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EL TALLER, EL TEMPLO Y EL HOGAR

William Ospina  

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Fragmento

1

A comienzos del siglo XIX, el poeta alemán Friedrich Hölderlin pronunciaba continuamente una frase conmovedora: “Están envenenando los manantiales”.

Que alguien haya percibido tan temprano, apenas empezando la Revolución Industrial, el problema central de esta época, la peligrosa alteración de nuestro entorno natural por la acción humana, es conmovedor y es asombroso. Porque todavía hoy, cuando el cambio climático nos hace despertar cada día en un mundo distinto, cuando la contaminación del agua y del aire, el arrasamiento de la selva planetaria, la extinción de los tigres, las lluvias de pájaros y el basurero industrial nos alertan poderosamente sobre el peligro de las fuerzas históricas que hemos despertado, todavía hoy, repito, hay quienes niegan que la acción humana esté poniendo en peligro los fundamentos de la vida.

Pero a comienzos del siglo XIX, cuando según Paul Valéry las gentes todavía podían disfrutar “la perfección de Europa”, cuando todavía Turner no había pintado su inquietante cuadro Lluvia, vapor y velocidad, en los tiempos románticos de Missolonghi y de Villa Diodati, cuando la historia todavía se movía al ritmo del caballo y del viento, era casi imposible advertir las ráfagas que empezaban a soplar sobre el mundo, a menos que se contara con un lenguaje délfico y con la ayuda de un oráculo.

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“Están envenenando los manantiales”. Es extraño comprobar que ese peligro ni siquiera lo advirtió Carlos Marx, el principal crítico del capitalismo, casi medio siglo después. En su célebre Manifiesto del Partido Comunista, Marx lo advierte casi todo: la irrupción de un mundo nuevo, la entronización del mercado mundial, el sometimiento de todas las cosas al espíritu del lucro y a las fuerzas ciegas del gran capital, el desencadenamiento de los poderes descomunales que estaban guardados en la caja de Pandora de la industria, de la ciencia y de la tecnología. Incluso advirtió que el capital gradualmente iba sometiendo a su imperio todo lo que antes se consideraba venerable y sagrado. “La burguesía —dice Marx— ha despojado de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso respeto. Ha convertido en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote y al hombre de ciencia”.

Pero Marx, como buen hegeliano, creía también en el triunfo del hombre sobre la naturaleza; como buen pensador del siglo XIX, seguía deslumbrado por las bengalas del progreso; veía en todas esas transformaciones y esas fuerzas unas potencias benéficas, sólo peligrosas por estar en las manos indebidas, las manos de eso que llama “la burguesía”, y no acabó de asumir todas las consecuencias de algo que él mismo había comprendido: que el capitalismo no es un conjunto de seres malvados avasallando a la humanidad, sino un estado del alma humana y un orden o desorden del conjunto de la civilización.

Hegel había escrito que “el Estado es la realización de la idea moral”, y uno diría que si Marx pensó que el Estado iba a ser el instrumento para la liberación de la humanidad de toda tiranía y de toda opresión es porque era, como su maestro Hegel, un buen alemán, un hombre que idealizaba al Estado. Pero Hölderlin también era alemán; es más: era amigo personal de Hegel; es más: había compartido con Hegel y con Schelling su residencia universitaria en Nürtingen, y había discutido noche a noche hasta altas horas con ellos sobre todos los grandes temas de su mundo y su época, y sin embargo no hubo nadie que profesara menos el culto a la razón ni que desconfiara más del Estado que él.

“El hombre es un dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa”, escribió en su novela Hiperión. Y creo que Thomas Mann tenía razón cuando dijo que Marx habría debido leer mejor a Hölderlin. Porque si es conmovedor hoy saber que Hölderlin alcanzó tan temprano a ver en lo visible lo invisible, como para exclamar “Están envenenando los manantiales”, es todavía más asombroso saber que, cuando comenzaba el siglo XIX, mucho antes de Marx y de Lenin, de Stalin y de Kim Il-sung, Hölderlin también fue capaz de escribir que “siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, se ha construido su infierno”.

Marx firmó su manifiesto proclamando la inminente derrota del capitalismo en plena Revolución Industrial. Para él era un sistema a punto de agotarse, pero ese año de 1848 marca más bien uno de los primeros momentos de auge del capital, antes de que se fortaleciera gracias a la irrupción de la gran maquinaria. Y aunque los fenómenos nuevos de la historia no son fáciles de apreciar y de entender, Marx supo describirlo con maestría: “Se derrumban las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, junto con todo su séquito de ideas y creencias antiguas y venerables, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Se esfuma todo lo que se creía permanente y perenne. Todo lo santo es profanado, y al final el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”.

