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EL NOBEL

Vicky Dávila  

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Fragmento

Introducción

Llevo ocho años observando atenta la gestión del presidente Juan Manuel Santos y no deja de impactarme, pues en teoría debería ser el presidente más popular de la historia reciente de Colombia.

Santos llegó a la Casa de Nariño en 2010 con la mayor votación en una contienda electoral: nueve millones de colombianos dieron su voto para elegirlo.

El apoyo del Álvaro Uribe fue definitivo; de lo contrario, Santos no habría sido presidente. Lo reconocen sus amigos y sus enemigos políticos.

En su primer año de gobierno, dio de baja al máximo jefe de las Farc, “Alfonso Cano”, y tras años de negociación desarmó al grupo terrorista y lo convirtió en un partido político. Santos además se quedó con uno de los galardones más apreciados en el mundo: el Premio Nobel de la Paz. Entonces, ¿qué fue lo que pasó?, ¿qué hizo mal Juan Manuel Santos?

Valía la pena indagar. Pronto empecé a tener respuestas en medio de la reportería que me llevó a escuchar durante varios meses toda clase de opiniones y teorías sobre Santos y sus dos gobiernos, sus luchas, aciertos y desaciertos: candidatos presidenciales, expresidentes y exministros aceptaron el reto.

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Su personalidad y su forma de hacer política sin duda se convirtieron en un gran obstáculo para que Santos pudiese ganarse el afecto de los colombianos. Aunque su cambio constante de opinión sobre las políticas de Estado le creó fama de ser un mandatario incoherente, su filosofía quedó enmarcada en esta frase que él mismo pronunció: “Solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”.

La pelea que casó con Uribe alimentó en el colectivo una imagen de un Santos desleal. El país se dividió y su mentor político se convirtió en su mayor opositor, que no desaprovechó oportunidad para criticarlo: “Santos olvida que debería estar en la cárcel por soborno de Odebrecht”, escribía el expresidente en Twitter hace apenas unas semanas.

El histórico, pero polémico, proceso de paz con las Farc le salió caro a Santos. Su golpeado capital político quedó pulverizado.

Los beneficios a los jefes guerrilleros que pudieron empezar sus campañas políticas sin pasar por la justicia especial exacerbaron el rechazo al acuerdo de La Habana en un sector liderado especialmente por el expresidente Uribe.

Santos se eligió con la derecha y la seguridad democrática y se reeligió con la izquierda y el proceso de paz con las Farc; esa jugada política le hizo perder la confianza entre quienes lo eligieron por primera vez.

La llamada “mermelada”, las decisiones económicas que afectaron a los colombianos más pobres y a los empresarios, su relación con Venezuela y Cuba y los escándalos de corrupción, en especial el de los sobornos y la financiación de las campañas presidenciales por parte de Odebrecht, fueron determinantes en el deterioro de la imagen de Santos.

Al final el lector encontrará en este trabajo mil razones más para entender qué fue lo que pasó con el presidente Juan Manuel Santos, por qué se volvió tan impopular. Estoy segura de que cada uno tiene sus propios motivos, para bien o para mal.

El problema no es si la opinión pública fue justa o injusta con el presidente Juan Manuel Santos. El problema es que su impopularidad y su falta de conexión con la gente afectaron lo que buscó hacer en su gobierno.

Su única esperanza es la historia.

Santos empezó a despedirse muy pronto con la incertidumbre de qué pasará con su legado, sin escuderos, dejando atrás un país polarizado, lleno de odios y resentimientos, aunque afortunadamente con menos muertos por parte de las Farc. Un país muy diferente al que recibió.

El 15 de febrero de 2018 le escribió una carta a su sucesor hablando de sus logros. No hay que leerla toda para comprender que el presidente se va dolido y popularmente derrotado. Seguramente en el mundo le lloverán aplausos. En Colombia serán escasos, por lo menos por ahora.

“Ser presidente en el mundo de hoy es cada vez más difícil. La polarización, el triunfo —ojalá temporal— de las emociones sobre los argumentos, la inmediatez de las redes sociales, la rapidez con que cambia la tecnología, impone ritmos cada vez más exigentes y presenta nuevos desafíos en el diálogo con el ciudadano. Hoy hay que trabajar mucho más.

”En mi caso, lo he hecho con verdadera pasión y plena convicción (solo así se resiste tanto palo), siempre pensando en lo mejor para Colombia. Ha sido duro. Pueda ser que le toque una oposición más racional y constructiva. Así como he tenido momentos muy difíciles y grandes desilusiones, también he tenido momentos de inmensas satisfacciones. Lo importante es poder decir al final del gobierno que hizo todo lo humanamente posible y que hizo siempre lo que consideró correcto, así fuera impopular. Ojalá pueda también decir que no arrasó con lo que encontró, sino que construyó sobre lo que consideró que estaba bien construido, que no se dejó llevar por el complejo de Adán. Y que deja un país mejor del que encontró.

