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EL CUCHILLO EN LA MANO (CHAOS WALKING I)

Patrick Ness  

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Fragmento

1

EL AGUJERO EN EL RUIDO

Lo primero que descubres cuando tu perro aprende a hablar es que los perros no tienen mucho que decir. Más bien, casi nada.

—Quiero hacer caca, Todd.

—Cállate, Manchee.

—Caca, Todd. Caca.

—He dicho que te calles.

Estamos paseando por los campos que se extienden al sureste del pueblo, esos que descienden hacia el río y se hunden en la ciénaga. Ben me ha encargado ir a la ciénaga a buscar manzanas silvestres y, también, llevar conmigo a Manchee, pero ya se sabe que Cillian compró el perro solo para ganarse las simpatías del alcalde Prentiss, de modo que aquí estoy yo, con un chucho que me regalaron por mi cumpleaños el año pasado, a pesar de que yo dejase bien claro que no quería ningún perro, que lo único que quería era que Cillian se decidiese de una vez a arreglar la moto de fisión para que yo no tuviera que ir andando a los lugares más recónditos de este estúpido pueblo, pero, ah, claro, de eso nada: feliz cumpleaños, Todd, aquí tienes este cachorrito recién comprado, Todd, y a pesar de que no lo quieras, a pesar de que nunca pidieses algo parecido, ¿a que no adivinas quién va a alimentarlo, educarlo, lavarlo, pasearlo y oír su cháchara, ahora que está lo bastante crecido para que el germen del habla le haya puesto la boca a funcionar? ¿A que no lo adivinas?

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—Caca —insiste Manchee con un ladrido ensimismado—. Caca, caca, caca.

—Vale, pues haz caca y deja de ladrar sobre el tema.

Arranco unos hierbajos del borde del sendero y trato de atizarle con ellos. No le doy, no pretendo darle, pero él se ríe con uno de sus ladridos cortos y sigue trotando. Voy tras él agitando los hierbajos a uno y otro lado, protegiéndome de los rayos del sol, tratando de mantener la mente en blanco.

Lo cierto es que no nos hace falta ir a la ciénaga por las manzanas. Si tanto las necesita, Ben puede ir a comprarlas a la tienda del señor Phelps. Además, recoger manzanas en la ciénaga no es trabajo para un hombre, porque no está permitido que los hombres holgazaneen de semejante manera. En lo que a mí respecta, me faltan treinta días para convertirme oficialmente en un hombre. He vivido doce años —cada uno con sus trece largos meses— y otros doce meses más, y toda esa vida ha valido para que me encuentre a un mes del gran cumpleaños. Los planes están planeándose y los preparativos, preparándose; habrá una fiesta, imagino, pero tengo la impresión de que será algo extraño, oscuro y demasiado brillante al mismo tiempo, y a pesar de todo me transformaré en un hombre, y buscar manzanas no es tarea para un hombre; ni siquiera para uno que está a punto de serlo.

Claro que Ben sabe que puede pedírmelo, sabe que aceptaré ir por las manzanas, pues la ciénaga es el único lugar en Prentisstown y alrededores en el que uno puede descansar del ruido que los hombres desparraman por todas partes, del barullo incesante que surge de su interior aun cuando duermen e ignoran que siguen pensando y que cualquiera puede oírlo. Los hombres y su ruido. No sé cómo lo hacen, cómo se soportan los unos a los otros.

Los hombres son criaturas ruidosas.

—¡Ardilla! —chilla Manchee, y salta hacia delante y sale del camino sin que, al parecer, le importen mis gritos, y, claro, allá voy yo también (miro alrededor para asegurarme de que no hay nadie), a correr por los campos, porque Cillian montaría un número si Manchee se cayese en algún maldito agujero, ya que entonces la maldita culpa sería mía, a pesar de que yo haya dicho, desde el maldito principio, que no quería un maldito perro.

—¡Manchee! ¡Vuelve aquí!

—¡Ardilla!

Al atravesar el pastizal, los gusanos se me adhieren a los pies. Uno de ellos se hace trizas cuando intento quitármelo y me deja una mancha verdosa en las zapatillas que, por experiencia, sé que no saldrá.

—¡Manchee! —bramo.

—¡Ardilla! ¡Ardilla! ¡Ardilla!

Ladra y da vueltas alrededor de un árbol, y la ardilla, insultante, brinca de una rama a otra al ritmo de sus ladridos. Vamos, revoltoso, dice el ruido de la ardilla. Vamos, atrévete, ven por mí. revoltoso, revoltoso, revoltoso.

—¡Ardilla, Todd! ¡Ardilla!

Hay que ver. Los animales son estúpidos.

Agarro a Manchee por el collar y le doy una palmada en los cuartos traseros.

—¡Ay, Todd! ¡Ardilla! —Le doy otra cachetada. Y otra más—. ¡Ay! ¡Ardilla, Todd!

—Basta —digo mientras mi propio ruido ruge con tanta fuerza que apenas puedo oírme pensar, lo cual, como verás, lamentaré pronto.

Chico revoltoso, chico revoltoso, piensa la ardilla, mirándome. Ven aquí, chico revoltoso.

—Por mí puedes irte a donde ya sabes —le espeto, aunque, por si no lo sabe, se lo digo con todas las letras.

Más me habría valido volver a inspeccionar los alrededores.

Salido de entre los hierbajos, Aaron se me echa encima, me da una bofetada y, no contento con partirme el labio con su anillo, vuelve a golpearme, esta vez con el puño cerrado, pero, como ya me estoy cayendo a la hierba, no me da en la nariz sino en la mandíbula, y yo sigo precipitándome para evitar el puñetazo y suelto el collar de Manchee, que, ladrando, corre en pos de la ardilla, el traidor, y al fin aterrizo en la hierba con las manos y las rodillas para ponerme perdido de esa sustancia verdosa de los gusanos.

Me quedo aquí, en el suelo, jadeando.

