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EL PAíS QUE ME TOCó (MEMORIAS)

Enrique Santos Calderón  

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Fragmento

Hay memorias infantiles que son imborrables. Como la de esa tarde de sábado de 1952 cuando entendí por primera vez que el periódico era algo muy ligado a mi vida. Estábamos pasando el fin de semana en una finca de Sopó, a donde mi papá me había invitado a pescar cangrejos, cuando de repente él salió disparado sin siquiera despedirse. Aún recuerdo mi desconcierto y el alarido de mi mamá cuando me vio correr llorando detrás del carro. “¡Mijo, es que los godos están quemando El Tiempo!”, gritó. En tono firme me ordenó que dejara de lagrimear y me explicó que en Bogotá estaban pasando cosas graves, porque turbas gobiernistas estaban incendiando los periódicos liberales y las casas de los jefes del Partido Liberal. Ese hecho fue para mí como una especie de virginal toma de conciencia política. Después vine a entender que lo sucedido aquel día había sido una muestra de la violencia partidista que desangraba a Colombia pero que rara vez tocaba a la capital. A los dos días recorrí, de la mano de mi abuelo “Calibán”, los escombros del periódico y comencé a intuir que el oficio familiar no estaba libre de riesgos. Me impresionó la cantidad de personas, desde lustrabotas gaitanistas hasta socios del vecino y exclusivo Jockey Club, que se acercaban a expresarle su indignación y solidaridad. Era comprensible: su columna se había convertido en una especie de biblia para los perseguidos liberales colombianos, y esa mañana lo acosaron para abrazarlo en medio de vivas al Partido Liberal y de abajos a los godos, aunque a él personalmente le incomodaban las muestras muy efusivas de entusiasmo popular. Tras recorrer de arriba abajo la sede semidestruida de El Tiempo, mi abuelo despidió bruscamente a lagartos, copartidarios y nietos para sentarse a escribir en medio de las paredes ennegrecidas de su oficina. Hay una foto célebre de “Calibán” tecleando su columna entre las ruinas, que aún me conmueve cada vez que la veo.

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No fue ese el único embate contra El Tiempo. Menos de tres años después, en plena dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, que llegó al poder tras un golpe militar el 13 de junio de 1953, El Tiempo fue clausurado.

Es que Rojas, que había llegado al poder en medio del alborozo general, prometiendo “paz, justicia, libertad” y elecciones libres, se amañó en el cargo. Abaleó estudiantes, reprimió opositores, clausuró periódicos, hizo negociados, armó una Constituyente para quedarse en el poder y terminó echándose al país encima. No fue una dictadura feroz si se compara con otras del vecindario, y de hecho él tuvo luego una sorprendente resurrección política a la cabeza de la Alianza Nacional Popular, la Anapo, que casi gana las presidenciales de 1970.

Mi primer contacto con la realidad de la política fueron las llamadas “jornadas de mayo” que dieron al traste con la dictadura. Recuerdo la emoción de sentirme partícipe de grandes acontecimientos, ya fuera poniendo tachuelas bajo las llantas de los carros durante los días del paro nacional, pegando en cualquier sitio pequeñas calcomanías amarillas y negras que decían “¡Botas no!”, o visitando en la cárcel al tío Hernando, que fue encanado dos días por pintar consignas murales… Todo muy emocionante y aleccionador para un pelao de 11 años. Recuerdo la tensión que se vivía en la casa, alimentada por la permanente lluvia de versiones sobre lo que pasaba: que en Cali mataron a tal dirigente liberal; que fulano era lentejo, y que zutano era agente secreto del SIC —la policía política de la dictadura—; que había habido muertos en la plaza de toros tras el abucheo a María Eugenia Rojas, la hija del general; que en Intermedio —nombre del diario que remplazó a El Tiempo— le habían logrado meter varios goles a los censores del Gobierno… Día memorable fue el domingo en que mi mamá me llevó a misa a La Porciúncula a escuchar uno de los célebres sermones del cura Velásquez contra el gobierno militar, que convocaban cada vez a más gente. A la salida de la iglesia, atestada de vociferantes opositores de Rojas, estaba esperando la Policía, que arremetió contra la multitud con gases lacrimógenos y tanquetas que disparaban tinta roja. Nos refugiamos en una casa vecina, en medio de los gritos del tumulto y las lágrimas que producía el gas picante. Además de mucho miedo, sentí enorme admiración por los estudiantes de corbata y camisa blanca que desafiaban los poderosos chorros de las tanquetas y devolvían a mano limpia las bombas lacrimógenas que disparaba la Policía. Muy poco después fue aquel “¡Levántese, mijo, que cayó Rojas!”, el grito con el que me despertó mi mamá ese histórico 10 de mayo de 1957. Salimos con mis padres a recorrer en carro la ciudad, y aún siento la euforia de la gente, los miles de pañuelos blancos, las banderas de Colombia en las ventanas y el “ta-ta-ta” de los carros, pitido ya emblemático que significaba “Ro-jas-no” y que había llevado a muchos conductores a la cárcel. Rojas cayó tras un paro nacional total: transporte, bancos, fábricas, universidades. Ese 10 de mayo se abrazaban en las calles obreros y patronos, liberales, conservadores y comunistas. Rojas, quien había logrado unir en su contra a la gran mayoría del país, abdicó sabiamente ante la abrumadora evidencia de su impopularidad. No había sido un dictador particularmente brutal o despótico, pero la ausencia de elementales libertades públicas y los crecientes abusos oficiales bastaron para voltear a la población contra un gobierno militar que cuatro años antes había sido recibido como el libertador de la asfixiante hegemonía conservadora de Laureano Gómez. Rojas permitió que saliera Intermedio, que era la evidente continuación, con nombre además irónico, de El Tiempo, y sucedió lo mismo con el diario que sacó El Espectador tras su clausura, El Independiente, lo cual demostró el carácter más bien benigno, o incluso ingenuo, de su dictadura.

