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EL OíDO MIOPE

Adriana Villegas Botero

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Fragmento

Miércoles

Hoy, luego de la clase de inglés, fue al baño y se untó rubor y brillo, aunque con la bufanda y el gorro no se le nota. Se perfumó. Va con la chaqueta roja, su favorita. Caperucita quiere que el lobo se la coma. El cielo está azul lo que significa frío intenso. Camina hasta Lexington. Línea verde. Se baja en Astor Place y atraviesa cinco bloques hacia el East River Side. Antes decía “cuadras”, ahora dice “bloques”. Va rápido, con la cabeza cortando el viento. Llega al edificio, enseguida del hotel Saint Mark’s. Hay un local de venta de ropa vintage y otro de tatuajes. Sube las escaleras de madera. Traquean. Es una construcción antigua, con encanto y resabios. Abre la puerta. Respira el clima cálido. Estornuda. Noche desaparece como espanto. Se quita chaqueta bufanda gorro guantes botas buzo y saco de lana virgen. Queda en camiseta y jeans. Toma agua de la llave. Está helada. No es transparente sino obni: con objetos blanquecinos no identificados. Va al estudio y revisa qué hay en el equipo de sonido. Dizzy Gillespie. Lo enciende. Se recuesta en el sofá, en medias, y cierra los ojos. Escucha la trompeta.

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Termina el primer corte. Estornuda. Se levanta, lleva el vaso a la cocina, lo lava. Abre el microondas, encuentra poco de sopa con nata. La bota y lava el plato. Limpia el horno como aprendió en su casa: calienta durante cinco minutos dentro del horno una mezcla mitad agua mitad vinagre y luego pasa un papel secante que sale negro. Limpia la nevera. Tres manzanas, seis cervezas. Una lasaña congelada, un tarro plástico con jugo de naranja. Una caja de pasteles de manzana de McDonald’s. Un queso con hongos verdes y olor a pecueca, envuelto en papel mantequilla. Lo bota. ¿Y si es así?, reflexiona. Abre la basura, recoge el queso, limpia el papel y lo devuelve a la bandeja de la nevera.

Pasa a la habitación. Noche sale como ráfaga. Estornuda. Tiende la cama. En inglés se dice “hacer la cama”. Estornuda. Sábanas blancas, de lino. Revisa. Casi limpias. Hay pelos de Noche. La cama es doble pero sólo está destendido un lado. Abre el clóset, todo en orden. Sacos doblados, camisas y chaquetas colgadas. Mira el inodoro. Gotas en la rosca. Se arrodilla. Lo lava. Pasa un trapo. Suelta el agua y verifica que cargue bien. Este baño a veces falla. La tubería suena. Tiene fantasmas. Entra en la ducha, coge el cepillo, se pone en cuatro, friega el piso. Tapa el tarro de “shampoo para cabello con canas” y lo ubica junto al acondicionador. Coge una cuchilla de afeitar y la guarda en la gaveta. Verifica. Todo masculino. Trapea el baño, el cuarto, la cocina y el estudio. Sacude. Moja la única mata que tiene Thomas. No sabe cómo se llama esta mata. Es verde oscura, de hojas grandes, lanceoladas, sin flores. Ni fea ni bonita. Le conversa a la mata: Qué linda estás. Luego le dice: You are so pretty. Su papá decía que a las plantas les gusta que les hablen. Esta va a volverse bilingüe.