”Tenga la absoluta seguridad que no voy a interferir para nada en su trabajo. Yo ya tuve el inmenso privilegio de gobernar durante ocho años. Ahora es su turno. Si me necesita, ahí estaré. Le deseo los mayores éxitos. Su éxito será el éxito de todos nosotros, de toda Colombia.”

Santos será recordado como el presidente perseverante que desarmó a las Farc, pero también como el político oportunista y desleal que traicionó a su mentor político y a parte de su electorado.

Quedé con la frustración de no poder entrevistar al presidente Juan Manuel Santos para este libro. Aunque durante meses hice muchos intentos y le envié mil mensajes con miembros de su gobierno para que entendiera la importancia de tener su versión, no lo logré. Al final mis peticiones formales con sus asesores de comunicaciones tampoco tuvieron éxito. El presidente no quiso.

El ojo por donde mira la historia

Prólogo de Juan Gossaín

Cuando la prensa es libre puede

ser buena o mala; pero sin

libertad, la prensa solo será

mala. (Albert Camus)

Sentado en mi escritorio, con el mar al otro lado de la ventana, me pongo a ojear y hojear los originales de este libro que me envía Vicky Dávila. De manera que van desfilando ante mis ojos los años más recientes de la historia de Colombia, con todos sus matices, sus alteraciones, sus conflictos.

Carlos Marx decía que la historia tiende a repetirse, unas veces como tragedia y otras veces como comedia. Colombia es una demostración palpable de esa afirmación. Cuando no estamos en una trifulca se oyen en el teatro las carcajadas de lo tragicómico.

Pero entre los actores que se mueven en el escenario, y el público que vocifera en las butacas del auditorio, están situados los periodistas. Ya se ha dicho mil veces que el periodismo es el notario de la historia. Yo mismo suelo repetir que la prensa es el ojo por donde miran los historiadores. De ese tamaño descomunal es su responsabilidad con el presente y el futuro.

No les quepa a ustedes la menor duda: cuando los historiadores del mañana se dediquen a desentrañar cómo era la vida en nuestra época, y qué fue lo que pasó en los agitados ocho años que van del 2010 al 2018, acudirán primero que todo al archivo de los periódicos, a las grabaciones de la radio, a los videos de la televisión. Por eso es tan valioso que queden registrados con veracidad y espíritu riguroso los testimonios contemporáneos.

Pocas veces en la historia reciente de Colombia hemos vivido una época más agitada, convulsa, confusa y furiosa que este período. El país se nos puso iracundo. Las redes sociales se volvieron depósito interminable de mentiras y manipulaciones. Ya la gente no habla, sino que grita. Pero los optimistas, que por fortuna son incorregibles, sostienen que nunca es más oscura la noche que cuando ya está a punto de amanecer.

En medio de esas refriegas estaban los dos protagonistas fundamentales de este drama griego a la colombiana: Juan Manuel Santos, el presidente de la República, y Álvaro Uribe Vélez, el expresidente.

Yo, que fui su compañero de trabajo y de correndillas en el periodismo radial, puedo dar fe del cuidado profesional que Vicky Dávila pone en su tarea de reportera, del celo con que la hace, del cuidado con que trabaja.

Por eso, es aquí, en estas páginas, donde he podido encontrar, por fin, la explicación verídica a la pregunta que los colombianos nos hemos hecho sin descanso en estos tiempos: ¿qué fue, verdaderamente, lo que provocó la ruptura de Uribe con su antiguo protegido político y ministro de Defensa? Aquí están las respuestas más confiables.

Aunque esta obra reconoce méritos y señala desatinos de Juan Manuel Santos, lo más probable es que muchos lectores no compartan las afirmaciones de su autora. Esas discrepancias constituyen el derecho a estar en desacuerdo. Eso me permite recordar uno de los episodios más admirables de la historia humana. Se lo atribuyen a Voltaire, el gran pensador francés.

Diderot, que era su compañero enciclopedista y su mejor amigo, le dio a leer un escrito original a Voltaire, quien le respondió en una carta: “No comparto muchas de las cosas que dices, pero daría mi última gota de sangre por defender tu derecho a decirlas”.

De eso se trata, ni más ni menos. De la intocable libertad de opinar, escribir, de expresarse, pero sin olvidar que el compromiso más grande de un reportero auténtico es con la verdad. Como dice aquel proverbio de los periodistas ingleses del siglo XVIII, el comentario es libre, pero la noticia es sagrada. La veracidad de una noticia no se toca ni con el pétalo de una rosa. Para infortunio nuestro, no es eso lo que hemos venido viendo los colombianos en los últimos tiempos. Me duele tener que reconocerlo.

