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EL TALENTO OSCURO (ALCATRAZ CONTRA LOS BIBLIOTECARIOS MALVADOS 5)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Título original: Alcatraz versus the Dark Talent 

Traducción: Manuel Viciano 

1.ª edición: abril 2017 

© Ediciones B, S. A., 2017 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-704-7 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Prólogo del autor Prólogo del autor (continuación) Alcatraz 5 Capítulo Doug Capítulo Lilly Capítulo Norton Capítulo Feta Capítulo Lilliana Capítulo Mary Capítulo Trillian Capítulo Deckard Capítulo Sapo Capítulo Alice Capítulo Marco Capítulo Melissa Capítulo 13 Capítulo Shu Wei Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 19 (continuación) Capítulo 20 Capítulo 21 Epílogo del autor SOBRE EL AUTOR SOBRE LA ILUSTRADORA AGRADECIMIENTOS NO ABRIR HASTA QUE TERMINÉIS DE LEER EL LIBRO

Para Barb Sanderson,

Recibe antes que nadie historias como ésta

que conoce al auténtico Alcatraz

Prólogo del autor

Soy un cobarde.

Ah, ¿es que esperabais un prólogo más largo? ¿Esperabais encontrar algo ingenioso, entretenido o como mínimo informativo? Bueno, ya que soy un cobarde, supongo que cederé a vuestras expectativas.

Esta suele ser la parte de la historia en la que me río de vosotros por olvidar lo que ha pasado hasta ahora. Pero me da demasiado miedo cómo podáis reaccionar si me pongo en plan condescendiente, así que, en vez de eso, os ofrezco este resumen rápido:

1. Soy de la familia Smedry, y mis antepasados atraparon un poder oscuro en nuestro linaje para evitar que destruyera el mundo. Se manifiesta en forma de Talentos concedidos a todos los Smedry, y aunque al principio todos los Talentos parecen ser unas desventajas enormes, pueden usarse de formas bastante guapas. O al menos, así era antes. Por desgracia, liberé un poder conocido como el Talento Oscuro, que está relacionado de algún modo con mi Talento para romper cosas. Liberarlo acabó con los poderes de mi familia y condenó al mundo. Ups. 2. Mi padre, Attica Smedry, está dedicado en cuerpo y alma a conceder a cada persona del planeta un Talento Smedry, cosa que los demás creemos que desatará el caos a gran escala. Yo saqué a mi padre de la cárcel, le proporcioné las herramientas que necesitaba para su enloquecida misión y, sin duda, condené al mundo. Ups. 3. Los Bibliotecarios son una fuerza dedicada a restringir la información e impedir que la gente de las Tierras Silenciadas (las zonas controladas por ellos, como Europa, Asia y las Américas) aprenda cosas estupendas como la magia y las bolsas de gusanitos que no te pongan los dedos de color naranja. Atacaron el Reino Libre de Mokia y, durante ese conflicto, acabé siendo su rey. (No preguntéis.) Mientras poníamos en práctica mi temerario plan para expulsar a los Bibliotecarios, mi amiga (y caballero protectora jurada) Bastille recibió un disparo y ahora está en coma. La única forma de salvarla es infiltrarme en la Sumoteca, un centro de poder bibliotecario en las Tierras Silenciadas, y la única forma de lograr eso es confiar en mi madre, Shasta Smedry, que es Bibliotecaria malvada hasta la médula. No hay duda de que acabará traicionándonos de alguna manera y buscará la forma de... en efecto, condenar al mundo. Ups. 4. Por fin he descubierto cómo se usan las notas a pie de página.1

Lo triste es que, después de todo esto, la cosa va a peor. Algunos de vosotros lleváis años esperando leer este texto, el último volumen de mi autobiografía. Me habéis escrito preguntando si los Bibliotecarios se las habían ingeniado para impedir su publicación. Ojalá fuese eso. Ojalá pudiera deciros que un poder externo me impedía terminar la historia.

No es lo que ocurrió.