El ruido de Aaron, que me mira desde arriba, me llega en forma de retazos, de citas de las escrituras y de lo que será su próximo sermón, y entonces el lenguaje, joven Todd, y la búsqueda del sacrificio y el santo elige su camino y un aluvión de imágenes que están en el ruido de cualquier hombre, de cosas conocidas y visiones fugaces de…

¿De qué? Pero ¿de qué, demonios…?

Pero un pasaje de su sermón se eleva sobre lo demás y lo anula, y yo lo miro a los ojos y, de repente, ya no quiero saber nada más. Noto el sabor de la sangre que me mana del labio y ya no quiero saber más. Él nunca viene por aquí, los hombres nunca vienen por aquí; sus motivos tendrán, los hombres, y, así, por aquí solo venimos mi perro y yo, pero ahora resulta que él ha venido y yo ya no quiero saber más.

Me mira, sonriéndome a través de la barba, me mira mientras descanso en la hierba.

Ha sido un puñetazo sonriente.

—El lenguaje, joven Todd —dice—, nos ata como la cadena a un prisionero. ¿Es que no has aprendido nada en la iglesia, muchacho? —A ello añade una de las frases más frecuentes en sus sermones—. Si uno de nosotros cae, todos caemos con él.

«Sí, Aaron», pienso.

—Dilo con la boca, Todd.

—Sí, Aaron —digo.

—¿Y esas palabrotas? —inquiere—. ¿Y esas maldiciones? No creas que no las he oído. Tu ruido te delata. Nos delata a todos.

«A todos, no», pienso, pero, al tiempo, digo:

—Lo siento, Aaron.

Se va inclinando sobre mí, va acercándoseme hasta que puedo captar el aliento que le sale de entre los labios, oler ese chorro de aire que quiere cerrarse sobre mí como los dedos de una mano.

—Dios lo oye todo —susurra—. Dios lo oye.

Levanta la mano una vez más y, al ver que me estremezco, suelta una carcajada y desaparece como si tal cosa, se aleja hacia el pueblo llevándose su ruido con él.

Estoy temblando. Por el labio partido, sí, pero también por el coraje, la sorpresa y la rabia que siento, y sobre todo por el odio que me inspira este pueblo y los hombres que viven en él, tanto que tardo un rato en recuperarme y en estar en disposición de ir a buscar al perro. «¿Qué demonios estaba haciendo aquí?», me pregunto, y estoy tan cabreado, tan lleno de ira y odio (y miedo, sí, pero cállate) que no me molesto en mirar alrededor para saber si Aaron está escuchando mi ruido. No me vuelvo para mirar. No miro. Y luego miro, veo al perro y lo atrapo.

—¿Aaron, Todd? ¿Aaron?

—No pronuncies ese nombre, Manchee.

—Sangre, Todd. ¿Todd? ¿Todd? ¿Sangre?

—Ya sé. Cállate.

—Revoltoso —responde el cabeza hueca, como si eso no significara nada.

Le doy un azote en el lomo.

—Eso tampoco lo digas.

—¡Ay, Todd!

Seguimos caminando con el río a nuestra izquierda. La corriente discurre a través de unos barrancos que se abren al este del pueblo; procedente del norte, pasa por las cercanías de nuestra granja, bordea el pueblo y se derrama en una zona pantanosa que acaba por convertirse en la ciénaga. Hay que mantenerse a distancia del río y de la zona pantanosa en la que todavía no hay árboles, porque allí es donde viven los cocodrilos, lo bastante grandes para matar a un casi hombre y su perro. Los pinchos de sus lomos parecen tan solo juncos, y si te acercas demasiado, ¡paf! Salen del agua y saltan hacia ti con las garras erizadas y las fauces abiertas, y entonces ya no tienes nada que hacer.

Superamos la zona pantanosa y escudriño la ciénaga, que, mientras nos vamos acercando, parece estar en calma. En fin, lo cierto es que ya no hay mucho que ver. De ahí que los hombres no se dejen caer por aquí. Y luego el olor; no digo que no huela, pero no huele tan mal como los hombres dicen. Ellos huelen sus recuerdos, eso hacen, perciben el olor que tenía hace tiempo y no el que se nota ahora. El de la muerte. Los zulas y los hombres no compartían costumbres funerarias. Los zulas utilizaban la ciénaga para depositar en ella a sus muertos, lo cual, supongo, era lo que correspondía a su naturaleza. La piel de zulaque se mezclaba bien con el agua y el barro, no dejaba residuo alguno y tan solo contribuía a enriquecer la ciénaga exactamente igual que los cadáveres de los hombres enriquecían la tierra.

Luego, claro, resultó que había que dar sepultura a más zulas de lo normal, tantos que se quedaba pequeña incluso una ciénaga como esta, que es una señora ciénaga. Y después ya no quedaron más zulas con vida, ¿verdad? Solo sus cadáveres quedaron, pudriéndose y apestando, apilados en montones que llenaban la ciénaga, e hizo falta mucho tiempo para que la ciénaga dejase de ser un hervidero de moscas y olores y a saber cuántas clases de gérmenes, y volviese a ser la ciénaga.

Yo nací en aquel momento, en medio del desbarajuste, junto a una ciénaga atestada y un cementerio también atestado, en un pueblo medio despoblado, de modo que no me acuerdo de nada, no recuerdo ni un solo día sin ruido. Mi padre murió de enfermedad antes de que yo naciera, y después le tocó el turno a mi madre. Ben y Cillian se hicieron cargo de mí y me criaron. Ben dice que mi madre fue la última mujer, pero eso es lo que les dicen a todos de sus madres respectivas. A pesar de que Ben se lo crea, de que dé la impresión de que no miente, comprobar la veracidad de lo que dice es más bien difícil.

En todo caso, soy el habitante más joven del pueblo. Me gustaba jugar a lanzar piedras a los cuervos de los campos con Reg Oliver (siete meses y ocho días mayor que yo), Liam Smith (cuatro meses y veintinueve días) y Seb Mundy, quien, pese a llevarme tan solo tres meses y un día y ser el segundo más joven, dejó de hablarme cuando se convirtió en un hombre.

