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EL JEFE

Luis González  

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Fragmento

Centro de Bogotá, Teatro Municipal, 8:00 p. m.

—¿Qué es un país? —pregunta Gaitán.

El público espera la respuesta y Gaitán eleva los brazos hacia el domo del teatro como un sacerdote que convoca una fuerza superior. La multitud tiembla y un murmullo se arrastra como un animal insatisfecho que trata de caminar en dos patas.

Gaitán baja los brazos, con las palmas de las manos abiertas y el gesto autoritario de Moisés aplacando el mar Rojo. Todos callan como si les hubieran cosido los labios. En silencio, el Jefe echa su cabeza hacia adelante y el pelo le cubre la cara. Detrás de su cabello lacio cubierto de brillantina unos ojos indígenas relampaguean y una boca entreabierta deja asomar unos dientes muy blancos.

El silencio sigue, pero las molduras del techo se agitan con las sombras de los asistentes y el cortinaje se mueve como si estuviera vivo.

—Un país no es una geografía —aclara Gaitán con una voz impostada de tenor que penetra hasta las últimas filas, donde se agita un mar de sombreros de fieltro y corroscas de paja—. Un país no es un paisaje —repite—, no es un río caudaloso, ni una montaña magnífica, ni una ciudad enorme. Un país no es un cielo donde vuelan aves de todos los colores. No. Ese es apenas el decorado, unas imágenes bonitas que solo podemos mirar, pero no tocar, porque pertenecen a otros.

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Gaitán saca una conclusión.

—¡Vivimos en una finca ajena!

Alguien no se aguanta y rompe a aplaudir. La ovación crece, pero es detenida en seco por las manos del orador. La multitud queda quieta, como una barca con las velas flojas.

—Nos enseñaron que la patria era esta tierra que está en manos de unos privilegiados. Y lo creímos. Creímos en esta mentira que solo ha servido para matarnos entre liberales y conservadores, mientras los líderes de esos dos partidos disfrutan de las haciendas que riegan con nuestra sangre.

El orador toma aire y se impulsa. Lo que sigue es una revelación.

—¡Pero mamola! ¡La patria somos nosotros! ¡Un país es su gente!

Los tendones brotan del cuello de Gaitán, su voz sube mientras dice que Colombia es el niño que va a la escuela sin zapatos, el artesano que fabrica artículos que nadie compra, el campesino que espera una lluvia que no podrá redimirlo, la mujer que se inclina ante un fogón preparando una comida escasa. Ese es el país, dice y repite el Jefe, eso somos: nuestros brazos y nuestras ilusiones, lo que debemos rescatar de la miseria.

Parado en un corredor, aprisionado por los cuerpos olorosos a mugre de los asistentes al Teatro Municipal, Alejandro Brennen se permite un gesto de escepticismo. Los viernes culturales de Gaitán le parecen aburridos. Lo que el orador grita no es nuevo, Alejandro ya lo ha leído en los panfletos que distribuye el Partido Comunista: el pueblo unido marchando heroico hacia la liberación. Un sueño que justifica los crímenes de Stalin y —quién lo hubiera dicho— los delirios de Hitler y Mussolini. Dictadores de izquierda y derecha que se igualan en su tarea de exterminio.

En el teatro hay sillas, pero nadie está sentado y en los corredores se hacina una legión de pobres que compiten por cada centímetro. Alejandro empuja a un enruanado que acaba de pisarlo.

—¡Uste! —protesta el enruanado y lo mira con odio.

Alejandro lo contempla con serenidad. Para convertirse en asesino, un feligrés de Gaitán solo necesita una totuma de chicha y una provocación. La provocación ya la tiene y la chicha es norma después de las seis de la tarde. Así que pasará lo que tenga que pasar. El hombre lo mira esquineado, mientras escarba debajo de su ruana buscando el cuchillo. José Fidel Pirateque, primo de Alejandro Brennen, se atraviesa.

—Alto ahí, compañero —dice José Fidel con voz angustiada—. Somos copartidarios.

