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DRESDE

Sinclair McKay  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

LA CIUDAD EN EL TIEMPO

 

 

 

 

Junto al muro del palacio, a la sombra de la catedral católica, el ocaso invernal puede producir un efecto llamativo. Al echar un vistazo alrededor, aún hoy es posible pasar un momento fugaz en soledad. En el triángulo de adoquines y piedra esculpida —la Schlossplatz, delante de los grandes arcos que llevan al patio del palacio, con la flecha de la iglesia recortada nítida y alta contra un cielo de amatista— el tiempo puede soltar suavemente las riendas.

Con algunos conocimientos de historia del arte, uno puede imaginarse a comienzos del siglo XIX, como una figura inmóvil en un cuadro del pintor romántico Caspar David Friedrich, que vivió en Dresde y pintó sus cúpulas y campanarios bañados en una luz color limón. Puede retrotraerse aún más: habitar un ricamente detallado Bellotto. En el siglo XVIII, también este pintor se sintió atraído por la elegancia arquitectónica de la ciudad, con las amplias plazas de los mercados y las bellas proporciones de las casas y los edificios cívicos. Si uno se demora un poco, oirá la misma música que oyeron esos artistas: las campanadas de la catedral. Tañen con insistencia y clamor, así como con una nota más profunda y resonante que recuerda a la cólera.

Y es esa cuasidiscordancia la que convoca espontáneamente el pasado reciente y terrible. Muchas de las personas que se detienen o pasean por la zona no pueden evitar imaginar, siquiera un momento, el grave zumbido de los aviones en las alturas, el cielo iluminado por bengalas marcadoras verdes y rojas, y luego el rugido de las llamas al ascender aún más en la catedral destripada.

Esas visiones no se limitan a este sitio particular. A unos pocos metros de la plaza se halla la elegante explanada que mira al río Elba y sus curiosas márgenes anchas. Ahora como entonces, las aceras de piedra se extienden frente a la Academia de Bellas Artes, coronada por una cúpula de cristal reluciente. Al igual que ante la catedral, al andar por allí uno se sumerge en dos corrientes temporales distintas; se encuentra en el presente, contemplando el valle curvo del Elba, y al mismo tiempo divisa en el frío cielo nocturno cientos de bombarderos que irrumpen desde el oeste. Se imagina entre una multitud aterrorizada que trata de escapar del intenso calor de las llamas dirigiéndose como por instinto al río. He ahí la verdad macabra de Dresde: toda visión de belleza comporta la conciencia fugaz de una violencia terrible. Todos los que visitan la ciudad experimentan esa dislocación momentánea. Sería erróneo hablar de inquietud; la sensación no tiene nada de espectral. Pero hay una acusada crueldad en la yuxtaposición de la arquitectura de ensueño y el conocimiento de lo que subyace a ella. Y, por supuesto, la ilusión se basa en otra ilusión: buena parte de la arquitectura de ensueño que vemos hoy fue destruida por la catástrofe.

No debería ser posible ver la misma ciudad que esbozó con notable ingenio el pintor expresionista Conrad Felixmüller en la década de 1920; ni echar un vistazo a la piedra y el cristal con que se cruzaba Margot Hille —aprendiz de diecisiete años en una cervecería en el oeste de la ciudad— al volver a casa del trabajo durante la guerra, en la primera mitad de la década de 1940; ni representarse el acomodado mundo burgués de comienzos de siglo que frecuentaban el doctor Albert Fromme, los Isakowitz y Georg y Marielein Erler: los restaurantes de bien, la ópera, las galerías exquisitas. No debería ser posible admirar nada de eso porque, en solo una noche, el 13 de febrero de 1945, a escasas semanas del final de la guerra, 796 bombarderos sobrevolaron la plaza y la ciudad y, en palabras de un joven superviviente, «abrieron las puertas del infierno». En esa única noche infernal, se estima que perdieron la vida unas veinticinco mil personas.

Dresde ha sido reconstruida poco a poco, no sin dificultades ni contratiempos. La restauración minuciosamente detallada se alió con un perceptivo paisajismo moderno, de manera que los nuevos edificios construidos en las plazas de los mercados no saltasen de inmediato a la vista. Pero lo extraño es que, a pesar de la milagrosa reconstrucción, de algún modo aún pueden verse las ruinas.

