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EL ARTE DE LA ENTREVISTA

Rosa Montero  

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Fragmento

El huracán del tiempo

Hace unos meses, buscando mis primeros cuentos para una exposición en la Feria del Libro de Lima, me encontré con un modesto cuaderno escolar tamaño cuartilla en el que había hecho una especie de revista titulada «De todo un poco». El contenido era una mezcolanza de trivialidades: poemas, recetas de cocina, un test («¿Eres desordenada?»), crucigramas, cromos de animales acompañados por la descripción de sus costumbres y otras menudencias, todas evidentemente copiadas de algún semanario para mujeres. Pero también incluía una pieza original, una entrevista que cubría toda una página. Se titulaba «Interviu (sic) a Pascual Montero», lo cual era mentira, porque en realidad se trataba de una entrevista con su mujer, es decir, con mi madre. Yo tenía por entonces ocho años y no iba al colegio; una tuberculosis me mantuvo en casa desde los cinco a los nueve años. Nadie me daba clase, así que, aunque leía muchísimo, mi ortografía era espeluznante. Ahora veo ese texto apretado y sucio, escrito con un bolígrafo barato de pringoso trazo, y me recuerdo con toda claridad de pie en la cocina, preguntando de verdad esas preguntas a mi madre mientras ella se afanaba en las tareas domésticas, y apuntando sus respuestas en una hoja que no he conservado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ya conocen el dicho, genio y figura hasta la sepultura, y en efecto resulta sorprendente que tantas personas nos construyamos una línea de vida, una vocación y un imaginario desde tan temprano. Abundando en el tema, junto a ese cuaderno encontré también una cuartilla suelta, escrita por las dos caras, con el comienzo de un cuento titulado: «José Antonio y Merceditas en: Los marcianos». Es un relato sobre dos hermanos de ocho y nueve años que caen por un agujero mágico y van a parar a un mundo extraño. Lo exploran, cautelosos, y enseguida se topan con un cartel que dice: «Marte». Evidentemente la historia prosigue, pero las otras hojas se perdieron. De manera que a los ocho años yo ya escribía ciencia ficción (incluso ilustré el cuento con el dibujo de unos alienígenas semejantes a pulpos), un género que volvería a tocar medio siglo después con mi serie de Bruna Husky. Sorprendentemente, todo parecía estar ahí desde la infancia. Ya lo dijo Wordsworth, «el niño es el padre del hombre».

He comenzado hablando de aquella primerísima pieza periodística porque, al revisar mis entrevistas para armar este libro, he tenido la sobrecogedora sensación de estar haciendo un recuento de mi vida, y además un recuento final, puesto que no creo que vuelva a entrevistar a nadie (lo he hecho en unas dos mil ocasiones y me parece que me he saturado). Y el caso es que la lectura de estas conversaciones mantenidas a lo largo del tiempo no sólo deja entrever las diversas épocas que hemos vivido en los últimos cuarenta años, sino que además me refleja a mí en un segundo plano, como una sombra en un espejo empañado. Ahí estoy, al fondo, envejeciendo.

También han ido envejeciendo los personajes a quienes entrevisté, y muchos han fallecido. Por no hablar de la manera en que hoy les contemplamos y de cómo ha ido cambiando nuestra opinión sobre ellos a la luz de los acontecimientos posteriores. Por ejemplo, entrevisté a Santiago Carrillo en plena Transición, en una época en la que la reciente legalización del Partido Comunista todavía seguía siendo (con razón) un logro democrático, lo cual contribuía a que la figura de Carrillo fuera vista con gran benevolencia. Las investigaciones posteriores, en especial el magnífico libro El zorro rojo del historiador Paul Preston, muestran que fue un personaje mucho más turbio y que estuvo más implicado de lo que jamás quiso reconocer en las terribles matanzas de Paracuellos.

