mesías. Los muertos han resucitado». «¿Cómo es posible? —repliqué— ¡No he oído que hicieran sonar el cuerno de carnero!», a lo que me contestó: «¿Es que estás sordo?». Mientras tanto, todos empezaron a gritar: «¡Nosotros sí lo oímos! ¡Nosotros sí lo oímos!». Justo en ese momento entró Rietze, la moldeadora de velas, y con su voz ronca me confirmó: «Guimpl, tu padre y tu madre han salido de la tumba. Te están buscando».

A decir verdad, yo sabía muy bien que no había pasado nada de esto. Pero así y todo, ya que la gente lo decía, me eché encima el chaleco de lana y salí a la calle. Tal vez habría ocurrido algo. ¿Qué me costaba ir a mirar? Bueno… pues ¡vaya sinfonía de gatos se organizó! Juré entonces que ya nunca creería nada más. Pero eso tampoco funcionó. Me dejaron tan confundido que ya no sabía dónde empezar a confiar y dónde terminar.

Fui a visitar al rabino en busca de consejo. Me dijo: «Está escrito que más vale ser un necio todos los días de tu vida que ser malvado una hora. Tú no eres un tonto. Los tontos son ellos, pues el que hace sentir vergüenza a su prójimo pierde el paraíso». Sin embargo, precisamente la hija del rabino me engañó. Cuando yo salía de la sede de su padre me dijo: «¿Has besado ya el muro?». Le respondí: «No; ¿para qué?». Y ella insistió: «Es la Ley; debes hacerlo después de cada visita». Bien; lo hice. No parecía que hubiese nada malo en ello. Y ella rompió a reír. Fue una buena treta. Se burló bien de mí, desde luego.

Quise marcharme a otro pueblo, pero entonces todos quisieron hacer de casamenteros y me persiguieron hasta casi arrancarme el faldón del gabán. Yo ya sentía agua en el oído de tanto que me hablaban de casarme. No se trataba de ninguna casta doncella, pero insistieron en que era virgen y pura. Aunque padecía de cojera, me dijeron que lo hacía a propósito, por coquetería. Tenía un bastardo, y me contaron que el niño era su hermano menor. Yo les gritaba: «Estáis perdiendo el tiempo. Nunca me voy a casar con esa ramera». Pero ellos reaccionaban indignados: «¡Qué forma de hablar es esa! ¿No te da vergüenza? Podríamos llevarte al rabino y tendrías que pagar una multa por sacar mala fama a esa mujer». Me di cuenta entonces de que no podría escapar de ellos fácilmente; se habían empeñado en convertirme en blanco de su bribonada. Aunque al mismo tiempo pensé: «Una vez que estás casado, el marido es el amo; y si ella está de acuerdo, a mí también me gusta. Por otro lado, tampoco puedes pasar por la vida indemne, ni esperar que así sea».

De modo que me dirigí a su casa de adobe construida sobre la arena, y toda la pandilla me siguió gritando y coreando. Se comportaban como los hostigadores de un oso. Con todo, cuando llegamos al pozo se detuvieron. Tenían miedo de meterse con Elka. Abría la boca como si girara sobre goznes y su lengua era feroz. Entré en la casa. De pared a pared había unas cuerdas para secar la ropa tendida. Ella, con los pies descalzos, estaba agachada sobre la tina haciendo la colada. Vestía una desgastada bata de felpa, y en la cabeza llevaba un par de trenzas enrolladas como formando una corona. Casi me cortó el aliento el hedor que salía de la estancia.

Aparentemente ella ya sabía quién era yo, porque echándome una mirada dijo:

—¡Miren quién está aquí! Ha venido el atontado. Agarra una silla.

Decidí contárselo todo, sin desmentir nada, y le pregunté:

—Dime la verdad. ¿Realmente eres virgen? ¿Y es cierto que ese travieso de Yejiel es tu hermano menor? No me engañes, porque soy huérfano.

—Yo también soy huérfana —respondió— y a quien intente enredarte que se le enrede la punta de la nariz. Pero que no crean que de mí podrán aprovecharse. Exijo una dote de cincuenta gulden y además un ajuar. Porque si no, ya pueden besarme donde ya sabes.

Hablaba con mucha desvergüenza. Yo le repliqué:

—Es la novia y no el novio quien aporta la dote.

A lo que ella respondió:

—No regatees conmigo. Me das un sí rotundo o bien un no rotundo y te vuelves al lugar de donde has venido.

Yo pensé: «Ningún pan va a salir de esta masa». Pero la nuestra no es una aldea pobre. Aceptaron sus condiciones y organizaron la boda. En aquellos días, precisamente, se había producido una epidemia de disentería y la ceremonia nupcial se celebró a las puertas del cementerio, al lado de la pequeña caseta donde se realizaba la ablución de los cadáveres. Los hombres se emborracharon. Cuando se estaba escribiendo el contrato de matrimonio, oí que el rabino principal preguntaba: «¿Es la novia viuda o divorciada?». Y en lugar de la novia, respondió la esposa del conserje de la sinagoga: «Ambas cosas, es viuda y divorciada». Fue un momento negro para mí. Pero ¿qué podía hacer yo, huir de debajo del palio nupcial?

Se cantó y se bailó. Una vieja abuelita bailaba frente a mí, abrazada a un pan blanco trenzado. El animador pronunció la plegaria «Dios lleno de misericordia» en memoria de los padres de la novia. Muchachos del jéder lanzaron al aire abrojos, como durante el día de ayuno de Tishe b’Av*. Y recibimos un montón de regalos después del sermón: una tabla para cortar fideos, una artesa para la masa del pan, un cubo, escobas, cucharones y una serie de enseres de casa. De pronto, observé a dos fornidos jóvenes que cargaban con una cuna.

—¿Para qué necesitamos eso? —pregunté.

—No te devanes los sesos por ello. Está bien. Te será útil.

Me di cuenta de que me estaban engañando. Pero mirándolo bien, ¿qué podía perder yo? Pensé: «Esperaré a ver qué sale de todo esto. Una ciudad entera no puede haberse vuelto loca».

II

Llegada la noche, me acerqué a la cama donde estaba mi esposa, pero ella no me dejó entrar:

—¿Cómo? ¿Para eso nos han casado? —dije. Y respondió:

—Me ha venido la regla.

—Pero si ayer mismo te llevaron al baño ritual… Quiere decir que ya se te había terminado, ¿no es así?

—Hoy no es ayer —dijo— y ayer no es hoy. Si no te gusta, puedes largarte.

En resumen, esperé.

Menos de cuatro meses después, ya estaba ella de parto. En la ciudad, la gente disimulaba la risa con los nudillos. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, Elka sufría unos dolores insoportables y el dolor le hacía arañar las paredes.

—¡Guimpl! —gritaba—. Me estoy muriendo. ¡Perdóname!

La casa se llenó de mujeres que hervían agua en grandes cacerolas. Los gritos llegaban al cielo.

En esas circunstancias, lo que me correspondía hacer era ir al oratorio y rezar unos salmos, y eso es lo que hice. A la gente de la ciudad le pareció bien, ya lo creo. Me coloqué en un rincón, en pie, y mientras yo recitaba salmos y oraciones, ellos asentían con la cabeza.

—¡Tú reza, reza! —me decían para animarme—. Rezar nunca logró embarazar.

Un guasón me acercó una paja a la boca y dijo:

—Un asno debe comer paja.

¡Por mi vida que también tenía razón!

Elka dio a luz un niño. El viernes en la sinagoga, el encargado subió a la tribuna, dio unos golpes sobre la mesa y anunció: «El potentado reb* Guimpl invita a la congregación al festejo en honor del nacimiento de su hijo». La risa resonó en toda la sinagoga. Me ardía la cara. Pero no había nada que pudiera hacer. Al fin y al cabo, era yo el titular de los honores y de los rituales de la circuncisión.

Media ciudad acudió corriendo. No cabía ya ni un alfiler. Las mujeres traían garbanzos hervidos condimentados con pimienta, y de la taberna se recibió un barril de cerveza. Comí y bebí igual que los demás y todos me felicitaron. A continuación tuvo lugar la circuncisión y le puse al niño el nombre de mi padre, que en paz descanse. Cuando todos se habían marchado y me quedé a solas con mi mujer, ella asomó la cabeza desde detrás de la cortina de la cama y me llamó para que me acercara.

—Guimpl, ¿por qué estás callado? ¿Acaso se te ha hundido un barco?

—¿Qué voy a decir? —respondí—. ¡Vaya jugada me has hecho! Si mi madre se enterase, se habría vuelto a morir.

—¿Estás loco o qué? —dijo ella.

—¿Cómo has podido tomar por tonto a alguien que va a ser tu amo? —le pregunté.

—Pero ¿qué te pasa? —preguntó ella a su vez—. ¿Qué ideas se te han metido en la cabeza?

Comprendí que tenía que hablar con ella abiertamente y sin rodeos.

—¿Crees que este es el modo de tratar a un huérfano? —dije—. Has dado a luz un bastardo.

Y ella contestó:

—Sácate esa tontería de la cabeza. El niño es tuyo.

—¿Cómo puede ser mío? —argumenté—. Nació diecisiete semanas después de la boda.

Me contó que se trataba de un sietemesino y yo le respondí: «Un sietemesino no es un cincomesino». Y siguió contándome que una de sus abuelas había estado embarazada solo cinco meses, y que ella se parecía a esa abuela como una gota de agua a otra. Sus juramentos fueron tales que hasta a un campesino en la feria los habría creído si los hubiera pronunciado. A decir verdad, yo no la creí. Pero cuando al día siguiente se lo comenté al maestro de la escuela, me aseguró que algo parecido había sucedido, según algunos, con Adán y Eva: habían subido dos al lecho y bajaron cuatro.

—No hay mujer en este mundo que no sea nieta de Eva —dijo.

Sea como fuera, me embarullaron la cabeza con sus argumentos. Y pensándolo bien, quién sabe realmente cómo son esas cosas.

Empecé a olvidar mi pena. Yo quería al niño con locura y él me quería a mí. En cuanto me veía agitaba sus pequeñas manitas para que lo cogiera en brazos, y cuando lloraba a causa de cólicos yo era el único que podía tranquilizarlo. Le compré una anilla de hueso para morder y un pequeño bonete dorado. Constantemente alguien le echaba el mal de ojo y me veía obligado a correr en busca de algún exorcista para librarlo del mal. Yo trabajaba como un buey. Ya se sabe cómo suben los gastos cuando hay un bebé en la casa. ¿Y por qué les voy a mentir? El hecho es que tampoco me disgustaba Elka. Me insultaba y me maldecía, pero no podía prescindir de ella. ¡Qué fuerza tenía! Una mirada suya podía dejarte sin habla. ¡Y su lenguaje! Lleno de brea y de azufre, pero a la vez también de encanto. Yo adoraba cada palabra suya. Aunque no pocas heridas sangrantes me causaba.

Por la tarde, le llevaba un pan de trigo y otro de centeno, así como bollos con semilla de amapolas, que yo mismo había horneado. Para ella, robaba en la panadería y birlaba todo aquello que encontraba a mano: macarrones, pasas, almendras, tartas. Espero que me sea perdonado haberme aprovechado de las cazuelas de chólent* para el shabbat*, que las mujeres depositaban el viernes en el horno del panadero a fin de mantenerlas calientes. Yo sacaba de allí trozos de carne o de pudín, un muslo de pollo, una porción de intestino relleno y cualquier cosa que pudiera pillar de un tirón. Así mi esposa comía, engordaba y se ponía hermosa.

Durante la semana me veía obligado a dormir fuera de casa, en la panadería. Los viernes por la noche, cuando regresaba, ella siempre encontraba algún pretexto. O sentía ardor en el estómago o una punzada en el costado, tenía hipo o dolores de cabeza. Ya saben lo que son las excusas de las mujeres. Lo pasé muy mal. Fue duro. Por si fuera poco, aquel pequeño hermano suyo, el bastardo, estaba creciendo. Me pegaba, y cuando intentaba devolverle los golpes, ella abría la boca y me maldecía tan salvajemente que yo veía flotar ante mis ojos una neblina verde. Diez veces al día amenazaba con divorciarse de mí. Cualquiera en mi lugar se habría despedido a la francesa y habría desaparecido, pero yo soy la clase de persona que lo aguanta todo y no dice nada. ¿Qué se puede hacer? Si Dios da los hombros, también da las cargas.

