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EL CLUB DE LA LUCHA FEMINISTA

Jessica Bennett  

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Fragmento

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Un mes antes de que este libro se publicara, Roger Ailes, fundador y presidente de Fox News, dimitió por la gran cantidad de acusaciones de acoso sexual que se le habían atribuido a lo largo de su carrera. Un mes después, se hicieron públicas unas grabaciones de Donald Trump —de cuya campaña el señor Ailes había sido asesor de confianza— en las que se lo oía alardeando de haber agredido sexualmente a varias mujeres, de haberlas besado sin su consentimiento y de haberlas «agarrado por el coño».

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Como a muchos otros estadounidenses, la mandíbula se me descolgó hasta el suelo de puro asombro. Llamadme ingenua, pero confiaba en celebrar la victoria de la primera presidenta y, de repente, me encontré con que estábamos en un bucle dominado por dos hombres que se comportaban como depredadores sexuales y violaban a las mujeres como si tal cosa. Y aunque muchos ciudadanos se llevaron las manos a la cabeza, al final ninguno de los dos pagó caro por ello. El señor Ailes dejó Fox tras acordar una compensación de cuarenta millones de dólares. En cuanto al señor Trump... es el presidente de Estados Unidos.

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Escribí un libro que, de principio a fin, plasmaba las distintas maneras «sutiles» de sexismo y los prejuicios que definen a quienes ostentan el poder en mi país. Pero esos hombres, según iban apareciendo en escena, parecían calcos de antecesores de otros tiempos, con rasgos caricaturescos y exagerados, y sin mostrar ningún remordimiento.

Sin embargo, la «sutileza» también estaba ahí. Es lo que los había llevado hasta la cima.

La sutileza estaba implícita en el permanente cuestionamiento de la honradez de la candidata femenina, Hillary Clinton, y en el escrutinio continuo de sus aptitudes, aunque no de las de Trump, lo que confirma la teoría, avalada por estudios, acerca de que las mujeres deben tener el doble de formación para que se las considere al mismo nivel que los hombres, más aún si son negras.

Estaba también en el modo en el que la llamábamos «chillona» —un término que se usa con el doble de frecuencia para describir a una mujer—, o sugiriendo, como muchos periodistas hicieron, que debería sonreír más. (¿Acaso alguien le ha dicho alguna vez a Donald Trump que sonría?)

El sexismo sutil se observa asimismo en el hecho de que la carrera de Donald Trump esté salpicada de errores y meteduras de pata y aun así seamos capaces de disculparlo... porque los hombres se equivocan. Por contra, nos obsesionamos con las equivocaciones de las mujeres, juzgándolas con muchísima más dureza y recordándoles sus fallos durante más tiempo.

Sin ir más lejos, en el debate televisado de ambos candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Trump pudo interrumpir a su oponente cuarenta y tres veces, amenazarla y hasta llamarla «asquerosa», y sin embargo ella fue quien tuvo que esforzarse por demostrar autoridad y amabilidad en una combinación difícil: un atisbo de debilidad, y carecía de «aguante»; pero si era muy dura, entonces era «fría», «distante», «un robot», y se le reprochaba constantemente que no tenía el «carácter» necesario, y eso se lo decía un hombre al que solo le faltó echar espuma por la boca.

La raíz del sexismo sutil no está en Donald Trump, o en ningún otro hombre, ni mucho menos. Está profundamente arraigada en nuestra cultura, en la que durante cientos de años han sido ellos los que estaban al mando, los que se creían con el derecho a que sus voces se oyeran. Ese cuento ha generado un efecto de filtración y ha calado en nuestras mentes.

Y empieza pronto. Ya en la enseñanza secundaria, los chicos intervienen atropelladamente en los debates de clase ocho veces más que las chicas, a quienes se educa para levantar la mano y esperar su turno. Hasta en las películas y las series de televisión, los actores masculinos son los que interpretan papeles con discursos más agresivos, y hablan y aparecen en pantalla el doble de tiempo que sus colegas femeninas (también es más frecuente que los personajes de ellos sean científicos, políticos o abogados). Así, no debería sorprendernos que a la gente le resulte más fácil asociar palabras como «presidente» y «jefe» con imágenes y nombres masculinos, mientras que otras como «ayudante» o «auxiliar» la lleven a pensar de manera instintiva en femenino... Esto es lo que se nos ha enseñado.

