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EL ORO DEL DEPREDADOR (MáQUINAS MORTALES 2)

Philip Reeve  

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Fragmento

1
El helado norte

Freya se despertó temprano y se quedó aún un rato en la oscuridad sintiendo que su ciudad se estremecía y se balanceaba por debajo de ella mientras sus poderosos motores la propulsaban deslizándola a través del hielo. Adormilada, esperó a que vinieran los sirvientes para ayudarla a levantarse. Le llevó unos instantes recordar que todos estaban muertos.

Apartó la colcha, encendió la lámpara de argón y avanzó torpemente hacia el baño entre los polvorientos montones de ropa tirados en el suelo. Hacía ya varias semanas que había estado tratando de hacerse con el valor necesario para darse una ducha, pero, una vez más, esta mañana, los complicados controles del baño la derrotaron: no podía conseguir que el agua se calentase. Al final, acabó llenando el lavabo como siempre y echándose de golpe agua sobre el rostro y el cuello. Quedaba un trocito alargado de jabón, casi una astilla, que se aplicó al pelo y luego hundió la cabeza en el agua. Sus sirvientes hubieran utilizado champú, lociones, ungüentos, acondicionadores y todo tipo de bálsamos de olores agradables. Pero estaban todos muertos y aquella acumulación de frascos en el gabinete de la entrada del baño intimidaba a Freya. Frente a semejante diversidad para escoger, decidía no elegir ninguno.

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Por fin había descubierto cómo vestirse. Recogió uno de sus arrugados vestidos del suelo, lo puso sobre la cama y se metió en él como en una madriguera: desde abajo, luchando dentro hasta conseguir llegar con los brazos y luego con la cabeza hasta las aberturas correctas. El largo chaleco guarnecido de piel que iba sobre el vestido era mucho más fácil de poner, pero tenía muchos problemas con los botones. Sus doncellas siempre le habían abrochado los botones con toda rapidez y facilidad, charlando y riendo ante el día que se presentaba, y nunca nunca abrochaban un botón en el ojal que no correspondía, pero estaban todas muertas.

Freya maldijo y peleó y manipuló su vestimenta con absoluta torpeza durante quince minutos y a continuación estudió el resultado en su espejo, cubierto de telarañas. «No está tan mal», pensó, considerando todos los aspectos de la situación. Quizá alguna joya contribuyera a darle un mejor aspecto. Pero cuando se dirigió a la habitación del joyero, se dio cuenta de que las mejores piezas habían desaparecido. Las cosas no dejaban de desaparecer en aquellos días. Freya no podía imaginarse dónde habrían ido a parar. De todas formas, qué más daba: no necesitaba una tiara sobre su pegajoso y jabonoso cabello ni un collar de ámbar y oro alrededor de su mugriento cuello. Mamá no hubiera aprobado que fuera vista sin joyas, naturalmente, pero mamá estaba muerta también.

En los silenciosos y vacíos pasillos de su palacio se depositaban gruesas capas de polvo como si fuera nieve. Tocó un timbre para que viniera un criado y se quedó mirando por una ventana esperando a que llegara. Fuera, una tenue y ártica luz crepuscular brillaba gris sobre los tejados helados de su ciudad. El suelo temblaba ante los latidos de las ruedas dentadas y de los pistones que rugían abajo, en el distrito de máquinas, pero apenas había sensación de movimiento porque esto era el Alto Hielo, al norte del norte, y no se veían huellas en el suelo que indicaran que por allí hubiera pasado nadie, solo una blanca llanura que brillaba ligeramente con el reflejo del cielo.

Su criado llegó, colocándose bien la peluca empolvada con ligeras palmaditas.

—Buenos días, Smew —le saludó ella.

—Buenos días, Su Fulgor.

En un instante le habían entrado las ganas de pedirle a Smew que se acercara a sus habitaciones e hiciera algo con todo aquel polvo, con las ropas tiradas por el suelo, con las joyas perdidas; que le enseñase cómo funcionaba la ducha. Pero era un hombre y habría sido una irrupción impensable en las tradiciones que un hombre entrara en las habitaciones privadas de la margravina. En su lugar, dijo lo mismo que todas las mañanas:

—Puedes acompañarme al comedor para el desayuno, Smew.