Luego vinieron el Frente Nacional y los años sesenta, la Revolución cubana y el comienzo de peleas políticas diferentes, marcadas más por la lucha de clases y las consignas revolucionarias que por el enfrentamiento liberal-conservador o la resistencia civil a un tirano uniformado. Los estudiantes, que habían sido los grandes héroes de las jornadas contra Rojas, los que habían puesto el pecho y los muertos, se convirtieron pronto en los principales opositores del primer gobierno del Frente Nacional, presidido por Alberto Lleras Camargo. Al son de nuevas consignas ideológicas comenzaron las marchas estudiantiles con piedra y coctel molotov. Y el contagioso ejemplo de Fidel Castro y sus barbudos de la Sierra Maestra produjo los primeros focos guerrilleros de inspiración marxista. Todos estos hechos habrían de pesar mucho sobre mi incipiente conciencia política.

Tras el cierre de El Tiempo por parte de la dictadura militar del general Gustavo Rojas Pinilla en 1955, Eduardo Santos se exilió en París, donde un grupo de intelectuales franceses ofrecieron un banquete en su honor. Explico los antecedentes: cuando Santos, que había estudiado en Francia, estuvo en la presidencia, le concedió asilo político en 1941 al célebre etnólogo francés Paul Rivet, acosado por el nazismo. Rivet fundó en Bogotá el Instituto Etnológico Nacional y formó la primera generación de antropólogos colombianos. Eso explica por qué en el Museo del Hombre de París hay una placa de agradecimiento a Eduardo Santos y por qué su nombre fue reconocido en círculos intelectuales y académicos franceses. El oferente de aquel banquete en París en los años cincuenta fue nadie menos que Albert Camus, tal vez el escritor europeo de más prestigio en la época —recibiría el Premio Nobel dos años después—, quien calificó a Eduardo Santos como “un hombre hecho de libertad”. En su discurso, Camus pronunció frases que se volvieron famosas, como estas: “Con libertad, la prensa puede ser buena o ser mala. Sin libertad, no puede ser otra cosa que mala”y “Con libertad de prensa los pueblos no están seguros de ir en dirección a la justicia. Sin ella, pueden estar seguros de que no irán”. En fin. Lo cierto es que a Camus y a Santos los unía no solo la defensa de la libertad de expresión por encima de cualquier precepto ideológico, sino el apoyo a la causa republicana durante la guerra civil española. Ambos creían que la República había sido abandonada y traicionada por sus amigos, y así lo reiteró con énfasis Camus esa noche.