Este último volumen ha tardado tanto porque soy un cobarde. De verdad que no me apetecía nada escribirlo. El final de esta historia narra la parte más dolorosa de mi juventud, incluidos mis fracasos más graves, tanto hacia mi familia como hacia el mundo en general.

Aquí es donde la historia deja de ser divertida.

Quedáis advertidos.

1. Y, por supuesto, el mundo está condenado en consecuencia. Ups.

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Capítulo

Doug

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Así que allí estaba yo, de pie en mis aposentos en la víspera del fin del mundo, enfrentándome a mi peor adversaria hasta la fecha.

La coordinadora real de vestuario.

Janie era una alegre nalhalliana que vestía con ropa de los Reinos Libres. En teoría, su atuendo podría clasificarse como una túnica, pero en la práctica solo se parecía a una túnica igual que un deportivo de alta gama se parece a una camioneta destartalada. Era más bien un vestido con cinturón, con un enorme lazo a un lado y elegantes bordados en las mangas.

Era un vestido muy bonito, sobre todo en contraste con la monstruosidad que estaba sosteniendo en alto para que me la pusiera yo.

—Eso —le dije— es un disfraz de payaso.

—¿Cómo? —respondió Janie—. ¡Pues claro que no!

—Es un mono blanco —insistí—, con borlas de color rosa encima de los botones.

—El blanco simboliza la pureza del trono, vuestra exalteza —dijo Janie—, y el rosa representa vuestra generosa decisión de renunciar a él sin conflicto.

—Tiene zapatones blanduchos.

—En homenaje a la grandiosa huella que habéis dejado en el reino, vuestra exalteza.

—¿Y la flor falsa que tira chorritos de agua?

—Para que podáis bañar a todo aquel que se os acerque con las simbólicas aguas de la vida.

La miré con una escéptica ceja arqueada y fui hacia la cama para coger la ridícula peluca de payaso, con pelos de todos los colores del arcoíris, que Janie había sacado para que me pusiera.

—Y por supuesto —dijo Janie—, eso representa la diversidad de culturas y pueblos a los que servisteis durante vuestro reinado. —Y sonrió.

—A ver si lo adivino —repuse, tirando otra vez la peluca en la cama—. Los Bibliotecarios cogieron esta vestimenta «regia» que se ponían los reyes mokianos después de jubilarse y, en el sitio de donde vengo, se la dieron a los payasos. Así la convirtieron en una cosa ridícula en las Tierras Silenciadas, igual que ponían a las cárceles los nombres de personajes famosos de los Reinos Libres.

—Eh... sí —dijo Janie—. Exacto. Ummm, es... es justo lo que pasó.

Fruncí el ceño al escuchar sus evasivas. De momento, solo llevaba puesto un albornoz. Mis viejas prendas, la chaqueta verde, la camiseta y los vaqueros, habían desaparecido. Mi chaqueta la habían hecho jirones y el resto de mi ropa había quedado vaporizada en un desafortunado incidente que incluyó muchísima más desnudez alcatraciana de la necesaria.

Fuera de mis aposentos, Tuki Tuki, la capital de Mokia, estaba sumida en un silencio absoluto. Los tambores de celebración habían dejado de sonar, igual que las canciones gozosas. Después de su día festivo, los mokianos guardaban un enmudecido luto en homenaje a las voces del país que habían quedado silenciadas.

O mucho me equivocaba o el silencio iba a hacerse bastante peor. Si necesitáis más pruebas, consultad la nota a pie de página.2

—¿Qué más tienes? —pregunté a Janie.

—Bueno, vamos a ver —dijo, a todas luces decepcionada porque no quisiera ponerme el traje de payaso. Quizá fuese un exmonarca de Mokia, aunque solo hubiera estado un día en el cargo, pero si ese era el traje tradicional que correspondía al puesto, prefería no llevarlo.

Metió la mano en su gran baúl y sacó lo que parecía ser un disfraz de perro, con patas peludas, cola y una cabeza con orejas de peluche.

—No —dije al instante.

—Pero es la vestimenta oficial de un príncipe retirado de...

—Que no.

Janie suspiró, lo dejó en la cama y buscó más al fondo del baúl.