Eso es lo que todos hicieron al cumplir trece años.

Y así son las cosas en Prentisstown. Los niños se hacen hombres, y van a reuniones solo para hombres a hablar de quién sabe qué, y los que todavía son niños se quedan fuera, de modo que, si eres el último niño del pueblo, debes contentarte con esperar y, entre tanto, acostumbrarte a la soledad.

Bueno, y a la compañía de un perro que no quieres.

Pero ahora no importa, porque hemos llegado a la ciénaga. Elegimos los senderos que rodean o evitan los lugares donde hay más agua y esquivamos los gruesos y nudosos troncos de los árboles, que hunden sus raíces en el barro y elevan hacia el cielo las apuntadas copas. La atmósfera es espesa, sombría y pesada, pero no tan espesa, sombría y pesada como para dar miedo. Hay muchas criaturas por aquí, cientos y cientos de ellas, llevando una existencia al margen del pueblo: pájaros, serpientes verdes, ranas, quivos, ardillas de las dos especies y (lo creas o no) uno o dos casoríes, y también puede que haya alguna serpiente roja de la que cuidarse, porque, pese a la oscuridad reinante, algunos haces de luz logran atravesar la cúpula de hojas e iluminar el suelo; por si te interesa, te diré que, para mí, la ciénaga es como una habitación, una habitación grande, cómoda y no demasiado ruidosa. Oscura pero viva, viva pero amable, amable pero no codiciosa.

Manchee levanta la pata en casi todos los rincones que encuentra, hasta vaciar la vejiga, y luego, parloteando, se mete debajo de un matorral, supongo que para aliviar necesidades más gruesas.

Sin embargo, eso a la ciénaga no le importa. ¿Por qué iba a importarle? Es solo un cúmulo de vida que gira sobre sí misma, que se revuelve, se recicla y se devora, y que nunca deja de crecer. De todos modos, es cierto que hace ruido. El ruido jamás cesa, ni siquiera en lugares como este, pero el de aquí es más relajado que el del pueblo. Tiene un tono distinto, de curiosidad, de seres que se preguntan quién eres y si constituyes una amenaza para ellos. En cambio, el pueblo ya sabe de ti y quiere saber aún más, quiere echarte en cara todo lo que sabe y llegar hasta el último rincón de tu ser.

El ruido de la ciénaga, sin embargo… El ruido de la ciénaga no es más que pajaritos que recuentan sus atribulados pensamientos de pajarito. ¿Dónde hay comida? ¿Cómo vuelvo a casa? ¿Estaré a salvo? Y también ardillas céreas, las pequeñas pillastres que se burlan de ti si te ven y de sí mismas si no, y ardillas ruginosas, bobaliconas como niños pequeños; a veces, escondido en el follaje, un zorro de la ciénaga imita el ruido de las ardillas con el propósito de localizarlas y cazarlas, y menos veces aún, los mávenes cantan sus extrañas canciones de maven, y, una vez, juro que vi fugazmente las dos largas patas de un casorí que corría, pero Ben dice que eso es imposible, que los casoríes abandonaron la ciénaga hace tiempo.

No sé. En general, me fío de lo que veo.

Manchee sale del matorral y viene a sentarse junto a mí, pues me he detenido en una senda. Mira alrededor para ver lo que estoy observando y dice:

—Buena caca, Todd.

—No lo dudo, Manchee.

Espero no recibir otro chucho descerebrado cuando llegue mi próximo cumpleaños. Lo que quiero este año es un cuchillo de caza como el que Ben lleva en el cinturón. Ese sí que es regalo para un hombre.

—Caca —musita Manchee.

Nos ponemos en marcha. Llegaremos al lugar en el que crecen los manzanos tras recorrer unos cuantos senderos y salvar un tronco caído que Manchee nunca es capaz de superar por sí solo. Al llegar a él, tengo que cogerlo en brazos y depositarlo sobre la parte alta. A pesar de que sabe de sobra lo que estoy haciendo, insiste en patalear como una araña panza arriba y armar barullo sin motivo.

—¡Estate quieto, tontaina!

—¡Suelo, suelo, suelo! —aúlla, revolviéndose en el aire.

—Perro estúpido.

Lo dejo sobre el tronco y me ocupo de encaramarme. Luego, ambos saltamos al otro lado, y Manchee, al aterrizar, ladra:

—¡Salto! —Echa a correr, pero no se calla—. ¡Salto! —insiste.

El tronco caído es el lugar en el que empieza la verdadera ciénaga, y lo primero que ves es el conjunto de los viejos edificios zulaques cerniéndose sobre ti desde las sombras, como las gotas fundidas de un helado de color pardo. Nadie sabe o puede recordar qué son estas construcciones, pero la teoría de Ben, tan dado él a las teorías, apunta a que guardan relación con algún propósito funerario. Tal vez fueran una especie de iglesia, pero hay que tener en cuenta que los zulas, que se sepa en Prentisstown, no profesaban ninguna religión.

Me mantengo a distancia y me introduzco en el pequeño bosquecillo de manzanos silvestres. Las manzanas están maduras, casi negras, casi comestibles, como diría Cillian. Arranco una y le doy un mordisco; un chorretón de jugo me resbala por la barbilla.

—¿Todd?

—¿Qué, Manchee? —Me saco del bolsillo trasero la bolsa de plástico que he traído y empiezo a llenarla de manzanas.

—¿Todd? —insiste, y esta vez advierto cierto tono en su ladrido que me obliga a darme la vuelta y ver que está mirando los edificios zulaques con el pelo del lomo erizado y las orejas erguidas.

Me enderezo.

—¿Qué pasa, chico?

Se ha puesto a gruñir, a enseñar los dientes. Noto que el pulso se me acelera.

—¿Es un cocodrilo? —pregunto.

—Silencio, Todd —gruñe Manchee.