La buena noticia es que la complacencia ya no es una opción. En enero de 2017, dos meses antes de que escribiera este libro, tuvo lugar la manifestación unitaria más grande de la historia reciente, la Marcha de las Mujeres, que congregó alrededor de cuatro millones de mujeres y hombres en 673 ciudades de todo el mundo. Los estadounidenses acudieron en tropel para protestar contra la persecución de los inmigrantes –los musulmanes, en especial– y contra la discriminación de los transexuales, a fin de que puedan usar el aseo del género al que pertenezcan, y muchas reivindicaciones más. Resulta significativo que muchas de las personas que primero se sumaron a la Marcha fueran mujeres; entre ellas Ann Donnelly, la jueza federal que suspendió las deportaciones de refugiados, y Sally Yates, la fiscal general que perdió el empleo por decir que ella no defendería en los juzgados la orden ejecutiva sobre inmigración de Trump.

Este es un libro sobre cómo batallar contra el sexismo en el trabajo. Pero también para que nos unamos y luchemos juntos contra todo tipo de injusticias. Ser un miembro del Club de la Lucha significa apoyar a tu compañera; también implica denunciar el racismo, el sexismo, la homofobia y la xenofobia en cualquier contexto. La unión hace la fuerza. Ahora más que nunca necesitamos mantenernos unidos... Y necesitamos más mujeres, y hombres, a nuestro lado.

Saludos desde la resistencia,

Jessica Bennett

Marzo de 2017

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* En España, el número de mujeres en las universidades ha aumentado rápidamente: representaban el 12,6 por ciento del total de los estudiantes en 1940, el 31 por ciento en 1970, el 53 por ciento en 2000 y el 54 por ciento en 2010. Su tasa de éxito es, además, mayor que la de los varones; prueba de ello es que, por ejemplo, en el curso 2007-2008 el 61 por ciento de los diplomados y licenciados fueron mujeres. [Fuente: Daniel Peña, “Cien años con mujeres en la universidad”, El País (8 de marzo de 2010).] Según datos de Eurostat, el 80 por ciento de los estudiantes de los Estados miembros de la UE que cursan carreras de Educación y Formación son mujeres. En los estudios de Ingeniería, el porcentaje cae hasta el 26 por ciento. En España, por cada 100 hombres que cursan educación universitaria, hay 115 mujeres, seis puntos por debajo de la media de la UE. [Fuente: Parlamento Europeo, <http://www.europarl.europa.eu/spain/es/sala_de_prensa/communicados_de_prensa/pr-2015/pr-2015-march/universitarias.html>.]

* En España, el salario medio de las mujeres es inferior al de los hombres en más de un 20 por ciento en todos los niveles educativos, siendo la brecha salarial más alta en los estudios primarios (35,57 por ciento), que suponen 6.608,80 euros de ganancia media anual menos para las mujeres con estudios primarios que la ganancia media anual de los hombres con estos estudios. En el caso de las diplomaturas, la brecha M/H es de un 22,45 por ciento, y en las licenciaturas y doctorados es de un 23,44 por ciento. [Fuente: UGT, “La falta de políticas de igualdad en el empleo incrementa la brecha salarial”, 20 de febrero de 2017.]

* En España, un millón y medio de mujeres cobran un máximo de 645,30 euros mensuales brutos. Los bajos salarios de las mujeres, siempre menores que los de los hombres, lejos de equipararse a los de ellos, siguen reduciéndose. Casi doscientas mil mujeres más que hace cuatro años se encuentran por debajo del Salario Mínimo Interprofesional (SMI). [Fuente: UGT, «La falta de políticas de igualdad en el empleo incrementa la brecha salarial», 20 de febrero de 2017.]

* En España, la Ley de Igualdad de 2007 dice lo mismo sobre el acoso, y los organismos a los que hay que acudir para denunciar y pedir información son la Policía Nacional y el Instituto Nacional de la Mujer del Ministerio de Trabajo, además de las consejerías de Asuntos Sociales de las respectivas comunidades autónomas.

* En España, más de 8,5 millones de mujeres trabajadoras trabajan gratis desde el 8 de noviembre hasta el 31 de diciembre de cada año (estos son los días que corresponden al porcentaje de diferencia salarial entre hombres y mujeres). En 2017 la brecha salarial, en salario por hora, se mantuvo invariable en un 14,9 por ciento y fue el triple que en países como Italia, Luxemburgo y Rumanía. [Fuente: UGT, <http://www.ugt.es/movil/Detalle.aspx?idElemento=3310>.]

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La ley no puede actuar por nosotras. Debemos hacerlo nosotras mismas. Las mujeres de este país deben convertirse en revolucionarias.