El enruanado parpadea sin creer que Alejandro pueda ser gaitanista. Lo examina de pies a cabeza y concluye que este señorito vestido de paño inglés y calzado con zapatos Cuatro Coronas tiene pinta de rico malparido. Por lo tanto, le caben un par de puñaladas. Los dedos de uñas rotas del pobre sujetan el mango de su cuchillo marranero, pero José Fidel sigue atravesado y el hombre vacila mientras sus párpados chocan con torpeza y su cerebro produce unas sinapsis moribundas. Pataleando entre espesos vapores de maíz fermentado, el recuerdo toma forma en la mente del borracho. Sí, admite sin soltar su cuchillo, a este metiche que estorba pidiendo paz lo conoce, lo ha visto en otros viernes culturales con esa misma corbata roja. Es José Fidel Pirateque, el secretario de Gaitán, y uno no puede pasar por encima del secretario de Gaitán para sacarle las tripas a un hijueputa. ¿O sí? El enruanado parpadea buscando despejarse y solo logra que el alcohol inunde su cerebro por completo. Ahora es un pellejo ciego que quiere demostrar su hombría. Alimentada por la chicha, la rabia sigue su marcha. A ninguna hembra se le niega un polvo, a ningún macho se le niega una muerte. A la mierda todo, que corra la sangre.

—Por favor, compañero —insiste José Fidel—. El Jefe está hablando —y señala el escenario con reverencia.

El argumento no convence al enruanado y queda claro que Alejandro está a punto de matarse con alguien que se sentirá redimido al jugarse lo único que tiene. Nada raro. Un colombiano se crece ante la muerte porque solo en ese trance es igual a los demás. Alejandro sonríe con amargura y piensa que lidiar con estos suicidas es su destino. Al fin y al cabo, él no es distinto. Creció en la violencia, ha visto morir a varios, es huérfano y sabe, como sabe esa mayoría que Gaitán llama país, que la vida no justifica muchas preguntas. El enruanado sigue con la mano metida debajo de la ruana. Alejandro toma una decisión.

—Guardemos la sangre pa matar godos —dice, dejando ver el revólver que lleva a la cintura.

El enruanado parpadea.

—Compañero, recapacite —ruega José Fidel—. Somos de los mismos.

El enruanado levanta unos ojos turbios, pasando del odio al desprecio. No se siente compañero de un rico malparido. La palabra para nombrarlo brota fácil, con la fuerza de un madrazo.

—Oligarca.

Después escupe en el suelo, salpica con un gargajo pegajoso los Cuatro Coronas de Alejandro y se pierde en la multitud. José Fidel suspira aliviado.

—Un día de estos se va a meter en un problema.

—Tranquilo. No pasó nada.

José Fidel piensa en contestar, pero Gaitán vuelve a capturarlo con su discurso. Ahora el Jefe habla de unos humillados a los que explotan y mantienen en la ignorancia. Maestros de escuela que se mueren de hambre, enfermeras que trabajan en hospitales que se caen a pedazos, mineros perdidos en socavones sin seguridad, obreros que levantan puentes destinados a caerse porque el contratista se robó los materiales. Todos ellos deben unirse, ordena Gaitán, unirse y caminar juntos hacia una aurora de dignidad que se llama futuro.

La multitud aplaude deslumbrada por la aurora de dignidad, hipnotizados por ese futuro que necesitan y creen merecer. El escepticismo de Alejandro crece. Mañana iremos al cielo, ja, ja. Increíble que la promesa de un paraíso siga convocando una recua de creyentes. ¿Pero qué se puede esperar de un pueblo ignorante? Que se arrope con las tinieblas de la religión. Poco importa que el Sumo Sacerdote se llame Pío XII o Jorge Eliécer Gaitán.

Sin embargo, a pesar de su insolencia atea, la fe amenaza a Alejandro. Tal vez sí hay una esperanza, acepta a regañadientes, ¿por qué no? Lo que los optimistas llaman realidad es tan incierto que de pronto existen los milagros y no todo está perdido. Tal vez Gaitán pueda unir a sus partidarios y llevarlos a un destino superior donde la vida justifique un par de preguntas. En Colombia todo es posible porque nada es firme, no hay garantía siquiera de que el futuro sea un desastre peor que el presente.

—El mañana es nuestro —asegura Gaitán. Y la multitud delira.

