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EL JEFE

Luis González  

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Fragmento

Centro de Bogotá, Teatro Municipal, 8:00 p. m.

—¿Qué es un país? —pregunta Gaitán.

El público espera la respuesta y Gaitán eleva los brazos hacia el domo del teatro como un sacerdote que convoca una fuerza superior. La multitud tiembla y un murmullo se arrastra como un animal insatisfecho que trata de caminar en dos patas.

Gaitán baja los brazos, con las palmas de las manos abiertas y el gesto autoritario de Moisés aplacando el mar Rojo. Todos callan como si les hubieran cosido los labios. En silencio, el Jefe echa su cabeza hacia adelante y el pelo le cubre la cara. Detrás de su cabello lacio cubierto de brillantina unos ojos indígenas relampaguean y una boca entreabierta deja asomar unos dientes muy blancos.

El silencio sigue, pero las molduras del techo se agitan con las sombras de los asistentes y el cortinaje se mueve como si estuviera vivo.

—Un país no es una geografía —aclara Gaitán con una voz impostada de tenor que penetra hasta las últimas filas, donde se agita un mar de sombreros de fieltro y corroscas de paja—. Un país no es un paisaje —repite—, no es un río caudaloso, ni una montaña magnífica, ni una ciudad enorme. Un país no es un cielo donde vuelan aves de todos los colores. No. Ese es apenas el decorado, unas imágenes bonitas que solo podemos mirar, pero no tocar, porque pertenecen a otros.

Gaitán saca una conclusión.

—¡Vivimos en una finca ajena!

Alguien no se aguanta y rompe a aplaudir. La ovación crece, pero es detenida en seco por las manos del orador. La multitud queda quieta, como una barca con las velas flojas.

—Nos enseñaron que la patria era esta tierra que está en manos de unos privilegiados. Y lo creímos. Creímos en esta mentira que solo ha servido para matarnos entre liberales y conservadores, mientras los líderes de esos dos partidos disfrutan de las haciendas que riegan con nuestra sangre.

El orador toma aire y se impulsa. Lo que sigue es una revelación.

—¡Pero mamola! ¡La patria somos nosotros! ¡Un país es su gente!

Los tendones brotan del cuello de Gaitán, su voz sube mientras dice que Colombia es el niño que va a la escuela sin zapatos, el artesano que fabrica artículos que nadie compra, el campesino que espera una lluvia que no podrá redimirlo, la mujer que se inclina ante un fogón preparando una comida escasa. Ese es el país, dice y repite el Jefe, eso somos: nuestros brazos y nuestras ilusiones, lo que debemos rescatar de la miseria.

Parado en un corredor, aprisionado por los cuerpos olorosos a mugre de los asistentes al Teatro Municipal, Alejandro Brennen se permite un gesto de escepticismo. Los viernes culturales de Gaitán le parecen aburridos. Lo que el orador grita no es nuevo, Alejandro ya lo ha leído en los panfletos que distribuye el Partido Comunista: el pueblo unido marchando heroico hacia la liberación. Un sueño que justifica los crímenes de Stalin y —quién lo hubiera dicho— los delirios de Hitler y Mussolini. Dictadores de izquierda y derecha que se igualan en su tarea de exterminio.

En el teatro hay sillas, pero nadie está sentado y en los corredores se hacina una legión de pobres que compiten por cada centímetro. Alejandro empuja a un enruanado que acaba de pisarlo.

—¡Uste! —protesta el enruanado y lo mira con odio.

Alejandro lo contempla con serenidad. Para convertirse en asesino, un feligrés de Gaitán solo necesita una totuma de chicha y una provocación. La provocación ya la tiene y la chicha es norma después de las seis de la tarde. Así que pasará lo que tenga que pasar. El hombre lo mira esquineado, mientras escarba debajo de su ruana buscando el cuchillo. José Fidel Pirateque, primo de Alejandro Brennen, se atraviesa.

—Alto ahí, compañero —dice José Fidel con voz angustiada—. Somos copartidarios.

