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EL BESTIARIO DE AXLIN

Laura Gallego  

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Fragmento

1

Las pesadillas de Axlin eran seis: los galopantes, las pelusas, los dedoslargos, los nudosos, los crestados y los robahuesos. Había sido así desde que tenía memoria, y por esa razón nunca se había planteado la posibilidad de que pudiera existir otro tipo de horrores más allá de la empalizada del enclave en el que vivía.

Su visión del mundo, no obstante, cambió la tarde en que conoció a Ixa y Rauxan.

Por aquel entonces, Axlin tenía ya nueve años y muchas responsabilidades en la comunidad. Cuando los centinelas anunciaron la llegada de los visitantes, sin embargo, dejó en el suelo el cesto medio lleno con las vainas de guisante que estaba recolectando y corrió hacia la puerta con los demás niños. Como de costumbre, y debido a la cojera que arrastraba, llegó la última, pero a nadie le importó.

Los adultos mantuvieron a los niños a una prudente distancia de la entrada, a pesar de que los centinelas nunca abrían el portón interior sin haber cerrado antes el exterior. Ellos aguardaron allí, obedientes y expectantes. Muy pocas veces recibían visitas; por lo general solía tratarse de buhoneros que arriesgaban sus vidas para viajar por los enclaves ofreciendo objetos, alimentos y materiales que no eran fáciles de encontrar en otros lugares. Por esa razón, todos se sorprendieron al ver entrar a una muchacha de unos doce años, seguida de un chico algo menor que ella. Los acompañaba un hombre adulto, pero los niños del enclave ya no se fijaron en él. Todos, incluida Axlin, lanzaron una exclamación de asombro y temor al ver a la chica. Nixi estalló en lágrimas.

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Ella se detuvo y los contempló, desorientada.

—Se la llevarán los dedoslargos, se la llevarán los dedoslargos... —lloriqueaba Nixi; y el pequeño Pax, que no entendía qué estaba sucediendo, se echó a llorar también.

Axlin los abrazó a ambos para consolarlos, pero no podía apartar la mirada de la recién llegada. Jamás había visto una cabellera tan larga y tan rubia como la suya. Inquieta, se pasó los dedos por su propia cabeza, apenas cubierta por una corta pelusilla de color negro.

—¡Ixa! —dijo el otro chico, acercándose a la muchacha rubia—. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos miran así estos niños pelones?

También él lucía unos desconcertantes rizos pelirrojos, y Axlin se preguntó cómo era posible que siguieran con vida todavía.

Tux se abrió paso y se plantó ante los recién llegados, con los brazos cruzados ante el pecho. Tenía casi trece años y no tardaría en abandonar la cabaña de los niños para ir a vivir con los adultos.

—No podéis llevar el pelo largo —informó con firmeza—. Si queréis pasar la noche aquí, tendréis que cortároslo como nosotros.

Ixa lanzó una exclamación, consternada, y se recogió el cabello con ambas manos, como si pretendiese protegerlo de las insidiosas intenciones de aquellos «niños pelones».

—¿Quién te crees que eres para darnos órdenes? —protestó el pelirrojo.

Tux no respondió ni movió un solo dedo.

—No nos cortamos el pelo por capricho —intervino Xeira con suavidad, sin comprender por qué tenía que explicar algo tan obvio—. Es la única forma de evitar que se nos lleven los dedoslargos. ¿O es que vosotros conocéis alguna otra?

—¿Dedoslargos? —repitieron a dúo los forasteros, desconcertados.

—Ixa, Rauxan —los llamó entonces el hombre que los acompañaba.

Había estado hablando con Vexus, el líder del enclave, mientras los niños conversaban. Axlin se fijó en que tampoco él cumplía las normas referentes al cabello. No lo llevaba demasiado largo, pero necesitaba afeitarse la barba con urgencia.

Se reunió con ellos y dirigió una mirada pesarosa a los «niños pelones».

—Tenéis que rasuraros la cabeza vosotros también —informó a los suyos—. Es una norma del enclave.

A Ixa se le llenaron los ojos de lágrimas y Rauxan puso mala cara, pero ninguno de los dos protestó. Al fin y al cabo, todo el mundo cumplía las normas de los enclaves. Eso era algo que estaba fuera de toda discusión.

Los otros niños los siguieron con curiosidad y se quedaron a observar mientras les cortaban el pelo. Cuando los bucles rubios de Ixa comenzaron a caer en cascada a su alrededor, la muchacha ya no lloraba; se mantenía en silencio, pálida y asustada.

Cenaron todos, como tenían por costumbre, antes de la puesta de sol. Mientras preparaban las mesas, Axlin regresó a donde había tenido lugar el corte de pelo para apropiarse de uno de los mechones de Ixa, que alguien había barrido y acumulado en un rincón, junto con los rizos rojizos de Rauxan y los restos de la barba del forastero adulto, que ya sabía que se llamaba Umax. No tenía muy claro por qué lo hacía. Estaba convencida de que ella jamás se dejaría crecer tanto el pelo, y tampoco lo deseaba.

Había una idea, sin embargo, que no cesaba de dar vueltas en su mente, aunque no fuera capaz de darle forma.

Aquella niña, con el cabello tan largo..., aquellas personas... seguían vivas.

Eso significaba algo, aunque Axlin no podía alcanzar a deducir de qué se trataba. Guardó el mechón rubio entre sus tesoros más preciados antes de correr, renqueante, a reunirse con los demás.

Los niños forasteros no se sentaron junto a ellos en la cena. Se mantuvieron junto a Umax, serios y en silencio, sin acabar de acostumbrarse a su nuevo aspecto.