En el caso de la Frauenkirche, la iglesia barroca del siglo XVIII que preside la plaza del Neumarkt, el efecto es deliberado: se pretende hacer visible cómo la piedra clara que se usó en la restauración y que se erige hacia el cielo contrasta con la mampostería original renegrida, cuyos muñones destrozados fueron casi lo único que quedó en pie tras el paso de los pilotos del Mando de Bombardeo y, al día siguiente, la Octava Fuerza Aérea de Estados Unidos.

La ciudad es hoy en día una especie de tótem dedicado a la indecencia de la guerra total: como Hiroshima y Nagasaki, Dresde es un nombre asociado a la aniquilación. El hecho de haber estado situada en lo más profundo de la Alemania nazi y de haber sido de las primeras y más entusiastas al adoptar las políticas más nauseabundas del nacionalsocialismo le añade nudos morales de una extraordinaria complejidad.

Durante décadas, con diversos grados de cólera, contrición, dolor y trauma, se ha debatido y analizado la crudeza de la moral —así como la falta de moral— de la ciudad y su destrucción. Esos debates siguen formando parte del paisaje. En Dresde, el pasado está en el presente, y todo el mundo tiene que andar con cuidado por las capas del tiempo y la memoria.

Otro nudo de dificultad atañe al pasado más reciente de la ciudad: después de la guerra, Dresde se incorporó a la República Democrática Alemana, que se hallaba bajo el control de la Unión Soviética. Esta tomó el mando de la historia en un sentido literal, y los soviéticos ordenaron construir en el centro de la ciudad nuevas edificaciones que supuestamente tenían que apuntar al futuro. En medio de las oleadas de celebraciones que saludaron la reunificación alemana a lo largo y ancho del continente en 1990, hubo personas —y sigue habiéndolas— que lamentaron con total sinceridad la caída del Gobierno de Alemania Oriental.

Uno de los ciudadanos más célebres de Dresde, el profesor Victor Klemperer —de los poquísimos judíos que siguieron en la ciudad después de que deportasen a la gran mayoría a campos de exterminio—, comentó al final de la guerra que Dresde era un «estuche rococó»; y esa es una de las principales razones de que la tormenta de fuego recibiera tanta atención. A buen seguro, otros pueblos y ciudades alemanes sufrieron pérdidas proporcionalmente mayores; Pforzheim, al oeste, fue atacada pocas semanas después, y el porcentaje de la población que murió en pocos minutos fue más alto aún que el extraordinario número de víctimas en Dresde.

Y hubo tormentas de fuego anteriores: en 1943, llovieron toneladas de bombas incendiarias sobre las casas y los edificios de madera de Hamburgo; se desataron incendios, estallaron ventanas y se vinieron abajo los techos. Los pilotos que surcaban el cielo anaranjado vieron pasmados cómo las llamas se aunaban en las callejuelas estrechas, formando una caldera cada vez más enorme que empezaba a alterar los elementos: faltaba el aire, se alzaban vientos huracanados de un calor abrasador y quienes simplemente no morían quemados o calcinados se asfixiaban, mientras el fuego les perforaba los pulmones con cada bocanada inútil.

Se bombardearon Colonia, Frankfurt, Bremen, Mannheim, Lubeca y también otras ciudades. En muchas de ellas, además de un total de víctimas inimaginable, hubo enormes pérdidas arquitectónicas: los palacios, óperas e iglesias que habían conformado una idea abstracta de la civilización europea.

A diferencia de otras ciudades del oeste del país, Dresde se encuentra cerca de las fronteras polaca y checa, a unos ciento cincuenta kilómetros de Praga, y ya entonces destacaba en la imaginación mundial. Desde hacía tiempo, le daban fama sus exquisitas colecciones de arte, la colorida historia de Sajonia y el acogedor paisaje en torno a sus bellas iglesias barrocas, catedrales y callejuelas. Entonces, como ahora, la ciudad parecía existir por su cuenta, sumergida en el valle del río Elba, rodeada de suaves colinas que se iban empinando hasta formar en la lejanía montañas boscosas. Johann Gottfried Herder la llamó la «Florencia alemana», haciendo paralelismos admirables entre las dos ciudades, y el nombre dio lugar al aún más usado de «Florencia del Elba».