—Vale, pero ¿qué es?

—Es silencio, Todd. —Da un ladrido corto, un ladrido auténtico, un ladrido que solo significa eso, un ladrido, y el cuerpo se me tensa y la sangre se me agolpa en las venas—. Escucha —gruñe.

Y escucho.

Y sigo escuchando.

Y ladeo un poco la cabeza y escucho un poco más. Hay un agujero en el ruido.

Y eso no puede ser.

Qué raro; ahí, a poca distancia, escondido en algún lado, ya tras los árboles o en un lugar que no veo, hay un punto en el que los oídos y la mente me dicen que no hay ruido. Es como una forma geométrica invisible, que solo es posible captar viendo cómo la ciñe todo lo demás. Es un agujero, y todo lo que cae en él deja de ser ruido, deja de tener sustancia, simplemente deja de ser. No se parece a la quietud de la ciénaga, pues esta, aunque bastante silenciosa, contiene ruido. Lo que ahora percibo, en cambio, es una forma, una forma vacía, un agujero en el que todo el ruido cesa.

Y eso es imposible.

En este mundo no hay otra cosa que ruido, nada distinto a los constantes pensamientos de los hombres y las criaturas que te asaltan los oídos una y otra vez, una y otra vez desde que, durante la guerra, los zulas liberaron el germen del ruido, ese germen que acabó con la vida de la mitad de los hombres y de todas y cada una de las mujeres, incluso con la de mi madre, el germen que volvió locos al resto de los hombres, el germen que condujo a los zulaques a su fin, y que animó a los hombres a alzarse en armas contra ellos.

—¿Todd? —Me doy cuenta de que Manchee está asustado—. ¿Qué, Todd? ¿Qué es, Todd?

—¿Hueles algo?

—Solo silencio, Todd —responde, y luego comienza a ladrar con fuerza—. ¡Silencio! ¡Silencio!

Y entonces, en algún lugar cercano a los edificios zulaques, el silencio se mueve.

El corazón se me acelera tanto que estoy a punto de derrumbarme. Manchee gira a mi alrededor ladrando sin cesar, asustándome todavía más, y tengo que darle un nuevo azote en el lomo («¡Ay, Todd!») para calmarme un poco.

—Los agujeros no existen —digo—. La nada no existe. Tiene que haber algo, ¿no crees?

—Algo, Todd —ladra Manchee.

—¿Oyes adónde ha ido?

—Está en silencio, Todd.

—Ya, pero ¿adónde ha ido ese silencio?

Manchee olisquea el aire y da un paso, dos pasos, tres, en la dirección de los edificios zulaques. Vamos a buscar. Echo a andar muy despacio hacia la bola de helado derretido más grande. Trato de contrarrestar todo aquello que me aconseja apartarme de la pequeña entrada triangular. Manchee olfatea el vano y, como no gruñe, tomo aire y echo un vistazo al interior.

No hay nada de nada. El techo se encuentra a una altura que dobla mi estatura. El suelo está sucio y ocupado por enredaderas y otras plantas de la ciénaga, pero nada más. Vamos, que no hay una nada real, no hay agujero, ni tampoco rastro de lo que pudo haber estado aquí hace unos momentos.

Es una estupidez por mi parte, pero tengo que reconocerlo. Me pregunto si habrán vuelto los zulaques.

Sé que es imposible.

Sin embargo, un agujero en el ruido también es imposible. Con lo cual, algo imposible se ha vuelto real.

Oigo un gimoteo de Manchee, que se ha quedado fuera, así que regreso al exterior y me encamino a la siguiente bola de helado. Hay palabras escritas en la fachada, las únicas que se conozcan pertenecientes al idioma de los zulas. Es de suponer que fueron las únicas que los zulas consideraron susceptibles de ser escritas. Las letras que las componen pertenecen al alfabeto zulaque, pero, pese a ello, Ben aventura una lectura aproximada: «zul Áquili» o algo así. Es decir, zulaque o, si prefieres el diminutivo, que todo el mundo pronuncia con repugnancia desde que pasó lo que pasó, zula. Significa «la gente».

Tampoco hay nada que ver en este edificio. Vuelvo a la ciénaga y me quedo escuchando. Cierro los ojos y escucho, me olvido de todo y me centro en el acto de escuchar; y escucho. Y sigo escuchando.

—¡Silencio! ¡Silencio! —exclama Manchee con dos ladridos rápidos, y sale corriendo hacia la bola más alejada. Voy tras él con el corazón en un puño, pues ahí está, ahí está el agujero en el ruido.

Lo oigo.

O, más bien, no lo oigo, que es precisamente lo extraordinario del fenómeno, y mientras me voy acercando, el vacío que percibo me toca el pecho, la quietud a la que me dirijo tira de mí, y es tal la profundidad del silencio que empiezo a sentir que estoy a punto de romperme en pedazos, de perder lo más valioso que tengo, como si la misma muerte estuviese tomando posesión de mi ser; pero sigo corriendo y los ojos se me nublan y el pecho se me constriñe y, pese a que no hay nada que ver, rompo a llorar, estoy llorando, diablos, y entonces por mí todo puede irse al cuerno porque me he detenido, me quedo parado como un auténtico imbécil durante un largo rato, que es tiempo suficiente para que el agujero se mueva, para que se aleje, para que se haya ido…

Manchee se debate entre continuar la persecución o regresar a mi lado, y al final se decide a quedarse junto a mí.

—¿Llorar, Todd?

—Calla —digo, y amago una patada que se pierde en el aire.

2

PRENTISSTOWN

Abandonamos la ciénaga y deshacemos el camino hacia el pueblo; el mundo se ha vuelto de color negro, y el sol no puede hacer nada para remediarlo. Mientras atravesamos los campos, ni siquiera Manchee tiene ánimos para ladrar. El ruido que sale de mi interior se agita y burbujea como agua hirviendo, tanto que me veo en la obligación de parar a relajarme un minuto.

