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EL BOSQUE SABE TU NOMBRE

Alaitz Leceaga  

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Fragmento

El hilo invisible

EL HILO INVISIBLE

La primera vez que sentí el fuego tenía once años. Fue la misma tarde en que la abuela Soledad saltó por el acantilado que había detrás de nuestra casa. Mi hermana Alma ya podía hablar con los muertos antes de que a nuestra abuela se la tragaran para siempre las aguas heladas del Cantábrico, pero yo tuve que esperar hasta aquella tarde.

Alma y yo habíamos salido a explorar el bosque que crecía frente a nuestra casa como solíamos hacer cuando los días se volvían luminosos y claros otra vez, después del interminable invierno. Aunque conocíamos casi de memoria cada roble centenario, cada raíz que se asomaba entre las hojas secas del suelo o las huellas que los jabalíes dejaban en la tierra húmeda, cada tarde —después de la siesta que nuestra madre nos obligaba a dormir— Alma y yo nos escabullíamos de la mansión y caminábamos de la mano para perdernos en el bosque hasta que empezaba a oscurecer.

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—Estás sangrando, Estrella —me dijo Alma sin volverse para mirarme.

La noche en que yo nací, un cometa atravesaba el cielo dejando a su paso una estela de fuego, hielo y estrellas rotas. Y ese es precisamente el nombre que mi madre eligió para mí: Estrella.

—Ten cuidado —añadió—. Si te manchas el vestido, mamá te regañará otra vez. Sabes de sobra que a ella y a Carmen no les gusta que juguemos en el bosque, creen que no es propio de señoritas.

—Te equivocas, es por los lobos: mamá y Carmen tienen miedo de que se nos coman vivas y después solo encuentren nuestra ropa hecha jirones y nuestros zapatitos entre los matorrales, todo manchado de sangre —respondí, intentando asustarla.

—Sí, igual que le pasó a la hija sin padre de la maestra del pueblo. A la pobre ni siquiera pudieron hacerle un entierro decente con lo poco de ella que no se comieron los lobos. Una lástima —añadió Alma, en un tono que no me sonó nada compasivo.

Igual que todo el mundo en Basondo, yo había escuchado muchas veces esa misma historia, pero ahora, al pensar en la hija despedazada de la maestra, un escalofrío me bajó por la espalda.

—Todavía sangras —añadió Alma con voz cantarina.

Me miré la mano derecha y vi el corte en mi dedo índice: era una herida irregular que bajaba hasta el nacimiento de la uña.

—No es nada, solo me he arañado con una rama —respondí de mala gana.

El sol de la tarde apenas era capaz de llegar hasta nosotras atravesando las ramas más altas del bosque, tejidas entre sí como una cúpula vegetal, así que enseguida noté la sangre saliendo de mi herida y resbalando por mi mano: sangre de color rojo brillante, y tan caliente, que sentí una quemadura invisible formándose bajo mi piel. Nunca antes me había asustado la visión de la sangre, pero en ese momento me pareció algo horrible, casi insoportable. Mi estómago se cerró por el asco y agité la mano intentando librarme de ese hilo al rojo vivo que recorría mi piel. Algunas gotas cayeron sobre la tierra del bosque, pero la mayoría mancharon la falda de mi vestido azul.

—Te dije que tuvieras cuidado —insistió Alma mientras rodeaba el tronco de un pino enorme para seguir avanzando—. Y deja ya de portarte así, llevas de morros desde que hemos salido de la mansión. Me aburro. No eres nada divertida cuando te enfadas, Estrella.

—No estoy enfadada —mascullé—. Lo que pasa es que algunas veces te pones insoportable.

—¿Insoportable? Pero si yo soy Alma la Santa —respondió ella con voz demasiado cariñosa.

La supuesta «santidad» de mi hermana era un secreto a voces en Basondo. Algunos vecinos creían que Alma era una especie de elegida capaz de ponerles en contacto con sus seres queridos al otro lado de la muerte.

—Mamá no se enterará de que hemos estado en el bosque si tú no se lo cuentas —respondí, mirando las traicioneras gotitas de sangre que salpicaban mi falda—. Le daré el vestido a Carmen para que lo lave. Seguro que ella sí me guarda el secreto, no como tú.

Alma se volvió para mirarme, sus ojos amarillos siempre parecían más brillantes cuando estábamos en nuestro bosque:

—Yo también te guardaré el secreto, tonta.

Mi hermana solía pasar largas horas perdida en su propio universo con la mirada fija en algún rincón vacío de la casa. No solía importarme porque Alma era mi hermana gemela y yo siempre sabía lo que estaba pensando, siempre, excepto cuando ella tenía esa expresión embrujada. Teníamos seis años cuando me confesó que veía personas «que ya no existían» viviendo en nuestra casa. Fantasmas. Me contó que algunos hablaban o lloraban en silencio por las habitaciones vacías y los largos pasillos de Villa Soledad.

—¿Has visto algún espectro últimamente? —le pregunté yo, fingiendo que no estaba muy interesada en su respuesta.

Alma esquivó una raíz retorcida que salía del suelo. La primera vez que fuimos allí mi hermana se cayó al suelo alfombrado de hojas secas después de que esa misma raíz se le enredara en los pies. Se hizo un corte en la frente al caer, pero le contó a mamá que yo la había empujado mientras jugábamos en el jardín lateral de la mansión. Pasé dos semanas castigada por su culpa.

—Te aseguro que hablar con los muertos no es algo tan bueno como parece —respondió cuando ya casi habíamos llegado a nuestro claro secreto—. Carmen dice que es un mal augurio estar siempre en compañía de los difuntos, y mamá, bueno, mamá no me deja hablar de cosas de fantasmas con ella, así que solo te tengo a ti para desahogarme.

Me aparté un mechón de pelo negro de la cara. A pesar del frío que flotaba en el aire del bosque, el sudor por la caminata hacía que mi pelo se pegara a la frente.

—De todas formas me da igual, olvida que te lo he preguntado —respondí con desdén—. Además, ni siquiera me creo que puedas verlos de verdad. No eres más que una mentirosa a la que le gusta fingir que es especial para poder engañar a todo el mundo.

Tenía celos de cada cosa que Alma podía hacer y yo no. Ella se encargaba bien de que eso fuera así. Sin embargo, algunas noches la escuchaba susurrar en el dormitorio que ambas compartíamos cuando pensaba que yo ya dormía: Alma mantenía largas y misteriosas conversaciones de madrugada con personas que no estaban en nuestra habitación o se reía en voz baja; algunas veces también lloraba contra la almohada, dependiendo del fantasma que nos visitara esa noche.

—No estés celosa, Estrella.

—No estoy celosa en absoluto, muchas gracias —mentí—. Podrás engañar a otros fingiendo que eres especial o que puedes hablar con los muertos, pero yo soy tu hermana y sé muy bien cómo eres en realidad: eres idéntica a mí.

Alma acarició la hiedra que subía por el tronco del último roble. Unas pequeñas flores silvestres de color azul crecían enredadas a la hiedra igual que un collar de perlas.

—Sí, somos gemelas, pero no somos idénticas. Tú tienes un ojo de cada color: uno verde y el otro amarillo —me recordó—. Y yo tengo los dos amarillos.

—Detalles, nada más. Somos idénticas en todo lo que importa.

Ya casi habíamos llegado al claro. Podía saberlo porque reconocía las hayas retorcidas que habíamos dejado atrás o los helechos de hojas grandes y lustrosas. Desde donde estábamos ya podía escuchar el agua corriendo deprisa en el riachuelo. Después de pasar entre cuatro pinos, tan altos como torres de vigía que se levantaban formando una línea casi recta, vi el prado de flores silvestres y hierbas altas. Allí sí llegaba la luz del sol, del mismo color dorado brillante que los ojos de Alma, allí el aire olía a flores frescas y a hierba que nunca había sido cortada. Algunas semillas de diente de león flotaban entre los rayos de sol de la tarde y se perdían al otro lado del riachuelo, de vuelta al bosque oscuro.

—Si tanto miedo te dan los muertos, ¿por qué no se lo cuentas al padre Dávila? Quizás con un par de padrenuestros y unos cuantos rezos te curas y dejas de ver fantasmas —le dije de malos modos.

