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EL AñO DEL SOL NEGRO

Daniel Ferreira  

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Fragmento

LA CIUDAD QUE OLÍA A TEJADOS CALIENTES

Pronto vendría la noche, cuando cualquiera puede ocultarse. Es una ciudad blanca, asediada por la erosión. Manzanas en cuadrícula demarcadas por postes de palma de macana que sostienen los hilos de telégrafo donde otean palomas pardas, y calles rectilíneas empedradas con arcaduz al centro por las que corren las aguas llovidas. Trescientas casas de paredes resplandecientes que huelen a tejados calientes y que miran la meseta de la que se retiró el mar un día.

Me voy. Cruzaré esa montaña y me uniré a la cuadrilla de Rosario Díaz.

Moriré lejos de este sitio, sin que nadie sepa mi nombre.

El hombre se llama como su padrastro.

No le gustaba ese nombre.

ÚLTIMA BERLINA

Vas camino a las afueras de la pequeña ciudad, a bordo de una calesa descapotada. El caballo saraviado la tira cojitranco. La última berlina que verás en la vida, aunque no lo sepas; la última berlina que conducirás para un patrón, dispuesto a devolverla hoy a sus dueños, gente rica, del otro lado de las cercas de piedra que termiteros de peones anónimos han ordenado una sobre otra desollándose los dedos, reventándose las uñas con pesados machucones, baldados con hernias que inflamaron los testículos y escaldaron las verijas, ¿y todo para qué?¿Qué provecho sacaron de trabajar como mulas?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Vivieron cansados.

Murieron exánimes.

Trabajaron para los bolsefierros: Ricos, godos y tacaños, piensa.

¿Cómo se ponen de acuerdo las hormigas?

CABALLOS ACORRALADOS

Al caballo lo llamas Don Emilio, y se deja guiar de tu mano, y sabes que te extrañará cuando esté encerrado en el establo durante días sin que nadie lo saque y se encabrite de desesperación y relinche y dé coces y vueltas y revueltas y abra los ojos con desmesura como si anticipara una catástrofe. Y tú también lo extrañarás, porque cuando un hombre pasa mucho tiempo aislado puede sentirse igual que un caballo.

Tú, que no extrañas a nadie, ahora crees que extrañarás a un pobre caballo escuálido alimentado con guayabas y verde grama. Todos los piones del mundo extrañan a sus amos, so penco, supones.

La esclavitud es también una costumbre.

¿Por eso extrañará su jornal de esclavo?

Y la paga de agonía.

Y extrañará el plato de mazamorra culpable que debía devorar casi a escondidas en la mesa de la guarnición, tras la cocina de la hacienda junto a los demás obreros, para que la hija y los socios del amo no se avergonzaran de oír los chasquidos, de verlos tragar y sorber y eructar.

LA AVENIDA ENTRE LAS CERCAS DE PIEDRA

El sol de las cuatro era dorado, acariciable y terso como un lulo maduro, y proyectaba ardores y sombras sobre la ciudad tratando de estirarlas hasta hacer que entraran en las casas. La berlina pasó frente a la dentistería, frente a los almacenes de ultramarinos con nombres extranjeros, frente a las barberías, frente a un mercado atestado de piñas anaranjadas, frente a una venta de cerámica con moyas encajadas, frente a un letrero que decía «COMPRO ORO VIEJO», frente a los garitos de licor barato. Más adelante, la calle comercial volteaba al norte por un pasaje de tierra apisonada y amarillenta entre fachadas deshollejadas y tejados de paja, para desplegarse luego en una vasta alameda empedrada con desagüe al centro, rodeada de quintas blanqueadas con cal y separadas por cercas de piedra y adobes entejados. Era la calle más amplia de la ciudad, hecha para que transitaran con comodidad las pocas berlinas que había en esos años, con su cargamento de carne perfumada que vivía en las mansiones.

Avanzas, con el sol sobre el hombro izquierdo. La tarde en tres franjas de ámbar, nacarado y rojo te hiere la mirada. Extrañarás las pesebreras, el olor húmedo y terroso del barro caliente, las cercas de piedra, los abrevaderos entejados, el arco de luz eléctrica, la noria del río, la veleta mecida por el viento, los silos excavados en la tierra para guardar maíz, cebada y trigo, el florecimiento perfumado del naranjal, el color verde insecto del tabaco, el sol indolente que proyecta la sombra del caballo y la berlina que pasan como espectros sobre esa pared que muestra su ropa interior tejida en adobe y argamasas. Eso. Un instante.

¿Qué es lo que te mantiene atado a todo esto?

Todo lo que es hoy desaparecerá mañana.

Todo lo que ves no es lo que parece.

No debes extrañar esto, porque no existe.

Sólo están tú y estos pensamientos que a nadie expresas.

El mundo está vacío, y tú frente a la muerte.

DESPEDIDA EN EL ABREVADERO

La berlina ingresa por el empedrado, pasa junto a los naranjos y se detiene frente al establo. Frenan las ruedas y él desciende a tierra. Esta vez no camina directo a la puerta de la mansión, sino que empieza a quitar los aperos a Don Emilio allí mismo, en el sitio donde al final de cada tarde concluye su jornada de cochero ordinario.

Antes de que venga el patrón a preguntar por qué no acudió a su trabajo, Don Emilio debe estar bañado y pastando junto al abrevadero. Los arneses ordenados y colgados de las grapas.

Toma un balde de madera, lo llena con agua de alberca y baña al animal. Lo cepilla mientras el caballo balancea la cola y hace temblar el cuero para espantar las moscas, y levanta y deja caer un casco, con parsimonia, una y otra vez.

Añorarás sus ollares dilatados que te olfatean cuando lo acaricias y la suavidad aterciopelada de su quijada larga.

Después del baño, llevará al animal enlazado del establo a la sabana y lo dejará libre para que coma.

Don Emilio troncha las ramas de los guayabos a toda carrera hasta detenerse en busca de frutas maduras que triturará con sus belfos suaves. Encuentra una. Muerde. Entonces vuelve el morro y le mira de lejos, sacudiendo la crin.

Animales que perciben el alma.

Adiós, «arrevuar», como decía la hija del patrón antes de volverse loca. Y el caballo relincha y corre más lejos.

Una despedida discreta con la familiaridad del pájaro que salta al lomo de los animales para arrancarles un parásito: la amistad correspondida entre dos amigos que nunca volverán a verse.

Luego el caballo vuelve las ancas y sigue buscando guayabas bajo la hierba.

PALAFRENERO

Entonces el patrón apareció en el establo:

—¿Y tendrá la delicadeza de decir por qué no vino en todo el día, si se puede saber? Lo estuve esperando.

Esquivó la mirada y pensó en las horas muertas que pasó ese día mirando a la gente pasear mientras esperaba a Duque en la cantina de Inés. Le parecía estar viéndolo entrar de pronto con sus saludos a grito herido y su risa estridente y buscarlo con la mirada y luego acercarse y acomodarse en el banco, sólo para que tú le preguntaras si había tenido noticias de Rosario Díaz.

—No se sabe ni mierda —responde Duque, y bebe la copa que le puso la cantinera—. Anoche pasó por Lebrija, pero hoy lo mismo puede estar en el páramo que en el río Chicamocha o entrando en Matanza. ¿Ya renunció?

—No.

—El tiempo de la esclavitud ya pasó, mijo. Dígale eso al viejo sapo hijueputa ese, que le pague de una.

—¿Cuándo salimos? —preguntas.

—Pasado mañana. Pero si le paga ese viejo tacaño, le recomiendo que compre botas o botines, porque iremos a pata pelada.

—¿Y caballo?

—Olvídese del caballo. Nadie los quiere vender. Y lo que necesitamos son armas. Esta guerra no es cosecha de un día. Será larga, como una semana sin carne. Y Rosario Díaz no acepta voluntarios sin arma.

La cantinera resbala un trapo aceitoso sobre la tabla.

Duque calla. Ella pasa frente a los hombres y les ofrece café de una olleta que despide un vaho despacioso.

Duque dice:

—Dos cafeces, mi amor.

La mujer le pica el ojo a Duque, sirve y se aleja para repartir en las mesas.

—¿Y los otros?

—Esa gente nos quedó mal: se patrasiaron.

—Les pudo el miedo.

Pensó en la tarde interminable que había pasado. Pensó en los dedos de Duque que hacían rodar una copa por el canto de la cual salían unos dados de hueso hechos con rótula humana, para jugar a la taba, señal de que estaba impaciente. Pensó en la risa de pájaro de Inés, que hablaba a gritos y coqueteaba con todos los clientes que entraban a su taberna. Pensó en la infinidad de café que bebió mientras esperaba y en el párpado que le pestañeaba sin poderlo controlar.