Cierta noche ocurrió un desastre en la panadería. El horno explotó y casi tuvimos un incendio. No había nada que hacer más que irse a casa, y eso fue lo que hice. Al fin iba a saborear, pensé, el gozo de dormir en mi cama un día laborable. No quería despertar al bebé y entré de puntillas. Una vez dentro, me pareció oír no un ronquido único sino algo así como un doble ronquido. Un ronquido fino y el otro como el de un buey degollado. ¡Oh, no me gustó esto! No me gustó nada. Me acerqué a la cama y todo se me hizo negro. Al lado de Elka yacía la figura de un varón. Cualquiera en mi lugar habría armado un escándalo con suficiente ruido como para despertar a toda la ciudad. Pero pensé: «¿Para qué despertar al niño? ¿Qué culpa tiene el pobre pajarillo?». Así que…, bueno. Volví a la panadería y me tumbé sobre los sacos de harina; hasta la mañana siguiente no cerré un ojo. Temblaba como si tuviera la malaria. «Basta ya de ser un asno —me decía a mí mismo—. Guimpl no va a hacer el primo toda su vida. Hay un límite, incluso para la ingenuidad de un ingenuo como Guimpl.»

Por la mañana, acudí al rabino para pedirle consejo. El suceso produjo una conmoción en el pueblo. Enviaron al conserje a buscar enseguida a Elka. Llegó con el niño en brazos y ¿qué creen ustedes que hizo? Lo negó, lo negó todo. ¡De la A a la Z!

—¡Está loco! —afirmó—. Yo no sé nada de sueños ni adivinaciones.

Todos gritaron, la advirtieron, golpearon la mesa, pero ella siguió en sus trece: se trataba de una acusación falsa, alegó. Los carniceros y los tratantes de caballos se pusieron de su parte. Uno de los pinches del matadero se me acercó por detrás para decirme:

—Te tenemos en nuestro punto de mira. Eres un hombre marcado.

Mientras tanto, el bebé empezó a berrear y se ensució. Como eso no se podía permitir, ya que la sede rabínica albergaba un arca con rollos de la Torá, mandaron a Elka a casa.

—¿Qué debo hacer? —pregunté al rabino.

—Debes divorciarte de ella inmediatamente —dijo.

—¿Y qué pasa si ella se niega? —repliqué.

—Debes presentar una demanda de divorcio. Eso es todo lo que tienes que hacer —afirmó.

—Bueno, muy bien, rebbe*. Deje que me lo piense.

—No hay nada que pensar —insistió—. Ni siquiera debes permanecer bajo el mismo techo que ella.

—¿Y si quiero ver al niño? —pregunté.

—Deja que esa ramera se marche acompañada de sus bastardos —dijo.

Su veredicto fue, por tanto, que yo no debía ni siquiera cruzar su umbral, nunca más en toda mi vida.

Durante el día, eso no me molestó tanto. Pensaba: «Esto tenía que ocurrir, el absceso tenía que reventar». Pero por la noche, cuando me acostaba sobre los sacos, sentía toda la amargura. Me invadía la añoranza de ella y del niño. Quería enfadarme, pero esa es precisamente mi desgracia: no es mi carácter enfadarme de verdad. «En primer lugar —así es como seguí razonando— un desliz puede ocurrir a veces. No se puede vivir sin cometer alguna tontería. Probablemente aquel joven que estaba con ella la engatusó, le ofreció regalos y cosas así, y las mujeres tienen el cabello largo y las entendederas cortas. Y de ese modo la embaucó. Por otra parte, puesto que ella lo negaba con tanta vehemencia, ¿quizá solo lo imaginé? Las alucinaciones ocurren. A veces uno ve una figura, un hombrecito o algo parecido, y cuando te acercas ves que no es nada, que no había nada ahí. Y si así fue, yo estaría cometiendo una injusticia contra ella.» Cuando llegué a este punto en mis pensamientos, empecé a llorar. Sollocé tanto que empapé la harina sobre la cual estaba acostado. A la mañana siguiente, fui a ver al rabino y le dije que me había equivocado. El rabino lo anotó con su propia pluma y dijo que, si eso era lo que ocurrió, tendría que reconsiderarse todo el caso. Hasta que se terminara de hacerlo, yo no debía acercarme a mi esposa, aunque, eso sí, me estaba permitido mandarle con un mensajero pan y también dinero para sus gastos.

III

Nueve meses pasaron hasta que los rabinos llegaron a un acuerdo entre ellos. Iban y venían cartas. No me imaginaba que pudiera haber tanta erudición alrededor de un asunto como este.

Mientras tanto, Elka dio a luz otra criatura, una niña esta vez. Ese shabbat fui a la sinagoga y solicité una bendición sobre la parturienta. Me concedieron el honor de subir a la lectura de un trozo de la Torá y le puse a la niña el nombre de mi suegra, que en paz descanse. Los gamberros y demás patanes que venían por la panadería encontraron motivo para pitorrearse. Todo Frampol se regodeaba con mis problemas y mi dolor. A pesar de todo ello, decidí que siempre creería lo que se me dijese. ¿De qué sirve no creer? Hoy no crees en tu esposa y mañana no creerás ni en el propio Dios.

Yo le enviaba a ella diariamente, por medio de un aprendiz de la panadería que era vecino suyo, un pan de centeno o de trigo, un trozo de pastel, algún bollo o beigl*, o bien, cuando tenía la oportunidad, un trozo de pudín, una rebanada de tarta de miel o pastel de boda, lo que tuviera a mano. El aprendiz era un joven de buen corazón y más de una vez añadía algo de su parte. Aunque antes solía meterse mucho conmigo y me tiraba de la nariz o me daba codazos en las costillas, desde que había empezado a visitar mi casa se había vuelto cordial y amigable.

—Eh, tú, Guimpl —me decía—. Tienes una mujercita simpática y dos niños estupendos. No te los mereces.

—Sí, pero mira lo que la gente dice de ella —le respondí.

—Bueno. La gente tiene la lengua muy larga y no sabe qué hacer con ella más que cotillear —dijo—. No debes darle más importancia que a la nieve caída el año pasado.

Un día el rebbe mandó llamarme y me dijo:

—¿Estás seguro, Guimpl, de que te habías equivocado con respecto a tu esposa?

—Estoy seguro —respondí.

—Pero ¡qué sentido tiene eso! Tú mismo lo viste.

—Debió de haber sido una sombra —dije.

—¿Una sombra de qué?

—Creo que de una de las vigas del techo.

—En ese caso, puedes ir a tu casa. Debes agradecérselo al rebbe de Yánov. Fue él quien encontró en un escrito de Maimónides una vaga referencia que te favorecía.

Agarré la mano del rebbe y la besé.

En principio, quise correr a mi casa enseguida. No era poco estar separado tanto tiempo de la mujer y los hijos. Luego recapacité: «Es mejor que vuelva ahora a mi trabajo y que vaya a casa por la noche». No dije nada a nadie, pero en mi corazón era un día festivo. Las mujeres de la panadería me pinchaban y se mofaban de mí como todos los días, pero yo pensaba: «Seguid con vuestras habladurías. La verdad al final emerge como el aceite sobre el agua. ¡Si Maimónides dice que está bien, está bien!».

Llegada la noche, cuando ya había cubierto la masa para dejarla fermentar, agarré mi ración de pan y un pequeño saco de harina y me dirigí a casa. En el cielo había luna llena y las estrellas centelleaban como para encoger el alma. Yo caminaba deprisa y mi sombra alargada iba por delante. Era invierno y recientemente había nevado. Sentía ganas de cantar, pero ya era tarde y no quise despertar a los vecinos. Se me antojó silbar, pero recordé que silbar por la noche podía invitar a los demonios. Así que en silencio aceleré mis pasos todo lo que pude.

Los perros en los patios de los no judíos ladraban al oír mis pisadas, pero yo pensé: «¡Ladrad hasta que se os salten los dientes! ¿Qué sois sino unos simples perros? Mientras que yo soy un hombre, marido de una esposa decente y padre de unos hijos bien dotados.»

Cuando me acercaba a la casa, empezó a latirme el corazón como si fuera el de un bandido. No sentía miedo, pero mi corazón seguía haciendo ¡pum-pum! Bueno, ya no había marcha atrás. Silenciosamente, levanté el pestillo y entré. Elka ya dormía. Miré la cuna de la criatura. Aunque el postigo de la ventana estaba cerrado, a través de las rendijas penetraba la luz de la luna. Miré la carita de la recién nacida y, en cuanto la vi, la amé en el acto, amé a cada uno de sus minúsculos huesecillos.

Luego me acerqué a la cama y ¿qué es lo que vi en ella? Elka acostada y a su lado el aprendiz. La luna se me apagó de golpe. Todo se me hizo negro. Las piernas y las manos me temblaban. Los dientes me castañeteaban. El pan cayó de mis manos, y mi esposa se despertó.

—¿Quién está ahí, eh? —preguntó.

—Soy yo —mascullé.

—¿Guimpl? —preguntó ella—. ¿Cómo es que estás aquí? Creí que lo tenías prohibido.

—El rabino me dio permiso —respondí, temblando como sacudido por la fiebre.

—Escúchame, Guimpl. Sal un momento a la cabaña y mira si la cabra está bien. Me parece que se sentía enferma.

Había olvidado mencionar que teníamos una cabra. Al oír que no se encontraba bien, salí al patio. La cabrita era una buena criatura; me sentía unido a ella casi como a un ser humano. Con pasos vacilantes me acerqué a la cabaña y abrí la puerta. La cabra estaba allí, erguida sobre sus cuatro patas. La palpé en todos sus lados, le tiré de los cuernos, le examiné las ubres y no encontré nada preocupante. Seguramente habría comido demasiada corteza, pensé. «Buenas noches, cabrita —dije—. Que sigas sana y fuerte.» Y el pequeño animal contestó con un «bee», como si quisiera agradecerme los buenos deseos.

Volví a la casa. El aprendiz se había esfumado.

—¿Dónde está el joven? —pregunté.

—¿Qué joven? —respondió mi esposa con otra pregunta.

—¿Qué quieres decir? —repliqué—. El aprendiz. Estabas durmiendo con él.

—¡Lo que soñé esta noche y la anterior —maldijo— se cumpla en ti y te deje incapacitado en cuerpo y alma! Un espíritu maligno se ha apoderado de tu persona y te ha nublado la vista. —Y después gritó—: ¡Criatura odiosa! ¡Imbécil de nacimiento! ¡Fantasmón! ¡Paleto! ¡Lárgate o gritaré hasta sacar de la cama a todo Frampol!

Antes de que lograra moverme, su hermano, dio un salto desde detrás de la estufa y me propinó un golpe en el pescuezo. Creí que me había roto el cuello. Entendí que aquello se ponía mal y le dije a ella:

—No armes un escándalo. Lo único que necesito ahora, que se me acuse de provocar la aparición de fantasmas y dibbuks*. —Eso es lo que ella había querido decir—. Nadie querrá ni tocar el pan que yo horneo.

En resumen, de un modo u otro la apacigüé.

—Bueno —dijo—. Basta ya. Acuéstate, y así te aplaste una rueda.

Al día siguiente, llamé a un lado al aprendiz.

—¡Escúchame, hermano! —Y le dije esto, aquello y lo de más allá—. ¿Qué dices a todo esto?

Me miró como si yo acabara de caerme del tejado o algo parecido.

—Por mi vida lo juro —replicó—. Deberías ir a un curandero o a una hechicera. Me temo que tienes un tornillo suelto, aunque yo no se lo voy a contar a nadie.

Y en eso quedó la cosa.

Para abreviar la historia, viví veinte años con mi esposa. Me dio hasta seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Sucedieron toda clase de cosas, pero yo, como si no las hubiera visto ni oído. La creía, y nada más. Recientemente el rebbe me dijo: «Creer es, por sí mismo, beneficioso. Está escrito que un hombre bueno vive por su fe».

De pronto, mi mujer enfermó. Comenzó con una nimiedad, un pequeño bulto en el pecho, pero al parecer Elka no estaba destinada a vivir muchos años. Gasté en ella una fortuna. He olvidado decir que para entonces yo poseía una panadería propia y en Frampol se me consideraba algo así como un hombre rico. El curandero venía a casa casi cada día; y los conocidos, en cuanto encontraban una hechicera, también la hacían venir. Decidieron ponerle sanguijuelas, después probaron a aplicarle ventosas; incluso se llamó a un médico de Lublin, pero ya era demasiado tarde. Antes de morir, Elka me llamó para que me acercara a su cama y dijo:

—Guimpl, perdóname.

—¿Qué hay que perdonar? Has sido una esposa buena y fiel —dije.

—¡Ay de mí, Guimpl! —respondió—. Ha sido muy feo el modo en que te he engañado todos estos años. Quiero ir limpia a mi Creador. Así que tengo que decirte que los niños no son tuyos.

Si me hubiesen golpeado en la cabeza con un madero, no me habría trastornado más.

—¿De quién son? —pregunté.

—No lo sé —respondió ella—. Hubo muchos… Pero tuyos no son.

Mientras hablaba, echó la cabeza a un lado, sus ojos se vidriaron y ese fue el final de Elka. En sus pálidos labios quedó fija una sonrisa.