Alejandro mira al escenario y se pregunta por qué estos fanáticos están dispuestos a morir por su líder, mientras ignoran a los comunistas que ofrecen metas más terrenales. Mientras Gaitán habla de un vago mañana poblado de metáforas, los comunistas prometen parcelas para los campesinos, trabajos bien pagados, educación gratuita. Y sin embargo, el que llena las plazas es el Jefe, el caudillo, el negro Gaitán, el dios de los desesperados. ¿Cuál es la razón de tanta fe? ¿Es ese brillo fugitivo que los griegos llamaban carisma? Alejandro Brennen asistió al Teatro Municipal buscando una respuesta y como no la encuentra vuelve a caer en el cinismo y se le ocurre que este país herido por la culpa demanda un mártir. El cristianismo socialista de Gaitán fracasará porque la caridad es una isla diminuta rodeada por un océano de egoísmo. No es cierto que los hombres sean hermanos, a pesar de que todos puedan ser huérfanos.

—¡Un berraco! —concluye José Fidel Pirateque, codeándolo, sin despegar los ojos del orador.

Alejandro mira a su primo con lástima y furia. José Fidel no lo nota porque sigue perdido en las palabras de Gaitán, que lo marean como una droga. Lo que diga el Jefe es verdad revelada y uno lo siente en el alma, su voz grita lo que los demás no nos atrevemos siquiera a pensar. El público del demagogo, piensa Alejandro, los resentidos, los que no tienen nada y odian a los que tienen algo.

—Sí —acepta—. Un berraco.

El discurso sigue.

—Pero ese país nacional, esa mayoría de hombres buenos consagrados al trabajo no decide, ni cuenta, ni siquiera opina. Y no lo hace porque está dominada por una minoría que lo tiene persiguiendo metas falsas, soñando con tonterías, luchando en una guerra que ya lleva más de un siglo donde el enemigo es el vecino y los muertos los ponen los pobres.

Bien, aquí vamos, se dice Alejandro. Mientras en Colombia liberales y conservadores se entrenan en las chicherías para una guerra civil, este populista promete un nuevo orden donde reinará la armonía, olvidando que la paz es un espacio para la venganza.

—Esta minoría es la de los oligarcas, los miembros del país político. Los propietarios que deciden el rumbo de la nación a espaldas de un país sacrificado. Una casta de cincuenta familias que tienen el control de la riqueza, de las leyes y de las instituciones y que se reparten los ingresos fiscales a su acomodo. Los oligarcas: los que obtienen los contratos, los que se sientan en las sillas de los ministros y los senadores, los dueños de este paisaje maravilloso que llaman país y que es su hacienda.

—¡Abajo los oligarcas! —decreta una voz anónima que recuerda la del enruanado que estuvo a punto de apuñalar a Alejandro.

Mil voces corean la consigna. El rostro de José Fidel Pirateque se congestiona desfigurado por el odio.

—¡Oligarcas hijueputas!

Alejandro se hunde en el desencanto. Hace un gesto de fatiga.

—Hasta luego.

—¡Pero si no ha terminado! —protesta José Fidel.

—Me imagino el final.

Mientras tanto, Gaitán sigue prometiendo un triunfo sobre la oligarquía. A la carga, dice, contra la tiranía, a la carga, contra la ignorancia, a la carga, por un país justo, a la carga. El teatro tiembla y corea la consigna: a la carga. Alejandro distingue entre los asistentes a varios integrantes de la policía secreta. Algún día esto terminará muy mal, como termina todo. Pero ese día él no estará presente.

—Espere. No se vaya.

—Hagamos una cosa, José Fidel. Cuando ese tipo que se llena la boca prometiendo justicia haga algo por usted, me cuenta. Mientras tanto, tómese un Mejoral para que le baje la calentura.

—No entiende.

—Claro que entiendo, pero no me gusta.

Alejandro sale a la calle bogotana que lo recibe aburrida, como una mujer mal pagada que lo atiende sin ganas. Toma aire y busca el paquete de cigarrillos. La imagen de un indio americano de nariz aguileña y tocado de plumas está de perfil en el paquete blanco. Pielroja, el tabaco santandereano que mantiene los hospitales y alimenta los maestros. La educación y la salud financiadas por los impuestos al vicio. Alejandro siente en sus labios el sabor dulzón del papel. Sus pulmones reciben el golpe de nicotina como un bálsamo y su corazón se acelera combatiendo el frío de la calle. Un cigarrillo siempre será mejor que la fe.

Entonces, lo oye. Un ruido de animal acosado que se oculta en la oscuridad, un perro sin amo tal vez, porque el enruanado quedó allá adentro y Alejandro no lo cree capaz de salir a buscarlo. Pero mejor la seguridad que la policía.