Montando delante de él en el ascensor camino del piso inferior, se imaginó su ciudad escurriéndose por la capa de hielo como un minúsculo escarabajo negro arrastrándose por un enorme plato blanco. La pregunta era: ¿adónde se dirigía? Eso era lo que Smew quería saber; se podía ver en su cara, en la forma rápida en que le miraba inquisitivamente a veces. Los de la Comisión de Iniciativas también querrían saberlo. Huir de un lado para otro de las garras de los hambrientos depredadores era una cosa, pero ya había llegado la hora de que Freya decidiera cuál iba a ser el futuro de su ciudad. Durante miles de años, la gente de Anchorage había dejado en manos de la Casa de Rasmussen la toma de semejantes decisiones. Las mujeres Rasmussen eran especiales, después de todo. ¿No habían gobernado siempre Anchorage desde el final de la Guerra de los Sesenta Minutos? ¿No era cierto que los Dioses del Hielo les hablaban en sus sueños, diciéndoles dónde debería ir la ciudad si querían encontrar buenas personas con las que hacer negocios y evitar las trampas de hielo y los depredadores?

Pero Freya era la última de su linaje y los Dioses del Hielo no le hablaban. Casi nadie le hablaba a ella ya y cuando lo hacían era solo para preguntar, de la forma más educada y cortés, cuándo se iba a decidir por una dirección. «¿Por qué me preguntan a mí? —quería gritarles—. ¡Soy solo una niña! ¡Yo no quise ser margravina!». Pero ya no quedaba nadie a quien gritar.

Por fin, esta mañana, Freya tendría una respuesta para ellos. Lo que sucedía era que no estaba segura de si les iba a gustar.

Desayunó sola en una silla negra de respaldo muy alto ante una mesa larga y negra. El ruido del tenedor contra su plato, su cuchara en la taza de té, todo parecía insoportablemente ruidoso en aquel silencio. Desde las sombrías paredes, los retratos de sus divinos antepasados la contemplaban con un aire ligeramente impaciente, como si ellos también estuvieran esperando a que ella decidiese un destino.

—No os preocupéis —les dijo—. Ya he tomado una decisión.

Cuando hubo terminado el desayuno, entró su chambelán.

—Buenos días, Smew.

—Buenos días, Luz de los Campos de Hielo. La Comisión de Iniciativas espera el placer de la presencia de Su Fulgor.

Freya asintió y el chambelán abrió de par en par las puertas del salón del desayuno para que pudiera entrar la comisión. Solían ser veintitrés personas; ahora solo estaban el señor Scabious y la señorita Pye.

Windolene Pye era una mujer alta, corriente y de mediana edad, con un pelo rubio peinado en la parte superior del cráneo en una especie de moño plano que daba la impresión de que estuviera manteniendo el equilibrio de un pastel danés en la cabeza. Había sido la secretaria del difunto jefe de los navegantes y parecía entender sus cartas y tablas bastante bien, pero se sentía muy nerviosa en la presencia de su margravina y le hacía pequeñas reverencias cada dos por tres.

Su colega, Soren Scabious, era completamente diferente. Sus antepasados habían sido jefes de máquinas durante casi tanto tiempo como el que la ciudad llevaba convertida en móvil y él era lo más parecido a un igual que le quedaba a Freya. Si las cosas hubieran sido normales, ella se habría casado con su hijo, Axel, el verano siguiente; la margravina tomaba con frecuencia a alguien del distrito de máquinas de consorte como forma de mantener felices a las clases de ingenieros de la ciudad. Pero las cosas no eran normales y Axel había muerto. Freya se sintió bastante contenta, en secreto, de que, de ese modo, Scabious no se fuera a convertir en su suegro. Era un anciano tan serio, triste, silencioso... Sus negras ropas de luto se mezclaban con la oscuridad de la sala del desayuno como si fueran de camuflaje, dejando colgada en el espacio la blanca máscara mortuoria que era su cara como si careciera de cuerpo entre aquellas sombras.

—Buen día, Su Refulgencia —dijo, inclinándose ligeramente, mientras la señorita Pye hacía sus reverencias, se sonrojaba y se agitaba detrás de él.

—¿Cuál es nuestra posición? —preguntó Freya.

—Oh, Su Refulgencia, nos encontramos a casi trescientos kilómetros al norte de las Montañas de Tannhäuser —gorjeó la señorita Pye—. Nos hallamos sobre hielo marino firme y no ha habido ningún avistamiento de ninguna otra ciudad.

—El distinto de máquinas espera vuestras instrucciones, Luz de los Campos de Hielo —dijo Scabious—. ¿Deseáis regresar hacia el este?

—¡No! —Freya se estremeció recordando lo cerca que habían estado de ser engullidos en el pasado. Si retrocedían hacia el este o regresaban hacia el sur para comerciar a lo largo de los márgenes del hielo, era seguro que los Cazadores de Arkangel se enterarían enseguida, y con solo tripulaciones de esqueletos para manejar los motores, Freya no creía que su ciudad pudiera escapar del gran depredador otra vez.

