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EL IMPERIO MECHA SAMURAI

Peter Tieryas  

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Fragmento

Me encanta la lengua castellana, y ha habido libros y películas en este idioma que me han impresionado profundamente, desde el Quijote hasta la oscura y fascinante fantasía de El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, pasando por muchas otras obras. En el instituto, cuando llegó el momento de elegir el idioma optativo, elegí español, y me encanta ser capaz de hablarlo con los amigos. ¿Cómo estáis?[1]

De modo que me sentí inmensamente honrado al saber que Nova publicaría en España mi nueva novela, El imperio mecha samurái. Aunque es una continuación de Estados Unidos de Japón, no pueden ser obras más distintas; El imperio mecha samurái presenta una historia completamente nueva, personajes nuevos y un nuevo enemigo. Ni siquiera es necesario haber leído EUJ para disfrutar esta otra. Pero quería hablar un poco sobre lo que motivó las dos novelas.

EUJ surgió mientras crecía en los Estados Unidos; me incomodaba lo poquísimo que se sabía allí sobre lo ocurrido en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial; casi todo se centraba en el frente occidental. Pero yo me había criado oyendo numerosas historias sobre las tragedias de la Segunda Guerra Mundial en el frente asiático, y quise escribir un libro sobre ello para compartirlas con el público estadounidense. Esto se manifestó de varias formas, que incluyeron una historia de misterio y asesinato que se desarrollaba en Corea y China, y una novela gráfica ambientada en un Shanghái futurista. Pero el momento en que se materializó Estados Unidos de Japón fue cuando, leyendo unas cartas de Philip K. Dick, descubrí que quería escribir una secuela de El hombre en el castillo. El único problema fue que el material de investigación le resultaba tan perturbador que se vio incapaz de revisitar aquella historia alternativa, sentimiento con el que empaticé después de acabar EUJ. Entonces tuve la idea de escribir una secuela espiritual, aunque ambientada en la época moderna.

Muchas de las ideas del libro están motivadas por la guerra de Irak. Creo que una de las cosas que más me impresionaron fue la inmensa discrepancia entre el estado del conflicto tal como me lo mostraban los medios de comunicación y los anuncios públicos oficiales (la guerra va estupendamente; la gente nos da la bienvenida) y la realidad, que presentaba cifras de bajas que oscilaban entre 100.000 a 450.000 personas, además de los sucesos violentamente caóticos. Estaban reescribiendo la historia ante nuestros propios ojos.

Con Estados Unidos de Japón quise mostrar una realidad más gráfica. No se suavizan los horrores de la guerra; se representan en su cruda brutalidad. Ciertas imágenes de Abu Ghraib me resultaron tan impresionantes que inevitablemente se trasladaron a algunas de las descripciones. No quería un libro donde se ocultara la violencia o, menos aún, se glorificara. EUJ muestra el coste humano en ese tipo de sociedad. Al mismo tiempo, intenté mostrar la forma en que varios personajes hacen todo lo que pueden por conservar su humanidad en esas condiciones tan sombrías.

El imperio mecha samurái es una obra muy diferente. Aunque está ambientada en el mismo universo, se centra en cinco cadetes que aspiran a convertirse en pilotos de mechas en los EUJ para luchar contra los nazis. Para mí era importante contravenir un tropo habitual del pilotaje de mechas en las obras de ciencia ficción: el de una persona prodigiosa o un genio que destaca contra toda probabilidad y, con poco o ningún entrenamiento, acaba por salvar el universo. Mac no puede ser más corriente, y en modo alguno cumple los requisitos que se exigen a los pilotos de mechas. Debe enfrentarse a todo lo que tiene en contra y luchar por su sueño; esto tiene numerosos paralelismos con mi propia vida, en la que sin tener nada debí luchar para abrirme camino como escritor y desarrollador de juegos. Muchas escenas del libro se inspiran en mi trayectoria profesional, desde la intensa oposición a la que se enfrenta Mac para convertirse en piloto hasta la gente que lo apoya generosamente de formas inesperadas y marca una diferencia en su vida (y en la mía).

Por otra parte, cuando alguien ve un juego o una película solo se fija en unas pocas de las personas que han trabajado en ello. Pero hay cientos más que se entregan en cuerpo y alma para que el producto salga a la luz. Del mismo modo, quise mostrar la complejidad de los mechas y la forma en que es necesario que tripulaciones enteras trabajen al unísono para que puedan funcionar.

Aunque exteriormente se trata de una historia sobre mechas, también se puede ver como una imagen de la vida estadounidense con un giro de historia alternativa, salpicada con anécdotas del cine y los juegos. En la superficie parece una novela de aprendizaje sobre mechas, pero El imperio mecha samurái tiene numerosas capas a nivel político, cultural e histórico que, al ir retirándolas, revelan que la historia alternativa no es tan distinta como podríamos imaginar, sobre todo dado el clima político actual de los Estados Unidos. Los temas más oscuros de EUJ siguen ahí, pero al principio solo forman parte del trasfondo, pues los cadetes aún no se han visto expuestos a la realidad.

Por condensarlo en términos sencillos, Estados Unidos de Japón trataba sobre el sacrificio, mientras que El imperio mecha samurái trata sobre la perseverancia. La tercera y última novela, titulada provisionalmente Blood Mecha Revolution, tratará sobre la ira.