Pero la ciudad asimismo tenía fama de no ser una mera curiosidad. Dresde nunca fue un simple estuche rococó; también adquirió renombre por el estupendo vigor de su vida artística, gracias a las increíbles innovaciones de sus pintores, compositores y escritores. Albergó a algunos de los primeros modernistas; y muchos arquitectos visionarios, con nuevas ideas sobre comunidades perfectas, se sintieron atraídos por Dresde. Además, la música parecía formar parte de la composición química de sus calles. Y sigue siendo así: por las tardes, en el casco antiguo se pueden oír músicos callejeros clásicos y los ecos de los coros de la catedral. Esos mismos ecos se oían hace decenios.

En vista de todo lo anterior, la historia de Dresde —su destrucción y resurrección— nos obliga a hacernos una serie casi shakespeariana de preguntas terribles a nivel ético. Si reconocemos los sufrimientos que padecieron aquella noche y en los años subsiguientes millares de personas —niños, mujeres, refugiados, ancianos—, ¿minimizamos los crímenes atroces que se habían cometido a su alrededor desde la llegada al poder del Partido Nazi? Si ahondamos en las historias individuales, ¿nos arriesgamos a fetichizar una ciudad hermosa, cuando otras aldeas, poblaciones y ciudades de toda Europa fueron tratadas de manera incluso más brutal?

También está la cuestión de cómo considerar a los cientos de pilotos que sobrevolaron la ciudad y arrojaron bombas de fuego sobre su blanco. Aquellos jóvenes exhaustos, vacíos, helados y muertos de miedo, que llegaban al amargo final de un largo conflicto en el que habían visto a muchos de sus amigos estallar en el aire, siguieron las órdenes de sus comandantes, ni más ni menos. Los tripulantes de los aviones —británicos, estadounidenses, canadienses y australianos, entre otros— pilotaban, calculaban trayectorias, apuntaban armas a los cazas enemigos, yacían boca abajo en los compartimentos de las bombas, hablaban por intercomunicadores y se aferraban a amuletos de la suerte, como un gorro de tela, calcetines especiales o incluso el sujetador de una novia. Un sujetador tenía un poder talismánico mayor que un crucifijo. Esos hombres contemplaban en la oscuridad los incendios que ardían centenares de metros abajo, pero seguían arrojando bombas incendiarias, a sabiendas de que, en el momento menos pensado, también ellos podían arder y morir calcinados. ¿Cómo harían esos jóvenes para defenderse de las acusaciones posteriores de que ellos —y el mariscal del aire británico, Arthur Harris, a quien apodaban «el Carnicero»— habían participado en crímenes de guerra?

Aunque el presente libro es en parte una narración sobre el poder armado, esta no puede concebirse puramente en términos de historia militar. Antes bien, deberíamos intentar ahondar en la catástrofe, siempre que sea posible, a través de los ojos de quienes la vivieron en tierra y en el aire, de quienes tomaron decisiones y quienes no tuvieron capacidad de acción. Porque se trata de una tragedia con repercusiones que fueron mucho más allá de la guerra. Además de los miles de vidas que se extinguieron aquella noche, se hicieron añicos una cultura y una memoria. Y aquel horror nocturno sigue siendo una cuestión política muy tensa en la actualidad: hay que tener muchísimo cuidado para no dar apoyo o pábulo a quienes intentan explotar hoy en día a los muertos de entonces. La conmemoración es de por sí un campo de batalla; hay gente de extrema derecha, en el este de Alemania y en otras partes, que trata de explotar continuamente la idea de que los nativos civiles de la Alemania nazi también fueron víctimas de atrocidades. Agravan sus argumentos con descabelladas teorías conspirativas acerca del motivo del bombardeo. Se les oponen ciudadanos que comprenden que no puede permitírsele a esa gente apropiarse de los acontecimientos de aquella noche para sus propios fines. El pasado debe protegerse.

Tal vez una de las maneras de hacerlo sea simplemente escuchar las voces de quienes estuvieron presentes. Estudiar las vidas de quienes nacieron en Dresde mucho antes de que las tinieblas se cerniesen sobre la ciudad; las de sus hijos, nacidos en esas tinieblas; las de quienes padecieron el terror ilimitado de aquella noche, y las de quienes tuvieron que descubrir un modo de reconstruir la vida cotidiana durante los años dislocados que vinieron a continuación.

En los últimos años, ha habido una colaboración asaz conmovedora entre las autoridades de la ciudad moderna y los voluntarios de la Dresden Trust, organización británica destinada a ayudar a Dresde en su reconstrucción y que viene colaborando de man

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