Entonces le respondió a su patrón:

—Ya no trabajaré más para usted.

El hombre, a quien había servido como un perro faldero durante años, jugó a no comprender:

—Ah, qué verraquera, mijo. ¿Sí vio la hora que es?

Dios no existe, sólo existe este infierno.

—Ya no seré más su pión —dijo.

Era un hombre de cara dura, recio, acostumbrado a lidiar con peones agrios, de puño y blasfemia fácil. Por un momento imaginó que podía decirle la verdad en la cara a su patrón, desquitarse de sus mataduras, de los años que le sirvió descalzo, con las manos ampolladas por el duro trabajo de repellar cercas de adobe con barro y cagajón de burro, cuando tenía ocho años, hasta que encallecieron y lo volvió amansador de caballos en un botalón a los trece y palafrenero de berlina a los quince, y no porque quisiera sino porque su propia hija quiso tener un chofer a su servicio; pensó en decirle que «el tiempo de la esclavitud se acabó» y que «la servidumbre es ahora voluntaria», como le había sugerido Duque que dijera esa tarde en la cantina.

¿Y por qué no lo digo?, era la pregunta que le hacía señales de humo desde sus adentros, al comprender que su pensamiento organizaba todo lo que quería decir, pero que la boca callaba y que las manos ardían y que el calor inesperado hacía silbar sus orejas y que sus palabras parecían más lentas que su pensamiento. Ya sabe, pero se hace el marica.

La verdad es que no tenía interés en defender sus razones. Había esperado aquel instante todo el día, el momento en que iría a renunciar a un trabajo al que llevaba años atado, pero ahora que ocurría, no había explicaciones para dar; simplemente las ideas no se materializaban en palabras.

—Ecolecuá: si quieren apionarse, pues que vivan para siempre peleando como los indios guaches. Vamos al despacho —dijo el viejo Lausen.

Y caminaron a la mansión, uno detrás del otro.

Desde la ventana, la sirvienta miraba.

RETRATO DE ABUELO CON BOCIO

En la pared, el cuadro del bisabuelo Lausen, cotudo, de bigotes largos y cejas de araña y patillas cuajadas. La mesa rectangular de doce puestos en el piso elevado del comedor, y el espejo de cuerpo entero por el que se alcanza a ver la figura escuálida de la sirvienta que aguarda las órdenes del patrón.

Ella está vestida de cofia y delantal. Al sentir que observa su rostro de lejos, la mujer devuelve un gesto de ojos reclamantes. Su mueca en los labios cifra una pregunta sobreentendida entre el silencio: «¿Dónde estaba, majadero? Por su culpa todos pagamos el pato».

Él declina la mirada.

El patrón sólo pide café para los dos sin percatarse del cruce de miradas.

La sirvienta hace una venia y va a la cocina. Los movimientos de ella son bruscos y, una vez lejos de la vista del patrón, mueve las cosas con furor, como si preparara el café de mala gana: hace retumbar los trastes y pocillos, y ese gesto distante es un arrebato de indignación ante el culpable del mal genio que embarga al patrón.

Luego vuelve y hace manifiesta la ira apenas contenida en la forma como sirve el café y lo deja rebozar del pocillo al plato.

—Eh, qué verraca —dice el patrón y extrae un pelo de su pocillo—, mejor deje así y vaya báñese el pelo que lo tiene como un chilcate.

La mujer da la vuelta y se aleja arreglándose los pelos que se salen de la cofia.

—Siga y se sienta y hablamos del asunto.

El patrón busca en un ropero con puertas de espejo, junto a las carabinas, un cofre de madera lacrado con un candado de hierro deslucido. Luego vuelve a la mesa, abre un cuaderno de cuero negro, suma y pregunta:

—Descontemos lo que me debe: una carga de plátanos por los daños que hizo el caballo cuando se le perdió. Un adelanto en moneda de lata que gastó en bebida, según me contaron. Y al menos cinco jornales cuando estuvo enfermo, más el día de hoy, que no apareció.

Le pagaba en monedas de lata que el propio Lausen acuñaba y con las que podía comprar en un granero autorizado por él.

—¿Va a querer el caballo?

—¿Don Emilio?

—Como parte de la paga. Calculo que vale veinte pesos, ya que está viejo, y yo no lo necesito, porque hoy lo matan a uno hasta por robarle el caballo.

Cuando lo ascendió a cochero nunca imaginó que cabalgaba el mismo animal que serviría de instrumento de trabajo y que luego le ofrecerían como pago en especie.

Extrañarás sus belfos, sus ojos negros rodeados de blanco, sus orejas que se movían como si te entendiera.

—No. Y no me pague en hojalata. Necesito la marusa.

El patrón saca cinco monedas de oro y quince billetes de papel moneda del cofre.

El café humea, negro y sin dulce, requemado y ácido, como si lo hubieran mezclado con un escarabajo en polvo y aparte lo hubiesen dejado hervir a propósito. Da dos sorbos y retira el pocillo.

Antes de pagarle, pregunta si está mal.

—¿Mal qué?

—El café.

—No —dice—. Bien.

¿Se lo iría a descontar también?

—Tómeselo, que una guerra sin café no es guerra.

Sorprende en su cara la petición del patrón. Sin pensarlo, alza la mano y bebe el último sorbo. Una gota resbala por su barbilla y se estampa en la camisa pálida. El café está tan caliente que le escalda la garganta.

El patrón, que ya no tiene dientes inferiores, toma el pocillo y su labio inferior se retrae al sentir el pringue.

—¡Cosa tan verraca con estos resabiados!

En medio de los sorbos que da ahora, el patrón pregunta si está seguro de lo que va a hacer.

—Palabra —dice—. Me voy.

—¿Con quién?

Hubiera podido preguntar adónde se va, o por qué renuncia. Pero no.

—¿Con quién?

—Con Rosario Díaz.

—¡Ya sabía! ¡Se dejó aquerenciar!

Y si lo sabe, ¿por qué pregunta?

—¿Sabe qué? Me importa un sieso. El tiempo de rogar se acabó, joven. ¿Usted sabe que si algún día lo veo armado en mi propiedad voy a tener que pegarle un tiro?

O se lo voy a tener que pegar yo.

El abuelo los miraba desde el cuadro en la pared con su bola de carne en el cuello.

Nunca pudo decir las palabras que pensaba.

Pensaba más rápido de lo que hablaba.

No hallaba palabras.

Ni forma de quitarse esa tara.

Su voz estaba ausente.

¿POR QUÉ SÓLO TIENEN CARA Y SELLO?

En un bolsillo tintinean cinco pesos de oro, y en el otro susurran quince pesos de papel moneda. Camina a trancos largos hacia la ciudad. Ante el campaneo de las monedas, un perro se alebresta y advierte que viene un hombre en las primeras casas: aquel que remueve con la mano el bolsillo del pantalón y lanza al aire una coscoja.

La moneda cae entre destellos, polvo y piedra por el canto rayado: sello.

Para espantar al perro que lo acosa con ladridos cada vez más furibundos, simula recoger una piedra del camino. El animal huye, despavorido, y oculta el rabo entre las patas.

Guarda la moneda y entra a la ciudad por la calle de los extranjeros, la remonta y se dirige directo a la cantina de Inés, sobre la plazuela del cuartel.

Una vez dentro, Inés lo busca con la mirada.

La mujer le pica el ojo, sonríe y dice:

—Volvió rápido. ¿Otro café?

Él niega. Pide esta vez un trago de aguardiente. Y hace bailar la moneda sobe el mesón.

ESTANCO DE LICOR PLEBEYO

Es una estancia con seis mesas de taburetes, una barra y una estantería hasta el techo llena de compartimentos con botellas vacías. Al centro hay un zaguán que acaba en escalera y conduce a las habitaciones de alquiler. Inés está cada día más gorda, y cada día usa menos ropa, y cada vez su aliento huele más a las raíces podridas de un florero, pero parece cada vez más feliz y su sonrisa es contagiosa. Se acerca a la barra. Sirve aguardiente barzalero de una botella barrigona.

—Ya salió el boletín —dice Inés en un susurro.

—Véndame uno —también en susurro.

Los hombres a su espalda siguen bebiendo con caras largas y algunos hacen chistes a las mujeres sentadas en el rincón.

Pones cuatro centavos, uno sobre otro, formando una torrecita de Babel sobre la mesa.

Inés sonríe al ver moneda acuñada. Se alegra de que no sean billetes resellados.

—Upa, volvió platudo. ¡Al fin alguien que paga con marusa, caballeros!

Y ahora todos al interior de la cantina voltean a mirar al que está en la barra.

Inés desaparece por el zaguán que conduce a las habitaciones de alquiler y vuelve poco después con un periódico tabloide que dice en el encabezado: «EL BOLETÍN REVOLUCIONARIO».

