Loading...

EL ENIGMA DE LOS CIELOS

Juan Carlos Sanabria  

0


Fragmento

CAPÍTULO 1
LA MÚSICA DE LAS ESFERAS CELESTES

Cuando observamos desprevenidamente a nuestro alrededor, identificamos cielo y tierra, día y noche, Sol y Luna, luz y oscuridad. En la noche, vemos puntos luminosos en el cielo, a los que llamamos estrellas. Pronto nos damos cuenta de que existe una cierta regularidad en el movimiento de estos cuerpos celestes. Cuando observamos en detalle, identificamos la presencia de un tipo especial de estrellas que tienen un brillo característico y que se desplazan con respecto a las demás a medida que transcurren los meses. Toda cultura con un conocimiento astronómico suficientemente complejo ha identificado este tipo especial de estrellas, a las que los griegos denominaron planétes, palabra que traduce vagabundos. En noches muy claras también podemos distinguir cuerpos celestes nebulosos como la Vía Láctea y Andrómeda.

Pensadores de épocas y civilizaciones diversas han indagado sobre el porqué de todo esto. ¿Cuál es la naturaleza de los astros celestes? ¿Qué origen tienen las armonías que identificamos en sus movimientos? ¿Por qué estos cuerpos son luminosos? ¿Qué son los planetas? ¿Cuál es la estructura del cosmos? ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su destino? La búsqueda de respuestas a estos interrogantes forjó, a través de los siglos, la historia de la astronomía y, con ella, el surgimiento del método científico y de tres de las más importantes revoluciones de la ciencia: la mecánica, el electromagnetismo y la teoría de la relatividad. A comienzos del siglo XXI se ha consolidado una nueva visión del universo, de su evolución y de su estructura, basada en detalladas observaciones astronómicas y sofisticados cálculos matemáticos, que reúnen todos los conocimientos de la Física actual y constituyen la Cosmología moderna que, a pesar de todos sus logros, aún entraña enigmas tan profundos e intrigantes como los que enfrentaron los primeros astrónomos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Por mucho tiempo pensamos que la Tierra era una especie de disco plano muy grande que flotaba en el mar y que estaba rodeado por una bóveda celeste. La incapacidad del ser humano de volar, de acceder a esta bóveda inmensa y de entender su naturaleza condujo a otorgarle un carácter divino. Los astros fueron identificados con dioses, en especial los planetas, ya que vagan por los cielos, ¿y quién más que un dios puede hacerlo?

En la noche, las estrellas forman figuras —las constelaciones— que los antiguos asociaban con criaturas mitológicas. El establecimiento de un conjunto de constelaciones que llena los cielos nocturnos permite orientarse en la noche y pone en evidencia la rotación de la bóveda celeste. Las constelaciones ecuatoriales se desplazan de oriente a occidente cada noche, siguiendo trayectorias similares a la que sigue el Sol durante el día. La aparición de una de estas constelaciones en el horizonte sucede cada noche, un poco más temprano que la noche anterior. Como resultado, hay una época del año en que la constelación no es visible, ya que está presente en la bóveda celeste durante el día y el Sol la eclipsa por completo. Al cabo de 365 días, la constelación vuelve a emerger en el horizonte a la misma hora, estableciendo un ciclo en los cielos. La coincidencia entre este ciclo y el ciclo climático de las estaciones permitió a las culturas antiguas determinar con gran precisión la duración del año, algo crucial para las sociedades agrícolas. Sin embargo, a pesar de la importancia práctica de este descubrimiento, los astrónomos y astrólogos estaban aún insatisfechos. Les intrigaban estas armonías celestes y recurrieron a diversas explicaciones para intentar entenderlas. Los babilonios, por ejemplo, definieron una banda centrada en la trayectoria que sigue el Sol en la bóveda celeste y a esta banda la dividieron en doce sectores identificados por doce constelaciones: las constelaciones del Zodiaco. La época del año en la cual una de estas constelaciones está completamente eclipsada detrás del Sol se asocia al signo zodiacal de la constelación. Desde la época de Babilonia a las constelaciones del Zodiaco se les ha dado un carácter mágico, relacionado con la fortuna y el destino de los hombres. La fascinación que ejercen los cielos sobre el ser humano condujo a griegos y romanos a adoptar estas creencias, que han sobrevivido hasta nuestros días en la cultura occidental.

