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DEL GRITO A LA VICTORIA

Gonzalo España  

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Fragmento

17
Se estrena el nuevo régimen

El nuevo régimen de gobierno se inaugura en Bogotá bajo una luctuosa noticia. A comienzos de agosto han sido pasados a cuchillo veintiocho patriotas quiteños, algunos de ellos miembros de la depuesta Junta Suprema, que permanecían presos en la cárcel de Quito. Otras ochenta personas han caído asesinadas en las calles en el curso de una confusa batalla por liberarlos. A continuación, la ciudad ha sido saqueada y ultrajada por las tropas realistas que la ocupan, provenientes de Lima y la Nueva Granada.

La noticia de esta carnicería que estremece las almas se recibe en Bogotá en los últimos días de agosto de 1810. La recién instalada junta de gobierno echa un bando general para que se guarde luto por las víctimas de Quito, lo mismo que por las de El Socorro y Pore. Se abre la primera colecta pública para dar apoyo a las viudas y los huérfanos que han dejado estas tragedias.

El pesar se disipa un poco al conocerse en la ciudad la buena nueva del alzamiento de México, llevado a cabo por el cura Hidalgo el 11 de septiembre de 1810. La noticia se recibe con repicar de campanas, desfiles y lanzamiento de cohetes.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El gobierno que reemplaza al de los depuestos virreyes es presidido por el noble y pacífico Jorge Tadeo Lozano, marqués de San Jorge, que ha sido elegido por un consejo electoral como presidente del Estado de Cundinamarca. De Cundinamarca, no de todo el país. Bogotá, inicialmente, no tiene pretensiones de regir sobre Tunja, Cartagena, Popayán o el resto de provincias de la Nueva Granada.

Lo que Tadeo Lozano pone en práctica es lo que dicta el credo republicano: las alcabalas, los estancos y demás tributos coloniales quedan abolidos de un plumazo. Se han fundado periódicos, se ha despachado una embajada que debe llegar hasta el Vaticano, buscando el reconocimiento del papa al nuevo orden de cosas. Los emisarios de esa embajada se detendrán en Boston primero, por ser esta ciudad la cuna de la libertad norteamericana, y porque allí pueden adquirir dos cosas esenciales: imprentas y armas.

No es posible iniciar una nueva vida, crear una patria, convertirse en gente libre y quitarse de encima un vasallaje de trescientos años sin prescindir de los símbolos del viejo poder. Una de las primeras medidas es sacar de la cárcel grande la cama de los tormentos, donde se torturaba a los reos, se les daba torsión y se les dislocaban los huesos, y quemarla en la calle. Las armas del rey, esculpidas en distintos lugares, son rotas a martillo. Los estudiantes del colegio San Bartolomé, junto con su rector, pican las que están sobre la entrada del claustro y las sustituyen con una imagen de Jesús. En parte, esta es una reivindicación de los jesuitas. El Jesús había estado allí hasta 1767, cuando fueron expulsados. Las autoridades españolas lo cambiaron por las armas del rey, ahora lo del rey cae abajo y vuelve el Jesús, símbolo de la Compañía. En el palacio virreinal, las armas del soberano que adornan la entrada se pican y se sustituyen por un gorro frigio. En otros lugares se reemplazarán por las armas de Cundinamarca, un águila que entre cadenas rotas empuña una granada y una espada.

No es lógico, ni digno, ni seguro, que exista una compañía de soldados españoles, la Chalerda, así se muestren leales, luego esta compañía se disuelve. Sus miembros se incorporan al regimiento de los Nacionales.

Se les quitan las bendiciones a las banderas de España. El reverendo cura Florido, de la orden de San Francisco, inaugura algo muy original cuando le traen las banderas de las compañías patriotas para que les eche el agua bendita, una de las cuales conserva encima las armas del rey. Lanza sobre esta ciertos rezos, ciertos conjuros severos y misteriosos, luego saca de la sotana una navaja que entrega muy solemnemente al brigadier Pey, para que este la rompa a punta de navajazos. Los despojos son entregados al padre Chavarría, provincial de la orden, que los enrolla y los tira con desprecio en una esquina del altar.

Durante los seis primeros meses de gobierno republicano reina en Bogotá una actividad frenética, se erigen cargos y dignidades, se establecen sueldos, se echan bandos y proclamas, se organizan regimientos. Con lo que empieza a costar el tren burocrático, y con lo que se gasta en festejos y desfiles, en toros y quemas de pólvora, las finanzas empiezan a adelgazar.