Lo mira sin leer, repasando apenas los garabatos de la primera página. Deja el periódico sobre la barra y bebe el segundo sorbo de aquel aguardiente cada vez más anisado y fuerte que impregna un regusto a vinagre en la boca y al final deviene en acidez y arcadas.

Arruga la cara. Carraspea. Las venas del cuello se le ensanchan y las de los ojos se le ramifican en relámpagos de sangre.

Lo sabe, pero no lo dice: Siempre que bebo esta porquería me pongo malo.

DUQUE

El aletazo de una sombra le toca el pelo rizado y la mejilla al pasar, y un olor de agujas de romero mascado para acorralar el mal olor de la dentadura le recuerda el hedor característico del aliento de Helio Duque, su amigo.

Da la vuelta, pero no lo ve.

Al volver los ojos vio al muchacho que andaba con Duque para todos lados y en el siguiente banco de la barra la cara cínica de Duque que masca un palillo de romero y sonríe con sus dientes muy blancos.

Duque saluda a la cantinera Inés con un beso que viaja por el aire y luego empieza a hablar, pero mirando siempre hacia la dama, con fingida admiración por sus corvas.

—Motílese, papi, que a la guerra uno va pinchado.

Duque ríe como relincha un caballo.

—Si me vuelve a tocar la cara o el pelo, no respondo —dices, con el saludo arisco de marras ante la insolencia acostumbrada del amigo.

—Serénese. ¿Ya tiene lo suyo? —pregunta Duque y al fin te mira.

—Dígame.

—Sáquelo entonces.

—En esas estoy.

—No friegue, compadre. Sin arma no reciben gente. ¿Renunció?

La respuesta será parca; primero bebes, después respondes:

—Sí.

—¿Y le alcanza para comprar el revólver?

Silencio.

—Ya le dije: estoy en eso.

—Yo veré, papi. No me vaya a salir con un matafaras. Cómprese algo de buen calibre para matar sapos con muelas. Y le voy a decir otra de las cosas: trasquílese, o venga peinado por la diestra, para que pueda apuntar a la diana.

Te retocas el pelo alborotado con la mano y buscas el reflejo de tu cabeza en la vidriera de la ventana.

NOTICIAS DE LA GUERRA

—Le tengo una noticia bien sapahijueputa. Vea cómo le gusta el circo al pueblo.

Duque toma de la barra el boletín revolucionario, le guiña un ojo, se da media vuelta y lee en voz alta, para toda la cantina:

—«Copartidarios: Las tropas revolucionarias permanecían en Tasajero hasta el trece por la noche. El enemigo no atrevióse a atacar. Resolvimos abandonar nuestras posiciones y hacer un movimiento circunspecto por la vía de El Astillero. El quince al mediodía en el punto de la Laguna Amarilla se trocó con fuerza nutrida de González Valencia y se empeñó el combate; la noche suspendió el combate. El dieciséis continuó ya generalizado con todas las fuerzas del Gobierno a saber: la de Casabianca, Isaías Luján, Villamizar, Jorge Holguín, Enrique Arboleda. A las ocho de la noche se suspendió de nuevo. Hoy continuó con mayor brío y encarnizamiento. Triunfó el Ejército Liberal. ¡Viva la Revolución!».

Todos en la taberna aplauden. Duque baja la página y alza la copa para celebrar con el resto, luego pide silencio con un gesto, alza el boletín y continúa:

—«Reorganizado el ejército con las fuerzas de Vargas Santos y revolucionarios de esta provincia, se reunieron doce mil hombres perfectamente armados y equipados. Daremos detalles del avance en el próximo boletín. ¡Al fin la ominosa regeneración muere!».

La taberna estalla en rechiflas.

Tú sólo miras a los borrachos silbar, a los comerciantes ausentes de emociones amables, a las mujeres que aplauden el boletín de noticias, y vuelves a beber.

HOJAS DE PAPEL VOLANTE

Estuvieron comentando los chismes bélicos un rato más en la cantina de Inés. Luego Duque salió a la calle y orinó en la zanja de aguas negras, riéndose junto al muchacho que lo seguía a todas partes. Volvió a la barra, pagó los aguardientes y le dijo que se verían después, según lo pactado.

De modo que caminó un tiempo sin rumbo, por callejuelas barridas de viento. La ciudad estaba bajo alarma por la llegada inminente de los ejércitos. Mulas atadas a las fallebas clavadas en las tapias. Perros azorados. Calles aromatizadas a estiércol seco, a fogón, a hierba macerada, a chocolate hirviente, a pan tibio, a hojas de tamal, a sopa de vísceras, a orines de borracho. El cielo, cargado de bruma, amenazaba con las primeras gotas de una lluvia que no se desataba. En la calle de los extranjeros, las puertas de los almacenes estaban cerradas con doble lacre, y de dos casas pertenecientes a reconocidas familias simpatizantes del Gobierno salían la servidumbre y los patrones con niños y animales domésticos y ropones de junco trenzado, subían corotos y enseres de valor al lomo de las mulas, lacraban la puerta y partían hacia el sur, donde según los boletines de guerra se había refugiado el Gobierno de la Provincia.

Caminó desde el cementerio hasta las goteras, donde los aguateros despachaban las mulas cargadas. Cruzó varios solares sin cerca y vio las estufas de leña en que las mujeres empezaban a cocinar el maíz en ceniza y las ollas del caldo. Pasó frente a la calle de las barberías con la intención de hacerse un último corte, pero vio que estaban cerradas. Frente a las canchas de tejo y palo negro en las que no había nadie jugando. Caminó por todas las plazuelas como un animal de jauría que busca estar acompañado. El día es demasiado largo cuando no hay trabajo, pensó. Bajó hasta la plaza de la iglesia y se sentó en una rodaja de tronco dispuesta como banqueta frente a una mesa de juegos de azar. En la plaza no estaban los abuelos que se reunían a jugar cartas y a pasar la barrera de la sordera amurallada hablando a gritos todas las tardes. Sólo vio a un vendedor de sombreros que cruzó la esquina, lo miró con interés, como si le estuviera ofreciendo un sombrero, y luego se fue, decepcionado. Una oleada de aquel viento levantisco vino de los cerros y un torbellino de polvo barrió las grietas del empedrado. Polvo y hojarasca convertidos en remolino. La página de un periódico pasó dando tumbos sobre la plaza y por un momento pareció irse a pique, pero luego una nueva oleada de viento levantó sus naguas y la llevó flotando como un cometa al vaivén del torbellino, sin acabar nunca de caer.

Vio la danza del papel volante por varios minutos. Lo vio suspendido luego como una alfombra y enseguida vio su caída vertical cuando la brisa desapareció bajo su peso y se vino a tierra, trazando espirales, como pavesa de ceniza que va sin rumbo, al garete del viento, con noticias de otros tiempos, sin alma.

—Es una chapola de recompensas —murmura.

Y aquella revelación súbita lo catapulta de la banca.

Mira la hoja y calcula el lugar donde caerá y, a toda prisa, le sale al paso.

El cálculo es erróneo: la hoja del periódico no cae en el marco de la plaza como pensó un momento antes, sino que se desvía una vez más por otra ráfaga, da aletazos inciertos sobre el alero de un tejado y va a caer más a la derecha, sobre la mediagua de una mansión que marca la bocacalle.

TODA LA PLATA QUE NUNCA TENDRÁS

Permanece indiferente ante la mole, pero un arrebato súbito le hace buscar la forma de escalar el muro del solar que se extiende por una de las calles adyacentes a la plaza. Apoya el pie en el zócalo de piedra, escala la ventana de barrotes y se aferra del alero, luego del poste que sostiene el hilo del telégrafo, zancada al quicio de la ventana, y ya está en el techo. Arriba avanza por el espinazo de la muralla que rodea el solar y alcanza a ver la chapola de papel balanceándose al final del canalón. Sólo que una ráfaga tenue acaba por empujar la hoja hasta el suelo. En puntas de pies se acerca al fin del techo y pisa en los canales para no hacer goterones. Está ya en el límite de la mediagua. Dos metros se abren entre sus pies y el suelo. Mira hacia abajo, para percatarse de que no haya perros, y salta al solar de la casa.

Allí estaba la octavilla, extendida sobre hojas secas y mangos caídos. La tomó, y con sólo echar una ojeada, supo que no se había equivocado: era una chapola de recompensas.

Había visto cien idénticas a esa en todas las calles y caminos por los que había transitado los últimos días. El Gobierno había tapizado la región con aquellos pasquines en los que se instigaba a los alzados en armas a entregarse en menos de un mes. Y, de paso, amenazaba a todos aquellos que cometieran desmanes y actos vandálicos o atentaran contra las líneas del telégrafo con la promesa de que serían perseguidos como facinerosos y llevados a la cárcel del panóptico.

