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EL DECAMERóN

Giovanni Boccaccio

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Fragmento

Prefacio la política a la poética, desde la economía a la literatura), siguiendo el contrastado y vital juego de las fuerzas históricas y sociales en curso y de las estructuras y expresiones literarias en las que aquel juego se refleja y recaba al mismo tiempo consagración y nuevo empuje. Se trata de un tupido tejido de instancias espirituales y sociales en las que Boccaccio se sitúa y actúa, con su fuerte personalidad y con su multiforme genio artístico, en un equilibrio dinámico entre tradición y renovación, pero con una firme impregnación —

especialmente hasta el Decamerón— procedente de la cultura de la edad de Dante.

El título de mi volumen sí que era abiertamente polémico contra aquellos cansinos y pesados retornos, es más, era intencionadamente provocatorio; pero ciertamente no pretendía indicar ninguna predilección por tal o cual estéril y abstracta manía definitoria en el contexto histórico. Se requería entonces resaltar el aspecto más postergado, es más, oscurecido por una larga y compacta, y ¡ay!, refloreciente tradición crítica, es decir, todo cuanto está aún presente y vivo en Boccaccio y su obra maestra de la espléndida y humanísima civilización del otoño de la Edad Media. «Boccaccio medieval», por tanto, y no «Boccaccio el medieval» o «El medieval Boccaccio», porque ya desde el título se quería destacar que no todo Boccaccio era, o se agotaba en esa «medievalidad»; como, por otra parte, continuamente enseñaban las páginas que seguían, hasta llegar a las conclusiones acerca de las nuevas dimensiones narrativas o acerca de la cultura medieval y los presentimientos humanistas.

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De cara a aquel título y los presentimientos humanistas, pasó en general desapercibido (pero no a críticos como Cecchi, Bellonci, Getto, Mariani, Puppo, Sanguineti, Whitfield, Margueron) aquel fundamental equilibrio dinámico.

Y sin embargo, lejos del fatal carácter genérico del título, cada página precisaba que la «medievalidad» a la que se refería la obra de Boccaccio no era una abstracción histórica o ideológica. Era la realidad del pensamiento dominico y fran

XIII

Vittore Branca ciscano, del cual el Comune1 y sus estructuras sociales y económicas son, teórica y prácticamente, hermanos; de la primera sociedad capitalista, es decir, aquel mundo mercantil en cuyo seno la civilización del Comune se desarrolla y se verifica en sus más variados aspectos, desde los políticos y financieros hasta los espirituales y artísticos; de las experiencias culturales de santo Tomás, de Dante, de Giotto, al mismo tiempo cultas y vulgares, que precisamente por su rigor conceptual y por su concreción humana pueden convertirse en un nuevo realismo. Era una lectura del Decamerón y de toda la obra de Boccaccio que nacía de la exigencia, que me parecía totalmente clara, tal como lo oí en 1952 de la viva voz de Febvre, de un llamamiento que se transforma en el verdadero manifiesto del conocimiento histórico de los hombres y de sus obras:

Seamos históricos. Lo que quiere decir: no matemos por segunda vez a los muertos. No les quitemos algo aún más precioso que su vida material, su vida espiritual — lo que han pensado, amado, creído— y ello, oblicuamente además, sustituyendo simplemente sus verdaderos pensamientos, sus creencias, sus amores, con lo que nosotros pensamos, con la ayuda de sus propias palabras, lo que nosotros creemos pronunciando sus mismas fórmulas, lo que nosotros amamos con un mismo impulso. No les coloquemos etiquetas, cómodas para nuestras perezas y nuestras mediocridades, pero que son otras tantas tradiciones: protestantismo, catolicismo, moralidad, inmoralidad, racionalismo, cristianismo. Démosles el espectáculo mucho más conmovedor de sus verdaderas vidas, de sus pasiones que fueron jóvenes, de sus esperanzas que no fueron las nuestras.2