A mí me pareció que, aunque ya muerta, decía: «He engañado a Guimpl. Ese fue el sentido de mi corta vida…».

IV

Cierta noche, pasados los siete días de duelo, mientras soñaba acostado sobre los sacos de harina, el mismísimo Espíritu del Mal se me apareció y me dijo:

—Guimpl, ¿por qué duermes?

—¿Qué es lo que debo hacer? ¿Comer kréplej*? —pregunté.

—Todo el mundo te engaña —continuó—. Deberías, a tu vez, engañar al mundo.

—¿Cómo puedo yo engañar al mundo entero? —pregunté.

—Podrías recoger orina en un cubo cada día y, por la noche, verterlo en la masa que dejas fermentar. Que coman inmundicias los listos de Frampol.

—¿Y qué pasará con el juicio en el mundo venidero? —le pregunté.

—No hay mundo venidero —afirmó—. Te han dado gato por liebre. Te hicieron creer que las vacas vuelan. ¡Tonterías!

—Bueno —dije—. ¿Y Dios existe? —pregunté.

—Tampoco hay un Dios —respondió.

—¿Qué es lo que sí existe? —volví a preguntar.

—Un espeso fango.

Ahí estaba él, en pie ante mis ojos, con su barbita de chivo y un cuerno, sus largos colmillos y un rabo. Al oír palabras como esas quise agarrarle por la cola, pero me caí de los sacos de harina y por poco me rompo una costilla. Precisamente sentí necesidad de ir a orinar y al pasar miré la masa fermentada, que parecía decirme: «¡Hazlo!». En resumen, me dejé convencer.

Al amanecer, llegó el aprendiz. Sobamos la masa, espolvoreamos el comino y la metimos al horno. A continuación el aprendiz se marchó y yo me quedé sentado en la pequeña zanja, al lado del horno, encima de un montón de trapos.

«Bueno, Guimpl —pensé—. Te has vengado en ellos por todas las humillaciones que te han inferido.» En la calle brillaba la escarcha, pero junto al horno se sentía calor. Las llamas me calentaban la cara. Incliné la cabeza y me adormecí.

En cuanto me quedé dormido, apareció Elka en mi sueño, envuelta en su sudario, y me llamó:

—¿Qué has hecho, Guimpl?

—Todo ha sido culpa tuya —le dije, y me eché a llorar.

—¡So ingenuo! —exclamó ella—. Si yo he sido falsa, ¿también es falso todo lo demás? Yo nunca he engañado a nadie más que a mí misma. Ahora estoy pagando por todo ello, Guimpl. ¡Aquí no te perdonan nada!

Me fijé en su cara. Negra como el carbón. Me sobresalté y desperté bruscamente. Durante mucho rato estuve allí sentado, enmudecido. Sentí que todo pendía de un hilo. Un paso en falso y perdería la eternidad. Pero Dios me había brindado su ayuda. Agarré la pala larga, saqué del horno las hogazas, las llevé al patio y empecé a cavar un hoyo en la tierra helada.

El aprendiz regresó mientras yo seguía cavando.

—¿Qué está haciendo, jefe? —preguntó, y palideció como un cadáver.

—Sé lo que estoy haciendo —contesté, y enterré toda la hornada ante sus ojos.

A continuación me fui a casa, saqué del escondite el paquete de billetes que tenía acumulado y lo repartí entre los hijos. Al mismo tiempo les dije:

—He visto a vuestra madre esta noche. Pobre de ella, la piel se le está volviendo negra.

Ellos me miraron atónitos, incapaces de pronunciar una palabra.

—Cuidad de vuestra salud —les dije—. Y olvidad que un tal Guimpl ha existido alguna vez.

Me eché encima el abrigo corto, calcé mis botas, en una mano agarré la bolsa con mi taled y en la otra el bastón, y besé la mezuzá* en el quicio de la puerta. Cuando la gente me vio por la calle, se mostró muy sorprendida.

—¿Adónde vas? —me preguntaron.

Y yo les respondí:

—Al ancho mundo.

Así me marché de Frampol.

Deambulé por el país y la buena gente no me abandonó. Pasaron muchos años, me hice viejo y encanecí. He oído muchos cuentos, muchas mentiras y falsedades, pero cuanto más tiempo he vivido, más claramente he comprendido que no existen las mentiras. Lo que no sucede en la realidad, se sueña por la noche. Si no le sucede a uno, sucede a otro. Y si no sucede hoy, sucede mañana o pasado un año, o pasado un siglo. Qué más da. Más de una vez he oído relatos que me hicieron pensar: «Eso es algo que no ha podido suceder». Sin embargo, antes de transcurrir un año, supe que en algún lugar había ocurrido en realidad.

Errando de un sitio a otro, comiendo en mesas de extraños, a menudo me ocurre que cuento historias sobre cosas improbables que nunca habrían podido suceder acerca de demonios, magos, molinos y qué se yo. Los niños corren detrás de mí gritando: «Abuelo, cuéntanos un cuento». Algunas veces me piden un relato específico e intento darles gusto. Un muchacho regordete me dijo una vez: «Abuelo, es el mismo cuento que nos has contado antes». Por mi vida que tenía razón el pequeño granuja.

Lo mismo pasa con los sueños. Hace tantos años que abandoné Frampol, y en cuanto cierro los ojos, allí estoy de nuevo. Y ¿a quién creéis que veo? A Elka. La veo en pie delante de la tina de la colada, como en nuestro primer encuentro, pero su cara brilla, sus ojos son tan radiantes como los de una santa, y me habla con palabras extrañas. Cuando despierto lo olvido todo, pero mientras dura el sueño me siento reconfortado. Elka responde a todas mis preguntas y, al final, lo que resulta es que todo está bien. Lloro ante ella y la imploro: «Llévame contigo». Me consuela y me dice: «Ten paciencia, Guimpl. Esa hora está más cerca que lejos». A veces me acaricia y me besa, y llora sobre mi rostro. Al despertarme, aún siento sus labios y el sabor salado de sus lágrimas.

No hay duda de que el mundo es un mundo imaginario. Pero está a solo un paso del mundo de la verdad. A la puerta del hospicio en el que duermo hay preparada una tabla que se usa para trasladar a los muertos. El enterrador judío tiene preparada su pala. La tumba espera y los gusanos sienten hambre. La mortaja está lista: la llevo en mi saco de mendigo. Otro shnórer* estará a la espera de heredar mi lecho de paja. Cuando llegue mi hora, partiré con alegría. Lo que exista allí será real, sin complicaciones, sin burlas y sin embustes. Gracias a Dios, allí no se puede engañar ni siquiera a Guimpl.


* Todas las palabras señaladas con asterisco están definidas en el glosario.

EL CABALLERO DE CRACOVIA

I

Entre espesos bosques y hondas marismas, sobre la ladera de una colina coronada por un llano, se encuentra el pueblo de Frampol. Nadie sabría decir quién lo había fundado ni por qué precisamente allí. Las cabras pastaban entre las tumbas del viejo cementerio, cuyas lápidas, por su propio peso, ya se habían hundido en la tierra. Por otra parte, aunque en la casa de la comunidad se guardaba un pergamino con una crónica relativa al pueblo, faltaba la primera página, y la escritura, además, se había descolorido. Entre la gente circulaban leyendas, historias de malvadas intrigas relacionadas con un aristócrata loco, con una dama lasciva, un judío estudioso y un perro salvaje. El verdadero origen del pueblo, sin embargo, se había perdido en el pasado.

Los campesinos que labraban las tierras de los alrededores eran pobres; la tierra era tozuda. Los judíos del pueblo de Frampol también vivían en la pobreza: sus tejados eran de paja; sus suelos, de tierra. En verano muchos de ellos andaban descalzos, y durante el tiempo frío se envolvían los pies en trapos o bien calzaban sandalias hechas de paja.

El rabino Oizer, aunque renombrado por su erudición, recibía un sueldo de tan solo dieciocho groshen a la semana. Su ayudante, además de servir de matarife ritual, también ejercía de maestro, casamentero, encargado de la casa de baños y cuidador en el hospicio. Incluso aquellos vecinos del pueblo que eran tenidos por ricos, poco lujo conocían. Vestían gabanes de algodón atados con una cuerda a la cintura, y solo en el shabbat probaban la carne. Las monedas de oro eran una rareza en Frampol.

Sus habitantes, sin embargo, habían sido bendecidos con hijos agraciados. Los muchachos crecían altos y fuertes, las muchachas hermosas. Esta era una bendición solo a medias, no obstante, ya que los jóvenes se marchaban para casarse con muchachas de otras ciudades mientras sus hermanas, por carencia de dotes, permanecían solteras. Inexplicablemente, y pese a la escasez de comida y a que el agua era infecta, los niños seguían desarrollándose con buena salud.

Sucedió que cierto verano sobrevino una fuerte sequía. Ni siquiera los más viejos campesinos recordaban una calamidad parecida. No llovía. El maíz se resecó y su crecimiento quedó atrofiado. Apenas hubo algo digno de ser cosechado. Para colmo, cuando unas contadas gavillas de trigo ya habían sido segadas y recolectadas, llegaron las lluvias y con ellas el granizo, que acabó destruyendo cualquier cereal que se hubiera salvado de la sequía. Langostas del tamaño de pájaros aparecieron tras la tormenta; se decía que sus gargantas emitían voces humanas. Al volar, golpeaban en los ojos a los campesinos que luchaban por ahuyentarlas. Aquel año no hubo feria, puesto que todo se había perdido. Ni los campesinos ni los judíos de Frampol contaban con suficientes alimentos. Aunque las grandes ciudades disponían de cereales, nadie estaba en condiciones de adquirirlos.

Cuando precisamente habían abandonado toda esperanza y el pueblo entero estaba a punto de echarse a mendigar, ocurrió el milagro. Un carruaje tirado por ocho briosos caballos llegó al pueblo. Los vecinos pensaron que su ocupante sería algún caballero cristiano, pero no fue así. Quien se apeó fue un joven judío, de entre veinte y treinta años, esbelto y pálido, de redondeada barba negra y chispeantes ojos, también negros; lucía un sombrero de marta, zapatos con hebillas de plata y un gabán ribeteado con piel de castor. Un fajín de seda de color verde le ceñía la cintura. Lleno de excitación, todo el pueblo corrió a contemplar al forastero. Y esta es la semblanza que les hizo de sí mismo: era médico, viudo y procedía de Cracovia. Su esposa, hija de un rico comerciante, había muerto de parto junto con el bebé.

Impresionados, los habitantes de Frampol le preguntaron qué razón le había empujado hasta su pueblo. Había seguido el consejo de un rabino milagrero, respondió él; el rabino le había asegurado que la melancolía que se apoderó de él tras el fallecimiento de su esposa se desvanecería en Frampol. Del hospicio comenzaron a salir indigentes que se apiñaron alrededor del médico, mientras él distribuía limosnas: tres groshen, seis groshen, monedas de medio gulden. Sin duda, aquel forastero era un regalo del cielo y el pueblo de Frampol ya no estaba destinado a desaparecer. Los mendigos corrieron al panadero en busca de pan y este mandó que le enviaran de Zamosc un saco de harina.

—¿Un saco? —preguntó el recién llegado—. Pero si eso no les alcanzará ni para un día. Encargaré una carretada entera, y no solo de harina de trigo, sino de maíz también.

—Pero no disponemos de dinero —explicaron los notables del pueblo.

—Con la ayuda de Dios, ustedes me lo devolverán cuando lleguen mejores tiempos. —Y diciendo esto, el forastero sacó una bolsa repleta de ducados de oro. Frampol disfrutaba viéndole contar una a una las monedas.

Al día siguiente, carros cargados de harina, de trigo rubión, de cebada, de mijo y alubias entraron en Frampol. La noticia de la buena fortuna de sus pobladores llegó a oídos de los campesinos y estos se apresuraron a acudir a los judíos para comprar alimentos, como antaño los egipcios habían acudido a José. Puesto que carecían de dinero, pagaban en especie, y en consecuencia, en el pueblo también hubo carne. De nuevo los hornos estaban encendidos; y las ollas, llenas a rebosar. El humo salía por las chimeneas y dispersaba, en el aire de la tarde, olor a pollos y gansos asados, a cebolla y ajo, a pan y a pasteles frescos. Los vecinos volvieron a sus ocupaciones: los zapateros a remendar zapatos, los sastres a manejar sus oxidadas tijeras y sus planchas.

Las noches eran cálidas y el cielo se presentaba despejado, pese a que la fiesta de Succot* ya había pasado. Las estrellas parecían extraordinariamente grandes. Hasta los pájaros permanecían despiertos, gorjeando y trinando como si fuera pleno verano. El forastero de Cracovia había ocupado la mejor habitación de la posada y su cena consistía en pato asado a la parrilla, mazapán y pan trenzado. Albaricoques y vino húngaro eran su postre. Seis velas adornaban la mesa. Una noche, después de cenar, el médico de Cracovia se dirigió a la gran sala pública en la que se habían congregado algunas de las personas más fisgonas de la ciudad y preguntó:

—¿Le gustaría a alguien jugar al dreidl* con apuestas?