El silencio es algo que no existe. Ni aquí ni en ninguna parte. El ruido no cesa mientras duermes o cuando estás solo, jamás.

«Me llamo Todd Hewitt», pienso cerrando los ojos. «Tengo doce años y doce meses de edad. Vivo en Prentisstown, en el Nuevo Mundo. Dentro de un mes justo, seré un hombre».

Es un método que Ben me enseñó para reconducir y aplacar el ruido propio. Cierras los ojos y, con toda la calma y la claridad posibles, te dices a ti mismo quién eres, porque eso es lo que se te pierde en medio del ruido.

«Soy Todd Hewitt.»

—Todd Hewitt —murmura Manchee, a mi lado. Tomo aire y abro los ojos.

Ese soy yo. Todd Hewitt.

A través de campos incultos, remontamos la pendiente que nos aleja del río y la ciénaga hasta llegar al alto en donde, durante una etapa tan breve como inútil, funcionó la escuela del pueblo. Antes de que yo naciera, los niños recibían la educación que sus madres les daban en el hogar y, cuando solo quedaron hombres y niños, nos contentamos con ver vídeos y seguir cursillos hasta que el alcalde Prentiss ilegalizó tales prácticas por considerarlas «nocivas para la disciplina mental».

Porque, claro, el alcalde Prentiss considera que sus puntos de vista son más importantes que los de los demás.

Así que, durante medio año, todos los niños se reunieron bajo la cariacontecida mirada del señor Royal para asistir a clase aquí, en un cobertizo apartado del ruido del pueblo. Todo fue en vano. Es imposible enseñar algo en un aula repleta de niños que hacen ruido y mucho menos llevar a cabo exámenes, sean del tipo que sean. Copias aunque no te lo propongas, y es improbable que alguien no quiera copiar.

Y entonces, un día, el alcalde Prentiss decidió quemar todos los libros; pero todos y cada uno, incluso los que los hombres guardaban en sus casas, pues, por lo visto, también los libros eran nocivos, y, dadas las circunstancias, el señor Royal, un hombre blando que se había endurecido a base de beber whisky en clase, se rindió, se hizo con una pistola y puso fin a su vida y, de paso, a nuestras clases.

En casa, Ben me enseñó lo que me quedaba por aprender: mecánica, cocina, a remendar ropa, los fundamentos de la agricultura y cosas así. También me dio muchos consejos sobre supervivencia, como, por ejemplo, cómo cazar, qué frutos comer, cómo guiarse siguiendo las lunas, de qué modo usar una pistola o un cuchillo, cuál es el mejor remedio contra las mordeduras de serpiente o cómo acallar el ruido propio de la manera más efectiva.

Quiso, además, enseñarme a leer y escribir, pero el ruido me delató y, a modo de represalia, el alcalde Prentiss tuvo encerrado a Ben durante una semana, conque ahí se acabó mi acercamiento a los libros, y, como tengo otras muchas cosas que estudiar y labores de la granja de las que ocuparme a diario, no he podido aprender a leer tan bien como quisiera.

Importa poco. Nadie va a escribir un libro en Prentisstown.

Manchee y yo dejamos atrás la escuela, superamos el pequeño alto y, tras virar al norte, nos encontramos con el pueblo en sí. No queda mucho de lo que fue. Una tienda, en lugar de las dos que había. Un bar, en vez de dos. Una clínica, una cárcel, una gasolinera fuera de servicio, una casa grande para el alcalde y una comisaría de policía. Y la iglesia. También, atravesando el centro, un corto tramo de calle cuyo asfalto, que data de hace tiempo y que jamás se reparó, se degrada rápidamente. Las casas y demás se diseminan por doquier, y también las granjas, o las que debieron de ser granjas alguna vez; algunas se conservan, otras están abandonadas, y las hay que están peor que abandonadas.

Y eso es, en suma, Prentisstown. La población consta de ciento cuarenta y siete individuos y no deja de descender. Se compone de ciento cuarenta y seis hombres y uno que es casi un hombre.

Ben dice que había otros asentamientos en el Nuevo Mundo, que todas las naves aterrizaron más o menos al mismo tiempo, diez años antes de que yo naciera, pero que, cuando empezó la guerra contra los zulas, estos liberaron los gérmenes y los asentamientos desaparecieron del mapa; todos excepto Prentisstown, que logró sobrevivir a duras penas gracias a las dotes militares del alcalde Prentiss, una pesadilla andante a quien, pese a todo, hay que agradecerle que sigamos existiendo en un gran mundo carente de mujeres que no tiene nada que aportar por sí mismo, que sigamos viviendo en un pueblo de ciento cuarenta y seis hombres que se va muriendo un poco más cada día.

Porque hay hombres que no pueden soportarlo, como es lógico. Algunos se quitan de en medio, como el señor Royal, o sencillamente se evaporan, como el señor Gault, nuestro antiguo vecino, que se encargaba de la otra granja de ovejas, o el señor Michael, nuestro segundo mejor carpintero, o el señor Van Wijk, a quien dejamos de ver el día en que su hijo se hizo hombre. No es tan infrecuente. Si la existencia se circunscribe a un pueblo ruidoso y sin futuro, es normal que sientas la necesidad de marcharte, a pesar de que no tengas otro sitio al que ir.

Cuando un casi hombre como yo contempla el pueblo, puede oír el ruido de los ciento cuarenta y seis hombres que aún lo habitan. Los oigo a todos, hasta al último de ellos. Su ruido se abalanza sobre la colina como una tormenta, como un incendio, como un monstruo tan grande como el cielo que se te echa encima sencillamente porque no tiene otra cosa que hacer.