Al ser un libro tan personal, me preocupaba un poco la recepción que tuviera. Fue muy importante para mí que mi héroe (e inmensa influencia) Hideo Kojima lo recomendase. Lloré cuando me envió un mensaje personal felicitándome por la novela. Sus series Metal Gear, Zone of the Enders y Snatcher me han influido profundamente, y esa influencia se puede apreciar en toda mi obra.

Hay muchas personas a las que les estoy agradecido por ayudar a que la edición española de El imperio mecha samurái se hiciera realidad. Gracias en primer lugar a mi maravillosa traductora, Natalia Cervera (alias José Heisenberg), una artista del lenguaje con la que es un placer absoluto trabajar. Gracias también a Gorinkai (Antonio Rivas) por ayudar a dar vida a este mundo. Me siento profundamente agradecido a Antonio Torrubia, que obró magia para garantizar que este libro encontrase un hogar. También agradezco sobremanera a Christian Rodríguez el apoyo que prestó al libro y que sea una persona formidable. Alberto Chicote es un chef fabuloso y una de las personas más maravillosas que he conocido. (¡Espero visitar algún día sus estupendos restaurantes!) Y, por supuesto, ¡gracias inmensas a Nova, a mi editora Marta Rossich y a todo el personal de Ediciones B!

Por último, a todos los lectores, reseñadores y fans: GRACIAS A TODOS. Sin vosotros, este libro no sería una realidad. Sois demasiados para enumeraros, pero sabed que os estoy agradecido a todos. Espero de verdad que disfrutéis con las batallas de los mechas de este imperio cuando se enfrentan a la monstruosidad de los nazis.

PETER TIERYAS

Dedicado a mi esposa, Angela Xu,
la mejor copiloto de mechas

NO SÉ POR QUÉ DICE LA GENTE QUE EL TIEMPO LO CURA TODO. EL TIEMPO no ha hecho más que agravar mis heridas.

Mis abuelos maternos eran ciudadanos japoneses que vivían en Kioto y emigraron a San Francisco a principios del siglo XX. Mis abuelos paternos, de etnia coreana, se mudaron a Los Ángeles poco después de la victoria del Imperio, en 1948. En aquella época había más oportunidades en los Estados Unidos de Japón, sobre todo porque el Imperio estaba reconstruyendo muchísimas ciudades en ruinas. Mis padres se conocieron en el Matsuri de 1974, un festival que se celebraba en un santuario sintoísta de Irvine. Mi padre era técnico de mechas y se dedicaba al mantenimiento de las placas de armadura. Mi madre era la oficial de navegación del Kamoshika. Reconoció a mi padre en el santuario; lo recordaba de cuando le había estado arreglando el generador BP. Los dos habían cogido un o-mikuji de la caja, preguntándose qué buenaventuras presagiarían aquellas tiras de papel. Por pura casualidad, los dos mensajes anunciaban que aquel día iba a producirse un acontecimiento trascendental que cambiaría para siempre su destino. Después de bromear y lanzarse pullas mutuas sobre el destino y la normativa del Ejército, decidieron ir a cenar a su restaurante de ramen favorito.

Nací dos años después.

Mi primer recuerdo de ellos es de una fábrica de mechas en Long Beach. Las piernas acorazadas eran más grandes que la mayoría de los edificios que había visto. Cuando tenía tres años, montaba guerras contra los nazis con los mechas de juguete que me fabricaba mi padre. Me había hecho un jimbaori especial, y me encantaba la manera en que las antiguas sobrevestes de samurái otorgaban un aspecto regio a los guerreros mecánicos. Ni mi padre ni mi madre llegaron a pilotar un mecha de verdad, aunque los dos lo deseaban. Quizá se les hubiera presentado la oportunidad si hubieran tenido más tiempo.

Durante su vida, la mayor amenaza no fueron los alemanes, sino los terroristas americanos que se hacían llamar George Washingtons. Se rumoreaba que eran tan despiadados que les cortaban las orejas a nuestros soldados y se hacían collares con ellas. En 1978, cientos de terroristas cargaron contra el Ayuntamiento de San Diego y mataron a miles de ciudadanos. Tres meses después lanzaron otro ataque en el Gaslamp Quarter, en el que murieron muchísimos civiles inocentes, incluida la esposa de un importante general.

Destinaron a mis padres al frente a principios de 1980. Cada pocos meses volvían de permiso a casa, pero ninguno hablaba mucho durante los años que estuvieron de servicio. Mi padre pasaba absorto la mayor parte del tiempo, y las únicas veces que mi madre mostraba algún gesto de afecto era cuando tarareaba canciones militares para sí. El último recuerdo que tengo de ellos es de la mañana en que se marcharon. Me dijeron que nos veríamos en tres meses. Aún recuerdo los colores vivos de los haoris que llevaban por encima del kimono, y lo mucho que me atraían los bordados de hilo de oro. Desayunamos en silencio. Los huevos estaban demasiado salados; las anchoas, resecas, y el tsukemono en escabeche olía raro. Por lo general se marchaban sin decir gran cosa, pero aquella mañana, mi madre se detuvo cuando estaba a

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