—Pero si aún no es Janucá* —le respondieron sorprendidos.

—¿Por qué esperar hasta Janucá? Yo apostaré un gulden por cada groshen que apuesten.

Algunos de los hombres más lanzados se mostraron dispuestos a probar suerte y acertaron. Cada groshen significaba un gulden y un gulden se convertía en treinta. Jugaba quienquiera que lo deseara. Todos ganaban. El forastero, sin embargo, no parecía alterado. La mesa se cubría de billetes y monedas de plata y oro. La sala se llenó de mujeres y de muchachas, y el brillo del oro que tenían delante parecía reflejarse en sus ojos. Lanzaban ahogados gritos de asombro. Nunca antes había sucedido algo así en Frampol. Las madres instruían a sus hijas para que se esmeraran en arreglarse el cabello, y hasta les permitieron vestirse de gala. La muchacha que lograra caerle en gracia al joven médico sería una afortunada; él no era de los que exigían que se aportara una dote.

II

A la mañana siguiente el caballero recibió la visita de los casamenteros, y cada uno de ellos ensalzó las virtudes de la muchacha que representaba. El médico invitó a todos a tomar asiento y les agasajó con tarta de miel, macarrones dulces, nueces y aguamiel. A continuación les declaró lo siguiente:

—De cada uno de ustedes he oído repetidamente la misma historia: su cliente es bella y lista y posee todas las cualidades imaginables. Pero ¿cómo puedo saber quién de ustedes está diciendo la verdad? Yo deseo tomar por esposa a la más perfecta de todas. He aquí lo que propongo: que se organice un baile al cual sean invitadas todas las jóvenes casaderas. Una vez que yo observe su aspecto y su conducta, podré elegir entre ellas. Entonces se redactará un contrato de matrimonio y se concertará la boda.

Los casamenteros no salían de su sorpresa. El viejo Mendl fue el primero en recuperar el habla:

—¿Un baile? Esa clase de evento está bien para los no judíos ricos. Nosotros los judíos no nos permitimos ese tipo de celebraciones desde la destrucción del Templo, salvo cuando la Ley las hace preceptivas en determinadas fiestas.

—¿Acaso no está obligado cada judío a casar a su hija? —preguntó el médico.

—Pero las muchachas no tienen vestidos apropiados para la ocasión —protestó otro casamentero—. Por causa de la actual sequía, se verían obligadas a acudir al baile en harapos.

—Yo me ocuparé de que todas ellas tengan el atuendo adecuado. Encargaré traer de Zamosc suficiente seda, lana, terciopelo y lino como para engalanar a cada muchacha. Que el baile se celebre. Que sea un acontecimiento que Frampol no olvide jamás.

—Pero ¿dónde podríamos celebrarlo? —preguntó otro casamentero—. La sala donde solíamos festejar las bodas se incendió, y nuestras casas son demasiado pequeñas.

—Tal vez la plaza del mercado —sugirió el caballero de Cracovia.

—Pero si ya estamos en el mes de Jeshván*. Cualquier día de estos llegará el frío.

—Elegiremos una cálida noche de luna. No se preocupen por esto.

A cada una de las numerosas dificultades que objetaban los casamenteros, el forastero tenía preparada una respuesta. Finalmente, accedieron a consultar con los notables del pueblo. El médico les dijo que él no tenía prisa, que esperaría su decisión. Mientras mantuvo toda esta larga conversación, no dejó de jugar su partida de ajedrez con uno de los más inteligentes jóvenes del pueblo, al tiempo que masticaba unas pasas.

Los dirigentes comunales se mostraron incrédulos cuando escucharon la propuesta. Las muchachas, por su parte, estaban emocionadas; y los jóvenes también aprobaron la idea. Las madres, aunque fingieron vacilar, finalmente dieron también su consentimiento. Cuando una delegación de los hombres de mayor edad acudió a rabí* Oizer en busca de su beneplácito, el rabino se indignó:

—¿Qué clase de embaucador es ese? —exclamó—. Frampol no es Cracovia. ¡Lo único que nos faltaba, un baile! ¡Que Dios nos guarde de provocar una plaga sobre nosotros y que criaturas inocentes paguen por nuestra frivolidad!

Pero los hombres más prácticos razonaron con el rabino, argumentando:

—Nuestras hijas van ahora descalzas y en andrajos. Él les va a proporcionar zapatos y ropa. Si una de ellas le agradara, se casaría con ella y se establecería aquí. No cabe duda de que esto resultaría ventajoso para todos nosotros. La sinagoga necesita un tejado nuevo. Las ventanas de la casa de estudio están rotas y en el baño urge una reparación. En el hospicio los pobres duermen sobre fardos de paja podrida.

—Todo esto es verdad. Pero, ¿y si estuviéramos cometiendo un pecado?

—Cada cosa se hará de acuerdo con la Ley, rebbe. Puede confiar en nosotros.

El rabino Oizer bajó del estante el libro de la Ley y lo hojeó. De vez en cuando se detenía para examinar alguna página; tras suspirar y vacilar, finalmente asintió. ¿Acaso tenía alternativa? En su propio caso, hacía seis meses que no recibía el sueldo.

En cuanto el rabino dio su consentimiento, se produjo un gran despliegue de actividad. Los comerciantes de tejidos se desplazaron inmediatamente a Zamosc y Yanev, y regresaron con telas y cueros, todos ellos sufragados por el caballero de Cracovia. Los sastres y las modistas trabajaron día y noche; los zapateros solo abandonaban sus bancos de trabajo para ir a rezar. Las jóvenes, ansiosas a la espera del evento, entraron en un estado febril. Probaban pasos de baile que apenas recordaban; horneaban tartas y otros dulces, utilizando toda la reserva de confituras y conservas que tenían guardadas para casos de enfermedad. Igualmente activos se mostraron los músicos de Frampol. Címbalos, violines y gaitas, unos instrumentos largo tiempo olvidados y descuidados, hubieron de ser desempolvados y afinados. El regocijo contagió incluso a los más ancianos, pues corrió el rumor de que el elegante médico proyectaba dar un banquete para los necesitados durante el cual se repartirían dádivas.

Las muchachas casaderas se entregaron por completo a mejorar su aspecto, cuidando la limpieza del cutis y el arreglo del cabello; algunas incluso acudieron al baño ritual, como lo hacían las mujeres casadas. Por las tardes se reunían, con rostros ruborizados y ojos chispeantes, en casa de alguna de ellas, para contarse chismes e intercambiar acertijos. Les resultaba difícil, a ellas y a sus madres, conciliar el sueño. Los padres suspiraban mientras dormían. De repente, las muchachas de Frampol se habían vuelto tan atractivas que los jóvenes que preveían casarse con otras de los pueblos vecinos se enamoraban de ellas. Continuaban sentándose en la casa de estudio, enfrascados en el Talmud, pero esa sabiduría ya no penetraba en sus mentes. Solo el baile programado predominaba en sus conversaciones, solo el baile ocupaba sus pensamientos.

El médico de Cracovia también se divertía. Cambiaba de ropa varias veces al día. Primero se ponía una bata de seda y zapatillas con pompones; luego, una túnica de lana con botas altas. Para una comida vestía una capa corta ribeteada por delante con colas de castor y para la siguiente, una capa larga ribeteada con flores y hojas. Desayunaba pichón asado rociado con vino seco. Para el almuerzo encargaba fideos con huevo y blintses*, y tuvo la osadía de comer el pudín de shabbat a mediados de semana. Nunca asistía a los servicios religiosos y, en su lugar, organizaba toda clase de juegos: de naipes, de cabras y lobos, de monedas a cara o cruz. Al terminar el almuerzo, el cochero lo llevaba en su carruaje a pasear por la vecindad. Los campesinos se quitaban el sombrero al verlo pasar y se inclinaban hasta casi tocar el suelo. En cierta ocasión, paseó por Frampol luciendo un bastón con empuñadura de oro. Las mujeres se aglomeraban en las ventanas para verlo pasar y los niños le seguían por detrás, recogiendo los caramelos de colores que él les arrojaba. Por las noches, junto con otros acompañantes, jóvenes alegres, bebían vino hasta las tantas.

El rabino Oizer no cesaba de prevenir a su grey, advirtiéndoles que caminaban cuesta abajo conducidos por el Maligno, pero ellos no le hacían caso. Sus mentes y sus corazones estaban totalmente poseídos por el baile que se celebraría en la plaza del mercado a mediados de aquel mes, en una noche de luna llena.

III

En el límite del pueblo, en un pequeño valle cerca del pantano, había una choza no más grande que un gallinero. El suelo enlodado, la ventana cerrada con tablas y el tejado cubierto de musgo verde y amarillo hacían pensar en un abandonado nido de pájaros. Montones de basura se acumulaban delante de la choza, y cárcavas de cal surcaban la empapada tierra. Entre los desechos, se podía ver alguna que otra silla sin asiento, una jarra que carecía de asa, una mesa sin patas. Toda clase de escobas, huesos y harapos parecían estar pudriéndose allí. En ese nauseabundo lugar habitaba Lippe el trapero con su hija Hodl. Cuando su primera esposa aún vivía, Lippe era un comerciante respetado en Frampol, y en la sinagoga ocupaba un asiento junto a la pared este. Sin embargo, después de que su mujer se suicidara tirándose al río, su condición se deterioró rápidamente. Se dio a la bebida, se relacionó con los peores sujetos del pueblo y no tardó en acabar en la bancarrota.

Su segunda esposa, una mujer que vivía de la mendicidad en Yanev, le había dado una hija, a quien después había abandonado, al separarse de él porque no podía mantenerla. Indiferente a la marcha de su esposa, Lippe dejó que la niña se las arreglara por sí sola. Él dedicaba unos días por semana a recoger trapos de la basura. El resto del tiempo lo pasaba en la taberna. Cuando la esposa del tabernero lo reprendía, solo le contestaba con malos modos. Entre los hombres, Lippe era celebrado como cuenta-cuentos. Con sus historias acerca de brujas y molinos de viento, demonios y duendes, atraía negocio para la taberna. Sabía también recitar rimas polacas y ucranianas y tenía don para contar chistes. El tabernero le permitía ocupar un lugar al lado de la estufa, y de vez en cuando le servían un cuenco de sopa con un mendrugo de pan. Algunos viejos amigos, que recordaban la antigua prosperidad de Lippe, le entregaban en ocasiones un par de pantalones, un abrigo gastado o una camisa. Él lo aceptaba, pero con descortesía. Incluso sacaba la lengua a sus benefactores cuando le daban la espalda.

Tal como establece el dicho «De tal palo tal astilla», Hodl heredó los vicios de ambos progenitores, de su padre borracho y de su madre mendiga. Cuando llegó a la edad de seis años, ya había adquirido fama de glotona y de ladrona. Descalza y a medio vestir, deambulaba por el pueblo. Entraba en las casas y tomaba por asalto las despensas de los propietarios ausentes. Se alimentaba de gallinas y patos. Les rajaba los cuellos con trozos de vidrio y esa era su comida. Aunque los habitantes de Frampol a menudo advertían al padre de que estaba criando a una depravada, la noticia no parecía inquietarlo. Rara vez hablaba con la niña y ella ni siquiera lo llamaba padre. Después de cumplir los doce años, su lascivia se convirtió en tema de cotilleo entre las mujeres. En la choza recibía a cíngaros; además se decía de ella que devoraba la carne de gatos y perros, y de hecho, la carne de cualquier animal muerto. Alta y esbelta, pelirroja y con ojos verdes, caminaba descalza, tanto en invierno como en verano, y con retales estampados que las modistas desechaban se cosía alguna falda. Era temida por las madres, pues decían de ella que mediante hechizos malograba a los muchachos. Cuando los notables del pueblo la reprendían, recibían de ella respuestas descaradas. Con la astucia de una bastarda y la lengua de una víbora, cuando la atacaban los golfos de la calle, no dudaba en devolverles el golpe. Su especial habilidad en proferir maldiciones contaba con un ilimitado repertorio de ellas: «Que se te ulcere la lengua y se gangrenen tus ojos». Algo así como: «Que te pudras hasta que las mofetas huyan de tu hedor», era típico de ella.