Así son las cosas. Así es cada minuto, cada día de esta estúpida y apestosa vida en este pueblo estúpido y apestoso. De nada sirve taparse los oídos:

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Y estas son tan solo las palabras, pues luego están las voces, que hablan, gimen, cantan o lloran. Y también hay imágenes, que, por mucho que te propongas evitarlo, te inundan la mente con recuerdos, fantasías, secretos, planes y mentiras, mentiras y más mentiras. Porque el ruido también recoge las mentiras, puedes mentir a pesar de que todo el mundo sepa lo que estás pensando, puedes ocultar algunos pensamientos en otros, guardártelos para que nadie los perciba eludiendo reflexionar sobre ellos o convenciéndote de la idea que se les opone, ya que ¿cómo distinguir entre gota de agua y gota de agua en las turbulencias de la corriente?

Los hombres mienten, y lo peor de todo es que se mienten a sí mismos.

Pongamos un ejemplo. Nunca he visto una mujer o un zulaque con mis propios ojos. Los he podido observar en vídeos cuando estos estaban permitidos, y también, sin cesar, en el ruido de los hombres, pues ¿en qué van a pensar, sino en el sexo y los enemigos? Sin embargo, los zulaques que capto en el ruido son más corpulentos y viles que los de los vídeos, y las mujeres tienen los cabellos más rubios, llevan menos ropa, tienen los pechos más grandes y expresan sus afectos con mayor efusividad. Por tanto, lo que conviene recordar, lo más importante de todo lo que yo pueda decir es que el ruido no es la verdad como tal, sino lo que los hombres desean que sea verdad, y la diferencia entre ambas cosas es tan grande que, si no tomas precauciones, comprobarás que puede acabar contigo.

—¿Casa, Todd? —Manchee se me acerca para hacerse oír sobre el ruido.

—Sí, es adonde vamos —contesto. Vivimos del otro lado, hacia el noreste, de modo que, como vamos a cruzar el pueblo, podré enseñarte unas cosas y otras mientras caminamos.

Para empezar, la tienda del señor Phelps. Está en decadencia, la tienda, como el resto del pueblo, y el señor Phelps dedica su tiempo a desesperarse. Incluso cuando estás comprando y él trata de mostrarse tan cortés como puede, su desesperanza chorrea sobre ti como el pus de una herida. Final, dice su ruido, es el final de todo, y Trapos, trapos y más trapos, y Julie, cariño, Julie, querida; su esposa, que él siempre se imagina desnuda.

—Hola, Todd —dice al vernos pasar a Manchee y a mí.

—Hola, señor Phelps.

—Un día magnífico, ¿verdad?

—Estupendo, señor Phelps.

—¡Día bueno! —ladra Manchee, y el señor Phelps se ríe, pero su ruido insiste en lo de Final, Julie y trapos, y también en imágenes que ilustran lo que él añora de su esposa, lo que ella solía hacer, como si ello tuviese alguna relevancia.

Mi ruido no contiene pensamientos concretos sobre el señor Phelps, a no ser los típicos que no pueden evitarse. Aun así, debo admitir que tengo que concentrarme en él con mayor ahínco del acostumbrado para tapar el recuerdo del agujero que he encontrado en la ciénaga, para bloquearlo con un ruido más intenso.

No sé por qué lo hago, no sé por qué tengo que esconderlo. Pero sigo haciéndolo.

Manchee y yo apuramos el paso, pues nos aproximamos a la gasolinera y al señor Hammar. La gasolinera no funciona desde que el generador de fisión que produce el combustible se estropeó el año pasado y quedó reducido a un armatoste grande y feo junto al que nadie quiere vivir, excepto el señor Hammar, quien, por tener la costumbre de embestirte con su ruido, es peor que el señor Phelps.

Y es un ruido malo, un ruido iracundo: imágenes de uno mismo en circunstancias en las que nadie querría verse, imágenes violentas y sangrientas contra las que lo único que se puede hacer consiste en elevar el volumen del ruido propio, tratar de sumarle el ruido del señor Phelps y enviarlo todo hacia el señor Hammar. Manzanas y luego Final y también Venga y Dale para después seguir con Ben y Julie y ¿Día bueno, Todd?, y más tarde El generador está fallando, trapos, calla de una vez y, en fin, Mírame, chico.

Y miro, a pesar de no pretenderlo, porque ya se sabe que a veces uno se despista y baja sus defensas, miro, decía, y ahí, en la ventana, encuentro al señor Hammar, que me está observando y Un mes, piensa, y hay una imagen en su ruido en la que me veo de pie, más solo que la propia soledad, pero no sé qué significa ni tampoco si es real o tan solo una mentira deliberada, de modo que pienso en un martillo que choca contra la cabeza del señor Hammar una y otra vez hasta que él, aún en la ventana, me dedica una sonrisa.

Más allá de la gasolinera, la calle tuerce para arrimarse a la clínica, en la que el doctor Baldwin se enfrenta a los sollozos y lamentos de los hombres, que se quejan ante los médicos, a pesar de que no les pasa nada. Hoy, el señor Fox deplora lo mal que respira, lo que, de no ser por su afición al tabaco, inspiraría compasión. Y luego, una vez que la clínica queda atrás, rayos y truenos, se llega al odiosísimo bar, que, incluso a esta hora del día, es una verdadera barahúnda de ruido, pues ponen la música a todo volumen con la intención de aplacar el ruido, pero solo consiguen redoblarlo, empeorar todavía más ese ruido de borrachos que te golpea como si fuera un mazo. Gritos, aullidos y llanto de hombres de rostro estático embebidos en horripilantes recuerdos del pasado y de las mujeres que conocieron. Un auténtico aluvión de alusiones a esas mujeres perdidas, y todo sin sentido, ya que el ruido de los borrachos es como quien lo produce: confuso, letárgico y violento.

Es tanto el ruido que te carga los hombros que se hace difícil caminar por el centro del pueblo o pensar hacia dónde te diriges. Para ser sincero, no sé cómo hacen eso los hombres, no sé cómo voy a hacerlo yo cuando sea un hombre, a no ser que, algún día, pase algo que lo cambie todo.