—¿Confesarlo todo? Nadie me creería, o peor aún: me creerían y me quemarían en la hoguera por bruja —se lamentó Alma, sentándose cerca de la orilla con las piernas cruzadas—. No, no puedo contárselo a nadie.

Alma se cubrió la cara con las manos como si estuviera sollozando, aunque yo sabía que fingía.

—Estamos en 1927, Alma, ya no queman a nadie por brujería —le aseguré—. Además, Carmen me contó una vez que solo quemaban a las mujeres que eran pobres, y tú y yo somos prácticamente marquesas. Nadie en su sano juicio se atrevería a acusarnos de brujería y mucho menos a quemarnos en la plaza del pueblo.

Me reí al pensarlo, pero Alma me preguntó angustiada:

—¿Qué te hace tanta gracia? ¿Ya no te acuerdas de la historia de Juana de Arco que nos contó la señorita Lewis? Tuve pesadillas horribles con las llamas devorándome durante semanas después de aquello.

Yo también soñaba con el fuego, pero a diferencia de Juana de Arco o de mi hermana, el fuego que me rondaba en mis sueños estaba dentro de mí y chisporroteaba bajo mi piel.

—Nadie va a quemarte, Alma —dije mientras me sentaba a su lado en el suelo—. Se supone que tú eres la hermana buena, de modo que si una de nosotras ha de consumirse entre las llamas, seré yo.

Alma sonrió y pareció extrañamente aliviada por mi comentario. Supe entonces que ella, como los demás, también pensaba que yo era la hermana prescindible.

—Una vez leí en un libro que cuando un gemelo muere el otro siente como si le faltara un brazo, una pierna o un ojo durante el resto de su vida —empecé a decir—. ¿Te imaginas? ¿Ir toda tu vida por ahí como si te faltara una parte del cuerpo? Yo desde luego no quiero sentir algo así solo porque tú hayas tenido la tonta idea de contarle al cura que puedes ver a los muertos.

—Ha sido idea tuya —me recordó Alma, cortando una flor silvestre de color azul que crecía junto a sus zapatos de charol. Acto seguido, la posó en su mano—. Así que ahora si me matan será culpa tuya.

Un escalofrío bajó deprisa por mi columna pero no tenía nada que ver con el frío que salía de la tierra esponjosa y húmeda debajo de mí. No. Había algo oscuro en las palabras de Alma: una premonición, una siniestra promesa entre hermanas. «Si me matan será culpa tuya.»

Miré fijamente la flor azul en la palma de su mano y por un momento me pareció que la florecilla comenzaba a moverse. Al principio pensé que era el viento del norte que había atravesado el bosque buscándonos. El mismo viento helado que subía desde el mar por el acantilado y se colaba entre las ventanas de nuestra habitación las noches en que los muertos nos visitaban, pero no era el viento. Sentí un hormigueo debajo de la piel, un calor febril que nacía en el centro de mi pecho y que se extendía rápidamente por mis venas como veneno caliente, entonces la florecilla empezó a dar vueltas sobre su tallo con la misma delicadeza que una bailarina da vueltas en su caja de música.

—¿Lo estás haciendo tú, Alma? —le pregunté con la boca seca—. ¿Eres tú?

Alma ya era especial, no me pareció justo que también tuviera el poder de mover la flor.

—No. Creo que eres tú, Estrella —susurró ella mirando la flor que bailaba en su mano.

La flor giraba más deprisa ahora, flotando en el aire de la tarde unos centímetros por encima de la palma de la mano de Alma.

—No te creo, eres tú, lo estás haciendo para burlarte de mí. ¡Para ya! —grité, y la flor giró más deprisa todavía—. ¡Que pares te digo!

Cuanto más me enfadaba yo, más deprisa giraba la flor. Noté el hormigueo abrasador corriendo bajo mi piel como una descarga eléctrica hasta llegar a la palma de mi mano, igual que una lupa que concentra todo el calor del sol en un único punto.

—Eres tú, estás haciendo magia, Estrella.

—No soy yo, es el fuego.

Había esperado once largos años mientras Alma, con sus imposibles ojos amarillos, hablaba con los muertos o llevaba mensajes del más allá a los vivos que lloraban emocionados y la abrazaban al escuchar las palabras de sus seres queridos ya desaparecidos. Hasta esa tarde.

Salimos de nuestro bosque y regresamos a casa por el camino más largo, el que serpenteaba junto al acantilado al otro lado de la carretera.

—No te preocupes tanto, si ese fuego que supuestamente sientes es de verdad seguro que podrás hacerlo más veces—me retó Alma por encima del rugido de las olas.

Me miré la mano disimuladamente esperando ver una quemadura o la piel agrietada por las llamas, pero todo lo que vi fue el corte que me había hecho en el dedo de camino al claro, nada más, ni rastro de heridas o ampollas. Y, sin embargo, todavía podía sentir el calor del fuego bajo mi piel, dentro de mí, parecido al calor residual que desprenden las brasas incluso después de haber sido apagadas: el recuerdo del fuego.

—Tú no tienes ni idea de cómo funciona el fuego, así que deja ya de hablar como si lo supieras todo —le dije, aunque tampoco yo tenía ni idea—. Por si se te ha olvidado, yo soy la hermana mayor.

—Solo por dos minutos de diferencia —masculló Alma con un mohín.

—Dos minutos es suficiente, te aguantas.

Yo esperaba que Alma siguiera discutiendo pero entonces su expresión cambió y se quedó quieta, paralizada mirando el cargadero de metal que sobresalía del acantilado y que se utilizaba para bajar el mineral de hierro de nuestra mina a los barcos que no podían acercarse a la pared de piedra.

—La abuela Soledad está ahí —dijo de repente.

Miré alrededor por si acaso nuestra abuela había salido a dar un paseo por el acantilado y nos había visto salir del bosque donde no teníamos permiso para jugar.

—¿Qué dices? ¿Dónde está?

—Está ahí mismo —respondió Alma—. De pie en el muelle, justo en el borde, como si fuera a saltar al mar. ¿Es que tú no la ves?

El cargadero estaba unos pasos más adelante pero no había nadie al final del saliente de hierro.

—La abuela Soledad no está ahí, idiota. A esta hora estará tomándose su Amaretto Sour en el invernadero como hace cada tarde antes de cenar.

Pero los ojos de gata de Alma estaban fijos en el cargadero, viendo algo invisible para mí, mientras luchaba por contener las lágrimas.

—Puedo verla tan claro como te estoy viendo a ti —dijo Alma con voz frágil cuando empezó a comprender lo que eso significaba—. Su pelo plateado está mojado y parece más largo ahora de lo que parecía esta mañana, le llega más abajo de la cintura. Ahora me mira, lleva puestos sus collares de perlas y uno de sus elegantes vestidos largos de seda mexicana, el de color rojo sangre. ¿De verdad no puedes verla, Estrella?

Caminé furiosa hasta el borde del precipicio, muy decidida, aunque noté cómo me temblaban las piernas y el estómago me dio un vuelco al estar tan cerca del abismo. El olor a salitre era intenso allí y se te metía por la nariz con cada respiración, igual que si una ola te hubiera dado un revolcón.

—Mientes, no eres más que una mentirosa que tiene celos de mí porque tú no puedes sentir el fuego.

—No miento. La abuela Soledad está ahí mismo, en el muelle, justo delante de ti. Ahora está diciendo algo. —Alma guardó silencio un segundo como si estuviera escuchando—. Dice que ya estaba cansada de vivir aquí, lejos de su tierra querida, donde el abuelo la trajo a la fuerza siendo una niña y la obligó a vivir todos estos años. No lo soportaba más.

Yo solo tenía once años pero sabía bien lo que eso significaba: nuestra abuela estaba muerta.

—La abuela dice que lo siente mucho —continuó Alma ya incapaz de retener las lágrimas—. Siente dejarnos solas, pero quería volver a su hogar, a su tierra. Sabía que si se moría de vieja aquí, en Basondo, papá mandaría que la enterraran en nuestro cementerio como a una Zuloaga y entonces ya nunca podría volver a su casa, su verdadera casa.

—Esta es su casa. ¡Cállate! —grité yo—. La abuela Soledad está en casa y está bien. No pienso seguir escuchándote.