Eduardo Santos fue un hombre importante en la vida del país y por supuesto en la mía. Yo nací en un ambiente de periodistas, empezando por mi abuelo “Calibán” y su hermano Eduardo, que fue mi padrino de nacimiento. Era el estadista, el hombre público, figura cumbre del Partido Liberal, muy francófilo y muy antifranquista. Analítico, metódico, sin arrebatos pasionales y dueño de una gran cultura, fue Presidente de la República durante la segunda guerra mundial. Controlaba El Tiempo desde la distancia. Prefería delegar, probar a la gente. Es curioso, pero mientras él estuvo en Palacio, el periódico, como es obvio, no fue crítico pero tampoco ciegamente gobiernista. Hay que ver los titulares de la época para darse cuenta de eso. Es significativo también que desconfiara de los periódicos que eran propiedad de grupos familiares. Los consideraba oligárquicos y muy conservadores. Quizá por eso, siendo dueño del ciento por ciento de las acciones de El Tiempo, fue que, a finales de los años cincuenta, cuando hizo un primer reparto de acciones, no se las dio todas a los Santos sino también a Abdón Espinosa Valderrama, que era el gerente; a Roberto García-Peña, que era el director; a Enrique Acero Pimentel, que era el abogado; a Mario Amórtegui, que era el tesorero, y a Doroteo González Pacheco, que era el administrador y además refugiado español y padre de Pacheco, la gran figura de la televisión, y a varios otros.

Del legado de Eduardo Santos en El Tiempo destaco la importancia que le daba a la independencia que debe mantener un periódico frente a las presiones económicas o políticas. No se cansaba de insistir en esto y a ratos recordaba que desde que él lo compró, en 1913 por 5000 pesos, El Tiempo fue autosuficiente por exitoso y nunca tuvo que pedir un peso prestado a ningún banco. Esa independencia económica es la base de la autonomía periodística: no depender de un puñado de anunciantes, ni de directorios partidistas, ni de favores del Estado. De ahí la importancia que siempre tuvieron los avisos clasificados, los pequeños anuncios puestos por los ciudadanos de a pie, que son la mejor medida de la penetración y solidez de un periódico. Eduardo Santos escribió un decálogo sobre lo que debería ser El Tiempo, donde decía que “entre la redacción y la sección de avisos debe haber una barrera infranqueable”. Hoy eso suena irreal e iluso, pero el hecho es que el periódico podía mandar al diablo a los grandes anunciantes que pretendieran presionarlo. De hecho, no tengo conocimiento de que lo hubieran intentado, aunque presumo que durante la hegemonía conservadora hubo toda suerte de presiones. La autoridad e influencia que adquirió El Tiempo en el siglo XX estuvieron ligadas no solo a su contenido editorial, sino a su autosuficiencia financiera como diario, pues nunca fue apéndice de grupo económico alguno.

Mi padre y mi madre eran de extracción liberal, pero mi mamá la demostraba más. No hablaba mucho de política frente a los hijos, pero sí recuerdo episodios sobre esas diferencias. La primera vez que la vi políticamente enardecida con mi viejo fue a raíz de la muerte en 1957 de Guadalupe Salcedo, el legendario guerrillero liberal de los Llanos Orientales que había entregado las armas tras la caída de Laureano Gómez y que fue baleado por la Policía en Bogotá después de haber asistido a una cena en su honor en el restaurante La Bella Suiza. La cena había sido ofrecida por Las Policarpas, un grupo de señoras muy liberales de la high que incluso recolectaron fondos para las guerrillas del Llano, unas guerrillas que encarnaban la resistencia de los campesinos liberales a la feroz persecución oficial. En ese entonces se dijo que, prendido y alegre por los vinos y los whiskies que le habían dado, a Guadalupe, ya rumbo a la pensión donde se alojaba, le dio por echar tiros al aire —¿guardaría alguna pistolita?— desde el carro que lo conducía, por lo cual la Policía tuvo que dispararle. Pues bien: ni mi mamá ni Las Policarpas se tragaron esa versión y a los dos días, cuando mi padre comentó durante el almuerzo que Guadalupe era en el fondo “un buen muerto”, ella se indignó. Ahí me di cuenta de que sobre esos temas pensaban distinto. Años después, cuando yo era ya estudiante universitario, se repitió una escena extrañamente similar, esta vez a propósito de la muerte en 1966 del sacerdote Camilo Torres Restrepo en las filas de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, el ELN. Camilo era primo segundo de mi mamá y había casado en la capilla de la Universidad Nacional a mi prima Marsha Wilkie Calderón, que había sido su alumna en la Facultad de Sociología e idolatraba a Camilo, como buena parte de la juventud universitaria. Marsha era una de las niñas más lindas de Bogotá y, pese a su extracción burguesa, había ganado como candidata de la Facultad de Sociología el reinado de belleza de la Nacional, en la época en que la universidad más grande y rebelde del país aún celebraba ese rito tan colombiano. El caso es que, a los pocos días de la muerte en combate de Camilo, estábamos con la “calderonada” en una gran comida familiar en casa de la madre de Marsha, la inolvidable tía María Teresa, viuda del inglés Lewis Wilkie, y allí mi papá también salió con que Camilo era un “buen muerto”. Marsha estalló en llanto y se paró de la mesa; las Calderón le cayeron todas a una a mi viejo por cavernario e insensible, y yo me di cuenta de que mi papá era un liberal cuyos únicos enemigos eran los camaradas. Ese día sentí que íbamos por carriles distintos.