—¿Podríamos ir hacia el oeste, Su Refulgencia? —sugirió nerviosa la señorita Pye—. Hay unas cuantas ciudades pequeñas que pasan el invierno en el extremo este de Groenlandia. Podíamos arreglárnoslas para comerciar un poco con ellas.

—No —dijo Freya con firmeza.

—¿Entonces, quizá, tiene Su Refulgencia algún otro destino en mente? —preguntó Scabious—. ¿Os han hablado ya los Dioses del Hielo?

Freya asintió solemnemente. De hecho, la idea era un pensamiento al que había estado dando vueltas en la cabeza desde hacía un mes o más y no creía que procediera de ningún dios, simplemente se trataba de la única forma que se le había ocurrido para mantener su ciudad a salvo de depredadores, de plagas y de naves espías para siempre.

—Poned rumbo al Continente Muerto —dijo—. Nos vamos a casa.

2
Hester y Tom

Hester Shaw estaba empezando a acostumbrarse a ser feliz. Después de todos aquellos sombríos y famélicos años por las cunetas embarradas y por los poblados basureros del Gran Territorio de Caza, por fin había encontrado un lugar en el mundo para ella. Tenía su propia aeronave, la Jenny Haniver (si estiraba el cuello podía ver la curva superior de su cubierta roja amarrada al noray diecisiete, justo detrás de aquel carguero de especias de Zanzíbar), y tenía a Tom, el dulce, guapo e inteligente Tom, al que amaba con todo su corazón y quien, a pesar de todo, parecía amarla a ella también.

Durante bastante tiempo había estado segura de que aquello no podría durar. Eran muy diferentes y Hester no representaba ni por asomo el ideal de belleza de nadie: se veía más bien como una especie de espantapájaros alto y sin gracia con forma de chica, con un pelo cobrizo peinado en trenzas demasiado tirantes, un rostro partido en dos por un viejo lance de espada que le había también robado un ojo y la mayor parte de la nariz y que le había torcido la boca hasta dejarle los dientes en desorden formando una mueca despectiva. No durará, se había estado diciendo a sí misma una vez tras otra durante todo el tiempo que permanecieron en la Isla Negra esperando a que sus astilleros repararan la pobre y golpeada Jenny Haniver. «Solo está conmigo por pena», había decidido mientras descendían volando hacia África para luego cruzar a América del Sur. «¿Qué puede ver en mí?», se preguntaba mientras se hacían ricos llevando provisiones a las grandes ciudades plataforma dedicadas a la extracción de petróleo de Antártica y pronto pobres de nuevo al tener que soltar en pleno vuelo un cargamento sobre la Tierra del Fuego para poder escapar de los piratas del aire. Volando de regreso sobre el azul Atlántico con un convoy de mercancías, susurró para sí misma: «Posiblemente, esto no pueda durar».

Y a pesar de todo había durado. Llevaba durando más de dos años. Sentada al sol de septiembre en una terraza de la Zona Plegable, en una de las muchas cafeterías de la Calle Mayor de Puertoaéreo, Hester se encontró empezando a creer que podía durar para siempre. Apretó la mano de Tom por debajo de la mesa y sonrió con aquella sonrisa torcida suya y él la miró con tanto amor como cuando ella le besó por primera vez a la luz ondulante de MEDUSA la noche que la ciudad de Tom murió.

Puertoaéreo había volado hacia el norte este otoño y ahora se mantenía suspendida a unos cuantos miles de metros por encima de los Yermos Helados, donde pequeñas ciudades basureras que habían estado arriba en los hielos durante los meses del sol de medianoche se arracimaban ahora abajo para comerciar. Globo tras globo, subían a amarrar en los noráis del puerto franco volador y desembarcaban pintorescos mercaderes de antigua tecnología, la llamada Vieja Tecno, comerciantes que empezaban a pregonar sus mercancías en el mismo instante en que sus botas tocaban las ligeras plataformas. El helado norte era un buen territorio de caza para excavadores de tecnologías perdidas, y estos caballeros vendían piezas de stalkers, acumuladores del cañón Tesla, innombrables cachivaches de maquinaria abandonados por una docena de diferentes civilizaciones, incluso algunas piezas de una antigua máquina voladora que había permanecido sin ser molestada por nadie en el Alto Hielo desde la Guerra de los Sesenta Minutos.

