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DONDE NADIE ME ESPERE

Piedad Bonnett  

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Fragmento

1

Cuando sentí que alguien me daba golpecitos en el hombro, abrí los ojos. Debía tenerlos llenos de miedo o de hostilidad o de rabia, porque el hombre que estaba en cuclillas se echó bruscamente hacia atrás, levantó su mano como para defenderse y luego se irguió. Mi mirada registró borrosamente un par de zapatos gastados y se ancló en ellos por un momento mientras mi cabeza llamaba desesperadamente a la conciencia. Traté de recordar dónde estaba, sintiendo que venían poco a poco a mis oídos los sonidos del mundo: primero el alboroto de la calle, el ruido de pasos y motores, el sonsonete de la lambada de un carro que retrocedía y luego el ronroneo de mi pecho, su silbido, su cascabeleo de culebra. Allí estaban otra vez, como prueba de que seguía vivo, el dolor en el tobillo, la tirantez de la piel del empeine, la cabeza embotada, la palpitación del ojo.

Mi mirada trepó con dificultad y se detuvo en los botones desproporcionados de un suéter beige. Entonces putié en voz baja: tal vez me había quedado dormido en la puerta de algún tendero que no demoraría en darme una patada en las costillas. Volví a cerrar los ojos, pero enseguida los abrí sobresaltado, seguro de que finalmente habían dado conmigo. Traté de sentarme, aterrado, sintiendo que cientos de agujas se me clavaban en las axilas, pero no pude moverme: yo era un muñeco de tela que habían rellenado de plomo. Fue entonces cuando oí mi nombre. Una, dos veces, mi lejanísimo nombre. Otro dentro de mí levantó la cabeza, se incorporó lentamente sobre el codo derecho. La luz acuosa de la mañana me hizo cerrar los ojos. El hombre del suéter beige volvió a acuclillarse y se presentó a sí mismo, en voz muy baja, como si le hablara a un enfermo grave, a un moribundo, cosa que de alguna forma yo era.

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Aurelio.

Una burbuja enorme estalló en mi cerebro. Aurelio.

Sentí deseos de huir, de pegar, de salir gritando malparidos todos déjenme en paz. Pero no hice nada de eso. Me senté, afiebrado, tiritando como un convaleciente de tifo, y como tratando de protegerme del frío abracé mis rodillas y, con la cabeza baja, permanecí en silencio.

¿Aurelio?

Levántate y anda. Eso decía la voz, aunque no de ese modo.

Oí que me preguntaba si estaba bien. ¿Cómo contesté a esa pregunta estúpida? ¿Acaso riéndome a carcajadas o con la ironía de un hombre humillado? ¿Me deshice en maldiciones, escupí? No. Pero por primera vez me atreví a mirar a aquel hombre a los ojos. Había en ellos una mezcla de conmiseración, de bondad y de espanto. Oí que me invitaba a tomar un café. Su voz sonaba tembleque y tenía la respiración agitada. Quise contestar algo, pero mi lengua, seca y pesada, se resistía. Trastabillé al querer levantarme y caí una, dos veces. Aurelio no me ayudó a incorporarme.

Una vez en pie lo seguí como un perro, arrastrando mi pie adolorido, todavía con la visión un poco borrosa. Nos acercamos a la terraza de una cafetería. El mesero llegó dispuesto a espantarme de allí, pero Aurelio lo detuvo con un gesto, mientras corría una silla para que yo me sentara. Sin preguntarme qué quería pidió dos cafés. El mesero me lanzó una mirada desdeñosa, dio media vuelta y se fue. Aurelio lo llamó de nuevo y añadió: y tráiganos dos pandeyucas.

Durante un rato ninguno habló, de modo que aquello parecía una escena de teatro, tal vez una versión moderna del Rey Lear en la que yo hacía del pobrecito Tom. Mientras bebía mi café noté que Aurelio me miraba las manos. Mucho tiempo buscándote, dijo, como hablando para sí mismo. Añadió algunas otras frases, pocas. Agradecí que no hubiera en ellas ni sentimentalismo ni grandilocuencia. Cuando terminamos de comer sacó un paquete de cigarrillos. Me ofreció uno, como si aquel fuera el plácido reencuentro de dos viejos amigos.