Desde que recuerdo, mi papá trabajaba en El Tiempo, que era el periódico de la familia. Yo lo veía muy poco, pues la edición de los periódicos se cerraba tarde y él llegaba después de las 10 de la noche. Los fines de semana lo veía más, aunque él solía jugar golf. De todas formas, mi papá asistió sin falta a las competencias deportivas en las que yo participaba y me instó mucho a leer a Salgari, Verne, Rice Burroughs y todo lo imaginable sobre la guerra civil española, tema que lo apasionaba. Entre sus rasgos sobresalían la impaciencia, el don de gentes, el gusto por la lectura, la pasión por el periodismo. Yo debo haberle heredado algo de eso, aunque no toda su capacidad periodística, porque mi viejo fue un periodista fuera de serie, con un olfato excepcional para las noticias de cualquier tipo: locales, internacionales, deportivas, sociales. Todas se las olía y a todas les encontraba el título perfecto. Sudaba tinta por los poros y vivía pendiente del periódico las 24 horas del día. Trabajó 56 años en El Tiempo —36 como jefe de redacción y 20 como editor general— y hasta el día de su retiro vivió pendiente de que no lo fueran a “chiviar”.

En el campo del periodismo nos entendimos muy bien, pero no pasó lo mismo en el de la política. A partir de los años sesenta tuvimos crecientes diferencias por mis inclinaciones izquierdistas y su derechismo inflexible. Hice sufrir a mi viejo, sin duda. Que su primogénito le hubiera salido rojo fue decepcionante y duro para él, que tenía muy fuertes convicciones ideológicas, comenzando por su devoción por las Fuerzas Armadas y su repudio por todo lo que oliera a comunismo. Yo, en cambio, difícilmente podía escaparme del embrujo subversivo de los años sesenta y setenta. Estuvimos distanciados durante buena parte de los setenta. Discutíamos todo el tiempo, en la casa y en el periódico, eso sí sin faltarnos al respeto. Hoy pienso mucho en los sinsabores que le causé y esa fue quizás una de las razones por las cuales se dedicó a cultivar con tanto esmero a mi hermano Juan Manuel, que desde pequeño le daba gusto en todo, al punto de irse a la Armada Nacional a terminar el bachillerato. Pero mi papá era un hombre de contrastes, y la dureza política la combinaba con la ternura de carácter. Detrás de su férrea coraza reaccionaria, en mi viejo había un hombre sensible y supercariñoso. Tenía el corazón grande y la lágrima fácil. Formó a varias generaciones de grandes periodistas que lo evocaron con cariño con motivo de su muerte en el 2001, a los 84 años. Carlos Villar Borda habló en aquel momento de su “memoria prodigiosa, su hiperactividad permanente y su energía imposible de igualar”. Germán Santamaría lo describió como “un obispo de tres soles” por su defensa apasionada de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia. Fernán Martínez Mahecha dijo incluso con humor que “don Enrique sabía absolutamente todo: desde quién era el primer ministro de Finlandia, la alineación de los equipos de la Copa de Europa y el nombre del intendente del Putumayo; lo sabía todo, menos dónde estaban sus gafas”. Por su personalidad vertical y una dedicación casi obsesiva al periódico, se pudo consolidar como la fuerza decisoria de la redacción, aunque nunca se la llevó bien con el director y propietario único, su tío Eduardo Santos. La guerra civil española fue motivo grande del distanciamiento. Eduardo Santos apoyó siempre la República de los años treinta en ese país, y lo hizo no solamente con toda su alma sino también con parte de su chequera, antes, durante y después de su presidencia. Pero mi padre resultó admirador de quien destruyó la República, el generalísimo Francisco Franco, a quien Eduardo Santos abominaba. Fuera de esta fricción ideológica, a mi papá parecía gustarle contrariar al tío con actitudes irreverentes de dandi, que sabía que le disgustaban profundamente, como cuando se mandó hacer en Londres un fino traje Príncipe de Gales en una sastrería de renombre que el doctor Santos frecuentaba, y firmó a nombre de este. En fin: nunca ocultó mi padre su simpatía por el franquismo, lo que, sumado a sus irreverencias, no contribuyó a que lo tuviera muy en cuenta en el testamento. Tampoco disimuló su aversión por la izquierda. Célebres fueron sus agarrones en el diario con notables colaboradores y periodistas recomendados por Eduardo Santos, como Uriel Ospina, Alberto Zalamea, Pedro Acosta Borrero o Ramiro Andrade, entre varios otros que sintieron de cerca el celo antiizquierdista de Enrique Santos Castillo. Alcanzo a recordar, en mis primeros años en El Tiempo, sus acaloradas peleas con todos ellos sobre la España franquista, la independencia de Argelia o la guerra de Vietnam. Mi padre fue un periodista singular y un hombre de convicciones, que defendió sus ideas sin tapujos y por lo general con intransigencia. No obstante, creo que habría perdonado que mi hermano Juan Manuel negociara con las Farc. No tanto por su debilidad por Juan Manuel, sino porque mi viejo era un hombre realista. Poco antes de morir dijo en un reportaje en la revista Cambio que le gustaría conocer a Tirofijo. No por atracción de índole alguna por supuesto, sino por pura y simple curiosidad periodística. Creo que mi padre habría entendido muy bien que había llegado el momento de negociar en lo político con un enemigo al que no se le logró someter en 50 años de confrontación armada. Y hay que preguntarse: Mayor empeño del que puso durante ocho años el Gobierno Uribe, ¿para dónde?

