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EL VIENTRE DE LA BALLENA

Javier Cercas  

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Fragmento

PRÓLOGO

Durante años pensé que debía reescribir esta novela. Se publicó en 1997; la escribí durante los dos o tres años precedentes, después de un largo período sin escribir, quiero decir sin escribir narrativa. Por aquella época trabajaba en la universidad. Robert Louis Stevenson decía que la principal obligación de una persona decente es ganarse la vida; yo le debo a la universidad (primero a la norteamericana y luego a la española) haber podido cumplir con ella. Es verdad que no he aspirado a ser un filólogo serio y que siempre me sentí como un escritor acogido por la universidad, no como un profesor universitario que a ratos perdidos escribía novelas; pero también es verdad que, al menos desde 1989, a mi regreso de Estados Unidos, hasta 1995, me dediqué de lleno a la universidad, y que hice una ínfima pero sólida carrera en ella. Por lo demás, me pregunto si en el fondo no soy más que un filólogo peculiar, un poco heterodoxo, un filólogo in partibus infidelibus, y en todo caso estoy seguro de que nunca hubiera escrito los libros que he escrito, mejores o peores, sin mi formación de filólogo. Lo cierto es que cuando escribí El vientre de la ballena llevaba demasiado tiempo sin escribir novelas, y que tal vez quise demostrar —no sé muy bien a quién, porque por entonces yo apenas tenía lectores— que era un novelista, así que intenté escribir una gran novela, o simplemente una novela grande.

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Ése era quizá el peor defecto del libro. Si tuviera que definirlo ahora, más de quince años después de su publicación, podría decir que es una tragicomedia romántica con algo de novela de ideas y algo de novela de campus. Ninguno de esos subgéneros representa un problema, por supuesto: a su modo, muchos de los libros que he escrito son tragicomedias —aunque ninguno es tan comedia como éste—, casi todos son novelas de ideas —o novelas donde las ideas desempeñan un papel tan relevante como los personajes o la trama—, y sobra decir que la universidad es un paisaje tan bueno o tan malo como cualquier otro para hablar de lo que hablan las novelas. Ni siquiera me parece un problema que la novela pueda leerse como un roman à clé, donde se transparentan personajes más o menos conocidos del mundillo académico, puesto que en el fondo todas las novelas son romans à clé, por lo mismo que la ficción pura no existe: siempre está contaminada —felizmente contaminada— por la realidad, que es su carburante. Los problemas están en otro sitio, y el principal es que, porque aspiraba a escribir una gran novela, en vez de aspirar simplemente a escribir la mejor novela que podía escribir, me propuse rivalizar con lo que en España pasaba por tal cosa, para lo cual tuve que resignarme a escribir desde una cierta concepción ornamental del estilo y la estructura imperante entonces en mi país, y quizá todavía. El resultado fue un libro gordo y arborescente, excesivo, que no quería esconder el esfuerzo que había costado escribirlo, sino alardear de él.

Por eso pensé durante años que quería reescribir esta novela, y por eso la he reescrito. No he cedido a la tentación de adaptarla a mis exigencias actuales, porque eso hubiese equivalido a desvirtuarla (y también a una suerte de deslealtad con la gente a quien, a pesar de todo, el libro gustó), pero sí he intentado hacerle una severa liposucción, una cura de adelgazamiento que prescinda de lo accesorio y retenga lo esencial, y que conserve incluso la prosa un poco almidonada que entonces me gustaba y ya no, o no demasiado. Dicho de otra manera: durante años pensé que debía reescribir El vientre de la ballena porque sentía que era una novela mediocre en la que había enterrada una novela digna. Ahora he intentado desenterrarla.