Por la cabeza de Rosario Díaz, el guerrillero, ofrecían una recompensa fastuosa, vivo o muerto: quinientos pesos. Casi veinte cabezas de ganado, pensó, si cada cabeza vale veinte pesos oro, que son cuarenta pesos resellados.

Pensó un instante en toda esa plata, pero su sublimación de la riqueza no dio para tanto.

No podía imaginársela junta. Sólo podía imaginar veinte reses en un potrero. O cincuenta gallinas en un corral. O una atarraya rebosada de bocachico, perraloca y coroncoro. Había tenido que trabajar un año entero para tener el precio de media res en el bolsillo. Era una recompensa superior a todo lo que había ganado en los oficios de su vida.

Bajó la chapola, porque un olor nauseabundo le hirió el olfato y le hizo recordar el dolor de estómago que lo perseguía desde la cantina de Inés. Miró en torno y entonces vio el hueco con cal y el sentadero de madera y las tusas desgranadas de maíz para sacarse los rastros. Sin detenerse en contemplaciones zafó el botón de su pantalón. El olor a cal y a guayabas podridas que exhalaba aquel agujero le hizo contener la respiración, luego sintió que su intestino se vaciaba y comprendió que el aguardiente de ese lugar era la causa principal de la flatulencia. Allí estaba, acuclillado, otra vez el mal del estómago, humillado por la diarrea.

Cuando terminó, tomó aquella hoja de papel volante, la dobló en dos y se limpió por el lado de las recompensas.

Entonces sintió voces dentro de la casa y a toda prisa lanzó el papel lejos, se apoyó en una escombrera y saltó por un ángulo de la mediagua, hacia la calle.

IRSE

La tierra se anega y brotan las moscas. El agua que irriga el suelo y extingue el fuego. El fuego que consume al aire. El aire que empuja el polvo y mueve la rama. El camaleón de la rama que atrapa la mosca que salió del agua. No hay destino si no hay mañana, piensa. Se halla sumergido en un pozo oscuro. Durante años no encuentra un camino y lo ha intentado todo. Sabe que nunca llegará siquiera a la treintena. Sabe que hay una guerra. Y ve crecer la ortiga entre las baldosas del patio. Ahora ve el mechón plateado que brilla en la frente de su madre y al fin descubre que ella envejecerá y morirá agria, con la frente adusta y los rasgos marcados como cicatrices. Su madre empieza a corcovarse; en las manos ve temblor, en las piernas brotes de venas. Todos lo prefiguramos en las pequeñas fisuras que van naciendo, hondas y deprimentes, en los espejos y en el almanaque. Pero él queda sorprendido de saber por un instante cómo caerá la vejez sobre ella: ve la curvatura de la espalda deformada en una giba de carne. Ve la mata de pelo blanco, ve el tanteo involuntario de las manos estremecidas mientras arrancan tallos de cebollas junca. Ve las estrías penetrantes que parten las comisuras y abren las aletas de la nariz y rayan el pliegue del ojo derecho. Partidos los labios. Rayado el pescuezo. Ve sus piernas torpes, ennegrecidas por la hidropesía.

Y él se irá lejos.

Te morirás sola. Lejos del hijo, y sólo se darán cuenta, después de cinco días, las carroñeras, los chulos hambrientos.

—¿De qué habla? ¿Se volvió loco? Coja la gallina y pártale el pescuezo.

Otra vez dando órdenes. Otra vez la voz amarga. Por eso se ha de quedar sola. Ella y su hijo, que la mira con cargos; que le regresa la mirada que ella no quiere ver: la cara de su padre, de quien nunca quiso hablarte, hasta hace un mes, y a quien empieza a asemejarse en los rasgos.

La mano torcida, la boca sin dientes.

Boqueta.

Mueca.

Chuchumeca.

Madre e hijo, proyectados en el tiempo, en un crepúsculo pegajoso, derretido por la melcocha del sol.

DESVELO

La noche vino pronto y sería larga. Los grillos. Las chicuacas. El coro disparejo de una noche en que no termina nunca de oscurecer. Hubo ensayos de luz incandescente que llevaba semanas sin alumbrar. La ciudad brilló por un instante antes volver a fundirse en el resplandor mortecino de la luna llena. Los habitantes no se resignaban a la oscurana que se generalizó por todas las calles con un gemido de decepción. Luego la ciudad volvió a la palpitación de los grillos y a los cantos de las ranas y a los candiles en las puertas. Hubo truenos y amagos de lluvia después de las diez, pero la tormenta pasó lejos. Le fue difícil conciliar el sueño. Lo mantuvo desvelado el ronquido de su madre y el ruido de sus propios jugos gástricos. A la madrugada, agotado de dar vueltas por el dolor de estómago, abandonó el petate y fue a la cocina a beber agua amarga. Los tiestos. El hollín. Era una pócima concentrada, elixir de matarratón revuelto con ruda que su madre tomaba para la hidropesía y los parásitos. Poco después cesó su alboroto intestinal. Sólo durmió las últimas dos horas de oscuridad, y se levantó sobresaltado con un rayo de sol que se reflejaba en el espejo redondo y venía a darle directo en la frente.

Al amanecer dejó sobre la mesa cinco pesos en billetes apisonados por una herradura, descolgó el sombrero de la pared y salió de aquella casa de techo de palma, sin despedirse.

Cuando cerró la puerta, supuso que ya nunca más la vería.

PELEAR SIN ARMAS

Duque lo espera en la cantina de Inés. Habla con otro cliente y ríen, parece más delgado sin sombrero. Desde la calle ve que su amigo juega a rodar una copa vacía de aguardiente por la mesa.

Cuando entra en la cantina alcanza a oír la frase que le dice al otro:

—Le dio la tanda, se le quedó torcida la mandíbula y el ojo derecho y el culo, pero aun así sigue buscando pelaos. Le gustan los jovencitos y eso que está tan fea como el último maracuyá del saco.

El otro ríe. Duque presiente sus pasos y se voltea con la copa en la mano.

—Casi no llega, papi. Armandito Toloza se nos chupó. Quedamos cuatro, ¿o usted también vino a escurrir el bulto?

—Yo sigo —aclaró.

—Más le vale. ¿Consiguió el revólver?

—Todavía no.

—Pero usted sabe que sin armas no aceptan voluntarios, ¿no le dije?

—Sí.

—¿Y?

—De hoy no pasa.

—¿Fijo?

—Mi palabra que sí.

—Vea, papi, le voy a decir una de las cosas: nos vemos aquí a las doce, y si no viene armado mejor ni venga, ¿sí me entendió?

LA DAMA DEL MOSTRADOR

Sale de la cantina y cruza el canal de aguas negras que corre por en medio del empedrado. El olor de las cañerías a cielo abierto le recuerda el olor del aliento que Helio Duque trata de tapar mascando clavos y romero. Toma por la calle del comercio en dirección a la plaza y la atraviesa hasta los toldos de los juegos y la algazara del mercado de quesos. Luego se detiene en el último escaño y desde allí contempla la puerta del almacén Valserra Ultramarinos.

Escarba con la mirada tras la cortina de sombras del mostrador, pero no logra ver nada dentro.

Poco después, ya acostumbrado a la penumbra del local, advierte un movimiento leve en la ventana.

Allí está.

Es ella.

Ensambla, uno sobre otro, el último surtido de sombreros.

Al otro lado del local, pasa el viejo; el godo Valserra, o godarria, como lo llama Duque, la bestia, su padre.

—Mire para acá —murmura—. Míreme.

Delante de la mujer espejean los frascos de viandas y las latas y el reflejo del sol, y al otro lado de la calle, entre una nutrida multitud de vendedoras y aguateros, un hombre le observa con sus mejillas huesudas, hundidas en los huecos de la quijada.

No te verá, aunque a tu lado haya mil, y diez mil a tu diestra.

Eres sólo el siervo de una gleba, el chalán de un caballo de ricos, el palafrenero que no tiene casa para llevar a vivir a una mujer, ni siquiera una fosa para caer allí, muerto.

—Míreme, míreme —murmura.

Ella sigue absorta en su trabajo de juntar sombreros, y da la espalda al fragor de la plaza.

—Míreme. Mire acá —masculla, como si su voz ahora tuviera el alcance sobrenatural de su pensamiento.

MÍRAME

Lo miró. Se cimbró. El gesto la descompuso y la vio erguir el talle y buscar a su padre con la mirada. Poco después volvió a barrer la plaza con un movimiento de su cabeza para llegar hasta la esquina donde acababan los toldos de la feria. Allí estaba él, disuelto entre la gente como una sombra en ese paisaje cotidiano de compradores y placeras que vendían yucas, piñas, quesos y gallinas envueltas en hojas de nacuma.

