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EL DEGüELLO

Jose Libardo Porras Vallejo  

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Fragmento

Índice

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La trompeta chilla siete veces. Antes de que el autobús pare, las notas se prolongan con majestuosidad como si anunciaran la consagración de un santuario o las exequias de un héroe amado. Pablo deja bajar a los más presurosos y ágiles y sólo al quedar libre el pasillo, se decide a seguirlos. Mira en derredor. A sus espaldas, la cordillera ya no es ese universo de humedad y niebla donde los helechos tenían porte de árbol y los árboles de rascacielos, sino una muralla pintada en más tonos de verde de los que uno pueda imaginar. Se ve a horcajadas en la cresta de esa muralla divisando los poblados que quedaron en la vertiente occidental, abajo, en el Valle de Sibundoy, habitados por espantos y perros de aire tristísimo, en los puros huesos. Por unos instantes vuelve a ser el chico que desde la cumbrera de su casa fisgoneaba en los patios y solares del vecindario. ¿Qué veía? Nada, o casi nada; en todo caso nada extraordinario, pero allí se sentía a gusto, literalmente por encima de los demás. De ese modo se iba circunscribiendo a un círculo propio y aparte, cuya lejanía transformaba a los otros en autómatas hablantes de un idioma vacío de sentido y carente de interés para él, pues aquí y allá se parloteaba sobre negocios, opiniones de moda, fútbol. Bagazo para su existencia ensimismada, por así decirlo, que lo sumía en el aburrimiento durante las conversaciones y lo empujaba a silenciarse aún más, adoptando una anacrónica apariencia de viejo. “Es muy serio”, decían de él, o “es muy arrogante”. “Es muy tímido debido a una baja auto estima”, diagnosticaban los que se creían psicólogos. Seriedad, arrogancia o timidez, lo hacía sentirse un cero a la izquierda en las matemáticas que movían su mundo. Pero nadie sospechaba lo cruento de su lucha contra eso que, ya fuese una cosa o la otra, era inexplicable incluso para los de su propia familia, máxime sabiendo que no padecía una tartamudez, por ejemplo, ni ninguna enfermedad de las que suelen estimular la burla general.

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A quienes desplegaban raciocinio veloz y certero, sentido del humor, gracia al hablar, talento artístico o cualquier prueba de que poseían alma y eran más que materia en descomposición, sobre todo si encajaban bien su acritud y su mordacidad, Pablo les confería estatus de amigos, aunque no durara: para contabilizar sus amistades sobraban dedos en una mano. Pero aprendió a solazarse en la soledad hasta parecerle que sus inconvenientes eran menores que los de la mundanería. “El buey solo bien se lame”, repetía.

A la derecha, bajo una banda de gallinazos que planean perezosamente como empeñados en colgar del cielo cintas de luto, se yergue la catedral, también en tonos de verde debidos a los hongos y las algas que cría la humedad; posados en los brazos de la cruz que corona la cúpula, dos gallinazos con picos como picas de minero, cuello arrugado y negro, y plumaje brillante como la hulla, contemplan el cansino discurrir de la ciudad. A Pablo se le hace que lo vigilan a él y casi siente en la cabeza y en los hombros la quemazón de las chispas de sus ojos infernales. La gente huye de la garúa a través del atrio. A la izquierda, al cobijo de los balcones, una sucesión de restaurantes y cafeterías, almacenes de ropa y calzado, ferreterías, cacharrerías, la empresa transportadora, la telefónica y una funeraria. Y al frente, la Gobernación, cuatro plantas pintadas de gris, la primera con ventanas de madera y con vidrieras corredizas las demás. En lo alto flamea la bandera de Colombia junto a un trapo que alguna vez fue la bandera del departamento de Putumayo. Desde un bar contiguo a la funeraria, un vallenato se impone al ruido de las motocicletas y los camiones y al barullo de los vendedores: “¡Empanadas y buñuelos!, ¡Pasteles de carne!, ¡Bocadillos de guayaba con queso!”. La llovizna lava el aire y los pulmones se le expanden como si clamaran por un hálito de perfume o de pestilencia, algo que les dé sentido a su ser. Evoca las calles soleadas y bulliciosas de su Medellín del alma. Se pregunta por qué salió de allá si iba tan bien encaminado, si allá iba a hacer tantas cosas. No obstante, se resiste a la nostalgia: no verá en esas calles de Medellín, tan amadas como odiadas porque de ellas bebió la miel y el acíbar de la vida, más que un marco de su soledad; sabe que donde quiera que se halle su soledad será la misma pero en otro escenario. Y siente que, por la fuerza de la costumbre, ni ahora ni nunca le faltarán recursos para sobrevivirla. Se acomoda la chaqueta abrigándose la cabeza. Un niño de piel de tabaco —aunque igual podría tratarse de un anciano—, semejante a un chamizo que la humedad empieza a pudrir, de algo más de un metro de estatura, se ofrece a cargarle el morral. Él lo despacha con un gesto y prosigue. Lee en la fachada: Unidad Administrativa Departamento de Putumayo. Al borde de la acera, un cincuentón con brazos de Tarzán, de bigotes y piel tostada, endurecida por el sol, da de comer en su mano trozos de panela a una mula. Pablo se figura la lengua del animal como una lija; esboza un saludo militar y entra al edificio. Un doctor de Bogotá, deduce el hombre al verlo franquear la puerta. Es un arriero que en el pasado ganó millones de pesos por el transporte de bultos de alimentos e insumos para el procesamiento de la droga, y en la actualidad, merced a la erradicación y sustitución de cultivos ilícitos, con lidias consigue el sustento de su familia y de su recua. ¿Dónde irá a parar ese muchacho?, ¿a cuál infierno? Se lo representa firmando papeles en la Secretaría de Gobierno Departamental, administradora de los programas del Ministerio del Interior y de Justicia. Luego se desentiende del forastero: su interés primordial lo acapara la bestia.