SHIRLEY GHISHOLM, primera mujer afroamericana
elegida congresista de Estados Unidos

Era un club de lucha, solo que sin luchar y sin hombres. Cada mes, más o menos, una docena de nosotras —mujeres de entre veinte y treinta años, escritoras en ciernes o bien con otras ocupaciones creativas, la mayoría con un segundo empleo— nos reuníamos en el piso de una amiga (de hecho, era el de sus padres, ya que ninguna de nosotras vivía en un lugar lo suficientemente grande para que cupiésemos todas). Ella ponía la pasta, o la ensalada... o la ensalada de pasta, y las demás llevábamos el vino (y el agua con gas, porque no sé por qué, pero a todas nos encantaba). Con los platos en el regazo, nos arrellanábamos en el sofá lleno de cojines de su sala de estar para hablar —o más bien para quejarnos— de nuestros empleos.

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Al principio, las normas del Club de la Lucha eran sencillas:

Lo que se decía en el grupo se quedaba en el grupo.

Quienes formábamos parte de él no podíamos pronunciar

jamás el nombre del grupo.

Y llevábamos a cabo un estricto nepotismo vaginal.

Eso significaba que una vez que estabas dentro, ahí te quedabas: engullida por un apoyo maternal, aceptada y respetada, animada por chasquidos de dedos, palmadas afectuosas de empatía y por vídeos de gatos, sin ninguna malicia. No era una meritocracia, pues no importaba lo que cada una consiguiera. Teníamos una estricta política al respecto: no se admitían «tías chungas».

El hecho de que el Club se mantuviera en secreto justificó la necesidad de su existencia. Éramos unas mujeres ambiciosas e inteligentes que luchábamos por «abrirnos paso» en Nueva York, una ciudad que se come vivos a los pusilánimes. Habíamos crecido en la época del Girl Power, en la que no solo se animaba, sino que se esperaba que las chicas pudiesen ser y hacer lo que les diese la gana. Y nosotras nos lo creímos. La lucha de género, pensábamos todas, era una vieja reivindicación de nuestras madres..., una batalla que se había ganado hacía mucho tiempo.

Y, sin embargo, todas nosotras, en cada papel que desempeñábamos, en cualquier campo, nos topábamos continuamente con minas terrestres de género, a menudo con algunas que ignorábamos que existían. Era como tratar de evitar el hedor que, en una calurosa noche de verano, te acecha en cualquier calle de Nueva York: tú vas a lo tuyo y, de repente, ZASCA.

En nuestras reuniones contábamos con una especie de moderadora: nuestra anfitriona. A veces nos pasaba notitas con preguntas escritas a mano. («¿Dónde te gustaría estar dentro de cinco años?», «¿De qué manera piensas ayudar a otra mujer este año?», «¿Quién es tu cantante favorita? Espera... Es Beyoncé, ¡claro!»). En caso necesario, manteníamos encuentros más íntimos e informales: si una de nosotras tenía un problemón, una entrevista de trabajo a la vista, un artículo que entregar, una crisis nerviosa a la vuelta de la esquina o veía que se iba al paro... Casi todas habíamos tenido que afrontar alguna de estas situaciones en un momento u otro. Aun así, por lo general nos limitábamos a pasar el rato, picar algo, decir gilipolleces y hablar del trabajo.

Juré no desvelar los detalles, pero el grupo consistía más o menos en: Danielle,[*] una escritora divertida y brillante que se dejaba la piel como ayudante en un programa de televisión muy conocido (el cual, en aquel momento, no contaba con ni una sola guionista). Además, había escrito dos libros, había creado vídeos para algunas webs y había aprendido Photoshop ella sola, sobre todo para hacer unas preciosas invitaciones al Club de la Lucha. Pero en el trabajo la habían ignorado muchas veces a la hora de ascenderla. Cansada, descontenta y muerta de aburrimiento, empezó a escudriñar infinidad de webs en busca de noticias inspiradoras sobre mujeres, las cuales nos mandaba para ayudarnos a sobrellevar el día. También le dio por hacer sudaderas feministas con gatos. Nos preguntábamos dónde intentaría venderlas...

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Otra de las integrantes era Nola, una directora de proyectos en una agencia de publicidad. Hacía poco nos había mandado un correo electrónico que destilaba rabia. En él nos explicaba que, mientras lideraba una reunión con un cliente importantísimo, uno de sus colegas le preguntó si no le importaba ir a por café para todo el grupo. Completamente alucinada, se descubrió yendo a su pesar hasta la cocina para prepararlo. Volvió a la reunión con una mancha marrón en la pechera de la camisa y echando fuego por los ojos.