18
La Comisión de Reemplazos

Desde Cádiz, el gobierno de la Regencia toma las cosas de América con atención, pero al mismo tiempo con calma. Primero que todo tiene que atender el incendio de su propio rancho, y no puede olvidar que la casi totalidad del territorio peninsular, incluido Portugal, está invadido por los franceses. En cuanto a los levantamientos de las colonias americanas, si bien traumáticos y masivos, puede esperarse que lleguen a ser como tantas insurrecciones anteriores de indios o de criollos, que fueron finalmente dominadas.

Por lo pronto, lo que el Consejo de Regencia tiene para ofrecer a los americanos es que participen en las Cortes de Cádiz, donde ya empieza a discutirse la nueva forma de gobierno que regirá el imperio. Sus reclamos y peticiones serán escuchados aquí, como los de los mismos españoles, que también tienen muchas cosas para reclamar. A todos tratará de dárseles satisfacción.

Todo eso está bien, pero hay algo que no da espera, y es enviar refuerzos militares a los amigos que resisten. Por eso este mismo año de 1811 se crea la Comisión de Reemplazos, entidad que debe definir los lugares de América más necesitados de ayuda y ver la forma de enviarles tropas de refuerzo. Por lo pronto, serán las mismas colonias las que brinden apoyo, moviendo efectivos de un lugar a otro. De Puerto Rico parten ciento cincuenta infantes de marina hacia Coro, en Venezuela. Con ellos va el capitán de fragata Domingo Monteverde, de quien pronto se escuchará hablar en forma elocuente.

El primer refuerzo enviado directamente desde la Península parte en noviembre de 1811. Se trata del tercer regimiento del Batallón de León, con apenas noventa hombres. Van dirigidos a Montevideo, que se mantiene fiel a la Regencia frente a la rebelde Buenos Aires. En los meses siguientes se despachará a la misma ciudad el primer Batallón de Albuera, con seiscientos efectivos. Por desgracia, en el curso del viaje uno de los transportes naufragará y se perderán cuatrocientos soldados. Los seguirán otros cien hombres de la Compañía de Voluntarios de Madrid. Más tarde partirá un segundo Batallón de Albuera destinado a Santa Marta, bastión realista en la Nueva Granada.

A México, que se debate en grandes dificultades debido a la pujanza del cura Hidalgo, pasarán a lo largo de 1811 y 1812 algo más de cinco mil hombres, pertenecientes, entre otros, a los batallones Lobera, Fernando VII, Tiradores de Castilla y Zamora. Todos entran por el puerto de Veracruz.

Las remesas continuarán fluyendo. Para 1814 ya habrán pasado a América aproximadamente doce mil efectivos. En lo fundamental, se trata de tropas bisoñas, reclutadas y entrenadas a la carrera, ya que las veteranas hacen frente a Napoleón. Como fuera, la experiencia militar adquirida en España tampoco les será demasiado útil en los escenarios americanos, donde se lucha en condiciones muy distintas.

Lo importante es que las tropas que van pasando adquieran veteranía sobre el terreno. Su misión principal, aparte de batir la mayor cantidad posible de insurgentes y recuperar ciudades y territorios, es desdoblarse y reproducirse en unidades mayores, a partir de soldados nativos. Muchos soldados nativos, muchos indios leales al rey, muchos negros obedientes, todo lo que sea posible sumar para contener la desobediencia.

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Se inicia la diplomacia republicana

Muy contento se ha puesto el pueblo bogotano al saber que Caracas aplaude nuestra revolución. Al correo que ha entregado los pliegos dirigidos por Jorge Tadeo Lozano a la junta de esa ciudad, anunciándole el éxito de nuestro 20 de julio, le han regalado cien pesos fuertes y una hermosa espada. Los caraqueños no hallan cómo celebrarlo: iluminan su capital, disparan salvas nutridas, echan a volar las campanas. De inmediato nos envían un primer emisario, el canónigo Madarriaga, un hombre decisivo en el triunfo de su revolución.

Para atender la visita de este plenipotenciario no se ahorran solemnidades, a su recibimiento asisten todos los empleados oficiales y personas ilustres de Bogotá. El primer día se le sirve un refresco de cuatrocientos pesos, al segundo una comida que cuesta mil. Enseguida un gran baile, con mucha música y aparato, según anota el sastre Caballero en su diario.