1. El «Comune(N. del T.) Autour de l’Heptaméron, Gallimard, París, 1944, pp. 280 y ss.

XIV

Prefacio

De hecho, no habían sido solo las orientaciones o revisiones histórico-culturales las que me habían propuesto la visión de Boccaccio y de su obra maestra a la opulenta luz del otoño de la Edad Media en Italia y en una perspectiva resueltamente europea. Aquella visión había sido instigada sobre todo por la escrupulosa lectura de textos, realizada a través de la reconstrucción crítica y la exégesis pormenorizada de los mismos textos: reconstrucción y exégesis renovadas sugestivamente por la identificación y por la historia de la tradición caracterizante. Se trataba de una historia, hasta entonces desconocida, que había destacado toda una textual dinámica diacrónica (en contraste con la crítica más canónica) y todo un singular y típico pueblo que se imponía en el plano europeo como la proyección más válida y significativa de un mundo cultural y social de tipo absolutamente tradicional y prehumanista. El mismo rico y espléndido contexto de la retórica y de la literatura de los siglos que después del año mil (reencontrado y reconsiderado al hilo de Curtius) se me aparecía, a través de todas aquellas lecturas filológicas, como el contexto propio para el Decamerón, sus estructuras, sus técnicas literarias, sus módulos narrativos, los ritmos de su prosa. Y la misma leyenda áurea que Boccaccio había creado y repetido para sus primeros años hasta la víspera del Decamerón, con el claro intento de ennoblecer, a través de elementos fabulosos o prestigiosos, su propio nacimiento y su propia mocedad, confirmaba una orientación biográfica característica, en todos los campos, para el héroe medieval —

desde Rolando a

Cangrande, desde san Benedicto a san Francisco y san Domingo, desde Boecio a Dante—, pero ya no válida para Carlos de Anjou, para santa Catalina, para Petrarca.

Mis posiciones de entonces, en el clima de compromiso entre orientaciones romántico-positivistas y direcciones crocianas, podían parecer polémicas. Pero, a distancia de solo doce años, aparecen ahora como perspectivas que ciertamente no agotan la realidad del Decamerón, pero que se imponen como necesarias para una concreta comprensión histórica y

Vittore Branca crítica de la obra de Boccaccio: perspectivas que, de hecho, fácilmente han podido y pueden ser multiplicadas en diversas direcciones. Baste pensar, por ejemplo, en las orientaciones y en los desarrollos de los estudios de Rastelli, de Rózsa y de Sallay, de Scaglione, de Padoan, de Robertson, de Berti, de Bec, de la Cottino, y en los mismos y nuevos ensayos recopilados en esta tercera edición del volumen. Otras líneas convergentes de investigación han sido ya trazadas, y son ahora objeto de sistemática indagación como, por ejemplo, las que se refieren a la estructura, gótica y dantescamente jerarquizada y ascendente, del Decamerón, a la proverbial orientación de muchos cuentos («opus illustrant proverbia» sugería Godofredo de Vinsauf), a la cultura de tipo erudito en los fragmentos ideológicamente más comprometidos, al lenguaje figural y alusivo y sus singulares modos de empleo, al cuento-teatro y al teatro en el cuento que funden medievalmente las dos fundamentales formas narrativo-representativas, al gusto paradójico y antifrástico que a menudo se refleja en el Decame­ rón de la literatura mediolatina, a los comportamientos sociales anteriores y extraños a todo espíritu humanista (por ejemplo, contra la emigración a la ciudad, contra el matrimonio y la vida familiar para el docto), al insistente y característico empleo de la literatura más típica de los dos siglos precedentes (desde el Roman de la Rose hasta las narraciones de la Tabla Redonda, desde las recopilaciones enciclopédicas y lingüísticas hasta los prontuarios oratorios y hagiográficos).

La propia identificación del libro autógrafo de Boccaccio ha supuesto una sólida, aunque indirecta, confirmación. Aquel Boccaccio que, en torno al año 1370, revisa y copia, cuidadosamente, en la soledad de la casa de Certaldo, su obra maestra, es el mismo clérigo Boccaccio de las obras históricas de más característica orientación dramático-moralista (De Mulieribus y De Casibus), de las lecturas ascéticas y hagiográficas, de las explicaciones dantescas esmeradísimas escolástica y alegóricamente. Es un espíritu que se dirige resueltamente todavía hacia la cultura tradicional y que alinea, junto a

XVI

Prefacio aquellos sus cuidadosos y fulgurantes escritos históricos de estricta observancia medieval, precisamente el Decamerón, «non fabula sed historia».