PRIMERA PARTE

LA MUJER DEL ESCAPARATE

1

Aún no ha pasado año y medio pero es como si ya hubiera pasado mucho tiempo desde la tarde de agosto en que volví a ver a Claudia Paredes y volví a enamorarme de ella. Eso quizá es lo que entonces pensé o como mínimo lo que desde entonces he pensado a menudo: que volví a enamorarme de Claudia en cuanto volví a verla y que por tanto fue inevitable todo lo que ha ocurrido después, en este año y medio en el que ha cambiado por completo mi vida. Aunque bien pensado quizá no es verdad, quizá la idea de que todo fue inevitable ha sido sólo una argucia inventada a posteriori, un intento por lo demás fracasado de encontrar un antídoto contra el remordimiento y la culpa, y quizá también contra la nostalgia y el deseo; porque lo más probable es que siempre haya sabido que todo pudo evitarse, que nada tuvo por qué ocurrir como ocurrió y que si ocurrió fue porque yo quise o porque no evité que ocurriera, y de ahí el remordimiento y la culpa y a ratos la nostalgia y el deseo.

Lo que es seguro es que la historia empezó un jueves caluroso de agosto, el último jueves de agosto para ser más exactos, hace ahora dieciséis meses. Luisa, mi mujer, llevaba toda la semana fuera, en un congreso de historiadores que se celebraba en Amsterdam, y no volvía hasta el sábado. Yo había aprovechado su ausencia para acabar de poner en orden el material que había recogido desde la primavera con vistas a escribir un artículo sobre una novela de José Martínez Ruiz, Azorín. Estaba obligado a hacerlo, no sólo porque me había comprometido a entregar el texto en otoño, sino también porque, antes de que Marcelo Cuartero —el catedrático de quien dependía en la universidad— se marchara de vacaciones a Morella, yo le había asegurado que el primer día del nuevo curso le entregaría el esquema completo del artículo para que él lo aprobara; por eso, cuando aquel jueves al mediodía di por concluido el esquema, la promesa que le había hecho a Marcelo y la circunstancia de que el primer día del nuevo curso fuera el martes siguiente abrieron ante mí un delicioso paréntesis de cuatro días y medio de ocio limpio de mala conciencia.

Decidí celebrar el inicio de aquellas improvisadas vacaciones comiendo en Las Rías, un restaurante limpio, barato y cercano a mi casa donde solía acudir cuando Luisa se ausentaba. Al llegar yo, no había un solo comensal en el comedor y, para hacer tiempo mientras esperaba que se abriera la cocina, me senté en la barra y le pedí una cerveza al patrón, un gallego flaco y hablador con quien mantenía una relación menos cordial que distraída. Aquel día, no obstante, quizá porque me encontraba de un humor excelente, acepté contra mi costumbre dejar a un lado el periódico y entrar en la charla del patrón. Recuerdo que hablamos largamente de la marcha de su negocio, y que me anunció que a la semana siguiente inauguraba un servicio de comidas a domicilio; también, creo, hablamos de mí, de mi trabajo y, entre bromas, de la ausencia de Luisa.

Después del almuerzo dormí la siesta, y al despertar eché un vistazo a la cartelera del periódico. En el cine Casablanca ponían La mujer del cuadro, una vieja película de Fritz Lang que no había visto, o que no recordaba. Antes de las seis estaba a la entrada del Casablanca, y poco después de las ocho salía.