Mi mamá era la cuarta de siete hermanos Calderón Nieto, de rancio abolengo santafereño pero venidos a menos tras la fulminante quiebra del padre, Jorge Calderón Umaña. Mucho apellido, cero billete. O, como hoy dirían amigas mías en similar situación, “sangre azul estrato tres”. Nunca conocí a mi abuelo materno, que murió a los cuarenta y pico de años, poco después de enterrar su capital en una fracasada línea de buses entre Tunja y Bogotá, lo que dejó a mi abuela Teresa Nieto Restrepo y a sus siete hijos —tres mujeres, cuatro hombres— en situación muy precaria. Mi mamá fue siempre de una sola pieza. Además de amorosa, era austera, recta y con carácter. Vivía pendiente de sus cuatro “guachecitos”, como nos llamaba con razón. No le hicimos la vida fácil con tantas pilatunas y tantas peleas. Le hizo falta una hija, y a nosotros una hermanita: cuatro hermanos tan seguidos generaron un ambiente competitivo y machista. Yo era por fortuna el primogénito y con discreto matoneo podía contribuir al orden interno. A mi mamá le irritaban mucho la ostentación y el despilfarro, tal vez porque se crio en un ambiente de carencias. No soportaba a mis amigos con ínfulas de ricachones o de niños bien. Tampoco a los “brochas” o groseros, incluyendo a sus propios hijos cuando hablábamos con la boca llena, poníamos los codos sobre la mesa o mandábamos la mano a las viandas sin preguntar. “Es más larga la lengua que el brazo”, advertía. Era tan estricta en los buenos modales, que me sometió a la clásica prueba de comer con gruesos volúmenes de Dickens bajo los brazos para mantenerme derecho y no despegar los codos mientras usaba los cubiertos. “El tenedor a la boca y no la boca al tenedor”, repetía. Amplia de espíritu, pero tradicionalista y muy católica, en ocasiones abandonaba su habitual modestia para sacar a relucir su linaje con sutiles pullas, como cuando soltaba que, en materia de apellidos, “los Santos eran medio ‘lobitos’”. Fue una mujer especial y una mamá sin par, gran deportista por lo demás, que hizo lo imposible por educarnos como “gente decente”.

Mi mamá, como dije, formó parte de Las Policarpas, donde también estaban María Calderón de Nieto Caballero, líder del movimiento, y su hija María Paulina, abuela de Sergio Jaramillo, uno de los negociadores de paz con las Farc; Pepa Lozano; mi tía Helena, esposa de Hernando Santos, Lucy Nieto, madre de María Elvira Samper, y su hermana Clara Nieto, diplomática y escritora. Eran liberales de racamandaca. Con motivo del cierre de El Tiempo en 1955, Las Policarpas encabezaron una marcha de mujeres vestidas de negro desde la Avenida de Chile hasta la Plaza de Bolívar en Bogotá. Sufrieron empellones y uno que otro bolillazo de la Policía. Recuerdo lo despeinada y enfurecida que llegó mi mamá a la casa luego de ese inusual acto de protesta.