La adopción de un conjunto de constelaciones es posible porque las posiciones relativas entre las estrellas de una constelación no cambian, o cambian muy poco con el paso de los siglos, haciendo que la figura que forman permanezca en el cielo. Este hecho llevó a algunos astrónomos griegos a concebir la existencia de una bóveda celeste en la cual las estrellas se encontraban incrustadas e inmóviles: la bóveda de las «estrellas fijas».

EL MOVIMIENTO PLANETARIO

Al viajar por las constelaciones del cinturón zodiacal, los planetas describen trayectorias con respecto a las estrellas fijas. En ocasiones un planeta parece detenerse y regresar durante un corto período de tiempo, para después retomar su camino, fenómeno al que se le denomina movimiento retrógrado. Dado el cambio constante de posición de los planetas con respecto a las constelaciones, en la Antigüedad fue evidente que aquellos no podían pertenecer a la bóveda de las estrellas fijas. Nuevas bóvedas celestes, transparentes, probablemente bóvedas de cristal en las cuales se encontraban incrustados los diferentes planetas, se hicieron necesarias para justificar los cambios de posición. Bóvedas similares debían existir para el Sol y para la Luna. Todas ellas giraban en forma concéntrica alrededor de la Tierra, con períodos diferentes. Este modelo del cosmos permitía entender los movimientos de los cielos y por qué todos los astros parecían dar vueltas alrededor de la Tierra sin caer sobre ella.

En Grecia, durante el siglo VI a. C., Pitágoras y sus discípulos establecieron un modelo cosmológico inspirado en parte en observaciones y en parte en su fascinación por la Geometría. Para formular este modelo recurrieron a figuras perfectas como el círculo y la esfera. La sombra circular que aparece en la Luna durante un eclipse, interpretada como la sombra que proyecta la Tierra sobre la Luna, y observaciones como la de que los mástiles de los barcos son lo primero en aparecer y lo último en desaparecer en el horizonte, llevaron a Pitágoras a la conclusión de que la Tierra debería tener forma esférica, algo sobre lo cual otros filósofos jonios ya habían especulado. Todos los demás cuerpos celestes deberían también ser esferas y moverse en trayectorias circulares. Para Pitágoras el centro del universo estaría conformado por una masa de fuego, alrededor de la cual orbitaban las esferas celestes asociadas a la Tierra: el Sol, la Luna y los cinco planetas conocidos en ese entonces: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. En el exterior estaba la bóveda de las estrellas fijas. Las distancias entre las esferas celestes y sus movimientos debían seguir los intervalos propios de las notas musicales. El comportamiento de los cielos era armonioso; los astros se movían al compás de una música de las esferas celestes.

A pesar de su origen jonio y del carácter empírico de sus estudios de los fenómenos naturales, Pitágoras no era indiferente a la religión y la mística. En Crotona creó una comunidad dedicada al ascetismo y al estudio riguroso de las Matemáticas, conocida históricamente como «los pitagóricos». Esta comunidad fue la que tuvo por primera vez una actitud religiosa hacia las Matemáticas. Su universo estaba hecho de números y sus miembros creían que el camino hacia el entendimiento de la naturaleza eran las Matemáticas. Esta Filosofía natural1, basada en los números, se distinguía de la de los jonios, basada en la observación y la experimentación. Era una nueva forma de pensar que se apartaba de lo práctico y que se adaptaba mejor al cambio de los tiempos en una Grecia que, después de las victorias militares sobre los persas en las Guerras Médicas, se consolidaba como una sociedad esclavista, caracterizada por un total desprecio hacia el trabajo físico, más artesanal, y hacia el pensamiento práctico. De este modo, en los años siguientes, se originó una hostilidad por los métodos empíricos de los filósofos naturalistas jonios. El principal exponente de esta posición radical fue Parménides, cuyos libros El camino a la verdad y El camino a la opinión presentan a la razón como el medio para llegar a la verdad.