Otro caso clamoroso de rectificación temporal es la entrevista/reportaje con el ayatolá Jomeini. El encuentro tuvo lugar en el refugio francés del clérigo chiita, pocos días antes de que regresara a Irán y tomara el poder. Ahora resulta muy difícil de creer, pero en aquel entonces Jomeini era visto por la izquierda mundial como un revolucionario progresista, un clamoroso error de juicio nacido de ese estúpido y repetido equívoco que consiste en considerar bueno a cualquiera que se oponga a alguien malo. Jomeini luchaba contra el autoritario y represivo régimen del Sha, y nadie, ni siquiera la oposición democrática iraní que entonces colaboraba con el ayatolá, intuía el horror que éste iba a desencadenar. Cuando llegué a Francia, sin embargo, a mí me espeluznaron la deificación con la que trataban al viejo líder y el bárbaro sexismo imperante: para entrevistarle, tuve que cubrirme con un pañuelo no sólo la cabeza sino también las cejas, porque no se podía ver ni un solo vello, y además se me ordenó mantener la cabeza siempre más baja que la suya, cosa harto difícil porque era un anciano pequeño que estaba sentado en el suelo. Le tuve que hacer la entrevista prácticamente tumbada sobre la alfombra, cosa que no se puede decir que me predispusiera a su favor. Pese a ello, como la glorificación del clérigo entre la intelectualidad de izquierdas estaba en su momento más álgido, moderé mi tono crítico, más que nada por inseguridad, por si me equivocaba, dado que tanta gente inteligente y madura opinaba lo contrario. Y aun así, aun siendo un texto (ya lo verán) muy contenido, me llovieron los ataques, y al periódico llegó un buen montón de cartas indignadas por mi ceguera etnocentrista y mi falta de respeto ante la revolución iraní. Pocas semanas después empezamos a ver en los informativos las ejecuciones múltiples que llevaron a cabo los chiitas en los estadios del nuevo Irán. Creo que nunca me he alegrado tan poco de tener razón.

En otras ocasiones el tiempo me ha permitido entender lo que ocurría. En 1994 fui a entrevistar a Margaret Thatcher, cuatro años después de que dejara el cargo de primera ministra (o más bien de que la obligaran a dejarlo). Por entonces sólo tenía sesenta y nueve años, y fui allí convencida de que me iba a encontrar con una de las mejores cabezas del panorama político mundial. Yo podía estar en las antípodas de sus ideas, pero Thatcher tenía que ser una persona imponente. Había reinventado el neoliberalismo, había conseguido llegar al poder dentro del muy machista partido conservador británico de la época y había sido uno de los líderes internacionales más influyentes del último cuarto de siglo: no eran hazañas baladíes. Así que yo me esperaba una entrevista correosa y dificilísima, pero, para mi completo pasmo, la ex primera ministra fue una decepción. No era una dama brillante, sino tozuda, y sus argumentos, demasiado simples, obvios y antiguos, no me parecieron a la altura de su vida y su pasado. ¡Pero si incluso se metió en varios jardines y perdía el hilo! Era todo tan inesperado que me quedé asombrada, y pensé que quizá una mente tan poco flexible como la suya envejeciera antes y peor. En cualquier caso parecía mayor de lo que era, y cuando corté la grabadora me soltó un enérgico y magnánimo «¡Bien hecho!» con el mismo tono con que una abuela jalearía los primeros pasos de su nieto. Ahora, tanto tiempo después, he comprendido que Thatcher ya estaba manifestando los primeros síntomas del deterioro mental que la condujo a la demencia pocos años más tarde. Probablemente por entonces aún no estaba ni siquiera diagnosticada. Pienso en todo eso y no puedo evitar un escalofrío.

Todos los textos recogidos en este libro fueron publicados en el suplemento dominical de El País. Antes de llegar a este periódico había realizado muchas otras entrevistas en revistas como Personas o Posible y sobre todo en Fotogramas, un semanario por entonces mítico para el que trabajé muchísimo: recuerdo, por ejemplo, una conversación con Orson Welles muy divertida. Pero, como no guardo mis trabajos, no sé dónde localizar ese material. Por otra parte, no cabe duda de que los cuarenta años largos que llevo colaborando con El País han sido los más importantes de mi vida profesional o más bien de mi vida, punto. Aquí he madurado, aquí me han posibilitado alcanzar mi máximo como periodista. No tengo palabras para agradecer todo lo que he aprendido y lo que he vivido en este periódico. Y además me siento muy orgullosa de haber participado en la apasionante andadura de un medio de comunicación que hizo historia en la Transición de este país. Gracias por todo, siempre.