—La abuela quiere que sepas que te ha dejado el colgante de la esmeralda, ese que tanto te gusta y que siempre has querido tener. Sabe que te lo pruebas a escondidas cuando ella no está y que te miras en el espejo de su tocador para ver si hace juego con tu ojo de color verde. Te lo ha dejado sobre tu almohada, ahora es tuyo —dijo Alma entre sollozos, entonces sacudió la cabeza en silencio como si estuviera escuchando algo terrible—. No...

—¿Qué pasa? ¿Qué más dice la abuela? —le pregunté con el sabor salado de las lágrimas atascado en la garganta.

Alma parpadeó dos veces y después bajó la mirada. No tuve que preguntarle para saber que la abuela Soledad ya se había marchado.

—Una de nosotras se reunirá con ella antes de cumplir quince años —respondió Alma, igual que quien pronuncia una maldición en un cuento de hadas—. Una de nosotras va a morir.

Me aparté del precipicio y caminé de vuelta hasta donde estaba mi hermana.

—¿Te ha dicho cuál de las dos? —pregunté, conteniendo el aliento temiendo cualquiera de las posibles respuestas.

Alma tardó un instante en responder:

—No. No me lo ha dicho.

Supe que mentía, lo supe nada más ver sus ojos ahogados por las lágrimas.

Eché a correr entre las hierbas altas en dirección a la casa, crucé el jardín delantero y atravesé el vestíbulo de la mansión sin detenerme, los pulmones me ardían mientras subía las escaleras hasta nuestra habitación en el último piso, pero tenía que verlo con mis propios ojos para estar segura. Cuando por fin llegué junto a mi cama ahí estaba, sobre la almohada, justo donde Alma había dicho que estaría: el collar con la esmeralda que la abuela Soledad me había dejado antes de saltar al mar.

Y así es como descubrí que mi hermana Alma sí que podía hablar con los muertos.

—Estate quieta, Estrella. Así no hay manera de abrocharte los botones del vestido. Bastante difícil es ya como para que encima lo pongas más difícil con tus juegos —me dijo Carmen mientras luchaba con la tira de botones en la espalda de mi vestido negro—. Parece que estés hecha de la piel del demonio, niña.

Yo hice una mueca aprovechando que Carmen no podía verme la cara, pero dejé de moverme dentro del incómodo vestido de seda salvaje y organza para que terminara de arreglarme. Nos estaba preparando para ir al funeral de la abuela Soledad.

—No me gusta este vestido, tengo muchos otros y más bonitos que este. ¿Por qué no puedo llevar alguno de esos? —le pregunté.

Carmen se colocó un mechón corto de su pelo castaño detrás de la oreja y suspiró. No era la primera vez que se lo preguntaba esa tarde.

—Porque este te lo han hecho especialmente para el funeral de la señora marquesa, tu abuela —me explicó Carmen con paciencia—. Todo el mundo importante irá al entierro. Los invitados te saludarán y te darán el pésame, por eso tu hermana y tú tenéis que estar las dos muy guapas. Mira Alma qué formal y bonita está, no me digas que no está elegante con su vestido de seda y sus zapatos de charol. Casi parece una muñequita de porcelana.

Miré a Alma, que estaba sentada en el borde de su cama con las piernas colgando. Ella ya estaba preparada. Carmen la había vestido primero porque sabía que se quedaría sentada después en vez de salir al jardín y mancharse como planeaba hacer yo.

—Sí, como una muñequita —acepté yo a regañadientes—. ¿Me harás una trenza de corona igual que la de ella?

Alma llevaba su pelo negro y brillante recogido en una bonita trenza que rodeaba su cabeza...

—Claro que te la haré, pero tienes que estarte muy quieta para eso —me dijo Carmen mientras conseguía abrochar por fin el último de los botones forrados de seda a mi espalda—. Algún día Alma y tú seréis las marquesas de Zuloaga. Tenéis que iros acostumbrando a ser el centro de todas las miradas. Debéis aprender a comportaros como señoritas elegantes y no como animalitos salvajes del bosque, ¿estamos?

Yo hice un mohín, pero Alma le sonrió con dulzura.

—La señorita Lewis dice que las dos seremos unas wonderful ladies algún día, ¿tú también lo crees, Carmen? —quiso saber Alma como si de repente estuviera muy preocupada por el asunto—. ¿Crees que seremos tan buenas marquesas como fue la abuela Soledad?

—Pues claro que sí, criatura, mejor incluso. Vuestra abuela era una buena mujer, guapa y con una clase que no se puede comprar con dinero, pero la pobre nunca fue muy feliz aquí. —Los ojos castaños de Carmen se volvieron tristes al hablar de la abuela pero yo no entendí por qué—. Espero que ahora la señora marquesa esté en un lugar donde por fin se sienta en casa.

Ninguna de nosotras dijo nada durante un buen rato, casi como si temiéramos que la abuela Soledad estuviera aún en la habitación escuchando nuestra conversación.

—Ahora está en su hogar, en el de verdad. Me pone triste pero también me alegro de que la abuela esté por fin en su casa —dijo Alma, fingiendo una fragilidad que yo sabía que no tenía—. Ahora por fin está en su tierra.

—No estés triste por tu abuela, cariño. La señora marquesa no hubiera querido que te pusieras triste, ni siquiera en este día. —Carmen se olvidó de mí para acercarse a consolar a Alma, que estaba sentada cabizbaja en el borde de su cama—. Ya verás como dentro de un tiempo te sientes mejor. Vuestra abuela os conocía bien y os quería mucho, sus nietas erais lo que la animó los últimos años.

—Aun así la voy a echar mucho de menos —añadió Alma.

Carmen suspiró y se apartó de ella para regresar junto al tocador a terminar de peinarme.

—Bueno, tú aguanta el tipo como sea, niña —le dijo—. Que si los demás intuyen que eres débil enseguida te comen viva.

Alma no respondió, pero pude ver en el reflejo de su cara en el espejo que no le había gustado nada que Carmen volviera a mi lado.

Estábamos las tres en el dormitorio, en nuestra pequeña torre sobre el Cantábrico. Ese era el único cuarto que había allí arriba, separado de todas las demás habitaciones de la casa por una escalera de caracol que ascendía desde el tercer piso.

—Carmen, cuando Alma y yo seamos marquesas, ¿podremos hacer lo que nos dé la gana como hace padre? —le pregunté a nuestra niñera.

Ella me sonrió con tristeza y después me dio la mano para ayudarme a bajar del escabel donde estaba subida para vestirme.

—Las mujeres casi nunca hacemos lo que nos da la gana, ni siquiera las marquesas. Eso está solo reservado para los hombres —respondió con resignación—. Vamos, ahora siéntate en el tocador y estate quieta un rato para que pueda peinarte igual que a tu hermana. Tu padre subirá pronto para llevaros al funeral y no le gustará que no estéis listas.

—Claro, como él no tiene que preocuparse de abrocharse todos estos botones... —mascullé yo tocando la espalda de mi vestido—. Menudo fastidio...

—Ni que los hubieras cerrado tú, niña —me recordó Carmen.

Alma soltó una risita en la cama y yo la fulminé con la mirada a través del espejo del tocador.

—Este vestido no me gusta, es duro y me aprieta cuando respiro —insistí—. Seguro que la idiota de la modista se ha vuelto a confundir con las medidas. O tú te has confundido y me has puesto a mí el de Alma, que está más gorda que yo.

Carmen cogió el cepillo del juego de tocador de plata y me lo pasó unas cuantas veces por mi larga melena negra para desenredarla.

—No me he confundido —respondió sin mirarme—. Y aunque lo hubiera hecho da igual porque Alma y tú sois idénticas hasta en la talla, así que no seas tan picajosa, niña.

—No somos iguales —protesté yo, pero después miré a mi hermana pequeña mientras Carmen terminaba de peinarme. Era como ver mi reflejo en el espejo dos veces—. Yo tengo un ojo de cada color.

Me fijé en que Carmen sacudía la cabeza mientras dividía mi cabello en tres partes para empezar a hacerme la trenza.

—Puede que sientas que el vestido te aprieta al respirar porque pronto dejarás de ser una niña para convertirte en una jovencita —me sugirió.