Los niños del enclave, en cambio, no hablaban de otra cosa.

—¿Cómo es posible que llevaran el pelo tan largo? —planteó Xeira, todavía desconcertada—. ¿Quiénes son? ¿Y de dónde vienen?

—He oído que su enclave fue destruido hace unas semanas —informó Tux en voz baja, para que no lo oyeran Pax y Nixi, los más pequeños—. Solo ellos tres han sobrevivido.

Axlin y Xeira lanzaron exclamaciones de horror y conmiseración.

—¿Fueron los dedoslargos?

—No lo creo. —Tux reflexionó—. Es posible que no haya dedoslargos en el lugar de donde vienen.

—¿Existe un lugar donde no hay dedoslargos? —preguntó Axlin, fascinada; se pasó de nuevo la mano por la cabeza, preguntándose si podría dejarse crecer el pelo allí.

—No lo sé. Es posible.

—Pero, aunque no tuvieran dedoslargos —murmuró Xeira—, había otros monstruos a los que no pudieron vencer.

Los niños contemplaron de nuevo a Ixa y Rauxan. Ahora ya no se mostraban tan arrogantes, y la noticia de su tragedia los había conmovido.

—¿Pueden hacer eso los monstruos? —preguntó Axlin con timidez—. ¿Pueden destruir un enclave entero?

Los niños cruzaron miradas tensas, repletas de inquietud.

—Ha pasado algunas veces —respondió Xeira—, pero a nosotros no nos sucederá. Sabemos cómo defendernos de todos los monstruos.

No obstante, apenas un rato más tarde descubrió que aquello no era verdad.

Ixa y Rauxan fueron alojados en la cabaña de los niños. No pusieron ningún reparo, dado que su antiguo enclave se había organizado de la misma forma: la casa más segura de la aldea, la más sólida y mejor defendida, se alzaba justo en el centro, lejos de las empalizadas, y era allí donde vivían los niños menores de trece años y las madres con sus bebés. Cuando estos alcanzaban el año de edad, sin embargo, las madres regresaban a las casas de los adultos, que formaban un cinturón protector en torno a la cabaña central, y sus hijos quedaban al cuidado de los muchachos mayores. Así, los niños crecían sin saber a ciencia cierta quiénes eran sus padres, y los padres se desvinculaban enseguida de los hijos que habían engendrado. Todos eran hermanos entre ellos. Todos los adultos ejercían como padres, y todos los niños eran hijos del enclave.

En la época en que llegaron Ixa y Rauxan vivían en la cabaña cinco niños. También se alojaban con ellos Kalax y su bebé de tres meses. No eran muchos, y precisamente por eso el enclave los protegía con uñas y dientes. Era sumamente difícil sobrevivir a la infancia, llegar a la edad adulta y aportar una nueva generación a la comunidad. Se trataba de algo que los niños mayores sabían muy bien, aunque nunca hablaran de ello.

Hicieron sitio a los recién llegados y prepararon catres para ellos. Ixa examinaba la estancia con aprensión. Cuando alzó la vista al techo, lanzó una exclamación de horror.

—¡Rauxan, no podemos dormir aquí!

Su amigo siguió la dirección de su mirada y compartió su alarma. Los otros niños tardaron un poco en convencerlos de que no se marcharan, y en comprender que echaban de menos algo llamado «red contra babosos».

—¿Qué es la red contra babosos? —quiso saber Nixi.

—¿Qué son los babosos? —preguntó Axlin a su vez.

Los nuevos las contemplaron sin dar crédito a lo que oían.

—¿No sabéis lo que son los babosos?

No tuvieron ocasión de contestar, porque Kalax entró en aquel momento y los mandó a todos a la cama. Los niños obedecieron y ejecutaron los rituales de costumbre, en orden y en silencio. Hubo algunos murmullos cuando los forasteros extrajeron de sus equipajes unos calcetines gruesos y burdos que despedían un olor penetrante. Se los pusieron casi de forma automática, sin prestar atención a las miradas perplejas que cruzaron los demás.

Solo cuando juzgó que sus pies estaban convenientemente protegidos, Ixa alzó la cabeza y contempló a sus anfitriones con gesto incrédulo.

—Es por los chupones —les explicó, como si fuera obvio.

—Shu-pooo-neees —repitió Pax con su lengua de trapo.

Tux negó con la cabeza.

—No sé de qué estás hablando.

Ixa comenzaba a enfadarse.

—No te creo. He visto que esa niña cojeaba —añadió, señalando a Axlin—. Te atacaron los chupones, ¿verdad? No tienes por qué avergonzarte si te faltan algunos dedos; en nuestro enclave había supervivientes que estaban mucho peor que tú.

Sus palabras pretendían ser amables, pero Axlin reaccionó con desconfianza.

—No me falta ningún dedo, muchas gracias —replicó, retrocediendo un poco sobre su catre.

Ixa lo tomó como un desafío a sus palabras.

—No te creo —repitió—. Vamos, enséñame ese pie —demandó, y se lanzó sobre ella.

Tras un breve forcejeo, logró sacar el pie descalzo de Axlin de debajo del embozo. La niña lanzó una risita mientras Ixa lo alzaba en alto para verlo bien.

—Para, para, me haces cosquillas.

Pax rio también, encantado, creyendo que era un juego. Pero fue el único.

—¿Lo ves? —intervino Xeira, un tanto molesta—. Axlin tiene todos los dedos. Si cojea, no es por culpa de esos chupones de los que hablas.

—La atacó un nudoso cuando tenía cuatro años —explicó Tux.