Cuando Pablo sale con el Secretario de Gobierno, quien lo conduce con un brazo sobre los hombros, ya no están la cabalgadura y su propietario. Con la vista abarca los peñascales de la base de la cordillera, el parque central y una franja de los alrededores. Sus ojos de economista formado en una universidad pública de vanguardia le informan que los ricos ocupan la parte norte y la sur los pobres. Procura imaginar a los campesinos entre los cuales tendrá que desempeñarse, si serán ricos o pobres. Da igual, se dice. Para él, pobres y ricos están cortados con las mismas tijeras y son pirañas a la hora de tenerlo a uno a su servicio. No es que unos u otros hayan abusado de él; tal idea es uno de esos prejuicios con que las personas intentan justificar una actitud, que en su caso tal vez sea su circunspección. No duda de que todos, pobres o ricos, querrán desangrarlo. Por tanto no se fiará de nadie.

—Es bogotana —dice el Secretario—, llegó ayer y se llama Anhela. Por bromear le pregunté qué anhelaba y me respondió que su nombre era una invitación. Y yo diría que no es invitación sino un consejo que nos da…

A Pablo le resuena el nombre Anhela. Nunca ha intimado con alguien llamado así. Experimenta una oleada de conmiseración: supone que si esa muchacha vino a trabajar desde tan lejos, se trata de un pobre diablo sin alternativas, una de esas profesionales desahuciadas debido a su escasa inteligencia y su mediocridad, su fealdad o su falta de relaciones en la capital, en todo caso por causas muy distintas a las suyas, lo que le genera un sentimiento de superioridad: si él vino a parar en este destierro no lo hizo impelido por las circunstancias adversas, como ella, sino por gusto, por un deseo de aventura, como llaman los jóvenes a esa urgencia inconsciente de aplicar algún bálsamo a su hastío, y sobre todo porque veía en ese contrato un buen arranque para su propósito de ingresar a la administración pública y hacer carrera, quizás en un ministerio o en una secretaría de planeación municipal o departamental.

A pesar de la llovizna, que al parecer es un elemento del paisaje, toman la calle por donde el autobús entró al parque.

—Presiento que en esta tierra me va a cambiar la vida —dice Pablo. La tibieza del brazo del otro en su hombro le transmite confianza en ese nuevo mundo.

—Todo nos cambia la vida —dice el Secretario, y declama—: “Nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”…

Por la esquina asoma la procesión de un sepelio encabezada por un carro mortuorio negro, al que sigue un grupo de dolientes de a pie con paraguas oscuros, en silencio: sólo dos mujeres y una niña lloran y se lamentan. Se detienen a mirar. Pablo siente un rapto de compasión, ignora si por el difunto o por los vivos que le acompañan, y mecánicamente se persigna.

—Cano nos ayudará —dice el Secretario antes de proseguir cuando han pasado los últimos del cortejo fúnebre.

Cano, fundador de la vereda Piñuña Blanco, su vocero y líder del Programa de Erradicación y Sustitución de Cultivos Ilícitos que adelantarán allí, hará el puente entre su comunidad y ellos dos, Anhela y Pablo, funcionarios del Ministerio del Interior y de Justicia que trabajarán a órdenes de la Secretaría de Gobierno Departamental de Putumayo.

Un quincallero ofrece paraguas a cinco mil pesos y relojes a diez mil. Ellos avanzan frente a los establecimientos de comercio. En el bar, las cancione ...