Fijo, intenso, con aquella mirada de roedor, la nariz sagitaria y los pómulos hundidos.

Sus miradas finalmente se encontraron.

Él miró a la iglesia y esperó un gesto de respuesta.

Ella aprobó con un martillazo de la barbilla.

El padre notó algo y volteó a mirar a la plaza, pero no lo vio.

Ella repasó con el trapo una brizna de polvo de la vitrina y luego, con timidez, dirigió la mirada hacia su padre.

Desde lejos comprendió: no podrían verse mientras el viejo siguiera en el almacén.

Habría que esperar.

El viejo no salió de allí en toda la mañana. Entonces fue ella quien abandonó su puesto y decidió salir. En el mismo instante en que la vio cruzar y dirigirse a la iglesia, vio también llegar a Helio Duque con otro hombre a la plaza. Era el mediodía. Duque lo vio de lejos y le llamó con el silbo acostumbrado. Esta vez no acudió al llamado de Duque sino que siguió a la mujer, a paso largo, hacia la iglesia.

Duque se quedó en suspenso con la palabra en la boca, con una mirada que acusaba ira y decepción y desconcierto, y una frase dibujada en sus labios:

—Mucho setentahijueputa.

RETABLO DE LAS HAZAÑAS INÚTILES

Entró a la iglesia y vio varios haces de sol que se filtraban por los agujeros del techo y rasgaban la penumbra de la nave central. En la hilera de bancas de la derecha estaba la misma mujer del mostrador. Simulaba rezar frente a la estatua de san Martín de Porres, que mostraba la herida en la pierna y elevaba los ojos hacia el cielo. En la primera banca había una anciana envuelta en un rebozo, arrodillada y con las manos abiertas, lanzando una oración hacia el retablo del altar. Decidió esperar a que ella se quedara sola antes de acercarse. Entonces se fijó en la silueta de aquellas estatuas que habían sido puestas en fila para la procesión de la Semana Santa. Estaban ancladas sobre estrados de madera y daban la impresión de movimiento. Eran cuerpos vivos, con verdaderos padecimientos, y no sólo mártires de yeso y cal: un Cristo cabezón, humillado con una corona de zarzas y las espinas clavadas en la frente, otro Cristo de espaldas laceradas que exudaba sangre por cada poro de su cuerpo y con ojos abotargados y el cuerpo esmirriado que soportaba el peso del madero en los puros huesos. Otro Jesucristo crucificado con la tez oscura. ¿A quién se le había ocurrido que Cristo era negro? Había una santa, Verónica, que blandía, como un torero, el sudario con el rostro estampado en sangre. Había un hombre con túnica que ayudaba a sostener la cruz al caído en el suelo. Había una cruz solitaria atravesada por una lanza y un manto y un juego de dados al pie. Había un san Pedro viejo y calvo con un manojo de llaves en una mano y un pez que colgaba de la otra.

La escena se completaba con otras estatuas que miraban desde sus andamios de madera clavados a las paredes: santa Lucía, que mostraba en bandeja sus ojos extirpados y el arcángel Miguel que enfrentaba a Lucifer y lo empujaba al abismo con la lanza clavada en el omoplato, los senos cortados de santa Águeda y expuestos en bandeja, la cara leprosa de Lázaro, el cuerpo atravesado por flechas de un san Sebastián huesudo y pálido.

Era una iglesia escasamente iluminada por las claraboyas, entenebrecida por las lechuzas escondidas en los arcos y las telas de lienzo que cubrían las ventanas, por el hollín de cebo y el silencio que mohoseaban las paredes. La anciana acabó su oración, se persignó y salió de la iglesia. Entonces él avanzó hacia la mujer y olvidó la visión de andrajos sublimes, de hazañas inútiles; las torturas de aquellos que mueren en nombre de Dios.

SMITH Y WESSON

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—¿Qué pasa de qué?

—¿Cómo de qué? Lo estoy ayudando y no me cuenta para qué quiere un arma.

—Necesito el revólver.

—Ese tipo no me gusta —dijo ella.

Algunos pasos resonaron en la nave central. Ella esquinó los ojos.

—¿Quién? ¿Duque?

—El iguano. Tiene la voz zalamera y la mirada falsa.

—Ah, dijo.

—¿Ah qué?

—Que usted siempre es desconfiada con todo mundo.

—Y usted no me hace caso, ni me cuenta nada.

—¿Lo trajo?

Ella notó la intriga en la mirada, la inquietud en las palabras y la vehemencia en el modo descoordinado de mover las manos sin saber dónde ponerlas. Al mismo tiempo notó su reiterada insistencia en voltear cada segundo a ver la puerta falsa como si de un momento a otro fuese a aparecer Helio Duque bajo el arco.

—Tome —dijo ella, y le entregó el envoltorio de tela.

—Tenga —dijo él—. Es todo lo que tengo. —Y esgrimió del bolsillo el resto de monedas revueltas de varias denominaciones y los tres billetes que le quedaban.

Ella tomó el pago y lo guardó en un monedero de cuero con broche niquelado.

—¿Alcanza?

—Ni para las cápsulas, pero deje así.

Luego silencio.

—Esto es una locura —dijo ella—. No vaya con Duque. Lo va a perjudicar. Va a hacer que lo maten.

Otra vez silencio.

—¿Nos vemos esta noche? —preguntó ella.

—No voy a poder ir.

El sacristán acababa de tocar las campanadas que anunciaban el mediodía y se disponía a cerrar la iglesia hasta después del sol fuerte.

Entonces la miró por primera vez a la cara en toda la conversación.

Un relámpago pasó por el rostro de ella. Los labios se apretaron y los ojos se aguaron, pero no se decidió a llorar, como si estuviera poco acostumbrada a mostrar las emociones en público y a entender la tristeza.

—Yo salgo por la de los matrimonios y usted por la falsa —dijo ella.

Desde las bancas, la vio marcharse y atravesar la puerta de los matrimonios, sola.

ES SÓLO LA MUERTE

El revólver era un Smith y Wesson de engastes nacarados.

Duque tenía los ojos desmesurados y parecía no creer lo que tenía entre manos.

—Qué bellezura, cuñado… está virgencito como una quinceañera. Todavía no ha matado.

El otro que se había sumado, demasiado joven y lampiño, miraba con interés porque sabía lo que era un revólver, aunque nunca hubiera visto ninguno. Duque se lo mostró de cerca. El joven miró con codicia, encantado por los reflejos de los engastes.

Duque habló:

—Salimos por el río de Oro. Los espero en el puente, a la hora de los gallos.

Y carraspeó para afirmar aún más su voz recia:

—Quien se patrasee, como dijo el cura Guevara, que hable ahora o calle para siempre, paridos.

Evitaron mirarse, para no juzgar con antelación. Pero ninguno reviró.

—Nada de nervios, sanguaza. La guerra es como dicen los del circo: nadie puede perdérsela.

CARABINA, FLAUTA, CUCHILLO, REVÓLVER

Pasó la noche en un cuarto del segundo piso de la cantina de Inés, empeñado en escrutar por la ventana la entrada del cuartel y los cambios de guardia. A la madrugada atravesó la calle de los extranjeros, pasó por la plaza principal y salió de la ciudad hacia los playones del río. Sólo un zorro se cruzó en su camino. Iba rápido, pero se detuvo a mirarlo. Luego siguió sin prisa. La tierra descansaba, suave, tranquila, indiferente a la vida humana, mientras los hombres se iban a la guerra; mientras las mujeres se levantaban a pelar maíz con ceniza y echar leña en la boca de la estufa; mientras el mundo humano se revolvía, la tierra, indiferente, despertaba.

Al final dejó el empedrado y tomó un camino que conducía a una de las cuatro salidas de la ciudad: el puente de amarras. Debajo del puente había un fragor oscuro, susurrante. Era el río que discurría lento, como aceite negro en los meandros; agua de llanura. Antes de cruzar el río estaba la bifurcación que comunicaba con todos los ramales de la provincia. Tomarían uno que llevaba primero a un macizo de montañas y luego al río Chicamocha. Era el que utilizaban los revolucionarios para suministros desde que empezó el alzamiento.

Helio Duque y los demás esperaban al otro lado del puente.

—Ala, por fin, papi, ¿y dónde están los ravioles que me prometisteis?

Le mostró el revólver que llevaba enfundado en la pretina. Duque portaba una carabina Winchester cruzada en bandolera.

Los otros no tenían armas a la vista. Uno era el muchacho que había seguido a Duque los últimos días por la ciudad. En su cara sólo había infancia. Llevaba una mochila de fique y la flauta de caña con que solía amenizar fiestas en aldeas sin música.