Su esfuerzo me resultó patético y me sacó una sonrisa irónica. La posibilidad de un cigarrillo, sin embargo, destapó a medias la parte de mi cerebro que permanecía embotada. Aunque había empezado a sentir náuseas, estiré mi brazo para tomar uno, y fue entonces cuando noté que los dos estábamos temblando. Vi cómo el fósforo se acercaba al cigarrillo, cómo este se encendía y salía el humo. Y oí que Aurelio me preguntaba por la herida del ojo, por la frente, por mi cojera. Mentí con pocas palabras. Por su tono de voz comprendí que tenía miedo de que el greñudo que tenía enfrente, el malandro de ojos alucinados y boca hinchada, saliera corriendo y se perdiera de nuevo, esta vez para siempre. En voz muy baja, como la de un padre que despierta a su hijo con delicadeza, me hizo la propuesta. Entonces, de repente, como si el café milagrosamente hubiera encendido en mi cabeza la chispa de una lucidez hace mucho perdida, se me reveló la mañana en toda su claridad y tuve conciencia de los bordes de mi cuerpo y del pasado y del porvenir. Comprendí que me había rendido.

Odio los hospitales, pero lo primero que pensé fue que allá nadie me encontraría. Luego empecé a fantasear con caldos calientes, con sábanas recién planchadas, con un inodoro que recibiera limpiamente todas mis porquerías y entonces me entregué con docilidad a la voluntad de Aurelio.

En un despacho minúsculo, las enfermeras, que me recibieron con caras impasibles, me hicieron preguntas que no supe o no quise contestar. Aurelio llenaba algunos de los vacíos, trataba de explicar lo que yo no lograba. Después, un enfermero de bata azul y tapabocas, con los brazos cubiertos de vellos oscuros y rizados, me condujo en una silla de ruedas por pasillos y jardines que se multiplicaban, hasta una especie de celda monacal. Aurelio me seguía, acompañado de una médica joven, de pelo rojo muy corto, un noble ser andrógino. Los ojos de los pacientes y de los médicos se clavaron en mí con curiosidad fría o indolencia pasmada. Yo aceptaba sus miradas con una sonrisa impúdica, como la de un asesino sin arrepentimientos. Me pasaron una pijama color arena, jabón, una toalla, y frente al enfermero, que no se despegaba de mí, me di una ducha, la primera de agua caliente que me daba en muchos meses. Por la rejilla del baño veía el cielo y un árbol con las hojitas en movimiento. Al salir, el reflejo del cristal de la ventana me reveló a un hombre que ya no recordaba, de piel cuarteada y pelo de erizo, que me miraba con una mezcla de dureza y asombro. Mucho después entró un médico que me examinó las manos, los dedos de uñas quebradas, la lengua, la dentadura, los reflejos de mis rodillas, mi iris, mi esclerótica, mis párpados, la herida del empeine que se abría como la boca de un pez y dejaba asomar una materia blancuzca y pegotuda. La piel se veía lisa y brillante en el punto más hinchado y luego pasaba del verde al amarillo y al violeta, en círculos concéntricos.

En una bolsa de basura metieron el saco de paño, mis dos camisetas y mis dos suéteres, el pantalón lleno de sangre antigua, apelmazada. Les pedí que no botaran los tenis porque les tenía cariño.

Agua hubo siempre, o casi siempre. Una canilla en la parte de atrás de un granero. Una quebradita donde meter los pies ampollados, donde recoger su frescura entre las manos en cuenco y arrimar la cara, echarla en el cuello donde la mugre va creando una costra parda. En últimas la lluvia. Levantar la cara como bendiciendo al cielo por acordarse de uno, aunque luego la ropa se pegue a la piel y quede como cartón cuando se seca. Pero jabón es otra cosa. Jabón casi nunca. A ratos las manos pedían jabón a gritos. El pelo suplicaba por jabón. También el cuerpo, la piel rasposa, el cuero cabelludo donde van naciendo forúnculos. Todo rasca en un cuerpo al que el jabón lo ha olvidado. Por eso, cuando había, la espuma era una fiesta, un lujo que se disolvía bellamente entre burbujas.

Fue la mancha lo que permitió que te reconociera, me dijo meses después Aurelio.

En mi infancia era más oscura, casi color vino, pero en la adolescencia fue palideciendo hasta quedar reducida a un malva pálido difuminado como una acuarela o una aguada.

No recuerdo cuándo tuve conciencia de que la tenía. Me veo o me sueño frente al espejo, de cuatro o cinco años. Paso una mano extrañada por la superficie de la mejilla derecha, tan lisa y suave como la izquierda, pero donde flotaba, como un pequeño mapa de un país inexistente, esa mancha color tinta de fríjol. Mucho más tarde internet me reveló que esa mácula tenía un nombre hermoso: mancha de vino de Oporto o nevo flamígero. No recuerdo que me molestara, ni que me hiciera sentir feo ni extraño ni risible. Debí aceptarla sin más, como se aceptan la estatura o el tono de voz. Y sólo recordaba que la tenía cuando veía que unos ojos se detenían en mi cara más de la cuenta.

Aurelio no mencionó mis manos, pero ellas también debieron ratificarle que aquel ser esperpéntico, de ojos alucinados y piel cuarteada, era el hijo de su amigo. No las mencionó, compasivamente, me imagino, para no hacer un énfasis innecesario en lo monstruoso.