El enruanado parpadea sin creer que Alejandro pueda ser gaitanista. Lo examina de pies a cabeza y concluye que este señorito vestido de paño inglés y calzado con zapatos Cuatro Coronas tiene pinta de rico malparido. Por lo tanto, le caben un par de puñaladas. Los dedos de uñas rotas del pobre sujetan el mango de su cuchillo marranero, pero José Fidel sigue atravesado y el hombre vacila mientras sus párpados chocan con torpeza y su cerebro produce unas sinapsis moribundas. Pataleando entre espesos vapores de maíz fermentado, el recuerdo toma forma en la mente del borracho. Sí, admite sin soltar su cuchillo, a este metiche que estorba pidiendo paz lo conoce, lo ha visto en otros viernes culturales con esa misma corbata roja. Es José Fidel Pirateque, el secretario de Gaitán, y uno no puede pasar por encima del secretario de Gaitán para sacarle las tripas a un hijueputa. ¿O sí? El enruanado parpadea buscando despejarse y solo logra que el alcohol inunde su cerebro por completo. Ahora es un pellejo ciego que quiere demostrar su hombría. Alimentada por la chicha, la rabia sigue su marcha. A ninguna hembra se le niega un polvo, a ningún macho se le niega una muerte. A la mierda todo, que corra la sangre.

—Por favor, compañero —insiste José Fidel—. El Jefe está hablando —y señala el escenario con reverencia.

El argumento no convence al enruanado y queda claro que Alejandro está a punto de matarse con alguien que se sentirá redimido al jugarse lo único que tiene. Nada raro. Un colombiano se crece ante la muerte porque solo en ese trance es igual a los demás. Alejandro sonríe con amargura y piensa que lidiar con estos suicidas es su destino. Al fin y al cabo, él no es distinto. Creció en la violencia, ha visto morir a varios, es huérfano y sabe, como sabe esa mayoría que Gaitán llama país, que la vida no justifica muchas preguntas. El enruanado sigue con la mano metida debajo de la ruana. Alejandro toma una decisión.

—Guardemos la sangre pa matar godos —dice, dejando ver el revólver que lleva a la cintura.

El enruanado parpadea.

—Compañero, recapacite —ruega José Fidel—. Somos de los mismos.

El enruanado levanta unos ojos turbios, pasando del odio al desprecio. No se siente compañero de un rico malparido. La palabra para nombrarlo brota fácil, con la fuerza de un madrazo.

—Oligarca.

Después escupe en el suelo, salpica con un gargajo pegajoso los Cuatro Coronas de Alejandro y se pierde en la multitud. José Fidel suspira aliviado.

—Un día de estos se va a meter en un problema.

—Tranquilo. No pasó nada.

José Fidel piensa en contestar, pero Gaitán vuelve a capturarlo con su discurso. Ahora el Jefe habla de unos humillados a los que explotan y mantienen en la ignorancia. Maestros de escuela que se mueren de hambre, enfermeras que trabajan en hospitales que se caen a pedazos, mineros perdidos en socavones sin seguridad, obreros que levantan puentes destinados a caerse porque el contratista se robó los materiales. Todos ellos deben unirse, ordena Gaitán, unirse y caminar juntos hacia una aurora de dignidad que se llama futuro.

La multitud aplaude deslumbrada por la aurora de dignidad, hipnotizados por ese futuro que necesitan y creen merecer. El escepticismo de Alejandro crece. Mañana iremos al cielo, ja, ja. Increíble que la promesa de un paraíso siga convocando una recua de creyentes. ¿Pero qué se puede esperar de un pueblo ignorante? Que se arrope con las tinieblas de la religión. Poco importa que el Sumo Sacerdote se llame Pío XII o Jorge Eliécer Gaitán.

Sin embargo, a pesar de su insolencia atea, la fe amenaza a Alejandro. Tal vez sí hay una esperanza, acepta a regañadientes, ¿por qué no? Lo que los optimistas llaman realidad es tan incierto que de pronto existen los milagros y no todo está perdido. Tal vez Gaitán pueda unir a sus partidarios y llevarlos a un destino superior donde la vida justifique un par de preguntas. En Colombia todo es posible porque nada es firme, no hay garantía siquiera de que el futuro sea un desastre peor que el presente.

—El mañana es nuestro —asegura Gaitán. Y la multitud delira.

Alejandro mira al escenario y se pregunta por qué estos fanáticos están dispuestos a morir por su líder, mientras ignoran a los comunistas que ofrecen metas más terrenales. Mientras Gaitán habla de un vago mañana poblado de metáforas, los comunistas prometen parcelas para los campesinos, trabajos bien pagados, educación gratuita. Y sin embargo, el que llena las plazas es el Jefe, el caudillo, el negro Gaitán, el dios de los desesp

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