—¿Qué pasa con estos trajes «tradicionales»? —pregunté, dando unos golpecitos con el dedo al disfraz de perro—. O sea, aunque no hubieran metido baza los Bibliotecarios, tienes que reconocer que son un poquito...

—¿Regios?

—Ridículos —dije yo—. Es casi como si quisierais que vuestros antiguos reyes parezcan tontos.

Janie cambió de postura.

—Eh... ¿Por qué íbamos a querer algo así? ¿Por qué iba a interesarnos que la gente vea ridículos a los anteriores monarcas para que, si un gobernante renuncia a su cargo, ya nunca pueda cambiar de opinión, tramar un golpe de Estado y recuperar el reino? —dijo, y soltó una risita forzada.

—Eres una mentirosa terrible.

—¡Muchas gracias! ¿Y qué tal este precioso disfraz de gato? Simboliza la forma en que maniobrasteis con elegancia en la política del trono.

—Nada de disfraces de animales, por favor.

Janie suspiró y siguió hurgando en su baúl. Al poco tiempo, renegó entre dientes. Las luces que había a los lados del baúl se habían apagado.

Me acerqué con curiosidad. ¿Para qué necesitaba tener luces? Pero al momento reparé en que el interior del baúl era mucho más grande de lo que sugería el exterior. Era un buen truco, pero tampoco nada que no hubiera visto antes: en los Reinos Libres, la gente usa distintos tipos de cristal para conseguir cosas bastante alucinantes.3

Las luces de los lados del baúl estaban hechas de un tipo de cristal especial que proporcionaba iluminación, y ese cristal usaba la energía de un tipo de arena especial llamada arena brillante. Funcionaba más o menos como una batería para el cristal, igual que los náufragos funcionan como baterías para los tiburones.4

La arena brillante que Janie usaba para las luces parecía haberse descargado. Por suerte, conocía otra cosa que funcionaba como batería tanto para la arena como para los tiburones: yo.

Estiré el brazo y toqué el cristal de las luces. Quizá, de algún modo, hubiera roto los Talentos de los Smedry, pero seguía siendo un oculantista. Y, por tanto, podía alimentar algunos tipos especiales de cristal.

Arranqué algo de mi interior y lo obligué a salir. Se parecía un poco a intentar vomitar sin tener náuseas. Las luces del baúl de Janie se iluminaron con un fogonazo, brillantes como el sol. Di un gañido, alarmado por la repentina explosión de poder. Solía notar una sensación de resistencia cuando intentaba aquello, pero ese día la energía salió sin trabas.

Retrocedí a trompicones mientras las placas de cristal se fundían.

—¡Hala! —dijo Janie—. Estooo, odiáis esta ropa de verdad, ¿eh?

—Yo...

Dejadme que pare aquí un momento y os explique una cosa importante. Cuando eres un cobarde como yo, siempre tienes que atribuirte el mérito de cosas que no pretendías hacer. Veréis, una parte importante de la cobardía es tener demasiado miedo de que no te vean como una persona genial como para reconocer que no eres una persona genial, aunque hay que tener cuidado de no dejar que se note que el hecho de tener demasiado miedo de no ser una persona genial como para reconocer que eres una persona genial no indique a quienes quieren que alguien sea una persona genial que no eres tan genial como tu genialidad indicaría de otro modo.

—Soy una persona genial —dije.

Huy, perdón. Ese último párrafo me ha salido un poco confuso. Esto de la escritura a veces puede quedar tan regio como un exmonarca mokiano.

Janie me miró.

—Ah, ejem —dije—, he visto un uniforme militar. ¿Qué te parece?

Solo había podido atisbarlo un momento con el brillo. Era un traje de diseño nalhalliano, con grandes charreteras5 en los hombros y todo tipo de cordeles y cintas y botones y cosas, pensadas para que los oficiales destaquen en el campo de batalla, les disparen primero y mantener a salvo a los soldados que luchan de verdad.

—Supongo —dijo Janie— que podría buscarlo, pero antes voy a tener que instalar unas luces nuevas. —Miró los pegotes burbujeantes en que se habían transformado los cristales de su baúl.