Por mi parte, eso es todo. Dispóngase usted a ingresar en el mundo que lo espera al otro lado de esta página. Y que le vaya bien en ese viaje. Pero antes, le aconsejo que se ajuste el cinturón de seguridad.

CAPÍTULO 1
El jugador

Un hijo de los círculos de poder, hoy, inmensamente solo, con pocos aliados, sin escuderos, calculador, frío en la adversidad, obstinado en sus causas, pausado, pragmático, con poco apego a las lealtades y muy estratégico, ese es Juan Manuel Santos, el impopular, el político, el nobel de la Paz.

Definirlo tras su larga carrera pública sin que medie algún sentimiento es casi imposible, pero atractivo. Muchos lo critican, pocos lo apoyan, algunos lo hacen por conveniencia o interés y estoy segura de que en política es complejo encontrar a quienes lo aprecien de verdad.

El presidente paradoja, el de la paz con las Farc y la guerra con Álvaro Uribe… Su falta de carisma es una característica que enmarca su gestión; una prueba de ello es que, a pesar de todo su poder, Santos no logró que el “santismo” naciera como un movimiento ideológico para futuras generaciones, su legado parece diluirse en sus problemas de favorabilidad, que siempre estuvieron como un fantasma acompañándolo en todos los momentos de sus dos gobiernos.

Tal vez por eso muchas veces el país escuchó a un Santos resignado ante su escaso capital político, apelando a los reconocimientos que espera le haga la historia, que en todo caso tendrá que darle su lugar como el presidente colombiano que desarmó a las Farc.

Nunca tuvo alfiles que se la jugaran por él, mucho menos en los últimos días en el cargo.

Muchos de los que estuvieron a su lado llegaron al Gobierno cultivando aspiraciones políticas personales, como ocurrió con varios de los miembros de su gabinete e incluso con algunos de los hombres fuertes que lo acompañaron en su aventura de paz en La Habana. Ni siquiera tuvieron buen final las historias con sus vicepresidentes.

Angelino Garzón, su primera fórmula, se fue resentido y molesto. Se volvió su crítico, terminó en las toldas uribistas y se dio el lujo de dejarle botada la embajada en Brasil, donde ya le habían dado el beneplácito, alegando que su perro Orión no resistiría el clima. Un tiempo después me confesó que su decisión tuvo que ver con el dolor que le produjo una frase de Santos el día que presentó a Vargas como su compañero de reelección. Santos dijo: “Ahora sí tenemos vicepresidente”.

En el caso de Germán Vargas, su salida del Gobierno también se volvió estruendosa, porque a los pocos meses lució como un opositor más.

Quienes aspiran a sucederlo en el 2018 parecen tener muy claro quién es el presidente Juan Manuel Santos. Indagarlos resultó ser un buen ejercicio para tener una radiografía del Santos político. Desde sus puntos de vista, encontré candidatos en principio muy tímidos, porque, eso sí, Santos tiene fama de ser vengativo, pero al final todos se liberaron del temor por la figura presidencial y terminaron siendo críticos, sin dejar de hacerle algún reconocimiento.

Necesitaba preguntarles a los de la derecha, a los del centro y a los de la izquierda. A sus amigos y a sus enemigos políticos.

¡Durante meses, muchas horas y llamadas, muchos encuentros, tantas esperas y mucho café!

Juan Fernando Cristo, exministro del Interior de Santos, luchaba en esos días por quedarse con la candidatura en el Partido Liberal, y al final sus aspiraciones se esfumaron frente a Humberto de la Calle, en una lánguida y cuestionada consulta liberal.

Nos encontramos en su oficina en una de esas tardes bogotanas muy frías. Le hice alguna broma pesada, le dije que era muy de malas, que le había tocado el lío del proceso 8000 con Samper y ahora el de Odebrecht con Santos. Lo tomó con humor y asintió con la cabeza, mientras sonreía consciente de que le estaba diciendo la verdad.

Vicky Dávila: Cuándo yo le menciono a Juan Manuel Santos, ¿qué se le viene a la cabeza?

Juan Fernando Cristo: Paz. Paz, terquedad, liderazgo para conseguir la paz.

VD: Un candidato con la mayor votación de la historia, que se hace elegir de la mano de un señor tan popular como Uribe, que termina su gobierno con más del 70% de popularidad, ¿qué pasó con ese capital, con esa popularidad?

JFC: Yo diría primero que la impopularidad no es de las dimensiones que los críticos señalan.

VD: ¿Son falsas las encuestas?