—¿Quién anda ahí? —pregunta dirigiendo la mano al revólver.

Aguza el oído y solo escucha los aplausos y los Viva Gaitán que escapan del Teatro Municipal como los lamentos de un fantasma. Es como si allá adentro estuviera encerrada una bestia de mil cabezas, esperando para cobrar una cuenta. Alejandro se olvida de los viernes culturales del resentimiento y vuelve a mirar la calle de bombillos moribundos que da hacia el barrio donde se agitan los miserables en un caldo helado. Se relaja y suelta la culata del revólver. Lo de siempre, piensa: oscuridad y desesperación. Tal vez el ruido que escuchó lo produjo un mendigo que buscaba refugio en un portal, un despojo humano embrutecido por la chicha, un perro sin amo. Nadie que merezca su atención. Se encoge de hombros y camina hacia la luz de la carrera Séptima.

Error. Si Alejandro Brennen hubiera despreciado menos a los perros sin amo, habría dado media vuelta y descubierto en la esquina de la miseria el motivo de su orfandad. Entonces, todo habría sido distinto. Para él, para Gaitán, para los locos que querían ser un país. Pero no fue así. El Alemán siguió caminando hacia la Séptima, hacia la plaza de Bolívar, aspirando su Pielroja y pensando en las tetas de la mujer que lo esperaba en un bailadero de La Perseverancia.

Nadie es perfecto, dicen los culpables.

* * *

Bosques de Usme, hacienda del Alemán, 6:10 a. m.

Veinte años antes, un indio estaba de pie en el centro del patio de una hacienda brumosa, envuelto en una ruana pulguienta. Sus pies rajados mostraban los surcos que labra la tierra ácida en los que caminan descalzos y el pantalón roto no le tapaba las vergüenzas. Una corrosca de paja protegía su cabeza y en la nuca le asomaba un largo mechón de pelo liso, oscuro y cuajado de liendres. Una cuerda de fique rodeaba su cuello como el collar de un ahorcado. Sobre el enlosado del patio caía la sangre de una arteria rota que palpitaba en su frente. El líquido corría por los canales de las piedras dibujando un destino sin fortuna.

Un muchacho sostenía la cuerda que amarraba al preso. El muchacho lucía un aire marcial, llevaba un machete encintado y agarraba el lazo con la indiferencia del que sujeta un novillo próximo al sacrificio. Era un soldado sin uniforme, hijo y nieto de peones guerreros que llevaban casi un siglo matándose como debe ser: por su patrón y su partido.

Papá Fidel asomó por el balcón y miró hacia el patio. El prisionero lo sintió y levantó su cara, revelando la herida que le cruzaba la ceja derecha y manchaba el empedrado. El cielo gris lo deslumbró y cuando en vez de la presencia divina se encontró con un hombre sin clemencia, perdió lo que le quedaba de valor y tembló.

Papá Fidel descendió pisando los peldaños de roble con sus cotizas de cuero. Se veía cada vez más alto, parecía crecer con cada escalón que bajaba, y una vara de guayacán asomaba entre los pliegues de su ruana negra. Balanceando la vara que llevaba atada una tira de cuero curtido, llegó hasta el hombre. El preso se recogió sobre sí mismo, esperando un zurriagazo que no llegó.

Papá Fidel se tomó su tiempo.

Su corrosca fina y limpia estaba echada hacia atrás descubriendo una piel morena, unos ojos estrechos, una nariz ancha y unos labios con las comisuras caídas. Un gamonal, un macho severo que nació para mandar.

—¿No es más? —preguntó.

—Ahí sigue —aceptó el muchacho—. En lo mismo.

El indio preso hizo un esfuerzo por dejar de temblar y se inclinó con un gesto de súplica.

—Por favor, patroncito…

—No me toque, malparido.

La orden dejó al indio a medio camino. Papá Fidel miró la sangre sobre las piedras y recordó el desorden de muerte que encontró en la habitación de Elvira. ¿Cuántas veces lo advirtió? Mejor duerman en Bogotá, Usme es culebrero. Pero Elvira terca, obedeciendo a su marido y a nadie más. Como debía ser y como fue.

Entonces, a Usme vinieron, a pasar revista a los cultivos de cebada, a pagarle a la gente, a que Gunther jugara al campesino. Gunther Brennen, su cuñado, un extranjero que creyó que seguía en una quinta cerca de Múnich y descubrió tarde que estaba en Colombia, una tierra marcada por las masacres y habitada por huérfanos asesinos.