Así como el estudio del manuscrito ha disipado para siempre la tenaz leyenda de una condena del Boccaccio sexagenario por escrúpulos religiosos y morales, así también ha confirmado el sesgo escolásticamente unitario y el alto significado del Decamerón, colocándolo idealmente junto al De Mu­ lieribus y al De Casibus, es decir, junto a las obras mediante las cuales Boccaccio, moralista e intérprete de la historia, triunfa y domina en Europa. Y ha incluido hasta la única cita que Boccaccio hizo de su obra maestra (o sea, la presunta frase de condena a Maghinardo) en una tradición retórica, canónica en la cultura de los siglos inmediatamente precedentes.

Visión histórica general, reconstrucción biográfica particular en sentido material y espiritual, tradición de pensamiento y de cultura, historia externa e interna del texto, identificación de manuscritos, lectura filológica y exégesis de los textos convergían y convergen en sus más variados desarrollos, confirmando, es más, verificando, aquella visión del De­ camerón, propuesta hace doce años con orientación tal vez demasiado categórica, y en verdad llena de innumerables lagunas e intemperancias. Para repararlas y corregirlas, ciertamente, no bastarían — y seguramente no bastarán— mis estudios y mis propias fuerzas. Pero si la audacia y el carácter categórico contribuyeron entonces a agitar y a inquietar la crítica bocacciana, no faltarán hoy, por cierto, el tesón, y la energía y la inteligencia para precisar y completar y — ¿por qué no?— para renovar y derribar: tesón, energía e inteligencia que ya revela el nutrido y trabajador batallón de jóvenes bocaccistas para los que quisiera que no fuese inútil —

y que fuese humildemente recomendada— esta nueva edición del libro de mis cuarenta años.

V. B. Venecia, otoño, 1968

XVII

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Tradición medieval1

El Decamerón, una vez concluida su arquitectura y los cien cuentos que lo componen, circulaba desde no hacía muchos años por las grandes vías de los intercambios culturales y comerciales de Italia, cuando una carta de Francesco Buondelmonti (sobrino y agente de toda confianza del senescal mayor2 Niccolò Acciaiuoli), enviada a Florencia, en el mes de julio de 1360, a nombre de Giovanni Acciaiuoli (primo de Niccolò y elegido por aquel tiempo arzobispo de Patras), ya rezuma toda el ansia con la que las primeras copias se leían, se cambiaban, y a veces ávidamente se robaban:

Señor reverendo, como veréis, Monte Bellandi escribe a su mujer para que os dé el libro de cuentos de micer Giovanni Boccaccio, libro que es mío, así que os ruego quantum possum que os lo hagáis dar; y si el arzobispo de Nápoles no ha partido, os ruego que se lo mandéis, es decir, a sus camareros, y que no lo dé ni a micer (Niccolò Acciaiuoli) ni a nadie, sino a mí. Y

1. Este ensayo se publicó por primera vez en el número de junio de 1950 de Nuova Antologia.
Diccionario de la Real Acade­ mia(N. del T.)

Vittore Branca si el arzobispo ha partido haced que se lo den a Cenni Bardella: que lo mande a l’Aquila o a Surmona, o vos me lo mandáis por quien vos queráis para que llegue a mi poder; y tened cuidado de que no vaya a parar en manos de micer Neri porque entonces no lo recuperaré. Yo os lo doy porque de vos me fío más que de nadie, y me es muy querido: y tened cuidado con no prestarlo a nadie, porque muchos os resultarían descorteses...

El mismo entusiasmo, la misma trepidación, la misma alegría, de descubrimiento casi, aviva el prólogo que, en aquellos mismos años, un admirador anónimo antepuso a algunos extractos del Decamerón conservados en el códice Magliabechiano II II 8 de la Biblioteca Nacional de Florencia. Tras elogiar en general a los escritores de temas amorosos, el anónimo prosigue así:

... entre los otros, de los que en este momento yo me acuerdo, el que merece, sí, alabanzas y fama perfectas, es el valeroso micer Giovanni di Boccaccio, a quien Dios conceda larga y próspera vida, tal como a él mismo place. Este hombre, de poco tiempo a esta parte, ha compuesto muchos y muy entretenidos libros, sea en prosa que en verso, en honor de esas graciosas mujeres cuya magnanimidad en las cosas deleitables y virtuosas se complace en practicar, y oyéndole leer o leyendo esos libros y hermosas historias se recaba sumo placer y deleite, con lo que a ...