Ixa soltó el pie de Axlin, avergonzada.

—Oh —dijo solamente—. Lo siento.

La forma en que lo dijo dejó patente que sí conocía a los nudosos. Tux, sin embargo, creyó conveniente completar la explicación:

—La cogió por el tobillo y tiró de ella para hundirla en el suelo. Y se la habría llevado si Vexus no lo hubiese visto a tiempo. Consiguió retenerla, pero el nudoso la había agarrado con tanta fuerza que le destrozó el tobillo. No ha vuelto a caminar bien desde entonces.

—Lo siento —repitió Ixa.

Axlin había vuelto a cubrirse con el embozo, y se encerró en un silencio ofendido. Kalax aprovechó para poner orden.

—No se habla de monstruos antes de dormir —les recordó—, y mucho menos delante de los más pequeños. Voy a apagar la luz y, cuando lo haga, quiero que todos estéis acostados y en silencio.

Los niños obedecieron. Kalax apagó la lámpara, y durante un buen rato solo se oyó el sonido de su bebé mamando con fruición. Después el pequeño eructó, lloriqueó un poco y por fin se durmió.

Axlin, en cambio, se sentía incapaz de conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en lo que Ixa les había dicho. ¿Babosos? ¿Chupones? Nunca había oído hablar de ellos; el hecho de que existieran monstruos desconocidos, contra los que no sabía cómo defenderse, la llenaba de inquietud.

Un rato más tarde oyó la voz de Tux, que susurraba en la oscuridad:

—¿Ixa? ¿Estás dormida?

—No —respondió ella en el mismo tono.

—Yo tampoco —informó Rauxan.

—Ni yo —añadió Xeira.

—¿Y Kalax y los pequeños? —siguió indagando Tux—. ¿Se han dormido ya?

Se oyó un rumor de sábanas mientras los niños se acercaban en silencio a comprobarlo. Axlin cerró los ojos con firmeza, porque a sus nueve años no sabía si la incluirían o no en la categoría de «los pequeños». Y quería saber qué se traía Tux entre manos.

—Todos dormidos —informó Xeira en voz baja; tal como Axlin había sospechado, no contaban con ella para su pequeño conciliábulo—. ¿Por qué querías saberlo?

Tux no respondió enseguida. Axlin aguardó, intrigada, mientras fingía que dormía profundamente.

—Esos chupones de los que hablabas, Ixa... —dijo el chico al fin—, ¿cómo son?

Las otras niñas contuvieron el aliento, entre aterradas y fascinadas. Fue Rauxan, sin embargo, quien respondió en un susurro:

—Yo nunca los he visto, aunque los he sentido varias veces.

—Yo sí que vi uno, una vez —dijo Ixa—. Estaba rondando en torno a mis pies, le di una patada y salió corriendo a esconderse bajo la cama. Pero como estaba oscuro, no pude apreciarlo bien.

—¿Cómo era de grande? —quiso saber Tux.

—Como una rata, más o menos. No obstante, lo peor de los chupones no es su tamaño.

Hizo una pausa, pero nadie se atrevió a apremiarla para que continuara.

—Los chupones —prosiguió por fin— llegan por las noches, cuando todo el mundo está durmiendo. No importa cuántas trampas o barreras inventes para detenerlos, ellos siempre se las arreglan para entrar en las casas de todas formas. Se meten en tu cama y empiezan a comerte los dedos de los pies. Y tú no te enteras, porque no lo sientes. Hay algo en su saliva que calma el dolor para que no te despiertes con los mordiscos. Así se pueden pasar toda la noche, y primero se comen los dedos de tus pies, luego tus pies, después los tobillos, las pantorrillas... Algunos se despiertan a tiempo y solo pierden un par de dedos. A otros los sorprendió la mañana desangrándose en sus camas, sin piernas.

Los otros niños escuchaban, mudos de horror. Axlin se estremecía, acurrucada bajo las mantas. Dobló las rodillas, tratando de proteger sus pies de aquel enemigo desconocido.

Rauxan tomó entonces la palabra:

—La única manera de evitarlo es usar unos calcetines especiales. Los hacemos con lana de cabra y los lavamos a menudo con jugo de cebolla; por eso huelen tan raro. Pero a los chupones no les gusta. Si se meten en tu cama y llevas puestos estos calcetines, bien ajustados para que no te los puedan quitar, se limitarán a chuparte un poco los dedos de los pies a través del tejido. Y después se marcharán, porque el sabor a cebolla les da mucho asco, y el tacto de la lana les produce picores en la nariz.

Los niños se rieron bajito.

—No sabemos si es exactamente así —matizó Ixa—. Pero sí está claro que nuestros calcetines no les gustan. Todos en nuestro enclave sentimos alguna vez a los chupones lamiendo los dedos de nuestros pies y, sin embargo, la mayoría de nosotros los conservábamos, por suerte, así que los calcetines funcionan de verdad.

—Nosotros también notamos a los dedoslargos cuando vienen por la noche —dijo Tux—. Se deslizan entre las camas como sombras y te pasan las manos por la cara y por la cabeza, buscando tu pelo. Sus dedos son húmedos y fríos. Parece que te acaricien, pero es horrible sentir su tacto sobre la piel. A pesar de eso, si los notas, lo mejor es hacerte el dormido. Porque si no tienes pelo, se marcharán.

Hubo murmullos de asentimiento, mientras los niños forasteros escuchaban, sobrecogidos.

—¿Y qué pasa si encuentran un niño con el pelo largo? —se atrevió a preguntar Rauxan.