—Su machete —pidió Papá Fidel al vigilante—. Y aflójele el collar, pa que pueda moverse.

El muchacho soltó las ligaduras del preso sabiendo que esto debía terminar así. Sacó su machete y lo entregó a Papá Fidel. El collar de cuerda cayó al piso enroscándose como una culebra.

—Piedá, sumercé… Por vida suyita.

—Muéstreme.

El preso parpadeó desconcertado.

—¿Es sordo? Le estoy diciendo que me muestre cómo hizo.

Y le ofreció el machete al preso. Después, Papá Fidel habló con voz suave, casi con amabilidad.

—¿Cuántos machetazos le dio al alemán? ¿Dónde le pegó el primero? ¿En el cuello o en el brazo?

El preso no supo qué decir. En su temblor había algo oscuro que producía asco.

—Si venía a robar, ¿por qué abusó de la mujer?

—Yo no soy ladrón, ni ultrajé a naiden, sumercé. Se lo juro por el Dios que nos ve. Por la Santísima Virgen y mi madrecita.

—No metamos a las putas en este negocio. Hable y se va.

El preso quiso creer, pero no pudo. Supo que seguía vivo porque no había abierto la boca y que apenas lo hiciera sería el final. Esquivó el mango del machete que Papá Fidel le ofrecía, se arrodilló y juntó las manos.

—Yo no hice nada, patrón. Yo iba de paso pa lomas de Ubalá. Es la verdá, sumercé… La puritica verdá…

La verdad. Dos noches antes una sombra entró a la hacienda y los perros no ladraron. El alemán guardaba la plata en unas alforjas al pie de su cama. Subiendo la escalera, el ladrón debió hacer ruido o quizás los perros recordaron para qué servían. La pareja despertó, el alemán salió al corredor con el revólver y Elvira escondió al niño entre la canasta de la ropa. Gunther caminó por el zaguán, tal vez amenazó a la oscuridad en su idioma, pero nadie contestó. El alemán atravesó el segundo piso hasta llegar a la escalera, donde la sombra le cayó encima, y lo que pasó después quedó estampado en las paredes y lo vieron los que entraron tarde al rescate. Manchas rojas, cuerpos hechos pedazos, un bebé que nunca lloró.

Fue así o muy parecido, pensó Papá Fidel con cansancio, pero ¿este desgraciado que encontraron escondido en el monte era el responsable de la masacre? O como insistía, ¿solo era un montañero de Ubalá víctima de una mala hora? El gamonal no quería atropellar a un inocente, pero tampoco iba a permitir que el indio se fuera de este mundo sin confesar. El asesino —si era él— tuvo cómplices que lo ayudaron a meterse en una casa ajena a las dos de la mañana y ellos también debían pagar. Miró al preso, trató de leer su rostro ensangrentado y solo pudo ver temor.

—Deje el miedo.

El preso reaccionó. ¿Miedo él? Primero muerto. Podía estar muy jodido, arrinconado y sin esperanza, pero seguía siendo un macho. La muerte no tiene favoritos y se ríe de todas las fortunas. Pensando en eso, se levantó, tomó el arma y comprobó el filo con su dedo. Después se quedó muy quieto, mirando con el rabo del ojo al gamonal que no retrocedía ni se ponía en guardia y solo permanecía ahí, con el bordón de guayacán apoyado en su hombro, como si su ruana oscura lo blindara contra cualquier ataque. Vamos a ver, decidió el indio y lanzó el golpe a traición. La hoja brilló y descendió sobre el cuello de Papá Fidel como un relámpago. Papá Fidel dio un paso atrás, la vara de guayacán saltó y chocó con el metal, haciendo que el filo resbalara sobre la madera y rebotara en las lajas del piso, sacando un par de chispas inofensivas. El preso perdió el equilibrio, abrió el compás de sus piernas para no caer y se afirmó levantando el machete, pero antes de que descargara un nuevo golpe, se encontró con la punta del bordón que se estrelló contra su frente como un taco de billar, dejándolo mareado y sin respuesta.

La mano del indio se aflojó y el machete cayó al piso.