Algunos años después de la muerte de Pitágoras, en Atenas, en la época de Pericles, Anaxágoras estudió cuidadosamente las fases de la Luna y sus eclipses. Dado que Anaxágoras estaba convencido de que la Tierra era una esfera de gran tamaño, la sombra que esta proyectaba sobre la Luna durante un eclipse le indicaba que la distancia de la Tierra a la Luna debería ser enorme y que la luz de esta no era más que luz solar reflejada. Por tanto, concluyó Anaxágoras, el Sol debería estar mucho más lejos y ser muy grande y luminoso: una piedra incandescente gigante y lejana. En un período en el cual la religiosidad se había apoderado de la cultura griega y en el que, bajo la influencia de la escuela de pensamiento pitagórico, se les había dado un carácter divino a los cielos, la afirmación de Anaxágoras fue considerada impía y le costó el destierro de Atenas. Se sabe que regresó a morir a su tierra natal, en Asia Menor.

Durante el Siglo de Oro de Pericles, Atenas se convirtió en el centro de la cultura griega y desplazó a las ciudades jonias. La figura de Sócrates cambió radicalmente el rumbo del pensamiento griego; al enfocar su atención en la ética y el ser humano, dejó de lado cualquier especulación sobre los cielos o sobre la naturaleza. Como respuesta, su discípulo, Platón, formó una escuela filosófica que reunía la influencia de los pitagóricos y la de Sócrates. La visión empírica y atea de los cielos, propia de los filósofos jonios, fue reemplazada por una en la cual lo sobrenatural volvió a ser parte de la astronomía. Todo lo asociado con los cielos era divino, no así lo asociado con la tierra. Esta separación entre cielo y tierra, ratificada posteriormente por la cosmología de Aristóteles, se constituiría en un pilar de la Filosofía natural griega que perduraría en el pensamiento de Occidente hasta que Kepler, Galileo y Newton demostraron que las leyes de los cielos son las mismas que las de la tierra, unas leyes de carácter universal.

Uno de los discípulos de Platón en la Academia, Eudoxo, asumió una posición más rigurosa al tratar de entender la estructura de los cielos y se propuso formular un modelo matemático que reprodujera los movimientos de los astros en detalle. El modelo cosmológico que había emergido en Grecia con el paso de los siglos era muy atractivo y describía a grandes rasgos los movimientos planetarios. Sin embargo, había detalles que no encajaban. El movimiento retrógrado que en ocasiones realizan los planetas con respecto a las estrellas fijas, sumado a cambios en la velocidad de sus desplazamientos y a sus aparentes acercamientos y alejamientos, no se podían entender a partir del modelo sencillo de unos cielos compuestos por esferas celestes que rotaban armoniosamente alrededor de la Tierra. La naturaleza se comportaba de forma más complicada y Eudoxo se propuso buscar un mecanismo para entenderla. En su versión de los cielos, cada cuerpo celeste estaba incrustado en el ecuador de una esfera que rotaba alrededor de sus polos. Estos polos no eran inmóviles, sino que se encontraban incrustados en otra esfera que también rotaba alrededor de sus propios polos. Para reproducir los complejos movimientos planetarios, Eudoxo se vio en la necesidad de introducir una tercera e incluso una cuarta esfera, en las cuales se encontraban incrustados los polos de la esfera anterior. En su modelo final recurrió a tres esferas celestes para describir los movimientos del Sol y de la Luna, y a cuatro esferas por cada planeta. Si sumamos a esto la bóveda de las estrellas fijas, obtenemos 27 esferas celestes.