—Niño o adulto, les da igual —puntualizó Xeira—. Lo agarran por el pelo y se lo llevan a rastras hasta su madriguera para devorarlo. Si te coge el dedoslargos, no importa cuánto llores, grites o patalees, no te vas a poder soltar. Además corre tan deprisa, incluso con su presa a rastras, que nadie puede alcanzarlo para rescatarla. La gente a la que se lleva el dedoslargos no vuelve nunca más.

—Yo he oído decir —añadió Tux— que una vez una patrulla encontró la madriguera de un dedoslargos. Consiguieron matarlo y rescataron los restos de todas las personas a las que se había llevado. Contaron ciento doce cráneos entre niños y adultos.

Axlin inspiró hondo. Nunca había oído contar esa historia.

—Eso debe de ser un bulo, Tux —objetó Xeira—. No hay ningún enclave tan grande.

—No; pero, si el dedoslargos llevaba allí muchos años, tal vez siglos..., sí habría podido llevarse a toda esa gente. Sin embargo, eso no fue lo peor que encontraron en la madriguera.

—¿Ah, no?

—No. Además de los huesos de sus víctimas, el dedoslargos también guardaba sus cabelleras. El pelo de todas aquellas personas, arrancado de cuajo, atado con cuerdas y ordenado por colores, del más claro al más oscuro. Había ciento doce cráneos y ciento doce matas de pelo. El dedoslargos las había guardado todas.

Los niños guardaron silencio y contuvieron la respiración, como si pudieran oír los pasos del dedoslargos deslizándose entre las sombras de la habitación.

—Y por esa razón —concluyó Tux—, en este enclave nos cortamos el pelo de esta manera. Desde que lo hacemos, los dedoslargos no se han llevado a nadie más.

—Y aun así todavía vienen algunas noches —añadió Xeira—. Los sentimos entre nosotros, notamos sus dedos en la cara y a veces oímos su respiración muy cerca del oído. Nos acarician la cabeza e intentan cogernos del pelo, pero no pueden. Y entonces se van.

Ixa y Rauxan escuchaban con atención. Por fin, la muchacha dijo:

—Entiendo. Gracias por insistir en que nos cortásemos el pelo. En nuestro enclave, nunca habíamos oído hablar de los dedoslargos.

—Pero sí de los nudosos —se defendió Rauxan, como si se sintiera en la obligación de hacerlo—. Y vosotros no conocíais a los chupones, después de todo.

—¿Fueron esos chupones los que destruyeron vuestro enclave? —quiso saber Tux.

—¡Tux! —lo reprendió Xeira, escandalizada. Pero los forasteros no se molestaron.

—No —respondió Ixa en voz baja—, fueron los escuálidos. Aprovecharon una mañana de niebla muy densa para organizar un ataque. Encendimos las fogatas para repelerlos, como de costumbre, pero entonces se puso a llover con fuerza y las hogueras se apagaron. Mientras intentábamos encenderlas de nuevo, abrieron un hueco en la empalizada y entraron en el enclave. Eran muchos, y estaban muy hambrientos. Nosotros nos salvamos porque a mediodía salió por fin el sol, y los escuálidos corrieron a esconderse. Si la niebla hubiese tardado más en levantarse, nos habrían devorado a todos.

Nadie dijo nada. Tampoco habían oído hablar nunca de los escuálidos, pero ni Tux ni Xeira se atrevieron a preguntar. Bajo las mantas, Axlin temblaba de terror.

—Murieron diecinueve personas —siguió relatando Rauxan, con voz extrañamente desapasionada; como si, describiendo los hechos de aquella manera, el horror fuera un poco menos horrible—. Trece adultos y seis niños. Sobrevivimos nosotros tres, y otros dos adultos que se han quedado por el camino. A uno se lo llevó un piesmojados y a la otra la mataron los crestados.

La voz de Rauxan se apagó; Axlin oyó los suaves sollozos de Ixa desde el catre contiguo, y el terror que sentía se hizo más grande, amenazando con devorarla desde dentro. Tras unos instantes de silencio sobrecogido, pareció que Tux iba a añadir algo, pero entonces se oyó la voz de Kalax desde el jergón que ocupaba junto a la puerta:

—Chicos, ¿todavía no os habéis dormido? ¿Qué os pasa?

—Nada, Kalax —respondió Tux—. Es que los nuevos echan de menos su casa.

—Es natural —respondió ella en un susurro—. Tratad de dormir y manteneos en silencio, o despertaréis a los pequeños.

Nadie dijo nada más aquella noche. Los recién llegados, agotados tras tantas emociones, terminaron por dormirse. Sin embargo, Axlin fue incapaz de pegar ojo. Aquellos niños forasteros habían sembrado su mente de nuevos horrores, como si los espantos cotidianos no fueran ya suficientes. No podía dejar de mover sus pies descalzos, echando de menos las prendas de lana de cabra que ahuyentaban a los chupones, y que nunca antes había necesitado. También pensaba en aquellas nuevas criaturas que llegaban para aumentar el catálogo de sus pesadillas: los escuálidos, los babosos, los piesmojados. No sabía cómo eran aquellos seres, ni de qué nuevas y retorcidas formas exterminaban a los humanos; pero eso no los hacía menos terribles, sino al contrario.

2

Mucha gente en el enclave dio por sentado que los tres forasteros se quedarían allí definitivamente. Los nuevos miembros eran siempre bienvenidos en la comunidad, especialmente si se trataba de adultos fuertes y sanos, como Umax, o de niños, como Rauxan; pero, sobre todo, de muchachas que serían mujeres fértiles cuando crecieran, como Ixa.