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Había otra mujer, una desarrolladora de webs tan sincera como directa llamada Rachel, cuyo jefe le había dicho que era «demasiado agresiva» con los empleados. Todas sabíamos lo que eso significaba: que hablaba demasiado alto, que era un poco mandona y no lo suficientemente «femenina» según su particular estereotipo. Pero Rachel hacía bien su trabajo; eso su jefe nunca lo puso en duda. Entonces ¿por qué era tan importante el volumen de su voz?

También estaba Tania, una directora de documentales. Nos contó que se le había ocurrido una idea para un programa y se la habían cedido a un compañero suyo para que lo produjera. Estaba furibunda. Pero no se quejó porque no quería que la consideraran demasiado «emotiva» (o una mala jugadora de equipo). Nos pidió, nos rogó, que si nos enterábamos de alguna oferta de empleo relacionada con su profesión se lo hiciéramos saber.

Por entonces yo trabajaba en Tumblr. Mi trabajo era parte de una iniciativa promocionada a bombo y platillo para contratar periodistas que crearan contenidos en una plataforma de blogs, pues hasta ese momento se la conocía sobre todo por los GIFS (y por el porno). De entrada todo parecían ventajas. Trabajar en una empresa de tecnología comportaba disfrutar de las comida gratis, tentempiés a voluntad, la posibilidad de llevarte el perro a la oficina... todos los días, el lujo de tomar café preparado en frío y de manera artesanal por un «maestro cafetero», el macizorro Grady, que te lo traía, descansos ilimitados, un barril de cerveza que te identificaba (también tus cervezas favoritas) mediante la huella dactilar, una mesa de ping-pong para que, al volver de tus vacaciones, tras tomarte tu cerveza personalizada y haber jugado con tu perro, puedas «relajarte, colega, ya sabes». Sin embargo, también había cosas de tíos que me desquiciaban: la referida mesa de ping-pong estaba a dos metros de mi escritorio (juro que las bolitas rebotaban en mi portátil a diario); las salidas de empresa consistían en jugar al baloncesto y en asistir a actividades de ambientación medieval, y la hora de relax en la oficina era una ronda de coleguitas, con todos los empleados tratando de meter una pelota en un vaso, cómo no, en la mesa de ping-pong de al lado de mi escritorio.

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Pero el principal escollo era el trabajo en sí. Me habían contratado junto con otro redactor, a quien había conocido y me agradaba. Me dijeron que trabajaríamos juntos y que ambos reportaríamos directamente al CEO, lo que en cierto modo era verdad, solo que yo había aceptado el empleo antes de concretar el cargo que se me asignaría. (Nota para una misma: Jamás aceptes un trabajo sin definir antes formalmente tu cargo, aunque te digan que podrás «elegir» el que quieras.) De casualidad me enteré de que mi compañero ya se había asignado el cargo de redactor jefe. O sea: el cargo más alto posible al que alguien de mi profesión puede llegar en mi país, normalmente reservado para el dirigente supremo de una organización editorial. Pero según el director de Recursos Humanos no debía preocuparme, ya que todos formábamos parte de una plantilla sin ningúuun tipo de jerarquía... Así que, ¿qué cargo quería yo? (Elegí ser «editora ejecutiva».)

Lo cierto es que no todo era malo: dicho colega, el redactor jefe, era un tío estupendo (¡hasta feminista!). Estaba casado con una abogada influyente y era padre de dos niños divinos. ¡Un tipo progresista! ¡Te apoyaba! ¡Era alegre! Sin embargo, ahí estaban los hechos: me habían atacado con un jefe sorpresa, y era un tío.

Podría haberme quejado, de no ser porque despidieron al director de contratación —o «jefe de la gente», como se denominaba a sí mismo— días después de que yo llegara. (Me pregunto por qué una empresa de cien personas necesita un departamento de Recursos Humanos...) Con todo, mi jefe era un responsable con experiencia. Sabía imponer respeto en una sala llena de hombres. Hablaba con autoridad y seriedad, mientras que yo me ponía nerviosa. De todas formas, la gente lo miraba a él, y no a mí, en las reuniones —tenía aspecto de jefe—, tanto si exponíamos un proyecto que llevaba él como si no. Trataba de ayudarme, repitiendo mis ideas con la competencia oral de un hombre blanco de cuarenta y dos años, de casi un metro noventa, que intentaba ser mi defensor. Pero también le atribuían el mérito de mis ideas.

Aun así, estuve tan poco tiempo en Tumblr que nada de eso llegó a importarme de verdad: nos despidieron a todos de un día para otro justo un año después de que empezáramos, como paso previo a la adquisición de la empresa por parte de otra más grande (Yahoo!).

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Pero debo reconocer que no era la primera vez que me encontraba en una situación como esa.