Por debajo de ellos, hacia el sur, el este y el oeste, los Yermos Helados se extendían bajo la neblina; un paisaje frío, pedregoso, donde los dioses del hielo reinaban ocho meses al año y donde los copos de nieve ya se habían instalado en los fondos sombríos de las huellas entrecruzadas de las ciudades. Hacia el norte se elevaba el gran muro de basalto de las montañas de Tannhäuser, la cadena de volcanes que marcaba el límite más septentrional del Gran Territorio de Caza. Varios se hallaban en erupción, con sus penachos de humo gris como pilares que sujetaban el cielo. Entre ellos, borrosos tras un velo de ceniza, Hester y Tom apenas podían distinguir el blanco universal de los Desiertos de Hielo y algo que se movía allí, vasto, sucio e implacable, como una montaña que se hubiera vuelto vagabunda.

Hester sacó un telescopio de uno de los bolsillos de su abrigo y se lo acercó al ojo, girando el anillo de enfoque hasta que la visión borrosa se hizo clara de repente. Estaba contemplando una ciudad: ocho niveles de fábricas y de barracones de esclavos y de chimeneas que escupían hollín, como un tren aéreo abriéndose paso igual que un huracán, aeronaves parásitas registrando la estela del tubo de escape en busca de minerales de desecho y, mucho más abajo, fantasmales por entre velos de nieve y rocas en polvo, las grandes ruedas girando y avanzando.

—¡Arkangel!

Tom le cogió el telescopio.

—Tienes razón. Sigue el rumbo de las estribaciones norte de las Tannhäuser en verano, engullendo las ciudades basureras mientras atraviesan los pasos. La capa de hielo polar es mucho más gruesa ahora que lo que lo fue en tiempos remotos, pero aún quedan partes que son demasiado frágiles como para aguantar el peso de Arkangel hasta el final del verano.

Hester se rio.

—¡Sabelotodo!

—No puedo evitarlo —dijo Tom—. Yo era un aprendiz de historiador, ¿recuerdas? Teníamos que memorizar una lista de las grandes ciudades-tracción del mundo, y Arkangel estaba entre las primeras, así que no es probable que se me pueda olvidar.

—¡Faroleas! —refunfuñó Hester—. Si hubieran sido Zimbra o Xanne-Sadansky no habrías podido mostrarte tan listo.

Tom miraba de nuevo por el catalejo.

—Cualquier día elevará sus ruedas y sus cadenas, bajará sus patines de hierro y saldrá deslizándose en busca de ciudades del hielo y ciudades basureras enloquecidas en medio de la nieve para engu­llirlas...

De momento, sin embargo, Arkangel parecía conformarse con el comercio. Era demasiado vasta como para poder atravesar los estrechos pasos de las Tannhäuser, pero de sus puertos se elevaban aeronaves y volaban hacia el sur entre la neblina que las llevaba a Puertoaéreo. La primera de ellas hizo un arrogante giro a través del torbellino de globos que rodeaban la ciudad flotante y cayó en picado para amarrar en el noray seis, justo debajo del punto de observación de Tom y Hester. Sintieron la suave vibración cuando sus abrazaderas de anclaje se agarraron al muelle. Era una fina nave de ataque de corto alcance con un lobo rojo pintado en su oscura cubierta y el nombre escrito debajo en letras góticas: «Turbulencia de Aire Limpio».

Unos hombres se contoneaban orgullosos alrededor de la góndola acorazada y zapateaban después a lo largo del muelle y subiendo las escaleras que llevaban a la Calle Mayor. Hombres grandes, fornidos, enfundados en abrigos de piel y sombreros también de piel natural con el frío brillo de las cotas de malla bajo sus túnicas. Uno exhibía un casco de acero del que surgían dos enormes y fulgurantes bocinas de gramófono. Un cordón eléctrico unía el casco con un micrófono de latón, sujeto a la muñeca de otro hombre, cuya voz amplificada tronaba por todo Puertoaéreo a medida que iban subiendo las escaleras.

—¡Saludos, compañeros del aire! ¡Desde el Gran Arkangel, Martillo del Alto Hielo, Azote del Norte, Devorador de la Estática Spitzbergen, saludos! Tenemos oro para intercambiar por cualquier información que nos podáis dar sobre la situación y localización de las ciudades del hielo. ¡Treinta soberanos por cada información que nos lleve a una nueva captura!

Comenzó a dirigir sus pasos hacia el espacio entre las mesas de la zona plegable, aún pregonando su oferta, mientras alrededor de él los aviadores hacían gestos negativos con la cabeza, gestos más bien poco amistosos, y se ponían a mirar hacia otra parte. Ahora que las capturas estaban en tan baja proporción por todas partes, algunos de los grandes depredadores habían comenzado a ofrecer recompensas por capturas a agentes intermediarios, pero pocos lo hacían de una forma tan clara y manifiesta como este. Los mercaderes aéreos honrados estaban empezando a temer que pronto se les prohibiera comerciar para siempre con las ciudades del hielo más pequeñas. Porque ¿qué alcalde se arriesgaría a conceder permiso de atraque a una nave que podía volar al día siguiente y vender su ruta a una ciudad urbívora tan voraz como Arkangel? Y así y todo, siempre había otras, contrabandistas y semipiratas y mercaderes cuyas naves no lograban conseguir el beneficio que se esperaba de ellas y que estaban dispuestas a aceptar el oro del depredador.