Los primeros días, de hecho, los recién llegados se integraron en el enclave y se esforzaron por aprender sus normas y sus rutinas. Los niños no volvieron a preguntar a Ixa y Rauxan sobre los monstruos que habían dejado atrás, pese a que Axlin no los había olvidado. Después de todo, cuando sobrevenía una tragedia lo más sensato era mirar hacia delante y tratar de recuperar la normalidad cuanto antes.

Por esa razón, todos se sorprendieron cuando Umax anunció que reemprenderían su camino en cuanto hubiesen recuperado las fuerzas. Los niños rodearon enseguida a Ixa y Rauxan, demandando una explicación.

—¿Por qué os vais? —preguntó Xeira angustiada—. ¡Es muy peligroso! El lugar de los niños está en los enclaves, no en los caminos.

Los demás se mostraron de acuerdo. La simple idea de atravesar las puertas de la empalizada y adentrarse de nuevo en el salvaje mundo que se extendía al otro lado les parecía poco menos que un suicidio.

—Si salís ahí fuera, se os comerán los monstruos —gimió Nixi con los ojos llenos de lágrimas.

Y entonces Ixa empezó a llorar también.

—¡Yo no quiero marcharme! —confesó afligida—. ¡Tengo mucho miedo!

Xeira la abrazó para consolarla, mientras los otros niños las contemplaban desconcertados, sin saber qué decir. Rauxan permanecía a su lado en silencio, tratando de parecer resuelto; pero le temblaba el labio inferior.

Tux resopló.

—No es justo —declaró, y se alejó de ellos a grandes zancadas.

Axlin lo llamó:

—¡Tux! ¡Tux, espera! ¿A dónde vas?

—¡A hablar con Umax!

—¡No vas a conseguir que cambie de opinión! —le advirtió Rauxan; el chico no le hizo caso.

Axlin echó a correr detrás de Tux, renqueando, pero nadie más la acompañó.

Lo encontró en casa de Oxis; allí se hallaba también Umax, que había interrumpido su conversación con el anciano para escuchar a Tux.

—... y no te puedes llevar a Ixa otra vez a los caminos —le estaba diciendo el chico con ardor—. Estará mucho más segura aquí...

—Entiendo tu preocupación, Tux —lo interrumpió Umax—, pero ningún enclave es seguro. Ni siquiera el tuyo.

Tux inspiró hondo y Axlin se apoyó en el quicio de la puerta, tratando de recuperar el aliento tras la carrera. Tardó unos instantes en asimilar lo que Umax acababa de decir. ¿Que los enclaves no eran seguros? Eso no podía ser verdad. Era lo primero que aprendían todos los niños: que en aquellos recintos protegidos por altas empalizadas estarían a salvo, más que en ningún otro lugar.

Pero, por otro lado, Umax provenía de una aldea muy similar a la suya..., una aldea que había sido asaltada y destruida por los monstruos. Era lógico, hasta cierto punto, que tuviese dudas al respecto.

Se removió con inquietud. Hasta la llegada de aquellos tres forasteros, ella no las había tenido.

—A lo mejor los enclaves no son seguros —acertó a replicar Tux por fin—, pero los caminos lo son todavía menos.

—Cierto. No obstante, los monstruos acabarán por arrasar todas las aldeas humanas, una detrás de otra. Es cuestión de tiempo. Así que lo mejor que podemos hacer es huir lejos de aquí, buscar un lugar donde las cosas sean diferentes.

—No existe tal lugar...

—Sí que existe. Lo llaman la Ciudadela. Ahora eres muy joven, pero tal vez, cuando seas un poco mayor, tú también abandones este sitio para ir en su busca.

Tux sacudió la cabeza.

—Nunca me iré de aquí —declaró—. Si tengo que morir luchando contra los monstruos, lo haré. No pienso huir como un cobarde.

Axlin inspiró hondo, pero Umax no se enfadó. Se limitó a sacudir la cabeza con una media sonrisa.

—Ya crecerás, muchacho. Todos lo hacemos, si los monstruos lo permiten.

Al no obtener del hombre la reacción que había esperado, Tux se mostró un poco desconcertado.

—Bueno —dijo al fin—, si tú quieres seguir tu viaje, me parece bien, claro. Pero ¿por qué te llevas a Ixa y a Rauxan? ¿No se pueden quedar aquí, si es lo que quieren?

Umax guardó silencio un momento antes de responder:

—Ellos son todo lo que queda de mi enclave. Están bajo mi responsabilidad y no puedo dejarlos atrás.

—¿Y hasta dónde iréis en busca de esa Ciudadela?

—Hasta que la encontremos, hasta que no podamos viajar más o hasta que los monstruos nos maten en el camino. Y ahora, Tux, si me lo permites... Oxis y yo tenemos cosas que hacer.

El muchacho resopló, molesto, y salió de la casa hecho una furia. Axlin se quedó allí, junto a la puerta, tratando de comprender todo lo que Umax había dicho.

De modo que Ixa y Rauxan se iban de verdad... y probablemente para siempre. A pesar de que solo llevaban unos días en el enclave, Axlin sabía que todos los iban a echar mucho de menos. Habían supuesto un soplo de aire fresco, una maravillosa novedad en la rutina gris de la aldea.

Contempló a Umax y Oxis, pensativa, mientras reanudaban su conversación.

Oxis era el hombre más viejo de la comunidad. Tux decía que tenía por lo menos cincuenta años, pero Axlin no creía que fuera verdad. No conocía a nadie que hubiese vivido tanto tiempo.