El cuarto del hospital, con su despojamiento y sus paredes grumosas pintadas de verde menta, me recordó el salón de clase de mi primer año de colegio y me produjo un malestar indefinible. Y es que siempre me afectaron los espacios. En cuestión de segundos pueden modificar mi estado de ánimo, volverme sombrío. Yo tenía seis años y le dije a mi mamá que no quería volver. Cuando me preguntó por qué, le dije que era oscuro, pero no porque lo fuera, sino porque esa era la sensación que había dentro de mí. El techo era bajito, el piso de caucho con vetas de distintos grises, los vidrios esmerilados y las paredes pintadas en un vinilo que recordaba la textura del chicle que escupíamos y pegábamos debajo del pupitre cuando el profesor miraba para otro lado. La suma de aquellos elementos intrínsecamente inofensivos creaba una atmósfera difícil de definir y desencadenaba en mí un terrible desasosiego. Ni siquiera la pequeña biblioteca donde se apilaban, coloridos, los libros para niños, lograba atenuar el malestar que me causaba aquel lugar.

Mi primera reacción fue la de examinar por dónde podría huir de aquel cuarto de hospital en el que ya sabía que iban encerrarme. No parecía fácil porque una malla de alambre protegía la ventana. Pero como las sábanas se veían frescas y tirantes, mi ansiedad inicial se disolvió en cinismo. Además, me repetí, allí estaría protegido por unas semanas: nadie podría entrar a un sitio como ese sin tener que sortear varias barreras. La pelirroja me hizo otra vez toda clase de preguntas y fue consignando mis respuestas en unas formas alargadas que sostenía sobre una tablilla. Esta vez contesté todo con una sinceridad tan ridícula que me asombré yo mismo.

El escote de la médica —días después supe que era la jefe de enfermeras— dejaba ver un pecho lechoso, lleno de pecas grandes y desordenadas. Eran casi manchas, un verdadero mapa con bahías y penínsulas que me remitió a un recuerdo antiguo e inaprehensible.

Ya aquello me lo sabía: tres semanas de aislamiento, como mínimo, sin pisar la calle, sin visitas, sin llamadas telefónicas. Me lo anunció esa misma noche una enfermera con una sonrisa socarrona. Me encogí de hombros. ¡Como si yo tuviera a quién llamar, o a alguien que quisiera visitarme!

Al día siguiente Aurelio volvió con un maletín cargado de cosas y desapareció, porque así lo decía el reglamento. Después de meses de indigencia aquel menaje parecía un despropósito, una borrachera de lujos que incluía chocolates, camisas, calzoncillos, libros y medias. Y cigarrillos. Muchos cigarrillos. Los chocolates me los confiscaron, tal vez porque un adicto también puede matarse a punta de sacarosa. Los cigarrillos no, porque ellos saben que en el humo los internos exhalamos nuestras penas.

Me habría gozado aquel tiempo de encierro si no fuera porque el insomnio volvió a joderme. La naltrexona, dijeron. Ya se me pasaría. Y pasó. Pero no fue gracioso despertarme durante semanas a las dos horas de haberme dormido, en aquel lugar donde otros insomnes como yo rondaban como almas en pena, y donde había cámaras y espejos vigilantes, y rejas, sobre todo rejas. Claro que en el día los médicos hacían su tarea. Podrá, repetían. Es cuestión de tiempo. Y de ocupar esa maldita cabeza. De trabajar en equipo. De reunirse en grupo a oír el sermón del fanático de la Biblia. Y el llanto del que quemó todos los cedetés de la familia en un ataque de locura, del que odia a su madre y le dio una tunda que la mandó al hospital, del que se arrojó por la ventana de su cuarto y apenas si se rompió las piernas. Las historias del adicto al jarabe para la tos.

Como siempre, supe camuflarme con una habilidad pasmosa. Sonreír. Fingir que creía en los doce pasos, en los que no puedo creer porque todos están colgados de la mano de dios, y yo soy el único dios que conozco. Un dios de arcilla. Hice carteleras. Sembré cebollas. Subí seis kilos en cuatro meses, porque los medicamentos nos desatan el hambre. Y tres veces a la semana entré al consultorio de Andrade, un hombre de hombros anchos y cara cuadrada, que siempre va vestido de sport, con ropa fina. Más que un médico parece uno de esos actores de cine de edad madura que enloquecen a las mujeres. Cuando habla, unas goticas de saliva se le acumulan en las comisuras. Aurelio lo llama Luis, porque lo conoce desde sus tiempos universitarios.

Eres soberbio, me dijo Andrade.

Y no le dije que la soberbia siempre había sido para mí apenas una pobre forma de supervivencia.

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