Por la misma época, Aristóteles concibió un modelo de los cielos que mezclaba las ideas pitagóricas de las esferas celestes con la complicada matemática de las esferas concéntricas de Eudoxo, las ideas jonias de la existencia de cuatro elementos fundamentales y la concepción platónica de unos cielos de carácter divino. Este modelo comprendía 59 esferas concéntricas, con la Tierra ubicada en el centro. Para la Tierra había cuatro esferas, una por cada elemento terrenal: tierra, aire, agua y fuego. Enseguida estaba la esfera celeste, en la cual reposaba la Luna. De ahí en adelante, todo estaba compuesto por un quinto elemento o quintaesencia, el elemento constituyente de los cielos: un elemento puro. Las esferas celestes giraban alrededor de la Tierra. Con sus movimientos, los astros describían círculos perfectos. Por lo demás, los cielos eran inmutables, a excepción de la región sublunar, en la que, dada la naturaleza impura de los cuatro elementos terrenales, podían suceder cambios. Cualquier fenómeno novedoso en el firmamento, como la aparición de cometas y de estrellas nuevas, debería suceder en la región sublunar y, por tanto, se consideraba un fenómeno «meteorológico». El movimiento natural en la Tierra era la caída libre, mientras que en los cielos el movimiento natural era circular y uniforme. El modelo aristotélico del cosmos, tan sofisticado, estaba apartado de los hechos empíricos. En el afán por preservar los argumentos estéticos asociados con la divinidad de los cielos y con la perfección de las esferas y de los círculos, así como, al mismo tiempo, pretender describir en detalle el movimiento planetario, se había llegado a una concepción del cosmos tremendamente complicada y muy poco estética. Era necesario simplificar.

Un contemporáneo de Aristóteles, Heráclides de Ponto, propuso la idea de unos cielos estáticos y de una Tierra que giraba sobre su eje una vez al día. Al observar las trayectorias de Mercurio y de Venus —que nunca se alejan demasiado del Sol, ya que estos planetas solo se ven después del atardecer al occidente o antes del amanecer al oriente—, Heráclides pensó que, tal vez, estos cuerpos rotaban alrededor del Sol y no de la Tierra. Si bien él no aportó un modelo numérico para sustentar sus ideas, sí planteó otra posibilidad para interpretar la estructura de los cielos.

LOS ASTRÓNOMOS HELENISTAS

En la segunda mitad del siglo IV a. C., un discípulo de Aristóteles, Alejandro Magno, tuvo un influjo definitivo en la historia de Grecia y de su cultura. Con sus conquistas militares en Medio Oriente, Egipto y Persia, Alejandro puso en contacto nuevamente a la cultura griega con esas culturas milenarias. La ciudad de Alejandría reemplazó a Atenas como el centro del conocimiento. Su ubicación estratégica como el puerto más importante en la cuenca oriental del Mediterráneo la convirtió en una ciudad cosmopolita, similar a lo que en su momento fueron las ciudades jonias. El surgimiento del Museo, con su Biblioteca, como un centro de investigación dedicado a la adquisición de todo tipo de conocimientos, convirtió a Alejandría en el epicentro de una nueva etapa en la historia de la cultura griega, un período que los historiadores han denominado el período helenista. Con él, sobrevino el renacer de la actitud empírica hacia el conocimiento, que había distinguido a los filósofos naturalistas jonios.