Fue entonces cuando la vi. O más bien cuando creí verla, porque, quizás entorpecido por esa dificultad de acoplarnos de nuevo a la realidad que a veces nos asalta después de ver una buena película, tardé todavía unos segundos en admitir que era Claudia la mujer de falda corta, blusa celeste y sandalias negras que estaba a unos pasos de mí, mirando los anuncios y fotogramas de películas que se exhibían en el hall del Casablanca, su silueta difusa y casi familiar recortándose contra la luz macilenta y el bullicio de la gente emergiendo al sofoco del atardecer desde el aire acondicionado del cine entre comentarios y cigarrillos recién encendidos. Recuerdo muy bien que, una vez que hube aceptado que era Claudia, mi primer impulso no fue acercarme a ella y saludarla; al contrario: como si el hecho de enfrentarnos de nuevo a una persona que hace tiempo perdimos de vista nos devolviera de golpe a la persona que fuimos cuando la frecuentábamos, en aquel momento se me aflojaron las piernas, sentí un vacío en el estómago y pensé en seguir adelante, en pasar junto a quien había sido mi amiga sin decir nada, regresando a mi casa como si no la hubiera visto. Más de una vez me he preguntado, en el año y medio transcurrido desde entonces, cómo hubiera sido mi vida si aquella tarde hubiera pasado junto a Claudia sin decirle nada. Es imposible averiguarlo, claro, pero sé que, del mismo modo que me he arrepentido tantas veces de no haber obedecido mi primer impulso al reconocerla, si lo hubiera hecho habría tardado más en alejarme de ella que en reprocharme mi cobardía o mi pusilanimidad, y me habría arrepentido igualmente de no haberla abordado.

El caso es que, tras ese larguísimo instante de duda, la abordé con una exclamación que fue casi un grito («¡Claudia!»), y que sonó en mis oídos, en medio del silencio del hall, como una forma idiota de intentar compensar mi amago de huida. Ignoro si aquel saludo atrajo la atención de la gente que salía conmigo; atrajo la de Claudia, quien, dando un respingo, se volvió hacia mí, me miró como deslumbrada por una mezcla de recelo, confusión y disgusto, y finalmente me reconoció. A mí me había dado tiempo de desear que Claudia se alegrase de verme, pero no de prepararme para lo que ocurrió. Claudia abrió de par en par los brazos y sus ojos se llenaron de una alegría sin resquicios.

—¡Tomás! —gritó, casi como si quisiera competir con mi saludo—. ¿Qué haces aquí?

La pregunta era retórica, y Claudia ni siquiera me dejó iniciar una respuesta: se abalanzó sobre mí, me besó, me separó de ella para contemplarme de arriba abajo.

—¡Qué alegría! —dijo, exultante, y en seguida repitió—: ¿Qué haces aquí?

—Acabo de salir —expliqué, señalando vagamente la entrada de la sala—. ¿Y tú?

—Nada. Perder el tiempo. En realidad estaba pensando en meterme en un cine, pero…

A punto estuve de emitir un juicio sobre la película, de aconsejarle que entrara a verla. Su impaciencia o su incredulidad me lo impidieron: como si aún no hubiera sido capaz de asimilar la sorpresa del encuentro, volvió a besarme, a examinarme con una atención entre burlona y atónita, a lanzar exclamaciones de alegría, mientras, acuciada por esa sed de saber que acomete a los amigos que no se han visto en mucho tiempo, empezó atropelladamente a hacerme preguntas, que respondí con el mismo atropello, halagado por su interés y contagiado por su exaltación. En algún momento preguntó:

—¿Tienes algo que hacer?

—No. ¿Y tú?

—Tampoco.

—¿Y la película?

—A la mierda con la película. —Me cogió del brazo, señaló hacia la calle a través de las cristaleras ahumadas del hall, tirando de mí agregó—: Vamos a tomarnos una copa, que esto hay que celebrarlo.

Salimos al paseo de Gracia y, sin apenas dudar, lo cruzamos y nos sentamos en la terraza del Golf, donde el crepúsculo estaba empezando a aliviar el calor de la tarde. Quizá porque todavía me costó un poco salir del aturdimiento o la sorpresa, no recuerdo exactamente de qué hablamos al principio. Lo que sí recuerdo es a Claudia bebiendo una cerveza que le dejaba rastros de espuma sobre los labios carnosos, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior, apartándose de vez en cuando el pelo liso, corto, negro y lustroso, porque le lamía las cejas o le tapaba las sienes, mirándome ansiosa o distraída, cruzando las piernas oscurecidas por un bronceado reciente; la recuerdo hablando y riendo y gesticulando con esa delicadeza enérgica y despreocupada que yo siempre asocié a su forma espontánea de tratar con la realidad, y que de algún modo, quizá porque la envidiaba, siempre me había intimidado. Pero de aquellos primeros momentos lo que sobre todo recuerdo es mi propia perplejidad: era como si mi memoria se negara a aceptar que la mujer que tenía sentada delante de mí era también la adolescente de quien había estado enamorado casi veinte años atrás, y sospecho que, quizá por ello, al principio estuve atento, más que a sus palabras, a verificar la correspondencia entre los rasgos de la adolescente que conocí y los de la mujer con quien acababa de encontrarme.