Yo no entendí del todo lo que Carmen quería decir, pero por si acaso bajé la cabeza casi temiendo que mis pechos hubieran crecido de repente mientras Carmen me abrochaba los botones del vestido.

—No sé lo que quieres decir —mascullé, sintiéndome avergonzada sin saber muy bien de qué.

—Yo sí que lo sé. Quiere decir que dentro de un año o dos nos desarrollaremos y dejaremos de ser niñas, ¿verdad que sí, Carmen? ¿Verdad que eso era lo que querías decir? —preguntó Alma con una media sonrisa de satisfacción en sus labios rosados—. La señorita Lewis me ha hablado un poco de ello y hasta me ha permitido ver un libro con unos dibujos asquerosos de cómo es el cuerpo femenino por dentro, pero Lewis también me ha dicho que una señorita jamás habla de eso. Es un secreto.

—Pues menudo secreto, niña. Ya se nota que la señorita Lewis es extranjera y de buena familia, ya. Ahora me dirás que parir es un secreto también.

Aunque apenas tenía treinta años, Carmen Barrio había cuidado de nosotras desde que yo podía recordar, antes incluso. Uno de mis primeros recuerdos era ella sentada en el suelo de esa misma habitación jugando con nosotras a la oca, mientras fuera, el Cantábrico se rebelaba en forma de tempestad y arrancaba de cuajo el viejo cargadero de hierro que colgaba del acantilado como si se tratara de una hoja en mitad de una tormenta. Después supimos que hicieron falta cuatro meses de trabajo y dos partidas de hombres trabajando por turnos sin descanso para sustituir el desaparecido muelle por uno nuevo.

—¿Estoy guapa? ¿Parezco más mayor? —le pregunté a Carmen intentando mirarme en el espejo sin confundirme con Alma.

—Estás muy guapa, niña. Igualita que tu hermana —me respondió ella con resignación—. Y no tengas tanta prisa por hacerte mayor, no es tan bonito como lo pintan.

Carmen tenía la piel bronceada y las mejillas sonrosadas como si siempre estuviera acalorada. Era una mujer joven—incluso para una niña como yo a quien todos los mayores de veinte años le parecían viejos—, pero al mismo tiempo parecía estar ya cansada de todo, derrotada por la vida. Sus ojos eran castaños, cálidos y afables aunque a menudo parecían estar muy lejos de la mansión y de Basondo, como quien se asoma por una ventana intentando ver el paisaje que hay más allá del horizonte. Algunas veces Carmen también lloraba. Una tarde hacía casi siete años, Alma y yo la descubrimos llorando en su habitación del sótano sentada con la espalda apoyada en la pared y abrazada a las rodillas. Fue unos meses antes de que naciera su hija, Catalina.

—¿Por qué se mató la abuela Soledad? —preguntó Alma desde la cama—. ¿Fue por nuestra culpa? ¿No estaba contenta con nosotras?

Dos días antes, mamá nos había contado que la abuela Soledad estaba paseando cerca del acantilado cuando se había caído al mar por accidente.

—Nada de eso. ¿Y quién te ha dicho que la marquesa se ha matado? —preguntó Carmen, dejando mis trenzas y mirándola sorprendida—. ¿Ha sido el marqués?

Alma negó con la cabeza y se levantó despacio de su cama con cuidado de no arrugarse el vestido negro de funeral.

—No, me lo dijo la abuela —respondió sin más cuando llegó hasta el tocador—. La misma tarde que la abuela Soledad murió nosotras la vimos en el cargadero, ¿verdad que sí, Estrella?

Yo tenía solo una de las trenzas hecha pero asentí de mala gana.

—Sí.

—En realidad solo la vi yo porque Estrella no puede ver a los muertos, claro —se corrigió Alma, mientras se apoyaba en el respaldo de la silla donde yo estaba sentada—. La abuela dijo que estaba cansada de vivir aquí, lejos de su tierra querida de donde el abuelo la obligó a venir siendo solo una niña. ¿Qué significa eso, Carmen? ¿Estaba triste y ya no nos quería más? ¿Por eso se mató?

Las dos miramos a Carmen esperando una respuesta, ella era el único adulto en la mansión de los Zuloaga —y seguramente en todo el valle de Basondo— que nos trataba como si fuéramos personas y no molestas muñequitas de porcelana. Carmen colocó las manos en las caderas y miró al techo abovedado de nuestra habitación pensando una respuesta que pudiéramos comprender pero sin tener que mentirnos.

—Significa que vuestra abuela tampoco podía hacer lo que le daba la real gana, por muy señora marquesa de Zuloaga que fuera, y después de un tiempo se cansó —respondió por fin—. No le contéis esto a nadie, ¿de acuerdo? El marqués se enfadaría mucho si se descubre en el pueblo que vuestra abuela saltó a propósito desde el cargadero del acantilado. Sería una gran vergüenza para él y para la familia. ¿Lo entendéis?

—No lo contaremos —le prometí, cruzando mis dedos sobre la falda del vestido para que Carmen no me viera.

Teníamos prohibido jugar en el cargadero o acercarnos al acantilado, pero algunas tardes, mientras Carmen enseñaba a leer a su hija Catalina, Alma y yo nos escabullíamos para asomarnos al precipicio que había medio kilómetro más abajo de la mansión y competíamos para ver cuál de las dos se atrevía a acercarse más al borde del acantilado antes de darse la vuelta. Cerrábamos los ojos y contábamos en voz alta, gritando por encima del ruido de las olas furiosas que rompían abajo contra la pared de roca. Era uno de mis juegos favoritos porque yo siempre ganaba, pero una vez me acerqué tanto al borde que estuve a punto de caerme cuando una asquerosa gaviota pasó graznando muy cerca de donde yo estaba. Me resbalé sobre los hierbajos que crecían justo en el borde y perdí uno de mis Merceditas —hechos a mano y traídos desde Madrid solo para nosotras—, cuando abrí los ojos asustada vi el zapato caer al vacío y hundirse en el Cantábrico. Tuve que volver a casa con el pie manchado de barro, los dientes castañeteando por el frío y con el susto todavía en el cuerpo.

—¿Qué quería decir la abuela con lo de que esta no era su casa? —insistí, mientras Carmen volvía a empezar mi trenza por tercera vez—. Esta era su casa. Se llama como ella: Villa Soledad. Por eso el abuelo Martín le puso ese nombre a la mansión, por la abuela y por lo mucho que él la quería, ¿verdad que sí?

La historia de amor del abuelo Martín con la abuela Soledad era épica, casi una leyenda familiar que Alma y yo habíamos escuchado contar a todo el mundo, a todo el mundo excepto a la abuela Soledad: ella jamás hablaba de ello, ni siquiera después de que el abuelo hubiera muerto, nunca mencionaba su boda, ni nos hablaba de cómo se conocieron o de cómo era su vida en México antes del abuelo.

—¿Carmen?

Pero cuando Carmen alargó la mano libre para coger unas horquillas del tocador su mano tembló ligeramente.

—Vuestro abuelo Martín conoció a doña Soledad en un diminuto pueblo de México mientras estaba allí haciendo las Américas. Ya era marqués desde que nació, pero su padre perdió todo el dinero de la familia en una mala inversión, así que a vuestro abuelo no le quedó más remedio que marcharse a América —empezó a decir Carmen, evitando levantar los ojos de mi pelo—. Se casaron enseguida y cuando decidió que era momento de volver a casa, se trajo a doña Soledad con él a Basondo.

Alma y yo habíamos visto las fotografías de la boda de nuestros abuelos que estaban colgadas en el pasillo del segundo piso. La abuela Soledad era muy joven y era muy guapa también, aunque curiosamente en ninguna de las imágenes aparecía sonriendo. El vestido de novia era de encaje blanco y contrastaba con su piel de color canela. No llevaba velo sino una corona de rosas rojas sobre su melena, negra como las alas de un cuervo, que le caía suelta casi hasta su cintura. La abuela llevaba siete carísimos collares de perlas naturales enredados entre sí. Sabíamos que eran siete porque Alma y yo los habíamos contado una y otra vez.

«Vuestra abuela es una princesa mexicana que se cansó de vivir en esa tierra seca y dejada de la mano de Dios. Por eso se vino aquí», solía decir padre cuando le preguntábamos por los orígenes de la abuela o por su piel, que era más oscura que la nuestra.

