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EL HOMBRE DE SAN PETERSBURGO

Ken Follett  

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Fragmento

1

 

 

Era una de esas tardes dominicales que transcurren lentamente, de las que agradaban a Walden. De pie, junto a la ventana abierta, recorría con su mirada el parque. El amplio y bien cuidado césped estaba salpicado de árboles añosos: un pino albar, un par de robustos robles, varios castaños y un sauce cuyas ramas evocaban los tirabuzones de una muchacha. El sol ya estaba alto y los árboles proyectaban su oscura y fresca sombra. No se oía ningún pájaro; solo el zumbido de las activas abejas en una enredadera que florecía junto a la ventana. También la casa estaba tranquila. Casi la totalidad de la servidumbre tenía la tarde libre. Aquel fin de semana los únicos huéspedes eran el hermano de Walden, George, con su esposa Clarissa y sus hijos. George había salido a dar un paseo, Clarissa estaba descansando y a los niños no se los veía por ninguna parte. Walden estaba cómodo; se había puesto la levita para ir a la iglesia, como era de rigor, y dentro de una o dos horas se pondría la corbata blanca y el frac para la cena, pero mientras tanto se encontraba a gusto con su traje de mezclilla de lana y su camisa de cuello sin almidonar. «Ahora —pensó—, basta que Lydia quiera tocar el piano esta noche y el día habrá sido completo.»

Se volvió hacia su esposa.

—¿Tocarás después de la cena?

Lydia sonrió.

—Si tú quieres...

Walden oyó un ruido y volvió a la ventana. Un vehículo a motor hizo su aparición por el extremo del paseo, a medio kilómetro de distancia. Walden notó una especie de enfado, algo parecido a la sensación de dolor que sentía en su pierna derecha antes de una tormenta. «¿Por qué me ha de molestar un coche?», pensó. No era enemigo de los vehículos de motor, él mismo era propietario de un Lanchester del que se servía regularmente en sus idas y venidas de Londres, pero en verano los coches representaban una gran molestia para la población por la polvareda que levantaban en la carretera sin pavimentar. Pensaba recubrir varios centenares de metros de la calzada con gravilla alquitranada. En circunstancias normales no lo habría dudado, pero las carreteras dejaron de estar bajo su responsabilidad en 1909, cuando Lloyd George creó los Departamentos de Carreteras; ahora se daba cuenta de que eso era lo que motivaba su enfado. Una de las características de la legislación liberal había consistido en sacar dinero a Walden para realizar lo que él mismo hubiera acabado haciendo; y luego no lo hacían. «Supongo que finalmente seré yo quien tenga que preocuparme por la pavimentación de la carretera —pensó—, pero es realmente molesto tener que pagarla dos veces.» El coche pisó la gravilla de la entrada del patio y se detuvo, entre estrépitos y temblores, frente a la puerta sur. Los gases del tubo de escape ascendieron hasta la ventana y Walden contuvo la respiración. Bajó el chófer, vestido de modo reglamentario —casco, gafas y grueso chaquetón—, para abrir la puerta a su pasajero. Descendió un hombre bajo, con abrigo negro y sombrero de fieltro negro. Walden lo reconoció y se sintió abatido; la tranquila tarde estival se había acabado.

—Es Winston Churchill —dijo.

—¡Qué vergüenza! —exclamó Lydia.

El hombre no aceptaba que se le desairara. El jueves había enviado una nota a la que Walden no respondió. El viernes acudió a la casa londinense de Walden y le dijeron que el conde estaba ausente. Ahora había ido hasta Norfolk en domingo. Tampoco se le atendería. «¿Acaso cree que me va a impresionar con su terquedad?», se preguntó Walden.

No le gustaba ser mal educado con nadie, pero Churchill se lo merecía. El Gobierno liberal, del que Churchill era ministro, se había lanzado a un cobarde ataque contra lo que constituía la base fundamental de la sociedad inglesa, gravando los bienes raíces, desprestigiando a la Cámara de los Lores, intentando entregar Irlanda a los católicos, debilitando la Armada británica y accediendo al chantaje de los sindicatos y de los dichosos socialistas. Walden y sus amigos no iban a estrechar las manos de tales individuos.