En las reuniones privadas con Madarriaga se discuten muchas cosas, y una de ellas es dar solidez a los nuevos gobiernos escribiendo constituciones. El abogado Camilo Torres le informa que trabaja febrilmente en la redacción de un acta federativa que permita la unión de todas las provincias de la Nueva Granada, a imitación de la Constitución de los Estados Unidos.

Otra cosa que les advierte Madarriaga es que la ciudad de Popayán tiene que ser liberada, so pena de que las tropas de Quito, Pasto y Lima penetren por allí y sofoquen Bogotá. Camilo Torres y Francisco José de Caldas son de la misma opinión, anhelo reforzado en sus almas por la mezcla de indignación y nostalgia que les produce contemplar su ciudad natal en manos de los realistas. Jorge Tadeo Lozano informa con mucho sigilo al canónigo que un plan militar está en marcha para liberar Popayán.

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De Nariño nadie se acuerda

Durante seis meses ha reinado en Bogotá una actividad frenética, se han elegido cargos y dignidades, se han establecido sueldos, se han echado bandos y proclamas, se han fundado periódicos, se han soltado los presos, se han organizado regimientos. Sin embargo, en todo este tiempo, nadie se ha acordado de Antonio Nariño, preso en Cartagena.

Doña Magdalena Ortega, su esposa, enferma, atribulada y en la ruina porque el virrey Amar confiscó todos los bienes del criollo, solicita discretamente ayuda para enviarle algún dinero y hacer posible su regreso. Un poco a regañadientes, las autoridades le aflojan cuatrocientos pesos de lo confiscado al virrey.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1810, Nariño asoma en Bogotá. Se le ve lastimado y enfermo, no se detiene a saludar. Solo deja saber que la mula que monta la obtuvo al fiado en Honda, pues no tenía cómo pagar el flete. Por vergüenza con él, el primer congreso de la república, que se instala por esos días, lo nombra su secretario. Nariño no asume protagonismo, no muestra apetencia de nada, no participa, pero pide que le repongan su perdido patrimonio familiar de cuenta de las pertenencias del virrey Amar y Borbón. Le solicitan que precise el monto y declara que son 11.714 pesos y 2½ reales.

El reclamo va a parar a los escritorios de los jueces. Al virrey Amar, en efecto, le ha sido confiscada una fortuna, pero nadie sabe dónde está.

O mejor, sí se sabe dónde. Está convertida en humo de pajas, porque ha sido gastada en sueldos, desfiles, pólvora y corridas de toros.

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Se funde la primera campana

Dos territorios estratégicos han quedado en manos de los partidarios del rey luego de la revolución. Uno es Santa Marta, que no solo se niega a reconocer a la Junta Soberana de Bogotá, sino que además entra en guerra con Cartagena. Pierre Labatut, un militar francés de la escuela de Napoleón, comisionado por esta ciudad para reducir a Santa Marta a la obediencia, muerde el polvo. La derrota se la propina el cacique de Mamatoco, un hombre octogenario llamado Antonio Núñez, que apoya con sus bravos indios a los samarios. Como sea, esta es una guerra demasiado lejana para inquietar seriamente a Bogotá.

Otro caso es el de Popayán, cabeza de playa del virrey del Perú en territorio neogranadino. Allí manda Miguel Tacón, militar realista que ha contribuido de muchas formas a la derrota de los patriotas de Quito. Antes de que finalice 1810 se decide castigarlo y se envía desde Bogotá una columna de ciento cincuenta fusileros, al mando del brigadier Antonio Baraya, quien lleva un tren de cañones, dieciséis artilleros y suficientes pertrechos de guerra y provisiones. Por el camino se le irán sumando efectivos aportados por Cali, Neiva y La Plata.

Avisado de lo que se aproxima, el gobernador Tacón hace descolgar en Popayán la campana grande del convento de San Francisco y fundir con ella un poderoso cañón. Tal vez esta sea la primera campana fundida en el territorio colombiano con ese fin. Las iglesias acabarán muy desmanteladas en el curso de la guerra que se inicia en toda Hispanoamérica.

La batalla entre Baraya y Tacón tiene lugar el 28 de marzo de 1811, en el sitio conocido como el Bajo Palacé, a orillas del Cauca. El realista huye derrotado, deja sesenta muertos y gran parte de sus armas y pertrechos, entre ellos el famoso cañón elaborado con el bronce de la campana. Esta es la primera victoria de las armas republicanas.