En antiguas ediciones recopilatorias de mis trabajos periodísticos y en un par de libros colectivos he escrito extensos textos hablando de lo que considero que debe ser una entrevista, y no me apetece repetirme. Así que apuntaré tan sólo unas pocas cosas esenciales. En realidad lo más importante para hacer una buena entrevista es tener una verdadera curiosidad por el personaje y por lo que tu interlocutor te va a decir. Parece una verdad de Perogrullo y, sin embargo, se incumple innumerables veces; hay periodistas que no escuchan las respuestas porque están pensando en lo siguiente que van a preguntar; o porque están pegados a su mortecino cuestionario como moscas a un papel insecticida; o porque su ambición no es descubrir un poco más al personaje, sino quedar bien ellos, vencer dialécticamente al famoso, hacerse los listos. Esto último me parece uno de los comportamientos más imbéciles que puede tener un entrevistador; el importante no eres tú, sino la otra o el otro; y da lo mismo que el entrevistado sea impertinente o grosero contigo, por ejemplo; no te lo puedes tomar como algo personal, no te estás jugando ahí tu honor, de la misma manera que un psicoanalista no se juega el suyo en la agresividad de su paciente. De hecho, que el entrevistado pierda los modales o los nervios puede ser estupendo para ti, porque está rompiendo su coraza y dejándote ver su intimidad.

Eso sucedió en la entrevista con Montserrat Caballé, uno de los textos más ásperos de este libro. La grandísima Caballé (una cantante sublime) no queda nada bien en mi retrato, lo cual puede parecer chocante. Pero estoy segura de que la pillamos en un malísimo día, porque la realidad fue aún peor. Por ejemplo, nos tuvo esperando en el pequeño recibidor a pie firme durante muchísimo tiempo, puede que una hora o quizá dos, mientras ella refunfuñaba contra nosotros en la sala. Me acuerdo, eso sí, de que el fotógrafo estaba indignado y quería irse y dejarla plantada, y de cómo yo intentaba explicarle que esa manera de actuar ya formaba parte de la entrevista, que me estaba mandando información a cañonazos. Al final, cuando escribí el texto, intenté dulcificarla, mostrar a una Caballé menos irritante de lo que me había parecido, y éste es otro punto importante a tener en cuenta. El poder final del periodista es brutal; da igual cómo se haya desarrollado la conversación, éste siempre puede al final manipularlo todo y dejar al personaje injustamente mal. De manera que es necesario, como en todo trabajo periodístico, el mayor rigor posible, la mayor honestidad. Pero además, en este tipo de entrevistas llamadas de personalidad, que dependen mucho de la mirada inevitablemente subjetiva del autor, hay que hacer siempre un esfuerzo para enfriar las emociones que has sentido. Las negativas, como en el caso de Caballé, porque pudiste pillar al personaje en el peor día de su vida, o porque quizá fueras tú quien estaba atravesado. Y por añadidura hay que sosegar las emociones positivas, pues quizá el personaje te haya hipnotizado y embaucado hasta hacerte perder todo espíritu crítico.