A veces estas maldiciones eran eficaces y la gente se cuidaba de no provocar su ira. A medida que fue madurando, sin embargo, tendió a evitar su entrada en el pueblo, y llegó un momento en que casi se habían olvidado de ella. No obstante, precisamente el día en que los comerciantes de Frampol distribuían telas y pieles entre las jóvenes, como preparación para el baile, Hodl hizo acto de presencia. Rondaba los diecisiete años y a pesar de estar totalmente desarrollada seguía vistiendo falda corta; tenía el rostro pecoso y el cabello desordenado. Un collar de cuentas, como los que suelen llevar las cíngaras, colgaba de su cuello, y en las muñecas lucía unos brazaletes de dientes de lobo. Abriéndose paso entre el gentío exigió su parte. No quedaban nada más que unos pocos retales y se los entregaron a ella. Furiosa con lo que le había correspondido, se lo llevó a casa a toda prisa. Quienes presenciaron lo ocurrido se burlaban: «¡Mira quien piensa asistir al baile! ¡Menudo espectáculo va a dar esta!».

Finalmente, los zapateros y los sastres terminaron su trabajo: cada vestido había quedado perfecto, cada zapato encajaba como debía. Los días eran milagrosamente cálidos y las noches tan luminosas como las tardes de Shavuot*. Al llegar el día del baile, todo el pueblo se despertó con el lucero del alba. A un lado de la plaza del mercado se alineaban las mesas y los bancos. Los cocineros habían asado carne de ternera y cordero, de cabra y de ganso, de pato y de gallina, y habían horneado bizcochos y tartas de pasas, pan trenzado y bollos, panecillos de cebolla y galletas de jengibre. Para beber, había aguamiel, cerveza y un barril de vino húngaro que proporcionó el tabernero. Los niños sacaron los arcos y flechas que les servían para jugar en la fiesta de Lag ba’Omer*, así como las carracas de Purim* y las banderas que colgaban en la fiesta de Simjat Torá* sobre pequeños rollos de la Ley. Hasta los caballos del médico fueron decorados con ramas de sauce y flores de otoño y el cochero los exhibió en un paseo por el pueblo. Los aprendices descansaron de su trabajo y los estudiantes de yeshive hicieron lo mismo con sus tomos del Talmud. Pese a que el rabino Oizer había prohibido asistir al baile a las jóvenes casadas, estas acudieron ataviadas con sus vestidos de boda y acompañadas por muchachas que también vestían de blanco y llevaban en la mano una vela, como si fueran damas de honor. La banda ya había comenzado a tocar y la música era festiva. El rabino Oizer fue la única persona que no se presentó, pues se encerró en su estudio. Incluso su criada le dejó solo para acudir también al baile. El rabino sabía que nada bueno saldría de tal comportamiento, pero nada podía hacer para impedirlo.

A últimas horas de la tarde, todas las muchachas ya se habían reunido en la plaza del mercado, rodeadas por los vecinos del pueblo. Sonaron los tambores. Actuaron los bufones. Las muchachas bailaron: primero un rigodón, luego una danza de tijera; a continuación, el cosachok y finalmente la danza del enfado. Aunque el sol aún no se había puesto, en el cielo ya se divisaba la luna. Llegó la hora del caballero de Cracovia. Entró en la plaza montado sobre una yegua blanca, flanqueado por guardaespaldas y por su padrino; con un gran sombrero de plumas y botones de plata que resplandecían en su abrigo verde. A un lado le colgaba una espada, y sus relucientes botas se apoyaban en los estribos. Su aspecto era el de un caballero que partía a la guerra con su séquito. En silencio, sentado sobre la silla de montar, observaba a las muchachas mientras bailaban. ¡Qué gráciles eran, con qué encanto se movían! Solo había una que no bailaba: era la hija de Lippe el trapero. En pie a un lado de la plaza, nadie hacía caso de ella.

IV

El sol poniente, inusualmente grande, presenciaba iracundo, como un ojo celestial, la plaza del mercado de Frampol. Nunca antes había visto el pueblo una puesta de sol como esa. Nubes encendidas cruzaban el cielo, cual ríos de azufre ardiente, y adoptaban formas de elefantes, de leones, de serpientes y de monstruos. Se diría que libraban una batalla en el firmamento, devorándose unas a otras, escupiendo y exhalando llamas. A todos les parecía estar contemplando el río de fuego, en el que los demonios torturaban a los malhechores entre candentes brasas y collados de cenizas. La luna se infló, se hizo inmensa, roja como la sangre y a la vez moteada, marcada por cicatrices y difundiendo escasa luz. La tarde se volvió muy oscura e incluso se disiparon las estrellas. Los jóvenes corrieron en busca de antorchas y se acondicionó un barril de brea ardiente. Las sombras parecían danzar de un extremo al otro, como si vivieran su propio baile. Alrededor de la plaza del mercado las casas parecían vibrar, temblaban los tejados, las chimeneas se tambaleaban. Tanto alborozo y enajenación jamás había conocido Frampol. Por primera vez en muchos meses, cada cual comió y bebió hasta saciarse. Incluso los animales se asociaban al jolgorio. Los caballos relinchaban, las vacas mugían y los pocos gallos que habían sobrevivido al sacrificio de aves para la fiesta cacareaban. Bandadas de cuervos y otros pájaros extraños se abalanzaban a picotear en su vuelo los desperdicios. Las luciérnagas destacaban en la oscuridad mientras en el horizonte refulgían los relámpagos, aunque no se oían truenos. De repente, un extraño destello circular brilló en el cielo durante unos instantes y cayó en picado hacia el horizonte, dejando atrás una estela carmesí, semejante a una vara ardiente. En aquel momento, cuando todos, maravillados, contemplaban el cielo, el caballero de Cracovia tomó la palabra:

—Escuchadme. Tengo cosas prodigiosas que contaros, pero que nadie se deje embargar por la alegría. Hombres: sujetad bien a vuestras esposas. Jóvenes: cuidad de vuestras novias. Estáis viendo en mí al hombre más rico del mundo entero. El dinero es arena para mí y los diamantes, guijarros. Vengo de la tierra de Ofir, donde el rey Salomón encontró el oro para su templo. Habito en el palacio de la reina de Saba. Mi carruaje es de oro macizo, sus ruedas llevan incrustaciones de zafiro, los ejes son de marfil, los reflectores tachonados de rubíes y esmeraldas, ópalos y amatistas. El soberano de las diez tribus perdidas de Israel conoce vuestro sufrimiento y me envió para que yo fuera vuestro benefactor. Pero hay una condición. Esta noche, toda virgen debe casarse. Yo proveeré para cada doncella una dote de diez mil ducados, así como un collar de perlas que le llegará hasta las rodillas. Pero daos prisa. Cada muchacha debe tener su esposo antes de que el reloj marque la medianoche.

El silencio se apoderó de la muchedumbre. Tan mudos como en el día de Año Nuevo antes de escuchar el sonido del shofar*. Se podía oír el zumbido de una mosca. Un anciano gritó de pronto:

—¡Pero eso es imposible! ¡Las muchachas no están ni siquiera apalabradas!

—Que se apalabren.

—¿Con quién?

—Podemos echarlo a suertes —respondió el caballero de Cracovia—. Cada uno y una de los que van a casarse tendrá su nombre escrito en una tarjeta. El mío también estará. Y a continuación, las iremos sacando para ver quién está destinado a quién.

—Pero una joven debe esperar siete días. Debe acudir antes al baño ritual.

—Que el pecado caiga sobre mí. Ninguna necesita esperar.

A pesar de las protestas de los ancianos y de sus esposas, se prepararon unos trozos de hojas de papel y en cada uno de ellos un escribiente apuntó el nombre de un joven o de una joven. El conserje de la sinagoga, ahora al servicio del caballero de Cracovia, fue extrayendo de un yármulke* las tarjetas con los nombres de los jóvenes, por un lado, y de las jóvenes, por otro, al tiempo que canturreaba los nombres con el mismo sonsonete que utilizaba para llamar a los fieles a la lectura de la Torá.

—Najum, hijo de Katriel, comprometido con Yentl, hija de Natan. Solomon, hijo de Cov Baer, comprometido con Traine, hija de Jonás Leib.

Se producían extrañas combinaciones, pero de noche todos los gatos son pardos y los emparejamientos parecieron bastante razonables. Después de cada tarjeta extraída, los jóvenes recién emparejados, agarrados de la mano, se acercaban al caballero de Cracovia a fin de recoger la dote y el regalo de bodas. Tal como lo había prometido, el caballero entregó a cada pareja la cantidad estipulada en ducados y colgó en el cuello de cada novia un collar de perlas. Las madres, incapaces de contener su alegría, comenzaron a bailar y a dar gritos de júbilo. Los padres se mantenían al margen, desconcertados. Las muchachas levantaban la falda para atrapar las monedas de oro que el médico les lanzaba, y ponían al descubierto sus piernas y ropa interior, lo que produjo paroxismos de lujuria entre los hombres. Los violines chirriaban, los tambores redoblaban, las trompetas atronaban. El tumulto era ensordecedor. Chicos de doce años se encontraron emparejados con «solteronas» de diecinueve. Hijos de ciudadanos pudientes recibieron como novias a hijas de indigentes; muchachas enanas fueron apareadas con gigantes, bellezas con lisiados. Las últimas dos tarjetas llevaban los nombres del caballero de Cracovia y de Hodl, la hija de Lippe el trapero. El mismo anciano que antes había intervenido, gritó:

—¡Ay de nosotros! ¡La muchacha es una ramera!

—Ven hacia mí, Hodl, ven a tu novio —la llamó el caballero.

Hodl, con el cabello recogido en dos largas trenzas, una falda estampada de algodón y sandalias en los pies, no esperó a que se lo pidieran dos veces. En cuanto oyó mencionar su nombre se encaminó hacia el lugar donde el caballero de Cracovia continuaba montado en su yegua, y cayó de rodillas. Siete veces se postró ante él.

—¿Es verdad lo que dice ese viejo majadero? —le preguntó su futuro marido.

—Sí, señor. Así es.

—¿Has pecado solo con judíos o también con no judíos?

—Con ambos.

—¿Lo hiciste para conseguir pan?

—No. Por puro placer.

—¿Qué edad tenías cuando comenzaste?

—Menos de diez años.

—¿Te arrepientes por lo que has hecho?

—No.

—¿Por qué no?

—¿Por qué debería arrepentirme? —replicó con desvergüenza.

—¿No temes las torturas del infierno?

—No temo a nada, ni siquiera a Dios. Dios no existe.

De nuevo el anciano comenzó a gritar:

—¡Ay de nosotros, ay de nosotros, los judíos! Un fuego nos ha caído encima, un fuego que abrasa, el fuego de Satanás. ¡Salvad vuestras almas, judíos! ¡Huid, antes de que sea demasiado tarde!

—¡Amordazadlo! —ordenó el caballero de Cracovia.

Los guardias ataron al anciano y lo amordazaron. El joven médico tomó a Hodl de la mano y empezó a bailar con ella. En ese momento, como si los poderes de la oscuridad hubiesen sido convocados, la lluvia y el granizo comenzaron a caer con furia; los relámpagos iban acompañados de fortísimos truenos. Pese a ello, haciendo caso omiso de la tormenta, devotos hombres y mujeres se abrazaban desvergonzadamente, bailaban y gritaban como posesos. Hasta los ancianos se sintieron arrastrados. En plena algarabía, se rasgaban vestidos, se quitaban zapatos; sombreros, pelucas y yármulkes eran pisoteados en el lodo. Los fajines caídos en el suelo se enroscaban como serpientes. De súbito, se escuchó un tremendo estrépito. Un poderoso rayo había alcanzado simultáneamente la sinagoga, la casa de estudio y la casa de baños. El pueblo entero se incendió.

Al fin, aquella descarriada plebe se dio cuenta de que no era una causa natural la que había desencadenado esos acontecimientos. El incendio no se extinguía, pese a que la lluvia continuaba incluso con mayor intensidad. Una luz espectral iluminaba la plaza del mercado. Las escasas personas prudentes que quisieron despegarse de la masa enloquecida acabaron empujadas a tierra, aplastadas y pisoteadas.

Fue entonces cuando el caballero de Cracovia reveló su verdadera identidad. Ya no era el joven que los habitantes del pueblo habían acogido, sino un ser cubierto de escamas, con un ojo en el pecho y en la frente un cuerno que giraba a toda velocidad. Sus brazos estaban cubiertos de pelos, de espinas y de rizos de elfo, y el rabo era un gran enredo de serpientes vivas, pues no se trataba de otro más que de Ketev Mriri, el jefe de los diablos.