—Eh... gracias —repuse.

—¿Estáis seguro de que no queréis un disfraz de serpiente? En teoría es para un rey retirado que haya estado al menos siete días en el cargo, pero siempre podéis decir que no lo sabíais.

—No, gracias. —Titubeé, pero tenía demasiada curiosidad como para no preguntarlo—. A ver si lo adivino. ¿El traje de serpiente simboliza la forma en que un monarca culebrea para esquivar un contratiempo tras otro en su labor como líder?

—Qué va. Simboliza la forma en que vos sobrevivisteis a vuestro reinado sin estirar la pata.

Claro, cómo no.

Janie sacó otro fardo y empezó buscar luces por todas partes. Como me daba vergüenza haberle roto los cristales, puse la excusa de que tenía que ir al servicio y me escaqueé. En realidad, lo único que quería era estar a solas un ratito.

El pasillo de fuera de mi dormitorio estaba decorado con una estera y tenía las paredes hechas de largos juncos y el techo de paja. No se veía ni un alma. Había un silencio pasmoso y caí en la cuenta de que estaba andando de puntillas, un gesto habitual en los cobardes como yo.

Me dio la sensación de que, después de todo lo que había pasado en los últimos días, debería estar haciendo algo mucho más importante que decidir qué ropa me ponía. Tuki Tuki estaba a salvo, pero no había ganado la guerra. No mientras Bastille y tantos mokianos siguieran en coma, mientras los Bibliotecarios siguieran gobernando las Tierras Silenciadas y mientras aún quedaran notas al pie por ahí tiradas sin usar.6

Teníamos que perseguir a mi padre y evitar que pusiera en marcha su plan demencial. Aunque... quizá su plan ya no pudiera dar resultado. Al fin y al cabo, yo había roto los Talentos. Tal vez eso le impidiera conceder Talentos a todos los demás.

«No —pensé—. Estamos hablando de mi padre.» Un hombre que había derrotado a los Bibliotecarios muertos vivientes de Alejandría y descubierto el secreto de las Arenas de Rashid también sería capaz de hacer aquello. Si no se lo impedíamos.

Llegaron voces al pasillo, así que las seguí hasta una sala espaciosa con lentos ventiladores en el techo. Dentro, mi abuelo estaba de pie ante una gran pared de cristal brillante que mostraba los rostros de mucha gente con diversos trajes étnicos. Los reconocí como los monarcas de los Reinos Libres. Una vez les había salvado la vida. O puede que dos. Al final, pierdes la cuenta.

Mi abuelo tenía la coronilla calva, un poblado bigote y un igualmente poblado mechón de pelo blanco que le rodeaba la parte de atrás de la cabeza, como si hubiera participado en una pelea de almohadas épica y un jirón de relleno se le hubiera pegado al cuero cabelludo. Como de costumbre, lucía un elegante esmoquin.

—Veréis, no quiero ser desagradecido —estaba diciendo mi abuelo a los monarcas—, pero... por el acaloñado Abercrombie, ¿no creéis que llegáis un poco tarde?

—Mokia ha pedido ayuda —dijo la reina Kamiko, una mujer de cincuenta y tantos años con aspecto asiático.

—Sí —convino un hombre que llevaba una corona con pinta de ser europea. No sabía cómo se llamaba—. Queríais ejércitos y os los estamos enviando, junto con la Guardia Aérea, para ayudaros a los Smedry. ¿De qué te quejas?

—¿Que de qué me quejo? —balbució el abuelo Smedry—. ¡La guerra ha terminado! ¡La ganó mi nieto!

—Ya, bueno —dijo un monarca de piel oscura con un sombrero de colores—. Pero sin duda aún queda trabajo por hacer. Limpieza, reconstrucción, esas cosas.

—¡Seréis cobardes! —exclamé, entrando en la sala.

Creedme, a los cobardes sé reconocerlos.

Mi abuelo me miró y todos los monarcas de la pantalla lo imitaron. Los habitantes de los Reinos Libres afirman que no se parecen en nada a los de las Tierras Silenciadas, pero cosas como aquella pared de cristal —que era cristal ...