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EL VIENTRE DE LA BALLENA

Javier Cercas  

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Fragmento

PRÓLOGO

Durante años pensé que debía reescribir esta novela. Se publicó en 1997; la escribí durante los dos o tres años precedentes, después de un largo período sin escribir, quiero decir sin escribir narrativa. Por aquella época trabajaba en la universidad. Robert Louis Stevenson decía que la principal obligación de una persona decente es ganarse la vida; yo le debo a la universidad (primero a la norteamericana y luego a la española) haber podido cumplir con ella. Es verdad que no he aspirado a ser un filólogo serio y que siempre me sentí como un escritor acogido por la universidad, no como un profesor universitario que a ratos perdidos escribía novelas; pero también es verdad que, al menos desde 1989, a mi regreso de Estados Unidos, hasta 1995, me dediqué de lleno a la universidad, y que hice una ínfima pero sólida carrera en ella. Por lo demás, me pregunto si en el fondo no soy más que un filólogo peculiar, un poco heterodoxo, un filólogo in partibus infidelibus, y en todo caso estoy seguro de que nunca hubiera escrito los libros que he escrito, mejores o peores, sin mi formación de filólogo. Lo cierto es que cuando escribí El vientre de la ballena llevaba demasiado tiempo sin escribir novelas, y que tal vez quise demostrar —no sé muy bien a quién, porque por entonces yo apenas tenía lectores— que era un novelista, así que intenté escribir una gran novela, o simplemente una novela grande.

Ése era quizá el peor defecto del libro. Si tuviera que definirlo ahora, más de quince años después de su publicación, podría decir que es una tragicomedia romántica con algo de novela de ideas y algo de novela de campus. Ninguno de esos subgéneros representa un problema, por supuesto: a su modo, muchos de los libros que he escrito son tragicomedias —aunque ninguno es tan comedia como éste—, casi todos son novelas de ideas —o novelas donde las ideas desempeñan un papel tan relevante como los personajes o la trama—, y sobra decir que la universidad es un paisaje tan bueno o tan malo como cualquier otro para hablar de lo que hablan las novelas. Ni siquiera me parece un problema que la novela pueda leerse como un roman à clé, donde se transparentan personajes más o menos conocidos del mundillo académico, puesto que en el fondo todas las novelas son romans à clé, por lo mismo que la ficción pura no existe: siempre está contaminada —felizmente contaminada— por la realidad, que es su carburante. Los problemas están en otro sitio, y el principal es que, porque aspiraba a escribir una gran novela, en vez de aspirar simplemente a escribir la mejor novela que podía escribir, me propuse rivalizar con lo que en España pasaba por tal cosa, para lo cual tuve que resignarme a escribir desde una cierta concepción ornamental del estilo y la estructura imperante entonces en mi país, y quizá todavía. El resultado fue un libro gordo y arborescente, excesivo, que no quería esconder el esfuerzo que había costado escribirlo, sino alardear de él.

Por eso pensé durante años que quería reescribir esta novela, y por eso la he reescrito. No he cedido a la tentación de adaptarla a mis exigencias actuales, porque eso hubiese equivalido a desvirtuarla (y también a una suerte de deslealtad con la gente a quien, a pesar de todo, el libro gustó), pero sí he intentado hacerle una severa liposucción, una cura de adelgazamiento que prescinda de lo accesorio y retenga lo esencial, y que conserve incluso la prosa un poco almidonada que entonces me gustaba y ya no, o no demasiado. Dicho de otra manera: durante años pensé que debía reescribir El vientre de la ballena porque sentía que era una novela mediocre en la que había enterrada una novela digna. Ahora he intentado desenterrarla.

PRIMERA PARTE

LA MUJER DEL ESCAPARATE

1

Aún no ha pasado año y medio pero es como si ya hubiera pasado mucho tiempo desde la tarde de agosto en que volví a ver a Claudia Paredes y volví a enamorarme de ella. Eso quizá es lo que entonces pensé o como mínimo lo que desde entonces he pensado a menudo: que volví a enamorarme de Claudia en cuanto volví a verla y que por tanto fue inevitable todo lo que ha ocurrido después, en este año y medio en el que ha cambiado por completo mi vida. Aunque bien pensado quizá no es verdad, quizá la idea de que todo fue inevitable ha sido sólo una argucia inventada a posteriori, un intento por lo demás fracasado de encontrar un antídoto contra el remordimiento y la culpa, y quizá también contra la nostalgia y el deseo; porque lo más probable es que siempre haya sabido que todo pudo evitarse, que nada tuvo por qué ocurrir como ocurrió y que si ocurrió fue porque yo quise o porque no evité que ocurriera, y de ahí el remordimiento y la culpa y a ratos la nostalgia y el deseo.

Lo que es seguro es que la historia empezó un jueves caluroso de agosto, el último jueves de agosto para ser más exactos, hace ahora dieciséis meses. Luisa, mi mujer, llevaba toda la semana fuera, en un congreso de historiadores que se celebraba en Amsterdam, y no volvía hasta el sábado. Yo había aprovechado su ausencia para acabar de poner en orden el material que había recogido desde la primavera con vistas a escribir un artículo sobre una novela de José Martínez Ruiz, Azorín. Estaba obligado a hacerlo, no sólo porque me había comprometido a entregar el texto en otoño, sino también porque, antes de que Marcelo Cuartero —el catedrático de quien dependía en la universidad— se marchara de vacaciones a Morella, yo le había asegurado que el primer día del nuevo curso le entregaría el esquema completo del artículo para que él lo aprobara; por eso, cuando aquel jueves al mediodía di por concluido el esquema, la promesa que le había hecho a Marcelo y la circunstancia de que el primer día del nuevo curso fuera el martes siguiente abrieron ante mí un delicioso paréntesis de cuatro días y medio de ocio limpio de mala conciencia.

Decidí celebrar el inicio de aquellas improvisadas vacaciones comiendo en Las Rías, un restaurante limpio, barato y cercano a mi casa donde solía acudir cuando Luisa se ausentaba. Al llegar yo, no había un solo comensal en el comedor y, para hacer tiempo mientras esperaba que se abriera la cocina, me senté en la barra y le pedí una cerveza al patrón, un gallego flaco y hablador con quien mantenía una relación menos cordial que distraída. Aquel día, no obstante, quizá porque me encontraba de un humor excelente, acepté contra mi costumbre dejar a un lado el periódico y entrar en la charla del patrón. Recuerdo que hablamos largamente de la marcha de su negocio, y que me anunció que a la semana siguiente inauguraba un servicio de comidas a domicilio; también, creo, hablamos de mí, de mi trabajo y, entre bromas, de la ausencia de Luisa.

Después

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