JFC: Acabo de ver una última encuesta de 36, 37 puntos. Es que se acuerda que hizo carrera algo hace unos meses que estaba en el 13%, yo nunca creí…

VD: En el 12…

JFC: Me pareció siempre chimbo ese cuento. Yo pienso que de lo que yo he conocido en materia de encuestas y de imagen y de lo que conocía del interior de Palacio y de lo que ha sido tradicionalmente, lo que pasa es que el presidente Uribe era un presidente atípico en materia de encuestas y popularidad… Se nos olvida la popularidad de Gaviria en muchos momentos, de Pastrana, de Samper. Entonces no se puede comparar a Santos con Uribe. Y yo creo que Santos nunca ha bajado del 30%. Yo siempre he dicho: aquí hay un 30% del país que en general está de acuerdo con Santos, otro 30 que está en totalmente en desacuerdo, que es un poco lo que representa Uribe, de la línea radical, y un 30 o 40% que se mueve de acuerdo a las noticias, a los hechos y que algunas veces tiende hacia el lado crítico del Gobierno y otras veces a las Farc. Luego yo creo que ese mito de la inmensa impopularidad de Santos hace parte de…

VD: ¿Es un mito?

JFC: Sí, pues presentar un presidente con el 10% de popularidad, como si fuera Maduro en Venezuela… Ahora le volteo el análisis: que un presidente que hizo la paz y que se ganó el premio Nobel de la Paz deba tener unos niveles de popularidad altos, pues yo creo que sí. Pero al mismo tiempo yo diría que es el mismo proceso de paz, con una oposición que nunca se había visto en la historia de este país, lo que también le ha generado la impopularidad.

* * *

A decir verdad, las cifras de popularidad nunca fueron las mejores aliadas de Santos. Tal vez el primer bajón fue cuando en pleno paro agrario y cuando los noticieros mostraban vías bloqueadas por los cultivadores, enfrentamientos entre los manifestantes y el ESMAD y varios departamentos literalmente incendiados, Santos dijo una frase memorable: “El tal paro no existe”, y la opinión pública se le fue encima y lo castigó, o por lo menos eso reflejaron las encuestas.

Claudia López acababa de ser nominada como candidata presidencial por el Partido Verde, más tarde sería escogida como fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo. Llegó unos minutos tarde a nuestra cita, pero sabía que con ella la entrevista sería jugosa. Estaba acelerada, venía de hacer mil cosas, se sentó frente a mí, con el reto de analizar al Santos político.

Vicky Dávila: ¿Cuáles son las razones de la impopularidad del presidente Santos?

Claudia López: Eso tiene que ver con varias cosas. Una es que ese señor es un extraterrestre: es el colombiano excelso de la élite, de un círculo de poder completamente alejado del colombiano promedio, común, que no tiene nada que ver con el colombiano al que dirige. Juan Manuel Santos no sabe qué es hacer una piñata en su casa con rocolita bailable, y con sancocho, y con lechona, y correr los muebles de la sala para que quepan los vecinos para hacer una parrandita porque estamos celebrando que ganó nuestro equipo de fútbol.

VD: Sin ser popular, ¿cómo ha logrado llegar hasta donde ha llegado?

CL: Porque sabe manejar los hilos del poder. No es porque tenga ni carisma, ni empatía, y por eso no puede ser popular. Para poder ser popular tú tienes que tener empatía y carisma y la empatía es ser como el otro, tener identidad, pero identidades del alma, no fabricadas. Y carisma es saber interpretar al otro. Juan Manuel Santos no tiene un gramo ni de lo uno, ni de lo otro, y así pues ya mucha gracia que se haya hecho elegir, pero ya aspirar a ser popular es más o menos imposible… Él se hizo elegir porque es un jugador de póquer, es el típico. Yo no sé jugar póquer, pero los que saben de eso dicen que lo que se necesita para eso es estrategia, saber engañar al otro, interpretar los pasos y los intereses del otro, y saberse posicionar en su camino como si fuera un aliado, sin serlo. Yo creo que es exactamente lo que ha hecho Juan Manuel Santos a lo largo de su vida. Es un hombre formado, inteligente, ha sabido posicionarse en el camino de los que sí tenían popularidad, las causas que podían tener popularidad, parecer su aliado sin serlo, para sacar sus propios intereses adelante.

VD: ¿Es un utilitarista?

CL: Pero claro, total, es un equilibrista y un utilitarista por definición, porque él no tenía capital propio, lo que tenía era poder, plata y ambición, esas son las tres cosas que tiene y las que ha usado.

Claudia López habla directo como el país la conoce. Algunos la señalan, pero otros ven en su desparpajo su mayor valor, una mujer capaz de decirlo todo… Se acomodó mejor en la silla apoyando los codos en el escritorio, esperando mi siguiente pregunta:

VD: Usted habló del póquer y del engaño, ¿siente que Juan Manuel Santos usó también como estrategia el engaño, la deslealtad?