No es fácil advertir las huellas del paso del tiempo en las personas que tratamos en la adolescencia, porque tendemos a verlas siempre como las vimos entonces; quizá por eso, pasado el primer momento, yo me rendí a la ilusión de que Claudia apenas había cambiado: es cierto que el brillo de su piel estaba empezando a gastarse, y que el fondo de fatiga que le abolsaba los párpados asomaba de vez en cuando a sus ojos, contaminando su rostro de un cansancio que no parecía sólo físico; pero también es cierto que yo aún podía reconocer la gracia espontánea de sus gestos y de su forma de hablar, la dureza visible de sus piernas y brazos, la claridad de su sonrisa y el azul luminoso de su mirada, y podía decirme que la madurez, en vez de marchitar su belleza, la había asentado. Ignoro si Claudia fue tan generosa conmigo, pero sé que, dado que nuestra libertad limita con lo que los demás esperan de nosotros —dado que uno casi nunca actúa como lo que es, sino como lo que los demás creen que es—, durante toda la noche me esforcé por dejar de comportarme como el muchacho agarrotado por las incertidumbres y pavores de la adolescencia que yo había sido siempre para Claudia y que por un momento amenazó con resucitar al volver a verla.

La segunda cerveza se las arregló para borrar el aturdimiento e instalarme de nuevo en la realidad. Claudia me contaba lo que había sido de su vida desde que dejamos de vernos. Al acabar el bachillerato había empezado a estudiar en la escuela de traductores e intérpretes, pero, por motivos que no aclaró o no entendí, no había terminado la carrera. Durante varios años había trabajado después como viajante de joyas para una firma francesa, un empleo entretenido y bien pagado, aseguró, pero agotador.

—Bueno, supongo que debe de haber cosas peores, ¿no? —la interrumpí, tratando de intercalar una línea de luz en la sombría enumeración de las ingratitudes de viajar constantemente que Claudia estaba haciendo—. Por lo menos has visto mundo.

—He visto ciudades —me corrigió—. Que no es lo mismo. Y eso gusta al principio, pero a la larga cansa, porque descubres que en el fondo todas las ciudades se parecen. Quizá con una sola excepción, que es Nueva York, porque Nueva York no quiere parecerse a nadie, mientras que todas las ciudades quieren parecerse a Nueva York. —Cogió la jarra de cerveza por el asa y, antes de dar otro sorbo, hizo un gesto de apatía o de ignorancia—. En fin, yo no sé cómo era antes, pero, hoy día, cuando has visto una ciudad ya las has visto todas.

Claudia se pasó por los labios un dedo automático, que limpió la pincelada de espuma que le había dejado la cerveza, y retomó el hilo del relato. Poco después de abandonar el empleo de viajante de joyas se había casado con un cámara que trabajaba en la televisión de Sant Cugat, un tal Pedro Uceda. Tenían un hijo de dos años, pero se habían separado (de mutuo acuerdo, precisó) poco después de que naciera. Desde entonces vivía sola con su hijo, Max, y, por lo que entendí, no pasaba apuros de dinero, pues redondeaba la asignación mensual del marido dedicándose freelance a la fotografía, una vieja afición elevada a la categoría de fuente de ingresos irregulares, aunque cada vez más sólidos, por obra de su voluntad de huir de los empleos alimenticios y de una serie de azares felices.