Regresa al estudio. Noche huye. Limpia la chimenea. Estornuda. Revisa la biblioteca. Luigi Ferrajoli. Cristina lo leyó cuando estudiaba Derecho. Garantista. Está subrayado. Reconoce a Bukowski, Hemingway, Henry James, John Dos Passos, Faulkner, Toni Morrison, Bret Easton Ellis, Paul Auster, Philip Roth. Casi nada entre todos los muchos títulos que hay. Ni una línea en español. En los entrepaños hay tres portarretratos: uno de un grupo de más de veinte rostros muy jóvenes con toga y birrete. Cristina cree que Thomas es el tercero de derecha a izquierda. Se ve alto y sonriente. La segunda foto es de una casa de madera con el mar al fondo. Se ven un perro y un árbol. Cristina sospecha que es la casa de la infancia de Thomas, o la de sus padres. No sabe. La tercera foto es más reciente: se ve a Thomas con algunas canas, en la mesa de un bar. Aparecen siete personas: cuatro hombres y tres mujeres. La silla al lado de la de Thomas está vacía. Probablemente es la de quien tomó la foto. Aunque la pudo tomar el mesero. No hay cartera o chaqueta en la silla vacía. Todos tienen los vasos de cerveza levantados. Están brindando. Esas son las únicas imágenes que tiene de él. Cuando visitó el apartamento por primera vez él dejó las llaves en una caja de fósforos en la portería, dentro de un sobre de manila. Los contactó una amiga de Rosario. Hasta ahora, Cristina nunca se ha cruzado con él. Sólo han hablado por teléfono. Cristina entendió pedazos de la conversación. Pero esas canas, las arrugas de la frente, esa sonrisa de malo, la estatura, todo le parece seductor. Y lo que ve en las fotos se suma a los atributos que ella encuentra en el apartamento: la música que oye, los libros que lee, la ropa que usa, su mata. Todo en Thomas es perfecto, salvo que él aún no la conoce y, por lo tanto no se ha enterado de lo muy perfecta que es ella para él.

Remueve la arena de Noche, como le enseñó Thomas en un inglés lento del otro lado de la línea. Le habló despacio y en un volumen muy alto, como si fuera sorda. Seguro que vocalizó mucho, aunque ella no lo estuviera viendo. Estornuda. Abre una lata de comida y la deja al lado de su “cama”, un cojín mullido con los bordes más gruesos que el centro. Mira el reloj. Es temprano. Se recuesta en el sofá y vuelve a empezar el mismo CD de Dizzy Gillespie. Se queda casi dormida, pero un gruñido de Noche la sobresalta. Deja el CD como lo encontró y apaga el equipo. Se pone chaqueta bufanda gorro guantes botas buzo y saco. Toma el billete de cincuenta dólares que está sobre el microondas con una nota que dice: “Thanks, Cristina” y una milkyway pequeña. Huele la nota. Letra bonita. La guarda, se pone los guantes y sale al frío de la tarde.

No hay nieve y es un alivio. La nieve sólo es bonita en postales. Cae en cámara lenta, con liviandad, pero en el piso se transforma en hielo o pantano. Ha visto algunos negros y chinos escupir saliva o gargajos que se congelan también sobre la linda nieve navideña. Sus botas finas de cuero negro se resbalan en el hielo y los carros que echan sal para derretir la nieve no incluyen las aceras.

Pero hoy se puede caminar a pesar del frío y decide ir hasta Barnes & Noble. Atraviesa Union Square. Tropieza con una tumba de piedra. Observa. Hay más. En algunas se alcanza a ver el nombre o el año tallado en la roca. Lee: “1874”. No se sorprende. En Nueva York, en cualquier parque, brota un cementerio.

Llega. Es un edificio antiguo (como todo acá) color ladrillo. Adentro la librería es enorme, con lámparas redondas colgando del techo alto y columnas blancas. Hay sofás para leer sin prisa. Nadie pregunta qué se le ofrece o en qué te puedo ayudar, mami. Dejan estar. Cristina divaga entre los estantes. Lee los títulos de la sección de novedades. No conoce ningún autor. Al fondo ve la palabra mágica: Clearance, que la atrae como pizza al ratón. Busca entre las promociones algún nombre familiar, de cuento o novela. Dubliners, James Joyce, $5,25. Perfecto.

Entra al metro. Toma la línea N. Se sienta y saca su libro. Con un libro así es posible que alguien entable una conversación en inglés. Se pone las gafas. Empieza a leer. Mira de reojo a los pasajeros, pasa la primera página sin haber entendido mucho pero no importa. Subraya catorce palabras en dos páginas. Se baja dieciséis estaciones más tarde, sin haber cruzado una sílaba con nadie.