—¿A la abuela Soledad no le gustaba vivir en Basondo? —preguntó Alma jugueteando con el perfumero de plata y cristal del juego de tocador—. Cuando la vimos en el acantilado dijo que quería volver a su casa. ¿Su casa está en México? ¿Tú has estado en México alguna vez, Carmen? ¿Cómo es? ¿Es muy distinto de Basondo? ¿También llueve todo el tiempo como aquí?

—En México no llueve, tonta —la corregí yo.

—No, yo nunca he estado en México ni en ningún otro sitio, pero vuestra abuela echaba de menos su tierra y su hogar —respondió Carmen mientras terminaba de peinarme—. Imaginad que a vosotras os obligan a vivir en otro sitio lejos de esta casa y del bosque, también estaríais muy tristes.

—Pero nadie la obligó —insistió Alma—. El abuelo incluso le puso su nombre a la mansión para demostrarle a todo el mundo cuánto la quería y le regaló el collar con la esmeralda. ¿Por qué iba la abuela a querer marcharse?

—Porque algunas cosas en este mundo, muy pocas pero muy terribles, no pueden solucionarse con dinero —respondió Carmen.

—¿Y con esmeraldas? ¿Tampoco? —quise saber.

—Tampoco.

Carmen dejó las horquillas que le habían sobrado en el tocador y me dio un empujoncito cariñoso para que bajara de la silla.

—Ya estás lista. Dejad que os vea a las dos juntas.

Yo me puse junto a mi hermana para asegurarme de que Carmen nos había peinado a las dos igual y miré nuestro reflejo en el espejo: idénticas excepto por el color de los ojos.

—Estáis muy guapas las dos. Lástima que pronto vayáis a dejar de ser niñas, algún día no muy lejano estaré en esta misma habitación ayudando a una de vosotras a vestirse de novia —nos dijo Carmen con una sonrisa triste.

No pude explicar por qué, pero las palabras de Carmen me hicieron sentir intranquila.

—¿Puedo llevar el collar de la esmeralda al funeral de la abuela? —le pregunté de repente—. Seguro que a la abuela Soledad le gustaría verme con él en su entierro.

Desde que encontré la gargantilla sobre mi almohada padre había intentado sin éxito quitármela para guardarla en la caja fuerte de su despacho con las joyas de mamá y algunos Bonos del Tesoro. Como sabía lo que tramaba había escondido el collar dentro de una de las cajas para sombreros que guardábamos en el armario de nuestra habitación.

—No, no puedes ponértelo, niña. Esa joya no es apropiada para un funeral —me respondió Carmen—. Las joyas no son para las niñas, es un collar muy valioso y podrías perderlo sin querer mientras correteas por ahí.

—Pero entonces nadie sabrá que la abuela me dejó el colgante a mí y no a Alma —protesté yo.

Recorrí la habitación dando grandes zancadas hasta la pared de armarios empotrados que había al otro lado.

—Estate quieta y no lo revuelvas todo ahora, que el marqués está a punto de subir —me advirtió Carmen—. Si te despeinas no te arreglaré el pelo otra vez, estás avisada.

Pero a pesar de su amenaza yo abrí todos los armarios hasta que vi la torre de cajas redondas de distintos colores.

—Puedo hacer lo que quiera con el collar, ahora es mío y si quiero ponérmelo me lo pongo —repliqué mientras abría las sombrereras y dejaba las tapas esparcidas por el suelo—. Tú solo eres nuestra niñera, no puedes impedírmelo.

Carmen suspiró frustrada y caminó hasta donde yo estaba.

—Tu abuela te dejó el collar para que lo usaras cuando seas un poco más mayor, no ahora.

Pero yo abrí otra de las cajas y tiré la tapa debajo de mi cama sin miramientos.

—¿Y qué pasa si nunca me hago «más mayor»? —mascullé revolviendo entre los sombreros y el papel de seda—. ¿Y si me muero antes de cumplir quince años?

—Tú no te vas a morir antes de cumplir quince años, niña. ¿De dónde sacas esas ideas tan raras si se puede saber? —me preguntó Carmen intentando ocultar el miedo en su voz.

Yo miré a Alma de refilón.

—¡Aquí está el collar! —exclamé satisfecha—. Vamos, pónmelo, que quiero llevarlo al funeral.

—No. Aunque estés triste y enfadada por lo de tu abuela no puedes llevar el collar a su funeral, que tienes mucha manía de querer salirte siempre con la tuya, niña —me regañó Carmen—. Venga, déjalo otra vez en la sombrerera para que tu padre no lo encuentre y yo recogeré todo esto mientras estáis en la capilla, que menudo lío has organizado tú sola en un momento.

—La abuela Soledad me contó que el abuelo le regaló este collar porque ella tenía los ojos verdes como una esmeralda —recordé—. Yo solo tengo uno de color verde, a lo mejor por eso ella me lo dejó a mí y no a Alma.

Carmen se agachó a mi lado y me quitó el collar de la mano con dulzura.

—No es culpa vuestra que la señora marquesa se matara, niñas. Puedes obligar a alguien a vivir en un lugar pero no puedes obligarle a que lo sienta como su hogar: la tierra es algo que uno lleva siempre en el corazón —nos explicó Carmen—. Ya lo entenderéis cuando seáis más mayores, pero no hay forma humana de mandar en los sentimientos de otra persona, esa es la única cosa en este mundo sobre lo que nadie tiene poder. Ni siquiera el señor marqués.

Como si nuestro padre se hubiera materializado en el aire al nombrarlo, José de Zuloaga apareció en la puerta de la habitación.

—¿Ya están listas? —le dijo a Carmen a modo de saludo—. Su madre ha terminado de prepararse y las espera abajo para llevarlas a la capilla.

No le habíamos escuchado subir por la escalera de caracol y no sabíamos cuánto tiempo había estado escuchando en la puerta, pero no parecía muy contento, aunque nuestro padre nunca parecía muy contento. Carmen arrugó los labios al verle: ella tampoco sabía cuánto de nuestra conversación había escuchado.

El marqués de Zuloaga tenía el pelo tan negro como nosotras y nuestra abuela, pero sus ojos eran oscuros y pequeños, parecidos a los de algunos animales del bosque. Aunque Alma y yo éramos niñas ya intuíamos que padre era el tipo de hombre que inspiraba miedo en los demás: no solo a nosotras, a los trabajadores de la mina Zuloaga, al servicio doméstico o a nuestra madre, no, padre intimidaba prácticamente a todo el mundo porque sabía que podía hacerlo.

—Sí, ya están preparadas —dijo Carmen, jugueteando con el collar que aún tenía en la mano.

—¿Qué haces tú con eso? —preguntó padre cuando vio el collar—. Trae, dámelo, anda. Tú no sabrías qué hacer con algo así.

—Soledad no nació siendo marquesa de Zuloaga precisamente —replicó Carmen al entregarle el collar.

Padre miró a Carmen y sus ojos chisporrotearon debajo de sus cejas oscuras. Incluso desde donde estaba sentí la violencia latiendo bajo su piel, la certeza tensa de que padre estaba pensando darle un bofetón a Carmen.

—Padre... —me atreví a decir.

—Venga, levantaos del suelo, niñas. Solo los salvajes y los asilvestrados se sientan en el suelo —nos dijo él guardándose el collar en el bolsillo de su traje—. Andando, vuestra madre os espera en el vestíbulo.

Aunque esa tarde se había puesto un traje negro para asistir al funeral de su madre, el marqués casi siempre iba vestido con ropa de cazador confeccionada especialmente para él: capas enceradas, chalecos de tweed verde o beige, pantalones con botones de carey en el frente, botas de piel que le llegaban hasta casi la mitad de la pierna para protegerle de las zarzas, y elegantes boinas planas para cubrir su cabeza. A padre le gustaba vestir como si fuera un lord inglés —o como él pensaba que se vestían los lores ingleses—, por eso mismo mandaba hacer toda su ropa en una conocida sastrería de Regent Street, en Londres, que vestía también a condes, empresarios, banqueros y duques de media Europa. Aunque su pelo ondulado y moreno, sus ojillos inquietos bajo sus cejas pobladas y juntas y sus modales bruscos le daban al marqués un aspecto fiero y provinciano, muy alejado del perfil distinguido de los nobles británicos a los que tanto admiraba.