CL: Yo creo que él es un hombre leal solamente a sí mismo y a sus ambiciones, punto, y eso uno lo puede calificar como quiera. Habrá quienes consideren que eso es una enorme habilidad y una virtud y habrá quienes consideren que no. ¡Yo creo que Juan Manuel Santos es el típico que es capaz de vender a su mamá por virgen! Es un hombre súper ambicioso, que quiere el poder, que sabía para qué lo quería y que supo usar las tres cosas que sí tiene. No tiene popularidad y no la va a tener nunca, jamás… Entonces necesitaba los votos de otro que sí fuera popular y tuviera capacidad de endose. Hay muy pocos personajes que reúnen esas características en el mundo. En Colombia las reúne Álvaro Uribe, él tiene capacidad de endosar los votos. Ahora, yo creo que Álvaro Uribe sabía lo que le corría pierna arriba con Santos, puede que no tanto, pero por lo menos lo intuía. Porque obviamente Uribe hizo todo porque no fuera Santos, su preferido era Uribito, era obvio, lo creció, ¡lo volvió Uribito! Yo le agradeceré toda la vida a Noemí Sanín, le haré un altar porque nos salvó de Uribito. Porque si ella no le hubiera ganado la consulta conservadora, el Santos hubiera sido Uribito, no tengo la menor duda. Eso era imbatible, en el 2009-2010 esos tipos tenían toda la maquinaria, todo el poder, todos los organismos de control, toda la fuerza pública, los legales, los ilegales, todo. Eran una máquina muy difícil de derrotar, entonces eso solo era escoger el dummie.

VD: Y Santos fue el dummie…

CL: Sí, pero esa es la gran habilidad de Santos, logró volverse indispensable sin que el dueño de los votos y la popularidad quisieran, porque sus preferencias eran otras. Le tocó aguantarse porque ningún otro se posicionó, nadie despegó, nadie más estaba en el panorama, con Germán Vargas se odiaban. Germán Vargas se mira la mano todos los días y se acuerda por qué no es uribista. Entonces Vargas no iba a ser, Uribito no ganó, Noemí no tenía el menor chance a los ojos de Uribe y Mockus y la Ola Verde eran una amenaza. Entonces quedó Santos y él sabía que necesitaba a Uribe para llegar, pues Santos era un candidato que nunca había salido del margen de error en las encuestas, nunca. Tú puedes mirar desde los noventa que empezó a hacerse sonar. El tipo nunca en veinte años salió del margen de error de las encuestas hasta que dijo: “Yo por mis propios méritos no lo voy a lograr, necesito encaramarme y hacerme indispensable en el camino de alguien que sí tenga votos y capacidad de endose”. Y se le apareció la Virgen, ese alguien era Uribe.

* * *

Muchos sienten que Santos les ha quedado mal, que le queda mal a todo el mundo y no es muy difícil encontrar esas historias, incluso entre quienes en algún momento por circunstancias diversas terminaron siendo sus aliados. Si hay una característica de la personalidad política de Santos, es esa, la deslealtad.

* * *

Busqué a Gustavo Petro, candidato presidencial del progresismo, de izquierda. Casi no logro la cita, tuvimos que reagendarla varias veces porque surgía algún imprevisto. Petro siempre está viajando por el país, sus jornadas son largas, va y viene y se reúne con la gente, termina muy tarde. Una noche, ya con la cita confirmada, lo esperé dentro del carro al frente de su oficina, eran como las nueve. Vi que llegó en su carro apurado, entré al edificio y él apareció en el ascensor. Fue amable y reservado, como siempre, no sé si desconfiado. Él mismo abrió su oficina. Entramos, todo estaba oscuro, encendió las luces y había pocos muebles, no vi cuadros, ni muchos adornos, todo era muy sobrio, sencillo. Me llevó a la sala de juntas. Venía en traje de campaña, en jeans. Se notaba que el día había sido largo, creo que venía de Girardot. Nos sentamos y le expliqué de qué se trataba. Necesitaba que habláramos de Santos. En sus palabras, tras su experiencia con el primer mandatario, me dijo que sí. Encendí la grabadora:

Vicky Dávila: Una palabra para definir a Santos…

Gustavo Petro: ¡Un hombre sin palabras!

VD: ¿Santos lo traicionó?