—¡Ven a verme al Gas & Góndola si has tenido negocios este verano a bordo de Kivitoo o de Breidhavik o de Anchorage y sabes dónde tienen previsto pasar este invierno! —presionaba el recién llegado. Se trataba de un hombre joven y tenía un aspecto entre estúpido, rico y bien comido, quizá los tres—. Treinta en oro, amigos; lo bastante para mantener vuestras naves llenas de combustible de propulsión y de gas elevador durante un año...

—Este es Piotr Masgard —oyó Hester que les decía a sus amigos una aviadora dinka en la mesa de al lado—. Es el hijo pequeño del direktor de Arkangel. Los llama a los de su banda, los cazadores. Y no se andan con bromas. He oído decir que aterrizan con esa nave suya en pequeñas ciudades pacíficas demasiado rápidas para que Arkangel les pueda dar alcance y les ordenan detenerse o virar en redondo. ¡Ellos los obligan a punta de espada a dirigirse derechas hacia las propias mandíbulas de Arkangel!

—¡Pero eso es un juego muy sucio! —exclamó Tom, que también había estado escuchando. Desgraciadamente, sus palabras cayeron como losas en un momentáneo espacio vacío en medio del discurso de Masgard. El cazador se giró en redondo y su rostro perezoso, grande y guapo, le sonrió irónicamente:

—¿Juego sucio, aviadorcito? ¿Qué es lo que no está bien? Este es un mundo en el que ciudad come ciudad, tú lo sabes.

Hester se puso tensa. Algo que ella no había podido nunca entender de Tom era por qué siempre tenía la manía de que todo fuese juego limpio. Suponía que era por su crianza y educación. Unos cuantos años viviendo de su ingenio en una aldea basurera podrían habérsela eliminado de raíz, pero luego había sido educado bajo las reglas y costumbres del Gremio de Historiadores para mantener a raya la vida real y, a pesar de todo lo que había vivido desde entonces, aún podía verse sorprendido por gente como Masgard.

—Solo quiero decir que va contra todas las reglas del darwinismo municipal —trató de explicarse Tom, levantando la vista hacia aquel corpulento hombre que tenía enfrente, porque aquella torre era al menos treinta centímetros más alto que él—. Las ciudades rápidas se comen a las lentas y las fuertes a las débiles. Esa es la forma en que se funciona, exactamente como en la naturaleza. Ofrecer recompensas por delación a intermediarios y secuestrar a las presas rompe el equilibrio —continuó, como si Masgard fuera tan solo un oponente de la Sociedad de Debate de los Aprendices de Histo­riador.

La sonrisa irónica de Masgard se hizo más amplia. Apartó con un golpecito rápido su abrigo de piel y sacó la espada. Se produjeron jadeos y gritos y un estruendo de sillas al caer mientras todo el mundo en las cercanías trataba de retroceder lo más posible. Hester agarró fuertemente a Tom y comenzó a tratar de sacarlo de allí, siempre con el ojo fijo en aquella brillante hoja.

—¡Tom, no seas idiota y déjalo ya!

Masgard se le quedó mirando unos instantes y entonces soltó una risa como un rugido mientras volvía a envainar la espada.

—¡Mirad! ¡El aviadorcito tiene una preciosa chiquilla que le guarda de todo daño!

Su tripulación rio con él y Hester se sonrojó a trozos y se subió su viejo chal rojo para ocultar su rostro.

—¡Ven a buscarme más tarde, muchacha! —le gritó Masgard—. ¡Siempre estoy en casa para una linda dama! ¡Y recuerda: si tienes la dirección de una ciudad para informarme, te daré treinta en oro! ¡Te podrás comprar una nueva nariz!

—No se me olvidará —prometió Hester, empujando a Tom para sacarlo de allí. La ira y la indignación latían en su interior como si se tratara de un cuervo recién enjaulado. Deseaba volverse y pelear. Estaba dispuesta a apostar a que Masgard no sabía utilizar aquella espada de la que se sentía tan orgulloso... Pero la parte oscura, vengativa y asesina encerrada en ella era algo que trataba de mantener a raya en aquellos tiempos, así que se conformó con deslizar su cuchillo y cortar tranquilamente el cable del micrófono de Masgard al pasar junto a él. La próxima vez que tratara de hacer un anuncio, la risa se le quedaría congelada en la cara.

