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EL FUNERAL DE LOLITA

Luna Miguel  

0


Fragmento

1

La gente solía describirlo como un nudo en el estómago. Para Helena era una mala metáfora. Si tuviera una cuerda en la tripa, al menos podría tirar de ella para escapar a algún lugar lejano, o quizá para deslizarse hacia dentro de sí misma y quedarse ahí escondida, a oscuras entre las vísceras, calentita y tranquila. Pero no estaba tranquila: aquello en su estómago aleteaba como una polilla alrededor de un fluorescente. Algo así como el primer rugido del hambre. Como el estruendo del camión de la basura al irrumpir de madrugada en una calle estrecha.

Las siete y media de una tarde de marzo. El autobús H14 acababa de llegar a su parada cuando el teléfono sonó. Tenía un mensaje de la que fue su mejor amiga en el colegio y en el instituto y con la que llevaba sin hablarse más de una década. Ver el nombre de Rocío en aquella notificación le produjo un ligero vértigo que no le impidió bajarse del autobús de un salto y empezar a subir la avenida del Paral·lel como en un día cualquiera.

Quizá sólo se trataba de una confusión. Rocío habría encontrado su contacto por azar y le habría mandado una solicitud de amistad. O querría etiquetarla en algún álbum de fotos viejas en las que ambas aparecían bebiendo calimocho, o posando con los dedos en forma de uve y las uñas pintadas de brillantina. O quizá estuviera a punto de casarse o embarazada, y quería compartir su alegría con todas las personas que alguna vez formaron parte de su lista de contactos. Podría, incluso, tratarse únicamente de la invitación a una fiesta de reencuentro de antiguos alumnos del instituto, a la que por supuesto ella jamás asistiría.

Abrió el mensaje. No había fotografías pixeladas que despertaran un tanto la nostalgia, ni tampoco palabras maternales o gestos de celebración.

Sin apenas signos de puntuación, como si las letras estuvieran fundiéndose y apelotonándose en la caja de texto, el comunicado de Rocío era más urgente.

Tuvo que releerlo un par de veces para que cobrara sentido. Un líquido abrasador comenzó a ascender hasta la comisura de los ojos. Se los tapó con fuerza para detener la hemorragia. Siguió caminando avenida arriba, rumbo a casa, con un sentimiento parecido a la angustia pero también al alivio. A la altura de un restaurante asiático se dejó caer de golpe sobre una de las sillas metálicas de la terraza y dejó el móvil sobre la mesa. La pantalla aún emitía un leve brillo gracias al cual podía distinguirse un fragmento de las palabras de Rocío.

«no sé si querrás saber de mí tampoco sé si este es tu perfil no sé ni siquiera si estás viva pero tenía que decírtelo roberto ha fallecido esta mañana».

Sólo hacía falta deslizar el dedo hacia el símbolo del sobrecito azul para poder leer el mensaje completo. En vez de eso, Helena se clavó la uña del índice en el muslo con tanta fuerza que se hizo una carrera en la media.

Roberto está muerto, dijo en voz muy baja.

Cuando la pantalla se tiñó de negro, la acarició con el mismo dedo. Lo movió hacia arriba y hacia abajo del cristal, tratando de borrar las marcas.

Roberto está muerto, musitó otra vez, mientras el tráfico chillaba a sus espaldas y el camarero del restaurante la observaba desde la puerta sin hacer ademán de acercarse.

Fue entonces cuando Helena lo notó: el vuelo de una polilla en el estómago. Sus alas de metal lijando las paredes gástricas; el peso del cuerpo sin vida de Roberto iluminándose en una habitación hasta entonces inhabitada de su mente.

2

Tenía treinta años y nunca había asistido a un funeral.

No fue al de su madre, Fernanda, ni tampoco al de su padre, Amador. Helena no sabía lo que era un cadáver, sus pies jamás habían pisado un tanatorio. El único cementerio que había visto estaba en Copenhague. Lo más sencillo para llegar al restaurante Kiin Kiin de Nørrebro era atravesarlo, así que había estado ante la tumba de Kierkegaard, pero nunca pudo llorar fr

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