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EL úLTIMO CASO DEL DOCTOR RUSSI

Javier Riveros  

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Fragmento

1. Horrores cotidianos

Los quejidos del tablado anunciaron que Montejo se acercaba. En el rectángulo de la puerta vi aparecer una barriga que ponía a prueba los botones de la camisa y exigía más allá de lo razonable a la elasticidad de los tirantes.

—¿A qué se dedica la cabeza más brillante de Santafé? —me saludó.

Antes que un halago, era una burla sobre mi calvicie. Una más. Podría hacer la antología de chanzas y ofensas para calvos, desde el Antiguo Testamento hasta nuestros días. Lo cierto es que yo también notaba cada vez menos pelo en las partes donde había comenzado a caerse.

—Intento terminar el artículo que agotará la edición de mañana, peso pesado de los diarios capitalinos —le respondí con ironía.

Montejo esbozó una sonrisa que le remarcó la papada.

—Ya veremos qué tal lo toma la gente. Es un asunto muy feo, Matute.

—Por eso mismo, señor. El papel lo venden los criminales, aunque los políticos ocupen más páginas.

La visita del director era inusual y tuve que despejar la silla al otro lado del escritorio. Amontoné los periódicos viejos junto a otras dos columnas que habían crecido día tras día, como enredaderas de hojas amarillas. Arruiné el pañuelo limpiando el polvo del espaldar, los brazos y el asiento. Volví a sentarme, pero Montejo siguió de pie.

—Hay una parte de la historia que no me queda clara —dijo con un tono que intentaba sonar indiferente—. ¿Cómo hizo la mujer para emparedar a la sirvienta?

—Usó ladrillos de adobe que sobraron de unos arreglos en la casa principal.

—¿Y la sirvienta se dejó enterrar viva, sin hacer nada?

—Imagino que hubiera querido gritar y patalear, pero con cuerdas y mordaza no es posible.

Montejo se quedó callado. Miró la silla, pasó los pulgares detrás de los tirantes y prefirió seguir de pie.

—¿Quiere saber algo más? —pregunté.

—A decir verdad, me gustaría escuchar la historia completa. El Santafereño nunca publicó algo tan escabroso.

Los veintisiete campanarios de la ciudad tocaron a muerto con el tañido metálico y lúgubre de las seis de la noche. Los faroles rojos de las casas alegres comenzarían a encenderse, igual que los velones para rezar el rosario en las casas de la gente bien. Respiré como si tomara una bocanada de paciencia y avivé la vieja lámpara de aceite del escritorio. La sombra del director quedó flotando en la habitación, como un globo.

—La información —le dije— me llegó por Mendieta.

En la madrugada volvía de patrullar la salida de San Cristóbal, al mando de un escuadrón que se detuvo en el río Fucha a calmar la sed y descansar las piernas. Uno de los soldados se apartó para orinar en un árbol cercano a la casa del mayordomo de la Quinta de Ramos y no tuvo tiempo de desenfundar, porque oyó los lamentos terroríficos de un espectro. Salió corriendo y alcanzó al grupo con los pantalones mojados.

Luego de someterlo a las burlas y el escarnio, el teniente Mendieta ordenó a cuatro de sus hombres entrar a la casa y averiguar el origen de los lamentos. Emprendieron la tarea con más pesar que valentía y en la puerta se toparon con una mujer rolliza que intentó oponer resistencia. Primero con una coquetería maltrecha, luego con una escoba, y después, cuando un soldado alargó el brazo para apartarla de la entrada, le mordió la mano como una perra rabiosa. Otro soldado le asestó un golpe con la culata de la escopeta que la dejó tirada en el piso, con un trozo de piel colgando entre los labios ensangrentados.

Requisaron la casa, una ratonera fétida y oscura, y en la última habitación encontraron una cortina que tapaba la pared del fondo. Mendieta hizo llevar una antorcha y al correr la tela vieron una mano que sobresalía por un estrecho orificio de la pared, puros huesos forrados por piel delgada y reseca como pergamino.

—¿Pero qué sentido tiene emparedar a alguien y dejar un agujero? —interrumpió el director.

—Quería mantenerla con vi

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