—Lo siento —dijo Tom algo avergonzado mientras se dirigían apresurados hacia el anillo de los muelles, ahora abarrotado de comerciantes y turistas recién llegados de Arkangel—. No quise decir... Yo solo pensé...

—Está bien —cortó Hester. Quería decirle que si no hacía valentonadas y cosas tontas como aquella de vez en cuando, no sería el mismo Tom y por lo tanto ella no le amaría de aquella forma. Pero no podía poner todo aquello en palabras, así que le empujó al hueco que había bajo un soporte de la plataforma y, tras asegurarse de que nadie miraba, rodeó su cuello con sus delgados brazos, se bajó el velo y lo besó—. Vámonos.

—Pero aún no tenemos una carga. Tenemos que tratar de buscar un comerciante de pieles o...

—Aquí no hay comerciantes de pieles, solo de Vieja Tecno, y no queremos empezar a cargar con ese tipo de materiales, ¿verdad?

Él parecía desconcertado, así que ella lo besó de nuevo antes de que pudiera decir nada.

—Estoy cansada de Puertoaéreo. Quiero volver a las Rutas de las Aves.

—De acuerdo —dijo Tom. Y sonrió, acariciando su boca, su mejilla, el rulo de su párpado donde lo atravesaba la cicatriz—. De acuerdo, pues. Ya hemos visto bastante de los cielos del norte. Vámonos.

Pero no iba a ser tan sencillo. Cuando llegaron al amarre diecisiete, había un hombre sentado sobre un gran paquete de cuero esperando junto a la Jenny Haniver. Hester, aún un tanto resentida por las burlas de Masgard, ocultó su rostro de nuevo. Tom dejó su mano libre y se apresuró a encontrarse con el extraño.

—¡Buen día! —gritó el hombre poniéndose en pie—. ¿El señor Natsworthy?, ¿la señorita Shaw? Me imagino que ustedes son los dueños de esta espléndida y ligera nave. ¡Dios mío, me dijeron en la oficina del puerto que erais jóvenes, pero no me imaginé que lo fuerais tanto! ¡Si apenas sois poco más que unos niños!

—Yo tengo casi dieciocho —dijo Tom a la defensiva.

—No importa, no importa —vociferaba el extraño—. La edad no significa nada si el corazón es grande, y yo estoy seguro de que vosotros tenéis un gran corazón. «¿Quién es ese joven tan guapo?», le pregunté a mi amigo, el capitán del puerto, y él me respondió: «Es Tom Natsworthy, el piloto de la Jenny Haniver». «¡Pennyroyal!», me dije a mí mismo. «¡Ese joven debe de ser el tipo exacto que estás buscando!» ¡Así que aquí estoy!

Y aquí estaba. Era un hombre bastante pequeño, bastante calvo, con un ligero sobrepeso y una blanca barba bien recortada. Sus ropas eran las típicas de un basurero del norte (abrigo largo de piel, sombrero también de piel, una túnica con muchos bolsillos, gruesos pantalones y botas ribeteadas de piel), pero parecían demasiado caras, como si hubieran sido arregladas para él por un sastre para servir de vestimenta en una obra de teatro cuyo tema se desarrollase en los Desiertos de Hielo.

—¿Y bien? —preguntó.

—¿Bien qué? —preguntó a su vez Hester, que había tomado una manía instantánea a aquel extraño presuntuoso.

—Lo siento, señor —habló Tom mucho más cortésmente—. No entendemos realmente lo que quiere usted...

—Oh, permítanme que me disculpe. Les pido perdón —farfulló el extraño—. ¡Déjenme que lo aclare! Mi nombre es Pennyroyal, Nimrod Beauregard Pennyroyal. He estado explorando un poco por esas grandes, horribles y altas montañas y ahora me encuentro en viaje de vuelta a casa. Me gustaría encargar pasaje a bordo de vuestra encantadora aeronave.

3
El pasajero

Pennyroyal era un nombre que le llamaba la atención a Tom, que le sonaba de algo, aunque no podía recordar por qué. Estaba seguro de que lo había oído mencionar en una conferencia, allá en sus lejanos tiempos de aprendiz de historiador. Pero lo que Pennyroyal hubiese hecho o dicho para hacerle merecedor de ser el tema de una conferencia, de eso no era capaz de acordarse. Había perdido mucho tiempo en ensoñaciones como para prestar demasiada atención a sus profesores.

