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EL CASO DE LA QUIMERA ENCADENADA

Gonzalo España  

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Fragmento

1

Irene López estudia Biología en una universidad pública de Colombia, en la pequeña ciudad de Fusagasugá. Tiene 19 años, cursa tercer semestre, lleva buenas notas, es muy decidida frente a lo que quiere y no le gusta perder un minuto pero, como toda joven, sueña a menudo, se ensimisma en romances y hazañas, y se deja arrastrar hacia las nubes.

Digamos también que es casi bonita. Un mechón de pelo claro le cae sobre la frente y le da cierto aire travieso. Hasta ahora se ha sentido contenta y realizada en sus estudios, pero en los últimos días lleva sobre sus hombros una preocupación muy grande, una carga pesada. Se le nota ausente y preocupada.

No es para menos, la vida no seguirá siendo fácil para ella, todo está por cambiar. Cuatro hermanos más crecen en casa, la hermana que le sigue terminó bachillerato y debe iniciar estudios superiores. Ella está en la obligación de ayudarla. Ayudarla sin excusas, sin evasivas, simple y llanamente ayudarla.

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Por esa razón, Irene acude esta mañana sin gran interés a la conferencia programada en la biblioteca del claustro. Quien los visita es Emilio Yunis, considerado el genetista más destacado de América Latina.

Lo ha invitado el profesor Martínez, titular de Genética I y II. Hay gran alboroto en la facultad, el personaje despierta un enorme interés. Irene se deja arrastrar al evento por una sola cosa: de alguna manera su llegada a la universidad se debe a la genética.

2

La explicación es sencilla. Su padre, el señor José, en el momento de enamorar a la señora Victoria y hacerla su esposa, le regaló una orquídea. Ambos se convirtieron en cultivadores de flores en la pequeña parcela que heredaron de sus antepasados, en las cercanías de Fusagasugá. Los gladiolos y claveles les dieron para ir viviendo con estrechez, casi apenas sobrevivir, pero no buscaron otra clase de oficio porque cultivando flores se mantenían contentos.

En cuanto a la orquídea, la pequeña canasta en que fue sembrada colgó de uno de los travesaños de la casa. Allí florecía en forma casi permanente, adornando el aire con una brillante espiga perfumada. Como Victoria se ponía alegre cada que contemplaba aquella flor, José dividió los bulbos de la planta, escogió los mejores y llenó más canastas. Muy pronto hubo casi una docena de orquídeas. Mientras llegaban los cinco hijos que adornaron el hogar, los corredores de la casa se fueron poblando de espigas perfumadas.

Don J ...