También es necesario, claro está, documentarse previamente muchísimo. Estudiarlo todo del personaje, leer sus libros o los libros que haya sobre él, hablar a ser posible con gente que le conozca. Y aprenderse todo eso de memoria, para que, si la entrevistada te dice, por ejemplo, «yo nunca he militado en nada», a ti se te levante de manera inmediata en la cabeza la ficha de su afiliación a la ORT durante seis meses de 1977. Con todos los datos recogidos yo siempre me hacía una lista de los temas que quería plantear; no un cuestionario cerrado, sino una especie de mapa del territorio. Eso sí, conviene preparar bien el comienzo de la conversación, sobre todo si no se dispone de mucho tiempo para desarrollarla, porque esos inicios van a marcar todo el encuentro. A menudo cuento, en este sentido, la entrevista de Fraga. Tuvo lugar cuando don Manuel estaba en la cúspide de su fuerza y de su ogredad. Quiero decir que daba mucho miedo. La semana anterior a nuestro encuentro había sacado a un periodista a la escalera agarrado del cuello; yo tenía que plantearle preguntas difíciles (era imposible hurtar el cuerpo a esas cuestiones en aquel momento) y me temía lo peor. De modo que se me ocurrió comenzar con dos comentarios, los dos verdaderos. Primero dije: «Me han contado que tiene usted un gran sentido del humor», lo cual hizo que Fraga se esponjara de placer y se apresurara a corroborarlo; y después añadí: «Y también que es usted un hombre violento que me puede echar a la segunda pregunta», cosa que provocó que torciera el gesto y negara enfáticamente que él fuera capaz de algo así. Esas dos preguntas enmarcaron nuestra conversación como dos candados, porque don Manuel se vio obligado a mantener su fama de hombre con sentido del humor y a demostrar que, en efecto, no era tan violento. Creo que el recurso funcionó.

La entrevista con Fraga fue de inevitable enfrentamiento, pero no todas tienen por qué ser así. Algunos periodistas se sienten más seguros en la esgrima y otros en la complicidad. Yo he cultivado ambas vías, pero prefiero la segunda. Antes puse el ejemplo del psicoanalista, y en verdad creo que una entrevista de personalidad tiene mucho que ver con una sesión de psicoanálisis en múltiples sentidos, como en el hecho de que la gente puede llegar a contar intimidades sorprendentes a alguien a quien no conoce. La clave, insisto, es mostrar un auténtico interés en escuchar al otro, en entender cómo es. Todos los humanos queremos ser escuchados así; si eres capaz de hacer sentir al entrevistado que tu atención es pura y plena, se abrirá. Es un viaje al interior del otro, y debes hacerlo con veracidad y empatía. Si Lou Reed empieza a decirte que dejó las drogas cuando una voz le habló desde el asiento trasero de su coche, tienes que intentar ver el mundo como alguien que considera normal escuchar voces en automóviles vacíos.

Y con todo eso, con la documentación, con las palabras y las emociones y los gestos cruzados durante el encuentro, con los mil y un pequeños detalles en los que me fijaba (los domicilios privados dan mucha información, los despachos oficiales menos pero también), yo me hacía una especie de molde del personaje en el que me introducía imaginariamente para intentar entender cómo era ese sujeto y cómo sentía la vida. Es el mismo viaje que hago para crear los personajes de mis novelas, sólo que en las entrevistas estás obligada a que el molde sea real y documentado. Por último, hay que tener ambición a la hora de escribir. Ambición literaria, me refiero. Buscar la forma adecuada a cada entrevista, porque no todos los encuentros son iguales. Tengo la pequeña satisfacción de haber sido probablemente la principal causante de que las entrevistas de personalidad de El País pudieran librarse de un formato empobrecedor. Al principio, las normas de estilo me imponían una entradilla informativa y luego pregunta y respuesta sin más hasta el final, antecedidas por RM y las iniciales del entrevistado. Entregué y entregué entrevistas con otros formatos que a veces me mutilaron de forma implacable para adaptarlas a las normas, hasta que decidieron que harían una excepción con los textos del suplemento dominical, los míos y los de todos. Era de pura lógica.

Pero basta de hablar de la cocina periodística, porque ya he dicho antes que mi relación con este libro es mucho más íntima, más personal. Revisando los cuarenta años de entrevistas me he ido poniendo de los nervios, porque me he topado demasiadas veces con la joven que fui y a la que no sé bien en qué momento de despiste he perdido. La buena noticia es que se diría que en las últimas décadas ha habido, en efecto, un gran corrimiento de nuestra percepción de la edad. A juzgar por las entrevistas de este libro, lo de que los cincuenta de hoy son como los treinta de antaño no debe de ser una exageración piadosa, como yo me temía. Por ejemplo, le hice una entrevista a Tina Turner y recuerdo que regresé admirada de lo guapísima y escultural que estaba a pesar de lo vieja que era; pues bien, ahora compruebo que, cuando hablé con ella, la cantante acababa de cumplir cincuenta años. ¿Cómo me podía parecer tan mayor, cómo me podía extrañar tanto su buena forma? Hoy no sería una excepción; Sandra Bullock tiene cincuenta y cuatro años, Marta Sánchez cincuenta y dos, Jennifer Lopez cuarenta y nueve, Julia Roberts cincuenta y uno… La lista sería interminable.