—Nosotros no llevamos pasajeros —le dijo Hester con firmeza—. Nos dirigimos al sur y viajamos solos.

—¡El sur sería igualmente estupendo y excelente! —voceó Pennyroyal—. Mi ciudad de origen es la ciudad flotante de Brighton y va a cruzar el Mar Medio este otoño. Estoy deseando encontrarme en casa cuanto antes, señorita Shaw. Mis editores, Fewmet y Spraint, están desesperados por tener un nuevo libro mío para publicar para el Festival de la Luna y yo necesito la paz y la tranquilidad de mi propio estudio para empezar a ordenar mis notas.

A medida que hablaba, miraba rápidamente por encima de sus hombros, estudiando los rostros de la gente del anillo de embarque. Sudaba ligeramente y Hester pensó que él no parecía muy interesado en llegar a casa, sino, más bien, claramente evasivo y astuto. Pero Tom había quedado enganchado.

—¿Así que es usted escritor, señor Pennyroyal?

—Profesor Pennyroyal —le informó el hombre, corrigiéndole con toda suavidad—. Soy explorador, aventurero e historiador alternativo. Puede ser que te hayas tropezado con mis obras: Ciudades perdidas de las arenas, quizá, o América la bella: la verdad sobre el Continente Muerto...

Ahora recordaba Tom dónde había oído aquel nombre antes. Chudleigh Pomeroy había mencionado una vez a Nimrod B. Pennyroyal en una conferencia sobre tendencias recientes de la historia. Pennyroyal (había dicho el anciano historiador) no tenía respeto en absoluto por la verdadera investigación histórica. Sus atrevidas expediciones eran meros ardides publicitarios y llenaba sus libros de desordenadas teorías y sensacionales cuentos de amor y aventuras. A Tom le atraían mucho las teorías desordenadas y los cuentos sensacionales y había buscado después las obras de Pennyroyal en la biblioteca del museo, pero el pesado Gremio de Historiadores había desechado conceder a tal autor espacio alguno en sus estanterías, así que Tom nunca pudo averiguar adónde había llegado Pennyroyal en sus expediciones.

Dirigió la mirada hacia Hester.

—Tenemos sitio para un pasajero, Het. Y podíamos utilizar el dinero...

Hester frunció el entrecejo.

—Oh, el dinero no es ningún problema —prometió Pennyroyal sacando una bolsa repleta y haciéndola sonar—. ¿Digamos cinco soberanos ahora y otros cinco más cuando atraquemos en Brighton? No es un trato tan ventajoso como el que Piotr Masgard os ofrecería por traicionar a alguna pobre ciudad, pero es bastante bueno y estaréis prestando un gran servicio a la literatura.

Hester se quedó contemplando un rollo de cables sobre el muelle. Sabía que había perdido. Este forastero tan enormemente amigable sabía cómo llegar hasta Tom, e incluso ella tuvo que admitir que diez soberanos les vendrían estupendamente. Realizó un último esfuerzo para evitar lo inevitable, dio un ligero puntapié al paquete que llevaba Pennyroyal y preguntó:

—¿Qué hay en tu equipaje? Nosotros no transportamos Vieja Tecno. Ya sabemos demasiado bien para lo que puede servir.

—¡Cielos! —gritó Pennyroyal—. ¡No podría estar más de acuerdo! Puede que yo sea alternativo, pero no idiota. Yo también he visto lo que le sucede a la gente que pasa su vida desenterrando viejas máquinas. Acaban envenenados por misteriosas radiaciones o saltando por los aires hechos pedazos por la explosión de artefactos en mal estado. No, todo lo que yo llevo conmigo son unas prendas de repuesto y miles de páginas de notas y dibujos para mi nuevo libro, Montañas de Fuego: ¿fenómeno natural o antiguo desatino?

Hester le dio otro golpe al paquete, que se cayó un poco sobre uno de sus costados, pero sin dejar oír sonidos metálicos que sugirieran que Pennyroyal estuviera mintiendo. Ella se miró los pies, luego más abajo aún, a través de las planchas perforadas de Puertoaéreo, hacia tierra firme, donde una ciudad se arrastraba lentamente hacia el este llevándose consigo su larga sombra por detrás. Bueno, pensó. El Mar Medio sería cálido y azul, una diferencia enorme con estos deprimentes Yermos, y solo les llevaría una semana llegar allí. ¿No podría compartir a Tom con el profesor Pennyroyal durante tan solo una semana? Ella lo tendría en exclusiva durante el resto de sus vidas.