La puerta se abrió y Pritchard entró en la habitación. Era un cockney alto, de pelo negro peinado con brillantina y un aire de gravedad evidentemente falso. Cuando era solo un muchacho había estado embarcado y había abandonado el barco en África oriental. Walden, que estaba allí de safari, lo contrató para que se encargara de los porteadores nativos, y estaban juntos desde entonces. Ahora, Pritchard era el mayordomo de Walden, viajaba con él de un sitio a otro, y era tan amigo suyo como su condición de criado lo permitía.

—El primer Lord del Almirantazgo ha llegado, milord —dijo Pritchard.

—No estoy en casa —contestó Walden.

Pritchard se mostró contrariado. No estaba acostumbrado a despedir a los ministros del Gobierno. «El mayordomo de mi padre lo habría hecho sin el menor aspaviento —pensó Walden—, pero el viejo Thomson se ha ganado su jubilación y se dedica a cultivar rosas en el jardín de una casita de pueblo, y Pritchard nunca ha podido adquirir aquella imperturbable dignidad.»

Pritchard descuidó su correcta dicción, signo inequívoco de que estaba muy tranquilo o nervioso en extremo.

—Mister Churchill dijo que usted iba a decir que no estaba en casa, milord, y me ordenó que le diera esta carta.

Y le presentó un sobre en la bandeja.

A Walden no le gustaba que lo forzaran y respondió malhumorado:

—Devuélvasela.

Luego se detuvo para observar el tipo de letra con la que estaba escrito el sobre. Aquellos rasgos amplios, nítidos y algo sesgados le resultaban familiares.

—Vaya por Dios —dijo Walden.

Cogió el sobre, lo abrió y extrajo una sola cuartilla de intensa blancura, con un único doblez. En la parte superior figuraba el membrete real, impreso en rojo. Walden leyó:

 

Buckingham Palace

1.º de mayo de 1914

Mi querido Walden:

 

Entrevístese con el joven Winston.

 

JORGE R. I.

 

—Es del rey —le dijo Walden a Lydia.

Se azaró hasta ponerse colorado. Era de un terrible mal gusto comprometer al rey en algo así. Walden se sentía como el colegial a quien se le dice que deje de pelearse y sigue en sus trece. Durante unos instantes sintió la tentación de desafiar al rey. Pero las consecuencias... Lydia ya no sería recibida nunca más por la reina, nadie podría invitar a los Walden a fiestas en las que participara algún miembro de la familia real y, lo que era peor, la hija de Walden, Charlotte, no podría ser puesta de largo en la corte. La vida social de la familia quedaría destrozada. Más valdría que se fueran a vivir a otro país. No, no podía desobedecer al rey.

Walden suspiró. Churchill le había ganado la partida. En cierto sentido era un descanso, pues ahora podría romper la disciplina del partido y nadie podría echarle la culpa. «Una carta del rey, amigo mío —diría como explicación—; no se podía hacer nada, ya sabes.»

—Haga pasar a mister Churchill —ordenó a Pritchard.

Entregó la carta a Lydia. En realidad, los liberales no comprendían cómo debía funcionar la monarquía, esa era su impresión.

—El rey no es lo suficientemente enérgico con ellos —murmuró.

Lydia dijo:

—Esto se está poniendo tremendamente aburrido.

Walden sabía que ella no se estaba aburriendo, ni mucho menos; probablemente lo encontraba todo muy interesante; lo decía porque así era como se expresaba una condesa inglesa y, como ella era rusa y no inglesa, le gustaba expresarse en términos típicamente ingleses, al igual que quien habla francés repite una y otra vez alors.

Walden se acercó a la ventana. El coche de Churchill seguía haciendo ruido y echando humo en el patio. El chófer estaba de pie junto a la puerta y la sujetaba con una mano, como si se tratara de un caballo al que intentara impedir la huida. Varios criados lo observaban desde una prudente distancia.

Pritchard entró y anunció:

—Mister Winston Churchill.

Churchill tenía cuarenta años, exactamente diez menos que Walden. Era bajo y delgado, y vestía, en opinión de Walden, de manera excesivamente elegante para merecer el calificativo de señorial. Su cabello cedía terreno rápidamente, dejando entradas en la frente y dos rizos en las sienes que, junto con su pequeña nariz y el burlón y constante pestañeo de los ojos, le daban un aire de picardía. Resultaba fácil ver por qué los caricaturistas lo dibujaban regularmente como un querubín malicioso.

Churchill le dio la mano a Walden y lo saludó efusivamente.

—Buenas tardes, lord Walden. —Hizo una reverencia ante Lydia—. Lady Walden, ¿cómo está usted?