No obstante, Oxis no salía nunca fuera del enclave. Por lo que ella sabía, de joven había sobrevivido de milagro al ataque de la cuadrilla de robahuesos que había asesinado al resto de los miembros de su grupo durante una salida al exterior. Igual que Axlin, sufría secuelas físicas que le impedían moverse con la misma agilidad que los demás. Oxis usaba bastón y apenas podía desplazarse sin ayuda, por lo que habría sido una carga para cualquier patrulla.

Por otro lado, cada vez que pensaba en aquella historia, Axlin no podía evitar plantearse qué sentiría el anciano si por alguna circunstancia volviese a toparse con aquellos robahuesos; qué pensaría al contemplar las toscas armaduras que ellos mismos se fabricaban con los restos de sus víctimas; y si se quedaría mirando los cráneos humanos que protegían las cabezas de aquellas repugnantes criaturas, preguntándose cuáles de ellos habrían pertenecido a sus compañeros caídos. Si alguno hubiese podido ser el suyo propio, en el caso de que la suerte no le hubiese sonreído aquella tarde.

Bien mirado, era una buena cosa que no pudiese salir más a patrullar. Se le daba bastante bien cocinar, fabricar herramientas y arreglar objetos que se rompían, por lo que resultaba útil al enclave a su manera.

Umax siguió hablando sobre su viaje, aunque Oxis no parecía escucharlo. A Axlin le resultó extraño, pues siempre era un oyente atento y considerado; pero en esta ocasión se mostraba más interesado en deslizar un extraño objeto alargado sobre la superficie de algo que parecía un montón de láminas muy finas, unidas a un soporte de piel que sostenía sobre sus rodillas. Era un gesto tan insólito que Axlin preguntó de pronto, sobresaltando a los dos hombres:

—¿Qué estás haciendo, Oxis?

El anciano la miró, un tanto contrariado ante aquella nueva interrupción.

—¿Tú también, Axlin? ¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿Qué es eso? —insistió ella—. No había visto nunca nada igual. ¿Para qué sirve?

Pero Oxis la echó de allí sin contemplaciones.

Axlin no volvió a pensar en ello, porque en aquellos momentos el destino de Ixa y Rauxan la preocupaba más que el curioso comportamiento del anciano.

Los niños no fueron los únicos que suplicaron a Umax que reconsiderase su decisión. Varios adultos del enclave, con Vexus a la cabeza, trataron de convencerlo de que permitiese a Ixa y Rauxan quedarse con ellos. Hubo una breve discusión cuando Umax insinuó que detrás de aquella petición había un interés evidente por parte del enclave para quedarse con «sus» niños. Vexus se molestó, pero otros adultos intervinieron y Umax se disculpó por lo que había dicho.

Yulixa propuso que esperaran a que llegase algún buhonero errante para unirse a él y a sus escoltas en su viaje; una idea que Umax rechazó. Y dijo algo que Axlin, que escuchaba a los adultos con atención, recordaría siempre, aunque en aquel momento no lo comprendiera del todo:

—Si nos quedamos unos días más, ya no seremos capaces de marcharnos.

Vexus suspiró y accedió por fin a que se fueran, para consternación de los niños.

—Pero os acompañaremos hasta el próximo enclave —decidió—. Si os marcháis solos, no sobreviviréis.

Umax se negó al principio porque no quería abusar de la hospitalidad de la aldea, ni tampoco cargar con la responsabilidad de las bajas que pudieran producirse. Pero Vexus insistió.

Después de aquello, ya solo quedó perfilar los detalles.

Dos días después, Umax, Ixa y Rauxan partieron por fin, a primera hora de la mañana. Los acompañaban Vexus y otros tres adultos del enclave. Los que se quedaron se despidieron de ellos con brevedad; todo lo que debían decirse ya había sido dicho la noche anterior y, aunque eran conscientes de que existía la posibilidad de que alguno de ellos no regresara, el grupo no podía entretenerse si quería alcanzar el refugio al anochecer.

Cuando la puerta de la empalizada se cerró tras ellos, Axlin se quedó mirándola, incapaz de reaccionar. Estaba acostumbrada a ver salir a los adultos cuando partían en expediciones de abastecimiento, pero nunca antes había visto a ningún niño cruzar aquellas puertas, y por eso se había quedado allí plantada, paralizada de puro terror. Era consciente de que venían de lejos y habían sobrevivido al viaje, pero eso no la tranquilizaba. En el fondo de su corazón sabía que no volvería a verlos jamás.

—Vamos, Axlin —dijo Tux, y la empujó suavemente para que se moviera.

Ella dio la espalda a la puerta y solo cuando dejó de verla se sintió un poco mejor.

La aldea quedó muy silenciosa cuando el grupo se marchó. Y las horas se le antojaron después a Axlin extrañamente largas, como si las hubiesen estirado. La cabaña de los niños parecía mucho más vacía sin Ixa y Rauxan, pese a que solo habían pasado unos días con ellos.

Los que se quedaron tuvieron que trabajar mucho más para compensar la ausencia de Vexus y los demás. Y, como si hubiesen sentido que el enclave no contaba con algunos de sus miembros más capaces, al segundo día los robahuesos trataron de echar abajo la empalizada. Los adultos lucharon contra ellos con los escasos medios de los que disponían, mientras los niños se atrincheraban en la cabaña, temblando de miedo y sollozando en silencio. Sabían perfectamente lo que debían hacer porque había sucedido en otras ocasiones; los robahuesos intentaban entrar en el enclave a menudo, y la empalizada y los centinelas estaban allí únicamente para repelerlos. Los crestados y los galopantes, en cambio, acechaban en campo abierto y nunca atacaban un enclave bien defendido. Y en cuanto a los nudosos, las pelusas y los dedoslargos..., en fin, aquellas criaturas entraban en el enclave de todas formas, y no había nada que los humanos pudiesen hacer para impedirlo, por mucho que lo intentasen.

