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EL OFICIO

Philip Roth  

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Fragmento

PRIMO LEVI

[1986]

Aquel viernes de septiembre en que llegué a Turín para reanudar la conversación con Primo Levi iniciada en una tarde londinense de la primavera anterior, pedí que me enseñaran la fábrica de pintura en que desempeñó, primero, el cargo de investigador químico, y luego, hasta su jubilación, el de gerente. En total, la compañía tiene unos cincuenta empleados, casi todos ellos químicos, en el laboratorio, y trabajadores cualificados, en la planta de fábrica. Toda la instalación —la maquinaria, la hilera de tanques de almacenamiento, el producto terminado, en recipientes de un estadal, listos para su envío, la purificadora de aguas residuales— viene a cubrir un par de hectáreas, a diez kilómetros de Turín. Las máquinas que secan resina y mezclan barnices y extraen los agentes contaminantes nunca alcanzan un nivel de ruido demasiado molesto, el olor acre del patio —que, según me contó Levi, aún seguía impregnando su ropa dos años después de la jubilación— no es en modo alguno desagradable, y el contenedor para escombros, que mide unos treinta metros y está lleno hasta los bordes de residuos fangosos resultantes del proceso anticontaminante, no es especialmente desagradable a la vista. No es, ni con mucho, el entorno industrial más feo del mundo, pero, eso sí, se halla a considerable distancia de las sentencias impregnadas de cerebralidad que caracterizan los relatos autobiográficos de Levi.

A pesar de la distancia que la separa de su prosa, la fábrica se puede situar, no obstante, muy cerca del corazón de Levi; haciendo míos, en la medida de lo posible, el ruido, el olor, el mosaico de cañerías y cubas y tanques e indicadores, recordé a Faussone, el maestro montador de La llave estrella, diciéndole a Levi, que lo considera su álter ego:

«No tengo más remedio que decírtelo, me encanta estar en los sitios donde se trabaja.»

Según pasábamos del patio abierto al laboratorio, un sencillo edificio de dos plantas levantado durante sus días de gerente, Levi me dijo:

—Llevo doce años desconectado de la fábrica. Esto va a ser una aventura, para mí.

Dijo hallarse convencido de que prácticamente todos sus antiguos colegas estarían retirados o habrían fallecido, y, de hecho, los que allí seguían, al entrar nosotros, se le antojaron auténticos espectros.

—Otro fantasma —me susurró cuando, del despacho central que una vez fue suyo, alguien salió a darle la bienvenida. De camino hacia la sección del laboratorio en que se analizan las materias primas antes de pasarlas a producción, le pregunté si era capaz de identificar el leve aroma que impregnaba el corredor: para mí, olía a hospital. Él apenas levantó la cabeza para presentar la nariz al aire. Con una sonrisa, me dijo:

—Lo detecto y lo analizo igual que un perro.

A mí, su animación interior me hacía pensar más bien en alguna pequeña e inquieta criatura que cobra vida entre los árboles, enfrentada a la muy astuta inteligencia del bosque. Levi es pequeño y ligero, aunque no tan delicadamente constituido como sus apocadas maneras hacen pensar a primera vista, y seguramente tan rápido y hábil ahora como debió de serlo a los diez años. En su cuerpo, en su rostro, se ve lo que no suele percibirse en casi ningún ser humano: el rostro y el cuerpo del muchacho que fue. Es casi palpable su atención a todos los detalles, que le palpita dentro, como una especie de luz piloto.

Hay algo que no debería resultarnos tan sorprendente como en principio parece, y es que los escritores dividen al resto de la humanidad en dos categorías: los que escuchan y los que no escuchan. Levi sí escucha, y ello con todo el rostro, una cara modelada con verdadera precisión, que, rematada por una barbita blanca, parece a los sesenta y siete años tan juvenilmente gozadora como profesional: el rostro de la curiosidad irreprimible y, al mismo tiempo, del apreciado dottore. No pongo en duda lo que Faussone le dice a Primo Levi ya en las primeras páginas de La llave estrella:

«También tú, te las traes, haciéndome contar todas estas cosas que no le he contado a nadie más que a ti.»

No tiene nada de extraño que la gente se pase el día contándole cosas, y que todo quede fielmente registrado antes de pasar al papel: mientras escucha, se le ve tan concentrado y tan inmóvil como a una ardilla que espía, desde lo alto de un muro de piedra, algo desconocido para ella.

El inmueble en que vive Levi, con su mujer, Lucia, es una casa de pisos, de aspecto recio, construida unos años antes de que él naciera —es, de hecho, la casa en que nació, porque en ella vivían sus padres, por aquel entonces—. Quitados el año de Auschwitz y los aventureros meses inmediatamente posteriores a su liberación, su vida entera ha transcurrido en este piso. El edificio, cuya burguesa solidez ya presenta indicios de plegarse al paso del tiempo, está en una ancha avenida de viviendas, que a mis ojos viene a ser una especie de réplica, en la Italia septentrional, de la West End Avenue de Nueva York: una sostenida corriente de coches y autobuses, de tranvías a todo correr por sus raíles; pero también una formación de grandes castaños que se extiende por los estrechos islotes que hay a ambos lados de la calzada, y las colinas verdes que bordean la ciudad, visibles desde el cruce. Las famosas arcadas del centro comercial de la ciudad están a un cuarto de hora de buena marcha, pasando por lo que Levi denomina «la obsesiva geometría de Turín».

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