Brujos, hombres lobo, gnomos, demonios y duendes se abalanzaron desde el cielo, unos montados en escobas, otros en aros y aún otros sobre arañas. Osnát, la hija de Majlát, con su refulgente cabellera desparramada al viento, los pechos desnudos y los muslos al descubierto, saltaba de una chimenea a otra y patinaba sobre los aleros. Nama, Hurmiza, la hija de Aff y otras muchas diablesas realizaban toda clase de volteretas. El mismísimo Satanás consagró el matrimonio del novio, mientras cuatro espíritus malignos sostenían los báculos del palio nupcial, convertidos en serpientes pitón que se retorcían. Cuatro perros acompañaban al novio. El vestido de Hodl cayó al suelo y quedó desnuda. Los pechos le colgaban hasta el ombligo y sus pies se asemejaban a los de un ave palmípeda. Su cabellera era una selva de gusanos y orugas. El novio le hizo entrega de un anillo triangular y en lugar de decir «Mediante este anillo me has sido consagrada según la Ley de Moisés e Israel», gritó «Mediante este anillo me has sido profanada según la blasfemia de Kóraj e Ismael». En lugar de desear a la pareja buena suerte, los espíritus malignos gritaron: «¡Suerte funesta!» y comenzaron a salmodiar:

De Eva la maldición, de Caín la marca,

la astucia de la serpiente a los dos abarca.

El anciano al que antes habían amordazado, soltando un último chillido, se llevó las manos a la cabeza y expiró. Ketev Mriri inició su panegírico:

Boñiga del diablo, maleficio de Satanás,

así llegue tu espíritu al infierno, donde te asarás.

V

El rabino Oizer se despertó en mitad de aquella noche. Como santo varón que era, el incendio que consumía el pueblo no ejerció poder sobre su casa. Al incorporarse, miró en torno suyo y se preguntó si ya habría despuntado el día. En el exterior no era ni de día ni de noche. Vio el cielo teñido de rojo y oyó a lo lejos un estruendo de gritos y cantos que parecían aullidos de bestias salvajes. Al principio, sin recordar nada, el anciano se preguntó qué estaría sucediendo. «¿Acaso habrá llegado el fin del mundo y yo no he oído el shofar anunciando la llegada del Mesías? ¿Habrá llegado ya?» Tras lavarse las manos, se enfundó las zapatillas y el abrigo y salió a la calle.

El pueblo era irreconocible. Donde antes había casas, solo se veían las chimeneas. Aquí y allá ardían montículos de carbón. Llamó al conserje de la sinagoga, mas no hubo respuesta. Bastón en mano, el rabino corrió en busca de su grey.

—¿Dónde estáis, judíos, dónde estáis? —gritaba con voz lastimera.

La tierra le quemaba los pies, pero no aflojó el paso. Perros rabiosos y seres extraños lo atacaron, pero él blandía su bastón contra ellos. Su pena era tan grande que no sentía temor. En el lugar donde antes se hallaba la plaza del mercado encontró un horripilante panorama. No había nada más que un ancho pantano, lleno de lodo y cenizas. Una multitud de personas desnudas hacían movimientos de danza, mientras luchaban por mantenerse a flote en el barro, que a algunos les llegaba hasta las rodillas, a otros hasta la cintura y a otros hasta los hombros. Al principio, el rabino tomó por demonios a esas insólitas figuras de raros movimientos y, para conjurarlos, estuvo a punto de recurrir a la oración: «Sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros»1 y otros versículos y expresiones relativas a exorcismos, cuando reconoció a la gente de su pueblo. Solo en ese momento se acordó del médico de Cracovia y gritó con amargura:

—¡Judíos, por el amor de Dios, salvad vuestras almas! ¡Estáis en manos de Satanás!

Los vecinos del pueblo, sin embargo, demasiado enfervorizados como para prestar atención a su exhortación, continuaron con sus frenéticos movimientos durante largo tiempo, saltando como ranas, temblando como dominados por la fiebre. Con los cabellos al aire y los senos al desnudo, las mujeres reían, chillaban, se contoneaban. Una muchacha agarró a un estudiante de yeshive por los tirabuzones y lo arrastró hacia su regazo. Una mujer tiró de la barba a un desconocido. Ancianos y ancianas se hundían en el cieno hasta la cintura. Apenas parecían seres vivos.

Sin descanso, el rabino seguía instando a todos a que resistieran al mal. Al fin, después de invocar varios pasajes de la Torá y de otros libros sacros, así como algunos conjuros y los diversos nombres de Dios, logró espabilar a algunos. Otros respondieron a continuación. El rabino ayudó al primero a salir del fango, luego este asistió al siguiente y así sucesivamente. Al aparecer el lucero de la mañana, la mayoría de ellos se había restablecido. Tal vez los espíritus de sus antepasados habrían intercedido en su favor; aunque muchos habían pecado, solo un hombre había muerto esa noche en la plaza del mercado.

Los hombres, horrorizados al darse cuenta de que el demonio los había embrujado y arrastrado al fango, rompieron a llorar. Las jóvenes se lamentaban:

—¿Dónde está nuestro dinero? ¿Dónde nuestro oro y las joyas? ¿Dónde está nuestra ropa? ¿Adónde fueron a parar el vino, el aguamiel y los regalos de boda?

Todo se había convertido en lodo; el pueblo de Frampol, saqueado y en ruinas, se había transformado en un pantano; y sus habitantes, salpicados de cieno, despojados de sus ropas, en seres monstruosos. Por un momento, olvidando su dolor, no podían evitar reírse los unos de los otros. Las cabelleras de las muchachas se habían enmarañado y en ellas había murciélagos enredados. Si a los jóvenes se les había encanecido el pelo y arrugado la piel, los más viejos se habían vuelto amarillos como cadáveres. El anciano que había muerto yacía en el suelo.

Teñido de rojo por la vergüenza, salió el sol en el horizonte.

—Rasguémonos las vestiduras en señal de duelo —gritó un hombre, pero sus palabras solo provocaron la risa, ya que todos habían quedado desnudos.

—Estamos todas condenadas, hermanas —se lamentó una mujer.

—Ahoguémonos en el río —chilló una muchacha—. ¿Para qué seguir viviendo?

—Ahorquémonos con nuestros fajines —exclamó uno de los estudiantes de yeshive.

—Hermanos, estamos perdidos. Blasfememos de Dios —dijo un tratante de caballos.

—¿Habéis perdido la razón, judíos? —gritó el rabí Oizer—. Arrepentíos antes de que sea demasiado tarde. Caísteis en la trampa del diablo, pero la culpa es mía. Que el pecado recaiga sobre mí. Yo soy el culpable. Yo seré vuestro chivo expiatorio y vosotros quedaréis limpios de pecado y culpa.

—¡Eso es una locura! —protestó uno de los estudiosos de la Torá—. ¡No quiera Dios que pesen tantos pecados sobre su santa cabeza!

—No te preocupes por eso. Mis hombros son anchos. Debí haber mostrado más previsión. He estado ciego al no darme cuenta de que el médico de Cracovia era el Maligno. Y cuando el pastor es ciego, el rebaño se descarría. Soy yo el que merece los castigos, las maldiciones.

—Rebbe, ¿qué haremos? Nos hemos quedado sin hogares, sin nuestra ropa de cama, sin nada. ¡Ay de nosotros, de nuestros cuerpos y de nuestras almas!

—¡Nuestros bebés! —gritaron las jóvenes mujeres casadas—. ¡Corramos a buscarlos!

Pero esas criaturas fueron las verdaderas víctimas de la pasión por el oro que indujo a los habitantes de Frampol a transgredir la Ley. Sus cunas se habían incendiado y los pequeños huesos aparecieron calcinados. Las madres se agacharon a recoger pequeños pies, manos, cráneos. Los lamentos y los llantos se prolongaron largo tiempo, pero ¿cuánto puede plañir un pueblo entero? El sepulturero reunió los huesos y los llevó al cementerio. La mitad de los vecinos se dispuso a guardar los siete días de luto según prescribe la Ley. Todo el pueblo hizo ayuno, ya que no había alimentos en ningún lugar.

La compasión de los judíos, sin embargo, es bien conocida, y cuando la noticia de lo sucedido llegó al vecino pueblo de Yanev, sus habitantes recaudaron ropa de cama y, en general, pan, queso, vajillas y lo enviaron todo a Frampol. Los madereros llevaron troncos para la construcción. Un hombre rico ofreció créditos. El mismo día siguiente comenzó la reconstrucción del pueblo. A pesar de la prohibición de trabajar durante los siete días de luto, el rabino Oizer decretó que ese era un caso excepcional: la vida de las personas corría peligro. Milagrosamente, el tiempo se mantuvo suave; no nevó. Nunca antes había conocido Frampol tanta dedicación. Los vecinos construían y rezaban, mezclaban la cal y la arena y recitaban salmos. Las mujeres trabajaban codo a codo con los hombres, y las muchachas, olvidando sus remilgos, echaban una mano. También ayudaron los estudiosos de la Torá y los notables del pueblo. Los campesinos de las aldeas de los alrededores, al conocer la catástrofe, acogieron en sus hogares a ancianos y enfermos. También ellos llevaron al pueblo leña, patatas, cabezas de repollo, cebollas y otros alimentos.

Los sacerdotes y obispos de Lublin, al enterarse de unos acontecimientos que hacían pensar en brujería, viajaron a Frampol con objeto de interrogar a los testigos. Mientras el escriba iba anotando los nombres de los habitantes del pueblo, estos de pronto se acordaron de Hodl, la hija de Lippe el trapero. Sin embargo, cuando acudieron al lugar donde se hallaba su choza, encontraron la colina cubierta de hierbajos y zarzas, y un silencio solo interrumpido por el graznido de los cuervos y el maullido de los gatos. No había indicio alguno de que seres humanos hubieran morado allí alguna vez.

En ese momento comprendieron que Hodl era realmente Lilit y que el huésped de los infiernos se había presentado en Frampol a causa de ella. Tras sus investigaciones, los clérigos de Lublin, atónitos ante lo que habían visto y oído, regresaron a sus casas. Unos días más tarde, en vísperas de un shabbat, el rabino Oizer falleció. El pueblo entero asistió al entierro y el predicador de la sinagoga pronunció el panegírico.

Pasado algún tiempo, un nuevo rabino ocupó su puesto en la comunidad y un pueblo renovado se alzó. Los ancianos murieron, los montículos del cementerio se allanaron y las lápidas poco a poco se hundieron en la tierra. La historia, no obstante, firmada por testigos fidedignos y manuscrita sobre pergamino, aún puede leerse en la crónica del pueblo.

Los acontecimientos que en dicha crónica se describen produjeron su epílogo: la codicia por el oro había sido ahogada en Frampol; nunca más volvió a despertar. De generación en generación, sus habitantes siempre continuaron siendo pobres. Una moneda de oro era abominación en Frampol; incluso la moneda de plata era vista con recelo. Cada vez que un zapatero o un sastre exigía por su trabajo un precio demasiado elevado, le decían: «Puedes acudir al caballero de Cracovia y él te dará jarrones llenos de oro».

En el sepulcro del rabino Oizer, en el mausoleo, llamea permanentemente una vela. Una paloma blanca se deja ver a menudo sobre el tejado: es el santo espíritu de rabí Oizer.


1. Libro de los Salmos 90, 17. (N. de los t.)

ALEGRÍA

I

El rebbe Beinish de Komarov, tras haber enterrado a su tercer hijo, Búnem, dejó de rezar por sus hijos enfermos. Solo le quedaban vivos un hijo y dos hijas, y todos ellos escupían sangre. La esposa del rabino irrumpía con frecuencia en la soledad de su estudio y le gritaba:

—¿Por qué callas? ¿Por qué no remueves cielo y tierra? —Y cerrando los puños se lamentaba—: ¿De qué sirven tus conocimientos, tus oraciones, los méritos de tus antepasados, tus ayunos prolongados? ¿Qué tiene contra ti el Dios de los cielos? ¿Por qué razón ha de derramar toda su ira contra ti?

En su desesperación, cierto día agarró un libro sagrado y lo arrojó al suelo. Sin pronunciar palabra, el rebbe Beinish lo recogió. Su invariable respuesta era: «¡Déjame en paz!».

Aunque el rebbe no había cumplido aún los cincuenta años, su barba, tan rala que se le podía contar los pelos, se había vuelto blanca como la de un anciano. Su estirado cuerpo se había encorvado. Sus severos ojos negros miraban más allá de las personas. Ya no escribía comentarios sobre la Torá, ni encabezaba la mesa de shabbat. Llevaba semanas sin aparecer por la sala de estudio. Sus fieles seguidores seguían viajando desde otros pueblos para visitarlo, pero se veían obligados a regresar sin que se les permitiera ni siquiera saludarlo. Detrás de su puerta cerrada con llave, se aislaba sentado en silencio; un silencio preñado de significado. Sus numerosos seguidores, los más humildes, se fueron dispersando gradualmente entre otros rebbes. Solo quedaron junto a él los que pertenecían a su círculo más íntimo, los viejos jasidim*, los más sabios. Cuando falleció Rebeca, su benjamina, el rebbe ni siquiera acompañó la carroza funeraria. Ordenó a Avigdor, el encargado de la sinagoga, que cerrara los postigos de las ventanas y así quedaron desde entonces. Por un hueco en forma de corazón que había en los postigos, penetraba la escasa luz que le permitía ojear los libros. Ya no recitaba los textos en voz alta; simplemente pasaba las páginas, abría al azar el libro en cualquier lugar y luego en otro mientras su mirada, con un ojo cerrado y expresión ausente, quedaba fija más allá de las páginas y de las paredes. Mojaba la pluma en el tintero, acercaba a él una hoja de papel, pero no era capaz de escribir. Llenaba una pipa y no llegaba a encenderla. Le llevaban a su estudio el desayuno y la cena, pero luego ninguna señal indicaba que lo hubiera probado. Semanas, meses, transcurrieron de este modo.