La batalla de aquel día fue más larga e intensa de lo habitual, y por un momento los niños temieron que los robahuesos lograran superar las defensas del enclave. Por fin, Nanaxi abrió la puerta y anunció que el peligro había pasado.

—Tux, Xeira —los llamó—, necesitamos que nos ayudéis a reparar los desperfectos y curar a los heridos.

Axlin asumió que, como de costumbre, tendría que cuidar de los más pequeños. Salió de la cabaña con el bebé de Kalax en brazos y guio a Nixi y a Pax hasta el huerto, para que jugasen a la sombra de los árboles frutales y se recuperasen del susto.

Había llevado un pañal limpio para el bebé, y se puso a cambiarlo mientras Pax y Nixi se perseguían el uno al otro. Entonces Nixi se cayó al suelo y se hizo daño en la rodilla. Axlin depositó al bebé sobre la manta para ir a lavarle la herida a la niña; fue solo un momento y, cuando volvió, el bebé seguía donde lo había dejado, por lo que se relajó un instante y le hizo cosquillas en la nariz para hacerlo reír.

Pero entonces Nixi preguntó:

—¿Dónde está Pax?

Axlin se incorporó y miró a su alrededor. Vio que Pax se había alejado de ella sin que se diera cuenta, saltando y riendo como si le estuviesen contando un chiste muy divertido. Entornó los ojos, inquieta ante aquel extraño comportamiento. Detectó entonces unas pequeñas siluetas redondas y coloridas que brincaban entre sus pies.

Y el corazón se le detuvo un breve instante.

Pelusas.

—¡Pax! —gritó—. ¡Paaax!

Pero el niño no la oía. Seguía jugando con aquellas pequeñas criaturas, de pelaje suave y esponjoso y largas colas rematadas por mechones que parecían una llamarada multicolor.

A todos los niños pequeños les encantaban las pelusas. Se les subían encima, saltaban a su alrededor, les hacían cosquillas y jugaban con ellos hasta ganarse su confianza. Y entonces...

Todos aprendían muy pronto que no había que dejarse engatusar por las pelusas. Se podía confiar, por tanto, en que cualquier niño a partir de los cuatro o cinco años sería consciente del peligro y huiría de ellas en lugar de seguirlas.

Los más pequeños, sin embargo, o no lo comprendían aún o lo olvidaban con facilidad.

Axlin echó a correr, desesperada.

—¡Paaax! —gritó—. ¡Paaax! ¡Vuelve!

El niño se volvió un momento hacia ella, desconcertado. Pero las pelusas brincaron más alto y atrajeron de nuevo su atención. Entre gritos de alegría, Pax corrió tras ellas, tratando de atraparlas.

Axlin maldijo su pie torcido, su exasperante lentitud, su inevitable torpeza. Se esforzó por avanzar más rápido mientras llamaba al niño con toda la fuerza de su desesperación.

—¡Paaax! ¡Paaax!

Las pelusas lo guiaban en una dirección determinada. Pax las siguió, encantado, hasta detrás de las matas de habas. Axlin lo perdió de vista; lo llamó de nuevo, pero tropezó y cayó de bruces. Angustiada, contempló desde el suelo cómo la última pelusa abría de pronto una boca monstruosamente grande y erizada de dientes.

El horror retorció sus entrañas como una garra de hielo.

En el mismo instante en que trataba de levantarse, ignorando el dolor sordo de su pie herido, dejó de oír la risa de Pax.

Lo siguiente que oyó fueron sus gritos.

Axlin se arrastró por el suelo como pudo, tratando de llegar hasta el pequeño antes de que fuera demasiado tarde. Pero iba lenta, muy lenta...

El niño aullaba de miedo y de dolor detrás de las matas de habas. Axlin vislumbró, entre sus lágrimas de impotencia, una figura que la adelantaba, rauda y envidiablemente ágil. Reconoció a Nanaxi y se sentó en el suelo, aliviada porque por fin un adulto iba a salvar a Pax..., y entonces los alaridos del niño dejaron de escucharse súbitamente, y la exclamación de horror de Nanaxi confirmó sus peores temores.

Axlin gritó también, entre lágrimas, el nombre de Pax. Otros adultos llegaron corriendo para reunirse con Nanaxi y confirmar el fatal desenlace. La muchacha se puso en pie con torpeza y trató de seguirlos, pero Yulixa se lo impidió.

—No, Axlin, no vayas...

Ella se revolvió entre sus brazos.

—Tengo que verlo —sollozó—. Sea lo que sea, tengo que verlo, porque es culpa mía, es culpa mía...

Siguió repitiéndolo mientras se la llevaban a rastras a la cabaña de los niños y la acostaban en una cama, presa de un delirio febril. Lloró mucho el resto del día, llamó a Pax, incluso se golpeó a sí misma para castigarse por su incompetencia y su torpeza. Varios adultos entraron a cuidar de ella; no le hablaron de Pax ni le hicieron ningún reproche, sino que le dieron a beber infusiones tranquilizantes hasta que se calmó y se durmió.

Pasó un par de días en cama, recuperándose de la conmoción. A veces, en su duermevela, oía a los adultos, y también a los otros niños, susurrar a su alrededor. Oyó comentarios sobre la muerte de Pax, a quien no habían podido salvar de la brutal voracidad de las pelusas, y sobre el regreso de Vexus y los demás, que por fin estaban de vuelta en la aldea, todos vivos.