La calle asciende y gira a la derecha para correr a lo largo de la comisaría de policía y la cárcel, que ocupan un mismo edificio, más abarrotado de lo que cabría esperar en un pueblo tan pequeño como este. El policía es el señor Prentiss Junior, apenas dos años mayor que yo y, pese a ello, ya todo un hombre consagrado a su labor, cada vez más eficiente, y en la celda que guarda estará quienquiera que el alcalde Prentiss haya elegido para que el señor Prentiss Junior le administre el castigo ejemplar de la semana. Se trata, esta vez, del señor Turner, que no cedió la parte estipulada de su cosecha de trigo «para uso y disfrute de todo el pueblo» o, dicho con otras palabras, quien se negó a dar trigo gratis al señor Prentiss y sus hombres.

Así que has atravesado el pueblo con tu perro, y tienes todo ese ruido detrás de ti: el del señor Phelps, el del señor Hammar, el del doctor Baldwin, el del señor Fox, el del bar, que los supera a todos, el del señor Prentiss Junior y el de las lamentaciones del señor Turner. Sin embargo, no creas que el ruido del pueblo se acaba ahí: todavía queda el de la iglesia.

La iglesia es el motivo por el que nos encontramos aquí, en el Nuevo Mundo, y, todos los domingos, se oye a Aaron predicando sobre por qué abandonamos la corruptela y el pecado del Viejo Mundo para procurarnos una vida de pureza y hermandad en un Edén nuevecito.

Pues sí que nos salió bien la jugada.

En todo caso, la gente sigue yendo a la iglesia, en gran medida porque es obligatorio, si bien el alcalde no suele molestarse en acudir y nos deja a los demás escuchando el sermón de Aaron, que nos repite que en la vida solo nos tenemos los unos a los otros y que debemos fundirnos en una única comunidad.

Si uno de nosotros cae, todos caemos con él. Esa es su frase preferida.

Mientras caminamos junto a la puerta de la iglesia, Manchee y yo intentamos ser sigilosos. Desde el interior nos llega el ruido de las plegarias, que tiene algo de especial, un algo purpúreo y enfermo como si manase de las venas de los hombres, y que, pese a mantenerse invariable, no cesa nunca. Ayúdanos, sálvanos, perdónanos, ayúdanos, sálvanos, perdónanos, sácanos de aquí, oh Dios, por favor, por favor, Dios, pero, que se sepa, nadie ha oído el ruido de ese dichoso dios.

Aaron, que ha regresado a la iglesia tras su paseo, está predicando mientras los demás rezan. Oigo su voz además de su ruido, y, en resumen, todo consiste en sacrificio por allí y escrituras por allá, bendiciones por un lado y santidad por el otro, y es tal el fervor de su salmodia que no logro discernir nada en su ruido. ¿Será que Aaron trama algo? El sermón quizá tenga el propósito de ocultar sus intenciones, y yo me pregunto cuáles serán esas intenciones.

Y entonces, en el ruido, distingo un ¿Joven Todd?

—Apura, Manchee —digo, y nos largamos a la carrera.

El último lugar de la visita, en lo alto de la colina del pueblo, es la casa del alcalde, responsable del ruido más extraño y rotundo de todos, y es que el alcalde Prentiss…

En fin, el alcalde Prentiss es diferente.

Su ruido es espantosamente nítido en el más espantoso de los sentidos. Porque, verás, él cree que es posible poner orden en el ruido. Cree que podemos dominar el ruido; que, si logramos domesticarlo de algún modo, podemos usarlo a voluntad. Y, así, cuando te encuentras en las cercanías de su casa, lo oyes a él y a quienes lo acompañan, sus concejales y demás, practicando ciertos ejercicios mentales, contando, imaginando formas perfectas y profiriendo cánticos metódicos al estilo de YO SOY COMO EL CÍRCULO Y EL CÍRCULO ES COMO YO, sea lo que sea lo que eso signifique, y tienes la impresión de que está dándole forma a un pequeño ejército, de que se está preparando para algo, de que está forjando algún tipo de arma de ruido.

Parece una amenaza. Parece como si el mundo cambiase y tú te quedaras atrás.

1 2 3 4 4 3 2 1 YO SOY COMO EL CÍRCULO Y EL CÍRCULO ES COMO YO 1 2 3 4 4 3 2 1 SI UNO DE NOSOTROS CAE, TODOS CAEMOS CON ÉL.

Pronto seré un hombre y los hombres no se dejan vencer por el miedo, pero, aun así, le doy un empujoncito a Manchee y echamos a andar aún más rápido que antes. Damos un amplio rodeo que nos mantiene separados de la casa del alcalde y tomamos el sendero de gravilla que conduce a nuestro hogar.

Después de un rato, el pueblo desaparece a nuestras espaldas, el ruido empieza a moderarse (aunque siempre persiste) y podemos respirar con un poco de tranquilidad.

—Ruido, Todd —ladra Manchee.

—Sí, Manchee, sí —digo.

—Silencio en la ciénaga, Todd —repone Manchee—. Silencio, silencio, silencio.

—Sí —insisto, pero pienso un momento y me entran las prisas—. Cállate, Manchee. —Y le doy una palmada en el lomo.

—¡Ay, Todd! —exclama él, pero, en lugar de contestarle, me vuelvo y observo el pueblo. No hay modo alguno de remediar el ruido, y, si estuvieses aquí, me pregunto si serías capaz de ver el agujero en el ruido que flota en el aire que me rodea, que se zafa de los pensamientos con que trato de resguardarlo; apenas una minucia que no es sencillo discernir en medio del fragor del pueblo, pero, en cualquier caso, allá va, allá va, de vuelta hacia el mundo de los hombres.

3

BEN Y CILLIAN

—¿Puedes explicarme dónde has estado? —pregunta Cillian al vernos a Manchee y a mí en el sendero de gravilla. Está acostado en el suelo, junto a nuestro pequeño generador de fisión, frente a la casa, arreglando la avería de turno. Tiene grasa en los brazos e irritación en el rostro, y su ruido zumba como una abeja enloquecida, lo cual, pese a que todavía no pueda decirse que he llegado a casa, basta para que empiece a enfadarme.

