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DEL GRITO A LA VICTORIA

Gonzalo España  

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Fragmento

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Se estrena el nuevo régimen

El nuevo régimen de gobierno se inaugura en Bogotá bajo una luctuosa noticia. A comienzos de agosto han sido pasados a cuchillo veintiocho patriotas quiteños, algunos de ellos miembros de la depuesta Junta Suprema, que permanecían presos en la cárcel de Quito. Otras ochenta personas han caído asesinadas en las calles en el curso de una confusa batalla por liberarlos. A continuación, la ciudad ha sido saqueada y ultrajada por las tropas realistas que la ocupan, provenientes de Lima y la Nueva Granada.

La noticia de esta carnicería que estremece las almas se recibe en Bogotá en los últimos días de agosto de 1810. La recién instalada junta de gobierno echa un bando general para que se guarde luto por las víctimas de Quito, lo mismo que por las de El Socorro y Pore. Se abre la primera colecta pública para dar apoyo a las viudas y los huérfanos que han dejado estas tragedias.

El pesar se disipa un poco al conocerse en la ciudad la buena nueva del alzamiento de México, llevado a cabo por el cura Hidalgo el 11 de septiembre de 1810. La noticia se recibe con repicar de campanas, desfiles y lanzamiento de cohetes.

El gobierno que reemplaza al de los depuestos virreyes es presidido por el noble y pacífico Jorge Tadeo Lozano, marqués de San Jorge, que ha sido elegido por un consejo electoral como presidente del Estado de Cundinamarca. De Cundinamarca, no de todo el país. Bogotá, inicialmente, no tiene pretensiones de regir sobre Tunja, Cartagena, Popayán o el resto de provincias de la Nueva Granada.

Lo que Tadeo Lozano pone en práctica es lo que dicta el credo republicano: las alcabalas, los estancos y demás tributos coloniales quedan abolidos de un plumazo. Se han fundado periódicos, se ha despachado una embajada que debe llegar hasta el Vaticano, buscando el reconocimiento del papa al nuevo orden de cosas. Los emisarios de esa embajada se detendrán en Boston primero, por ser esta ciudad la cuna de la libertad norteamericana, y porque allí pueden adquirir dos cosas esenciales: imprentas y armas.

No es posible iniciar una nueva vida, crear una patria, convertirse en gente libre y quitarse de encima un vasallaje de trescientos años sin prescindir de los símbolos del viejo poder. Una de las primeras medidas es sacar de la cárcel grande la cama de los tormentos, donde se torturaba a los reos, se les daba torsión y se les dislocaban los huesos, y quemarla en la calle. Las armas del rey, esculpidas en distintos lugares, son rotas a martillo. Los estudiantes del colegio San Bartolomé, junto con su rector, pican las que están sobre la entrada del claustro y las sustituyen con una imagen de Jesús. En parte, esta es una reivindicación de los jesuitas. El Jesús había estado allí hasta 1767, cuando fueron expulsados. Las autoridades españolas lo cambiaron por las armas del rey, ahora lo del rey cae abajo y vuelve el Jesús, símbolo de la Compañía. En el palacio virreinal, las armas del soberano que adornan la entrada se pican y se sustituyen por un gorro frigio. En otros lugares se reemplazarán por las armas de Cundinamarca, un águila que entre cadenas rotas empuña una granada y una espada.

No es lógico, ni digno, ni seguro, que exista una compañía de soldados españoles, la Chalerda, así se muestren leales, luego esta compañía se disuelve. Sus miembros se incorporan al regimiento de los Nacionales.

Se les quitan las bendiciones a las banderas de España. El reverendo cura Florido, de la orden de San Francisco, inaugura algo muy original cuando le traen las banderas de las compañías patriotas para que les eche el agua bendita, una de las cuales conserva encima las armas del rey. Lanza sobre esta ciertos rezos, ciertos conjuros severos y misteriosos, luego saca de la sotana una navaja que entrega muy solemnemente al brigadier Pey, para que este la rompa a punta de navajazos. Los despojos son entregados al padre Chavarría, provincial de la orden, que los enrolla y los tira con desprecio en una esquina del altar.

Durante los seis primeros meses de gobierno republicano reina en Bogotá una actividad frenética, se erigen cargos y dignidades, se establecen sueldos, se echan bandos y proclamas, se organizan regimientos. Con lo que empieza a costar el tren burocrático, y con lo que se gasta en festejos y desfiles, en toros y quemas de pólvora, las finanzas empiezan a adelgazar.

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