Una buena parte de mis entrevistados estaban haciendo la travesía de la cincuentena, y se les veía aplastados por el peso de la senectud de una manera que hoy resulta chocante. Por ejemplo, Luis Miguel Dominguín me recibió en la cama, disfrazando su depresión de cinismo y manteniendo conmigo una conversación crepuscular, un lamento de todo lo perdido, aunque sólo tenía cincuenta y dos años. Pero la entrevista más estremecedora es la que le hice al director de cine italiano Marco Ferreri, autor de El cochecito, una de las películas españolas más maravillosas de todos los tiempos. Era un hombre bamboleante y apático, un viejo sin paliativos. En un momento de la charla me espetó:

—Tú quieres escribir, quieres ser feliz… tú lo quieres todo.

—Claro —contesté.

Y entonces se produjo el siguiente, vertiginoso, espeluznante diálogo:

—Eso es imposible. Los tiempos son tan cortos… ¿Qué edad tienes?

—Veintisiete.

—Y yo cincuenta. A los cincuenta años no se cree en la felicidad, a los veintisiete sí […]. A los cincuenta, por muy bien que te vaya, sólo te quedan veinte años de vida.

En efecto, con angustioso tino, Ferreri falleció diecinueve años más tarde, a una edad a la que casi he llegado. Hoy pienso en aquel hombre que acababa de cumplir cincuenta pero que se había dado por derrotado, y me recuerdo a mí misma con la arrogancia que la inmortalidad de mis veintisiete años me confería, mientras siento silbar, atronador, el huracán del tiempo en mis oídos. Aunque, ¿saben qué? Yo todavía sigo queriéndolo todo.

Luis Miguel Dominguín

La vida desde la cama

«No os gusta el poder —decía Luis Miguel—, pero lo único importante es el poder. Sois visceralmente hombres de la oposición, de la lucha contra el poder, no de la lucha por el poder. Hoy estáis contra Franco, mañana estaréis contra Carrillo, si éste encarna el poder. Yo, en cambio, no. Yo, siempre con el poder. Pero no os preocupéis: igual que ahora intervendría en vuestro favor acerca de mi amigo Camilo Alonso Vega, intervendré mañana en vuestra defensa cuando Carrillo sea amigo mío y vosotros seáis perseguidos.» (Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, p. 69.)

Dice estar resfriado Luis Miguel Dominguín y me recibe en la cama: su horizontalidad, por otra parte, es para mí reincidente. La última entrevista que mantuve con él, hará dos años, fue ya una entrevista ensabanada. Se repiten hoy los mismos detalles: los cartones de cigarrillos rubios en la mesilla, la copa de algo al alcance de la mano, el esquijama gris pálido, el Cristo en la cabecera aunque Luis Miguel no sea creyente, los dos teléfonos sobre la cama sonando de manera incesante, la vez pasada con noticias de una cercana cacería, hoy con llamadas de parientes y de una anónima duquesa con la que Luis Miguel mantiene una charla gorjeantemente frívola. Antes me había dicho: «Fotos en la cama no, que lo mismo me vuelven a procesar por escándalo. Mañana me voy al campo, que vaya el fotógrafo allí». Ese campo abstracto tiene nombre y localización precisa: es La Virgen, la finca que tiene en Andújar, en donde podrá hacerse unas fotografías en su papel de Dominguín triunfador, moreno de soles cazadores, delgado, elástico, lujoso y deportivo, con un esquijama de otro color y con otras cosas sobre la mesilla.