El capital se instalaba en el planeta entero, destruía las naciones, creaba nuevas necesidades, disolvía las culturas locales y hacía confluir las literaturas locales y nacionales en una literatura universal. Sometía el campo al dominio de la ciudad, creaba urbes enormes, sometía los pueblos que entonces se consideraban bárbaros al poder de las naciones que entonces se consideraban civilizadas, y el mejor ejemplo de ello para Marx era la subordinación de Oriente a Occidente. Aquel hombre llegó a profetizar, sin saberlo, la formación de bloques tan improbables entonces como la Unión Europea: “Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una sola nación, bajo un gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera”.

Si hoy pretendiéramos resumir el proceso que ha seguido el mundo en los últimos siglos, tal vez no lograríamos hacerlo mejor de como lo hizo Marx en ese año de 1848: “En el siglo escaso que lleva como clase dominante, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Pensemos en el sometimiento de las fuerzas naturales al hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación mediante el vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por milagro… ¿Quién en los pasados siglos pudo sospechar siquiera que en el trabajo de la sociedad yaciesen ocultas tantas y tales energías, y tales capacidades de producción?”.

Sin embargo, sorprende que Marx no esté alarmado con esas cosas, sino que esté contento con ellas: en realidad su única pregunta es cómo llevarlas a su plenitud. Si el mundo está siendo convulsionado por esas fuerzas nuevas, en realidad él siente que hay que celebrarlo, si Inglaterra ha avanzado imponiéndole al Asia el nuevo modelo económico, social y mental, le parece que hay que aplaudirlo aunque ello haya costado miles y miles de vidas, el sacrificio de numerosas tradiciones, la muerte de culturas, lenguas y cosmovisiones. En su texto “La dominación británica en la India”, así expresa Marx su opinión sobre los estragos del imperialismo: “Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo del estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia, tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:

¿Quién lamenta los estragos

si los frutos son placeres?

¿No aplastó miles de seres

Tamerlán en su reinado?”.

Estamos, pues, ante una suerte de idolatría de la historia. Asumiendo que esta lleva un rumbo, que marcha, como lo quiere la escatología, hacia un desenlace, estos hombres eran capaces de aprobar los horrores más graves si podían verlos como el camino inevitable hacia el progreso. No de otro modo Hegel había aprobado la invasión de Alemania por Napoleón, porque este le pareció la encarnación misma de la historia, “el espíritu universal a caballo”. Y a lo mejor el rechazo de Marx a la figura de Bolívar y a su lucha contra el colonialismo pudo deberse a su sensación hegeliana de que Bolívar se oponía al avance sobre el mundo de la civilizadora Europa.

Pero lo más inquietante es que hombres que supieron ver con ojos tan clarividentes su época, como si el globo fuera la esfera de cristal de los magos, no hayan podido ver hacia dónde conducía ese desenfrenado proceso de modificación de la naturaleza, ese “sometimiento de las fuerzas naturales”, esa “aplicación de la química a la industria y la agricultura”, ese “sometimiento del campo al dominio de la ciudad”, ese derrumbamiento de las “ideas y creencias antiguas y venerables”, esa “disolución de las culturas locales”, esa “creación de urbes enormes”, esa “profanación de todo lo santo”, ese enfriamiento “de la mirada del hombre sobre su vida y sobre sus relaciones con los demás”, y esa subordinación al mercado del “médico, el jurista, el poeta, el sacerdote y el hombre de ciencia”.

Tal vez era demasiado temprano para apreciar hacia dónde se dirigía en verdad el mundo moderno y cuáles serían las consecuencias del triunfo de la historia sobre el universo natural. Pero 1848 nos parece ahora el jardín del Edén comparado con lo que desde entonces han hecho con la naturaleza por igual los capitalistas y los socialistas, los hijos del racionalismo y del positivismo, los idealistas y los materialistas, los liberales y los conservadores, los autócratas y los demócratas. Después de dos siglos de debates, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, de sistemas filosóficos y de hallazgos científicos, con un mundo saqueado, lleno de urbes inmensas, con un ritmo histórico acelerado hasta el vértigo, con arsenales monstruosos capaces de borrar de la galaxia al planeta con todos sus vivos y sus muertos, nos asombran y nos conmueven los que supieron ver tan temprano, como Hölderlin, desde su entrañable amor por el mundo, que estaban envenenando los manantiales.

2

Hace setenta años, en su pequeña finca de la región central de los Andes colombianos, mi bisabuela contaba los domingos cuántas personas subían por el cañón al mercado del pueblo, y por la tarde, al regreso, les tenía a todas un puesto en su mesa para la cena común.

Por aislados que estuvieran los campesinos en esas montañas, sentían una necesidad profunda de vida en sociedad: no bastaba el entorno familiar, había que extender la calidez del afecto a los amigos, a los conocidos, y nadie ignora en Colombia que hasta mediados del pasado siglo la hospitalidad con los forasteros, la alta disposición civilizada de brindar posada al peregrino, era una norma tácita de la vida. Nada impedía a los pobres en su pobreza recibir a los huéspedes, así como la conversación y el arte de relatar largas historias con un lenguaje rico y expresivo eran parte sustancial de las costumbres.