Un ejemplo de esta nueva actitud intelectual lo podemos encontrar en el trabajo de Aristarco de Samos, quien vivió en la primera mitad del siglo III a. C. Este astrónomo se propuso determinar el tamaño del Sol y de la Luna, y la distancia de cada uno con respecto a la Tierra. Aunque sus resultados numéricos fueron erróneos, sus estudios lo llevaron a la conclusión de que el Sol era un cuerpo muy grande y distante, una conclusión a la cual había llegado Anaxágoras dos siglos antes. Sin embargo, juntando estas observaciones con la idea de Heráclides de que las trayectorias de Mercurio y Venus indicaban que estos planetas rotan alrededor del Sol, Aristarco propuso un nuevo modelo de los cielos. En él, el Sol estaba estático en el centro del universo y la bóveda de las estrellas fijas también estaba estática en la parte exterior, pero los planetas y la Tierra daban vueltas alrededor del Sol. La Tierra daba una vuelta cada año. Mercurio y Venus estaban más cerca del Sol que la Tierra, mientras que Marte, Júpiter y Saturno estaban más lejos. Aristarco también adoptó la idea de Heráclides de que la Tierra rotaba alrededor de su eje una vez al día. Como sabemos, esta concepción de los cielos es, en esencia, correcta. Sin embargo, la falta de datos astronómicos fiables no permitió a Aristarco construir un modelo numérico para describir en detalle el movimiento de los planetas, según se ven desde la Tierra. Con el tiempo, se adoptó el modelo celeste que emergió del trabajo posterior llevado a cabo por Apolonio, Hiparco y Ptolomeo, que sí aportaba resultados numéricos, aunque representaba un retroceso de carácter conceptual. Las ideas de Aristarco, en cambio, fueron olvidadas. Habría que esperar 1700 años para que Copérnico propusiera nuevamente la concepción heliocéntrica del universo.

Durante el período helenista, la astronomía se convirtió en una actividad científica en el sentido moderno de la palabra. Los astrónomos se dedicaron a observar cuidadosamente los cielos y elaboraron catálogos detallados de las posiciones de estrellas y planetas, con instrumentos cada vez más sofisticados. Entre los progresos notables que surgieron con esta renovada actitud empírica está la determinación del tamaño de la Tierra. Eratóstenes de Cirene, librero del Museo de Alejandría, quien vivió durante el siglo III a. C., encontró un papiro en la Biblioteca en el que se afirmaba que al mediodía del solsticio de verano, en la ciudad de Siena, hoy Asuán, en Egipto, los cuerpos no proyectaban sombras y la luz era reflejada desde el fondo de los pozos. Esta información le indicaba a Eratóstenes que la luz solar caía verticalmente sobre Siena al mediodía en esa fecha. Eso no era lo que sucedía en Alejandría, donde una vara proyectaba una sombra que formaba un ángulo de 1/50 de circunferencia entre la dirección vertical y la de los rayos de luz. Eratóstenes concluyó que este efecto se debía a la curvatura de la superficie esférica de la Tierra y que, por tanto, las ciudades de Alejandría y Siena deberían estar separadas por una distancia equivalente a 1/50 de la circunferencia de la Tierra. La tradición sostiene que Eratóstenes contrató a alguien para que midiera la distancia entre las dos ciudades paso a paso. La distancia resultó ser de unos 5000 estadios —unidad de longitud de la época— y que, por lo tanto, la circunferencia de la Tierra debería ser de 250 000 estadios. Con un estadio egipcio equivalente a 157 m, la circunferencia de la Tierra, en unidades modernas, sería de 39 250 km que, comparada con los 40 000 km que emergen de la definición misma del metro, arroja un margen de error de apenas el 1 %: un resultado sorprendente, obtenido a partir de las sombras que proyectaban los cuerpos en Siena y en Alejandría. Con este conocimiento sobre el tamaño de la Tierra y un estudio cuidadoso de los eclipses lunares, además de muchos otros datos astronómicos, se hizo claro que el Sol, la Luna y los planetas eran muchísimo más grandes y distantes de lo que se había creído hasta entonces. Una concepción más realista de los cielos comenzaba a surgir.

Los astrónomos helenistas abandonaron la búsqueda de un entendimiento profundo del cosmos y se concentraron en desarrollar ingeniosas teorías matemáticas para describir detalladamente los movimientos de los astros, sin pretender explicar con ello la naturaleza de los cielos. En la Grecia clásica, los filósofos se habían preocupado por dilucidar la estructura y la naturaleza del universo, sin contar con información precisa proveniente de meticulosas mediciones astronómicas; por lo tanto, recurrieron a principios generales y a conceptos vagos que no les permitieron tener mucho éxito en el momento de contrastar sus teorías con los fenómenos observados. La necesidad de mejorar el calendario, en una sociedad cada vez más sofisticada, llevó al surgimiento de una gran escuela de astrónomos en Alejandría, que se dedicó a la acumulación sistemática de información sobre la posición de los planetas y de una gran cantidad de estrellas. Toda esta información permitió que los grandes astrónomos helenistas, Apolonio, Hiparco y Ptolomeo, hicieran importantes descubrimientos, de la misma forma en que, siglos después, la gran base de datos astronómicos de Tycho Brahe permitiría a Johannes Kepler resolver el enigma de los cielos.