Hará ya alrededor de siete años que le hice la primera entrevista. Entonces acudió a la cita bajando las escaleras de su refinado dúplex —un piso caro en un bloque residencial de céspedes privados— envuelto en una bocanada de fragante after shave. Y la casa estaba atendida por los sirvientes, dos criados filipinos, jóvenes y exóticos, de larga trenza en la espalda y vestiduras orientales. Tan sofisticados. Era aún la época triunfante de Luis Miguel, vivía aún su aureola de maldito mimado por la jet, aparecía en la prensa del corazón en doradas fiestas de vips vestido con kaftanes indecibles, protagonizaba alegres reuniones en su finca Villa Paz, allá en Cuenca, aquella finca que vendió, dicen, a raíz de que Gitanillo de Triana se matase en accidente al salir de una fiesta. Era el playboy soberbio del Régimen, la oveja negra prohijada por la aristocracia y los ministrables franquistas, era la amoralidad controlada, la fantasía cínica dentro de un orden. Un juguete, un adorno social: un producto de lujo necesario.

Sin embargo, hoy han desaparecido los filipinos fantásticos y un empleado de edad madura y aspecto cotidiano abre la puerta: no es un mayordomo, sino el residuo de ese inframundo taurino y macho que impone el ritual de servidumbres siempre masculinas, ese mozo de espadas que no sólo es criado del maestro, sino además, secretario, confidente, cómplice, amigo fiel y enemigo discreto. Hoy han desaparecido los filipinos fantásticos y la casa entera parece lucir un abandono impecable. Ahí siguen los poemas enmarcados de Alberti, los objetos de plata, los trofeos y bronces ganados por Luis Miguel en su carrera. Debió de ser modernísima y exquisita esta casa en los sesenta, pero el orden que impera hoy en ella es de una perfección inanimada: ni una colilla en los ceniceros, ni un asiento hundido por reciente uso. Es como un decorado inhabitado, como un museo sin visitantes, al que los años han ido llenando de manchas las moquetas, de descoloridos trazos los sillones, y tan sólo el dormitorio verdoso tiene calor y residuo humano, como si se hubiera extendido sobre el resto de la casa una fina capa de polvo inexistente, como si la vida entre estas paredes se hubiera ido retirando, primero al piso superior, luego al dormitorio, por último a la cama.

Parece que coincido con todos sus resfriados, porque las dos últimas entrevistas que le he hecho me ha recibido usted en cama.

 

Bueno, yo no estoy resfriado, ése es sólo el pretexto para no levantarme. Como dice el refrán, «carrera que no da el galgo, en el cuerpo la lleva», y como yo he dado muchas carreras en mi vida, ahora tengo que ahorrar. Y, además, tumbado pienso mucho mejor. O sea, que si ahora digo muchas tonterías, imagínate las que podría decir de pie.

Se podría pensar también que es un detalle deliberadamente original a la hora de recibir a un periodista.

 

No, ¿sabes lo que pasa? Mira, si voy a la oficina o si estoy intentando trabajar, cosa además que me molesta muchísimo, que es lo único que me molesta del rey, que ha amenazado con dar a todo el mundo un puesto de trabajo, y eso me parece a mí una mala táctica, porque yo ya he trabajado y no quiero ningún puesto, no me interesa. Bueno, lo que pasa es que si yo voy a la oficina, trabajo mucho menos que si lo hago aquí, desde la cama, con mis papeles y mis teléfonos.

Tiene usted un negocio de importación y exportación, ¿no?

No, ya no. Lo retiré.

 

¿Y a qué se dedica entonces?

Ahora me dedico a ganar tiempo para no hacer nada, porque dicen que el tiempo es oro, pero yo creo que el único tiempo que es realmente de oro es aquel que se pierde.

El que se pierde en la cama, por ejemplo.

 

Exactamente. Todas las cosas importantes de la vida están en la horizontal. Cuando naces estás en la horizontal, cuando te mueres también. Todo lo demás son tiquismiquis.

¿Y cómo se las arregla para no hacer nada y sacar al mismo tiempo suficiente dinero para vivir?

