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EL CASTILLO BLANCO

Orhan Pamuk  

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Fragmento

PRÓLOGO

Encontré este manuscrito en 1982, en ese destartalado «archivo» dependiente de la prefectura de Gebze en el que acostumbraba a hurgar durante una semana todos los veranos, en el fondo de un baúl polvoriento repleto de edictos, títulos de propiedad, registros del juzgado y libros de cuentas oficiales. Enseguida me llamó la atención porque lo habían encuadernado cuidadosamente con un papel de aguas azul que hacía recordar los sueños, porque estaba escrito con una caligrafía legible y porque brillaba reluciente entre los documentos oficiales. Una mano, creo que extraña, había escrito un encabezamiento en la primera página, como si quisiera provocar aún más mi curiosidad: «El Hijastro del Fabricante de Edredones». Nada más. Leí de inmediato y con enorme placer aquel libro en el que una mano infantil había pintado en los márgenes y en los espacios de las páginas hombrecitos de cabeza diminuta llevando ropajes de muchos botones. El manuscrito me gustó mucho, pero como me dio pereza copiarlo en un cuaderno, abusé de la confianza del ordenanza, lo bastante respetuoso como para no mantenerme bajo vigilancia continua, y lo robé de aquel basurero, al que ni siquiera el joven prefecto se atrevía a llamar «archivo», introduciéndolo en mi maletín en un abrir y cerrar de ojos.

Al principio no sabía muy bien qué hacer con el libro sino leerlo una y otra vez. Como continuaba con mis suspicacias con respecto a la Historia, quise interesarme más por el relato que narraba el manuscrito que por sus valores científicos, culturales, antropológicos o «históricos». Y eso me conducía hasta el narrador del relato en sí. Como me había visto obligado a abandonar la universidad junto con otros compañeros, me había convertido en enciclopedista, la profesión de mi abuelo; y fue entonces cuando se me ocurrió la idea de escribir una entrada sobre el autor del libro en una enciclopedia de «personalidades», de cuya parte histórica yo era responsable.

Así pues, me entregué al trabajo en los ratos libres que me dejaban la enciclopedia y la bebida. En cuanto acudí a las fuentes básicas de la época, pude comprobar de inmediato que algunos de los hechos narrados no reflejaban exactamente la realidad. Por ejemplo, es cierto que en el periodo de cinco años del gran visirato de Köprülü hubo un tremendo incendio en Estambul, pero no había pruebas de que se hubiera desencadenado una enfermedad que hubiera valido la pena registrar, y mucho menos una enorme epidemia como la del libro. Los nombres de varios visires de la época estaban escritos de manera incorrecta, unos nombres se confundían con otros y algunos se habían cambiado incluso. Los de los grandes astrólogos no se correspondían a los que aparecían en los registros de palacio, pero no le di demasiada importancia porque pensé que ese punto ocupaba un lugar especial en el libro. Por otra parte, los hechos narrados confirmaban en general los «datos» históricos. A veces pude comprobarlo hasta en los pequeños detalles: el asesinato del gran astrólogo Hüseyin Efendi y la cacería de liebres de Mehmet IV en el quiosco de Mirahor estaban contados de manera parecida a como lo hacía Naima. Se me ocurrió que el narrador, al que claramente le gustaba leer y fantasear, habría podido acudir a ese tipo de fuentes y a un buen número de otros libros y haber tomado algo de ellos. Puede que, aunque decía conocer a Evliya Çelebi, solo hubiera leído sus obras. Me habría gustado creer que también podía ser cierto lo contrario, a pesar de otros ejemplos que pude localizar, e intentaba no perder la esperanza de encontrar al autor del relato, pero la mayoría de las investigaciones que llevé a cabo en las bibliotecas de Estambul fracasaron. No pude hallar, ni en la biblioteca del palacio de Topkapı ni en otras por las que pensaba que podrían haberse dispersado, ninguno de aquellos libros y opúsculos que decía haber presentado a Mehmet IV entre 1562 y 1580. Solo encontré una pista: en aquellas bibliotecas había más obras del «calígrafo zurdo» que se menciona al final

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