Entonces, Papá Fidel tuvo un veredicto: fue él, el traidor que llevaba un día resistiendo golpes y reclamando su inocencia. Un infeliz que no fue capaz de encontrar la plata en las alforjas o al niño oculto en el canasto de ropa y que solo tuvo tiempo para destazar al alemán, aprovecharse de Elvira, matarla y huir, como está pensando hacer en este momento. Con la amargura de confirmar que no pudo proteger a su familia, el gamonal tomó impulso y golpeó la rodilla del asesino con el bordón sujeto con ambas manos. El garrotazo fue devastador, la rótula crujió como un huevo roto, la articulación del fémur quedó expuesta y el tipo, que no volvería a caminar sin ayuda, se derrumbó como un árbol vencido por un hacha.

—Córtenle las manos y cápenlo.

Por ladrón, por violador, por hijueputa. Una sentencia justa y después ya se verá. Si no delata a sus cómplices cuando le estén bajando las pelotas, será porque actuó solo. Eso pensó Papá Fidel y pensó mal.

El muchacho que vigilaba al preso lanzó un chiflido. El patio se fue llenando de hombres silenciosos y obedientes que rodearon al caído, que se quejaba.

Indiferente, el patriarca caminó hacia su caballo, un alazán tostado que brillaba con el sol como si su piel fuera un espejo donde se reflejaba la luz roja de la madrugada. El caballo caracoleó mientras el muchacho que sostenía su cabestro se veía comprometido para aguantarlo. Con el oficio de años dominando bestias, Papá Fidel puso un pie en el estribo y subió, instalándose en la silla como en un trono. Templó las riendas y sin una palabra fue calmando al padrote, que relinchaba soltando espuma por los belfos. Por la escalera descendió una mujer de pañolón negro que cargaba un pequeño bulto.

—La cobija sobra.

—Es un recién nacido.

—Es un macho.

La mujer no estaba de acuerdo, pero obedeció. Desenvolvió al niño y lo alzó hasta los brazos del patrón, recelosa de las patas del caballo. El gamonal recibió al huérfano y lo arropó entre los pliegues de su ruana, mientras la bestia golpeaba con sus herraduras las lajas del patio.

—Cuidado con la cabeza.

—Deje la jodencia, Tránsito. No es el primer chino que cargo.

—Pero este es ajeno.

Era verdad. Papá Fidel tenía docenas de hijos, pero solo un sobrino. El gamonal miró al niño tratando de descubrir el rostro de su hermana. No vio los ojos negros de la única mujer que amó en su vida, ni su sonrisa llena de esplendor, y tampoco reconoció los ojos azules, ni los labios delgados, ni las orejas largas del alemán. Mitad colombiano, mitad europeo, sin tomar partido entre blancos e indios, este chino se parecía a él mismo, es decir, a nadie.

Un mico cabezón.

Su ahijado, lo único que le quedaba de Elvira y al que jura convertir en un hombre. Le enseñará a mandar, a conocer este país de mañosos, a no confiar en nadie. A este no le madrugarán como al taita, la sombra que le caiga encima encontrará un macho capaz de enfrentarla.

Papá Fidel hundió los talones, el caballo saltó hacia adelante y arrancó con un paso fino, lleno de garbo. En su lomo, ni el hombre ni el niño se movieron. Dueños del mundo, flotando sobre el campo de cebada como si viajaran en una alfombra mágica, partieron hacia la montaña que separó sus piernas verdes para recibirlos. Iban a Bogotá, por el camino de Guadalupe.

—Pobre angelito —dijo la mujer, preparándose a seguirlos.

* * *

Centro de Bogotá, Café Winsor, 3:30 p. m.

Veinte años después, unos bogotanos hacen tertulia en un local de ventanas estrechas, flanqueados por un cartel de cigarrillos Pielroja y otro de Cerveza La Pola. Beben pequeños sorbos de un café ligero y aromático que llaman “tinto”, o una mezcla de ese mismo café rebajada con leche a la que llaman “perico”. Fuman sin reposo y tratan de verse como Clark Gable. Lucen trajes de paño oscuro, sombreros Borsalino y la infaltable corbata. Camisas planchadas con ferocidad, con los cuellos y los puños endurecidos por el almidón. Bigotes bien cortados, pantalones amarrados con correas de cuero encima del ombligo, pelos peinados hacia atrás con brillantina olorosa a pino silvestre.

Son jóvenes, pero parecen viejos.