GP: A mí me traicionó de manera personal, con el tema del procurador y la destitución, porque él había dicho públicamente, y en reuniones conmigo mirando el problema que se avecinaba, que iba a respetar las medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La Comisión votó unánimemente las medidas cautelares a mi favor y Santos había dicho que las iba a respetar. Y al otro día las irrespetó. Me llamó para decirme que no iba a aceptar las medidas cautelares y que iba a nombrar a Pardo. Y cuando yo iba caminando de Palacio a la Alcaldía, que no es sino media cuadra, ya estaba él en televisión anunciando que Pardo era el alcalde. Eso fue una traición.

VD: Él le había prometido a usted otra cosa…

GP: Lo había dicho ante el país, ni siquiera ante mí. Yo le dije: “Van a votar y tenga usted en cuenta que van a votar a favor mío”. Me dijo que perdiera cuidado, que no había problema. Y pensé en que esa era la forma de hacer política de ellos y que por alguna razón él privilegiaba tener a Ordóñez a su lado —lo cual también fue una estupidez de Santos—, a tener un señor izquierdista y exguerrillero en la Alcaldía de Bogotá… Él creyó que al poner a Pardo entraba a controlar la Alcaldía, que no la tenía. Ellos estaban calculando una toma de la administración distrital pensando en que eso les iba a dar más fuerza electoral porque ya estaban en elecciones. Como a los dos días hacen una encuesta y se había derrumbado. El derrumbe de Santos comenzó con la destitución del alcalde de Bogotá. Él un poquito antes estaba ganando las elecciones de primera vuelta, luego inmediatamente se desploma. Esa fue mi gran ventaja. Yo pensé: “Este señor va a perder las elecciones y el que va a ganar es Zuluaga”. Yo estaba llenando plazas y ellos no llenaban un recinto cerrado. Yo estaba ardido con Santos, sentía piedra.

En ese momento Petro aceleró el movimiento en círculos de sus dedos cogiéndose el pelo de una de sus patillas, parecía como si al recordar sintiera de nuevo esa rabia con Santos de la que me hablaba. Hoy está convencido de que sin su apoyo político esa reelección no habría sido posible.

GP: Un día me entrevisté con Iván Cepeda, que ya estaba en ese tema de las Farc, y sabía todo y me dijo: “Si gana Zuluaga, no va a haber paz, ¿cuál va a ser su posición?”. Yo le dije que ninguno de esos dos, yo estaba bravo. Le dije: “Vamos por una constituyente”. Cepeda sabía qué pasaba, sabía que ya Santos estaba muy adelante en el proceso y me dijo: “Petro, yo creo que usted debe estar junto a la paz”. No hablé nada más, sino que me fui a rumiar allá entre las cobijas, pero pensé el asunto. Es difícil deslindar los sentimientos personales de la acción política, y obviamente concluí que lo más conveniente era acabar la guerra y que Santos podía acabar la guerra. Las manifestaciones que se habían hecho en Bogotá apoyando a Santos en su esfuerzo con las Farc las había hecho yo, y grandes. Y sembrábamos los árboles juntos y a veces pensábamos, nos está utilizando, pero no había otra región que pudiera mover gente y Bogotá se movía con nosotros. Y por eso él se cae en las encuestas, porque los bogotanos sintieron, y mucha gente en el país, que era una traición, porque nosotros lo habíamos acompañado, no estábamos en el Gobierno, pero estábamos ayudando en el esfuerzo de la paz. Y esa noche dije pues sí, tampoco puedo ser incoherente, entonces les mandé una razón. Todavía no había llegado la primera vuelta, ya estaba caído en las encuestas, el hombre no iba a ser presidente. Y en alguna reunión con un colectivo, dije: “Bueno, nos toca tragarnos el sapo y decirle a Santos que lo vamos a acompañar si se compromete con el tema de la paz”. Incluso logramos un acuerdo con el Partido Liberal que nunca cumplieron y era que, en el gobierno que siguiera al de Santos, dos políticas públicas de la Bogotá Humana se volvieran políticas nacionales: en educación, la jornada única, y en salud, el modelo preventivo, que era un golpe contra la Ley 100. Lo firmamos, pero entró por un oído y salió por el otro.

VD: ¿Y Santos qué dice cuando usted le anuncia que lo apoya?

GP: El tema central obviamente era la paz. Santos acepta eso, y yo retorno a la Alcaldía, creo que antes de la segunda vuelta. Pero fue por obra de un juez, de una sala de tierras del Tribunal Superior de Bogotá, que fallan una tutela a mi favor, inesperadamente. Por supuesto la apelan y en la Corte Suprema tumban la tutela. O sea, yo debí haber sido destituido de nuevo, pero en el entretanto el magistrado Arenas, del Consejo de Estado, dicta otras medidas cautelares a favor mío.

VD: ¿Y después de eso qué pasó?