Al no buscar un entendimiento profundo del universo y de su naturaleza, sino más bien modelos matemáticos para describir el movimiento de los astros, los astrónomos abandonaron el concepto de esfera celeste y lo reemplazaron por el de órbita. Ya no interesaba cómo se sostenía el planeta en el cielo o qué lo hacía mover; ahora solo se quería reproducir matemáticamente su trayectoria. A pesar de esta actitud más imparcial hacia los fenómenos, los astrónomos helenistas no abandonaron el círculo como el elemento matemático fundamental para describir las órbitas planetarias. El problema con el movimiento planetario se reducía a tres hechos claramente observados: el movimiento retrógrado que ejecutan los planetas ocasionalmente, el cambio en la velocidad de sus desplazamientos con respecto a las estrellas fijas y el cambio en su brillo aparente, que sugería acercamientos y alejamientos de la Tierra, todos ellos incompatibles con un modelo geocéntrico. ¿Cómo describir estos tres fenómenos usando movimientos circulares? Este era el gran enigma de los cielos, un problema que marcó una huella profunda en la historia del pensamiento durante 2000 años.

En la segunda parte del siglo III a. C, Apolonio de Perge recurrió a dos círculos para describir el movimiento de un planeta: un primer círculo en cuyo centro se encontraba la Tierra, denominado círculo deferente, y un segundo círculo, más pequeño, cuyo centro yacía sobre la circunferencia del primero, denominado círculo epiciclo. El centro del epiciclo rotaba sobre la circunferencia del deferente, mientras que el planeta rotaba sobre la circunferencia del epiciclo. Dependiendo de la velocidad de las dos rotaciones podía suceder que en ocasiones el planeta viajara hacia adelante y en otras ocasiones hacia atrás. De esta forma, Apolonio logró describir el movimiento retrógrado de los planetas a partir de círculos. Es irónico que él, siendo un gran geómetra, famoso por haber desarrollado la teoría de las curvas cónicas (la parábola, la hipérbole y la elipse), hubiese sido la persona que introdujo en el estudio del movimiento planetario el círculo deferente y el epiciclo, que permanecieron en la astronomía hasta que Kepler los reemplazó por la elipse, una de sus curvas cónicas.

En el siglo II a. C. vivió Hiparco de Nicea, director de la Biblioteca de Alejandría y el más grande astrónomo de la Antigüedad, hoy en día recordado por ser el creador del más importante catálogo de estrellas hasta los tiempos de Tycho Brahe. Hiparco fue el descubridor de la precesión de los equinoccios terrestres, el inventor de los conceptos de latitud y longitud geográfica y del sistema de coordenadas eclípticas en los cielos, así como el pionero en el desarrollo de la trigonometría, entre muchos otros logros. De hecho, muchas de las definiciones y métodos desarrollados por él continúan siendo usados por los astrónomos modernos. Sus datos de precisión le permitieron describir bastante bien el movimiento del Sol y de la Luna en cuanto a círculos deferentes y epiciclos. Pero la información que él mismo recolectó sobre las trayectorias de los planetas no pudo ser acomodada en este esquema, al menos para satisfacer sus muy elevados estándares de exigencia. En consecuencia, Hiparco se limitó a mejorar las mediciones relacionadas con el movimiento planetario.