El otro intimidaba porque tenía la cabeza envuelta en una máscara de tela. La máscara tenía agujeros para los ojos y la boca, como era usual entre los quemados. Iba armado con un juego de cuchillos enfundados en una carcaza de cuero alrededor de la cintura.

Ellos miraron atentos cuando enseñaste el Smith & Wesson reluciente por la luz de un candil que portaba Duque, hecho con un tarro de conserva ahumado.

—¿Y no que sin arma no recibían gente? —reclamaste a Duque por presionarte a gastar toda tu paga en conseguir ese revólver.

—Es que usted es distinto. Sabe disparar. Estos pajizos, no.

Los otros estaban indiferentes. Su silencio parecía tranquilo. Se contagiaban determinación mutua como aquellos que se lanzan al mar con gente que sabe leer el destino en las estrellas.

—No somos más de los que estamos —dijo Duque para disponer la marcha—. ¿Ustedes ya se conocen? Este caballero con sombrero y mechas de brujo vivió como un pachá hasta ayer en la Quinta Alfínger, trabajando de esclavo para el tacaño de Josep Lausen. Lo vamos a echar por delante, porque tiene arma. Y como no le gusta que lo llamen con el nombre de su padrastro, desde ahora su remoquete será «Mujeres», y su apellido «Vagamundo», porque lo persiguen las damas. Este enmascarado es el carnicero Roque María López, de la Pradera, mejor conocido en su fama de carnes La Pradera como «Cuchillos», y este muchacho es Alfredito Correa, de La Virginia, que trabajaba en la hacienda La Virginia, y como toca el redoblante y la flauta en la banda de cobres de Chucurí, lo vamos a llamar «parrapapunchis». Péinense que nos vamos.

Mientras se apretaban las manos como sellando el pacto que los obligaba a seguir hasta el final, Duque les iba alumbrando la cara con la luz cobriza del candelero. Presentarlos y renombrarlos era la forma que tenía un jefe de caracterizar a los hombres sobre los que habría de comandar: por apodos que se desprendían de sus defectos o de sus pertenencias; burla usual y socarrona en él.

¿A dónde vamos?, pensaste.

Quizá ninguno lo sabía. La vida empezaba ahí, con hombres que iban a la guerra. Todo lo que había antes, ¿no había sido la vida? Quisiste recordar algo de aquel pasado que no era la vida, pero todo lo que había en tu mente era el recuerdo de una madre que te esquilmaba la comida y de un padrastro postrado que te llamaba «Chino», «Chueco», «Alepruz», y a todos conminó a llamarte igual, porque un hijastro no merecía más nombre que los cerdos, o los chulos o los perros.

Decía que el nombre era el hombre, lo mismo que los pantalones largos y el sombrero.

De modo que nunca te compró pantalones largos ni te puso nombre ni te heredó un sombrero, porque esas cosas se conquistan en la vida, el nombre y los pantalones y la hombría.

En ese simulacro de vida soñabas siempre con tener un sombrero y un pantalón largo y un largo nombre.

Ya tenías el pantalón y el sombrero. Ahora te faltaba el nombre.

Siempre te inquietó saber cómo adquirían el renombre los bandidos. Había montones de apodos que oíste y que ocupaban la imaginación y las conversaciones de la cantina de Inés: «Peligro», el arriero que enamoraba mujeres para después violarlas. «Picur», que tenía nariz aguileña como el pájaro del mismo nombre y había robado en el Banco del Estado de Santander diez veces la cifra que pedían por su cabeza. «Patequeso», el de malolientes pies, artificiero experto en bombas artesanales que había borrado del mapa un caserío completo para vengarse de una humillación pasada. «Mocofrito», el matón a sueldo más temido en las ciénagas del Magdalena. «Vampiro La Cabra», el abigeo millonario que empezó su carrera con el robo de una cabra.

Todos ellos habían conquistado su nombre y lo llevaban con orgullo, como un trofeo, porque destacaba una proeza o una astucia. Los otros apodos, los denigrantes, no le interesaban.

Ahora que Duque repartía apodos según las herramientas de cada hombre, soñabas con la oportunidad de poder conquistar uno verdadero. Un nombre determinante, porque un nombre era un rostro. Miraste la máscara del cuchillero y notaste la piel queloide de sus orejas deformadas por esa vieja quemadura. Miraste al músico de cara lampiña y pensaste que no debía tener más de trece y que ese apodo era una pequeña conquista de hombría, como lo fue tu conquista de los pantalones largos y el abandono de los saltacharcos: los compraste con la paga de un mes acarreando agua del río.

El aguatero puso en tus manos el primer sueldo que ganarías en la vida y no sabía que con esto te convertía en un hombre.

Ya soy un hombre, pensaste, mirándote al espejo de la sastrería los pantalones largos.

—¿Cómo le quedan?

—Me quedan angostos.

—Eso tiene arreglo.

Y el sastre los arregló apuntalando el ruedo ahí mismo.

—¿Algo más, señor? —dijo el sastre.

«Señor», dijo, como si tratara a un hombre adulto.

—Ese sombrero.

—¿El de jipijapa?

—El verde.

—Es de lana y es más caro.

—Ese.

Y saliste encasquetándote el sombrero para visitar por primera vez la cantina de Inés, atiborrada de suripantas.

Eso era lo que recordabas.

Sin querer recordar, como un insomnio.

El perfil de las montañas ya se dibujaba con la luz del alba.

—Empezó el día —dijo Duque.

HABLAR SOLO

Y empezó la travesía por aquella tierra de carne roja y amarilla, montañas afiladas como una dentadura, habitada por animales que temían a los hombres y al sol. Caminaron hasta donde terminaron los surcos de tabaco del valle del río y luego remontaron la cuesta donde empezaban los cafetales. Descansaron y luego caminaron desde los cafetales hasta donde empezaban las tunas. Días de marcha por un camino que se ramificaba por trampas de piedra, gargantas erosionadas en estoraques, vados custodiados por culebras venenosas, riscos sin fondo, puentes rotos; acompañado por esos hombres que no tenían pasado, que hablaban poco mientras el sol estaba en el cielo y sólo conversaban cuando caía la noche y acampaban en un caney deshabitado.

En la marcha no había tiempo para el recuerdo ni para el descanso.

—Está bien —murmuró—, será mejor que no piense.

Que no haya recuerdos.

¿Quién los necesita, si está solo?

¿Aún no sabía que los únicos recuerdos importantes son los que se comparten con otro?

Entonces recordaste de forma involuntaria.

La viste a ella, tendida sobre la cama, vestida apenas con una combinación de seda, un pecho salido por la manga, mirándote de medio lado, como solía hacerlo, la cabeza apoyada en la mano, los pies juguetones y el pelo suelto como una cascada de rizos, brillantes los ojos a la luz de la lámpara que perfilaba las formas de la habitación. A ella le gustaba mirarte mientras te ibas poniendo la ropa que habías dejado en el suelo cuando entrabas a hurtadas por el solar de su casa. Se quedaba allí, inmersa en la contemplación, sin temores de que una sombra los espiara desnudos por entre los huecos de las paredes, midiendo el efecto de las palabras que iba a decirte una noche más:

—Quédese. Todas las noches le pido que se quede y no se queda.

—Me voy —dijo él y alzó el sombrero.

—¿A dónde va? Espere.

La vio levantarse, cubrirse los senos y pasear por la habitación en busca de algo para darle. Ahora él se quedó mirando aquel cuerpo, mirando el tocador con su gran espejo en forma de alas de mariposa, pendiente de cada objeto que ella alzaba, de cada cofre, de cada frasco.

—Tiene que estar por aquí; sí, eso, aquí está.

Y entonces se dio vuelta y te dio un pequeño cuaderno con tapas de cuero y hojas en blanco y una pluma.

—La pluma es alemana.

¿Para qué te daba ese obsequio insólito?

Duque oyó el rumor y dejó de andar para decir:

—¿Está llorando o está gripiento?

—Yo hablo solo.

—El que habla solo, de sus maldades se acuerda, papi.

—¿A usted no le pasa?

—¿Qué?

—Que va caminando y piensa en una mujer o en el pescado frito cuando empiece la subienda o en un animal que tuvo hace años.

—Sí, pero yo no hablo solo.

Siguieron caminando en silencio hasta dejar el camino de tierra y tomar uno empedrado que descendía.

La mancha de la ciudad desapareció detrás de los hombres.

DONDE TUS OJOS SE FIJEN

El primer día vio a una mantis religiosa que peleaba a tijeretazos con una araña encima de unas rosas.

El segundo vio a una culebra que tragaba un lagarto.

El tercero vio matar a un hombre.

Muerte. Voracidad.

En todos lados.