—Así que no me quejo —dijo a modo de conclusión, espiándome a través del humo del cigarrillo—. Y no es que no tenga razones para hacerlo, después de todo ésta es casi mi primera tarde libre en dos años…

—¿De verdad?

—Claro —respondió, asombrada por el hecho de que yo me asombrara—. Ya te enterarás cuando tengas un hijo: te absorbe por completo. Supongo que entre dos personas todo debe de ser mucho más fácil, el trabajo se reparte y todo se hace más llevadero. Pero cuando una está sola…

—Claro, claro, la cosa se complica —intervine, en un tono que intentaba combinar la admiración por la entereza de mi amiga y la reprobación por el proceder del marido, con la esperanza de que esa mezcla permitiera esquivar un tema que me pareció incómodo—. ¿Y dónde has dejado a Max?

—Está con mis padres —dijo Claudia—. En Calella. Hemos pasado un par de semanas de vacaciones en una casa que han alquilado allí, y ayer se me ocurrió que a lo mejor me convenía tomarme un par de días libres, porque el martes que viene sin falta tengo que volver a trabajar. Te digo la verdad: no sé si me apetecía, desde que nació Max es la primera vez que pasamos un día separados, y es raro, pero pensé que me sentaría bien. Así que esta tarde, después de comer, les he dicho a mis padres que me iba a Begur, a casa de unos amigos (no quiero que piensen que voy a estar sola, ya sabes cómo es la familia), y he cogido el coche y me he venido para aquí. —Me miró a los ojos y dijo con dulzura—: Quién me iba a decir que iba a tener la suerte de encontrarme contigo, ¿verdad?

—Sí —dije yo, tragando saliva—. Ha sido una verdadera suerte. —Levanté la jarra de cerveza y la acerqué hacia ella; dije—: Esto se merece un brindis.

Claudia cogió su jarra y la levantó.

—Por nosotros —dijo—. Por este encuentro.

Hicimos chocar las jarras. Bebimos.

—Bueno, cuéntame ahora qué ha sido de ti —dijo Claudia mientras yo buscaba un mechero sujetando un cigarrillo entre los labios; ella aplastó en el suelo la colilla del suyo y me acercó una cerilla encendida, protegiéndola sin necesidad, con el cuenco de la mano, del aire quieto y enfriado del anochecer—. Seguro que has hecho un montón de cosas.

Me encogí de hombros, indiferente, como asegurándole que no había mucho que contar, y le hablé sin entusiasmo de mis años de estudiante y de los que, una vez acabada la carrera, pasé malviviendo de un trabajo a destajo en una editorial; también le conté que desde hacía cinco años trabajaba dando clases en la Universidad Autónoma. Esta última noticia permitió desviar la conversación hacia un terreno común: la universidad; Claudia me habló de su experiencia en ella y yo, puede que con alguna petulancia, de mi tesis doctoral, de mis clases, de mis colegas. No recuerdo haber aludido a mi situación laboral y, aunque sólo lo mencioné de pasada, tampoco quise ocultar que me había casado, pero sí, quizá porque yo mismo aún no me había hecho a la idea de ello (o porque tanto a Luisa como a mí nos parecía prematuro airearlo y por esa razón aún no se lo habíamos contado a nadie a excepción de su madre), que desde hacía dos semanas Luisa sabía que estaba esperando un hijo. Por lo demás, antes de que Claudia empezara preguntar por Luisa y por mi matrimonio constaté que se había hecho de noche y, empujado por la locuacidad un poco eufórica de las cervezas, esta vez fui yo quien, no sin alguna aprensión, se atrevió a proponer que fuéramos a cenar juntos. Claudia arqueó interrogativamente las cejas, me miró con una especie de desencanto, objetó:

—¿Y Luisa?

—Está fuera —expliqué, sintiendo que toda la sangre del cuerpo me afluía a la cara, como si acabara de desvelar sin quererlo un secreto ajeno y terrible, del que mi infidencia me volvía cómplice—. En un congreso. Luisa también es profesora. De historia. En fin —me impacienté, asiendo los brazos de la silla—. Si no espabilamos no nos van a dar de cenar. ¿Vamos o no vamos?