Se autodenominan “cachacos” y califican de “ala” y “mi rey” a sus interlocutores. Un combo que vive de las rentas de los pantanos que rodean la ciudad, de tímidos negocios en perpetua decadencia o de la nómina oficial, donde una carta de recomendación consigue un destino. Obsesionados con una riqueza que no poseen, señoritos que pretenden ser cultos porque leen periódicos extranjeros con dos semanas de atraso. Los habitantes distinguidos de una aldea que un ciego llamó “la Atenas Suramericana”.

El tema de hoy es el mismo de siempre: la política. Política que tiene ahora un toque internacional. Inquietos por la presencia de agentes secretos alemanes y norteamericanos en una ciudad que nadie visita, los bogotanos descubrieron que están conectados con el planeta. Lo que sucede en las riberas del Vístula o en las playas de Dunquerque afecta sus vidas provincianas.

—Hitler se tragó a Polonia en una semana —dice uno que usa un sombrero tirolés verde y un chaleco a cuadros que le dan un aire de alemán de circo—. Después vinieron la invasión a Bélgica, la derrota de Francia y adiós, ala. Al Führer solo le falta Inglaterra y será dueño de Europa.

Después de establecer su punto de vista, el cachaco del sombrero tirolés concede una mirada majestuosa a sus interlocutores y bebe un sorbo de tinto. Ahí tienen, dice sin decirlo, tengan cuidado porque acabo de tirarles encima una tonelada de sabiduría que puede aplastarlos.

—Mmmm… —duda otro que lleva una camisa demasiado usada y una corbata roja que brilla como una hoguera—. Hitler es Hitler, pero primero tiene que cruzar el canal de la Mancha.

—Lo cruzará y Churchill dará sus discursos en alemán.

—Está por verse. Inglaterra tiene a la Royal Navy —insiste el de la corbata roja, halando las mangas de su chaqueta hacia abajo para ocultar que tiene los puños de la camisa raídos.

Los cachacos lo piensan. El hombre de la camisa vieja dijo rouyal neivi con acento british, buscando autoridad. Pero no puede tenerla porque es José Fidel Pirateque, un joven abogado que deambula con sus cuellos gastados y su corbata encendida por los juzgados de la calle 19. No es gente bien, le faltan apellido, clase y plata. Los cachacos sonríen esperando que alguien le recuerde a José Fidel que no es bachiller de Eton y que se graduó en un colegio criollo donde los profesores aprendieron inglés en Facatativá.

—El Imperio británico murió —afirma el del sombrero tirolés, quitando una mota imaginaria de su ostentoso chaleco—. La Primera Guerra Mundial fue su entierro.

—Inglaterra ganó la Gran Guerra —corrige José Fidel.

—Una victoria pírrica —afirma con desprecio el del sombrero tirolés, al que su cabello rubio delata como miembro de la raza superior que da las órdenes en Colombia hace siglos. Se llama Andrés Felipe Holguín, alias el Mono Holguín, es militante del Partido Conservador e hijo de un próspero importador de licores, y mira a José Fidel con frialdad. ¿Cómo es posible que este indio se atreva a contradecirlo? ¿Acaso quién es? ¿Olvidó que es hijo natural de un contrabandista? Eso se gana con la democracia, ala: que los que hacen plata al margen de la ley cuestionen los privilegios de sangre.

—¿Sabe quién fue Pirro? —desafía el Mono Holguín.

Silencio. Los que están sentados al lado de José Fidel se apartan para no contaminarse. Entre otras cosas porque José Fidel Pirateque no es conservador como ellos, ni siquiera es liberal, o al menos no es un liberal de buena familia. Solo es el ayudante de Jorge Eliécer Gaitán, ese alborotador de la indiamenta que fue alcalde de Bogotá y ministro de Educación y fracasó en los dos cargos. Gaitán, un comunista que quiere la jefatura del liberalismo para ser candidato a la presidencia. Dios nos libre.

—Pirro era un general que ganaba sus batallas perdiéndolas —contesta José Fidel con voz insegura.

—Al revés, mi rey —corrige el Mono—. Pirro perdía sus batallas ganándolas.

Un coro de risas recorre la mesa. No se están riendo de Pirro, advierte José Fidel. Es de mí, se burlan de mí, como siempre.

Viendo a su rival en el polvo, el Mono opta por ser magnánimo. No se trata de cebarme con este infeliz. Eso sería de mal gusto, ala. Por gaitanista que sea, recibió su lección y puedo seguir adelante.