—Id bajando que yo tengo que hablar un momento con Carmen.

Alma y yo salimos del dormitorio pero nos volvimos una vez más para mirar a Carmen, que estaba sentada en la silla del tocador y lloraba en silencio.

El funeral por la abuela Soledad se celebró en la pequeña capilla de la finca que llevaba su nombre. La capilla familiar estaba en el extremo oeste del jardín, lejos de la casa. Para llegar hasta allí había que dejar atrás la fuente de la entrada principal, con sus peces japoneses de colores brillantes dentro, bajar por un camino de losetas grises y atravesar un grupo de sicomoros con la corteza del tronco de color verde amarillenta. En el mismo llano en el que crecían los sicomoros —donde el aire siempre olía dulce como a higos maduros— se alzaba la capilla de Villa Soledad. Allí celebrábamos todas las fiestas de guardar además de los bautizos, funerales, comuniones y bodas de la familia Zuloaga. Detrás de la capilla había un pequeño cementerio que colgaba sobre el Cantábrico donde estaba enterrado el abuelo Martín y también un hermano de nuestro padre que había muerto siendo un niño.

—Vuestro abuelo mandó construir esta capilla cuando diseñó la mansión —nos explicó mamá mientras dejábamos atrás los sicomoros y su olor dulce en el aire de la tarde—. El abuelo Martín era un hombre muy religioso, un verdadero cristiano; los años que pasó viviendo en México y en Cuba siempre tenía con él a un sacerdote que le ayudaba a tomar buenas decisiones en sus negocios y en su vida. Por eso ordenó construir una capilla aquí, en su casa de Basondo.

Mamá nos llevaba a una de cada mano mientras nuestro padre caminaba un poco más adelantado, estaba muy guapa esa tarde, con su pelo castaño cortado a la altura de la nuca y peinado con ondas al agua. Se había puesto un vestido de seda negra que le llegaba hasta más abajo de las rodillas y que le marcaba la forma de su cuerpo incluso debajo del abrigo de angora. El cuello y las mangas de su abrigo estaban forradas de suave pelo de armiño del mismo color, y llevaba un tocado negro con un velo de red que le cubría los ojos.

—¿Y la abuela? ¿Vamos a enterrarla aquí en el cementerio? —le preguntó Alma, que caminaba con cuidado de no salirse del camino de piedras para no mancharse los zapatos de charol—. Igual no quiere quedarse aquí.

—Niñas, ya os he explicado que no han podido recuperar el cuerpo de vuestra abuela del mar. No hay nada que enterrar en el cementerio, el Cantábrico se la ha tragado —respondió nuestra madre, más alto de lo que pretendía—. Solo vamos a simular que la enterramos para que todos podamos llorarla, ¿lo entendéis?

Mamá nos había explicado que en realidad íbamos a celebrar un funeral por la abuela pero sin que hubiera cuerpo o ataúd. Por eso mismo saltó desde el cargadero de metal: para que el mar se tragara su cuerpo y nunca pudieran enterrarla en el cementerio de los Zuloaga.

Desde donde estábamos ya se podía ver el tejado de la capilla al final del camino. Me fijé en que había un grupo de personas esperando de pie en la entrada de la pequeña iglesia.

—¿Toda esta gente conocía a la abuela? —pregunté.

Mamá nos soltó la mano y se colocó mejor el tocado.

—No, claro que no. Ya sabes que en los últimos años vuestra abuela apenas salía de casa nada más que para ir a comprar licor de cerezas al pueblo. La pobre nunca superó la muerte de vuestro abuelo, se querían tanto y hacían tan buena pareja... —respondió mi madre estirándose el abrigo de lana de angora antes que llegáramos a la entrada de la capilla—. Toda esta gente está aquí por tu padre, muchos tienen negocios con él en Madrid o en Inglaterra: compran el hierro que sacamos de la mina para construir barcos, trenes o armas y quieren darle el pésame.

—Pero si no conocían de nada a la abuela, ¿por qué están aquí? ¿Qué más les da a ellos? —insistí.

—¡Qué preguntas haces, Estrella! Eso es lo que se hace con la gente importante aunque no les conozcas: vas a su entierro —me explicó mamá, se calmó y después volvió a sonreír—. Cuando alguien importante muere, o alguien de su familia muere, la gente de bien va a darle el pésame al funeral. Es una cortesía. Por eso las dos tenéis que portaros muy bien durante la misa y estar calladitas, ¿de acuerdo? No querréis que esta gente que ha venido desde tan lejos solo para ver a vuestro padre se forme una mala impresión de vosotras, ¿verdad que no?

Alma y yo negamos con la cabeza a la vez.

—Bien —nos dijo mamá—. Ahora dejad que os vea a las dos juntas, estáis muy guapas. Ya sabía yo que la seda negra era lo mejor para este diseño. Sed educadas y no habléis con los mayores a no ser que ellos os hablen primero, y acordaos siempre de sonreír, niñas. Voy a hacerle compañía a vuestro padre, que el pobre está muy triste desde lo de la abuela.

Después mamá se alejó en dirección a la capilla caminando con cuidado para que sus zapatos de tacón, forrados de tela negra, no se quedaran atascados entre las piedras del camino.

—Qué guapa está mamá y qué elegante va siempre. Ojalá nos parezcamos a ella cuando seamos mayores —dije, todavía mirando a nuestra madre mientras observaba cómo un grupo de desconocidos la saludaban entre sonrisas y halagos.

—Tú y yo nos parecemos a la abuela Soledad, no a mamá. Tenemos la piel clara como mamá, pero eso es lo único que hemos sacado de ella, lo demás es todo de la abuela —respondió Alma estirándose una arruga invisible de la falda de su vestido—. Sobre todo tú.

Dentro de la capilla olía a incienso y a cera derretida, pero debajo de eso, podía sentirse el olor a humedad y la mezcla de perfumes caros flotando en el aire. El padre Dávila estaba de pie esperando a que la gente se sentara en los bancos. Detrás de él, el retablo de madera que el abuelo Martín había encargado hacer a un famoso ebanista veneciano lucía adornado con flores blancas y velas encendidas en honor a nuestra abuela. La capilla estaba a rebosar pero nadie nos saludó al entrar, como si Alma y yo fuéramos invisibles. Nuestro padre —sentado en primera fila al lado de mamá— estaba arrodillado en uno de los reclinatorios de caoba y terciopelo rojo traídos desde una iglesia muy antigua en el sur de Italia. Tenía los ojos cerrados y las manos juntas mientras rezaba.

—¿Has visto qué elegante está todo el mundo? —le pregunté a Alma en voz baja.

—Sí. Mamá ha dicho que algunos invitados han venido desde Londres solo para el funeral. Allí seguro que tienen mucho más estilo que en Basondo —respondió Alma.

Las mujeres lucían chaquetas de terciopelo o estolas de piel de chinchilla encima de sus vestidos negros para protegerse de la humedad del mar, que se colaba por entre los muros de la capilla. Todas llevaban la cabeza cubierta para poder entrar en la iglesia: algunas con tocados y velo como el de nuestra madre, y otras con delicadas mantillas rematadas en un precioso encaje de color negro hechas a mano.

—Nunca había visto a gente tan elegante antes —le susurré al oído a mi hermana—. Ni siquiera la vez que salimos a hurtadillas de nuestra habitación para curiosear en la fiesta de fin de año de mamá, ¿te acuerdas?

A nuestra madre le encantaba dar fiestas en Villa Soledad: fin de año, carnaval, el cumpleaños del marqués... cualquier excusa era buena para llenar la casa de gente, música y cócteles, pero Alma y yo no teníamos permiso para asistir a las fiestas aún y debíamos quedarnos en nuestra habitación con Carmen mientras los invitados bailaban, jugaban a hacer espiritismo en el saloncito con ayuda de una médium falsa o tomaban caviar ruso en el porche. Hace un par de años, Carmen se quedó dormida mientras nos leía un cuento y nosotras aprovechamos para asomarnos al vestíbulo, pero mamá nos descubrió y nos llevó de vuelta a nuestro cuarto. Estuvimos castigadas dos semanas, pero solo por ver los trajes de los invitados había valido la pena.