LA GUERRA ENTRE LAS MANTIS Y LAS ARAÑAS

La mantis estaba engarzada en la red con forma de bolsa, tejida entre los tallos del rosal. El color de la mantis era una fosforescencia que destacaba sobre el rojo intenso. La araña era amarilla de manchas negras y aguardaba al borde de la red, y cada ojo permanecía atento a los tijeretazos ya fatigados. Atraído por aquella trampa blanca se aproximó a las flores para ver de cerca el suplicio de la mantis. Los contendores no se interesaron en su presencia. Le pareció que las fauces de la mantis se abrían como si quisiera gritar y notó la desesperación con que trataba de liberar sus patas dentadas como pencas de sábila sólo para enredarse aún más y hundirse en el fondo de la bolsa blanca. Poco a poco, la mantis fue engarzándose más y más en la trampa, mientras la araña se apresuraba a sellar con una nueva red la boca de la bolsa. La mantis estremecía la bolsa con sus tijeras, ahora con sacudidas extenuadas, lentas.

La cabeza diminuta de la araña percibió el movimiento de su aproximación y ahora lo miraba con sus muchos ojos negros. La araña se quedó quieta y lo vio alejarse a trancos largos. Luego saltó al aire y subió por una seda invisible al cielo.

CARNE DE CULEBRA

Eran cuatro voluntarios con el mismo propósito: ir en busca del ejército de Rosario Díaz, un veterano alzado en esta nueva guerra, con setecientos hombres bajo su mando, que se movía entre el río Chicamocha, el río Negro y el páramo.

Llevaban dos días sin comer cuando vieron una zorra con un pollo en las fauces en medio del camino. El cuchillero te dijo que la mataras de un tiro, pero tú la ahuyentaste ante el asombro de los otros. Ese mismo día se te atravesaron un armadillo, una iguana y una ardilla, y a todos esos animales los ahuyentaste también. Pero al mediodía se atravesó una culebra, y el filo del machete del cuchillero la partió en dos, así que la cabeza voló fuera del camino, mientras el resto se retorcía en las piedras, como la cola de una lagartija que perdió su cuerpo. De todo ello sólo recordarías que la carne de culebra tenía el mismo regusto de la carne de cerdo.

UNA SOMBRA EN EL CAMINO

Al hombre que vería morir lo reconocieron todos como una figura ágil que corrió y se detuvo a la sombra de un árbol de guayacán que parecía un manojo de flores amarillas.

—¿Vio eso? —preguntó a Duque.

—Endenantes. Es un hombre. Viene armado, pero está solo y se escondió en el palo —respondiste.

Avanzabas de guía cuando viste la silueta del hombre con sombrero que despuntó en el camino.

El hombre corrió al tronco y luego asomó la cabeza por un lado. Todos alzaron la vista y a la contra del sol vieron su cuerpo reclinado en el guayacán. Era el árbol florecido más vistoso en varias leguas y, si no hubiera corrido antes de que lo vieran, su cuerpo parecería como el muñón de una rama cercenada del tronco.

Los cuatro avanzaron unos metros más y la sombra se dispuso a observarlos con los ojos invisibles bajo el sombrero. Los vio detenerse en tres ocasiones y discutir si seguían o si esperaban, los vio bajar y después empezar a subir la medialuna que trazaba el camino, sin moverse.

—Esperemos. Es mejor que el tipo venga.

—No va a venir. Somos cuatro. Yo tampoco bajaría.

No sabían si estaba esperándolos, o pretendía sólo tenerlos a tiro de revólver. Era tanta la quietud de aquella estampa, que empezaron a tener la impresión de que habían visto mal, o de que habían visto moverse inicialmente una sombra de nubes y no un cuerpo humano. Por momentos salía también un destello del árbol y creían que les estaba apuntando con un arma de cañón reluciente, pero en realidad eran imaginaciones provocadas por la resolana y la expectativa, y por aquella quietud de la sombra en el tronco leñoso del árbol.

Decidieron seguir avanzando, sin titubeos, pero cuando el camino empezó a subir, el hombre soltó un tiro repentino y se movió rápidamente para dar un gran salto fuera del camino.

Fueron tres balazos los que descerrajó luego desde los matorrales.

Los cuatro se lanzaron a la vera del camino al oír el eco de los tiros que percutían en las cañadas.

El último tiro llegó retrasado, pegó en una piedra y se desvió con un silbido hasta rozar la oreja del cuchillero.

El cuchillero dio un grito y se deshizo de la máscara. Tenía la cabeza calva y en media cara la cicatriz de los quemados. Se alejó para que no lo miraran de frente. Palpó la oreja sangrante para inspeccionar la herida. Había sido sólo un roce.

El tirador desapareció de la vista de todos.

CAZAR A UN HOMBRE

Helio Duque cargó la carabina y partió por la derecha. Intentaste seguirlo, pero Duque dijo que cubrieras el camino y dispararas contra todo lo que despuntara.

El músico se ofreció a acompañarlo, pero Duque negó y miró al cuchillero que volvía a envolverse la cabeza con la máscara de tela.

El cuchillero los miró, desenfundó el machete y dijo:

—Yo voy. —Y terminó de atarse el trapo en la cabeza para frenar la sangre del lóbulo herido.

Los dos salieron del camino y se fueron por el monte.

Más tarde oyeron dos disparos de carabina a los que respondió un tiro de revólver.

La carabina sólo podía ser la de Duque. Luego hubo otro tiro, que se oyó más lejano, y vino el silencio.

Poco después vieron a Duque que hacía señas con el sombrero desde el guayacán amarillo. Se miraron con el músico y empezaron a caminar hacia el otro lado de la media luna que trazaba la senda. Al principio con desconfianza, pero al ver a Duque que conservaba la carabina en la mano, caminaron a grandes trancos.

El árbol de guayacán estaba plantado en medio del camino. Sus raíces sostenían un descenso de ortigas. El tirador había saltado por la grieta luego de los disparos, pero se había estropeado un pie al caer entre unas piedras. Duque inspeccionaba al hombre que cojeaba y al enmascarado que venía detrás, empujándolo con el plan del machete para que subiera la cuesta hasta volver al árbol.

EL ESPÍA

La confesión fue instintiva: era un posta de espionaje del ejército del Gobierno derrotado en Peralonso, al mando de Ramón González Valencia. Lo dijo sin habérselo preguntado, aterrorizado por el machete del que tenía la cabeza vendada, como para justificar la herida que le había causado.

—No me maten.

—No podemos llevarlo —dijo Duque.

—Galembiélo pa’bajo —dijo el cuchillero, y como Duque dudaba, él mismo lo llevó al borde del peñasco, le hundió el filo en la espalda y lo empujó con el pie al abismo.

El cuerpo cayó en cuatro golpes.

—Un matado no es un espía —dijo el cuchillero.

Duque repuso:

—No sea tan chambón. Ahora baja y lo remata, porque está herido.

—Yo no me la dejo montar de usted. Porque se cree un perico de los palotes y habla duro y lleva arma cree que se la puede montar a cualquiera. Por mí, déjelo morir, pero yo no lo remato, por traicionero.

Duque alzó la carabina y le apuntó al herido y luego disparó un tiro de gracia al cuerpo que dejó de moverse en el fondo del peñasco.

ALGUIEN MIRABA SIN SER VISTO

Al descollar el cuarto día empieza el hambre.

Pero aparte de un palo de mango cargado con frutas verdes, rojas y doradas, no encuentran con qué mitigarla.

Al final de la tarde hunden las palmas en una cañada y se atiborran de agua.

Luego los vencerá la fatiga.

El quinto día se ponen en marcha cuando una luz débil anticipa el amanecer, pero avistan una casona a la orilla de un barranco, muy cerca del lugar donde pasaron la noche a la intemperie.

Permaneces absorto, protegido aún por el sombrero, en medio del sendero y miras aquella casa en sus detalles, reconociéndola. Alambres cubiertos de grandes hojas de tabaco seco se enredan en una de las caras. Luego doce columnas sostienen el techo en dos aguas. Las paredes pintadas con cal están mohosas y el tejado de barro y el camino de tierra se cubren de sombra con los penachos de las guaduas. Pero lo que te llama la atención son los alambres del tabaco, las paredes encaladas, los helechos que cuelgan de materas flotantes, el umbral que lleva a la cocina donde están las mujeres riendo y más allá la luz intensa del patio que da a un barranco tupido de orquídeas por donde se precipita el lecho de un río. Algún día tu madre te llevó a vivir a una casa muy parecida rodeada de tabaco, apretada entre un desfiladero y un camino. Allí conoció al que habría de ser tu padrastro y que te llevaría de cacería a buscar guacas de indios. De sólo ver aquella casa te pareció oír a lo lejos la voz de una madre que le pide a su hijo quitarse la ropa para poder lavar: «Quítese la camisa, zurrón, y bajemos al río», pero era tan solo un eco que se deslizaba por las paredes como una voz encerrada que rebotara entre cuatro muros desde hacía por lo menos quince años.