Cierto día de verano, el rebbe se presentó en la sala de estudio. En ese momento había allí varios muchachos y jóvenes enfrascados en sus textos sagrados, además de un par de asiduos ancianos que meditaban. Dado el largo tiempo que había durado la ausencia del rebbe, todos se asustaron al verlo. Él dio un paso en una dirección, y luego retrocedió para preguntar:

—¿Dónde está Abraham Moishe, de Borisov?

—En el albergue —respondió un joven que aún no había perdido el habla.

—¿Le pedirías que viniera a verme, por favor?

—Lo haré, rebbe —dijo el joven, y se dirigió enseguida al albergue.

Mientras tanto, el rebbe se acercó a las estanterías y sacó un libro al azar. Ojeó una página y volvió a colocarlo en su sitio. Con la bata desabrochada, su largo tsitsit*, sus pantalones cortos y calcetines blancos, el sombrero echado hacia atrás, los tirabuzones despeinados y el ceño fruncido, el rebbe no se movía. Era tal la quietud en la casa de estudio, que se podía oír el goteo del agua en el pilón y el zumbido de las moscas en torno a los candelabros. El viejo reloj de pared, de largas cadenas y una esfera con dibujos de granadas, chirrió y dio las campanadas de las tres. Por las ventanas abiertas asomaban los árboles frutales del huerto y penetraba el gorjeo de los pájaros. Las minúsculas partículas de polvo, que ya no eran materia pero tampoco aún espíritu, formaban columnas inclinadas en las que se reflejaban, vibrando, los colores del arcoíris. El rebbe hizo señas a un muchacho, que tras acabar los estudios en el jéder comenzaba a leer el Talmud por sí mismo.

—¿Cómo te llamas, eh?

—Moishe.

—¿Qué es lo que estás estudiando?

—El primer tratado.

—¿Qué capítulo?

—Shor shenagaj et hapará.

—¿Cómo traduces eso?

—El toro que embistió a la vaca.

El rebbe, que calzaba zapatillas, dio una patada en el suelo.

—¿Y por qué embistió el toro a la vaca? ¿Qué le había hecho la vaca?

—Los toros no razonan.

—Pero quien creó al toro sí es capaz de razonar.

El muchacho no supo cómo responder a eso. El rebbe le pellizcó en la mejilla.

—Está bien, vuelve a tus estudios —le dijo, y regresó a su habitación.

Reb Abraham Moishe se presentó a él poco después. Era de baja estatura y rostro juvenil, con barba y tirabuzones canosos, un gabán que rozaba el suelo y un grueso fajín color verde musgo. A menudo fumaba una larga pipa que le llegaba hasta las rodillas. Se cubría la cabeza con un sombrero alto encima del yármulke. Sus excentricidades eran de sobra conocidas. Recitaba la oración de la mañana por la tarde, y la oración de la tarde mucho tiempo después de que los demás regresaran de los rezos de la noche. Entonaba salmos en plena fiesta de Purim, y durante la solemne oración del Kol Nidré en el Día de Expiación, dormía. En la noche del Pésaj*, cuando todos celebraban la cena pascual, él se dedicaba a estudiar el comentario sobre el tratado talmúdico de Daños y Compensaciones. Se rumoreaba que en una ocasión, en la cantina del albergue había ganado una partida de ajedrez a un general y que este lo premió con una licencia para vender bebidas alcohólicas. La encargada del negocio era su esposa; él, por su parte, pasaba más tiempo en Komarov que en su casa. Decía que vivir en Komarov era como estar al pie del monte Sinaí; el mismo aire te purificaba. En tono más jocoso comentaba que en Komarov no había necesidad de estudiar; bastaba con holgazanear en un banco de la casa de estudio e inhalar la Torá al respirar. Los jasidim sabían que el rebbe tenía en gran estima a reb Abraham Moishe; debatía con él sobre la doctrina esotérica y valoraba su opinión. Reb Abraham Moishe se sentaba siempre en la cabecera de la mesa de estudio. Ahora bien, cada vez que iba a ver al rebbe, se acicalaba como si fuera un joven. Se lavaba las manos, se abrochaba el gabán, se rizaba los tirabuzones y se peinaba la barba con la mano. Al entrar hacía una gran reverencia, como se entra en el hogar de un hombre santo.

El rebbe no había mandado llamarlo desde la muerte de Rebeca; era por sí mismo un síntoma de la profundidad de su dolor. En esta ocasión, al llegar a la casa, reb Abraham Moishe no accedió a ella como de costumbre, apenas deslizando los pies, sino con gran brío, casi corriendo. Ante la puerta de la habitación, sin embargo, se detuvo un momento, se palpó la gorra y el pecho, se secó la frente con el pañuelo y solo entonces avanzó con pasos medidos. El rebbe había abierto el postigo de una de las ventanas y estaba sentado, fumando una pipa, en el sillón de orejas con brazos de marfil. Sobre la mesa había un vaso de té, lleno a medias, y un panecillo. Al parecer, el rebbe se sentía repuesto.

—Rebbe, estoy aquí —dijo reb Abraham Moishe.

—Ya lo veo. Siéntate.

—Gracias.

El rebbe guardó silencio durante un rato. Apoyando una mano, estrecha y de delgados dedos, en el borde de la mesa, fijaba la mirada en sus pulcras uñas. De pronto, dijo:

—Abraham Moishe, la cosa va mal.

—¿Qué es lo que va mal?

—Va peor de lo que piensas.

—¿Qué puede ser peor? —preguntó Abraham Moishe con ironía.

—Abraham Moishe, los ateos tienen razón. No existe ni justicia ni juez.

Reb Abraham Moishe estaba acostumbrado a las duras palabras del rebbe. En Komarov, ni siquiera el Señor del universo se salvaba. Pero rebelarse es una cosa y negar la existencia de Dios otra muy distinta. Abraham Moishe palideció. Las rodillas le temblaban.

—Entonces, ¿quién gobierna el mundo, rebbe?

—No está gobernado.

—¿Quién, entonces?

—¡Es una completa mentira!

—¡Vamos, vamos…!

—Un montón de estiércol…

—¿De dónde llegó el estiércol?

—En el principio fue el estiércol.

Reb Abraham Moishe se quedó helado. Deseaba hablar pero los argumentos se le detenían en la garganta. «Bien, es su dolor el que habla», pensó. No obstante, le extrañaba. Si Job fue capaz de soportar el dolor, también debería serlo el rebbe.

—Entonces, ¿qué debemos hacer, rebbe? —preguntó Abraham Moishe, con voz ronca.

—Debemos rendir culto a los ídolos.

Abraham Moishe se agarró al borde de la mesa para no caerse.

—¿Qué ídolos? —preguntó. Todo su ser pareció tensarse.

El rebbe soltó una breve risa.

—No tengas miedo; no voy a enviarte a ver al sacerdote. Digamos que los herejes tienen razón. ¿Cuál es la diferencia entonces entre Téraj y Abraham? Que cada uno de ellos adoró a un ídolo diferente. Téraj era corto de entendimiento e inventó un dios de barro. Abraham inventó un Creador. Puesto a inventar hay que saber inventar. Incluso una mentira debe contener algo de verdad.

—Lo que está usted diciendo es simplemente una broma —tartamudeó Abraham Moishe. Sentía el paladar seco y la garganta contraída.

—Vamos, ¡deja de temblar! ¡Siéntate!

Reb Abraham Moishe tomó asiento. El rebbe se levantó de su sillón y fue hacia la ventana, donde permaneció largo rato mirando al vacío. Luego se dirigió al armario de los libros. El armario olía a vino y a las velas utilizadas para la salida del shabbat. Había en él además una cajita de especias, otra para guardar la toronja del Succot y un candelabro de Janucá. El rebbe sacó de un estante el libro del Zohar, lo abrió al azar, examinó atentamente la página, meneó la cabeza y relamiéndose los labios exclamó:

—¡Una buena invención! ¡Muy buena!

II

De día en día era mayor el número de jasidim que abandonaban la casa de estudio. Apenas quedaban diez varones los sábados para completar el quórum necesario. Salvo Avigdor, los demás encargados de la sinagoga se habían marchado. A la esposa del rebbe, la soledad se le hacía insoportable y decidió realizar una visita prolongada a su hermano, el rebbe de Biala. Solo reb Abraham Moishe se quedó en Komarov, salvo un shabbat de cada mes, que lo pasaba en su pueblo natal con la familia. Tenía su propio razonamiento: «Si uno no debe abandonar a un hombre cuando su cuerpo enferma, con más motivo no debe dejársele solo cuando es su alma la que enferma». Si el rebbe, líbrenos Dios, estuviera cometiendo una transgresión, cualquier relación con él resultaría prohibida; pero en realidad, su devoción se había hecho ahora más fuerte que nunca. Rezaba, estudiaba y frecuentaba el baño ritual. Cumplía con tal fervor el precepto de la caridad, que vendió sus más preciadas posesiones —el candelabro de plata, la gran menorá* de Janucá, su reloj de oro, la bandeja del Pésaj— con el fin de donar lo recaudado a los pobres. Cuando reb Abraham Moishe le reprochaba que estaba dilapidando su patrimonio, el rebbe respondía: «Los pobres sí existen. Esto es algo de lo que podemos estar seguros».

Finalizó el verano y llegó el mes de Elul*. Todos los días hábiles, Avigdor, el encargado de la sinagoga, hacía sonar el shofar en la casa de estudio. El pueblo de Komarov, a lo largo de ese mes, solía siempre rebosar de visitantes; no había suficientes camas en las posadas y los jóvenes dormían en almacenes, en establos y en áticos. Aquel año, sin embargo, la calma se apoderó Komarov. En los albergues, los postigos se mantenían cerrados. En el patio del rebbe, la hierba crecía libremente, pues no era pisada por nadie. En el aire flotaban las telarañas. Las manzanas, las peras y ciruelas maduraban en los árboles, pues ya no quedaban muchachos que recogieran los frutos. El trino de los pájaros parecía más sonoro que nunca. En la tierra se multiplicaban los montículos que formaban los topos. A ciertos arbustos les retoñaban bayas de una variedad venenosa. En una ocasión, en su camino al baño ritual, el rebbe arrancó una de ellas. «Si una cosa como esta puede convertirle a uno en cadáver —pensó—, ¿qué es un cadáver?» La olió y la tiró. «Si todo depende de una baya, todos nuestros asuntos no son más que bayas.» Cuando entró en la casa de baños, exclamó en voz alta: «Bien, demonios, ¿dónde estáis? —Sus palabras le fueron rebotadas por el eco—. Al menos, que haya duendes». Se sentó en el banco, se desvistió, se quitó el tsitsit y lo examinó. «Flecos, hilos y nudos, y nada más…»

El agua estaba fría, pero a él no le importaba. «¿Quién siente el frío? Y si uno lo siente, ¿qué importancia tiene?» La fría temperatura le cortaba el aliento y le hacía aferrarse a la barandilla. Finalmente se sumergió y aguantó largo rato bajo el agua. En su fuero interno, alguien se reía. «Mientras respiras, debes seguir respirando.» Salió del agua, se secó y se vistió, y de vuelta en su estudio abrió un libro de la Cábala, Las dos tablas de la Ley. Allí estaba escrito: «El rigor de la Ley debe ser atenuado a fin de privar a Satanás de su alimento». «Vale, ¿y si todo es un cuento de hadas, qué?» El rebbe entrecerró un ojo mientras miraba fijamente con el otro. «¿El sol? Cierras los ojos y no hay sol. ¿Los pájaros? Te taponas las orejas y no hay pájaros. ¿El dolor? Tragas una baya silvestre y desaparece el dolor. ¿Qué queda entonces? Nada de nada. El pasado ya no existe y el futuro aún no ha llegado. La conclusión es que no existe nada, más allá del presente. Muy bien; si es así, realmente no tenemos de qué preocuparnos.»

No más de treinta jasidim se reunieron en Komarov para la fiesta de Rosh Hashaná*. Aunque el rebbe se presentó en el servicio religioso con su túnica y envuelto en el taled, resultaba imposible saber si rezaba o no, pues guardó silencio. Terminado el servicio, los jasidim se sentaron a la mesa, pero la silla del rebbe quedó vacía. Un anciano entonó un breve cántico que los demás acompañaron con voz ronca. Reb Abraham Moishe pronunció una disertación, en la cual solo repitió los comentarios sobre la Torá que el rebbe había formulado veinte años atrás. A Dios gracias el rebbe seguía vivo, aunque a efectos prácticos ya hubiese muerto.