GP: Decido que varios de los funcionarios más ligados a mí se vayan, sigan en campaña, para hacer explícito el apoyo. Lo cierto es que Bogotá cambió, con mi reingreso. No sé si se cura la herida de cierta forma, no cambian los votos, sino que más gente sale y la mayoría bogotana vuelve a ser de Santos. Yo no sé si los uribistas comprendieron que por el sectarismo contra la alcaldía de la Bogotá Humana y por esa destitución que provocan con Ordóñez perdieron la presidencia. Porque si ellos no se meten con nosotros, ¿qué hubiera pasado? Pues nosotros seguimos gobernando, nos volvemos neutrales, no entramos como un actor político. Así yo fuese a votar por Santos, no le hubiese hecho campaña ni nada. Y Zuluaga hubiera ganado. Entonces nos llevan al terreno de la acción política, nos sacan de la Alcaldía. Hay la sospecha de que realmente lo que estuvo detrás no fue la política, sino la plata.

VD: ¿Cuál plata?

GP: Estamos tratando de que el fiscal pregunte al Ñoño Elías su vínculo con Novoa, la mano derecha de Ordóñez, que fue quien además firmó la destitución mía, el que hace la investigación. Pero hay una relación entre Novoa y el Ñoño.

VD: Pero ahí el Ñoño era santista…

GP: Es de todo, es que es la plata. El Ñoño tiene una relación con William Vélez Sierra, que es el empresario del aseo. Entonces esa es otra hipótesis.

VD: ¿En últimas, usted cree que Santos les debe a ustedes la presidencia, la segunda vuelta?

GP: Él gana por tres regiones que le responden: Bogotá —que no estaba en las cuentas y es evidente que hubo un cambio ahí porque en primera vuelta había ganado Zuluaga—, la Costa —que le atribuye a Germán Vargas, pero no, la Costa es petrista— y occidente, que sí es más influencia de ellos y del verde, del Polo. Esas tres regiones son las que le dan la victoria a Santos. Santos no hubiera sido presidente sin nosotros, ni Vargas Lleras vicepresidente.

* * *

Los polos opuestos se atraen. En el caso de Gustavo Petro y Alejandro Ordóñez, las coincidencias en sus opiniones sobre Santos parecen acortar la distancia entre los dos. ¡Eso me sorprendió! Por eso recordé el día que Petro dio su voto para elegir a quien a la postre sería su verdugo.

Ordóñez es sarcástico y cada una de sus pullas casi siempre va arropada con una sonrisa. Nos vimos una mañana, ambos teníamos poco tiempo. Llegué a la sede de su campaña, una casa vieja ubicada en el sector de Teusaquillo en Bogotá. Lo esperé en un salón pequeño, que lo único que tenía era una imagen religiosa en la pared.

¡Su análisis sobre Juan Manuel Santos fue mordaz!

Alejandro Ordóñez: Yo creo que la opinión pública percibió rápidamente la condición humana de Juan Manuel Santos: un hombre sin palabra, un hombre que se acomoda a la circunstancia, un hombre que en todas sus decisiones siempre tiene agendas ocultas, un hombre que para completar sus aspiraciones no le importó traicionar a quien fuera su mejor amigo político, como es el caso del presidente Uribe… Y eso genera una actitud de desprecio al mentiroso, al desleal. Al presidente se le exige una manera de ser, un comportamiento. Se le pueden perdonar muchas cosas, pero ese género de circunstancia, de condiciones, de características de su personalidad, fueron rápidamente conocidas y sancionadas por la opinión pública.

VD: Petro describe a Santos igual que usted. Dice que es un hombre sin palabra. ¿Cómo le parece usted coincidiendo con Petro?

AO: Petro y Santos hicieron una alianza política muy conocida. El responsable de que Santos sea presidente, en el segundo periodo, se llama Gustavo Petro.

VD: Y sabe que él lo reconoce, y dice que Santos lo traicionó…

AO: ¡Si traicionó a Uribe…! Ha traicionado a todos sus aliados políticos. Los traiciona por concretar sus vanidades personales.

VD: ¿Quiere hablarme algo más de esa responsabilidad que usted le encuentra a Petro en la reelección de Juan Manuel Santos?

AO: Claro, muy conocida. En alguna medida yo fui testigo, porque la destitución de Gustavo Petro, la confirmación de la destitución, se dio entre la primera y la segunda vuelta. Recuerden ustedes que Santos perdió en Bogotá y ganó Óscar Iván Zuluaga. Santos sabía que necesitaba los votos en Bogotá y acordó con Petro el respaldo… Ahora las malas lenguas, a mí no me consta eso, dicen que dentro de ese acuerdo político estaba la suspensión de la destitución de Petro. Que el presidente realizaba todas las gestiones para garantizar que se suspendiera la destitución de Petro en el Consejo de Estado y la contraprestación de Petro era el apoyo en Bogotá. A mí no me consta, pero personas muy bien informadas en su momento me contaron eso y muchos más detalles de las reuniones y de las personas que estuvieron presentes y de los compromisos del presidente Santos y de Petro, un compromiso político y otro sobre gestiones ante el Consejo de Estado para lograr la suspensión de la destitución de Petro. Ese respaldo político no fue gratuito y no me refiero a términos económicos, sino a términos políticos.