—Hitler no es un villano —señala el Mono Holguín, ignorando a José Fidel con un gesto aristocrático—. Hitler es el canciller de una república europea muy respetable.

—Ese es el punto —repite Evaristo Sanclemente, el mejor amigo del Mono.

—El punto es quién se va a enriquecer —dice alguien que acaba de llegar.

Es un joven de nariz recta, pómulos altos y mentón lleno de carácter. Su piel morena revela una vida al aire libre, donde el sol sabanero lo ha bronceado más de lo que conviene. Lleva un vestido de paño ligero color arena, lo que es un escándalo en esta comunidad donde reinan el negro, el gris y el café oscuro. El atrevimiento sigue con la ausencia de corbata y un cabello negro y sin brillantina, más largo de lo que manda la decencia. Un indio igualado que observa a los contertulios desde sus uno ochenta de estatura con mirada contradictoria: un ojo azul y el otro negro. Se llama Alejandro Brennen y le dicen el Alemán.

—Esa es la pregunta —insiste acercando una silla—: ¿quién hará plata, mientras los pobres se matan en el frente?

El Mono Holguín trata de decir algo, pero lo piensa mejor y calla. José Fidel Pirateque está abochornado. Es posible que su primo tenga razón, pero esas cosas no se dicen.

—Alejandro, por favor… —ruega—. Compórtese.

—Es lo que estoy haciendo —dice él, sonriendo con una frialdad que resalta el color disparejo de sus ojos. El azul brilla como un zafiro, el negro es un carbón donde mueren todas las luces—. Permiso, caballeros —solicita, y sin esperar aprobación se sienta.

Los contertulios se incomodan, pero disimulan. Alejandro Brennen es de los suyos y no lo es. Mitad colombiano, mitad alemán, estudió en el mejor colegio de Bogotá y tiene una legión de admiradoras que hacen cola para bailar con él en las fiestas de la gente decente. Pero también es sobrino de un contrabandista de licores al que llaman Papá Fidel, el mismo delincuente del que es hijo natural el abogado tímido de la corbata roja. O sea que es primo de José Fidel Pirateque y socialmente deja dudas. Políticamente también es confuso: no apoya al gobierno liberal, no le ve futuro al populismo de Gaitán y se burla de las tesis falangistas de Victoriano Duque, el líder conservador. Con un pie en el cielo y otro en el infierno, tan buen jugador de golf como de tejo, Brennen se mueve con la misma propiedad en una chichería que en un salón de la high class, aunque en los salones de la high lo admitan con reserva.

Un muchacho con ruana blanca aparece en el fondo del local. Brennen le hace una seña.

—Venga, primo —invita—. Estamos en confianza.

El enruanado se quita un sombrero de alas muy anchas y llega hasta la mesa.

—Les presento a mi primo Vicente Pirateque —dice Alejandro con una sonrisa.

—Otro primo. Otro Pirateque —dice el Mono, mirando a José Fidel con desprecio.

José Fidel pasa al sonrojo. Al fin y al cabo, el Mono tiene razón: Papá Fidel es un reproductor legendario. José Fidel y Vicente son hijos del mismo padre, pero de distintas madres, como otras docenas de Pirateques que viven en las estribaciones del cerro de Monserrate donde trabajan en la destilación de aguardiente. Qué vergüenza. ¿Hasta cuándo tendrá que arrastrar la maldición de un origen ilegítimo? José Fidel sigue con el rostro encarnado y se siente pequeño, sudoroso, fuera de lugar.

Vicente Pirateque también siente la humillación, pero reacciona distinto. Es un contrabandista, pero eso no justifica que un señorito lo trate como una mierda. Levanta la cara con resentimiento, mientras busca debajo de su ruana blanca el puñal, dispuesto a rajar en dos a este cachaco que no respeta.

Brennen sonríe con tranquilidad.

—Somos manada —aclara—. Yo también soy Pirateque, por parte de madre.

Alejandro dice madre mirando al Mono Holguín a los ojos, desafiándolo a que responda. El Mono pasa de agache y toma un sorbo de tinto.

Vicente Pirateque suelta el mango del puñal que nadie vio. Como no lo invitaron a sentarse, sigue de pie al lado del Alemán. Mira al Mono Holguín y decide que mejor irse antes de que este cachaco culiflojo lo ofenda otra vez y tenga que lavar el insulto con sangre. Levanta lo ...