Avigdor llevó a la habitación del rebbe una botella de vino, manzanas con miel, la cabeza de una carpa, dos jales* y un cuarto de pollo con zanahorias guisadas, además de una rodaja de piña para que recitara la bendición por la primera fruta del año. No obstante, ya había anochecido y el rebbe aún no había tocado ningún alimento. Durante todo el mes de Elul había ayunado. Tenía la sensación de que su cuerpo se había ahuecado. El hambre le roía en algún lugar del estómago, pero era un hambre que no le concernía. «¿Qué tenía que ver él, Beinish de Komarov, con las ganas de comer? ¿Era obligatorio sucumbir a los deseos del cuerpo? Si se le opone resistencia ¿qué hará? ¿Se morirá? ¡Que se muera, si es lo que quiere! Por mi parte, eso me satisface.» Una mosca, de color verde dorado, entró volando por la ventana desde el otro lado de la cortina y se posó sobre el vidrioso ojo de la carpa. El rebbe le murmuró: «Bueno, ¿a qué esperas? Come…».

Sentado en su viejo sillón, con los brazos apoyados, medio despierto y medio adormecido, sumido en pensamientos de los que no era consciente, despojado de cualquier asunto externo a él, súbitamente se le apareció su hija menor, Rebeca. Había pasado a través de la puerta cerrada y allí estaba, en pie, erguida, pálida, con el cabello recogido en dos trenzas. Llevaba puesto su mejor vestido, con bordados de oro, y tenía un libro de oraciones en una mano y un pañuelo en la otra. El rebbe, olvidando que ella ya había muerto, la miró como sorprendido. «Mira, ya es una muchacha crecida. ¿Cómo es que aún no ha llegado a ser una novia?» Un extraordinario aire de nobleza bañaba las facciones de Rebeca; su aspecto era como si acabara de salir de una enfermedad. Las perlas de su collar brillaban con luz sobrenatural, con la aureola de los Días Solemnes. Miraba al rebbe con expresión de modestia y de amor.

—Felices fiestas, padre.

—Felices fiestas, feliz año —respondió el rebbe.

—Padre, bendiga usted la mesa en este día.

—¿Cómo dices? Por supuesto, por supuesto.

—Únase a los invitados que esperan a la mesa, padre —insistió, en tono mitad autoritario, mitad implorante.

Un gélido escalofrío recorrió la espalda del rebbe. «¡Pero si está muerta!» De inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas y se levantó de un salto, como queriendo correr hacia ella. Al trasluz de sus lágrimas, la imagen de su hija se deformaba, se alargaba hasta hacerse parcialmente borrosa, pero continuaba delante de él. Aún divisaba el cierre de plata de su libro de oraciones y el encaje de su pañuelo; también la trenza izquierda atada con una cinta blanca. Su rostro, sin embargo, como tapado por un velo, se convirtió en una mancha. Al rebbe se le entrecortó la voz:

—Hija mía, ¿sigues aquí?

—Sí, padre.

—¿Por qué has venido?

—Para buscarte.

—¿Cuándo?

—Después de las fiestas.

Pareció retirarse. La bruma que la envolvía comenzó a girar vertiginosamente sobre sí misma y la imagen perdió sustancia, aunque el vestido continuó arrastrándose por el suelo formando pliegues y ondas, como una cola dorada de la que emanaba un extraño resplandor. Pronto también esto se disolvió y nada quedó, más que una sensación de prodigio, un sabor sobrenatural, un toque de alegría celestial. El rebbe no lloró, pero unas gotas luminosas habían caído sobre su blanca bata de seda bordada con flores y hojas. Sintió una fragancia a mirto, a especias de clavo y de azafrán. Tenía en la boca una sensación de empalago, como después de haber comido mazapán.

Recordó lo que había dicho Rebeca. Se puso el sombrero de piel, se levantó y abrió la puerta que comunicaba con la sala de estudio. Ya era la hora de las oraciones de la tarde, pero los ancianos aún no habían abandonado la mesa. Al ver al rebbe todos se pusieron en pie.

—Felices fiestas, amigos míos —saludó el rebbe con voz jovial.

—Felices fiestas, rebbe.

—Avigdor, deseo bendecir la mesa.

—Estoy listo, rebbe.

Avigdor escanció el vino y el rebbe canturreó el kiddush* con una alegre melodía festiva. Luego se lavó las manos, pronunció la correspondiente bendición y seguidamente la de agradecimiento por el pan. Después de tomar un poco de caldo, disertó con un comentario sobre la Torá, algo que no había hecho desde hacía años. Lo hizo en voz baja, aunque se le oía. Trató el tema de por qué la luna está oculta en Rosh Hashaná: «La respuesta es que en Rosh Hashaná suplicamos a Dios seguir con vida, y la vida significa libre albedrío. Ahora bien, la libertad es un misterio. Si uno conociera la verdad, ¿cómo podría existir la libertad? Si el infierno y el paraíso se encontrasen en mitad de la plaza del mercado, todos seríamos santos. De todas las bendiciones otorgadas al hombre, la más grande reside en el hecho de que la faz de Dios está oculta al hombre para siempre. Los hombres son hijos del Ser Supremo, y el Todopoderoso juega al escondite con ellos. Oculta su rostro y sus hijos lo buscan, mientras mantienen la fe en que Él existe. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando, no lo quiera Dios, uno pierde la fe? El hombre malvado vive en las negaciones, y las negaciones son de por sí también muestras de fe, de fe en la maldad, y de ellas es posible extraer fuerza para el cuerpo. Pero ¿y si es un hombre justo el que pierde la fe? La verdad se le revela y él es recuperado. Este es el sentido simbólico del versículo: “Cuando un hombre muere, cobijado bajo una tienda…”.1 Cuando el hombre justo cae de su rango y queda, como el malvado, sin un cobijo permanente, entonces relumbra una luz desde arriba y todas las dudas cesan…».

La voz del rebbe se fue haciendo poco a poco más débil. Los ancianos se inclinaban hacia él intentando captar sus palabras. El silencio en la sala de estudio era tal que se podía oír el titilar de las velas. Reb Abraham Moishe palideció. Captó el significado escondido detrás de todo aquello. Una vez terminada la fiesta de Rosh Hashaná, envió algunas cartas que había escrito esa misma noche, a costa de mantenerse despierto hasta el alba. Gracias a ello, la esposa del rebbe regresó de Biala y en los días siguientes, para la celebración del Yom Kippur*, llegaron numerosos los jasidim. El rebbe volvió a ser el mismo de antes. Durante la fiesta de Succot pronunció el comentario de la Torá en su succá* y la noche de Hoshaná Rabá* estuvo rezando en compañía de sus seguidores hasta el amanecer. El día de Simjat Torá, el rebbe no cesó de bailar en torno al púlpito con los rollos de la Ley en los brazos. Los jasidim comentaron más tarde que incluso en tiempos de su predecesor en el cargo, de bendita memoria, nunca Komarov había celebrado la fiesta con tanta alegría y fervor. El rebbe habló personalmente con cada uno de ellos, les preguntó por sus familias y rezó con especial atención para que se cumpliera la petición de cada uno. Ayudó a los muchachos a decorar la succá con farolas, cintas y racimos de uvas. Con sus propias manos preparó el lulav*, atando entre sí las ramas de palma, mirto y sauce. A los niños que llegaban con sus padres, les pellizcaba en la mejilla y les repartía galletas. En esos días, de acuerdo con la costumbre, el rebbe rezaba en solitario hasta muy tarde por la noche, lo que no impidió que el día siguiente a la fiesta asistiera al primer oficio de la mañana en la sala de estudio. Después del servicio religioso, pidió un vaso de café. Reb Abraham Moishe, junto con un corro de jóvenes, permaneció a su lado observándolo. Entre sorbos, el rebbe daba caladas a su pipa y les dijo: «Quiero que sepáis que el mundo material carece de sustancia».

Después del desayuno, el rebbe rezó la oración de gracias por los alimentos. A continuación, mandó que le prepararan la cama y murmuró algo acerca de su viejo taled. En el instante en que se acostó, comenzó a agonizar. Su rostro se volvió tan amarillo como los flecos de su tsitsit. Los párpados se le cerraron. Cubierta de arrugas, su frente adquirió una extraña apariencia. Literalmente se podía ver cómo la vida se alejaba de él. Su cuerpo se encogió y cambió de aspecto. La esposa del rebbe quiso llamar al médico, pero él le indicó con una señal que no lo hiciera. Abrió los ojos y los giró hacia la puerta. De pie en el umbral, al lado de la mezuzá, los vio a todos ellos: a sus cuatro hijos y sus dos hijas, a su padre, de bendito recuerdo, y a su abuelo. Miraban respetuosamente en su dirección, expectantes, con los brazos tendidos. De cada uno de ellos emanaba una luz diferente. Se inclinaban hacia él, como si una valla invisible les contuviera. «¡De modo que es así como es! —pensó el rebbe—. Bien; ahora todo está claro.» Oyó sollozar a su esposa y quiso consolarla, pero ya no le quedaban fuerzas, ni en la garganta ni en los labios. De pronto, reb Abraham Moishe, como si hubiera adivinado que el rebbe quería decir algo, se inclinó sobre él y le oyó murmurar: «Uno debe mantenerse siempre alegre».

Esas fueron sus últimas palabras.


1. Números 19, 14. (N. de los t.)

LOS PEQUEÑOS ZAPATEROS

I
LOS ZAPATEROS Y SU ÁRBOL GENEALÓGICO

La saga familiar de los pequeños zapateros se hizo famosa, no solo en Frampol, sino en todo el distrito periférico: en Yanev, Kreshev, Bilgoray e incluso en Zamosc. Abba Shuster, el fundador del linaje, había llegado a Frampol poco después de los pogromos de Chmielnitzki de 1648. Se compró una parcela de terreno en una achaparrada colina, detrás de los puestos de los carniceros, y allí construyó su casa, que se mantuvo en pie hasta justo hace unos días. No es que la casa se mantuviera en buenas condiciones: la cimentación de piedra se había asentado, las pequeñas ventanas se habían alabeado y la cubierta de tejas adquirió un color verde mohoso y estaba plagada de nidos de golondrinas. Además, la puerta se había rehundido en la tierra; las barandillas se habían combado; y en lugar de subir un escalón hasta el umbral, uno se veía obligado a bajar. Aunque la casa sobrevivió los innumerables incendios que devastaron Frampol en sus inicios, las vigas ya estaban tan podridas que en ellas crecían hongos. Cuando en una circuncisión se necesitaba serrín para contener la sangre, no había más que desprender un trozo de madera del muro exterior y frotarlo entre los dedos. La cubierta, tan empinada que los deshollinadores no lograban subirse a ella para el cuidado de la chimenea, se incendiaba frecuentemente a causa de las chispas. Solo por la gracia de Dios la casa no había sufrido un desastre.

El nombre de Abba Shuster quedó registrado sobre pergamino en las crónicas de la comunidad judía de Frampol. Cada año solía fabricar seis pares de zapatos para distribuir entre viudas y huérfanos. En reconocimiento a su filantropía, en la sinagoga, cuando subía a la lectura de la Torá en el estrado, se le apelaba por el título honorífico de Morenu (nuestro maestro, en hebreo).

Su lápida en el viejo cementerio ya se había hundido en el terreno, pero los zapateros que le sucedieron conocían una señal para identificar el sepulcro: estaba al lado de un avellano. Según las viejas comadres, el árbol había brotado de las barbas de reb Abba.

Reb Abba tuvo cinco hijos; todos menos uno se asentaron en los pueblos vecinos. Solo Guetzl se quedó en Frampol. Continuó la costumbre caritativa de su padre de fabricar zapatos para los pobres, y asimismo fue miembro activo de la Jevra Kadisha o Sagrada Hermandad para los entierros.

Las crónicas continúan diciendo que Guetzl tuvo un hijo, Godl; que a este le nació Treitl, y a este último, Guimpl. La maestría de la profesión se transmitió de una generación a otra. En la familia se estableció una estricta norma, según la cual el primogénito estaba obligado a seguir viviendo en la casa, y suceder a su padre en el banco de trabajo.

Todos los zapateros de la saga familiar se parecían entre sí. Eran de pequeña estatura (de ahí el calificativo de «pequeños zapateros»), robustos, de cabello rubio rojizo y trabajadores responsables y honestos. Según decía la gente de Frampol, reb Abba, el que encabezó el linaje, aprendió el oficio de un maestro zapatero de Brod, que le había revelado los secre ...