Había empezado mi carrera en uno de los clubes de «machos» más rancios de todos, la revista Newsweek, donde el sexismo había llegado a estar tan extendido que las empleadas, lideradas por Eleanor Holmes Norton, ahora congresista pero por entonces una joven abogada de derechos civiles, demandaron a la empresa por discriminación de género en la que fue la primera reclamación legal de este tipo. (Si esta historia te suena familiar es porque se convirtió en un libro, y después en una serie de televisión llamada La rebelión de las chicas buenas.) Corría el año 1970, y las mujeres que trabajaban en Newsweek estaban sobradas de títulos, capacidades e inteligencia: había ganadoras de becas Fulbright, las primeras de sus promociones, licenciadas de las Siete Escuelas Hermanas[*] de buenas familias. Tal como Norton describiría más tarde: «Eran mujeres de las que uno pensaría que no tendrían nada que temer en su puesto de trabajo».

Y, aun así, se les dijo a las claras que «las mujeres no escriben». Sus jefes varones las llamaban «muñequitas». Sus tareas laborales incluían empujar carritos con el correo y llevar café, además de investigación y redacción de verdad; todas comportaban dar algo a un hombre. «Fue una época muy difícil», reconoció Susan Brownmiller, una académica feminista que, junto con la ya fallecida guionista y directora Nora Ephron, fue investigadora de Newsweek (léase «chica del correo») durante un corto período de tiempo en los años sesenta. Ambas se largaron de la empresa antes de la demanda, pero no he podido olvidar las palabras que me dijo una investigadora que se quedó: «Pasado un tiempo comenzabas a perder confianza en ti misma. Empezabas a pensar: “Los hombres son los que escriben”».

El primer trabajo de Nora Ephron fue de «chica del correo» en Newsweek en 1962. En la entrevista que le hicieron, le preguntaron por qué quería el trabajo.

—Quiero ser escritora —respondió.

—Las mujeres no escriben en Newsweek —le dijeron.

Yo no conocía esta historia, en parte porque el legado no se había transmitido. Y, sin embargo, cuatro décadas más tarde, en la época en la que trabajaba en Newsweek, la experiencia era parecida: escribir lo hacían «los hombres». Yo escribía, por supuesto. Tenía un título que lo acreditaba, como muchas de mis compañeras. Pero nuestros trabajos no se publicaban aún con la misma frecuencia con la que lo hacían los de los empleados masculinos. No se nos había ascendido tan rápido como a aquellos de nuestros colegas varones con los que habíamos empezado. Y a nadie le pasaba desapercibido que los jefes del problemático —para nosotras— semanario eran casi en su totalidad varones blancos. Más tarde, cerraríamos el año con un nuevo dato: del total de las cuarenta y nueve historias de portada de la revista, los hombres habían escrito cuarenta y tres.

Aun así, Newsweek era un chollo para una joven periodista como yo. Era mi primer trabajo de verdad después de la universidad, y me sentí suertuda[*] por haber aterrizado allí. Pero también fue la primera vez que empecé a dudar de mis capacidades. No era muy buena expresándome sin rodeos, y me atascaba cuando me pedían que expusiese mis ideas en una sala... normalmente llena de hombres. No sabía cómo reaccionar cuando colgaban un aro de baloncesto en la sala de redacción, o cuando el nuevo jefe empezó a rondar mi escritorio a todas horas. No tuve ningún mentor con el que hablar. De hecho, había muy pocas jefas.

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No era exactamente un sexismo «flagrante»... Nunca existió una política formal que prohibiese a las mujeres escribir. Al contrario: la puerta para las chicas estaba abierta y por ella entraban más féminas que nunca. Pero esas actitudes tan arraigadas no desaparecen en una sola generación.

La columnista del New York Times Gail Collins me dijo en una ocasión que, si bien el sexismo de su época era tremendamente demoledor, como contrapartida lo veías venir. Cuando un tío te pellizcaba el culo o te decía que «las mujeres no escriben en Newsweek» no era para nada justo, pero al menos sabías que no lo era. Era una discriminación clarísima —sexismo con una definición legal y un sello característico—, no solo una «sensación». («¿Eso acaba de pasar?», «¿Estoy loca?», «¿He sido la única que lo ha visto?»)

Ese sexismo de la década de 1950 no se ha erradicado del todo —ejem, Donald Trump— y, aun así, identificar el sexismo cotidiano hoy en día puede resultar mucho más difícil. Al igual que las microagresiones que las personas de color tienen que soportar a diario —el racismo enmascarado en insultos y rechazos sutiles—, el sexismo actual está oculto, es ...