—De acuerdo —dijo, y echó mano a la bolsa del explorador, contando y sacando de ella cinco soberanos antes de que él pudiera reconsiderar su oferta. A su lado, Tom propuso:

—Podemos prepararle una cama en la bodega de delante, profesor, y podrá utilizar el botiquín como estudio si lo desea. Yo había pensado en quedarnos aquí esta noche y soltar amarras al amanecer.

—Si no te importa, Tom —propuso Pennyroyal, con un fugaz destello en su mirada, extraña y esquiva, dirigida al anillo de embarque—, yo preferiría irme inmediatamente. No debo hacer esperar a mi musa...

Hester se encogió de hombros y volvió a escamotearle la bolsa del dinero a Pennyroyal.

—Saldremos tan pronto como el capitán del puerto nos dé vía libre. Habrá un recargo de dos soberanos.

*   *   *

El sol caía como un ascua que se hundía en las brumas de las Tannhäuser occidentales. Los globos continuaban ascendiendo aún desde el centro de la plaza del mercado de abajo mientras las aeronaves y los dirigibles todavía seguían rumbo sur atravesando las altiplanicies basálticas desde el gran Arkangel. Una de ellas pertenecía a un afable y anciano caballero llamado Widgery Blinkoe, un comerciante de Vieja Tecno que conseguía sobrevivir cada mes alquilando habitaciones situadas encima de su tienda, en el distrito portuario de Arkangel, y mediante su actividad como informador de todo aquel que quisiera pagarle.

El señor Blinkoe dejó que sus esposas acabasen de amarrar la nave y se dirigió apresuradamente hacia la oficina del capitán del puerto, donde preguntó de forma imperiosa:

—¿Alguien ha visto a este hombre?

El capitán fijó su mirada en la fotografía que el señor Blinkoe había dejado sobre su mesa y exclamó:

—Pero, hombre, si este es el profesor Pennyroyal, el caballero de la historia.

—¡Caballero!, ¡qué disparate! —gritó Blinkoe airado—. Se alojó en mi casa estas últimas seis semanas y se largó en cuanto Puertoaéreo estuvo a la vista, ¡y sin pagarme ni un solo penique de lo que me debe! ¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrar a semejante criatura?

—Demasiado tarde, compañero. —El capitán del puerto, al que le causaba un extraño placer comunicar malas noticias, esbozó una especie de mueca que podía pasar por sonrisa—. Llegó en uno de los primeros globos procedentes de Arkangel preguntando por naves que se dirigieran al sur. Le puse en contacto con esos jóvenes de la Jenny Haniver. Zarpó no hará aún ni diez minutos con destino al mar Medio.

Blinkoe gruñó lastimeramente y se pasó una mano decaída y desa­nimada por su larga y pálida cara. No se podía permitir de ninguna manera perder los veinte soberanos que Pennyroyal le había prometido. Ah, ¿y por qué, por qué, por qué no había pactado un maldito pago por adelantado? Se había sentido tan halagado cuando Pennyroyal le regaló un ejemplar firmado de América la bella («A mi buen amigo Widgery, con mis mejores deseos») y tan emocionado con la promesa de una mención personal en el próximo libro del gran hombre, que ni siquiera llegó a sospechar que allí había gato encerrado cuando Pennyroyal empezó a cargar en su cuenta las facturas del cantinero. Y ni siquiera había presentado la más mínima objeción cuando empezó a tontear de forma abierta con la más joven señora Blinkoe. ¡Al infierno con todos los escritores!

Pero entonces, algo que el capitán del puerto había dicho se abrió paso por entre el marasmo de autocompasión y el incipiente dolor de cabeza que habían estado nublando los pensamientos de Blinkoe. Un nombre. Un nombre familiar. ¡Un nombre valioso!

—¿Dijo usted la Jenny Haniver?

—Sí, señor.

—¡Pero eso es imposible! ¡Desapareció, se perdió cuando los dioses destruyeron Londres!

El capitán del puerto negó con la cabeza.

—No, señor, no. Nada de eso. Ha estado en cielos foráneos estos últimos dos años, comerciando por las ciudades zigurat nuevomayas. Eso es, al menos, lo que he oído.

El señor Blinkoe le dio las gracias y salió corriendo hacia el muelle. Era un hombre corpulento y por lo general no solía correr, pero esta vez parecía que el asunto merecía la pena. Apartó de un empujón a unos niños que se turnaban para mirar el cielo por un telescopio montado en la barandilla. Hacia el suroeste, las últimas luces del sol se reflejaban sobre las ventanillas de popa de una aeronave, una pequeña aeronave roja con una góndola de tingladillo y vainas de motores gemelos Jeunet-Carot.

El señor Blinkoe se apresuró a regresar a su propia nave, la Temporary Blip, y a sus esposas, que ya llevaban bastante ti ...