Jueves

From: monitalinda1983@gmail.com

To: cristinamejjias@hotmail.com

Quiubo. La Foca se enfermó. Volvimos del puente y no vino a trabajar. Le dio varicela… toda una cucha con enfermedad de niñitos. No es que me alegre, pero le dieron dos semanas de incapacidad y acá en la pecera estamos como de vacaciones. Imagínesela: gorda, grasienta, bigotuda y llena de ronchas.

Hablando de cosas feas, entró a trabajar un abogado a control disciplinario. Feo feo feo, pero anda ronroneando. Le adjunto la foto. Ya le dije que es feo, así que no me regañe. Se llama Yovani Albeiro. Opine, diga todo lo que piensa.

Chaooooo

La familia Kauffman vive en un dúplex de Park Avenue con 79. En el lobby hay flores frescas todos los días del año. El ascensor tiene un espejo grande y cámara oculta de vigilancia. Cristina la descubrió luego de más de un mes de visitas, cuando ya se había espichado varias espinillas frente al cristal.

El ascensor abre directo en la sala del apartamento. Piso de madera y sala amplia, con ventanal a la avenida. Cortinas de velo blanco. Pared llena de cuadros de diferentes tamaños y marcos. Todos originales. Retratos, naturalezas muertas, bodegones, paisajes en tonos verdes, azules, grises, negros y cafés, firmados por Rachel W.

Cristina los limpia con una tajada de pan con la que recorre muy suavemente la superficie del lienzo. Sólo funciona con pan tajado. Una rebanada de pan cortada por ella dejaría el cuadro lleno de boronas. Halved bread no es lo mismo que sliced bread. Otro truco familiar.

Al lado de la sala está el comedor de ocho puestos y al fondo, la cocina. En la sala hay un baño auxiliar que es el que Cristina tiene permitido usar, y junto a la puerta una escalera de caracol que sube al segundo piso. Allí están el cuarto de Mr. y Mrs. Kauffman, la habitación de los gemelos y un pasillo que se ensancha al fondo, en la sala de entretenimiento. El cuarto principal tiene baño, vestier y vista sobre la avenida. El de los niños, dos camas, baño, escritorio y televisor, y el salón, una banda caminadora y una bicicleta estática, un home theater, Nintendo Wii U y la colección de CD y películas. Hay algunas revistas y libros, sobre todo de tecnología y de arquitectura. También de paisajes. Sobre un caballete está un lienzo pequeño, blanco, tapado con una sábana. En un rincón duermen algunas cajas aún sin desempacar. La familia lleva apenas cuatro meses en NY. Antes vivían en Chicago.

Jacob Kauffman en B&H, o es socio de ese almacén, el más grande de cámaras de video y fotografía que hay en Nueva York. Queda por el Madison Square Garden, cerca de la escuela de inglés. Cristina sólo lo ha visto una vez. Usa bekishe, que es como una levita negra, y kipá, el gorrito parecido al del papa, pero no blanco. Tiene barba larga y peyes, o sea, esos crespos como de muñeca sobre las patillas. Lo imagina circuncidado. Su esposa, Rachel, es diseñadora de jardines, pero apenas está comenzando a hacer contactos en la ciudad. Siempre viste de falda larga y colores poco vistosos. En la segunda visita a la casa de los Kauffman, Cristina descubrió que Rachel es calva. En un compartimiento del vestier tiene varias pelucas, todas del mismo tono castaño oscuro.

Cristina va al apartamento de los Kauffman los lunes y los jueves. Llega a las 10:30, cuando sale de clase de inglés, y se queda más o menos hasta las 4:00, cuando aparece la señora Rachel para recibir a los gemelos. A veces, la señora llama o deja una nota en la que le pide a Cristina que reciba a los niños y la espere porque se va a demorar. Como trabaja jornada completa, le pagan ochenta dólares por día.

El de los Kauffman es el apartamento donde más trabajo tiene porque también se encarga de lavar la ropa. Le dejan ocho “cuoras”, o quarters: monedas de veinticinco centavos con las que Cristina baja al sótano del edificio, donde está la lavandería. Con cuatro monedas pone a funcionar la lavadora y luego, con otras cuatro, la secadora. Una vez que se ...