Y también sobre ella misma.

—Pobre Axlin..., no deberíamos haberla dejado sola con tres niños tan pequeños. Solo tiene nueve años.

—No tuvimos opción. Éramos muy pocos, acabábamos de sufrir un ataque...

—Si Umax y sus niños se hubiesen quedado aquí...

—Tenían derecho a marcharse si querían. Era su decisión. Pero quizá Vexus no debería haber comprometido nuestro enclave por ir a escoltarlos. Después de todo, no eran de los nuestros.

—De todas formas hay que asumir que Axlin no puede, ni podrá, hacer lo mismo que cualquier otro en el enclave.

—Eso ya lo sabíamos. Nunca saldrá a patrullar, pero...

—No solo necesitamos correr al otro lado de la empalizada, y lo sabes.

—Axlin no tiene la culpa.

—Lo sé, lo sé. Pero no puedo evitar pensar que, si hubiese sido cualquier otra niña, tal vez Pax seguiría vivo.

Axlin nunca llegó a saber quién pronunció aquellas palabras, ni si las oyó de verdad o fueron solamente la voz de su propia conciencia.

Una tarde captó una conversación que llamó su atención.

—No me parece buena idea. Ella tiene que dar hijos al enclave, como todas las mujeres fértiles.

Axlin, medio dormida aún, entreabrió los ojos y volvió la cabeza con dificultad. En la puerta de la casa, recortadas contra la luz del atardecer, reconoció las figuras de Oxis y Vexus.

—Axlin todavía no es una mujer fértil —argumentó el anciano—, y es lista: aprenderá a leer antes de que esté en condiciones de tener hijos. Después puede compatibilizar ambas tareas. Sabes que nunca saldrá de patrulla con vosotros, ni siquiera cuando deje atrás la edad de procreación. No puede correr.

—Hum —murmuró Vexus.

—Yo no voy a vivir para siempre —insistió Oxis—. ¿O preferirías que eligiese a un aprendiz completamente sano?

—Quizá no necesites un aprendiz, después de todo.

—¿Cómo dices?

—Tu oficio pertenece a otra época, Oxis. Hoy ya nadie puede comprender ese libro que guardas.

—Por eso quiero enseñar a Axlin a leerlo.

La niña, aturdida, trató de comprender de qué estaban hablando. Pero utilizaban palabras que le resultaban completamente desconocidas.

—¿Y de qué servirá si nadie más lo entiende?

—Os lo puede leer en voz alta. Lo haría, si a alguien le interesase. Yo incluso podría enseñaros a leer a todos...

—Tenemos cosas más importantes que hacer, Oxis.

—Pero el conocimiento que guarda el libro...

—El conocimiento nos lo da la experiencia.

—¡Es la experiencia de nuestros antepasados lo que plasmamos en el libro del enclave!

—Te equivocas. Nuestros antepasados enseñaron a sus hijos, y estos a los suyos, y así hasta llegar a nosotros. Y nosotros enseñamos a nuestros descendientes lo que aprendimos de nuestros padres. Por eso los niños no pueden perder el tiempo entre letras y libros; tienen que aprender cómo sobrevivir y ser útiles a la comunidad. No les servirá de nada leer si se los comen los monstruos.

Oxis parecía indignado, pero no replicó. Vexus se ablandó un poco.

—Puedes enseñar a Axlin, si quieres. Aunque no sirva para nada. Siempre que no interfiera en sus tareas, por descontado. Todos tenemos una función en la comunidad, y ella lo sabe igual que cualquiera.

Las últimas palabras de Vexus se difuminaron en la mente de Axlin, que cayó de nuevo en un profundo sueño. Cuando despertó, apenas recordaba la conversación que había escuchado. Solo sabía que Vexus y Oxis habían estado hablando acerca de su futuro, e intuía que la extraña propuesta del anciano podría tratarse de algún tipo de castigo por haber permitido que las pelusas se llevaran a Pax.

Cuando mejoró y le bajó la fiebre, ya no había adultos en torno a su cama. Pero allí estaban Tux, Xeira y Nixi, dispuestos a ofrecerle apoyo.

—¿Pax...? —fue lo único que pudo decir ella.

Los tres niños se miraron, como si hubiesen pactado previamente qué responder a eso, y Tux comentó:

—Qué bien que te hayas despertado, Axlin. Tenemos buenas noticias: Yulixa está esperando un bebé. Nacerá el próximo otoño.

Nadie volvió a mencionar a Pax. Cuando Axlin se reincorporó a la rutina de la aldea, dedujo que lo habían incinerado, llorado y despedido mientras ella se encontraba aún convaleciente. Ahora, la vida seguía. No podían permitir que el dolor los paralizase. Había que seguir luchando, día a día, para que los monstruos no los venciesen.

3

Axlin casi había olvidado la desconcertante conversación que había escuchado entre el líder del enclave y su miembro de mayor edad cuando, días después, el propio Oxis llamó su atención una mañana, mientras tendía la ropa al sol.

—Ven conmigo —le dijo con cierta brusquedad.

—¿Cómo...?

—Vamos, sígueme.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y echó a caminar, muy despacio, apoyándose en su bastón. Axlin dejó el cesto de la ropa en el suelo y se apresuró a ayudarlo sosteniéndolo por el otro brazo, pese a que también a ella le costaba mantener el equilibrio. Así, muy lentamente, llegaron hasta la cabaña de Oxis.

La niña lo ayudó a acomodarse sobre la silla y se dio la vuelta para marcharse, creyendo que aquello era lo único que el anciano quería de ella. ...