Claudia propuso un restaurante que había en Aragón con Pau Claris, donde cenamos una ensalada de mariscos, una fideuá y un par de botellas de Ribeiro que facilitaron la conversación y no tardaron en arrancar de los ojos de Claudia un destello excitado. Parecía feliz de estar conmigo; yo también me sentía feliz: la incomodidad inicial se había evaporado, y creí empezar a notar que ya no era la situación la que me dominaba mí, sino yo quien empezaba a dominarla a ella. Claudia y yo hablamos sobre todo del pasado, de nuestra adolescencia común, y durante mucho rato me entregué a la agridulce crueldad de escarnecer al muchacho que fui en la época en que frecuenté a Claudia. Esa humillación retrospectiva no era, claro está, más que una tácita exhortación a que Claudia me contradijese; también, el mejor instrumento de que yo disponía para distanciar al adolescente que había sido y obligar a Claudia a admitir la superioridad del hombre que ahora era. No obstante, tuve la prudencia de no abrumar a mi amiga con mi interesada revisión del pasado, porque era evidente que ella tenía un punto de vista distinto de los años de nuestra adolescencia y que estaba deseando contarlo; así que la dejé desahogarse. No lo hice por altruismo: dejar hablar a nuestro interlocutor es una de las formas más eficaces y rápidas de ganarnos su aprecio; la más rápida y eficaz es adularlo. Es posible que, más expeditiva que yo, Claudia optara a sabiendas por esta última estrategia, lo que quizás explicaría una de las cosas que aquella noche contó y que más consiguió sorprenderme, porque dotaba a mi pasado de una dimensión nueva, como quien al regresar a una casa en la que vivió mucho tiempo descubre una habitación cuya existencia ignoraba. Según mi amiga, muchos conocidos de mi adolescencia atribuían al orgullo o incluso a la soberbia mi encarnizamiento con el estudio (que en realidad sólo era la manifestación más evidente de mi temor a la vida); esta circunstancia, unida a mi timidez y a mi físico más bien melancólico, me confería al parecer, siempre según Claudia, un cierto atractivo morboso, susceptible en todo caso de inflamar el corazón de más de una condiscípula inflamable. Aunque ahora podría atribuir este recuerdo obsequioso de Claudia a su voluntad de congraciarse conmigo, quién sabe si de compensarme por los desaires que me infligió mientras estuve enamorado de ella, lo cierto es que en aquel momento renuncié de buen grado a intentar desmentirlo; al contrario: desde la posición de privilegio en que me colocaba, alegremente me sumé al repaso de las amistades de la época que Claudia emprendió acto seguido.

He comprobado que, de noche y en compañía de un hombre, a las mujeres no les gusta tener que pensar. Quizá porque por entonces yo aún no había accedido a esa modesta sabiduría, o porque las circunstancias, que eran extraordinarias, me impidieron obrar en consecuencia, aquella noche cometí el error de pagar la cuenta antes de haber elegido un lugar donde tomar la copa que debe seguir a una cena galante. De forma que, apenas salimos a la calle, las prisas me ofuscaron, y en un frenético instante de angustia (durante el que maldije mi falta de previsión, que iba a provocar el final prematuro de una noche feliz) registré con infructuosa urgencia mi memoria en busca de un bar adecuado; por fin, cuando ya me había resignado a la fatalidad, tras un silencio más breve que incómodo le oí proponer a mi amiga:

—¿Por qué no vamos a tomar una copa a mi casa?

La sorpresa fue mayúscula. De más está decir que acepté.

2

Todavía no eran las doce cuando un taxi nos dejó en una calle paralela a República Argentina, muy cerca ya del Puchet. Pagué el taxi y seguí a Claudia. La calle era corta y empinada, y moría pocas manzanas más arriba, en una verja de hierro; tras ella, iluminado por la luz sucia que difundían los globos de luz de las farolas, me pareció distinguir borrosamente un bosque, tal vez un parque.