—Cuando yo me muera quiero que todos vengan así de elegantes a mi funeral —le dije a Alma, mirando fascinada a las invitadas sentadas en los bancos de delante envueltas en seda y puntillas finas—. ¿Me has oído, Alma? Yo también quiero que mi entierro parezca una fiesta de fin de año.

Estábamos sentadas en el último banco, muy cerca de la puerta lateral por la que se accedía al pequeño cementerio. Yo ya había mirado la puerta de refilón un par de veces pensando en cómo salir de allí, cuando el padre Dávila empezó el servicio.

—¿Quieres que nos marchemos? —me preguntó Alma sin apartar sus ojos del párroco—. Si tienes cuidado y no haces ruido podemos llegar a la puerta lateral sin que nadie nos vea.

—Y aunque nos vean me da igual, no pienso quedarme aquí dentro: huele a cera y hace mucho frío.

Me levanté con cuidado del banco helado y caminé en dirección a la salida. Alma se levantó también, y me siguió con sus andares de bailarina. Podía escuchar la seda de mi vestido crujir con cada paso, pero todos tenían su atención puesta en el padre Dávila, así que nadie se percató de nuestra huida.

—Menos mal, empezaba a marearme con el olor a incienso —mentí yo, frotándome las sienes como si me doliera la cabeza para darle más dramatismo—. ¿Quieres ir al cementerio? Aún no he visto la tumba de la abuela.

Se suponía que a la abuela Soledad la habían enterrado el día anterior, aunque en realidad solo habían enterrado un ataúd vacío bajo una lápida con su nombre.

—Yo tampoco he visto su tumba. Mamá dice que una tumba no es algo que los niños deban ver porque se asustan y luego tienen pesadillas.

—A mí no me asustan los muertos —repliqué, pero a medida que nos acercábamos al cementerio noté cómo se me hacía un nudo en la garganta.

El pequeño cementerio de la familia Zuloaga estaba medio escondido detrás de la capilla, suspendido sobre el mar Cantábrico y rodeado por un murete de piedras irregulares.

—Aquí fuera hace más frío que en la iglesia —comentó Alma. Después se le escapó la risita nerviosa de quien pretende hacerse la valiente y ahuyentar a los difuntos.

Esquivé un charco que se había formado cerca del murete cuando vi una única flor entre la hierba. Era de color azul.

—Es como la que hice flotar el otro día —dije yo agachándome para cogerla—. Nunca había visto flores aquí dentro, creía que nada crecía en esta tierra porque el salitre del mar mataba las raíces y envenenaba el suelo.

Además de la hierba corta y desigual, en el cementerio familiar solo crecía un árbol: un sauce llorón deslucido e inclinado hacia un lado con las ramas arrastrándose penosamente sobre la tierra.

—Yo tampoco había visto flores aquí antes. Igual es la misma flor que te ha seguido desde nuestro claro para que la hagas bailar otra vez —me sugirió Alma mirándome con sus ojos amarillos muy brillantes.

—No lo creo.

Pero volví a mirar la flor en la palma de mi mano y sentí la sangre arremolinándose bajo mi piel, quemándome por dentro.

—La abuela Soledad está ahí de pie, junto a su lápida—dijo Alma de repente.

Yo me olvidé de la flor y de la quemazón para mirar a la tumba más reciente. Sobre la losa descansaba una enorme corona de rosas rojas.

—No empieces otra vez, Alma. No quiero oír tus cuentos de fantasmas ahora.

—No es un cuento. La abuela es joven otra vez, muy joven, y está vestida de novia igual que en las fotografías que hay en el pasillo —continuó Alma, mirando fijamente a la lápida—. Lleva puestos sus collares de perlas, los siete, y su vestido blanco de encaje.

Justo en ese momento una ráfaga de viento helado estremeció las ramas del sauce, que se agitaron y rascaron la tierra del cementerio como si fueran las garras de un animal.

—No te creo —murmuré, pero mentía.

—La abuela dice que quiere que sepamos la verdad sobre ella y sobre el abuelo Martín, aunque es una verdad fea, de las que solo se cuentan cuando uno ya está muerto. —Alma arrugó los labios intentando contener las lágrimas—. No...

—¿Qué pasa? ¿Qué está diciendo? —pregunté por encima del ruido del viento.

—Cuando era una niña, la abuela Soledad era tan guapa que todo el mundo en los alrededores del pueblecito de México donde vivía había oído hablar de su belleza. También decían que era una hechicera, una bruja conocedora de la tierra capaz de predecir cuándo se desatarían las tormentas o las desgracias de una familia. Por eso tú y yo tenemos poder también, lo hemos heredado de ella —explicó Alma—. Los rumores sobre su belleza y su poder llegaron a oídos de un español que había ido a México buscando hacer fortuna: el abuelo Martín.

—Te lo estás inventando todo, la abuela era una princesa mexicana, padre lo dice siempre —insistí.

Pero los ojos amarillos de Alma seguían fijos en algún punto junto a la lápida.

—El español sintió curiosidad y le pidió al padre de la muchacha que se la llevara a la hacienda para verla. Él no era el primer hombre que se interesaba por Soledad, pero sí era el primero con dinero. El abuelo se encaprichó de ella —añadió—. Se casaron el mismo día que la abuela Soledad cumplió quince años.

—¿Quince años? —miré la flor azul en mi mano mientras pensaba en lo que Alma acababa de decir.

La abuela Soledad tenía poder también, por eso hablaba el idioma secreto de los pájaros, sabía cuándo crecerían las rosas del jardín o conseguía que los árboles dieran mejores manzanas. Ella sentía el fuego dentro, igual que yo.

Recordaba a la abuela saliendo al jardín con una cesta en la mano en pleno diciembre para recoger manzanas del manzano americano que el abuelo trajo con él. Aunque no fuera temporada, ella siempre volvía a casa con la cesta llena de unas manzanas rojas y brillantes.

Alma se despidió con un gesto de la mano de alguien a quien solo ella podía ver.

—Ya no está —dijo con la voz líquida por las lágrimas—. La abuela se ha marchado para siempre, estamos solas.

Dejé la flor azul sobre la tumba vacía de la abuela y al instante salió volando en el viento del norte.

—¿Te ha dicho la abuela cuál de las dos va a morir antes?

—No —respondió Alma, pero me cogió la mano—. No te disgustes conmigo, Estrella, quién sabe cuánto tiempo nos queda para estar juntas antes de que una de las dos haga compañía a los muertos.

Apreté la mano de Alma que estaba tan fría como la mía.

—Nos queda mucho tiempo de pasar juntas porque cuando yo muera, antes de cumplir quince años, tú todavía podrás verme igual que ves a los demás aparecidos. Será como si nunca me hubiera muerto —susurré.

Alma esbozó una media sonrisa y levantó su mano entrelazada con la mía.

—Nunca jamás te dejaré ir. Tú y yo estamos unidas para siempre por un hilo invisible, pero tan fuerte que puedo sentirlo, aquí, atado con un nudito alrededor de mi muñeca —me dijo en voz baja—. Un extremo está atado a mi muñeca y el otro a la tuya, así que nunca nos separaremos, no importa cuál de las dos muera primero. Unidas para siempre. Inseparables.

Yo miré nuestras manos juntas un momento más y casi pude notar el cordón invisible del que Alma hablaba atado alrededor de mi muñeca.

—¿Lo juras? —pregunté con voz temblorosa—. Ten presente que estamos en un cementerio haciendo promesas.

—Lo juro. Y que me muera si miento.

La cueva de las estrellas

LA CUEVA DE LAS ESTRELLAS

No volvimos al bosque hasta una semana después del entierro de la abuela. La casa que llevaba su nombre estaba de luto, así que nos prohibieron abrir las ventanas o salir al jardín y todos vestimos de negro durante siete largos días en los que mamá no encendió su gramófono. Padre no era supersticioso pero igualmente ordenó cubrir los espejos más grandes de la casa con sábanas para evitar que el alma de la abuela se quedara atrapada en ellos, aunque nosotras sabíamos que ya se había marchado.

—Va a pasar algo malo, lo presiento —dijo Alma con sus ojos de miel fijos en el bosque.