Cuatro siglos después, durante el siglo II d. C., también en Alejandría, Claudio Ptolomeo, otro de los grandes astrónomos de la Antigüedad, recopiló los conocimientos astronómicos adquiridos por los griegos durante 800 años de historia y mejoró el modelo del movimiento planetario de Apolonio e Hiparco. Ptolomeo mantuvo los círculos deferente y epiciclo para cada planeta, pero para explicar sus movimientos de alejamiento y acercamiento, recurrió a ubicar la Tierra ya no en el centro del círculo deferente, sino en un punto diferente, en el punto excéntrico. Además, para describir los cambios en velocidad, definió otro punto denominado punto ecuante, ubicado en un lugar diametralmente opuesto al punto excéntrico. La velocidad del planeta con respecto al punto ecuante era constante, de tal forma que fuese variable con respecto al punto excéntrico, en el cual se encontraba la Tierra. Con este esquema supremamente complejo, logró describir más o menos bien los movimientos de los planetas en el cielo. Ptolomeo publicó todos sus resultados en un libro titulado Tratado matemático, que posteriormente fue conocido como El gran tratado, y al cual los árabes denominaron Almagesto, nombre con el cual regresó a Occidente durante la Edad Media y con el cual es conocido desde entonces. El libro de Ptolomeo incluía algo que no habían incluido tratados similares en el pasado: tablas y métodos para calcular la posición de un planeta en una fecha dada. Esta información resultó ser de gran importancia práctica para astrónomos y astrólogos del área de influencia del islam y de la Europa medieval. Es por esta razón que, a pesar de su complejidad y de sus defectos, este modelo fue adoptado como el modelo de los cielos por más de 1000 años y adquirió incluso un carácter místico y religioso, pues tanto este modelo como el geocentrismo se volvieron «la palabra de Dios», la versión estándar de los cielos, y por tanto la teología cristiana lo adoptó.

Hay que agregar el hecho de que, para la época de la muerte de Ptolomeo, el Imperio romano, que había preservado la herencia cultural helenista, ya se encontraba en plena decadencia. Años después sobrevendría la gran catástrofe cultural de su caída. Los conocimientos que lograron sobrevivir a esta tragedia, almacenados en bibliotecas como la de Bizancio, incluida la obra de Ptolomeo, quedaron congelados en el tiempo por varios siglos y fueron considerados como la versión final de los grandes logros intelectuales de los griegos. Muchos otros conocimientos cayeron en el olvido, entre ellos el modelo heliocéntrico (en el cual el Sol está en el centro) de los cielos de Heráclides y Aristarco.

LA ASTRONOMÍA EN EL ISLAM

La caída de Roma inició con la irrupción de los hunos en el oriente de Europa en el año 375 d. C. Su presencia en los límites del Imperio forzó a tribus germanas y eslavas a invadir territorios romanos, lo que culminó en el año 476 d. C. con el derrocamiento del último emperador de Occidente. Al comienzo, los nuevos ocupantes, considerados bárbaros por la tradición grecolatina, mostraron un absoluto desprecio por los logros intelectuales de los griegos y de los romanos, y causaron rápidamente el colapso total de la cultura clásica en el occidente de Europa. Con el paso de los años cesó el saqueo y la destrucción. Pero durante los años previos a la caída del Imperio, el cristianismo, que ya era la religión imperante en Roma, había adoptado una posición radical en contra de la cultura helenista. La interpretación literal de las Escrituras había llevado a rechazar de plano la gran mayoría de los conocimientos más avanzados; conocimientos que habían sido adquiridos con mucho esfuerzo durante 1000 años. Los cielos volvieron a ser divinos y la mayor parte de la astronomía fue refutada a partir de argumentos provenientes de la Biblia. El ejemplo por excelencia de esta actitud hostil es el linchamiento de Hipatia, la última directora del Museo de Alejandría y una de las mujeres más sobresalientes en la historia de las Matemáticas. Atacada por una turba liderada por monjes nitrianos instigados por el obispo Cirilo, fue arrastrada desnuda por las calles de Alejandría, flagelada y quemada viva en el año 415 d. C. Este triste episodio marcó el final del período helenista.

El Imperio romano de Oriente, con su capital en Constantinopla, también conocida como Bizanc ...