Mucho antes de agotar la calle, Claudia anunció:

—Aquí es.

Cruzamos un vestíbulo enmoquetado y subimos en ascensor hasta el ático. En el descansillo sólo había una puerta. Claudia sacó del bolso un manojo de llaves, me entregó el bolso y me pidió que lo sostuviera, seleccionó una llave y la introdujo en la cerradura. Cuando ya llevaba unos segundos tratando de abrir la puerta sin éxito, pregunté:

—¿Estás segura de que ésa es la llave?

—Completamente.

Al rato, tal vez cansada de forcejear, Claudia se volvió hacia mí y sonrió como si pidiera paciencia, o como si se disculpara.

—Algún día esta cerradura me va a dar un disgusto —profetizó—. Hace tiempo que debería haberla cambiado. Pero no te preocupes —agregó, dando por concluida la pausa—. Acabará cediendo.

Por decirlo de una forma suave: nunca he sido un manitas. De manera que sólo se me ocurre atribuir a los efectos de las cervezas y el Ribeiro —aliados a un torpe y precipitado deseo de hacerme valer— lo que en aquel momento me oí decir.

—¿Por qué no me dejas probar a mí?

No tuve que arrepentirme del ofrecimiento, porque por fortuna Claudia no me hizo caso: masculló algo que no entendí, y siguió escarbando en la cerradura. Respiré aliviado. Se me ocurrió entonces que, si no conseguíamos abrir la puerta, iba a resultarme muy fácil convencer a Claudia de que viniera a dormir a mi casa, pero todavía estaba indagando el modo de formular en voz alta esta propuesta cuando se abrió la puerta.

—¡Menos mal! —exclamé de inmediato, ocultando como pude la decepción—. Creí que nos quedábamos en la calle.

—Yo también —confesó Claudia—. Esta cerradura está hecha polvo. De mañana no pasa sin que le pida a un cerrajero que me la cambie. Toma —añadió, entregándome el manojo de llaves—. Mételo en el bolso.

La seguí por el vestíbulo, por un pasillo de paredes blancas, por una sala amplia y en penumbra, y llegamos a una cocina americana ante la cual se abría un gran ventanal rectangular, saturado de noche.

—¿Dónde nos sentamos? —preguntó Claudia—. ¿Dentro o fuera?

—Donde tú quieras —contesté—. Estamos en tu casa. ¿Dónde dejo el bolso?

—Ahí mismo —dijo, señalando una mesa. Apretó un interruptor, y dos focos de luz blanca barrieron de golpe la oscuridad del ventanal, iluminando una terraza espaciosa, más allá de la cual la noche era una masa compacta de sombra apenas punteada por luces ralas—. En la terraza estaremos bien. Bueno, ¿qué quieres tomar?

Dejé el bolso en la mesa y me encogí de hombros, al tiempo que hacía con la cabeza un gesto magnánimo destinado a que Claudia lo tradujese así: «Más que la bebida, lo que importa es la compañía»; como Claudia tardaba en traducir, aclaré:

—Cualquier cosa.

—Cualquier cosa no es nada —objetó mientras sus labios dibujaban una sonrisa de dientes deliciosos, que trataba generosamente de atenuar el contraste entre la sensatez de sus palabras y la simpleza de las mías—. Tengo whisky, coñac, ginebra…

La atajé:

—Whisky está bien.

Salimos cargados con una bandeja donde había dos vasos, una botella de Johnnie Walker y una cubitera mediada de hielo, y nos sentamos en un extremo de la terraza, junto a un oloroso macizo de geranios, en dos de esas típicas sillas de jardín, de hierro, de asiento circular y respaldo en forma de corazón, que escoltaban a una mesa del mismo tipo, con la superficie cubierta de diminutos azulejos de colores y las patas en ...