VD: ¿Santos hizo las gestiones?

AO: Pues suspendieron la destitución de Petro, no sé si las haría o no, pero la suspendieron en esos días.

VD: ¿A pesar de que fue una decisión del Consejo de Estado, usted se sintió sacado por Santos?

AO: Sí, claro, yo creo que sí. Fue una victoria pírrica, faltaba mes y medio o dos meses para terminar mi periodo y creo que la opinión pública percibió claramente cómo esa era una decisión política del Consejo de Estado.

VD: Cuando los periodistas le preguntaron en ese momento por usted, él simplemente dijo que usted salió por corrupción…

AO: Sí, esa ha sido una de las banderas que se han utilizado, pero es indudable que el Consejo de Estado para tomar esa decisión cambió una jurisprudencia que tenía desde hace veinte años y en esa jurisprudencia la designación de familiares era perfectamente avalada y estaba consignada en el artículo 126 de la Constitución, y los magistrados que tenían familiares, que eran dos o tres, manifestaron ese impedimento, entonces realmente lo que hubo fue una modificación de una jurisprudencia para producir efectos políticos y de esa manera estaban desarrollando y cumpliendo la agenda del presidente Santos… El presidente Santos cooptó la rama judicial, así como cooptó las otras ramas del poder, por eso es que hace rato en Colombia ha desaparecido la tridivisión de poderes. Aquí tanto el Legislativo como el Judicial terminan desarrollando las agendas presidenciales.

VD: ¿Hoy qué piensa de los cargos que les dio a familiares de magistrados?

AO: Esas personas se designaron no por ser familiares sino por cumplir unos requisitos exigidos en la ley… La ley no lo prohibía, la Constitución no lo prohibía, la jurisprudencia no lo prohibía. Yo pienso que en esa decisión el Consejo de Estado actuó más como partido político que como otra cosa.

VD: ¿Santos quería vengarse de usted?

AO: Claro, y el presidente Santos lo dijo de una manera desvergonzada un mes antes. En la posesión de un magistrado del Consejo de Estado se dirigió públicamente a esos magistrados pidiéndoles la premura. Y, desde luego, vale la pena advertir, en ese momento había una serie de investigaciones —no solamente la del general Palomino que usted conoce muy bien—, sino una que lo tenía muy mortificado a él: el ingreso de los doce millones de dólares a la campaña Santos presidente. Se estaba investigando a Germán Chica y a varios de los narcotraficantes extraditados… habían señalado cómo ellos habían recogido plata para ingresar ese dinero a la campaña del presidente Santos, y en el proceso se habían decretado esas pruebas, esos testimonios. Inicialmente ellos dijeron que no querían dar esos testimonios hasta que un buen día el abogado de Comba y de no sé qué otro de los narcotraficantes fueron a la Procuraduría a decir: “Nuestros clientes quieren rendir testimonio”. Y como la Procuraduría no puede practicar pruebas en el exterior, les dijo a las autoridades centrales, a la Cancillería y al Ministerio de Justicia: “Señores, por favor tramiten la solicitud para fijar fecha y hora a efectos de recepcionar estos testimonios”. Es en esa época en la que el presidente dice: “Sáquenlo, sáquenlo”. Eduardo Montealegre fue otro que fue cooptado por el presidente Santos, porque él fue el gran elector de Santos. Recuerde en la segunda vuelta todo lo que hicieron con lo del famoso hacker, que hoy todavía no sabemos qué fue lo que pasó.

VD: ¿A usted qué impresión le quedó como procurador de esa investigación?

AO: Fue una estrategia política del Gobierno, del fiscal aliado de Santos, para lograr generar efectos políticos en la segunda vuelta e impedir que Óscar Iván fuera el presidente. Por eso digo que fue el gran elector de Santos, no fueron los Ñoños ni los Musas, sino Eduardo Montealegre, que era el otro aliado del presidente Santos.

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Juan Manuel Santos tiene fama de ser un hombre casi imperturbable cuando sus objetivos políticos se ven amenazados. Pocas veces en su gobierno se le ha visto exaltado y casi siempre que perdió los estribos fue por cuenta de su peor pesadilla, Álvaro Uribe Vélez. Los dardos le han llegado desde todos los flancos. Pareciera que muchos le tienen un rosario de quejas y reclamos, por su forma de ha ...