—Fui a la ciénaga por las manzanas que me pidió Ben —le explico.

—Con todo el trabajo que tenemos, el muchacho va y sale a jugar. —Vuelve a mirar el generador y, tras oír un sonido metálico, añade—: ¡Maldito trasto!

—¡No he ido a jugar, por si no lo sabes! —protesto, casi a gritos—. ¡Ben quería manzanas, así que fui a buscarle las condenadas manzanas!

—Ya —contesta Cillian, cuyos ojos se centran en mí de nuevo—. Y entonces, ¿dónde están esas manzanas?

Advierto que, en efecto, no traigo manzanas. No me acuerdo de haberme deshecho de la bolsa, pero supongo que debí de tirarla al suelo cuando…

—Cuando ¿qué? —inquiere Cillian.

—Deja de escuchar lo que pienso —rezongo.

Profiere el suspiro característico en él y allá va la retahíla:

—No es que te exijamos mucho, Todd…

Mentira.

—… pero no podemos llevar la granja nosotros solos.

Verdad.

—Y aun en el caso de que alguna vez lograras acabar tus tareas, cosa que nunca sucede…

Otra mentira; me tienen esclavizado.

—… seguiríamos teniendo problemas para abarcar todo lo que ha de hacerse, ¿no te parece?

Otra verdad. El pueblo ya no puede crecer más. Irá menguando sin remedio, y nadie vendrá a ayudarnos.

—Presta atención cuando te hablo —dice Cillian.

—¡Atención! —ladra Manchee.

—Calla —le ordeno.

—No le hables así al perro —me reconviene Cillian.

«No le hablaba al perro», pienso, alto y claro para que lo oiga.

Cillian me clava la mirada y yo se la clavo a él; como siempre, nuestro ruido enrojece, se carga de disgusto y exasperación. Nunca me he llevado bien con Cillian. Ben desempeña el papel amable mientras que Cillian se encarga de las regañinas, que se vuelven insoportables a medida que se acerca el día en que por fin me haré un hombre. Entonces no tendré que aguantarlas.

Cillian cierra los ojos y aspira aire por la nariz.

—Todd —dice, aumentando el volumen de la voz.

—¿Dónde está Ben? —pregunto. Su expresión se endurece.

—Las ovejas paren la semana que viene, Todd.

—¿Dónde está Ben? —insisto, impertérrito.

—Ve a dar de comer a las ovejas y a meterlas en el aprisco, y luego quiero que repares la entrada del campo del este de una vez por todas, ¿estamos, Todd Hewitt? Ya te lo he pedido al menos en dos ocasiones.

Planto los talones en el suelo.

—Y bien, Todd, ¿cómo te ha ido en la ciénaga? —digo con todo el sarcasmo del que soy capaz—. Pues de maravilla, Cillian. Gracias por preguntármelo. ¿Viste algo interesante por allá, Todd? Pues qué curioso que me lo preguntes, Cillian, porque estoy seguro de que vi algo que explica este corte en el labio sobre el que, por cierto, no has dicho nada, ¡pero supongo que la respuesta tendrá que esperar hasta que las ovejas hayan comido y yo haya arreglado la puñetera valla!

—Cuida tu lenguaje —dice Cillian—. No tengo tiempo para tonterías. Ve a ocuparte de las ovejas.

Aprieto los puños y me saco de la garganta un sonido gutural con el que espero que Cillian comprenda que no soporto su tozudez ni un segundo más.

—¡Vamos, Manchee! —digo.

—¡Las ovejas, Todd! —grita Cillian mientras me alejo—. Primero, las ovejas.

—Sí, ahora va con las malditas ovejas —murmuro. Enervado, acelero el paso, y Manchee, que percibe el estruendo que me recorre el cuerpo, empieza a excitarse.

—¡Ovejas! —ladra—. ¡Ovejas, ovejas, Todd! ¡Ovejas, ovejas, silencio, Todd! ¡Silencio, silencio en la ciénaga, Todd!

—Cierra el pico, Manchee —contesto.

—¿Cómo? —inquiere Cillian, y hay algo en su voz que nos hace darnos la vuelta. Está sentado al lado del generador, observándonos con expresión atenta, y el ruido que sale de él apunta hacia nosotros como un láser.

—¡Silencio, Cillian! —ladra Manchee.

—¿Qué significa eso de «silencio»? —Los ojos y el ruido de Cillian me examinan de arriba abajo.

—¿Qué importa? —Le doy la espalda—. Primero debo ir a alimentar a las ovejas de marras.

—¡Espera, Todd! —exclama, pero entonces el generador emite un pitido y él se lamenta—: ¡Diablos! —Tiene que centrar su atención en el aparato, y yo percibo todo tipo de interrogantes en el ruido que me persigue, cada vez más débiles mientras me adentro en los campos.

«¡Que se vaya al cuerno!», pienso, más o menos con esas palabras y con otras peores al tiempo que camino a grandes trancos. Vivimos al noreste del pueblo, a un kilómetro aproximadamente, y dedicamos la mitad de la granja a las ovejas y la otra mitad al trigo. El trabajo que exige el trigo es más duro, de modo que Ben y Cillian se ocupan de él en su mayor parte. En cuanto a mí, atiendo a las ovejas desde que crecí lo bastante para superarlas en estatura. Pero, claro, me refiero a mí y no a Manchee, porque uno de los pretextos que me dieron al regalármelo fue que podía educarlo como perro pastor, lo que, por motivos obvios —hablo de la estupidez supina que lo caracteriza—, no ha resultado como se esperaba.

Las alimento, les doy agua, las esquilo, asisto los partos, e incluso, cuando es necesario, las castro y las sacrifico, nada menos. Somos una de las tres explotaciones que producen carne y lana en el pueblo; antes éramos una de las cinco y pronto seremos una de las dos, ya que, aquejado de cierto problema relacionado con el consumo de alcohol, el señor Marjoribanks va a m ...