 

Yo no tengo problemas económicos, porque como no tengo ninguna ambición... Mira, tengo a ese hombre que lleva conmigo treinta y cuatro años. No tengo más servicio en toda la casa, y con eso me conformo. No tengo ambiciones, he ido reduciendo mi mentalidad, he ido reduciendo mis posibilidades, afortunadamente. La primera casa que hice tenía veinticuatro habitaciones con cuarto de baño. Y la última que he hecho tiene una habitación, que es la mía, con un cuarto de baño. Y luego tiene dos o tres habitaciones para los invitados, no más, porque más de ocho invitados me parece demasiado. La verdad es que más de dos ya me parecen una multitud. Dos se pueden llevar bien por el momento, tres es una discusión, y cuatro en este país es una revolución. Así es que ocho es ya un problema que como no lo ambientes con cacería puede terminar en tragedia.

Sin embargo, recuerdo que hace unos años, pocos, tenía usted un servicio filipino muy exótico. ¿Formaban parte de los lujos de los que prescindió?

No, lo que pasa es que se fueron porque se hicieron ricos.

Les pagaba mucho, claro.

En mi casa a fuerza de yo ser pobre se hace todo el mundo rico. Se fueron, pero ahora quieren volver. Si quieren, que lo hagan, y si no, pues nada. En la vida no hay que forzar las cosas, porque esto trae unos resultados desastrosos: todo tiene que ser natural.

Digamos que ha sido usted un torero muy especial, que ha salido del contexto puramente taurino, que ha tenido relaciones, por un lado, con los círculos intelectuales y...

Antes de que sigas por ahí te diré que yo hice el ingreso al bachillerato a fuerza de dar entradas a los profesores, y ésa es mi única cultura.

Y a partir de ahí comienza el autodidactismo.

Lo que pasa es que yo creo que todo lo que se escribe en el mundo es con relación a lo que los demás han vivido. Y yo no he estudiado, pero sí he vivido. He tardado un poquillo más en aprender, pero... Tampoco he llegado a mucho, pero tampoco lo quiero. Un hombre culto es un bulto sospechoso.

¿Sospechoso para quién?

Para lo sociedad. Porque un hombre culto se cree inteligente, y un hombre inteligente es peligrosísimo, sobre todo si se dedica a la política, que entonces es un horror.

Usted, entonces, ¿no se considera inteligente?

No, no. Intuitivo.

Decía que ha sido usted un torero muy especial, con una popularidad y una imagen mucho más amplia que la taurina. Se ha mantenido usted siendo noticia incluso después de la retirada, a veces por determinados escándalos en los que usted pudo participar…

Te puedo asegurar que nunca intento tener participación en estas cosas, es que es así el destino de los hombres.

¿Y su destino es ser popular?

No sé si es ser popular o ser un imbécil, porque la popularidad y la imbecilidad están separadas por un estrecho filo de navaja; hay que ir con cuidado.

Lo que está claro es que el destino no deja que se olviden de usted. Ahí está el libro de Semprún, por ejemplo, en el que el apellido Dominguín tiene especial relieve y en el que sale usted. Reproduce una frase suya especialmente cínica, cuando usted acusa a Semprún y a Domingo de ser idealistas...

Son jóvenes, son simplemente jóvenes. Jorge es mayor que yo, pero lo que pasa es que es joven. Y yo creo que no es cinismo lo que hay en esa frase. Lo que pasa es que he vivido antes que él, y aunque sea mayor que yo, pues es un tipo de vida distinto, porque él habla mucho... es un tipo de primer orden, ¿eh?, yo a Jorge le tengo un gran cariño, pero, claro, han vivido una vida que creen que meterse aquí en España, cuando venían clandestinamente, creen, digo, que hacer todo eso es importante, y que eso les podía llevar a la cárcel. Pero como yo estoy acostumbrado a pensar que cada día me podía morir, pues todo eso me parece una ridiculez: vamos, que no tiene la menor importancia. Por eso les dije esas frases un día, las frases que cita en el libro, que, por cierto, lo estoy leyendo, lo tengo ahí, míralo, y di que lo estoy leyendo porque me cuesta un trabajo horrible hacerlo, porque no me interesa nada de lo que dice el libro, porque me parece un coñazo horroroso, que si el partido, que si no sé qué, y cuando cita a La Pasionaria dice sólo Pasionaria, por lo visto lo del la debe ser malo..., en fin, yo aquí, pues, sí, naturalmente, como es ...