La noticia se recibe en Bogotá con infinito alborozo.

Capítulo II
ANTONIO NARIÑO Y ÁLVAREZ

EL PAÍS SOÑADO Y ESTRELLADO

1
Las joyas de la matrona

Los hombres que asumieron el poder en 1810 se enfrentaron a la ardua tarea de inventar un país. Tenían cierta noción de cómo hacerlo, habían recibido una educación ilustrada, conocían las ideas de los filósofos revolucionarios, tenían en el bolsillo la Constitución que los recién emancipados colonos de los Estados Unidos habían redactado para reemplazar al rey. Pero a la hora de poner en práctica estas enseñanzas encontraron las cosas mucho más complicadas de lo que imaginaron. El mayor problema de todos consistió en que los habitantes de las provincias se lanzaron a combatirse unos a otros. Los grandes jefes de la revolución, como Torres y Nariño, no pudieron sustraerse a esta vorágine, el antiguo territorio de la Nueva Granada se tornó ingobernable, se generó una división absurda, se generalizó el caos y en el curso de los cinco años siguientes no se hizo otra cosa que reñir, disputar y guerrear, y ya no fue posible construir el país soñado.

El primer síntoma de aquella malsana división asomó cuando el gobierno independiente de Cartagena rechazó el gesto de que la junta de gobierno de Bogotá se hubiera dado el título de “Suprema”. Esto se interpretó como el deseo de la capital de continuar siendo el centro del poder, a la manera del gobierno virreinal recién derrocado. A cambio de esto los próceres cartageneros, que venían expresando su vehemente posición federalista en El Argos Americano, uno de cuyos redactores era el letrado José Fernández Madrid, propusieron “establecer desde ahora un gobierno perfecto y federal en que se hallen divididos los tres poderes, pues sin esta división no puede existir la libertad”.

En adelante, Cartagena se negó a admitir la más mínima iniciativa bogotana. El coronel José María Moledo, comandante del Regimiento Auxiliar de la capital, que había sido designado para hacerse cargo del Regimiento Fijo acantonado en esa plaza fuerte, fue rechazado. Otras regiones procedieron en igual forma: Cali no reconoció a Bogotá, Antioquia tampoco.

Camilo Torres encontró el reclamo adecuado y entró en contacto con los cartageneros, pues esta era su misma idea. “La capital no intenta prescribir reglas a las provincias, ni se ha erigido en superior de ellas; que ninguna provincia de este reino se separe, que todas vengan a darse el ósculo fraternal”, rezaban las misivas de la Junta Suprema de Bogotá despachadas por aquellos días.

Pero las provincias no procedieron como Bogotá cuando sus ciudades subalternas pretendieron la misma autonomía que reclamaban a la capital, y el ejemplo más tremendo de esta conducta lo escribió la misma Cartagena tan pronto Mompox se declaró independiente de ella.

Mompox era una rica ciudad, centro de prósperos comerciantes y familias acaudaladas, algunas distinguidas con títulos nobiliarios. Durante toda la Colonia, en su puerto se había hecho aduana al oro que salía a través del río Cauca. Por allí circulaba igualmente todo el comercio entre el interior del país y la costa Atlántica. Haciendo eco al impulso general que estremecía el virreinato, sus habitantes crearon el 6 de agosto de 1810 una junta de gobierno, y esta proclamó unos días después el derecho de Mompox a ser ciudad libre y soberana. De inmediato, los cartageneros le exigieron deponer semejante pretensión y proclamar obediencia absoluta. Los mompoxinos guardaron silencio; les dieron un ultimátum, no hubo respuesta; cumplido el plazo, Cartagena les declaró la guerra y en los primeros días de enero de 1811 envió contra ellos una flota de chalupas artilladas, que bombardearon las defensas de la ciudad.

La batalla vivió momentos dramáticos. Luego de tres días de lucha contra los cuatrocientos soldados del regimiento Pie Fijo, enviados por Cartagena para someter a sangre y fuego la ciudad, los cañones de los defensores se quedaron sin munición. En medio del desespero, la matrona Petronila Germán de Ribón tomó sus joyas, las envolvió en un talego y las envió para que con ellas se cargaran los cañones y se ametrallara a los atacantes.

Las joyas de la matrona no salvaron a Mompox de caer, aunque algunos de los atacantes murieron acribillados a punta de zafiros, topacios y perlas. Tras ocupa ...