En esa época uno poco se metía con los hermanos menores y menos con los primitos, entre otras cosas porque a mí me aburría profundamente ir a “lonches” familiares de piñata y zapato de charol. Inicialmente estudiamos todos en el mismo colegio, pero acabamos en colegios distintos. Luis Fernando y Felipe terminaron en el San Carlos, Juan Manuel en la Armada, y yo en el Anglo Colombiano. Luis Fernando me recuerda que yo era duro con él y que le decía “Negro Cuatrojos” porque usaba gafas y era morenito. Pero también le enseñé a jugar básquet y a disfrutar de la lectura —en esos días de libros de Chip Hilton y los Hardy Boys, y más tarde de León Uris y Wilbur Smith—, lo cual me agradeció luego. Con Juan Manuel había que tener cuidado porque, fuera de ser el consentido de mi papá, tenía un fiel pastor alemán que nos “uchaba” al menor síntoma de matoneo. Con Felipe, el menor, no tuve mayor contacto por la diferencia de edades, hasta cuando un día llegó de vacaciones de la Universidad de Kansas con una gringa hermosa, de pelo hasta la cintura, con lo que se ganó el respeto unánime de sus hermanos. Más tarde, trabajando en El Tiempo o veraneando en la finca familiar de Anapoima, los cuatro hermanos desarrollamos una gran relación fraternal que ha sobrevivido hasta el día de hoy a borrascas de toda índole.

Ese fue el hogar en el que nací un 7 de diciembre de 1945 en la Clínica Marly de Bogotá. Viví gran parte de mi infancia, hasta los 11 años, en la calle 70 N.° 5-27, en una pequeña casa estilo Tudor inglés, típica de la época, donde ahora funciona Harry’s Bar. Fuera de los rigores del colegio, tuve una niñez descomplicada y callejera. Andábamos en patota con los amigos del barrio, haciendo frenéticas carreras en carritos de balineras, trepando monte, disparándoles con bodoqueras a los perros gozques y jugando béisbol en los potreros con los gringuitos del vecindario. Yo iba casi siempre caminando al colegio, el Nueva Granada, que quedaba a unos 20 minutos. En esa zona vivían familias bogotanas como los Camacho, los Largacha, los Salazar, los Pizano. Fue una infancia feliz, con relajada supervisión paterna.

Los primeros Santos que registra la historia oficial se remontan a finales del siglo XVIII cuando, en los preámbulos de la Independencia, apoyaron insurrecciones y fundaron guerrillas patriotas en Santander. De ese núcleo inicial se desprendería una de las familias más influyentes de Colombia, cuya descendencia de políticos y periodistas fue determinante para el poder y la vida pública del país.

Más allá de dónde salimos, pienso que aquí ya no caben más Santos en puestos de poder. No se puede saturar al país con los mismos apellidos todo el tiempo. Nosotros venimos de la provincia del Socorro en el departamento de Santander. La familia se trasladó más tarde a Boyacá y Bogotá. Pasó “del hijuepuerca al sumercé”, como se decía. Pero vamos atrás: el papá de mi tatarabuelo, Pedro Santos Meneses, cultivaba tabaco y café en el caserío de Pinchote y hacia 1782 se sumó a la insurrección comunera de José Antonio Galán. Tuvo 11 hijos con Petronila Plata, entre ellos Fernando y Antonia Santos Plata, que en 1819 iniciaron la llamada “guerrilla patriótica de Coromoro” para apoyar la campaña libertadora de Bolívar. Antonia fue fusilada por las fuerzas realistas en la plaza del Socorro pocos días antes del triunfo patriota en la batalla del Pantano de Vargas y es considerada una de las heroínas de la Independencia. En Coromoro nació en 1848 mi bisabuelo, Francisco Santos Galvis, un abogado liberal que militó en el radicalismo y publicó 30 años después en Bogotá un semanario llamado El Corresponsal, lo que lo convierte en el primer periodista de esta familia de periodistas. A finales de 1899 regresó a Santander en medio de la guerra civil de los Mil Días. Se encontraba en Curití, bello pueblo cerca de Bucarama ...