Vino después la violencia, o la cadena de violencias, que arrojó a los campesinos a las ciudades. Así había ocurrido en Francia, en Alemania y en Inglaterra en las épocas de auge de la Revolución Industrial. Nadie volvió a ser dueño, en ese sentido antiguo, del espacio que habitaba, de un modo creciente todo el mundo se volvió forastero, el ritual de la cena común se convirtió en leyenda improbable, el arte de la conversación se empobreció, y la hospitalidad espontánea con los desconocidos se hizo imposible, porque la violencia había hecho peligrosos a muchos y recelosos a todos los demás.

Aquellos campesinos no vivían en la urbe pero vivían en sociedad, tenían amplios y complejos ritos sociales, sabían o percibían bien que el ser humano tiene una profunda necesidad de otros seres humanos. Mi bisabuela habría entendido y compartido perfectamente este breve poema de Robert Browning que se llama “Partida al amanecer”:

Al circundar el cabo, súbitamente llegó el mar,

y el sol miró sobre la cima de los montes:

y era claro un camino de oro para él

y la necesidad de un mundo de humanos para mí.

Esa necesidad de compartir el mundo con otros engendró las sociedades, y es también lo que en la más remota antigüedad hizo nacer la ciudad.

A veces pensamos que la ciudad es una cosa reciente, que acabamos de llegar a ella, que estamos a punto de descubrir cómo diseñarla a plenitud, pero la ciudad es una de las más antiguas invenciones humanas, y así como los campos de nuestros abuelos eran en realidad precarias ciudades dispersas, conviene recordar que la literatura de Occidente no comenzó siquiera con la fundación de un pueblo sino con el relato de la destrucción de una ciudad legendaria.

Hasta fines del siglo XIX la ciudad era todavía un experimento modesto. Había ejemplos ilustres que desbordaban la mente: Babilonia y Atenas, Roma y Granada, El Cairo y Londres, Tenochtitlan y Nueva York, pero nadie imaginaba que un siglo después en casi todo el mundo tres cuartas partes de la humanidad vivirían en colonias urbanas, y que llegaríamos al año 2012 con ciento veinte ciudades de más de tres millones de habitantes, y entre ellas algunas como Tokio, Nueva York, México, Seúl, Mumbai, Cantón, São Paulo, Yakarta, Dacca, Los Ángeles, Osaka, Delhi, Manila, Kioto, El Cairo, Karachi, Shanghái, Calcuta, Buenos Aires y Moscú superando los quince millones.

Terminamos asociando el progreso con el crecimiento de la ciudad, y a mediados del siglo XX se había vuelto una suerte de timbre de orgullo de las ciudades pequeñas publicar que estaban creciendo. Era progreso haber alcanzado los cien mil, los quinientos mil habitantes, y algún alcalde hasta se sentía orgulloso de poder anunciar que su ciudad ya tenía un millón. Llegamos a establecer una pauta tácita, según la cual cuanto más grande sea una ciudad más importante es.

Ahora somos más de siete mil millones de personas sobre el globo, y por lo pronto la revista National Geographic nos acaba de predicar que las grandes ciudades son la mejor solución para el planeta. A veces los argumentos son positivos: “La gente pobre acude a las ciudades porque es ahí donde está el dinero —dice Edward Glaeser, economista de Harvard— y las ciudades producen más porque ‘la ausencia de espacio entre la gente’ reduce los costos del transporte de bienes, personas e ideas”. A veces, en cambio, rozan la pesadilla: “Si lo que valoras es la naturaleza, las ciudades te parecerán un concentrado de cientos de males, hasta que consideras la alternativa: diseminar esos males”. De repente ya no sabemos si nos están diciendo que la ciudad moderna es el escenario ideal para la felicidad humana, cosa harto discutible, o más bien que, siendo la humanidad una plaga para el mundo, más vale tenerla confinada en inmensos termiteros de estruendo y vertiginosa circulación en el día, de luz insomne y misteriosa soledad en la noche. Pero a menudo los argumentos vacilan entre la valoración positiva de la ciudad y la indulgencia ante el problema humano: “Con la población de la Tierra acercándose a los nueve mil o diez mil millones, las ciudades densas parecen ser cada vez más una solución: la mejor esperanza para sacar a la gente de la pobreza sin arruinar el planeta”, dice Robert Kunzig. La revista acompaña su reflexión con elocuentes fotografías que ilustran la solución urbana, desde las torres fantásticas de Kuala Lumpur, en Malasia, los edificios gemelos más altos del mundo, con 452 metros de altura, pasando por las piscinas celestes de Singapur, hasta llegar al entramado fosforescente de una vista nocturna de Seúl, con su “densa red de torres de viviendas y oficinas” crecida en pocas décadas de auge económico y acelerado enriquecimiento.

Resulta indiscutible que las colonias urbanas son el único lugar donde se puede acomodar a tanta gente como la que hoy prolifera en el ...