Walden pensó: «¿Qué hay en él que me crispa tanto los nervios?».

Lydia le ofreció té y Walden le rogó que se sentara. Walden no iba a andarse por las ramas; estaba impaciente por saber qué significaban todas aquellas prisas.

Churchill empezó:

—Ante todo, presento mis disculpas, y las del propio rey, por forzar así las cosas.

Walden asintió con la cabeza. No iba a decir que no tenía importancia.

Churchill prosiguió:

—No lo habría hecho si no tuviera razones de peso.

—Mejor será que me lo cuente.

—¿Sabe usted lo que está ocurriendo en el mercado bursátil?

—Sí. Ha aumentado el tipo de interés.

—De uno y tres cuartos hasta casi un tres por ciento. Se trata de un aumento descabellado y ha ocurrido en pocas semanas.

—Supongo que sabe el porqué.

Churchill asintió con un gesto.

—Las compañías alemanas han estado negociando sus deudas a gran escala, cobrando al contado y comprando oro. Unas semanas más y Alemania recuperará todo lo que le adeudan otros países, mientras sus propias deudas con los demás siguen siendo enormes, y sus reservas de oro son las más altas que jamás haya acumulado.

—Se están preparando para la guerra.

—Así y de otras maneras. Han reunido la suma de mil millones de marcos, superior a los impuestos normales, para mejorar un ejército que ya es el más fuerte de Europa. Usted recordará que en 1909, cuando Lloyd George incrementó los impuestos británicos en quince millones de libras esterlinas, casi se produjo una revolución. Pues bien, mil millones de marcos equivalen a cincuenta millones de libras. Es la mayor recaudación de la historia europea.

—Sí, no hay duda —interrumpió Walden, Churchill empezaba a resultar teatral y Walden no quería que pronunciara discursos—. A nosotros, los conservadores, nos ha preocupado durante algún tiempo el militarismo alemán. Y ahora me dice usted que teníamos razón.

Churchill ni siquiera se inmutó.

—Alemania atacará a Francia, casi con toda seguridad. La pregunta es: ¿acudiremos en ayuda de Francia?

—No —contestó Walden, sorprendido—. El secretario de Asuntos Exteriores nos ha asegurado que no tenemos compromisos con Francia.

—Sir Edward es sincero, por supuesto —dijo Churchill—, pero está equivocado. Nuestro entendimiento con Francia es tal, que difícilmente podríamos permanecer al margen viéndola derrotada por Alemania.

Walden mostró una expresión de gran sorpresa. Los liberales habían convencido a todo el mundo, incluso a él, de que no llevarían a Inglaterra a la guerra, y ahora uno de sus más destacados ministros decía lo contrario. La falsedad de los políticos era como para indignar a cualquiera. Pero Walden se olvidó de aquello cuando empezó a considerar las consecuencias de la guerra. Pensó en los jóvenes que conocía y que tendrían que combatir: los pacientes jardineros de su parque, los rollizos lacayos, los granjeros de piel morena, los alborotadores estudiantes de bachillerato, los lánguidos ociosos de los clubes de St. James... Entonces, aquel pensamiento quedó desplazado por otro mucho más escalofriante, y preguntó:

—Pero ¿podremos vencer?

Churchill estaba muy serio.

—Creo que no.

Walden lo miró fijamente.

—¡Dios mío! ¿Qué han hecho todos ustedes?

Churchill pasó a la defensiva.

—Nuestra política ha sido evitar la guerra, y no se puede hacer eso y al mismo tiempo armarse hasta los dientes.

—Pero no han logrado evitar la guerra.

—Seguimos intentándolo todavía.

—Pero creen que fracasarán.

Churchill se mostró beligerante por unos instantes; luego se tragó su orgullo.

—Sí

—Entonces, ¿qué ocurrirá?

—Si Inglaterra y Francia juntas no pueden vencer a Alemania, entonces debemos tener otro aliado, un tercer país a nuestro lado: Rusia. Si Alemania se divide y combate en dos frentes, podemos vencer. El ejército ruso es incompetente y está corrompido, por supuesto, igual que el resto del país, pero no importa mientras atraigan parte de la fuerza de Alemania.

Churchill sabía perfectamente que Lydia era rusa, y sin embargo, con su característica falta de tacto, no le importó desacreditar en su presencia al país del que procedía; Walden lo consintió, ya que estaba enormemente intrigado por lo que Churchill iba diciendo.

—Rusia ya tiene una alianza con Francia —observó.

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