Mientras, los días se te iban en el intento de no recordar, en tratar de olvidar; el pensamiento te jugaba esas malas pasadas y siempre iba saliéndote al paso con ideas involuntarias.

Esa sensación que regresa al ver la casa proviene de los años que te van a acompañar a donde vayas. Recorres su contorno y su corredor de postigos que soportan el techo y sus siete habitaciones comunicadas por puertas. Una de las puertas se resiste a abrir como si hubiera alguien dentro. Te llevas la mano a la cacha del revólver, por precaución, pero de un forcejeo sus bisagras ceden y la puerta queda despernancada. No hay gente dentro. Ingresas al cuarto. Algo te llama la atención en los enseres, a primera vista. ¿Pero, qué? No es tu propia imagen repetida en el espejo de vidrio ahumado, ni los trapos de mujer colgados sobre una cuerda extendida entre dos clavos de escarpia en la juntura de las paredes, ni la efigie del Sagrado Corazón rodeada de velas de cebo, ni la liendrera de cacho de toro para peinar largas cabelleras cundidas de piojos junto al espejo, ni el baúl del rincón con ocho cerraduras lacradas, ni la colcha de retales sobre los ameros de una cama de madera basta tallada a mano, ni el olor a eucalipto quemado.

Es la sensación de que un ojo te mira.

Desde algún agujero en la pared, o el techo, o el entablado del suelo, te miran.

De repente, oyes un alarido desde el desfiladero, en la parte posterior de la casa.

La voz del músico, estalla:

—¡Cójala, cójala, se metió en lo oscuro!

La voz del cuchillero, dice:

—Quédese adelante y yo entro en la cueva y la saco.

La voz de Duque agrega:

—¿Y usted no piensa hacer nada? ¡Este es de los que ven culiar y no se les para! ¿Es que no tiene gurbia? Hágale, papi, y se gana una chucusuela.

La voz del cuchillero suena luego amortiguada, como distante:

—¡La agarré de los cachos, vengan, que aquí está muy oscuro!

Sólo después oyes el balido.

Al salir y descender las escaleras excavadas en la tierra hacia los cimientos de la casa, vio a la cabra que traía el cuchillero enmascarado del subterráneo donde trató de ocultarse el animal.

La casa era una construcción de tapia y madera sobre el barranco. Debajo, una parte se sostenía con vigas. Se notaba que la parte más antigua de la casa se había ido al fondo del abismo y una había sido reconstruida en madera. El socavón fue apuntalado con un soportal de vigas de tronco basto y un nido de bambúes que compactaban el terreno con sus raíces enmarañadas. En medio del barranco se abría la boca negra del subterráneo que hacía las veces de aprisco. Fue un guiño del Dios del hambre, que ellos llamaban gurbia o agonía. Habían registrado la alacena sin hallar comida y ahora descubrían una cabra en el subterráneo. Duque y los demás ataron el animal.

—¿Y quién va a cocinar?

—Yo lo único que sé es comérmela.

—Yo la despreso —dijo el cuchillero y llevó de tiro al animal.

—Yo quiero pepitoria, mi sangre —dijo Duque y ofreció una bayoneta curva que alguien había robado a un fusilero muerto del ejército regular.

El cuchillero rechazó el extraño cuchillo de Duque y extrajo un balduque puntiagudo de su cinturón que escondía en la espalda, apretado a las últimas vértebras, y que llamó «mataganado» porque era especial para el sacrificio.

Duque se encargó de reavivar la lumbre en la estufa y el músico se fue a picar leña con el hacha.

SACRIFICIO

El cuchillero te hizo una señal para que te quedaras atrás. Luego se quitó el sombrero y la máscara, de modo que sólo viste su espalda y oíste su voz:

—Si quiere, venga le enseño el sacrificio.

No hubo respuesta. Sólo mirabas. El cuchillero habló solo:

—Primero agarra al animal. Luego tiene que matarlo, rápido, con un corte en el guargüero, pero no corte por aquí porque es la bolsa de almizcle. ¿Sí me entendió? Debe cuidarse de que animal no sufra. Que no se dé cuenta de que lo va a matar. Nada de herirlo varias veces. Si no se muere en la primera, es mejor darle un tiro. Si sufre, la carne se estropea y sabe a meados. Lo mismo si le da a la bolsa del almizcle.

El animal trató de balar pero el aire se le escapaba por el agujero de la puñalada. Después dobló las patas delanteras y cayó en dos movimientos. Trató de erguirse, pero estaba demasiado débil. Al final perdió el equilibrio y quedó sin aire con la lengua afuera.

—Le quita el cuero.

—Le corta la cabeza.

—Le mocha el rabo.

—Le saca las tripas y las pone en un balde.

—La despresa.

—Cocina la carne en una olla, y las tripas en otra para que suelte el rumbo.

—Las tripas, las pica en trocitos.

—La carne, la adoba con ajo, cebolla, cominos, orégano, achiote y la pone en brasas.

—Si tiene, haga arroz y huevos duros, y mezcla todo, con las tripas y mucho perejil.

Sólo entonces el cuchillero dejó de hablar solo y te dio la carne para llevarla a la cocina.

De camino te dijo:

—El chivo sabe a leche y a café.

En la olla aún temblaban los nervios de la carne viva.

ROPAS DOBLADAS CON DELICADEZA

Mientras la carne se asaba en el brasero, volviste a la primera habitación que habías registrado. Ahora fuiste directo a la cuerda tensa en una esquina como colgadero de trapos. Debajo hay un baúl. Las hebillas y los enganches sueltan fácilmente. Adentro hay un vestido de encaje seco y estridente como las alas de una libélula muerta. Era de novia. A pesar del color mohoso que cubre las paredes encaladas, el vestido blanco intacto dentro del baúl, como si hubiera esperado años para volver a ser lucido.

Imaginaste un matrimonio en una vida pasada. Imaginaste una muerte imprevista y el llanto de una mujer junto a una tumba. Luego viste la cama de madera basta y la colcha de retales y creíste ver a una mujer timorata que ofrecía su cuerpo desnudo por primera vez a la mirada de un hombre. Viste la prenda que caía a la luz de las velas y el pelo suelto que alcanzaba a cubrir los pezones rosados. Entonces percibiste de nuevo el perfume de azucenas y los ojos que miraban desde algún escondrijo.

Bien podría ser una rata, o bien podría ser la dueña del vestido, o bien podía ser un fantasma, abajo, entre las grietas del piso de tabla.

—¿Qué pasa, cariño?

Era Duque que lo observaba desde la puerta:

—¿Se lo va a poner?

Tenía el vestido de novia desdoblado y aferrado por la cintura, frente al espejo cansado.

Duque tenía el rostro cínico y la mirada zalamera. Ella lo había dibujado con tanta precisión como si hubieran sido amigos. «El iguano», lo llamaba. Por los ojos, verdes, como de lagarto: ojos que atravesaban paredes. Ojos que marchitaban el pelo. Ojos tan intensos a los que no podía sostenerse la mirada. Ahora estaba ahí, mirándolo con aquella fijeza de iguana, y la sonrisa galante. ¿Había sufrido tan sólo un poco, Duque?, ¿había conocido alguna vez lo que era el amor? Todo en él era basto, arcano, duro, cínico. Un rostro de viejo en un cuerpo atlético de muchacho.

¿Cuántos años tendría?, pensó.

Nunca se lo había preguntado.

—La carita llena de flores y el culito ora pro nobis.

—¿Qué dice?

—Si se lo va a poner, primero báñese, o al menos quítese el mugre de las manos. ¿Tiene hambre? Ya están poniendo el menaje. Vamos.

Del fogón humeante un agradable olor a carne asada subía por las paredes.

Cuando entraron a la cocina, el cuchillero ya se había puesto la máscara y por su voz parecía estar de buen humor.

Les preguntó si habían encontrado rastros de la hembra.

—¿Cuál hembra? —preguntaste, sorprendido.

—La que vive en este volcán —dijo Duque.

También él lo había notado.

—¿Cómo saben que es mujer? —preguntaste.

—Es torcedora de tabaco.

Y Duque mostró un puñado de tabacos que llevaba en todos sus bolsillos atiborrados.

Debe estar embarazada o recién parida, dijo el cuchillero.

—¿Y cómo sabe que está recién parida?

Duque sonrió y cruzó miradas con el cuchillero.

—Las paridas son las únicas que comen compota de la importadora Puyana. Mire esto que me encontré yo puacá.

Y el cuchillero indicó con la punta del filo los frascos que había devorado mientras cocinaba y otr ...