—Ya ha pasado algo malo: hemos enterrado a la abuela Soledad hace una semana, ¿te parece poco?

Pero Alma sacudió la cabeza todavía mirando fijamente a la hilera de árboles que teníamos enfrente.

—No, no es eso. Hoy es cuando todo empieza a pudrirse, puedo sentir las raíces del bosque descomponiéndose bajo la tierra —susurró sin mirarme—. Pronto llegará el día en que las dos lamentemos haber entrado esta tarde en nuestro bosque.

Todavía podía sentir el calor de las luces de la casa encendidas detrás de mí, pero el aire húmedo y oscuro que salía del bosque me acarició la mejilla dándome la bienvenida, igual que la garra de una criatura invisible.

—El bosque es diferente cuando está oscuro, parece más salvaje ahora —murmuré mientras dejábamos atrás los árboles que marcaban la frontera invisible entre Basondo y el bosque.

—Tal vez no deberíamos estar aquí, nunca venimos tan tarde.

—Miedica —repetí yo mientras buscaba flores azules con la mirada—. Si tanto miedo tienes puedes volver a casa, soy perfectamente capaz de arreglármelas sin ti, muchas gracias.

—No tengo miedo.

—Pues claro que lo tienes, lo que pasa es que te gusta perderte en el bosque, igual que a mí —le dije con una media sonrisa de satisfacción—. En el fondo tú eres como yo, aunque te guste hacerte la buena para engañar a todo el mundo, pero yo soy tu hermana gemela y a mí no me engañas: sé lo que hay en tu cabeza.

Lo sabía bien y algunas veces eso me asustaba terriblemente: conocer el abismo que separaba a la chica que Alma fingía ser de la persona que era en realidad. Pero otras veces —casi todo el tiempo— Alma era solo mi hermana pequeña y yo fingía no saber lo que había en su cabeza. Así era como se mantenía el orden familiar: Alma buena, Estrella mala.

—Yo solo soy como tú por fuera, Estrella. Tú estás hecha de roca y fuego, yo no soy así —me dijo muy seria—. Cada una tenemos el nombre que nos merecemos.

—Eso son tonterías, es solo que te aterra pensar que los demás puedan tratarte como a mí: no aguantarías ni una semana en mi piel —respondí—. Por eso finges ser mejor que yo.

Estaba a punto de decir algo más cuando escuché un ruido que venía de lo más profundo del bosque: una voz. Alma también lo escuchó porque me puso la mano en el hombro y noté su piel fría a través de la tela de mi vestido, casi como si fuera un fantasma quien me sujetaba y no mi hermana.

—¿Qué es eso? ¿Es ese lobo negro que te sigue a todas partes? —susurró Alma con voz rasposa—. ¿Lo has llamado tú, Estrella?

—Los lobos no hablan. Eso solo pasa en los cuentos de hadas, tonta —dije en voz baja—. Calla.

Intenté distinguir la misteriosa voz entre los demás sonidos del bosque, pero los ruidos nocturnos nos rodeaban haciendo imposible distinguir nada.

—Igual tu lobo sí que puede hablar —susurró Alma dándome la mano—. Te he visto hablar con el lobo mientras sueñas.

—No es un lobo, alguien está pidiendo ayuda. Vamos.

Era una voz muy humana y venía del otro lado del bosque, del coto de caza de nuestro padre. Avancé entre los árboles sin soltar la mano de Alma para no perdernos en la oscuridad. La luz de las estrellas no llegaba a atravesar la maraña de ramas sobre nuestras cabezas, así que apenas podía ver nada más allá de mi nariz.

—¿Sabes adónde vamos? —preguntó Alma con sus ojos imposibles mirando a todas partes—. Esta parte del bosque no es donde solemos estar.

—Creo que sí. El coto de padre no está lejos y puede que haya alguien herido allí —respondí yo con la respiración entrecortada por la caminata—. No sería la primera vez que alguien del pueblo se cuela en el coto para cazar conejos y termina perdido o algo peor.

Teníamos prohibido acercarnos hasta allí por nuestra propia seguridad: unos cuantos años antes, un par de chicos del pueblo entraron en el coto para cazar pensando que nadie se enteraría si se llevaban un par de conejos a casa, pero padre les disparó por accidente creyendo que eran jabalíes. No los mató, pero a uno de ellos tuvieron que cortarle el brazo por las heridas de metralla y ya no pudo volver a trabajar en la mina.

—No podemos estar aquí, Estrella, no tenemos permiso. Este sitio es peligroso —me recordó Alma con voz temblorosa.

—Ya lo sé, pero padre no está aquí ahora y él es el único peligro real de este lugar.

—También hay animales —replicó—. Y tú dices que no es peligroso, pero apuesto a que los furtivos que se colaron aquí unos años atrás pensaron exactamente lo mismo que nosotras, y mira lo que les pasó.

—Los furtivos se lo buscaron ellos solitos por colarse aquí para robarnos: esos conejos, los jabalíes y todo lo demás que hay aquí son de padre —le dije muy convencida—. Y también nuestros.

—Los conejos no son de nadie, Estrella. Y menos aún de padre.

En esa zona no había tantos árboles. El terreno era desigual, lleno de cuestas y desniveles profundos por donde era fácil resbalarse con el barro húmedo y caer por uno de los muchos terraplenes. Los robles y los pinos crecían más distanciados unos de otros y se podía ver el cielo nocturno sembrado de estrellas brillantes. Vi algo moviéndose un poco más adelante, cerca de un grupo de arbustos que crecían sin ningún control, había un bulto en el suelo, a unos cien pasos de donde estábamos.

—¡Hola! —grité, y mi propia voz me asustó. En ese momento sentí un escalofrío bajando por mi espalda.

Alma dio un respingo a mi lado, igual que si mi escalofrío hubiera terminado en su columna. De repente recordé lo que mi hermana había dicho antes y comprendí que ese era el momento que ambas lamentaríamos durante el resto de nuestras vidas.

—¿Quién anda ahí? —volví a gritar a pesar de todo.

El bulto se movió.

—Ayuda, por favor —dijo una voz débil desde los arbustos, una voz de niño.

Alma dejó escapar el aliento que había estado conteniendo y me soltó la mano para acercarse más.

—¿Qué haces aquí? Nuestro padre es el dueño de este coto, nadie más puede entrar a cazar —le dijo al muchacho cuando llegó hasta él.

Yo me acerqué también, pero antes de llegar vi un destello metálico en el suelo medio tapado por las hojas secas: era una de las trampas que el marqués usaba para cazar ciervos. Un cepo.

—Menos mal que me habéis encontrado, llevo horas atrapado aquí y me estoy muriendo de frío. Me duele muchísimo —dijo el chico atropelladamente—. Os he oído hablar hace un rato y ya no sabía si me estaba volviendo loco por el hambre y el dolor o si era el demonio que había venido para llevarme por fin.

Calculé que el chico tendría más o menos nuestra edad, aunque nunca lo había visto en Basondo. Su pelo castaño estaba sucio por el barro, tenía restos de lágrimas y algo que parecía sangre seca en las mejillas.

—No somos el demonio —respondí yo muy convencida.

—Solo quería coger unas manzanas. He pisado un cepo y me ha pillado el tobillo —se lamentó el chico mirando su pie atrapado—. He pedido ayuda a gritos durante horas y ya me había resignado a pasar la noche aquí tirado esperando a que el marqués me encontrara por la mañana para rematarme, o hasta que ese lobo que he oído antes apareciera para darse un festín.

—Poco festín iba a darse el lobo contigo —le dije con brusquedad. Por su aspecto desvalido y flaco me pareció que no había comido en días.

—Pobrecillo. —Alma le sonrió con compasión, pero su voz sonó igual que si hubiera encontrado un pajarillo medio muerto en el jardín.

Me agaché junto al muchacho para ver mejor la herida en su tobillo, los dientes del cepo habían hecho trizas su pantalón y se hundían en su carne, que se había vuelto de color rojo oscuro alrededor de la herida desigual. También había restos de sangre seca sobre las hojas alrededor de la trampa.

—Menos mal que los animales del bosque no han olido tu sangre, si no ya se te hubieran comido vivo —comenté mientras buscaba un palo para apartar las hojas y ...